jueves, 28 de agosto de 2014

LA CASA GRANDE




    




       

Hay casas de familia dónde vive una familia tipo, es decir, madre, padre e hijos, generalmente dos, el varoncito, de preferencia el mayor y la nena. Pero la nuestra mantenía la vieja costumbre de hogar multitudinario, en que la casa va expandiéndose en tentáculos grotescos que mancillan estilos arquitectónicos en pos de una supuesta funcionalidad que nunca es tal, sino más bien resultado de la incompetencia estilística de sus toscos constructores. Así, nuestra casa se extendía hacia arriba y hacia atrás, con la misma naturalidad que lo hacia a los costados. Y sus cuartos mutaban de habitantes tan pronto cambiaban las circunstancias, por lo que a veces parecía una casa danzante.
Lo único que permanecía como en la época de la colonia era el gran portón de entrada, por el que, por mandato divino del abuelo, todos debíamos pasar antes de llegar al área que teníamos destinada, y él, que acostumbraba a estar leyendo en el sillón gigantesco de su escritorio, justo frente al portón, se daba el lujo de controlar entradas y salidas marcando el paso como un perverso reloj.
En el ala izquierda de la casa vivían las solteras y viudas, en el ala derecha las familias constituidas y al fondo, casi como arrojadas al depósito, tía Catalina y mamá que habían tenido el terrible atrevimiento de dejar que sus maridos las abandonasen. Cosa que no era tan cierta ya que si bien el marido de tía Catalina la había dejado una vez comprobó que no podría sacarle ni media vaca al abuelo, mi papá había desaparecido durante una refriega en Corrientes y nunca supimos si había muerto o cuál había sido su suerte. Encarnación, la hija de tía Catalina, y yo, dormíamos en un cuarto del ala izquierda entre las viudas y las solteras para qué, según el abuelo, no se nos contagiaran las malas mañas de nuestras madres
En el ala derecha vivía tío Horacio, el mayor de todos, heredero obligado del abuelo, no sé si en dinero, que ya casi no quedaba, pero seguro en mal humor. Vivía con la tía Clara, su silenciosa y sumisa esposa, y sus dos hijos altaneros: Raúl y Andrés.  Y del otro lado del pasillo vivían la tía María y el tío Oscar; que casi nunca estaba porque era marino y se pasaba la mayor parte del tiempo en medio del mar; con sus dos hijas: Marcela y Catalinita. Arriba vivía el tío Ernesto que era el solterón de la familia y según decían andaba mal de la cabeza y por eso era poeta.
 El abuelo con su espíritu de frustrado dios olímpico en vez de construir varias cocinas había ido ampliando tanto la original que ya parecía un salón de baile dónde ollas y sartenes colgaban del techo como telarañas y los fogones convivían con modernas cocinas de ocho hornallas dignas del mejor restaurante. Justo al lado estaba el comedor de diario y al otro lado el comedor principal que sólo ocupábamos en los días de fiesta, y el resto del año despedía un fuerte olor a cera, humedad y trementina que hacía aún más tenebrosos los gigantescos muebles de madera oscura y las pesadas cortinas. Para nosotros, los niños, era el espacio de los misterios. Uno de nuestros juegos preferidos era entrar sigilosamente cuando todos dormían para morirnos de miedo contando historias truculentas. Después salíamos corriendo al patio en busca del consuelo solar.
La casa tenía varios patios pequeños y uno principal. El principal estaba detrás de  los salones y la cocina y separaba la casa grande de la pequeña en que vivían mamá y la tía. Allí estaba el aljibe con  su pozo funcionando, el asador y  la glorieta dónde a veces comíamos y otras tomábamos mate, bordando o cosiendo las tías y estudiando nosotros, los días de calor, el maldito latín y griego que a criterio el abuelo, maestro indiscutible, eran los idiomas eternos.
—Todo lo que pasa, pasa por la mala educación— repetía como una pesada cantinela —En mis tiempos sí se sabía enseñar. La cultura es la base de los pueblos y el arma de los poderosos para guiar a los débiles y  a los bárbaros.
Y nosotros nos veíamos obligados a repetir una y otra vez las lecciones pues no había modo de hacerle comprender que las cosas habían cambiado y que eran otras las materias que necesitábamos aprender.

Los otros tres patios estaban uno a cada ala y el otro detrás de la casa del fondo. Después de este último que era dónde se colgaba la ropa comenzaba el parque con sus frutales, sus escondrijos, sus gallineros y sus caniles. Allí era la tierra perdida dónde todas las aventuras eran posibles porque el abuelo iba rara vez a causa de la renguera que le había quedado después de una refriega política en la que recibió una bala perdida.
No sé cómo igual tarde o temprano terminaba sabiendo nuestras travesuras, y mirándonos fijo, generalmente a la hora de la cena, golpeaba la mesa con el puño haciendo saltar platos y copas y rugía:
— ¡En esta casa se ha perdido la moral y el criterio!
Entonces todos, grandes y  chicos, bajábamos la cabeza, las moscas se quedaban quietitas y un silencio de esos que ponen nerviosa flotaba en el comedor.
—Quiero ver esos cuadernos — decía  y nosotros temblábamos porque nunca nada le parecía bien ¡y pobre del que tuviese una mala nota!
—¿Por qué no diez?— decía ante un ocho o un nueve, ó —¿Qué es este borrón? Los cuadernos son  obras de arte que han de poder mostrarse como tales, ¡esto es un mamarracho!
Y luego teníamos lo menos tres días de clases de caligrafía, geografía, historia o de la materia en que a su criterio no éramos más que brutas mulas. El lado bueno de esta manía educativa es que el abuelo, tan rígido en todo, no lo era a la hora de prohibir la educación a las hijas mujeres como hacían tantas otras familias y eso prometía que algún día podríamos valernos por nosotras mismas o al menos no quedar tan ajenas a la realidad por falta de conocimientos.

Si la casa había ido cambiando igual que el barrio con el paso de los años, las costumbres en ella, no. La vida diaria estaba pautada con ritmo militar. A las seis había que levantarse, vestirse y apresurarse a desayunar. Luego los varones al colegio, los tíos al trabajo, las mujeres a limpiar y nosotras a estudiar con las maestras siempre seleccionadas por el abuelo en la misma sala de estudio, sentadas en los mismos pupitres de madera dura, en que habían estudiado nuestras madres. Más tarde, cuando regresaban los primos, llegaban las clases de latín y griego ya sea dentro durante el invierno o en la glorieta en primavera y verano. Le seguían las de piano y canto, y luego mientras los niños escuchaban al abuelo leerles sobre política, nosotras teníamos que juntarnos con las mujeres para aprender a cocinar, coser, tejer y bordar, hasta la hora de la cena.

Las tías tenían por manía ponerse a tejer todas juntas para poder chismear sobre los temas más diversos, que iban desde el peinado de la vecina nueva a las aventuras de la descocada hija del verdulero, y algo mágico tenía el tejido, quizás porque la salita del telar estaba al fondo, aislada de la casa, junto al lavadero y a los cuartos de mamá y tía Catalina, que antiguamente habían sido depósitos. O por ser un ámbito exclusivo de las mujeres, gobernado por la abuela mientras había vivido y por tía Encarnación ahora, dónde el abuelo jamás se atrevía a entrar. Cualquiera fuese la causa apenas encender el fuego y las lámparas y cerrar las puertas, las tías cambiaban y sus rostros se estiraban en sonrisas y muecas mientras criticaban a medio mundo y hacían planes de libertad en medio de mil historias, a cuál más fascinante, que una y otra vez compartían con nosotras. Allí entre vuelta y vuelta de agujas y lanzaderas planeaban estrategias, se consolaban, trazaban planes cómplices para que una u otra de ellas pudiese encontrarse con algún novio y leían las novelas que el abuelo tenía prohibidas por diabólicas. Nunca nos dijeron que mantuviésemos el secreto, el acuerdo era tácito y viajaba en la sangre de generación en generación.
Seguramente por el mismo acuerdo, nunca preguntábamos que había tras la cortina que hacía de pared al fondo. Sabíamos que el cuarto continuaba pues la cortina estaba más o menos a mitad del espacio, pero como ellas hacían de cuenta que no existía supusimos que allí se guardaban las lanas, las viejas lanzaderas y quizás algunos tapices. Un instinto primario frenaba nuestra curiosidad en otros temas incontrolable.
Después de cenar debíamos acostarnos. Las luces se apagaban y los ruidos quedaban prohibidos. El abuelo y los tíos se quedaban un rato bebiendo, conversando y fumando en la sala de hombres mientras las tías terminaban de lavar y limpiar las cosas de la cocina. Luego, ellas volvían a la sala del telar.

Tendría unos once o doce años cuando una noche me despertó Encarnación, mi prima a la que llamábamos Manucha, porque, contaban las tías, que de chiquita no quería soltar la teta.
—Mira la luz esa… No es una luciérnaga, sale detrás del árbol viejo— susurró
Era tarde, muy tarde, únicamente se oían los grillos y cada tanto una torcaza nochera. Las dos nos quedamos mirando la misteriosa luz vacilante que nacía aparentemente del árbol centenario que crecía justo al final del cuarto del telar y sólo podía verse desde nuestros cuartos del ala izquierda.
—En esta casa está todo raro— dije, y Manucha asintió tan desconcertada como yo.
Una semana atrás se había desatado un terremoto en la casa cuando tía María llegó llorando por que acababa de descubrir por puro accidente que su marido la engañaba. Las hermanas corrieron a consolarla pero el abuelo que había escuchado le ordenó que cerrase la boca delante de los niños y que fuera lo suficientemente mujer para entender un desliz de su hombre.
—Ningún desliz, tiene otra familia y hasta un hijo— gritó la tía roja de indignación y vergüenza.
—Necesitaba heredero— repuso mi abuelo seco y a punto de estallar. — Ahora vaya, lávese la cara y ayude a sus hermanas con la comida que ya es tarde. Esta noche yo hablaré con él, no voy a permitir que ande por allí ensuciando el apellido. Si necesita otra mujer porque usted no sirve, qué se guarde de tenerla lejos
— ¿El apellido?— rugió la tía loca de ira — ¡Voy a matarlo!
El abuelo le dio una bofetada y la mando a callar. Las tías sacaron rápido a María y nosotras muertas de terror nos ocultamos detrás de los pupitres. Esa noche a todos nos cayó mal la cena. El único que actuaba como si nada era el abuelo. A la noche lo escuchamos hablar con el tío Oscar, sus voces subían y bajaban como cadena montañosa hasta que un silencio mortal se instaló.
Desde entonces todos seguíamos como si nada hubiese sucedido, incluso la tía que prohibió a sus hijas volver a mencionar el tema o ponerle mala cara al padre.

Desde ese día la intriga nos carcomía despertándonos ya tarde para espiar en busca de la misteriosa luz que fiel a su sitio titilaba noche tras noche. Ardíamos en deseos de ir a ver, pero un miedo feroz nos atenazaba los pies. Una noche escuchamos pasitos tras la puerta, temblando fuimos ha abrir, eran Marcela y Catalinita. Entraron sin decir nada y al ver la cortina corrida Catalinita dijo:
—Ah, ustedes también la vieron.
—Sí, pero no sabemos que es.
—Son ellas — afirmó Marcela y todas giramos a mirarla —Mamá y las tías—, aclaró — No sé que hacen y no me atrevo a preguntar.
— ¿Y cómo pudieron verla si del ala derecha no se ve el árbol?— preguntó desconfiada Manucha
Catalinita y su hermana se miraron cómplices hasta que encogiéndose de hombros Marcela dijo:
—La vi yo que... salí a dar una vuelta.
—Por eso vinimos para confirmar— se apresuró a decir Catalinita.
Todas nos reímos entendiendo. Marcela ya tenía dieciocho años y era una mujer.
— ¿Y ahora qué hacemos? — pregunté.
—Vayamos a ver—propuso Manucha envalentonada por la presencia de las otras
Y allá fuimos descalzas y silenciosas como fantasmas, sin luz que nos guiase, no fuese cosa que el abuelo la viese.
Nuestros rostros pegados a la pequeña ventana cubierta de polvo y telas de araña, tenían el mismo gesto de espanto y las cuatro gargantas estaban selladas. Alrededor de un gran telar, vestidas con trajes de luto, todas las tías tejían y canturreaban algo que no lográbamos entender, las velas montadas en las paredes las hacía parecer espectros nocturnos y sus rostros trasfigurados, ignorando nuestra presencia, nos provocaban una extraña sensación de horror placentero. En el fondo colgaban varios tapices indescifrables dónde nos pareció ver siluetas humanas deformadas y retorcidas. ¡Eran francamente horrorosos!, mejor que colgaran allí y no en las paredes de la casa.
Decidimos regresar y acostarnos, lo que ellas hicieran no era cosa nuestra.
 Pocas semanas más tarde llamaron del hospital para avisar que tío Oscar estaba internado en terapia. Una terrible enfermedad había brotado bruscamente y estaba a punto de matarlo. Tardó casi seis meses en curarse a medias, pues desde entonces ya no pudo caminar ni hablar, parecía un muñeco destartalado tirado en un rincón de la cama matrimonial.
La vida continuó normalmente y nosotras seguimos aprendiendo a tejer. Cada dos horas alguna de las mujeres iba a la habitación del tío, porque la tía se había mudado con sus hijas, para ver si el enfermo necesitaba algo.
Por mucho tiempo no volvimos a ver la luz que nacía del árbol.


© Ana Cuevas Unamuno