martes, 25 de noviembre de 2014

Cuento: EL Asesino sin Mano. Para decir Basta a la violencia de Género



Hoy EN EL DÍA INTERNACIONAL CONTRA LA VIOLENCIA DE GÉNERO quiero compartir un cuento como mi modo de decir:

¡BASTA A LA VIOLENCIA DE GÉNERO- BASTA A LA VIOLENCIA!

EL ASESINO SIN MANO

Cuento popular italiano recopilado por Italo Calvino
(Adaptación mía pues la escribo de memoria)

Había una vez un Rey avaro, tan avaro que a su hija única la mantenía oculta en la buhardilla por temor a que alguien pidiera su mano y él tuviera que darle una dote.
Un día llegó un asesino a esa ciudad, y se alojó en la hostería que había frente a la casa del Rey. Empezó a recoger información sobre quién vivía allí.
— Vive un Rey—le dijeron— tan avaro que oculta a su hija en la buhardilla.
¿Y qué hace el asesino? Por la noche se encarama al tejado y abre el ventanuco de la claraboya. La Princesa, que estaba acostada, ve que abren la ventana y que hay un hombre de pie en el alféizar.
— ¡Al ladrón ¡Al ladrón! —grita angustiada.
El ladrón escapa y nadie cree a la princesa. Tampoco su padre, que se niega a sacarla de la buhardilla a pesar de los ruegos de ella.
La situación se repitió otra vez con el mismo resultado.
En la tercera ocasión ella decidida le seccionó con un cuchillo la mano que había introducido por la ventana. Aullando de dolor escapa el ladrón, jurando que se tomaría venganza.
Cuando la princesa mostró la mano cortada, todos le creyeron y el Rey no pudo menos que sacarla de la buhardilla.
Pasado un tiempo, pidió audiencia al Rey un joven forastero, bien vestido y bien enguantado. El Rey quedó tan complacido con su plática que le cogió simpatía. Hablando de una cosa y de otra, dijo que era soltero, que buscaba una muchacha gentil para casarse con ella, y que estaba dispuesto a aceptarla sin dote, dado que tantas riquezas tenía él por su cuenta. El Rey, al enterarse de que no quería dote, pensó: “Este es el marido ideal para mi hija”, y la mandó llamar. La Princesa se estremeció en cuanto vio al forastero, porque le parecía reconocerlo...Y cuando estuvo a solas con su padre, le dijo:
—Majestad, me parece reconocer en ese hombre al ladrón a quien corté la mano.
— Sueñas —dije el Rey— ¿No has visto qué hermosas y enguantadas manos? He aquí a un auténtico señor.
Las bodas se hicieron aprisa y corriendo porque él no podía abandonar mucho tiempo sus negocios y el Rey no quería gastar. A la hija le regaló un collar de nueces y una cola de zorro despellejada. Después los novios se fueron en una carroza.
La carroza se internó en el bosque y en vez de avanzar por el camino principal se metió más y más en una zona tenebrosa hasta finalmente detenerse. Fue allí donde él le dijo:
—Querida sácame este guante.
Cuando ella vio la mano cortada  y supo que era el ladrón, pegó un grito a lo que él riéndose repuso:
—¡Estas en mi poder ahora y me vengaré del mal que me has hecho!—dicho esto llegaron a la casa a orillas del mar y él la ató a un árbol con una fuerte cadena, indicándole que debía montar guardia desde allí ya que en la casa guardaba todas las riquezas de aquellos a los que había matado. Allí la dejó y se marchó a sus asuntos.
La princesa miraba el mar y de tanto en tanto los buques que pasaban. Cuando distinguió a uno que parecía acercarse, desesperada hizo señas, los del buque la vieron y acudieron a  su rescate, llevándose de paso las riquezas del ladrón.
Cuando el ladrón regresó y vio que habían desvalijado su casa y se habían llevado a la princesa, seguro que solo podía haber sido por mar se lanzó en su persecución en un velero veloz que tenía amarrado cerca de la casa.
El buque la había rescatado a la princesa era un barco algodonero, gracias a eso pudieron esconder las  riquezas y a la princesa entre los copos de algodón. Pronto el asesino alcanzó al buque y ordenó que tirasen todo el algodón, pero los mercaderes con ruegos lo convencieron que no los dejase sin su única mercancía, que era mejor que metiese la espada entre los copos. Así lo hace, atraviesa los copos con su espada y en cierto momento hiere a su mujer, pero la espada sale limpia de sangre gracias al algodón que la limpió cuando pasaba. Los mercaderes aliviados le dicen que vieron otro barco cerca de allí, convencido el asesino vuelve a su barca y  va en su busca.
Los mercaderes temerosos desembarcan a la princesa en un puerto seguro. Pero ella aterrada, no quería saber nada de volver a tierra y comenzó a pedir:
— ¡Arrojadme al mar! ¡Arrojadme al mar!— Los marineros al oírla se sintieron preocupados y entraron en consejo. Uno de ellos, que era viejo, casado y sin hijos, se ofreció para llevarla a su casa con parte de las joyas del asesino.
La mujer del marinero era una anciana de buen corazón y se encariñó muy pronto con la muchacha.
— ¡Te cuidaremos como a una hija, pobrecita!
— Sois tan buenos —dijo la muchacha—. Sólo os pido una gracia: quiero estar siempre encerrada en casa y que nunca me vea ningún hombre.
— No te preocupes, a nuestra casa nunca viene nadie.
El viejo vendió algunas joyas y compró seda para que la muchacha pudiese bordar. Día tras día bordaba. Hizo un tapiz tan bello que la  vieja que cada día salía a vender sus bordados, decidió llevar este al palacio del Rey.
Cuando el Rey lo vio, sorprendido ante tanta hermosura, le preguntó quién lo había tejido. La vieja repuso que era obra de una de sus hijas. El Rey desconfiando compró el tapiz y con ese dinero la vieja compró más sedas con las que la muchacha bordó un bellísimo biombo que la vieja llevó a vender a palacio nuevamente.
Esta vez el Rey que pensaba que no podía tejer tanta hermosura la hija de un marinero siguió a hurtadillas a la vieja hasta su casa y cuando ésta estaba por entrar, trabó la puerta con un pie e insistió en ver a la joven. La vieja lanzó un alarido. La muchacha que estaba en su cuarto, oyó el alarido y pensó que el asesino había venido a buscarla, y del miedo se desmayó.
Cuando entre la vieja y el Rey consiguieron reanimarla este le preguntó:
—¿Pero por qué tienes tanto miedo de que llegue alguien?
— Es mi desgracia —dijo ella, y nada más.
Al cabo del tiempo el Rey que de solo verla se había enamorado, pidió la mano de la joven. Los padres adoptivos aceptaron porque ella aceptó, pero poniendo una condición:
—No quiero ver a ningún hombre, salvo a ti y a mí padre —llamaba padre al viejo marinero—Ni verlos ni que me vean.
El Rey accedió. Porque ante todo era celoso y le alegraba que ella no quisiera ver a ningún hombre.
Como la boda se hizo en secreto a fin de respetar el pedido, muy pronto los súbditos empezaron a murmurar: ¿por qué se oculta la reina?: ¿Será una bruja? ¿Tendrá una horrible jorobada? ¿O será una mona?....
El Rey preocupado le rogó que se dejase ver siquiera una vez.
Resignada y comprendiendo, la princesa accedió a mostrarse solo por una hora. Cuando llegó el momento todo el pueblo estaba congregado junto al palacio para verla y apenas ella apareció exclamaciones de admiración ante su belleza surgieron de todas las bocas, pero la ahora reina recorría la multitud con la mirada, llena de aprensión. Y en eso, en medio de la multitud, vio la cara de un hombre embozado, todo de negro, un hombre que se llevó una mano a la boca y la mordió en señal de amenaza, y luego alzó el otro brazo y mostró el muñón. La Reina cayó al suelo desvanecida.
Los que estaban a su lado, sin comprender qué le había sucedido, la llevaron a su cuarto, la acostaron y llamaron a los médicos, pero ninguno supo qué mal la aquejaba; ella solo quería permanecer encerrada y no ver a nadie, y no dejaba de temblar. La vieja mientras tanto acusaba al Rey
—¡Vos quisiste mostrarla y ella no quería! ¡Mirad ahora lo que ha pasado!
En esos días llegó un rico señor forastero a visitar al Rey. Al Rey le agradó mucho el hombre y le invitó a cenar. El asesino que no era otro el forastero, aceptó e invitó con el vino a todo el palacio. Lo que nadie sabía era que el vino estaba narcotizado por lo que pronto sirvientes, caballerizos, guardias y hasta el Rey mismo se quedaron dormidos. El asesino satisfecho recorrió todos los rincones para asegurarse que nadie quedaba despierto salvo la reina y él y se dirigió sigiloso al cuarto donde la reina estaba echada en la cama, con los ojos desencajados, tal como si lo esperase.
— Ha llegado la hora de mi venganza —dijo el asesino hablando en voz muy queda—Levántate y ve a buscar una palangana de agua para lavarme la sangre de las manos cuando termine de degollarte.
La Reina se levantó y corrió junto al marido.
— ¡Despiértate! ¡Despiértate, por caridad!
Pero el marido dormía. Todos dormían en el palacio, y no había forma de despertarlos. Cogió la palangana de agua y volvió.
— Tráeme también el jabón —dijo el asesino que estaba afilando el cuchillo.
Ella fue, sacudió a su marido una vez más, pero fue inútil. Trajo el jabón.
— ¿Y la toalla? —preguntó el asesino.
Ella salió, cogió la pistola del marido dormido, la envolvió en la toalla, y al entregarle la toalla al asesino, le disparó a quemarropa y le metió una bala en el corazón.
El disparo despertó a todos los borrachos, al Rey en primer lugar, y acudieron a ella corriendo. Encontraron al asesino muerto y a la Reina finalmente liberada del terror.


Día Internacional contra la Violencia de Género

Orígenes
La fecha del 25 de noviembre fue elegida como conmemoración del asesinato en 1961 de las tres hermanas Mirabal, activistas políticas de la República Dominicana, por la policía secreta del gobernante dominicano Rafael Trujillo. La opción por este día sucedió en 1981, dentro del marco del 1 Encuentro Feminista de Latinoamérica y del Caribe, celebrado en Bogotá, con los objetivos de concienciar y erradicar este grave problema que es una lacra para la sociedad.
Para el movimiento popular y feminista de República Dominicana históricamente estas mujeres han simbolizado la lucha y la resistencia. En ese encuentro, por primera vez en la historia las mujeres levantaron la voz para denunciar el maltrato hacia el sexo femenino, denunciando la violencia de género a nivel doméstico, el acoso sexual, la tortura y los abusos sufridos por prisioneras políticas.
Aunque son cada vez más las mujeres que se atreven a poner nombre y apellidos a la violencia doméstica, el número de mujeres que callan es muy superior al de las que se atreven a hablar. El miedo, la insuficiente protección y el escaso amparo que reciben por parte de la ley son algunas de las causas principales que paralizan a las víctimas.

Abusos, impunidad, violaciones, maltrato físico, psíquico y emocional,  asesinatos que quedan sin justicia, trata de mujeres, niños y niñas

¡DE TODOS Y TODAS DEPENDE PONER FRENO A LA VIOLENCIA DE TODO TIPO!

domingo, 23 de noviembre de 2014

RONDA DE LECTURA










El  jueves 27 de noviembre a las 18 horas en Artistas Premiados Argentinos- Av de Mayo 953, 2º  "17"  en Ciudad de Buenos Aires: RONDA DE LECTURA  ENTRADA LIBRE Y GRATUITA

  Con afán celebratorio y también - ¿por qué no?- experimental, escritoras y escritor respondieron a la invitación con entusiasmo, reconociendo que en arte los desafíos no deben dejarse de lado porque nutren futuras obras. La idea es leer textos narrativos que no necesariamente conformen una obra autónoma, aunque esto no es tampoco desdeñable, quizá fragmentos de cuentos, novelas, textos al azar y por supuesto microrrelatos. Haremos una ronda de lectura, los autores comentarán sus experiencias, procesos de escritura y el público también, por supuesto, podrá participar.

Los invitados son:            Liliana Allami
                               Susana Aguad
                               Adela Basch
                               María Lyda Canoso
                               Silvia Miguens
                               Laura Nicastro
                               Enrique Solinas
                               Ana María Torres


    Y sumándose a este resto, las coordinadoras del ciclo  Inés Legarreta e Irma Verolín también leerán.
       Despedimos este año y agradecemos a la institución que nos albergó y a todos los que nos acompañaron como autores  o como  parte del público.



domingo, 2 de noviembre de 2014

La Cena Jocosa poema de Baltasar de Alcazár


Hoy quiero compartir un poema divertido de un grande del siglo de oro. Lo comparto en texto y en audio.

El Siglo de Oro nos dio a Baltasar de Alcázar (Sevilla, 1530-Ronda, 1606). Este poeta sevillano no sólo se distinguió por ser amigo de varios artistas ya reconocidos en ese entonces, ni por ser el primer protector de Velásquez.  Se distinguió por su gran alegría y desenfado al escribir, ya fuera de él o de otros personajes de la época, esto, sin contar con que fue el precursor de la poesía gastronómica, escribiendo innumerables poemas sobre comida y dejando para goce de sus lectores, su poema más conocido, La cena jocosa, escrita en redondillas 

Y este es el poema

La cena jocosa

En Jaén, donde resido,
vive don Lope de Sosa,
y diréte, Inés, la cosa,
más brava de él que has oído.



Tenía este caballero
un criado portugués…
Pero cenemos, Inés,
si te parece, primero.

La mesa tenemos puesta,
lo que se ha de cenar junto,
las tazas del vino a punto:
falta comenzar la fiesta.

Comience el vinillo nuevo
y échole la bendición;
yo tengo por devoción
de santiguar lo que bebo,

Franco, fue, Inés, este toque,
pero arrójame la bota;
vale un florín cada gota
de aqueste vinillo aloque.

¿De qué taberna se traxo?
Mas ya…, de la del Castillo
diez y seis vale el cuartillo
no tiene vino más baxo,

Por nuestro Señor, que es mina
la taberna de Alcocer;
grande consuelo es tener
la taberna por vecina.

Si es o no invención moderna,
vive Dios que no lo sé,
pero delicada fue
la invención de la taberna.

Porque allí llego sediento,
pido vino de lo nuevo,
mídenlo, dánmelo, bebo,
págolo y voyme contento.

Esto, Inés, ello se alaba,
no es menester alaballo,-
Solo una falta le hallo:
que con la priesa se acaba.

La ensalada y salpicón
hizo fin: ¿qué viene ahora?
la morcilla, ¡oh gran señora,
digna de veneración!

¡Qué oronda viene y qué bella!
Qué través y enjundia tiene!
paréceme, Inés, que viene
para que demos en ella.

Pues, sus, encójase y entre
que es algo estrecho el camino,
no eches agua, Inés, al vino
no se escandalice el vientre,

Echa de lo trasañejo,
porque con más gusto comas,
Dios te guarde, que así tomas,
como sabia mi consejo.

Mas di, ¿no adoras y aprecias
la morcilla ilustre y rica?
¡Cómo la traidora pica;
tal debe tener especias!

¡Qué llena está de piñones!
morcilla de cortesanos,
asada por esas manos
hechas a cebar lechones.

El corazón me revienta
de placer; no sé de ti.
¿Cómo te va? Yo, por mí,
sospecho que estás contenta.

Alegre estoy, vive Dios;
mas oye un punto sutil.
¿no pusiste allí un candil?
¿Cómo me parecen dos?

Pero son preguntas viles;
ya sé lo que puede ser:
con este negro beber
se acrecientan los candiles.

Probemos lo del pichel,
alto licor celestial;
no es el aloquíllo tal,
ni tiene que ver con él.

¡Qué suavidad! ¡Qué clareza!
¡Qué rancio gusto y olor!
¡Qué paladar! ¡Qué color!
¡Todo con tanta fineza!

Mas el queso sale a plaza
la moradilla va entrando,
y ambos vienen preguntando
por el pichel y la taza.

Prueba el queso, que es extremo
el de Pinto no le iguala;
pues la aceituna no es mala
bien puede bogar su remo.

Haz, pues, Inés, lo que sueles,
daca de la bota llena
seis tragos; hecha es la cena,
levántense los manteles,

Ya que, Inés, hemos cenado
tan bien y con tanto gusto,
parece que será justo
volver al cuento pasado.

Pues sabrás, Inés hermana,
que el Portugués cayó enfermo…
Las once dan, yo me duermo,
quédese para mañana.

Y aquí el audio

Poema en audio: Una cena jocosa de Baltasar del Alcázar por Adolfo Marsillach 

sábado, 1 de noviembre de 2014

Presentación del poemario “Luz de Agua” en Espacio Y

Espacio Y invita:
Presentación del poemario
 “Luz de Agua”
 de María Ester Chapp
Editorial “El Mono Armado”
Miércoles 19 de noviembre a las 19:00 hs.

 

Saludo editorial por Ramiro Silber
Se referirán a la obra los poetas Ana Guillot y Wenceslao Maldonado
Momento musical a cargo de Victoria Polti
- flauta traversa -
Coordina: Cristina García Oliver
Brindis

ESPACIO Y: Lugar Cultural
Mansilla 2982, PB – C1425BPJ *
Tel/Fax: 49629402
espacioylc@yahoo.com.ar
Facebook: EspacioYlugarcultural
Directora: Lic. Cristina García Oliver
Informes: lunes a viernes de 15 a 21 hs



jueves, 23 de octubre de 2014

Encuentro de narrativa en APA: Ricardo Mariño e invitación a movilizarse en apoyo a los premiados del gobierno de la ciudad

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El jueves 30 de octubre en la sede de Artistas Premiados Argentinos, 

Avenida de Mayo 953,  2º piso "17" a las 18 horas,  las coordinadoras del 

ciclo, Inés Legarreta e Irma Verolín dialogarán con el escritor invitado Ricardo 

Mariño sobre su obra, el autor leerá un texto narrativo.​ 


Entrada libre y gratuita. 
Se ruega puntualidad.


PREMIOS MUNICIPALES CONGELADOS DESDE MAYO 2012 

Ante el incumplimiento de lo prometido por el Ministro de Cultura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (pago de los montos adeudados y actualización de los Premios Municipales), Artistas Premiados Argentinos Alfonsina Storni, APA, CONVOCA A UNA PROTESTA EL DÍA 28 DE OCTUBRE A LAS 15 HORAS, frente a la Casa de la Cultura de la Ciudad, Avda. de Mayo 575.

- DEFENDAMOS NUESTROS DERECHOS -

- BASTA DE MENTIRAS -

ES IMPRESCINDIBLE TU PRESENCIA!!

viernes, 10 de octubre de 2014

Séptimo Encuentro De Las Artes

                       
En el séptimo Encuentro De Las Artes de este año,
 que se realizará el martes 14 de octubre, en la sede de la institución,
Avda. de Mayo 953, 2º piso, a las 19 hs.

Inaugura una muestra de pintura el artista plástico Germán Gárgano, presentado por Raúl Santana.


​                                 
                                                                                                                         




Se podrá escuchar al Mtro. Alberto Balzanelli, quien hablará sobre
"La Inspiración y el Oficio como Fuente de Creación"

 Esperamos su presencia para tan interesante propuesta.


viernes, 26 de septiembre de 2014

viernes, 19 de septiembre de 2014

APA (Artistas Premiados Argentinos) Diálogo con Beatriz Isoldi y Marta Ortiz

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El jueves 25 de setiembre a las 18 horas en la sede de APA (Artistas Premiados Argentinos)

ubicado en Avenida de Mayo 953- 2º piso "17" , Ciudad Autónoma de Buenos Aires

las escritoras Beatriz Isoldi de Ciudad Autónoma de Buenos Aires, que obtuvo un Primer Premio Municipal en la categoría ensayo  y Marta Ortiz de la ciudad de Rosario, provincia de Santa Fe, que  recibiera dos importantes premios internacionales en Centroamérica por  su primer libro de cuentos, dialogarán con las coordinadoras del ciclo: Inés Legarreta e Irma Verolín sobre su obra narrativa y leerán textos de su autoría.

Se ruega puntualidad, a las 19.30 en punto se desocupa la sala.

ENTRADA LIBRE Y GRATUITA

Apa información

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jueves, 28 de agosto de 2014

LA CASA GRANDE




    




       

Hay casas de familia dónde vive una familia tipo, es decir, madre, padre e hijos, generalmente dos, el varoncito, de preferencia el mayor y la nena. Pero la nuestra mantenía la vieja costumbre de hogar multitudinario, en que la casa va expandiéndose en tentáculos grotescos que mancillan estilos arquitectónicos en pos de una supuesta funcionalidad que nunca es tal, sino más bien resultado de la incompetencia estilística de sus toscos constructores. Así, nuestra casa se extendía hacia arriba y hacia atrás, con la misma naturalidad que lo hacia a los costados. Y sus cuartos mutaban de habitantes tan pronto cambiaban las circunstancias, por lo que a veces parecía una casa danzante.
Lo único que permanecía como en la época de la colonia era el gran portón de entrada, por el que, por mandato divino del abuelo, todos debíamos pasar antes de llegar al área que teníamos destinada, y él, que acostumbraba a estar leyendo en el sillón gigantesco de su escritorio, justo frente al portón, se daba el lujo de controlar entradas y salidas marcando el paso como un perverso reloj.
En el ala izquierda de la casa vivían las solteras y viudas, en el ala derecha las familias constituidas y al fondo, casi como arrojadas al depósito, tía Catalina y mamá que habían tenido el terrible atrevimiento de dejar que sus maridos las abandonasen. Cosa que no era tan cierta ya que si bien el marido de tía Catalina la había dejado una vez comprobó que no podría sacarle ni media vaca al abuelo, mi papá había desaparecido durante una refriega en Corrientes y nunca supimos si había muerto o cuál había sido su suerte. Encarnación, la hija de tía Catalina, y yo, dormíamos en un cuarto del ala izquierda entre las viudas y las solteras para qué, según el abuelo, no se nos contagiaran las malas mañas de nuestras madres
En el ala derecha vivía tío Horacio, el mayor de todos, heredero obligado del abuelo, no sé si en dinero, que ya casi no quedaba, pero seguro en mal humor. Vivía con la tía Clara, su silenciosa y sumisa esposa, y sus dos hijos altaneros: Raúl y Andrés.  Y del otro lado del pasillo vivían la tía María y el tío Oscar; que casi nunca estaba porque era marino y se pasaba la mayor parte del tiempo en medio del mar; con sus dos hijas: Marcela y Catalinita. Arriba vivía el tío Ernesto que era el solterón de la familia y según decían andaba mal de la cabeza y por eso era poeta.
 El abuelo con su espíritu de frustrado dios olímpico en vez de construir varias cocinas había ido ampliando tanto la original que ya parecía un salón de baile dónde ollas y sartenes colgaban del techo como telarañas y los fogones convivían con modernas cocinas de ocho hornallas dignas del mejor restaurante. Justo al lado estaba el comedor de diario y al otro lado el comedor principal que sólo ocupábamos en los días de fiesta, y el resto del año despedía un fuerte olor a cera, humedad y trementina que hacía aún más tenebrosos los gigantescos muebles de madera oscura y las pesadas cortinas. Para nosotros, los niños, era el espacio de los misterios. Uno de nuestros juegos preferidos era entrar sigilosamente cuando todos dormían para morirnos de miedo contando historias truculentas. Después salíamos corriendo al patio en busca del consuelo solar.
La casa tenía varios patios pequeños y uno principal. El principal estaba detrás de  los salones y la cocina y separaba la casa grande de la pequeña en que vivían mamá y la tía. Allí estaba el aljibe con  su pozo funcionando, el asador y  la glorieta dónde a veces comíamos y otras tomábamos mate, bordando o cosiendo las tías y estudiando nosotros, los días de calor, el maldito latín y griego que a criterio el abuelo, maestro indiscutible, eran los idiomas eternos.
—Todo lo que pasa, pasa por la mala educación— repetía como una pesada cantinela —En mis tiempos sí se sabía enseñar. La cultura es la base de los pueblos y el arma de los poderosos para guiar a los débiles y  a los bárbaros.
Y nosotros nos veíamos obligados a repetir una y otra vez las lecciones pues no había modo de hacerle comprender que las cosas habían cambiado y que eran otras las materias que necesitábamos aprender.

Los otros tres patios estaban uno a cada ala y el otro detrás de la casa del fondo. Después de este último que era dónde se colgaba la ropa comenzaba el parque con sus frutales, sus escondrijos, sus gallineros y sus caniles. Allí era la tierra perdida dónde todas las aventuras eran posibles porque el abuelo iba rara vez a causa de la renguera que le había quedado después de una refriega política en la que recibió una bala perdida.
No sé cómo igual tarde o temprano terminaba sabiendo nuestras travesuras, y mirándonos fijo, generalmente a la hora de la cena, golpeaba la mesa con el puño haciendo saltar platos y copas y rugía:
— ¡En esta casa se ha perdido la moral y el criterio!
Entonces todos, grandes y  chicos, bajábamos la cabeza, las moscas se quedaban quietitas y un silencio de esos que ponen nerviosa flotaba en el comedor.
—Quiero ver esos cuadernos — decía  y nosotros temblábamos porque nunca nada le parecía bien ¡y pobre del que tuviese una mala nota!
—¿Por qué no diez?— decía ante un ocho o un nueve, ó —¿Qué es este borrón? Los cuadernos son  obras de arte que han de poder mostrarse como tales, ¡esto es un mamarracho!
Y luego teníamos lo menos tres días de clases de caligrafía, geografía, historia o de la materia en que a su criterio no éramos más que brutas mulas. El lado bueno de esta manía educativa es que el abuelo, tan rígido en todo, no lo era a la hora de prohibir la educación a las hijas mujeres como hacían tantas otras familias y eso prometía que algún día podríamos valernos por nosotras mismas o al menos no quedar tan ajenas a la realidad por falta de conocimientos.

Si la casa había ido cambiando igual que el barrio con el paso de los años, las costumbres en ella, no. La vida diaria estaba pautada con ritmo militar. A las seis había que levantarse, vestirse y apresurarse a desayunar. Luego los varones al colegio, los tíos al trabajo, las mujeres a limpiar y nosotras a estudiar con las maestras siempre seleccionadas por el abuelo en la misma sala de estudio, sentadas en los mismos pupitres de madera dura, en que habían estudiado nuestras madres. Más tarde, cuando regresaban los primos, llegaban las clases de latín y griego ya sea dentro durante el invierno o en la glorieta en primavera y verano. Le seguían las de piano y canto, y luego mientras los niños escuchaban al abuelo leerles sobre política, nosotras teníamos que juntarnos con las mujeres para aprender a cocinar, coser, tejer y bordar, hasta la hora de la cena.

Las tías tenían por manía ponerse a tejer todas juntas para poder chismear sobre los temas más diversos, que iban desde el peinado de la vecina nueva a las aventuras de la descocada hija del verdulero, y algo mágico tenía el tejido, quizás porque la salita del telar estaba al fondo, aislada de la casa, junto al lavadero y a los cuartos de mamá y tía Catalina, que antiguamente habían sido depósitos. O por ser un ámbito exclusivo de las mujeres, gobernado por la abuela mientras había vivido y por tía Encarnación ahora, dónde el abuelo jamás se atrevía a entrar. Cualquiera fuese la causa apenas encender el fuego y las lámparas y cerrar las puertas, las tías cambiaban y sus rostros se estiraban en sonrisas y muecas mientras criticaban a medio mundo y hacían planes de libertad en medio de mil historias, a cuál más fascinante, que una y otra vez compartían con nosotras. Allí entre vuelta y vuelta de agujas y lanzaderas planeaban estrategias, se consolaban, trazaban planes cómplices para que una u otra de ellas pudiese encontrarse con algún novio y leían las novelas que el abuelo tenía prohibidas por diabólicas. Nunca nos dijeron que mantuviésemos el secreto, el acuerdo era tácito y viajaba en la sangre de generación en generación.
Seguramente por el mismo acuerdo, nunca preguntábamos que había tras la cortina que hacía de pared al fondo. Sabíamos que el cuarto continuaba pues la cortina estaba más o menos a mitad del espacio, pero como ellas hacían de cuenta que no existía supusimos que allí se guardaban las lanas, las viejas lanzaderas y quizás algunos tapices. Un instinto primario frenaba nuestra curiosidad en otros temas incontrolable.
Después de cenar debíamos acostarnos. Las luces se apagaban y los ruidos quedaban prohibidos. El abuelo y los tíos se quedaban un rato bebiendo, conversando y fumando en la sala de hombres mientras las tías terminaban de lavar y limpiar las cosas de la cocina. Luego, ellas volvían a la sala del telar.

Tendría unos once o doce años cuando una noche me despertó Encarnación, mi prima a la que llamábamos Manucha, porque, contaban las tías, que de chiquita no quería soltar la teta.
—Mira la luz esa… No es una luciérnaga, sale detrás del árbol viejo— susurró
Era tarde, muy tarde, únicamente se oían los grillos y cada tanto una torcaza nochera. Las dos nos quedamos mirando la misteriosa luz vacilante que nacía aparentemente del árbol centenario que crecía justo al final del cuarto del telar y sólo podía verse desde nuestros cuartos del ala izquierda.
—En esta casa está todo raro— dije, y Manucha asintió tan desconcertada como yo.
Una semana atrás se había desatado un terremoto en la casa cuando tía María llegó llorando por que acababa de descubrir por puro accidente que su marido la engañaba. Las hermanas corrieron a consolarla pero el abuelo que había escuchado le ordenó que cerrase la boca delante de los niños y que fuera lo suficientemente mujer para entender un desliz de su hombre.
—Ningún desliz, tiene otra familia y hasta un hijo— gritó la tía roja de indignación y vergüenza.
—Necesitaba heredero— repuso mi abuelo seco y a punto de estallar. — Ahora vaya, lávese la cara y ayude a sus hermanas con la comida que ya es tarde. Esta noche yo hablaré con él, no voy a permitir que ande por allí ensuciando el apellido. Si necesita otra mujer porque usted no sirve, qué se guarde de tenerla lejos
— ¿El apellido?— rugió la tía loca de ira — ¡Voy a matarlo!
El abuelo le dio una bofetada y la mando a callar. Las tías sacaron rápido a María y nosotras muertas de terror nos ocultamos detrás de los pupitres. Esa noche a todos nos cayó mal la cena. El único que actuaba como si nada era el abuelo. A la noche lo escuchamos hablar con el tío Oscar, sus voces subían y bajaban como cadena montañosa hasta que un silencio mortal se instaló.
Desde entonces todos seguíamos como si nada hubiese sucedido, incluso la tía que prohibió a sus hijas volver a mencionar el tema o ponerle mala cara al padre.

Desde ese día la intriga nos carcomía despertándonos ya tarde para espiar en busca de la misteriosa luz que fiel a su sitio titilaba noche tras noche. Ardíamos en deseos de ir a ver, pero un miedo feroz nos atenazaba los pies. Una noche escuchamos pasitos tras la puerta, temblando fuimos ha abrir, eran Marcela y Catalinita. Entraron sin decir nada y al ver la cortina corrida Catalinita dijo:
—Ah, ustedes también la vieron.
—Sí, pero no sabemos que es.
—Son ellas — afirmó Marcela y todas giramos a mirarla —Mamá y las tías—, aclaró — No sé que hacen y no me atrevo a preguntar.
— ¿Y cómo pudieron verla si del ala derecha no se ve el árbol?— preguntó desconfiada Manucha
Catalinita y su hermana se miraron cómplices hasta que encogiéndose de hombros Marcela dijo:
—La vi yo que... salí a dar una vuelta.
—Por eso vinimos para confirmar— se apresuró a decir Catalinita.
Todas nos reímos entendiendo. Marcela ya tenía dieciocho años y era una mujer.
— ¿Y ahora qué hacemos? — pregunté.
—Vayamos a ver—propuso Manucha envalentonada por la presencia de las otras
Y allá fuimos descalzas y silenciosas como fantasmas, sin luz que nos guiase, no fuese cosa que el abuelo la viese.
Nuestros rostros pegados a la pequeña ventana cubierta de polvo y telas de araña, tenían el mismo gesto de espanto y las cuatro gargantas estaban selladas. Alrededor de un gran telar, vestidas con trajes de luto, todas las tías tejían y canturreaban algo que no lográbamos entender, las velas montadas en las paredes las hacía parecer espectros nocturnos y sus rostros trasfigurados, ignorando nuestra presencia, nos provocaban una extraña sensación de horror placentero. En el fondo colgaban varios tapices indescifrables dónde nos pareció ver siluetas humanas deformadas y retorcidas. ¡Eran francamente horrorosos!, mejor que colgaran allí y no en las paredes de la casa.
Decidimos regresar y acostarnos, lo que ellas hicieran no era cosa nuestra.
 Pocas semanas más tarde llamaron del hospital para avisar que tío Oscar estaba internado en terapia. Una terrible enfermedad había brotado bruscamente y estaba a punto de matarlo. Tardó casi seis meses en curarse a medias, pues desde entonces ya no pudo caminar ni hablar, parecía un muñeco destartalado tirado en un rincón de la cama matrimonial.
La vida continuó normalmente y nosotras seguimos aprendiendo a tejer. Cada dos horas alguna de las mujeres iba a la habitación del tío, porque la tía se había mudado con sus hijas, para ver si el enfermo necesitaba algo.
Por mucho tiempo no volvimos a ver la luz que nacía del árbol.


© Ana Cuevas Unamuno



domingo, 27 de julio de 2014

martes, 1 de julio de 2014

¿Leer es placer o condena?

ninos-leyendo

Mucho se habla de estimular la lectura sobre todo en niños y jóvenes, cientos de técnicas, reflexiones, búsquedas, sin embargo hoy prefiero centrarme no en qué hacer para estimular la lectura, sino en que NO HACER para anular todo interés

Lo lamentable es que al día de hoy a pesar de tanto que se habla, estos errores se siguen cometiendo, lo que finalmente construye una grave contradicción entre discurso y acción ¿no?

Por eso vamos a ver cuáles son los buenos consejos que nos dan quienes saben

Consejos . ¿Para qué?      Lectura obligatoria Pavel Kuczynski

Pues para  que las niñas y los niños odien la lectura.

Sí si…

De ello nos hablan Gianni Rodari y a Joan Carles Girbés. Veamos…


De Gianni Rodari tenemos sus maravillosas “Nuevas maneras de enseñar a los niños a odiar la literatura”.

Forma parte de uno de sus libros y se publicó después en la revista “Educación y Biblioteca” (nº 138, noviembre/diciembre 2003).

De Joan Carles Girbés tenemos sus admirables “Diez consejos infalibles para que los niños ODIEN los libros (para padres y maestros).

Es parte de su libro “Guía práctica para hacer hijos lectores”.
Diez consejos infalibles para que los niños ODIEN los libros (para padres y maestros)

1. Cuando empiecen a leer en voz alta, interrúmpelos constantemente para marcarles sus errores. A ti también se te quitarían las ganas de seguir leyendo.


2 Oblígales a leer. Nada más eficiente que una simple palabra, “lee”, para conseguir el efecto contrario.

3.Menosprecia sus gustos y no respetes su criterio. ¿Qué es mejor, que lean lo que les gusta o que no lean?

4. Imponles lecturas. Esa novela que tanto te gustó a su edad no tiene por qué ser de su agrado.

5. Pídeles que te hagan un resumen. No dejes que asocien los libros con los deberes.

6. Controla todo lo que leen. Interesarse no significa examinarlos e interrogarlos.

7. Recuérdales los beneficios de leer. “Los niños que leen sacan mejores notas, como tu amigo”… y el chaval perdió las ganas de leer y tomó manía al amigo.

8. Relaciona los libros sólo con los deberes. Un libro no ha de ser sólo un instrumento para aprender cosas.

9. Castígalos sin tele por no leer. Convirtamos la tele en nuestro aliado: ¿cuántas películas infantiles se basan en libros?

10 Exígeles lecturas inadecuadas. No por ser bueno y correcto es adecuado a su edad o estado madurativo

Ahora ya sabemos cómo nuestros niños y niñas pueden odiar la lectura. Sin querer (lo sentimos) también hemos aprendido cómo pueden amarla. La ruta a seguir está en tus manos

.
Para finalizar, permítenos destacar estas palabras de Gianni Rodari: “Una técnica se puede aprender con pescozones: así la técnica de la lectura. Pero el amor por la lectura no es una técnica, es algo bastante más interior y ligado a la vida, y con pescozones (reales o metafóricos) no se aprende”. No hay más que decir

martes, 17 de junio de 2014

Historias inventadas, historias verdaderas

dibujos a tinta de Tomas Blakely Mackenzie.-aladino 6 

Encontré este interesante artículo que dice mucho de lo que pienso respecto de las historias y con gusto lo comparto

Las enseñanzas de Sherezade

Gustavo Martín Garzo 11 MAY 2008- El País

El mundo del relato siempre ha ido unido a la pregunta por el poder de la muerte

Somos dueños de nuestros secretos, pero es el misterio el que nos posee

Un mito es una historia que, afectando a toda una comunidad, es juzgada por sus miembros como verdadera. Según esto, frente a las historias inventadas, con las que los hombres entretienen su tiempo y avivan su fantasía, existirían las historias verdaderas, que nos hablarían de lo que íntimamente son.

Por ejemplo, las historias que se refieren al origen de las cosas son míticas. La historia del paraíso lo es para el universo cristiano y judío porque en ella se habla de la causa por la que empezó el exilio del hombre en la tierra. Y, en el mundo griego, la historia de Prometeo o la de Demeter y Proserpina son míticas, ya que en ellas se habla, respectivamente, del descubrimiento del fuego y de los ciclos productivos asociados a las estaciones.

Las historias míticas abarcan un espectro muy amplio y pueden referirse desde a grandes dramas del espíritu humano, como la expulsión o el éxodo, hasta a asuntos menores como la creación del vino o el origen de las flores. El narciso surge de la metamorfosis de un joven y bello pastor que se enamora de su reflejo en el agua; el heliotropo, que siempre mira al sol, es la forma que toma la ninfa Clitia al languidecer de amor; el laurel oculta el cuerpo tembloroso de Dafne; y los lirios son gotas de leche vertidas por la diosa Hera cuando alimentaba al pequeño Hércules.

Las historias verdaderas se oponen a las historias inventadas en que, mientras que aquellas dicen la verdad de lo que somos, éstas no serían sino fórmulas complacientes que nos ayudarían en la tarea de hacer más gratas nuestras horas de soledad.

En nuestro universo cristiano, la conmemoración del nacimiento de Jesús es una historia verdadera, mientras que el cuento de La Bella Durmiente es una inventada. La primera afecta a toda la comunidad de creyentes; la segunda, pertenece a ese ámbito de la intimidad que es el espacio de la crianza de los niños. Pero no siempre es fácil distinguir unas de otras. Nada diferencia, por ejemplo, la historia de la Anunciación de las historias de Rapónchigo o de Blancanieves. Una muchacha que recibe la llegada de un ángel, y que concibe un niño llamado a ser el rey de los hombres, ¿no es el comienzo de un cuento de hadas?

Pero el niño posee un pensamiento mágico en que realidad y ficción se compenetran y fecundan y no tiene claro los límites que separan los dos mundos. Un niño pequeño cree con naturalidad pasmosa la historia de Noé, pero también la de San Jorge y el Dragón o la de Peter Pan, que es ese malicioso personaje que vive anclado en la infancia; por lo que esa distinción entre lo real y lo ficticio siempre le será extremadamente difícil de llevar a cabo, y sólo la intervención del adulto podrá ayudarle en esa tarea.

Al hombre arcaico le pasaba algo parecido. Pensemos, por ejemplo, en las historias de aparecidos. Nuestros antepasados tenían que enfrentarse al enigma de la muerte y aquellas historias de familiares que regresaban de sus tumbas a intervenir en el mundo de los vivos, lejos de ser un mero entretenimiento, tenían el carácter de historias verdaderas que estaban en la base de la constitución misma de lo real. Walter Benjamin dijo que nuestro mundo es rico en información pero pobre en historias memorables, queriendo advertir, según creo, del empobrecimiento que había supuesto para el mundo del relato la pérdida de su sustrato mítico.

Curiosamente, la falta de referencias a esas historias verdaderas que constituyen la base del mito ha provocado un empobrecimiento tanto de la realidad como de la ficción. De lo que es sin duda un ejemplo ese mundo tan comentado de las leyendas urbanas, que en el mejor de los casos apenas sirven para otra cosa que para hacernos más grata la sobremesa. La ficción entendida como mero entretenimiento, como mundo paralelo que nos permite sortear el aburrimiento y el cansancio de lo real, termina por convertirse en un juego banal que apenas es capaz de provocarnos algún que otro estremecimiento. O dicho de otra forma, las ficciones nos pertenecen; las historias verdaderas no. Aún más, son ellas las que nos dicen lo que somos y lo que cabe esperar de nosotros. Es la misma diferencia que existe entre el mundo del secreto y el del misterio. El mundo del secreto pertenece al ámbito de la ficción, el del misterio al de la verdad. Somos dueños de nuestros secretos, pero es el misterio el que nos posee.

Pero el mito y el misterio han desaparecido de nuestras vidas, y el hombre contemporáneo ha dejado de creer que existan historias verdaderas. ¿Quiere decir esto que su vida se ha hecho más real? Más bien sucede lo contrario. Es la paradoja de los mitos, que a su manera son dadores de realidad. En los evangelios se nos dice que uno de los discípulos descubre al Jesús resucitado por la forma en que éste parte el pan en la mesa. Los restaurantes actuales entregan cartas de panes a sus clientes, pero es difícil que el pan llegue a tener para ellos la materialidad que tenía para los creyentes que escuchaban aquel relato. Incluso unas simples lentejas nunca serán las mismas para quien, tras crecer bajo el influjo misterioso de la Biblia, haya escuchado la historia de la traición de Jacob a Esaú. Es la paradoja del mundo del mito, y de sus historias verdaderas, que dan a los sueños la solidez de lo real, y a la realidad la intensidad de los sueños.

El planteamiento de una obra como El Decamerón no es, en el fondo, distinto al de estos concursos en que un grupo de hombres y mujeres jóvenes se ven obligados a permanecer aislados frente a las cámaras de televisión. En El Decamerón era la peste la que les hacía huir, y entonces daban en contarse historias con las que trataban de distraerse de sus angustias, pero en las que también se preguntaban por el mundo del deseo, por el significado de la dicha y del dolor, y con las que trataban, en definitiva, de conjurar a la muerte. Lo que no sucede en absoluto en los programas aludidos, en los que asistimos a un cúmulo de despropósitos y tópicos que ratifican el radical descrédito de lo real que padece el mundo actual.

Sherezade visitaba al sultán cada noche y gracias al arte de sus relatos no sólo logró salvarse, sino salvar la vida de cuantas muchachas habrían tenido que sucederle en su lecho. El mundo del relato siempre ha ido unido a la pregunta por el poder de la muerte, y a la necesidad de encontrar una manera de burlarla. Y es cierto que el mundo de la ficción no pertenece exactamente al mundo del mito, pero aspira a reflejar una parte de su verdad. Y así el mito vuelve a nosotros y, al hacerlo, la realidad se abre y nos entrega sus frutos más sabrosos. Bien mirado, ¿no es ésa la aspiración del narrador? Un puente entre la verdad y el mundo real, eso son todas las historias que merecen la pena.

sábado, 14 de junio de 2014

Entrevista a Ana Cuevas Unamuno sobre Narración y Lectura

Les comparto esta hermosa entrevista que me ha hecho Café entre libros de la mano de Silvina Zaneta y Andrea Luna, sobre Narración Oral y Lectura.

 Espero que la disfruten!

 



viernes, 18 de abril de 2014

En homenaje a GABRIEL GARCÍA MARQUEZ

Murió Gabriel García Márquez, el autor de la mítica Cien años de soledad

El escritor y periodista, premio Nobel de Literatura, tenía 87 años; falleció en la ciudad de México, donde vivía desde hacía más de tres décadas

DICE LA NACIÖN: Era muy joven cuando Gabriel García Márquez supo con quién se quería casar; se lo hizo saber a la pequeña Mercedes Raquel Barcha Pardo, de nueve. Decidió que se casaría con ella al terminar sus estudios. Logró conquistarla y contrajeron nupcias en marzo de 1958 en la iglesia de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro de Barranquilla.

Según publicó el periódico colombiano El Tiempo, que entrevistó al escritor inglés Gerald Martin, autor de la biografía Gabriel García Márquez: una vida, Gabo conoció a su mujer en Magangué (Bolívar), a principios de la década de 1940, cuando Mercedes era apenas una niña de 9 años, y él estaba próximo a irse a estudiar a Zipaquirá. Tenía cinco años más que ella.

Cuenta Martin en este reportaje que Mercedes nació el 6 de noviembre de 1932 y, al igual que Gabo , fue la primogénita de los seis hijos que tuvo Raquel Pardo López, descendiente de una familia de ganaderos, y el farmacéutico Demetrio Barcha Velilla, cuyos ancestros fueron emigrantes que provenían de Oriente Medio.

A ella se refiere en Cien años de soledad. "De allí es de suponer la 'sigilosa belleza de una serpiente del Nilo', de Mercedes", al aludir a la manera como Gabo describe a 'Mercedes, la boticaria' en Cien años de soledad: "la mujer sigilosa y silenciosa, de cuello esbelto y ojos adormecidos".Seguir leyendo

 

Y PARA HOMENAJEARLO UN CUENTO SUYO

La luz es como el agua - Gabriel García Márquez

En Navidad los niños volvieron a pedir un bote de remos.

-De acuerdo -dijo el papá, lo compraremos cuando volvamos a Cartagena.

Totó, de nueve años, y Joel, de siete, estaban más decididos de lo que sus padres creían.

-No -dijeron a coro-. Nos hace falta ahora y aquí.

-Para empezar -dijo la madre-, aquí no hay más aguas navegables que la que sale de la ducha.

Tanto ella como el esposo tenían razón. En la casa de Cartagena de Indias había un patio con un muelle sobre la bahía, y un refugio para dos yates grandes. En cambio aquí en Madrid vivían apretados en el piso quinto del número 47 del Paseo de la Castellana. Pero al final ni él ni ella pudieron negarse, porque les habían prometido un bote de remos con su sextante y su brújula si se ganaban el laurel del tercer año de primaria, y se lo habían ganado. Así que el papá compró todo sin decirle nada a su esposa, que era la más reacia a pagar deudas de juego. Era un precioso bote de aluminio con un hilo dorado en la línea de flotación.

-El bote está en el garaje -reveló el papá en el almuerzo-. El problema es que no hay cómo subirlo ni por el ascensor ni por la escalera, y en el garaje no hay más espacio disponible.

Sin embargo, la tarde del sábado siguiente los niños invitaron a sus condiscípulos para subir el bote por las escaleras, y lograron llevarlo hasta el cuarto de servicio.

-Felicitaciones -les dijo el papá ¿ahora qué?

-Ahora nada -dijeron los niños-. Lo único que queríamos era tener el bote en el cuarto, y ya está.

La noche del miércoles, como todos los miércoles, los padres se fueron al cine. Los niños, dueños y señores de la casa, cerraron puertas y ventanas, y rompieron la bombilla encendida de una lámpara de la sala. Un chorro de luz dorada y fresca como el agua empezó a salir de la bombilla rota, y lo dejaron correr hasta que el nivel llego a cuatro palmos. Entonces cortaron la corriente, sacaron el bote, y navegaron a placer por entre las islas de la casa.

Esta aventura fabulosa fue el resultado de una ligereza mía cuando participaba en un seminario sobre la poesía de los utensilios domésticos. Totó me preguntó cómo era que la luz se encendía con sólo apretar un botón, y yo no tuve el valor de pensarlo dos veces.

-La luz es como el agua -le contesté: uno abre el grifo, y sale.

De modo que siguieron navegando los miércoles en la noche, aprendiendo el manejo del sextante y la brújula, hasta que los padres regresaban del cine y los encontraban dormidos como ángeles de tierra firme. Meses después, ansiosos de ir más lejos, pidieron un equipo de pesca submarina. Con todo: máscaras, aletas, tanques y escopetas de aire comprimido.

-Está mal que tengan en el cuarto de servicio un bote de remos que no les sirve para nada -dijo el padre-. Pero está peor que quieran tener además equipos de buceo.

-¿Y si nos ganamos la gardenia de oro del primer semestre? -dijo Joel.

-No -dijo la madre, asustada-. Ya no más.

El padre le reprochó su intransigencia.

-Es que estos niños no se ganan ni un clavo por cumplir con su deber -dijo ella-, pero por un capricho son capaces de ganarse hasta la silla del maestro.

Los padres no dijeron al fin ni que sí ni que no. Pero Totó y Joel, que habían sido los últimos en los dos años anteriores, se ganaron en julio las dos gardenias de oro y el reconocimiento público del rector. Esa misma tarde, sin que hubieran vuelto a pedirlos, encontraron en el dormitorio los equipos de buzos en su empaque original. De modo que el miércoles siguiente, mientras los padres veían El último tango en París, llenaron el apartamento hasta la altura de dos brazas, bucearon como tiburones mansos por debajo de los muebles y las camas, y rescataron del fondo de la luz las cosas que durante años se habían perdido en la oscuridad.

En la premiación final los hermanos fueron aclamados como ejemplo para la escuela, y les dieron diplomas de excelencia. Esta vez no tuvieron que pedir nada, porque los padres les preguntaron qué querían. Ellos fueron tan razonables, que sólo quisieron una fiesta en casa para agasajar a los compañeros de curso.

El papá, a solas con su mujer, estaba radiante.

-Es una prueba de madurez -dijo.

-Dios te oiga -dijo la madre.

El miércoles siguiente, mientras los padres veían La Batalla de Argel, la gente que pasó por la Castellana vio una cascada de luz que caía de un viejo edificio escondido entre los árboles. Salía por los balcones, se derramaba a raudales por la fachada, y se encauzó por la gran avenida en un torrente dorado que iluminó la ciudad hasta el Guadarrama.

Llamados de urgencia, los bomberos forzaron la puerta del quinto piso, y encontraron la casa rebosada de luz hasta el techo. El sofá y los sillones forrados en piel de leopardo flotaban en la sala a distintos niveles, entre las botellas del bar y el piano de cola y su mantón de Manila que aleteaba a media agua como una mantarraya de oro. Los utensilios domésticos, en la plenitud de su poesía, volaban con sus propias alas por el cielo de la cocina. Los instrumentos de la banda de guerra, que los niños usaban para bailar, flotaban al garete entre los peces de colores liberados de la pecera de mamá, que eran los únicos que flotaban vivos y felices en la vasta ciénaga iluminada. En el cuarto de baño flotaban los cepillos de dientes de todos, los preservativos de papá, los pomos de cremas y la dentadura de repuesto de mamá, y el televisor de la alcoba principal flotaba de costado, todavía encendido en el último episodio de la película de media noche prohibida para niños.

Al final del corredor, flotando entre dos aguas, Totó estaba sentado en la popa del bote, aferrado a los remos y con la máscara puesta, buscando el faro del puerto hasta donde le alcanzó el aire de los tanques, y Joel flotaba en la proa buscando todavía la altura de la estrella polar con el sextante, y flotaban por toda la casa sus treinta y siete compañeros de clase, eternizados en el instante de hacer pipí en la maceta de geranios, de cantar el himno de la escuela con la letra cambiada por versos de burla contra el rector, de beberse a escondidas un vaso de brandy de la botella de papá. Pues habían abierto tantas luces al mismo tiempo que la casa se había rebosado, y todo el cuarto año elemental de la escuela de San Julián el Hospitalario se había ahogado en el piso quinto del número 47 del Paseo de la Castellana. En Madrid de España, una ciudad remota de veranos ardientes y vientos helados, sin mar ni río, y cuyos aborígenes de tierra firme nunca fueron maestros en la ciencia de navegar en la luz.

y UN VIDEO….que pueden ver acá