martes, 29 de septiembre de 2009

EL EXTRAÑO DEL PARQUE

Erase que se era un hombre extraño que moraba en las calles dónde habitan las criaturas abandonadas del señor y al que tantos acudían por su intensa presencia de factura indescriptible, a confiarle sus penas y tribulaciones. En una mañana como esta, acudió a él un niño menesteroso en demanda de algo con qué aplacar el hambre de su madre y sus hermanos. Lo halló en la avenida, cerca de los bancos dónde comían las palomas, y con voz de sentida angustia le narró sus penas pidiéndole ayuda para remediarlas.

—Seis hermanos tengo y otro por llegar, ha muerto mi padre por ir a robar. Mi madre gastada de tan mala vida, nos mira y solloza su hambre y la nuestra. Vendo estampitas, recorro vagones, pido unas monedas, canto en ocasiones, Adela mi hermana ofrece su cuerpo, Ricardo esta preso por una nimiedad, Roberto saca lustre a botas y zapatos, Cristina vende rosas en bares de moda, Clarita da besos a cambio de monedas, y Arturo va conmigo porque es muy pequeño, a veces lo cargo, la gente nos mira y voltea el rostro para ocultar su vergüenza. Ninguno va a la escuela, ni tiene calzado, compartimos manta en noches muy frías y dormimos siempre debajo de un puente

El buen hombre viejo que por darlo todo nada tenía, sentíose conmovido por tanta miseria y hondamente apenado por no poder aliviarla; y así conmovido y apenado, púsose a despotricar contra la injusticia clamando a los gritos por la Gracia Divina. Mientras declamaba su público rezo y alcanzaba al cielo su voz desmedida, sus ojos se posaron en una lagartija que inapropiadamente reposaba a su vera, alargó hacia ella su mano, tomándola suavemente.

lagartijas-de-ceramica

Al contacto de esa mano milagrosa, la lagartija se trocó en una joya de oro y esmeraldas que entregó al niño diciéndole:

—Mira mi cuerpo gastado de sol, de frío y de viento, no porto calzado ni ropa decente, tan solo esta túnica de raída hechura y color incierto. Voy perdiendo dientes a cada mordida que le doy al tiempo, mi pecho se curva al peso de egoísmos y mezquindades propias y ajenas. Solo viven mis ojos que aún conservan la furia del mar y la inmensidad el cielo y mi voz que crece cada día llegando más lejos. Llevo siglos escuchando el clamor de entrañas secas, el raspar de harapos, el tiritar de heladas, el llanto incontenible de almas que se secan en sus cuerpos ateridas de dolor, de injusticia, de furia. Años de mirar ojos velados de miedo, sordos oídos al dolor ajeno, muecas complacientes, muecas de asco, manos inertes. He caminado todos los caminos y estrechado miles de encuentros, he vaciado mis pies de rutas, y soltado mis voces sembrando preguntas. He renunciado al silencio, a la conformidad, al acuerdo, y he permitido a mi pecho abrirse en surcos sangrantes para que de ellos beban los que marchen sedientos. Tengo las manos abiertas, los bolsillos rotos, la piel expuesta, la mirada despierta. Pero bueno, que no es de mí que hablamos sino de tu pena. Toma esto y ve a algún negocio de empeño, no dejes que te engañen, pelea precio y podrás calmar tu hambre y tu tristeza —

Obedeció el niño y con lo obtenido, no solo remedió el hambre de los suyos y la propia, sino que pudo cambiar su vida. Compró primero una tierra fértil, allí en el pueblo del que habían huido sus ancestros buscando el engañoso bienestar de la ciudad, construyó una casa, un granero, corrales, compró animales y sembró la tierra junto a sus hermanos, antes que nada quería que nunca más faltase el alimento. Y sin planearlo prosperó por su eficiente desempeño y la rectitud imposible de sus actos. Es que a cada deseo de injusticia le frenaba el recuerdo del anciano. Pasaron los años y el niño, ahora un hacendado, despertó un día pensando que era llegada la hora de restituir a su legítimo dueño aquella joya que de tanto provecho le había sido. Mucho anduvo buscándola hasta hallarla y recuperarla y una hermosa mañana estival volvió con ella en busca del viejo. Lo halló en una avenida, cerca de los bancos dónde comían las palomas, mucho más viejo y de ser posible mucho más pobre, pero con la misma intensa presencia que le había atraído aquel día hacia tiempo.

—Mi querido salvador— le dijo el ahora hombre— He vuelto a buscarlo para devolverle esta joya que me dio cuando siendo niño vine a suplicarle por un mendrugo para saciar el hambre. Mucho más que comida me ha permitido ella y mucho más que alimento me ha ofrecido usted. Ya no la necesito y por ello se la devuelvo, para que acaso cambie su vida o sea de ayuda para socorrer a otro que hoy sufra lo que antes yo he sufrido. Muchas gracias y que los caminos de la vida y las bendiciones del cielo le sean propicios.

El anciano nada recuerda ya. Con aire distraído toma la lagartija de oro y esmeraldas, su boca sin dientes sonríe al verla tan quietecita y la deposita con suavidad, su mano rugosa como viejo pergamino, en el rinconcito dónde el sol aún entibia. Nuevamente por milagro de su mano, aquel objeto precioso vuelve a ser lo que antes había sido, una lagartija que hecha a andar lenta en dirección a su hogar.

© Ana Cuevas Unamuno

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