sábado, 30 de marzo de 2013

“Felices Pascuas”…."Jag Sameaj"

pascua

tiempo de PASCUA-PESAJ

Esta importante celebración marcada por la LUNA LLENA de inicio de Primavera (para el hemisferio Norte) o de Otoño (para el hemisferio Sur) que culmina el ciclo iniciado en él , Carnaval y marca con él las dos caras de la vida: la vitalidad, alegría, desenfreno (el carnaval) y el recogimiento, la austeridad e introspección (Pascua), tiene su origen en tiempos remotos, cuando las poblaciones nómades iniciaban su marcha con el ganado hacia el exterior y posteriormente las poblaciones asentadas que regían su ritmo de vida por el calendario lunar o agrícola, se preparaban para la última cosecha y la primera siembra.

La Fiesta Pascual de las pastores nómadas o seminómadas. Consistía en el sacrificio de un animal joven para obtener la fecundidad y prosperidad del ganado. La víctima era asada a fuego, no se le podía romper ningún hueso. Con su sangre se realizaba el rito protector untando los palos de la tienda (más tarde, las jambas de las puertas), para así alejar amenazas o desastres. El cordero sacrificado se comía acompañado de pan sin levadura de los beduinos y hierbas amargas, hierbas del desierto, no hortalizas. Esta cena marcaba el comienzo de la larga marcha para llevar al ganado en busca de pastos nuevos. La fiesta era de noche, noche de luna llena, la más luminosa.

En la misma fecha las poblaciones sedentarias realizaban las últimas cosechas del ciclo anterior, actividad que se festejaba con la liberación alegre del carnaval, para luego pasar al enterramiento de la semilla de la que se esperaba que diese abundante fruto en el verano.

Posteriormente esta celebración fue tomada por el pueblo judío evocando para ellos la liberación de la esclavitud de Egipto. Esta fiesta a la que llaman PESAJ dura 7 días en Israel y 8 días en la diáspora. Antiguamente en la fiesta de la Pascua, los judíos se reunían a comer cordero asado y ensaladas de hierbas amargas, recitar bendiciones y cantar salmos.

Actualmente la primera noche en Israel y las dos primeras noches en la diáspora se hace una cena que incluye una ceremonia. Esta cena se llama "seder" que significa orden y se acompaña con un libro llamado "hagada" que significa "decir", ya que dicho texto cuenta la historia de la salida de Egipto.

Al principio de la ceremonia el menor de los niños o todos los niños, según decisión de cada familia formulan cuatro preguntas que señalan la diferencia entre esta noche y las demás noches del año. Como en la mesa hay alimentos diferentes a todo el año como el pan ázimo (matza) en vez del pan leudado, hay un texto llamado "en que se diferencia", en el que el menor de la familia interroga a los adultos 4 preguntas acerca de la diferencia de esta noche con respecto al resto de las noches del año. Luego el oficiante que es por lo general el abuelo o el padre comienza a contestar las preguntas. Finalmente se toman mínimo 4 copas de vino según lo establecido en la hagada y se entonan canciones en las que todos participan.

En la fiesta hay un momento en que se abre la puerta para permitir el ingreso de Eliahu el profeta (Eliahu el profeta ayuda a los pobres y hace milagros), que según la tradición aparece en todas las casas, por ellos sobre la mesa hay una copa especial, y los niños se mantienen despiertos y observan si esta vez realmente el nivel del vino en la copa descendió.

Como ya comenté, la fiesta cristiana de la Cuaresma (que según el cristianismo dura 46 días, desde el miércoles de ceniza a la Pascua de Resurrección), está imitando otras fiestas paganas "campesinas" de las religiones Mistéricas agrícolas. De ese modo esta celebración pasó al mundo cristiano celebrando en ella a Jesús, el nuevo cordero pascual que trae un mensaje de liberación y redención.

En esta fecha se recuerda la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús. Con el Domingo de Ramos se evocó la entrada de Cristo en Jerusalén. Según la fe católica, el pueblo judío le dio la bienvenida agitando ramos de olivo, por ello los fieles van a misa con ramos de olivo -símbolo del recibimiento de Cristo en Jerusalén- para que sean bendecidos. El viernes santo se evoca el tormento de Cristo en su marcha hacia el Calvario y el domingo, con la Pascua de Resurrección, se festejará el paso de la muerte a la vida del Hijo de Dios.

La Iglesia celebra el tiempo de Pascua, que va desde el Domingo de Resurrección hasta el final de Pentecostés -más o menos unos 50 días- como si fuera un solo día, el Gran Día, anticipo del tiempo que no tendrá fin.

La Pascua constituye el fundamento sobre el cual se asienta y gira toda la vida del cristianismo. Es festejada por millones de fieles en todo el mundo y el Papa da la bendición en una misa urbi et orbi desde la Basílica de San Pedro.

Dice FRANCISCA MARTÍN-CANO ABREU aquí

La Cuaresma cristiana exactamente imita una serie de fiestas de la primera época agrícola de las religiones paganas "campesinas" (había dos épocas agrícolas: iniciadas con el labrado de campos, una antes de primavera, y otra antes de otoño, y culminadas con los frutos de recolección de verano y los frutos de invierno). Y existentes en toda la cuenca del Mediterráneo durante muchos siglos, antes de que naciera la religión cristiana (surgida hace unos 2.000 años).

La fiesta de la "Cuaresma cristiana" es heredera de la fiesta de la "Cuaresma pagana" que se celebraba 50 días después del inicio del año agrícola, en el equinoccio de primavera, el 22 de marzo.

Año agrícola que se había iniciado con las fiestas de "Labrado" de campos (1 de febrero), había seguido con las fiestas de "Siembra" (14 de febrero), y con la fiesta de "Resurrección" (1 de marzo) (en honor de la Diosa sajona, celta Ester / Easter "Resurrección", o de innumerables Diosas Esther, Ishtar / Istar / Isthar / Ischtar / Ishtaritum / Ichtart / Attar / Ischtarat, Astarte, Astoreth,... de la que proviene también la "Pascua" "Easter"). La fiesta de la "Cuaresma" se celebraba el 22 de marzo, día de equinoccio de primavera (el 50º día del año agrícola: 28 días correspondientes al mes de febrero + 22 correspondientes a marzo = 50).

Todas estas fiestas paganas "campesinas", de las religiones Mistéricas agrícolas, en las que se fundamenta las fiestas cristianas, tenían la finalidad de propiciar los fenómenos benéficos de Fertilidad, para que los campos dieran abundante cosecha: vientos suaves, lluvia y buen tiempo para que germinara al semilla y floreciera la Naturaleza. Pero el cristianismo las sustituye por varias, y antepone unas a otras. Así son diferencias:

Las fiestas cristianas son herederas de las fiestas paganas "campesinales", pero han mezclado los ritos y aunque también han mantenido más o menos las fechas en que se celebraban hace miles de años, no recuerdan el significado metafórico relacionado con las tareas agrícolas, ni con no los hechos astronómicos.

 

SEMANA SANTA

En las fiestas de "Semana Santa" cristiana se cambia el significado y ya no se acuerdan que en principio eran fiestas agrícolas TRÁGICO-CÓMICAS, en las que se relataba y se representaba en hierodrama, la TRAGEDIA de la muerte del paredro Divino / muerte de semilla (y que imita la "muerte de Jesús") y se cantaban himnos CÓMICOS: cantos burlescos, satíricos y obscenos, y se practicaban actos orgiásticos.

En la religión cristiana se han separado en: las canciones cómicos-obscenas de los "Carnavales" y en las saetas tristes de la "Semana Santa" (que refunde la tragedia de los hierodramas, aunque en el nombre muestran, que al igual que los cantos satíricos y cómicos de los "Carnavales", son como flechas / saetas con función de herir). Y hasta el siglo XIX, los sacerdotes cristianos celebraban, igual que las sacerdotisas de las religiones paganas, actos orgiásticos (masturbaciones). Ellos lo practicaban durante el ritual del Risus Paschalis del Domingo de Resurrección. De ahí que: "... la Cuaresma, la larga cuarentena que "empieza con la ceniza y acaba con la risa" (Hernández, 2004). Mientras que las sacerdotisas paganas lo practicaban en fiestas anteriores, para propiciar por magia mimética, que la Madre Naturaleza enviara la lluvia.

 

Significado de la palabra PASCUA

La palabra "pascua" proviene según la Biblia de la raíz psh (cojear. andar con muletas, saltar): Dios saltó, omitió las casas donde se celebraba la pascua en la última de las plagas de Egipto (Ex 12.13.23.27). Pero esta etimología bíblica es secundaria. De hecho, la pascua de la salida de Egipto no es la primera que celebraron los israelitas; se habla de ella sin previa presentación o explicación en Ex 12,21, como de algo ya conocido y preexistente.

Otros han querido derivar su etimología del acádico pasâhu (calmar, apaciguar) o de una raíz egipcia que significa "golpe".

Sin embargo Pascua es una de las palabras más antiguas que han llegado hasta nosotros. Nacida como pesah en el antiguo pueblo de Israel, pasó al griego como paska, por cruce con el latín pascuum (lugar de pastura, en alusión al fin del ayuno). La voz griega pasó al latín como pascha, que en latín vulgar se convirtió en pascua, como llegó al español.

En lengua hebrea, pesah significa ‘saltear’ o ‘pasar por alto’, en referencia al hecho de que el ángel exterminador enviado por Jehová salteó las casas de los judíos, cuyas puertas habían sido marcadas por orden divina.

La primera documentación del uso de esta palabra en nuestro idioma data de 1090. En tiempos modernos, se ha usado también para designar en español a la Navidad, aunque este uso no se repite en otras lenguas romances, ni siquiera peninsulares, excepto en el italiano pasqua minore

 

¿Y el conejo y el huevo?

El conejo de Pascua tiene su origen en las celebraciones anglo-sajonas pre-cristianas. El conejo, un animal muy fértil, era el símbolo terrenal de la diosa Eastre, a quien se le dedicaba el mes de abril.

Es mencionado por primera vez en unos textos del siglo XVI en Alemania, lugar en el que se tiene constancia que se elaboraron los primeros conejos comestibles de pastelería y azúcar en el siglo XIX.

Anteriormente los huevos de pascua en la antigüedad eran de gallina y de pato, y en la Edad Media les eran regalados a los chicos durante las celebraciones. Al tiempo, los cristianos comenzaron a obsequiarse huevos durante la Semana Santa con regalos. Fue a principio el siglo XIX, que en Alemania, Italia y Francia, aparecieron los primeros huevos hechos con chocolate con pequeños regalos adentro.

Al comienzo los huevos eran pintados a mano y la costumbre de las familias era esconderlos para que los niños los buscaran, posteriormente surgió la costumbre de pintarlos con colores estridentes que representaban la luz del sol, hasta llegar al día de hoy en que las decoraciones se han multiplicado.

Por otra parte desde los comienzos de la humanidad, el huevo (análogo a la semilla) fue sinónimo de fertilidad, esperanza y renacimiento. El huevo adquirió importancia dentro de la mitología egipcia cuando el Ave Fénix se quemó en su nido y volvió a renacer más tarde a partir del huevo que lo había creado en un principio. También los hindúes sostenían que el mundo había nacido de un huevo.

El conejo de Pascua fue introducido en EE.UU. por los inmigrantes alemanes que llegaron al Pennsylvania Dutch Country durante el siglo XVIII. La llegada del "Oschter Haws" se consideraba uno de los grandes placeres de la infancia, equivalente a una visita de Papá Noel en Noche Buena. Los niños creían que si se portaban bien, el "Oschter Haws" pondría huevos de colores, por ello construían nidos en lugares apartados o escondidos de la casa, el granero o el jardín para que pusiera sus huevos el conejito. Más tarde empezaría la tradición de construir elaboradas cestas para poner los huevos.

La Paloma o "Colomba" pascual, un pan dulce y adornado con forma de ave, es también un símbolo cristiano. La forma de paloma era utilizada muy frecuentemente en los antiguos sagrarios donde se reservaba la Eucaristía. El símbolo eucarístico se convirtió luego en el pan dulce que suele compartirse, en algunos países europeos -especialmente en Italia- en el desayuno de la Pascua y de la "Pasquetta", el lunes de Pascua.

Si quieren saber más pueden ver este post y este otro

¡¡¡¡FELIZ  RESURRECCIÓN Y LIBERACIÓN!!!!

©Ana Cuevas Unamuno

 

martes, 19 de marzo de 2013

El espejo

Un cuento de Marta Brunet (Chile, Chillán)

Sobre la consola el espejo se adosa al muro con bollones de bronce labrado. Lo pusieron allí para que su fría lámina abriera profundidades recónditas al estrecho pasillo hacia el lado del ensueño. Del pasillo aprisionado en la penumbra que media entre la puerta de acceso al departamento y una cortina obscura, tras la cual se supone el comienzo de la intimidad. La luz no entra al abrirse la puerta porque el rellano es ciego, y a su vez las gentes no favorecen la imposible intrusión, apresuradas por irse más allá de la cortina, a esa gran habitación que finaliza con un muro de cristales, balconada florida sobre el aire de un parque.

Del cielo raso del pasillo pende una farola cuyos bronces hacen juego con los bollones del espejo. Permanece perdida en las tinieblas aún más densas del techo, pero solían encenderla -cuando había invitados-. Y cómo se obstinaban en evidenciarse las luces en aquellas contadísimas ocasiones, fuera de lo común en ese hogar en que un hombre y una mujer regían pacífica y aisladamente su vida por horas inmutables, ya previsiblemente engranadas en sus correspondientes acontecimientos.

Alguna vez, encendida la luz al azar, el mármol de la consola, la bandeja de plata que allí espera imposibles tarjetas de visitantes y la superficie del espejo aparecen infinitamente desamparados en su respectiva soledad, perdidos en el desencuentro de aquella súbita iluminación, como despertados, no de un sueño, sino de un doloroso insomnio interior. Apagada la luz, la penumbra devuelve al pasillo su inexistencia, su condición de tránsito ajeno a lo familiar.

Un día que la mujer repasa lenta y prolija la suavidad de una gamuza sobre el espejo, repara en la mancha. Frota con mayor energía. Piensa en voz alta, como suele hacerlo:

-¡Vaya, por Dios! -demorándose en cada sílaba que tanto tiene de súplica como de anticipada resignación, -alargándolas con la misma paciencia que pone en su gesto-. ¡Vaya, por Dios!

Porque aquello no es mancha sobre la faz del espejo, su rebeldía a la suave insistencia de la gamuza lo revela, sino algo más definitivo: falla del azogue, desvaída lepra amarillenta del tiempo que allí esparce sus implacables líquenes.

Enciende la lámpara para mejor observar el defecto. Una escandalosa luz de haces refractarios desnuda súbitamente sus dormidas espadas contra el blanco de las paredes, resbala por la piel fría de la consola por el peto reluciente de la bandeja, y al multiplicarse en el espejo, hace pestañear a la mujer que busca adueñarse de nuevo de su visión.

Es a sí misma a quien halla aprisionada por las estrías rojinegras entre opacidades neblinosas, entre diminutos percudidos que cubren al espejo como calofríos de su superficie. Se queda mirando, mirándose, mirándose, no a sí misma, sino mirándose en aquella extraña, mirando a esa mujer manchada, deshecha, deforme, borrosa como en un mal recuerdo, hundida en un pantano, sí, deforme con la boca abierta, con los ojos despavoridos con que afloran sobre las aguas los ahogados que han perdido entre el légamo del fondo su verdadera figura.

Permanece rígida en la contemplación. A su alrededor el aire se hiela en zonas que van adhiriéndose a su cuerpo hasta formarle un preciso revestimiento de calco. Y no es su propia forma la que el aire ciñe, sino la forma de la otra. Huecos inconfesables, huecos que sólo la muerte puede colmar median entre su ser y el molde que el aire finge en su torno. Sigue mirándose, pero escucha ahora en su interior el denso silencio de su sangre. Rodeada de frío, inmóvil. ¿Ésa es ella? ¿Ella misma? ¿O tina intrusa que hubiera osado penetrar por la puerta de acceso y aprovecha esa puerta de un rellano ciego para insinuarse en su destino? No puede habituarse a su rostro. Despacito, con una precaución que implica miedo a que los músculos no la obedezcan, hace un movimiento, corriéndose de costado. Otra cara, igualmente ajena a la suya, la mira desde este nuevo ángulo con idéntico pasmo, al que la ausencia de toda ironía torna insoportable.

Oye el eco de antiguas voces diciendo desvaídas frases.

“¡Qué belleza!" Voces oídas ¿,cuándo? Más allá del espejo, en una lejanía por la que transitaba su sangre niña como un alborotado torrente secreto. Sí. Allá en el pueblo fluvial de su infancia, en la época en que su delantal blanco revoloteaba por la avenida ribereña al volver de la escuela con el bolsón de los cuadernos apretado bajo el brazo. Sí. Entonces. La voz única de la madre, la plural e indiferenciada habla de las tías y el parloteo de las buenas vecinas desbordadas en los batones caseros, anchas de siestas y de benevolente indolencia. "¡Qué belleza!"

Y ella corría en busca del espejo para pedirle confirmación de esa belleza, que, de ser cierta, la empavoreca un poco. Y sólo hallaba unos ojos de azorado terciopelo negro y las gruesas trenzas obscuras y la boca y la nariz y todo su rostro moreno hecho de apretada leche y canela. Y continuaba contemplándose sin hallar belleza alguna, esa cosa terrible que entendía ella como belleza, y que debía abrazar el rostro que la soportara.

Sólo sabía que le gustaba estarse silenciosa, que le dieran obligaciones hogareñas, porque el trajín era una manera de hurtarse a la escuela y a las gentes, al que hacer tan de su gusto, tan insensible que se tornaba en un no hacer, en un ocio animado y feliz que a veces le dejaba sobre la palma de la mano abierta la levedad de una verde hoja, de un desamparado pétalo, de una vívida gota de agua.

Sabía eso y que el cuerpo incomodaba con una exuberancia que sentía ajena, tropezando con sus desacostumbrados pequeños pechos, con sus pesadas rebeldes creencias agobiadoras, descompasada con el juego aún torpe de sus caderas empeñadas en insinuar un idioma incomprensible. Sí, Todo eso era misterioso e inquietante. Descubrir algo ajeno aflorar de sí misma, como ciertas inflexiones de su propia voz de súbito asordada, reclamo de una vieja sabiduría que estaba allí, mucho antes de que ella naciera, que su sangre percibía al mismo tiempo que pintaba de rojo sus mejillas y encendía la frescura de ascua de su boca. "¡Qué belleza!" Belleza de niña, de muchachita, de joven, de mujer ya cabal. Belleza realzada por la transparencia con que era inadvertida, intacta por no haber sido goce de su propia dueña, ofrecida sin mácula para el asombro y la alegría de quienes la contemplaban.

Nadie sabe cómo -ella lo sabe menos que nadie- un día un hombre se sitúa a su lado, tranquilo, naturalmente, sin sobresaltos, pero también sin dudas, como llega la siesta tras el frescor de la mañana. Y otro día ya ese hombre tiene el distintivo natural de marido, fructificación de aquella otra palabra: novio, que tampoco supo cómo ni cuándo tuvo su origen. Todo va sucediendo con esa serena fluencia no exenta de recóndita majestad de ciertos destinos, en los que cada estación encuentra la justa correspondencia de su clima. Es feliz. Tiene un marido. Tiene una casa. No tiene hijos, y como no los tiene, no los ambiciona. No hay dolor en esa ausencia. No hay ausencia siquiera. Es que su vida tenía que ser así: su afán está en el presente y el presente es inviolable: no puede ser sino como es. Lo vive intensamente, en profundidad, con la sabiduría específica de su condición de mujer. Tiene un marido, tiene un hogar. A su hora sabe para qué sirve el cuerpo y cómo por la red de sus nervios puede fulgurar el instantáneo pez del placer. dejándose entrever en su deslumbramiento la lejanía de sus límites interiores.

¿Cómo habían pasado los años? Lo ignora. ¿Es que realmente habían pasado? Aquel lento deshojar de almanaques sucesivos, aquel arrancar las hojas que levemente estrujadas por sus manos iban a parar al cesto de los papeles, ¿tenía alguna relación íntima con ella? ¿No era algo desconectado con su ser, mecánico, desprovisto de toda eficacia frente a la persistencia de su identidad? Pero las horas que parecen volar dispersas arrastran tras de sí a los días, y de pronto se advierte que tantos días han formado un año. Y mientras ¡pasan tantas cosas! Nunca grandes cosas, eso no. Las grandes cosas siempre tienen algo desvergonzado en su evidencia. Pero los mínimos acontecimientos, como las lentas lloviznas, inadvertidamente calan hasta lo hondo. Y cosas pequeñas se suceden.

Ya no se vive en una pensión, sino en la buhardilla de una gran casa. Y después en un departamento. Y se compran muebles. Y se compran más muebles. Y se añaden algunas chucherías con las que antes ni se soñaba. Y hoy es un reloj de pulsera. Y mañana un abrigo de pieles.

Parsimoniosamente crece la cuenta de la caja de ahorros. Sí. Porque se prospera, y a un ascenso sigue otro. Y eso que no se advierte, es eso que de advertirse se llamaría felicidad. Cada hora entraña una obligación. Todo tiene en la casa el secreto ritmo de los vegetales, cuya savia circula sin latidos. lentísima, manteniendo el verdor del follaje y la tersura del fruto. Cuando se queda sola están los quehaceres y cuando está el marido existe una atmósfera llena de cálidos puntitos luminosos en que la ternura resplandece mágicamente a través de la costumbre.

Sonríen. Conversan.

¿De qué hablan? De esas mil menudencias que no es necesario ni escuchar siquiera, de los mínimos detalles cotidianos, tanto de la oficina como de la casa, en monólogos que se interfieren sin llegar a unificarse en diálogo. Porque el secreto está en prescindir del sentido utilitario de las palabras, en usarlas tan sólo para oír y hacerse oír, como un contacto verbal.

Eso era antes. Hace ya tiempo el silencio insinuó su lenta marejada, cada una de cuyas olas fue ganando imperceptible pero irrevocablemente terreno, socavando la convivencia. ¿Qué han hablado hoy durante el almuerzo? Él ha dicho:

-Otra vez llegó tarde ese Gutiérrez. Ya no se puede más con él.

-Deberías dejarte de contemplaciones y decírselo al jefe.

-Es muy fácil aconsejar eso: pero cuando se piensa que tiene mujer y tantos hijos...

Ella ha callado ante el argumento repetidamente eficaz, porque eso se ha dicho esta mañana, como se dijo antes de ayer y la semana pasada. Infinitamente ese Gutiérrez incurrirá en su falta, como un tedioso fantasma al que no es posible arrancar de su destino; reiteradamente será perdonado en gracia a la mujer desvanecida detrás de la neblina del impreciso número de hijos. Lo han repetido tantas veces, con igual tono, con semejantes palabras, que ya no significa siquiera una defensa contra el silencio, sino una forma de callar en voz alta. Y así todo, aun de esos temas baladíes, hablan cada vez menos que antes, que ese "antes" lleno de acontecimientos tan infinitesimales que sólo pueden diferenciarse en que se produjeron en la pieza de la pensión, en la buhardilla de la gran casa o en este departamento. Como los tres consabidos escenarios de las comedias en tres actos que suelen ir a ver los domingos por la tarde. Pero lo que pasa en los tres escenarios de su propia vida es tan monótono que no podría hacerse una comedia con todo ello. No... ni un drama tampoco.

Mueve la cabeza dentro de su molde de hielo, y los ojos que han estado mirándose y no viéndose se prenden de nuevo sorprendidos a la imagen que flota entre esas densas aceitosas aguas.

Allí hay una mujer desconocida que la observa. No, no es ella la que contempla a esa mujer desconocida, sino que es la desconocida quien la mira a ella, a la que ella cree que es. Una mujer gorda, con los ojos inexpresivos de betún sin lustre, de alquitrán, de cualquiera materia espesa y opaca. Debajo de cada uno de ellos hay una media moneda en una bolsita de piel muy fina, amarillenta, incontablemente rayada. Y la flaccidez de las mejillas rebasa sobre el cuello en doble comba, unificándose en la doble papada. Y los pechos, otrora increíbles, derrumbados sobre el vientre. Caída, toda ella caída en un desmoronamiento informe, de grasa desparramada, de carne rebelde a toda arquitectura ocultando en sus densidades el esquema ideal de sus huesos, en cuya muerte aún persiste paradójicamente la finura de la muchachita.

-¡Vaya, Por Dios! -repite, e insiste en frotar el espejo aunque tiene ya conciencia de la absoluta inutilidad de su gesto.

Algo levanta el eco de morosos diálogos pretéritos:

-Sería bueno que te compraras un vestido.

-Para lo que salgo...

-De todas maneras. Deberías cuidarte un poco más de tu apariencia.

Súbitamente desentraña ahora la expresión con que el marido se la quedó mirando, con mirada que no iba de los ojos de él hacia ella, sino hacia más adentro, buscando algo que no alcanzó a ver, porque debió atender las tostadas que se pasaban de punto en la cocina. Pero ahora comprende la falsedad de la palabra “apariencia" aplicada a una mujer. Que es mucho más que apariencia, que puede ser lo más dramático de su realidad. Ahora sabe que su marido estaba mirando a esa que está ahí, en el espejo, tratando de resucitar en ese esperpento a la que ella creía seguir siendo, la que suscitara las pretéritas voces de la admiración pueblerina‑ "¡Qué belleza!”. La certidumbre de la vejez la penetra de pronto con su relente maligno, emanado de las detenidas aguas del espejo. No siente ya que sea una desconocida quien la mira desde su fondo, sino que es ella, ella misma, súbitamente desposeída del encanto que no supo defender contra el tiempo; ella, a la que hay que comprar un vestido para disimular las deformidades, y también arrebolarle las fláccidas mejillas y teñirle piadosamente las canas. También, ¿por qué no?

Un gesto le enarca la boca y un insidioso escalofrío recorre su imagen. Se queda instantáneamente endurecida, cual si la alcanzara la solidificación del espejo, con la sensación de que no logrará jamás un movimiento. Algo tiembla en su interior y repercute dolorosamente en su corazón. A su ritmo asordado la sangre se precipita por el intrincado ramaje de sus arterias. Aprieta los dientes conteniendo la respiración, tensa cada fibra de su cuerpo. Luego, con brusquedad, aspira el aire, jadeante, y por un momento logra tranquilizar el corazón, devolviéndolo a su ser habitual. Mira reposadamente los ojos de su imagen que le devuelve con idéntica calma su mirada. Y es por allí, por esa mirada, por donde el miedo penetra en ella, colmando su pecho extendiéndose tumultuoso, anegándola toda. Terrible miedo irrazonado, miedo puro, no sabe a qué, acaso a sí misma. Miedo puro inexorable. Girar de paisajes sumergidos, y en central remolino su cara, la de ella, la de la otra, enfrentadas en única soledad, con los ojos de ahogada aferrándose a ella, tironeando de ella hacia el fondo de pavorosas honduras.

Tiende los brazos con las manos abiertas buscando no ver su imagen, y tropieza con las manos de la otra, que adhieren a sus palmas buscando su apoyo para saltar fuera de las inmóviles aguas.

-¡No quiero! -grita- ¡No quiero! -Las palabras rebotan sobre el cristal a la par que sus manos, ahora empuñadas en frenético trabajo de destrucción, en mágica impotencia para desvanecer un terrible conjuro.

Jadea, caen sus brazos derrumbados por el cansancio. Espera para recobrar el aliento, agarra la bandeja de plata. Por un segundo la costumbre le devuelve el orgullo que el peso de su noble metal le proporciona. Pero eso es sólo un ramalazo del pasado. La empuña y golpea, golpea tensa, eficaz, trabados los dientes, empecinada, pega contra la lámina del espejo que fracasa en ángulos en dispersas luces desmoronadas, en filudo estrépito. E insiste en cada trozo, minuciosamente en cada astilla.

Muele aún, con mecánico brío, a la hora en que se abre la puerta, porque es la hora en que debe ser abierta, y da paso al estupor del marido.

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martes, 12 de marzo de 2013

Cuento: ¿Qué es lo importante?

Un cuento Rumi

caminar sobre el agua

Un monje de gran devoción e instruido, cruzaba una vez un río en barca cuando al pasar al lado de un pequeño islote, oyó una voz de un hombre que muy torpemente intentaba elevar unas plegarias. En su interior no pudo por menos que entristecerse. ¿Cómo era posible que alguien fuera capaz de entonar tan mal aquellos mantras? Tal vez aquel pobre hombre ignoraba que los mantras debían recitarse con la entonación adecuada, el ritmo y la musicalidad precisas, con la pronunciación perfecta. Decidió entonces ser generoso y desviándose de su rumbo se acercó al islote para instruir a aquel desdichado sobre la importancia de la correcta ejecución de los mantras. No en vano, se consideraba un gran especialista y aquellos mantras no tenían para él ningún secreto. Cuando arribó, pudo ver a un pobre andrajoso de aspecto sosegado cantando unos mantras con poco acierto. El monje, con serena paciencia, dedicó algunas horas a instruir minuciosamente a aquel individuo que a cada momento mostraba efusivas muestras de agradecimiento a su improvisado benefactor. Cuando entendió que por fin aquel sujeto sería capaz de recitar los mantras con cierta solvencia se despidió de él, no sin antes advertirle:

-Y recuerda, mi buen amigo, es tal la potencia de estos mantras, que su correcta pronunciación permite que un hombre sea capaz de andar sobre las aguas.

Pero apenas había recorrido unos metros con la barca, cuando oyó la voz de aquel hombre recitar los mantras aún peor que antes.

-Qué desdicha -se dijo a sí mismo-, hay personas incapaces de aprender nada de nada.

-Eh, monje -escuchó decir a su espalda muy cerca de él.

Al volverse vio al pobre andrajoso que, caminado sobre las aguas, se acercaba a su barca y le preguntaba:

-Noble monje, he olvidado ya tus instrucciones sobre el modo correcto de recitar los mantras. ¿Serías tan amable de repetírmelo de nuevo?

viernes, 8 de marzo de 2013

Para ti mujer, escribo

Poema de Margarita Carrete de Tafur (Poemario)

diosa

 

 

 

Escribo para ti mujer,

mujer de mil ropajes,

mujer joven o vieja

de esta dura tierra.

Escribo para ti

sin saber cómo eres,

hoy hablo para decirte

que no aceptes la suerte

¡Escúchame ahora!

Obrera de los tiempos

si hoy borras tu sonrisa

a cambio de tristeza,

no hay vida mala o buena

ni infiernos tan temidos

ni paraísos soñados,

la vida es una sola,

la vida se conjuga

de dolor y alegría,

la vida mujer hay que amasarla,

¡con nuestras propias manos!

¡Basta ya mujer!

de dolores callados,

despierta,

anda y ve

que hay tiempos no sembrados

¡Basta ya mujer!

Arroja tu alma esclava

de los prejuicios vanos.

¡Mira el sol cómo brilla,

no te tapes los ojos

al resplandor del día!

Mujer del siglo XX

que luchas, trabajas y amas,

descubre y aprovecha los caminos,

recoge las mañanas,

entierra los silencios,

desátate las manos,

rompe ya esas cadenas

que la vida es empinada

y a fuerza de subirla

se hace mejor vida. Besos

'No vayas por donde el camino te lleve,

Ve por donde no hay camino y deja huella'.

domingo, 3 de marzo de 2013

MATÍAS Y EL MAR

Un cuento de Ana Cuevas Unamuno

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Espuma y arena, dos pies balanceándose rítmicamente.

Las nubes trazan diseños que sólo ellas comprenden, el sol se oculta entre destellos de fuego.

Matías mira a lo lejos, más allá de la frontera inasible del horizonte, más allá del origen de las estrellas, indaga el punto primero, el centro invisible, el aliento.

Ha dejado su huella en la arena durante días enteros, conoce las caracolas que le salen al paso y los berberechos que se ocultan bajo sus pies. Ha seguido el vuelo de las gaviotas hasta perderlas de vista y las ha aguardado hasta verlas volver.

El cielo oscurecido brilla en diseños extraños. Entre las sombras de la costa una ola traza un arabesco y escupe una forma, Matías sonríe, ¡podría ser un pez! Se acerca, se detiene; un anciano sonriente le está mirando. Matías avanza, avanza el anciano, sus cuerpos se encuentran, el anciano es agua. Matías aspira salitre y sonido, rodeado de rocas, arena y espuma, bajo un cielo negro pintado de estrellas, sin nubes, sin luna.

Matías tiene ojos grandes y oídos profundos, un cuerpo desgarbado y un dolor antiguo. Más antiguo que sus años, más hondo que la cuenca del mar, más sutil que la niebla de la mañana. A Matías le duele mojar sus pies en las lágrimas vertidas durante cientos de generaciones y le duele el hambre que hace ya tiempo hunde las carnes, hincha los vientres, y ya no lastima harta de reclamar ser saciada.

El mar se ha enfurecido con los mortales y les niega tributo. El pueblo está muriendo de hambre. Matías quiere elegir como morir.

— Tómame en sacrificio, aliméntate de mí y comparte tu alimento con los míos — suplica día tras día, noche tras noche

Matías le pregunta al mar si querrá tragarlo esa noche, se ofrece a la espuma, se entrega a sus olas como una concha vacía que no opone resistencia dejándose colmar.

Pero el mar nunca ha querido recibirlo, una y otra vez lo devuelve vencido sobre la arena fría de cada madrugada, donde el sol naciente lo baña en oro y fuego, secándole las lágrimas tan saladas como el agua que lo rechaza.

Matías corre para sumergirse, las olas le empujan y le obligan a regresar. Matías salta pero el agua inquieta le esquiva. Quiere entonces aprender a volar, si cae más adentro, si cae desde lo alto, quizás el mar acepte recibirlo, pero no tiene alas y su cuerpo pesado se estrella en las rocas, que cuidadosas apenas lo rozan, nunca lo lastiman.

El templo estrellado cubre su cabeza de rizos morados. La luna esa noche, completa y brillante, lo mira mirar. Delante, en las aguas, un bote se mece, la luna lo acuna en sus haces argentos trazando un sedero de luz rodeado de oscuridad.

Matías se sube y comienza a remar. Un camino ancho de plateada espuma lo conduce lejos, muy lejos, allá, donde el sol se oculta, donde el horizonte cuenta de un final.

Matías rema, rema sin parar, rema noche y día, soñando con el centro invisible, el punto de origen, el aliento. Rema esperanzado en llegar al centro donde el mar por fin acepte su ofrenda. Rema sobre los rayos dorados del sol, rema por las sendas bruñidas de la luna y por los senderos titilantes de las estrellas, rema en los negros caminos de la noche y en los grises matices de las tormentas, rema atravesando el frío y calcinando el calor, rema sobre aguas serenas como espejo, rema sobre aguas turbulentas, rema sobre olas inmensas y sobre ondulaciones imperceptibles.

Matías remando descubre que sabe remar.

Su pelo ralea, sus huesos son bronce, sus ojos están llenos de memorias, su boca sonríe surcada de arrugas, ya llega, ya llega a una dorada línea fina de arena donde una vez más lo devuelve el mar.

Matías solloza lágrimas saladas. Extiende sus manos, su vista en la espuma, sus pies en la arena. Matías se rinde, se inclina, agradece al mar haberle enseñado que sabe remar.

El mar se eleva en ola y espuma. Matías suspira.

Un anciano sonriente le está mirando. Matías avanza, avanza el anciano, sus cuerpos se encuentran, el anciano es agua. Matías aspira salitre y sonido, rodeado de rocas, arena y espuma, bajo un cielo negro pintado de estrellas, sin nubes, sin luna.

Amanece. Matías no está.

Salen las barcas cargadas de redes. Regresan de noche cargadas de peces, bajo un cielo negro pintado de estrellas y una luna tímida que mira a Matías agua, espuma, salitre y risa de mar.

©Ana Cuevas Unamuno

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