martes, 24 de agosto de 2010

Woody allen nos cuenta sobre la “falsa mancha de tinta”….

 

Para acabar con la historia de los grandes descubrimientos humanos

Descubrimiento de la falsa mancha de tinta y su utilización

No existe la menor prueba de que la falsa mancha de tinta apareciera en Occidente antes del año 1921, aunque se tenga noticia de que Napoleón encontró gran diversión en el «vibrador hilaran­te», un aparato que se escondía en la palma de la mano y que causaba una vibración parecida a la eléctrica cuando la mano entraba en contacto con otra. Napoleón tendía su mano regia en señal de amistad a un dignatario extranjero, estrechaba la palma de la inocente víctima y lanzaba imperiales carcajadas mientras el tonto de turno, con el rostro colorado, improvisaba piruetas para mayor deleite de la corte.

El vibrador hilarante sufrió varias modificaciones; la más célebre fue la que se produjo después de la introducción del chicle por Santa Anna[1] (estoy convencido de que el chicle fue, en su origen, un guiso de su mujer que simplemente no había quien lo tragara) cuando el vibrador tomó la forma de un paquete de chicle de menta equipado de un sutil mecanismo parecido a una trampa de ratones. La víctima, cuando se le ofrecía una barrita de chicle, experimentaba un fuerte dolor al dispararse la barrita de acero sobre sus inocentes dedos. Por lo general, la primera reacción era de dolor, luego de risa contagiosa y, por último, de una especie de sabiduría popular. Nadie ignora ya que el viejo truco del chicle saltarín relajó mucho la atmósfera en la batalla de Los Alamos; y, aunque no se regis­traron sobrevivientes, la mayoría de los historiadores piensan que las cosas podrían haber ido sustancialmente peor sin este pequeño artefacto lleno de ingenio.

Con el advenimiento de la Guerra Civil, los norteamericanos procuraron aturdirse para olvidar los horrores de una nación dividida por la lucha fratricida; si bien los generales norteños prefirieron divertirse con el vidrio baboso, Robert E. Lee superó muchos momentos cruciales gracias a la flor regadera. En los primeros años de guerra, nadie podía acercarse a oler el «encantador clavel» en la solapa de Lee sin recibir en el ojo un buen chorro de agua del río Swanee. Sin embargo, a medida que la situación empeoraba para el Sur, Lee abandonó aquella broma que había estado de moda y se limitó a colocar chinchetas en los asientos de la gente que no le caía bien.

Después de la guerra, y hasta principios de 1900, en la era de los denominados barones del robo, el polvo para estornudar y una cajita de latón, en la que había escrito ALMENDRAS y de la que largas serpientes saltaban de improviso sobre el rostro de la víctima, fueron los dos inventos más destacados en el campo de las bromas. Se decía que J. P. Morgan prefería el segundo mientras que el viejo Rockefeller disfrutaba más con el primero.

Luego, en 1921, un grupo de biólogos, reunidos en Hong Kong para comprar trajes, ¡descubrieron la falsa mancha de tinta! Hacía ya mucho tiempo que constituía un elemento importante en el repertorio de las diversiones orientales, y varias de las últimas dinastías sólo pudieron conservar el poder gracias a la sabia utilización de lo que parecía ser una botella derramada y una fea mancha de tinta. En realidad, la mancha era de metal.

Las primeras manchas de tinta, según me informaron, eran muy toscas y mal hechas, medían tres metros de diámetro y no enga­ñaban a nadie.

No obstante, tras el descubrimiento de la miniaturización de los objetos por un físico suizo, quien probó que un objeto de un tamaño dado podía disminuirse simplemente con «hacerlo más pequeño», la falsa mancha de tinta empezó una brillante carrera.

Anduvo por el mundo hasta 1934, cuando Franklin Delano Roosevelt la detuvo y la colocó en su lugar. Roosevelt la utilizó con suma inteligencia para solucionar una huelga en Pennsylvania; los detalles del acontecimiento son curiosos: los dirigentes sindicales y los empresarios, convencidos de que se había derramado una botella de tinta estropeando un inestimable sofá Imperio, se acu­saron mutuamente del hecho. ¡Imagínense su alivio cuando se enteraron de que todo había sido una broma! Tres días más tarde volvieron a abrirse las puertas de los altos hornos.


[1] Antonio López de Santa Anna (1795-1867), revolucionario mexicano, general, presidente y luego dictador. (N. del T.)

Extracto del libro COMO ACABAR DE UNA VEZ POR TODAS CON LA CULTURA de  Woody Allen