jueves, 29 de julio de 2010

LA SERPIENTE DE PIEDRA

SE ACERCAN LOS FESTEJOS DEL AÑO XACOBEO

Famoso es el Camino de Santiago de Compostela, famosas sus peregrinaciones, sus historias y leyendas. En los próximos días se llevará a cabo un “camino de Cuentos
al que me encantaría asistir. No puedo… entonces…. comparto con ustedes un poquito de este ancestral saber.

Leyenda de la serpiente alada

Hay un lugar conocido desde antaño llamado Finisterre (fin del mundo) en el que se encuentra una talla antiquísima con una serpiente alada. Esta talla desgraciadamente ha sido dañada por el celo de algunos que vaya a saber por qué necesitaron ocultar la antigua imagen con la figura de la cruz. Lo que no pudieron fue borrar de la memoria de tantos y tantos la sabiduría de la piedra.

Este sitio, conocido por muchos como una  porción de costa maldita, está ubicada en el extremo occidental de Europa, en el ocaso, allá donde la tierra termina para dar paso al ancho océano. No es un lugar cualquiera, es mágico, misterioso y lleno de leyendas susurradas a golpes de espuma y piedra.

Entre ellas escuchamos sobre una legendaria tradición de caminantes, predecesores de los actuales peregrinos.

¿Quiénes eran esos caminantes?

Algunos dicen que los antiguos Serpes (o Sierpes; Serpientes), o Celtas aspirantes a convertirse en Druidas, que bajando del lejano Norte recorrían una senda hasta alcanzar el final. Esta costa era el final de un largo camino, un camino que estaba escrito en el firmamento las noches estrelladas, camino que hoy conocemos como: La Vía Láctea.

Cuenta la leyenda que estos aspirantes a medida que avanzaban iban sufriendo (o mejor sería decir experimentando) infinidad de pruebas (quizás similares quizás diferentes a las que hoy experimentan quienes recorren el mismo sendero ahora conocido como Camino de Santiago) hasta llegar al final, al lugar donde cada día muere el sol para renacer a otra nueva vida de luz, y allí experimentar su propia muerte y renacimiento.

Este es el mismo camino que según otra leyenda, recorrió el druida gnóstico Prisciliano, Obispo de Ávila; acusado, condenado y degollado por prácticas heréticas, después de muerto. Dicen que la cabeza de Prisciliano rodó por los suelos en Tréveris en el año 385; cuatro años después, varios de sus discípulos gallegos reclamaron su cuerpo para trasladarlo a su hermética tierra gallega y darle cristiana sepultura. El cuerpo fue llevado a hombros a lo largo de la Galia y la Hispania, recorriendo un itinerario que con el paso de los siglos se convertirá en la ruta jacobea, el hoy popular "Camino de Santiago".

Imaginen el lugar…. imaginen el ruido del mar rompiendo contra la piedra…. imaginen el silencio ruidoso de la espuma, la aspereza del aire y de la tierra….imaginen y escuchen lo que hace mucho mucho tiempo en este sitio sucedió….

LA LEYENDA

En esta zona en la parte alta de la playa, resguardado de los crudos vientos del norte, hace miles de años, se encontraba ubicado un noble pueblo, el pueblo de nuestros antepasados, llamado de los Sierpes. Sus gentes eran pacíficas y disfrutaban de una gran cultura enraizada en la armonía de la naturaleza, conocían la experiencia iniciática de la piedra en la que tallaban y esculpían bellos petroglifos, adoraban al dios de sus antecesores y respetaban la sabiduría de sus mayores. Vivían modestamente de su mar, de la pesca y del marisqueo, utilizando las algas que la marea varaba para abonar las escasas y pobres tierras que labraban.

Su dichosa y apacible vida fue sacudida violentamente por la ambición de los más jóvenes e intrépidos de la aldea. Desoyeron los sabios consejos de los ancianos trocaron su serena existencia de pescadores por el agitado oficio de guerreros y piratas, su arrojo y valentía les reportó en muy poco tiempo grandes riquezas y cantidad de esclavos.

La solidaridad y el respeto a las decisiones de los ancianos de la tribu, que habían sido el más grande vínculo de unión entre los habitantes de la aldea, desaparecieron, y su lugar fue ocupado por el dictado de los más fuertes y pendencieros, por la codicia y el individualismo; así el trabajo, perdida su virtud, dejó de interesar a los aldeanos y pasó a ser la infame labor de los innumerables esclavos que apresaban en sus correrías por tierras y mares extraños. Cegados por la riqueza y la abundancia, se entregaron a la ociosidad y a los más indecentes vicios. Cuando no guerreaban se entregaban a la placidez de la pereza y al disfrute de la gula y la lujuria, sus festines nocturnos en la playa las noches de luna llena en torno a las queimadas de aguardiente de tojo, duraban hasta el alba. En el transcurso de estas orgías, amenizados con la música uniforme y repetitiva que componían golpeando unos rústicos atabales y resoplando caracolas marinas, se intercambiaban para fornicar a sus esclavas más jóvenes y bellas. Los más depravados y crueles sodomizaban a las criaturas adolescentes más hermosas, llegando incluso, con ocasión de los solsticios de verano e invierno, a luctuosos y cruentos sacrificios humanos en agradecimiento a los nuevos dioses paganos importados de tierras extrañas.

Ante tanta barbarie, su dios primitivo, aquel del que hoy en la aldea ya nadie recuerda su nombre, enojado por su abjuración y cansado por la obstinación de tal primario y brutal proceder, los amenazó, conminándoles a poner fin de inmediato a tanto atropello, guerras, saqueos y muertes, aconsejándoles que volvieran a vivir como antaño, de su trabajo, obedeciendo las leyes de la sabia naturaleza, en comunión armónica con la tierra que les vio nacer y los alimentó, respetando a los pueblos vecinos, educando a sus vástagos en el trabajo y en la solidaridad, sin excesos embrutecedores o de lo contrario, caso de hacer oídos sordos a su recomendaciones, descargaría su ira contra ellos y los haría desaparecer para siempre, arrasando la aldea, las embarcaciones, el ganado y las personas.

La gran mayoría del pueblo no tomó en consideración las palabras conminatorias de un dios que había sido ya abandonado por ellos. Pensaron que las amenazas carecían de valor, que eran producto del enojo de quien se siente repudiado, afirmando no tener necesidad de un dios que siempre les había mantenido en la pobreza, un Dios que les prohibía gozar de sus festines nocturnos y les amenazaba con castigos eternos.

Sólo unos pocos, los más temerosos de su dios, acompañados de la mayoría de los ancianos, se arrepintieron públicamente, enmendaron su vida y rectificaron su salvaje proceder. Inútilmente trataron de convencer a sus vecinos para que los imitasen y les siguieran; sólo lograron ser el blanco de sus algazaras y algún que otro disgusto. Antes de que les llegara la condena a sus convecinos, optaron con escasa esperanza y como última disyuntiva, por interceder nuevamente ante el dios antiguo, le pidieron que perdonase a sus hermanos pecadores e hicieron ofrendas y sacrificios.

Solicitaron en vano compasión y clemencia tratando de evitarles el castigo divino. Todo fue inútil. El dios implacable ordenó a los arrepentidos que recogieran sus pertenencias y aperos y abandonasen la aldea de inmediato, asentándose en lo alto de la loma que bordea la playa, en el lugar llamado de Gondomil y desde allí, encumbrados en lo más alto de la atalaya, pudieran observar el castigo que iban a sufrir sus hermanos pecadores.

Fue una noche cálida, una noche de verano en la que la luna llena iluminaba débilmente el valle donde se asentaba la aldea de los entonces conocidos como la gran tribu de los Sierpes. De repente, el claro atardecer se trasmutó en noche negra, estalló una gran tormenta, decenas de rayos cayeron sobre el poblado y un gran diluvio de fina arena blanca enterró para siempre a hombres, ganado y hogares. Aquella noche la alegre fiesta se convirtió en triste enterramiento; los animales alocados corrían de un lugar a otro ladraban y mugían ensordecedoramente. Las gentes aturdidas clamaban piedad e inútilmente trataban de huir. A cada paso, a cada intento de escapar del castigo, nuevas arenas caídas del cielo los volvían a enterrar. Los fuegos de los hogares se fueron apagando, las fuentes se secaron y se acallaron gritos y gemidos, un silencio sepulcral invadió la noche estival. Pasada la tormenta, volvió a alumbrar la luna llena y la negra noche se tornó en noche estrellada. Al alba, una gran montaña de arena blanca ocupaba el lugar donde la víspera se encontraba la aldea. No hubo niño, ni mujer, ni anciano o joven que pudiese haber salvado la vida.

Sus hermanos, aquellos que se salvaron y fueron testigos de lo ocurrido, se afincaron en el vecino altozano de Gondomil, construyeron como testimonio funerario que recordase por los siglos a aquel olvidado pueblo al que nunca dominó hombre alguno y que fue irremediablemente derrotado por la riqueza, la ociosidad y el vicio, un altar en la roca más céntrica del lugar. La gran piedra situada junto a la encrucijada, esculpiendo en ella esta serpiente alada.

Esta Historia y muchas más la encuentran en la página de José Ramón Varela, ¡vale la pena visitarla!