jueves, 28 de enero de 2010

LA FLOR DE LA DEIDAD

Leyenda popular.

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Había un rey que tenía tres hijos.

De la noche a la mañana el rey quedó ciego. Desesperado por curarse no quedo médico ni curandero son ser llamado a palacio, más ninguno halló remedio a su ceguera.

Ya desesperaba de curar, cuando un día llegó a su casa una vieja bruja, quien dijo al rey:

—El único remedio para tu enfermedad es "la flor de la deidad".

—Búscala y tráemela— pidió el rey

—No puedo. Para conseguirla hay que vencer muchas dificultades, y por otro lado si os revelo dónde hallarla perderé mis poderes curativos.

El rey llamó a su hijo mayor y le mandó en busca de la flor. El joven de inmediato se puso en marcha, sin rumbo fijo, guiándose por el azar. Al día siguiente, el segundo hijo del rey se presentó a su padre diciendo que él también quería ir en busca de la flor. El rey se opuso, pero, ante su insistencia, accedió y el joven partió.

Al tercer día, el hijo menor solicitó al rey la bendición y el permiso para partir en busca de la flor de la deidad. El rey se enojó ante la audacia del jovencito, pero éste insistió tanto y tanto que el rey tuvo que dar su consentimiento y el joven emprendió su camino.

Tres días después alcanzó a sus hermanos, quienes trataron de impedir que siguiera viaje con ellos, pues lo consideraban demasiado joven e inexperto. Todos sus afanes para hacerlo desistir fueron inútiles y al fin, a disgusto, lo dejaron seguir.

Marcharon juntos uno y dos días, pero al tercero, llegaron a un punto en el que el camino por el que marchaban se dividía en tres direcciones. Luego de dudar y discutir, decidieron separarse y seguir cada uno por una senda. Antes de elegir la dirección los hermanos mayores miraron y pensaron que el camino que estaba más borrado y angostado sería sin duda el errado y peligroso, así decidieron que el menor de los tres fuese por él. El jovencito aceptó y se puso en marcha.

Al amanecer del nuevo día encontró un viejito montado en un burro.

—¿Adónde vas, criatura, a estas horas y por éste camino?

—Voy en busca de la flor de la deidad.

—¡Tú estás loco!— dijo el anciano-. No sabes lo difícil que es conseguirla, pues hay que luchar con grandes peligros.

—Quiero curar a mi padre— dijo el joven con convicción— ¡Afrontaré los peligros!

Vio el anciano su determinación y sacando una espada de su morral se la entregó diciendo:

—Mañana, a la salida del sol, llegarás a una laguna en cuyas aguas divisarás un toro. Él te atacará en cuanto lo enfrentes. Si eres certero y consigues pegarle con esta espada en la frente, caerá partido en dos, pero rápida como una bala escapará de su interior una paloma. Sin darle un segundo de tiempo para que inicie su vuelo, la partirás de igual modo; de ella saldrá un huevo que tratarás de romper antes que toque tierra. Hecho esto, tendrás a tu alcance la flor que buscas.

El muchacho le dio las gracias y se alejó.

Todo se cumplió como le anunciara el anciano. En cuanto llegó, del medio de la laguna se levantó el toro enfurecido. Fue llegar a él y quedar separado en dos; salió la paloma y la partió a un metro de vuelo, saltó el huevo, lo deshizo en el aire y, tomando la flor que de él caía, dio la vuelta camino a la casa del rey, su padre.

Llegó a la unión de los tres caminos y encontró a sus hermanos, que allí lo esperaban. Festejaron la gran hazaña, pero la envidia los excitaba y a poco de caminar de una sola mirada decidieron matar la menor. Se apoderaron de la flor, enterraron al pequeño y siguieron contentos su camino.

Llegaron a casa del rey, que se alegró mucho al saberlos de regreso con la flor de la deidad pero al mismo tiempo sintió terrible tristeza por la pérdida de su pequeño.

Tal como había indicado la bruja muchas curas hicieron al rey, pero ninguna produjo el resultado anunciado. Finalmente el rey se resigno a su ceguera incurable.

Un día un pastor bajó con sus ovejas a darles de beber en un arroyo, y se sorprendió al ver un cañaveral que no había existido antes. Cortó una caña, hizo con ella una flauta y, al hacerla sonar, la flauta dijo:

No me toques, pastorcito,

ni me dejes de tocar,

que mis hermanos me han muerto

por la flor de la deidad.

Repetidas veces la flauta cantó la misma canción, y el pastor, asustado, dejó el rebaño y corrió con la noticia al rey. Sopló el rey la flauta y ésta dijo:

No me toques, padre mío,

ni me dejes de tocar,

que mis hermanos me han muerto

por la flor de la deidad.

Y así siguió hablando.

Confundido el rey quiso ir al cañaveral a verlo por si mismo.

Hizo cortar las cañas y mover la tierra y para su asombro y el de todos los presentes, de la removida tierra surgió el hijo del rey.

Y así todos comprendieron que lo dicho por la flauta era la verdad.

El rey furioso ordenó el castigo para sus hijos mayores, a pesar de los muchos ruegos del menor para que los perdonase.

Finalmente el rey los desterró para siempre del reino, advirtiéndoles que si regresaban los castigaría con la muerte.

Cuando los hermanos se hubieron marchado el joven entregó la flor conseguida a su padre y en cuanto le hizo al primera cura su vista sanó.

—Ahora puedo ver de nuevo— exclamó feliz

—Ahora puedes ver — dijo el joven y el rey comprendió que mucho había aprendido de su ceguera y, del juicio generoso de su hijo menor.

Desde entonces el rey gobernó junto a su sabio hijo.

 

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