jueves, 3 de septiembre de 2009

LA PROHIBICIÓN

En el país de Acá, antes que llegasen los conquistadores nadie tomaba Licor porque el Licor no existía. Ellos lo trajeron, y como nuestra tierra era buena para cultivar y hacer mucho buen Licor se la quedaron sin echarnos. Nos dejaron seguir trabajándola si lo hacíamos como ellos querían y les dejábamos lo cosechado. Algunos no quisieron y los mataron, otros se fueron para no morir y muchos sin saber qué hacer, asustados y cansados de llorar, se quedaron. De esto hace mucho tiempo. Fue antes que naciera el abuelo de mi papá.

Cuando yo nací ya vivíamos aquí y el tirano era tirano, por eso yo no sabía que antes era distinto y creí que era así como tenía que ser. A mí gustaba mucho el Licor. A casi todos nos gustaba, quizás porque de tanto fabricarlo le tomamos costumbre, o porque cada mes nos pagaban con vales y botellas… Cierto que las peleas violentas, los destrozos y la desidia también eran costumbre en ocasiones. Es que el Licor a veces se sube a la cabeza y daña los controles del cuerpo y la inteligencia, pero otras cosas también los dañan y nadie dice nada.

En el país de Allá; la patria de los conquistadores; también se tomaba Licor, pero no necesitaban trabajar la tierra porque eso lo hacíamos nosotros.

Nosotros que no sabíamos que en el país de Allá ahora era presidente un señor que detestaba el Licor y había decidido que nadie más lo bebiese. Tampoco sabíamos, aunque algunos lo sospechaban, que el tirano trabajaba para él. Cuándo lo supimos nos dio miedo, ¿de qué trabajaríamos?, ¿qué cultivaríamos? Por suerte como muchos campos eran de este señor y los otros de sus amigos, no nos quitó el trabajo, se contentó con prohibirnos beber.

La guardia del tirano vigilaba a toda hora para asegurarse que cumpliésemos la ordenanza, y si encontraban a alguien desobedeciendo, no le pagaban el jornal en meses. Era muy difícil desacostumbrarse a lo que antes nos habían hecho acostumbrar, sólo el miedo nos ayudaba, pero más difícil era saber qué hacer con las botellas con las que nos seguían pagando.

©Ana Cuevas Unamuno

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