sábado, 16 de octubre de 2010

FELIZ DIA DE LA MADRE ¿FELIZ?

EN ARGENTINA MAÑANA SE FESTEJA EL DÍA DE LA MADRE


Este día como tantos otros en que se festejan Padres, abuelos, niños...tiene bastante gusto a "comercial" más que a espontáneo y amoroso. Aún así como ovejas en rebaño allá vamos a festejarlo mejor o peor según las madres y los hijos...
Dicen que antiguamente las mujeres se ocupaban de infinidad de tareas relativas al hogar, los hijos y el marido (la que lo tenía), y también de padres, hermanos varones y demases... Ahora evolucionamos, dicen...
Dibujo de Maitena


Hoy a modo de festejo les comaprto un pedacito de un libro que em divierte mucho, acá va con amor para todas las MADRES!!!!

El día comenzaba a clarear. Una hermosa luminosidad roja apareció por encima de las montañas cuando aún podían verse algunas estrellas en el cielo. La luz fue expandiéndose lentamente sobre los campos y los caseríos de cuyas chimeneas se elevaba una fina columna de humo. El olor a tierra húmeda y a leña quemada llenaba el aire, el rocío mojaba la hierba y una suave brisa movía las hojas de los árboles.
No tenía tiempo para embelesarse con la belleza que la rodeaba. Las gallinas que poco antes picoteaban libres por la huerta se habían acercado a ella y le reclamaban la pitanza. Después recogió los huevos y se ocupó de echar la comida a los cerdos. Entró en la casa para comprobar que el contenido de la olla seguía hirviendo y le añadió un poco más de agua. Salió de nuevo y ordeñó a la vaca que había parido un mes antes un ternero que ella ayudó a nacer. De vuelta a la cocina asió con unas tenazas un par de piedras grandes calientes previamente puestas a calentar sobre las brasas y las introdujo en el cubo de madera para purificar la leche recién ordeñada.
En el piso superior comenzaban a oírse ruidos. Subió presta llevando consigo las prendas que había estado planchando la noche anterior con una plancha de hierro calentada al fuego y fue distribuyéndolas por las habitaciones al tiempo que abría las contraventanas y las ventanas y despertaba a los remolones que se arrebujaban entre las sábanas. Penetró en el dormitorio principal, abrió la ventana y sacudió suavemente el hombro de su marido para despertarlo. Luego asomó la cabeza por la puerta del cuarto ocupado por su suegra y comprobó que dormía plácidamente en la cama que no había abandonado desde hacía varios años, cerró la puerta con cuidado y bajó de nuevo a la cocina.
La brisa suave de la primavera penetraba por la ventana y fuera podía escucharse el canto de las aguas del riachuelo que transcurría próximo al caserío, acompañado por el trino canoro de los petirrojos que se agitaban entre las ramas del roble centenario plantado delante de la casa. El sonido del agua le hizo recordar que era día de colada y que más tarde tendría que bajar al río a lavar, restregar y apalear el contenido del saco de ropa sucia que se apoyaba indolente en un rincón de la cocina. En un ademán instintivo, cogió un pedazo de jabón elaborado por ella misma con grasa, ceniza y la hierbabuena que cultivaba en el huerto, y lo metió dentro del saco. Removió el contenido de la olla y lo probó de sal. En un pequeño puchero de barro vertió parte de la leche ordeñada y la puso a calentar. Le llegó el olor del pan cocido y salió presurosa llevando en la mano un cesto.
Sacó los panes del horno y regresó a la cocina para disponer la mesa del desayuno. Colocó sobre ella unas escudillas, cada una con su cuchara, un pote de miel hecha en casa, uno de los panes recién cocidos, un trozo de mantequilla batida también hecha por ella y se dispuso a freír unos grandes trozos de tocino, chorizo y los huevos que acababa de recoger del gallinero, después de retirar la olla y colocar una sartén de hierro untada con grasa sobre las trébedes.
Su marido y sus tres hijos entraron en la cocina justo en el mismo momento que ella echaba los huevos a la sartén. Los cuatro se sentaron y empezaron a comer. Vertió la leche caliente en las escudillas y colocó en medio de la mesa el gran plato de barro con los huevos, el tocino y el chorizo.
Mientras los hombres comían y hablaban, ella subió de nuevo las escaleras con una escudilla colmada de papilla caliente de maíz y entró en el cuarto de su suegra. La anciana estaba despierta.
La ayudó a levantarse y esperó pacientemente a que orinase en el recipiente que luego sacó al pasillo.
Le lavó la cara y las manos, peinó su cabello, abrió las ventanas para que penetrase el aire y se llevase los malos olores y le dio de comer.
Cuando bajó a la cocina, los hombres ya habían acabado el desayuno y se disponían a salir de la casa. Ayudó a su marido a colocarse las botas, sostuvo la garnacha mientras él introducía sus brazos en ella y le tendió el sombrero. Regresó a la cocina y se sentó. Quedaban unos trozos de tocino y se los comió entre pan y pan, después se bebió una escudilla de leche que ya se había quedado fría y repasó mentalmente los trabajos pendientes. Tenía que barrer y fregar el suelo, limpiar los cristales, encerar los pisos y los muebles; orear los colchones de hierba, darles la vuelta y hacer las camas; desherbar, arrancar, lavar, secar, acamar, agramar, rastrillar, hilar, devanar y tejer el lino; confeccionar sábanas, manteles, toallas, camisas, delantales y calzas; aventar el maíz, humedecerlo y escurrirlo para hacer heno; ir al mercado a vender mantequilla, queso, leche, huevos, pollos, capones, gallinas y ocas; limpiar la cuadra y la cochiquera, ocuparse de la huerta y cambiar la paja del gallinero. Antes de acostarse remendaría la ropa a la luz de la vela o tejería un chaleco o un par de calcetines para alguno de sus hijos y luego se acostaría junto a su marido y cumpliría con sus obligaciones de esposa.

EXTRACTO DEL LIBRO DE Totí Martínez de Lezea
LOS GRAFITIS DE MAMÁ Monólogo de un ama de casa de 50 años … y más - 2005

No sé a ustedes, pero a mi esta mujer se me hace tan pero tan conocida....