sábado, 3 de julio de 2010

Historia de una mujer tonta

 

Cuento de hadas de Bohemia

Ésta es la historia de una buena mujer que, con la mejor voluntad del mundo, no hacía ni decía más que tonterías.

Cierto día preguntó a su marido, cuando llevaban una semana de casados:

- ¿Qué se hace con la harina que hay en el granero?

- Nada. No hay más que sacarla de los sacos y comérsela a cucharadas.

- ¿De dónde proceden los jamones y chorizos que hay en la despensa?

- De mi última cosecha. Los jamones los recogí en las sementeras y los chorizos en el huerto. - ¿Qué es lo que hay en ese cacharro viejo, detrás de la cama?

- Semilla de calabaza. Cuando pase el cacharrero se lo daremos a cambio de uno nuevo, pues ese está ya bastante resquebrajado.

La verdad era que el cacharro en cuestión estaba lleno de monedas de plata, pero el marido, conociendo la estupidez de su esposa, no quiso decírselo por temor de que malgastase el dinero.

A la mañana siguiente, cuando el esposo se dirigió al trabajo, entregó la ropa a su mujer para que se la lavara, diciendo que no volvería hasta la tarde.

- No te preocupes. Cuando regreses la tendrás a punto - prometió ella.

Salió el marido y pocos momentos después pasó el cacharrero. La mujer, recordando que su esposo quería comprar un cacharro, se apresuró a tomar el viejo que estaba detrás de la cama y corrió a la puerta llamando al alfarero.

- ¡Eh, buen hombre! - le gritó - ¿Vamos a hacer un cambio?

- ¿Qué es lo que me ofrece y a cambio de qué? - respondió el comerciante.

- Este cacharro lleno de semillas de calabaza a cambio de otro nuevo.

El alfarero examinó el cacharro que le ofrecían, viólo lleno de monedas de plata e inmediatamente se dio cuenta de con quién estaba tratando.

- No hago gran negocio con este trueque ­ dijo, - pero por consideración a usted le dejaré que elija las vasijas que llevo en el carrito que más le agraden.

Ella escogió cuatro orzas y, mientras que el alfarero se apresuraba a perderse de vista con el jarro del dinero, la pobre tonta llevó sus adquisiciones a la cocina, intentando colocar las orzas sobre la repisa de la chimenea.

Pero allí había ya demasiados cacharros y no le cabían más que tres.

- Apretaos un poco para que este compañero vuestro pueda estar con vosotros.

Y viendo que los cacharros no se movían, cogió un bastón y empezó a golpear las orzas hasta que las hizo añicos. Entonces, muy ufana, colocó allí la cuarta y se dirigió a la despensa.

- Quiero que mi marido quede satisfecho de mí - se dijo. - Puesto que los jamones los recogió en la sementera, será conveniente que los coloque al sol para que maduren, pues tienen un color que no me gusta.

Y como lo pensó lo hizo.

Llevó los jamones al jardín y los extendió cuidadosamente; pero apenas hubo entrado en la casa, los perros y los vecinos se lanzaron sobre ellos y los hicieron desaparecer en un santiamén.

Cuando la mujer, al oír el escándalo salió, no vio más que a su perro que roía pacíficamente un hueso de jamón.

Furiosa, la tonta se propuso castigar al pobre can y después de propinarle una buena tunda de bastonazos, lo encerró en la bodega, atándolo con una cuerda al grifo de un barril lleno de vino.

Pero el perro, en su afán de liberarse, dio un violento tirón y arrancó el grifo, con lo que todo el vino se esparció por el suelo.

Cuando la mujer lo vio, no se le ocurrió otra cosa que echar sobre el mosto dos sacos de harina formando una papilla horrible.

Luego recordó que tenía que lavar la ropa de su marido, y recogiendo las camisas, calzoncillos y pañuelos, y las americanas, chalecos, pantalones y sombreros, los metió en la pila, los enjabonó concienzudamente, luego los aclaró y los puso a secar.

A la tarde regresó el esposo y ella, muy contenta, le refirió detalladamente todo lo sucedido durante su ausencia.

A medida que la tonta hablaba, el rostro del marido se congestionaba. Cuando terminó su narración, él, incapaz de contenerse, gritó:

- Me dan ganas de estrangularte... ¡Eres más tonta que el cuerno de una vaca!

La pobre mujer no comprendía el furor de su marido.

Éste, después de explicarle una por una todas las barbaridades que había cometido en su inconsciencia, le dijo:

- Vamos a buscar inmediatamente a este alfarero que se ha llevado todos mis ahorros. Corre tú por la izquierda, yo iré por la derecha. El primero que lo encuentre que avise al otro.

Partieron cada uno por su lado. Un instante después, la mujer empezó a dar gritos.

- ¡Lo encontré! ¡Lo encontré!

Acudió corriendo el esposo con tal rapidez, que llegó sofocado y vio a su mujer abrazada a un espantapájaros que ella había confundido con el alfarero.

- ¡Santo Dios! - bramó el pobre hombre. - ¿No podré sacar partido de ti? ¡Esta idiota acabará haciéndome reventar de un disgusto! ¿Cómo estaría yo para haberme...?

Interrumpióse al ocurrírsele de repente una idea, que le pareció tan brillante, que decidió ponerla en práctica inmediatamente.

- Queridita mía - dijo con voz tan dulce y afectuosa que le arrancó a la tonta dos lagrimones de placer, - ¿no has oído decir que vamos a entrar en guerra con los turcos y que las mujeres tendrán que marchar el frente?

- ¿Es posible? - preguntó ella con los ojos desmesuradamente abiertos. - ¿Oh, Dios mío, qué desgracia tan grande!

- ¿Te dan miedo los turcos, verdad?

- Claro que sí, maridito. ¿Qué me harían si me encontraran?.

- Es posible que te cortaran la cabeza, pero no te preocupes. Yo te esconderá tan bien que no podrán hallarte jamás por más que busquen.

Y esto diciendo, cogió a su mujer de una mano y se adentró con ella en la espesura del bosque. Llegado a un lugar completamente solitario, cavó una gran fosa, hizo meterse en ella a la pobre tonta y la cubrió de tierra, no dejándole fuera más que la cabeza.

Luego le recomendó que permaneciera inmóvil y sin hablar hasta que él regresara a buscarla.

Ya hacía varias horas que su marido se había alejado y la tonta continuaba enterrada sin hacer el menor movimiento ni quejarse por la incomodidad de su posición.

De pronto percibió un rumor de voces que se aproximaban. Varios hombres llegaron junto al lugar en que ella se hallaba. Eran ladrones que acababan de desvalijar una casa.

- Aquí estamos seguros. Nadie nos verá mientras contamos el dinero de nuestro botín - dijo el jefe de la banda. - Poned la luz encima de ese árbol cortado.

Había tomado por un tronco de árbol la cabeza de la tonta.

Obedecieron los portadores de la antorcha luego depositaron sobre el suelo un enorme montón de monedas de oro.

De repente, un grito terrible resonó junto a ellos. Creyéndose descubiertos, los bandidos no esperaron a indagar la causa del grito, sino que pusieron pies en polvorosa abandonando su mal adquirido tesoro.

La que había gritado era la mujer, que, confundiendo a los facinerosos con los turcos, no se pudo contener y exclamó, medio loca de terror:

- ¡Aquí están! ¡Aquí está!

Continuó gritando hasta que llegó su esposo, que la había oído desde media legua de distancia y acudió presuroso.

- ¿Qué te pasa? - le preguntó,

- ¡Los turcos! ¡Los turcos! Estaban aquí y me querían quemar viva.

El marido, descubriendo el riquísimo botín abandonado por los malhechores, no tardó en darse cuenta de lo ocurrido. Libertó a la mujer, haciéndole salir de la prisión, recogió el oro y emprendieron el regresa a su casa, donde lo escondió bien y vivieron ambos felices y ricos, gracias a la tontura de aquella pobre mujer.

Del libro: Cuentos de Hadas Bohemios - narrados a los niños por H. C. Granch - Ed. Molino, Buenos Aires – 1944