jueves, 29 de abril de 2010

¡FELIZ DÍA ANIMALES (NO HUMANOS) DEL MUNDO!!!

HOY SE FESTEJA EL DÍA DE LOS ANIMALES…Me pregunto ¿qué opinaran ellos al respecto?.Imagino que los tendrá sin cuidado y seguro seguro no salen a la disparada a comprar y comprar para quedar bien con los amigos y conocidos, como solemos hacer nosotros…no sé porqué

Yo soy de esas personas que creen que aunque en el reino animal hay de todo, hay en verdad de casi todo, pues hasta donde sé ellos no se dedican a destruir el suelo en el que viven ni destrozan la vida de los otros , salvo para alimentarse o por temas territoriales..

Hoy en homenaje a estos miembros de nuestra familia que de tantos modos nos acompañan les comparto historias que los tienen en cuenta.

¡Pongan atención! (a ver si aprendemos algo)

 

La rana insistente

Una vez hubo un grupo de ranas que viajaban por el bosque y, de repente, dos de ellas cayeron en un hoyo profundo. Todas las demás ranas se reunieron alrededor del hoyo. Cuando vieron cuan hondo era el hoyo, le dijeron a las dos ranas en el fondo que para efectos prácticos, se debían dar por muertas.

Las dos ranas no hicieron caso a los comentarios de sus amigas y siguieron tratando de saltar fuera del hoyo con todas sus fuerzas. Las otras ranas seguían insistiendo que sus esfuerzos serían inútiles.

Finalmente, una de las ranas puso atención a lo que las demás decían y se rindió. Ella se desplomó y murió. La otra rana continuó saltando tan fuerte como le era posible. Una vez más, la multitud de ranas le gritó que dejara de sufrir y simplemente se dispusiera a morir. Pero la rana saltó cada vez con más fuerza hasta que finalmente salió del hoyo.

Cuando salió, las otras ranas le preguntaron:

- ¿No escuchaste lo que te decíamos?

La rana les explicó que era sorda. Ella pensó que las demás la estaban animando a esforzarse más y salir del hoyo.

 

LOS PAJAROS DE COLORES -(Cuento - Cuba)

Los pájaros iban en caravana, cruzando puentes, caminos, volando sobre el desierto para no quemarse las patas, metiéndose en las nubes para refrescarse. El sinsonte cantando, la bijirita en el lomo de la tojosa, la paloma llevando el mensaje a la cabeza de la gran manifestación que iba a homenajear al Rey por el día de su cumpleaños.

Al fin llegan al palacio y toman sus puestos: la paloma en el sitio de preferencia, Ou, el algodón, cubriéndola de pies a cabeza.

¡Para pa pam pa pam! y sale el Rey con su casaca roja a saludar.

Los pájaros pasan y le dan la mano, lo besan y vuelven a pararse en sus puestos. Pero había uno muy vanidoso que era la envidia de los demás, por lo blanco. Un blanco de vela, de coco, de espuma.

Le decían Odilere, que es la belleza.

Odilere, arrogante se queda rezagado y no saluda al Rey.

-¿Para qué vino? -preguntó el sijú.

-Para darse plante -refunfuñó la siguapa.

Todos se morían de envidia. Menos el Rey que, al verlo blanco lo llama.

-Tú acércate.

Odilere se acerca y hace una reverencia. El Rey sonría con cara de usted.

Y aquí fue donde ni el sijú, ni la siguapa, ni el sinsonte pudieron más y cogieron la ceniza en burajones, manteca de cacao en puñados, azufre y tinta y se la tiraron a Odilere que quedó transformado en un arcoiris mucho más lindo que cuando blanco.

El Rey, al verlo coloreado, lo llamó y le pudo corona como premio. Corona de cardenal. Y así por la envidia de los feos nacieron los pájaros de colores.

Nació Odilere, que es la belleza.

La paloma, como que no saltó, se quedó blanca.

El Rey la nombró, entonces, su mensajera oficial.

Y…. Aquí se acaba la historia.

Vocabulario:

Odilere: significa "belleza" en la lengua africana lucumí.

Darse plante: Para presumir.

Burajones: En puñados muy grandes.

Cardenal: Pájaro de color rojo con un penacho en la cabeza.

 

lunes, 26 de abril de 2010

EL POZO- RAÚL BRASCA

 

Este cuento me lo mandó Roque un amigo de un foro y me ha gustado tanto que lo comparto y al mismo tiempo le agradezco a él.

Esa es la maravilla de los lectores la posibilidad de que unos nos nutramos a los otros compartiendo los gozos     

 

El Pozo-© 1994,Raúl Brasca- El pozo

(Argentina)

 

Hacía tres minutos que cavaba en la arena cuando el pozo le tragó la palita. Desconcertado, el chico miró a la madre. La mujer lo vio hundirse, corrió, alcanzó a tomarle las manos aterrada y se hundió con él. Los otros bañistas aún no habían reaccionado y el pozo ya devoraba una sombrilla. Se miraron con estupor, vieron que ellos mismos convergían hacia allí, y por un instinto soterrado desde siempre que se acababa de revelar, intuyeron que no podían salvarse. Era tan natural como el ocaso: el mundo se revertía. Muchos trataron de huir, despacio, con la misma aprensión sin esperanza de los animales que buscan esconderse de la tormenta. Pero la arena se deslizaba más rápido y todos terminaron cayendo mansamente. A su turno, se derrumbaron en el pozo casas, ciudades, montañas. Del mismo modo que la mano invisible da vuelta la manga de una camisa, una fuerza poderosa arrastraba hacia adentro la piel del mundo poniéndolo del revés. Y cuando los últimos retazos desflecados de mares y tierras fueron engullidos, el pozo se consumió a sí mismo. No dejó siquiera un hueco fugaz en el espacio, tan sólo quedó el vacío, homogéneo y silencioso, la inapelable evidencia de que el mundo había sido el revés de la nada.

 

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domingo, 25 de abril de 2010

La argolla

                Un cuento de - Emilia Pardo Bazán

Sola ya en la reducida habitación, Leocadia, con mano trémula, desgarró los papeles de seda que envolvían el estuche, se llegó a la ventana, que caía al patio, y oprimió el resorte. La tapa se alzó, y del fondo de azul raso surgió una línea centelleante; las fulguraciones de la pedrería hicieron cerrar los ojos a la joven, deliciosamente deslumbrada. No era falta de costumbre de ver joyas; a cada instante las admiraba, con la admiración impregnada de tristeza de una constante envidia, en gargantas y brazos menos torneados que los suyos. Si aquel brillo le parecía misterioso (el de los tachones de una puerta del cielo), es que se lo representaba alrededor de su brazo propio, como irradiación triunfante de su belleza, como esplendor de su ser femenino.

¡Había pasado tantos años ambicionando algo semejante a lo que significaba aquel estuche! Siempre vestida de desechos laboriosamente refrescados (¡qué ironía en este verbo!); siempre calzada con botas viejas, al través de cuya suela sutil penetraba la humedad del enlodado piso; siempre limpiando guantes innoblemente sucios, con la suciedad ajena, manchados en los bailes por otra mujer; siempre cambiando un lazo o una flor al sombrero de cuatro inviernos o tapando el roto cuello de la talma con una pasamanería aprovechada, verdosa, Leocadia repetía para sí con ira oculta: «¡Ah! ¡Cómo yo pueda algún día!» No sabía de qué modo..., pero estaba cierta de que aquel día iba a llegar, porque su regia hermosura, mariposa de intensos colores, rompía ya el basto capullo.

Recibida Leocadia en casa del opulento negociante Ribelles, como señorita de compañía de sus hijas, el hermano del banquero, solterón más rico aún, al regreso de uno de sus frecuentes viajes al extranjero, hallándola sola cuando volvía de escoltar a sus sobrinas, la detuvo, y sin preámbulo le dijo... lo que adivina el lector.

La conversación pasó frente a un espejo enorme, rodeado de plantas naturales, entre el silencio solemne de la escalera tapizada de grueso terciopelo rojo. Fue lacónica, firme, concreta, por parte de Gaspar; verdad es que Leocadia no titubeó: con dos síes aceptó el convenio.

Se irían juntos a Inglaterra, antes de una semana. Y el brazalete, la hilera de gruesos brillantes, que acababa de ceñir a su muñeca, era la señal, las arras, por decirlo así, del contrato. Se despediría la víspera de la familia Ribelles por medio de una sencilla carta. Ni les debía otra cosa, ni tenía por qué darles cuenta de sus resoluciones. ¡Abur, abur!

Y se complacía mirando el hilo de luz en torno de la muñeca redonda. Alzó la mano hasta el espejo, para divisar en él su brazalete copiado. ¡Ya los tendría de todas clases, muy pronto! Aros de rubíes sangrientos y de zafiros celestes; cadenas de eslabones de oro, entreverados con lágrimas de perlas, como los que se ostentaren en el escaparate de Lacloche... Mientras pensaba esto, una idea cruzó por su cerebro de mujer a quien la necesidad ha forzado a adquirir cierta cultura -idea confusa, ráfagas de lecturas, recuerdo de la significación de la joya-. Argolla de esclava había sido en otros tiempos, en las primitivas edades, el mágico trazo centelleante que rodeaba su puño... «Ahora significa libertad -pensó-. No volveré a cubrir mi cuerpo con lo que otras no quisieron para el suyo...» Y sentía un profundo goce que le dilataba el pecho, que le enrojecía las mejillas, el disfrute anticipado de tantas preciosidades. Su cutis fino, de puro raso, percibía el contacto de la batista, la caricia muelle del encaje; su garganta, la tibia atmósfera que crean los rizados plumajes y las vivientes pieles; sus orejas de rosa, el toque frío del claro solitario; sus pies airosos, la opresión elástica y crujiente de la malla sedeña...

«No vuelvo a usar algodón -determinó-. Seda, seda no más... Y a docenas los pares... Unos calados; otros, bordados como galas de novia...» Acordóse del equipo de la mayor de las Ribelles, casada el año anterior, y las punzantes de codicia que despertaba tanta riqueza.

A la evocación de las venturas nupciales, un estremecimiento corrió por el espinazo de Leocadia. Ella no era novia... Las novias no lo son por las galas, ni por las joyas, ni siquiera por el amor... Son novias por otra razón. ¡Leocadia no sería novia jamás! Sin embargo, a pesar de sus ansias de desquite y de lujo, acaso por ellas mismas, conservaba su pureza como se conserva lejos del hielo y del cierzo una azucena destinada a marchitarse en una orgía. «Dentro de seis días...», calculó con involuntario horror. La figura de Gaspar brotó, por decirlo así, del fondo oscuro del cuartucho, en una especie de alucinación de los sentidos. Leocadia vio a su futuro... Futuro ¿qué? «Futuro... dueño», articuló, abrasándose la garganta al paso de la voz. El orgullo, el orgullo con anverso de virtud y reverso de vicio, con su dualidad, se irguió en su alma. ¡El tal Gaspar Ribelles! Su barba ya canosa, lustrada de aceite perfumado; su boca, de labios gordos; sus dientes plomizos, restaurados por medio de toquecitos de oro; sus mejillas llenas y encarnadas; su abdomen de ricachón... ¡Qué tipo tan diferente de lo que a menudo, al oír música, después de leer versos, o en la capilla, entre el olor del incienso, soñaba Leocadia! Con la intensidad de un dolor físico, agudo, de una impresión de azotes en las desnudas espaldas, la hirió la certidumbre de que sólo faltaban seis días para la esclavitud... ¡Ah! ¡Cómo aborrecía al mercader! ¡Cómo le aborrecía con todo su ser sublevado, con epidermis, nervios, fibras, venas, entrañas!...

Un golpe en la puerta del cuarto, y la cara risueña y maliciosa, de monago, de Tomasico, el botones.

-Señorita... Esta carta acaban de traer.

Era un continental: un pliego de papel que tenía por timbre el globo terráqueo, dos hemisferios. Leocadia firmó el sobre, dejó la pluma encima de la mesilla, se acercó a la ventana enrejada y leyó. Según descifraba la misiva aquella, la fresca palidez de su semblante radioso se teñía de púrpura, rápidamente, como si millares de manos la abofeteasen a la vez:

«Sal esta noche a la calle; te aguardo en la esquina a las diez con un coche. Cenaremos juntos. G.»

El tono imperativo, el grosero tuteo inmotivado, la precaución de la inicial... Leocadia creyó notar que se abría en su corazón una fuente, un chorro de agua limpia, amarga, sana, hervidora, un manantial de indignación, de altivez, de furor, de desprecio. Y debía de ser verdad que la fuente manaba, y se desbordaba, pues ya buscaba desahogo por los ojos. Lágrimas gruesas, copiosas, bajaban a apagar el incendio de las mejillas...

Hizo trizas el papel; abrió la ventana y al través de la reja lanzó los pedacitos blancos, que revolotearon y fueron a posarse en las losas de la acera. Después, desabrochándose lentamente el ciclo de pedrería, lo miró al través de su llanto, lo tiró al suelo y con sus botitas viejas pisó, volvió a pisar, taconeó, rompió la argolla, haciendo saltar los brillantes de su engaste delicado.

 

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Emilia, condesa de Pardo Bazán (La Coruña, 16 de septiembre de 1851 - Madrid, 12 de mayo de 1921) fue una novelista, periodista, ensayista y crítica española introductora del naturalismo en España.

Era hija de una familia gallega noble y muy pudiente de España: el conde José Pardo Bazán, título que heredó en 1890, y Amalia de la Rúa. Fue su madre quien la estimuló a leer y, a la edad de 9 años, ya empezaba a mostrar un gran interés por la escritura. En la biblioteca paterna encontró acceso a una gran variedad de lecturas; declaró que sus libros preferidos entonces fueron Don Quijote de la Mancha, la Biblia y La Iliada. En la casa de La Coruña leyó además La conquista de México de Antonio de Solís y las Vidas paralelas de Plutarco. Los libros sobre la Revolución francesa le fascinaban. Cuando la familia iba a Madrid durante los inviernos Emilia asistía a un colegio francés protegido por la Real Casa, donde fue introducida a la obra literaria de La Fontaine y Jean Racine. A los doce años la familia decide quedarse en La Coruña durante los inviernos y allí estudia Emilia con instructores privados. Se sale del ritual de la educación femenina al negarse a tocar el piano y a tomar clases de música. Dedica todo el tiempo posible a su verdadera pasión, la lectura.

Entre su prolífica obra podemos citar: La revolución y la novela en Rusia (1887), Polémicas y estudios literarios (1892) y La literatura francesa moderna (1910), en las que se mantiene atenta a las novedades de fines de siglo en Europa. El método naturalista culmina en Los pazos de Ulloa (1886-1887), su obra maestra, patética pintura de la decadencia del mundo rural gallego y de la aristocracia, y su continuación La madre naturaleza (1887), fabulación naturalista que, al contrario que en José María de Pereda, demuestra que los instintos conducen al pecado. En 1888 visita en Venecia al pretendiente carlista al trono de España; los artículos que escribe al respecto contribuyen a la escisión del Carlismo. También escribió: Insolación (1889) y Morriña (1889) Una cristiana (1890), La prueba (1890), La piedra angular (1891), La quimera (1905) y Dulce sueño (1911). Cuentos de la tierra (1888), Cuentos escogidos (1891), Cuentos de Marineda (1892), Cuentos sacroprofanos (1899), entre otros. Doña Emilia aprovechó la herencia paterna para crear una revista escrita por ella sola, El Nuevo Teatro Crítico, nombre que recuerda la obra de Benito Jerónimo Feijoo…

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sábado, 24 de abril de 2010

Guiso feminista

               Un cuento de Ángeles Mastretta

Hay quienes piensan que el feminismo es una corriente ideológica, yo creo que es un instinto. Un instinto que como tantos la humanidad ha escondido entre cortesías y crueldades hasta no dejar en las mujeres sino un recuerdo casual y placentero de algo que alguna vez nos tuvo en armonía.

En busca del tal armonía, las mujeres han sido capaces de inventar bordados preciosos, de coser tras los balcones como si algo mejor que sus tardes iguales cupiera en el infinito que se asomaba entre las rejas. Las mujeres ataron sus deseos a los planos y los acariciaron durante noches largas como días. Las mujeres cultivaron jardines, jugaron a la moda y al casamiento, se enamoraron del mar y sus prohibiciones, se desenamoraron de la inmensa playa, cuidaron a los enfermos, idearon paños y cataplasmas, parieron muchos niños y pastorearon muchos viejos, pero sobre todo cocinaron.

Si se pudiera juntar toda la creatividad y la energía que las mujeres han puesto en la cocina para emplearla, por ejemplo, en conquistar el espacio, hace tiempo que podríamos pasar los fines de semana en Marte. Pero qué imprecisa y cuánto más penosa hubiera sido la vida si le quitáramos el tiempo que han pasado las mujeres en la cocina.

Tanto han cocinado las mujeres que no siempre estoy segura de qué fue primero, si el instinto feminista o el culinario. Lo que sí sé es que la combinación de ambos puede ser fatal.

Una tarde esta escribiente preparaba café para el señor de la casa y un amigo suyo que en su anterior encarnación fue intelectual vienés. Mientras los oía conversar sentados en la sala como los niños que aún son, tuve a bien preguntarme con disgusto por qué siempre tenía que ser yo la que preparaba el café, por qué no teníamos turnos, por qué a ellos nunca se les ocurría que preparar el café no era una labor tan atractiva como para que siempre tuvieran la amabilidad de permitir que yo la hiciera.

Estaba yo sintiéndome la mismísima revista Fem cuando la respuesta me llegó con el chorro de café que debía ir a una taza, debidamente colocada sobre mi brazo. Grité, maldije, corrí a la sala, como a un hospital, y los intelectuales convertidos en médicos no encontraron mejor método de salvación, que echarme encima un chorro de crema Nivea que empezó a hervir al contacto con mi piel ardiendo.

Han pasado trece años desde aquella tarde y aún tengo en el brazo la cicatriz que obtuve por andar queriendo levantarme contra la bien instituida costumbre de que las mujeres hagan el café y cualquier otra de las cosas que se hacen en la cocina. Aunque detesto exhibir mi cobardía, viene al caso decir que desde entonces, cada vez que un mal pensamiento me ataca en la cocina o sus alrededores, lo empujo hasta mi estudio donde cualquier tesis o demanda feminista es no sólo aceptada sino bien acogida. Fuera de él y de las largas sobremesas entre mujeres, la señora de la casa intenta adoptar el nombre de "Marichu".

Marichu es una mujer emprendedora y deberosa que cuando toma el cuerpo de otra mujer la lleva de buen humor a la cocina, a comprar las verduras y la fruta, a escoger el pescado fresco mirándolo a los ojos y hurgando la piel bajo sus aletas, a revisar sin horror la carne para que no tenga pellejos, ni esté roja tirando a negro, sino roja tirando a claro.

Marichu jamás pondría como botana un queso picado y unas papitas ruffles. Marichu no repite cada lunes la misma sopa, Marichu sabe guisar costillas de carnero, pescado a la Morenita, ostines Bienville, pechugas a la Tosca, tortolitas a la Richelieu, ensalada de abate Constantino, frituras de naranja con hojas de menta, duraznos a la aranjuez y fresas mailmaison.

Marichu sabe como ninguna que hay algo en un buen café que está gritando a las claras que una ama de casa conoce lo que trae entre las manos, pues el café no sale exquisito por casualidad como creen algunas señoras. Tiene que ser de buena calidad y estar bien hecho para ser el café que haga exclamar a los invitados al oído de sus esposas: "Querida, ¿por qué no tenemos café así en nuestra casa?"

Marichu es un encanto que algunas feminista quemarían en leña verde, entre otras cosas porque tampoco resuelve del todo los problemas domésticos. Eso lo saben las mujeres por cuyos cuerpos ha cruzado Marichu, las consecuencias de su paso no siempre son las mejores. De repente una mañana que en principio iba a dedicarse a estudiar neurofarmacología o administración o ciencia política, las invade la sensación de que en su casa no se come como es debido y de que chueco o derecho eso tiene que ver con ellas. Entonces abandonan los prácticos y generosos cuadernos de cocina que alguna vez publicó el ISSSTE y que de tantos problemas las han sacado, y se entregan al estudio de los libros de cocina que les han ido regalando sus madres, sus tías, Andrés León, el bazar de Mayorazgo y hasta ellas mismas. Pasan una hora cambiando la habitual sopa de fideo por una sopa de sesos y alcachofa, tragan la repugnancia que les provoca leer: los sesos se limpian muy bien quitando la sangre y la membrana bajo la llave del agua fría. Luego deciden que basta de bisteces empanizados y cambian a zarzuela de pescado y mariscos a la Nevada Palace. Al arroz blanco se decide ponerle azafrán y la lechuga orejona se cambia por unos espárragos frolité. Para terminar, se guardan los duraznos en almíbar y se prepara una complicada tartaleta de dátil y malvaviscos. Acto seguido se procede a caer en la cocina tarareando "Estrellita".

Toda mujer que pasa por este proceso está siendo tomada por Marichu y le esperan las emociones más bárbaras. Porque casi al mismo tiempo en que una mujer se convierte en Marichu, su cónyuge, marido, esposo, compañero o como quiera que la moda llame al señor de la casa, es tomado por el impredecible Pepón.

Pepón es un hombre de apariencia sosegada y alma turbulenta que les gruñe a los perros falderos, que quiere caldo de frijoles cuando hay sopa de almejas y sopa de hongos cuando hay de habas. Pepón le teme a los experimentos culinarios, desconfía del instinto femenino, indaga el estado de los manteles, pregunta por una colección de copas que se rompió en el primer año de vida en común, nunca encuentra lo que busca en el refrigerador y cambia la obsesión de los maridos por la política y sus oficinas por una trémula preocupación por el modo en que se ordenan y deciden las cosas del hogar. Sobra decir que es una calamidad. Pero de seguro es apenas y lo que Marichu se merece. El marido de la original Marichu nunca pudo llamarse más que Pepón.

Cuando la mujer que abandona su libro científico para entrar a la cocina tiene lista la comida del día en que la poseyó Marichu, el señor de la casa entra olfateando de manera extraña y en lugar de prender la televisión y no saludar a los niños, le baja el volumen a la música y amonesta a los niños por haber enchuecado la nueva litera. Luego los carga y les da vueltas mientras camina hacia la proverbia Marichu y su eficaz mirada de felicítame. Por supuesto que no la felicita, pregunta qué huele raro y avisa que invitó a comer a cuatro amigos. La mujer tomada por Marichu le extiende una sonrisa beatífica. Entonces pone cuatro cubiertos más y espera que los amigos lleguen, beban sus aperitivos, coman sus entremeses y pasen a probar la sopa de sesos que salió muy abundante. Cuando todo esto ha sucedido, Pepón pregunta haciendo un puchero, ¿de qué es la sopa? Marichu le responde orgullosa y Pepón le recuerda cuánto detesta las alcachofas. Desencantos como éste cruzan por la pareja platillo a platillo hasta llegar a la tarta de dátiles. Cuando la enfrenta, Pepón no puede más y estalla en una colección de frases inconexas.

Sólo entonces Marichu recuerda la tarde de pasión en que tiró a la basura una hermosa cesta con dátiles sonorenses regalo de un pretendiente sumiso, para demostrarle a Peponcito la unicidad de su afecto. Hasta entonces, porque así son los recovecos de su alma enmudecida, se da cuenta de que una cosa era Pepón y otra los dátiles, y de que a ella le fascinan los dátiles.

-Pues los dátiles son una delicia y si no te lo parece será porque tu paladar es ignorante y cobarde –dice la señora de la casa horrorizando a los cuatro amigos con un comportamiento tan poco apropiado.

-¿Y Marichu? –se dice la mujer mirando a Pepón reírse del otro lado de la mesa-. Se fue Marichu.

-Eres loca –dice el señor de la casa–. Tú que no comes ni carne acusad a mi paladar de cobarde. Te apuesto a que o hay duraznos en almíbar.

-Hay duraznos en almíbar, marca Hérdez y marca La Torre, con hueso y sin hueso, ¿de cuáles quieres?

-De los que tú quieras mi vida, preciosa, teórica maravillosa.

¿Y Pepón? Se fue Pepón. Siempre que Marichu desaparece, Pepón se va también a otra casa porque sabe muy bien los peligros que correría quedándose a perturbar las costumbres y los guisos con los que la científica lo cobija a diario. Pepón se va y en su lugar deja a un señor al lado del cual la vida con sus trabajos y deliberaciones, su generosidad y su inclemencia, parece menos ardua.

[Ángeles Mastretta. "El guiso feminista." Puerto libre. México: Ed. Cal y Arena, 1993. Pp. 89-93. Edición autorizada para el Proyecto Ensayo Hispánico; versión digital de Carlos Coria-Sánchez. "Guiso feminista" apareció con el nombre de "La cocina de Marichu" en la revista NEXOS]

 

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viernes, 23 de abril de 2010

23 DE ABRIL DÍA INTERNACIONAL DEL LIBRO Y EL DERECHO DE AUTOR

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Cartel ganador Día del libro 2010

 

 

 

 

 

Hoy se celebra en todo el mundo el “Día del libro y el derecho de autor” si quieren saber por qué, vayan a este post

 

En homenaje a este día les comparto algunos pensamientos sobre los libros y la lectura:

 

"El amor por la lectura es algo que se aprende pero no se enseña. De la misma forma que nadie puede obligarnos a enamorarnos, nadie puede obligarnos a amar un libro. Son cosas que ocurren por razones misteriosas, pero de lo que sí estoy convencido es que a cada uno de nosotros hay un libro que nos espera. En algún lugar de la biblioteca hay una página que ha sido escrita para nosotros"." (Alberto Manguel)

"Un libro puede ser agradable con muchas imperfecciones y enojosísimo sin un defecto". (Oliver Goldsmith)

"Los libros deben ser como

un hacha que quiebra

el mar de hielo

que llevamos dentro". (Kafka)

"Nadie se demore en un libro que no cause una sensación de felicidad o de conocimiento" (Borges)

Los libros no pueden responder ni interrogar, esa es una actitud reservada para los que los están leyendo. (Platón)

"…Debo ser un lector muy ingenuo, porque nunca pensé que los novelistas quisiesen decir más de lo que dicen.

 

Cuando Franz Kafka cuenta que Gregorio Samsa apareció cierta mañana convertido en un gigantesco insecto, no me parece que esto sea símbolo de algo y la única cosa que siempre me intrigó es a qué especie de animal pertenecía él. Creo que hubo, en realidad, un tiempo en que las alfombras volaban y que había genios prisioneros dentro de las botellas. Creo que el burro de Bullari habló- como dice La Biblia- y la única cosa que hay que lamentar es no tener grabada su voz, y creo que Josué derrumbó las murallas de Jericó con el poder de sus trompetas, y la única cosa lamentable es que ninguno tiene transcripta la música capaz de demoler. Creo, en fin, que Vidriera – de Cervantes- era en realidad de vidrio, como él decía en su locura, y creo realmente en la jubilosa verdad de que Gargantúa orinaba torrencialmente sobre las catedrales de París…" (Gabriel García Márquez)

"Un hogar sin libros es como un cuerpo sin alma". (Marco Tulio Cicerón)

"De cómo los profesores de literatura pervierten a los alumnos" (en Caras y Caretas)

Cuando le preguntaron a Sandak que deben hacer los padres, para que sus hijos se conviertan en lectores, respondió: "Cuando mi padre me leía, me acercaba a él hasta que me convertía en una parte de su pecho o su brazo...

Los niños que son abrazados o que se sientan sobre las rodillas de sus padres, identificaran siempre la lectura con una sensación corporal y con el perfume de sus padres. Eso es lo que los convertirá en lectores. El perfume y el vínculo sensorial será para toda la vida.

En última instancia, somos animales. Y todos pueden ver como los cachorros precisan del lamido para sobrevivir. En este caso, la lectura se convierte en un lamido. Cuando uno escucha no solo un buen cuento, sino también se aprieta al hombre mas importante en su vida, se establece un vinculo indisoluble.

Si hay algún consejo que puedo dar a un padre diría solamente: “Si buscas un camino para acercarte a tu hijo, no hay mejor camino que abrazar a tu hijo y contarle un cuento".

"NO SABER LEER Y SABER LEER, PERO NO HACERLO; SON EQUIVALENTES" (Bonifacio)

Compadezco a los hombres cómodos, resignados y razonables que nunca leyeron libros que estremecieran su corazón. (Arturo Pérez-Reverte)

El cuento, género en el que es posible todo, también ha despertado el talento y la creatividad de muchos hombres célebres, y, para ilustrar esta afirmación, valga recordar la anécdota vertida por la bibliotecaria norteamericana Virginia Haviland, en el XV Congreso Internacional del IBBY, celebrado en Atenas en 1976: Un día, una madre angustiada se dirige al padre de la Teoría de la Relatividad para pedirle un consejo: ¿Qué debo de leerle a mi hijo para que mejore sus facultades matemáticas y sea un hombre de ciencia? Cuentos, contestó Einstein. Muy bien, dijo la madre. Pero, ¿Qué más? Más cuentos, replicó Einstein. ¿Y después de eso?, insistió la madre. Aún más cuentos, acotó Einstein.

 

"Pies, brazos, alas, todo esto ponen al hombre los primeros humildísimos libros de la escuela." (José Martí)

"Un libro nuevo es siempre un motivo de alegría, una verdad que nos sale al paso, un amigo que nos espera, la eternidad que se nos adelanta, una ráfaga que viene a posarse en nuestra mente." (José Martí)

"Me gustaría saber", se dijo, " que pasa en un libro cuando está cerrado. Naturalmente, dentro hay solo letras impresas sobre el papel, pero sin embargo…Algo debe pasar, porque cuando los abro aparece de pronto una historia entera. Dentro hay personas que no conozco todavía, y todas las aventuras, aventuras, hazañas y peleas posibles…y a veces se producen tormentas en el mar o se llega a países o ciudades exóticos. Para vivirlo hay que leerlo, eso está claro. Pero está dentro ya antes. Me gustaría saber de que modo" (Michael Ende- En La historia interminable)

"El guión de cine es como un cubito de avecrem, mientras la novela es el estofado de buey entero." (Ruiz Zafón)

“Ya es hora de sentarme

a la sombra de un libro.

Y ser niño.

Por haberme ausentado

de la infancia

un sauce está llorando

en todos los espejos de mi casa". (Juan Gonzalo Rose)

Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora. (Proverbio hindú)

Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora. (Proverbio hindú)

Un libro es como un jardín que se lleva en el bolsillo. (Proverbio árabe)

 

Un libro, como un viaje, se comienza con inquietud y se termina con melancolía. (José Vasconcelos)

Nunca escribo mi nombre en los libros que compro hasta después de haberlos leído, porque sólo entonces puedo llamarlos míos. (Carlo Dossi)

El hallazgo afortunado de un buen libro puede cambiar el destino de un alma. (Marcel Prévost)

He buscado el sosiego en todas partes, y sólo lo he encontrado sentado en un rincón apartado, con un libro en las manos. (Thomas De Kempis)

Un libro es un regalo estupendo, porque muchas personas sólo leen para no tener que pensar. (André Maurois)

Un libro hermoso es una victoria ganada en todos los campos de batalla del pensamiento humano. (Honoré de Balzac)

Hay un libro abierto siempre para todos los ojos: la naturaleza. (Jean Jacques Rousseau)

Donde se quiere a los libros también se quiere a los hombres.(Heinrich Heine)

LIBROS CONTRA LA MUERTE (fragmento) - Rosa Montero

Cómo puede una apañárselas para vivir sin la lectura? Dejar de escribir puede ser la locura, el caos, el sufrimiento, pero dejar de leer es la muerte instantánea. Un mundo sin libros es un mundo sin atmósfera, como Marte. Un lugar imposible, inhabitable. De manera que mucho antes que la escritura está la lectura, y los novelistas no somos sino lectores desparramados y desbordados por nuestra ansiosa hambruna de palabras. Hace poco escuché hablar en público, en Gijón, a la escritora argentina Graciela Cabal, en una intervención divertidísima y memorable. Vino a decir (aunque ella se expresaba mejor que yo) que un lector tiene la vida mucho más larga que las demás personas, porque no se muere hasta que no acaba el libro que está leyendo. Su propio padre, explicaba Graciela, había tardado muchísimo en fallecer, porque venía el médico a visitarle y, meneando tristemente la cabeza, aseguraba: "De esta noche no pasa"; pero el padre respondía: "No, qué va, no se preocupe, no me puedo morir que me tengo que terminar El otoño del patriarca". Y, en cuanto que el galeno se marchaba, el padre decía: "Traedme un libro más gordo".

[...] Y es que la muerte también es lectora, por eso aconsejo ir siempre con un libro en la mano, porque así cuando llega la muerte y ve le libro se asoma a ver qué lees, como hago yo en el colectivo, y entonces se distrae.

 

martes, 20 de abril de 2010

CANTOS DE AMOR DEL ANTIGUO EGIPTO

En todos los tiempos y en todas las lenguas cantamos al amor, pidiéndolo, agradeciéndolo, engrandeciéndolo o repudiándolo. Cantamos de modos tan semejantes como distintos y en esos sonidos con que tejemos el canto el tiempo se diluye y nos sumerge en una búsqueda eterna.

Los dejo ahora con un canto que ya tiene milenios de antigüedad y es sin embargo tan actual….

 

Canto quinto

Adoro a la Dorada,

alabo su majestad,

celebro a la señora del cielo,

canto las alabanzas a Hathor, y la gloria de la dama soberana.

Le imploré; ella atendió mi plegaria

y me envió a mi señora.

Ella vino para verme,

Y así algo grande me adivino.

Me regocijé, me entregué al júbilo, sentí la plenitud,

cuando me fue dicho: “Mira, hela aquí”.

Ahora bien, ante ella que avanzaba, los jóvenes se inclinaban,

con gran amor hacia ella.

A mi diosa hice un voto;

pues ella me dio la amada

a lo largo de tres días, tras habérselo rogado.

Hace ahora cinco días que me ha abandonado.

Canto del libro CANTOS DE AMOR DEL ANTIGUO EGIPTO- Traducción de Borja Folch - José J. de Olañeta, Editor

Dice el editor: ESCRITOS por los escribas hacia el 1.500 antes de nuestra era en papiros, fragmentos de caliza, vasos… Los Cantos de amor se recitaban en público en las calles, las tabernas y los campos, acompañados del arpa, el laúd, el tamboril o las palmas.

Las Inscripciones que hemos puesto a continuación son de fechas diversas.

La traducción no puede, evidentemente, ser literal. Una misma palabra se traduce de modo distinto según su contexto. No se conoce, por ejemplo, el significado de determinados nombres de flores, especias y vinos. Y si bien se sabe que estos cantos se recitaban o cantaban, se desconocen en cambio su metro y su melodía, dado que no sabemos vocalizar la escritura jeroglífica.

Nuestra edición consta de extractos de la traducción del profesor Siegfried Schott, Universidad de Göttingen (traducción francesa de Paule Krieger).

viernes, 16 de abril de 2010

CANON de PAgagNINI en "Le plus grand cabaret du Monde" de TVFrance 2

Un espectáculo Maravilloso que vale la pena disfrutar!!!



Espero que lo hayan disfrutado tanto como yo

Ante tanto desatino algo de Amor

 

Hay días en que necesitamos consuelo, mimos, susurros…sentir que el amor existe y nos rodea aún cuando lo hayamos olvidado.

Hay días en que las dificultades cotidianas agobian tanto que la mira se nos vuelve gris y nos llueven los ojos.

Hay días en que la bronca, el desconsuelo, el cansancio, la pena, la impotencia….nos pesan comprimiéndonos la vitalidad al punto de hacernos sentir minúsculos.

Para esos días estos poemas…..


Palabras de Amor, de Serrat


Él me quiso tanto...
Yo aún sigo enamorada.
Juntos atravesamos
una puerta cerrada.
Él, cómo os diría...
era toda mi ocupación,
cuando en la lumbre ardían
sólo palabras de amor...
Palabras de amor sencillas y tiernas
que echamos al vuelo por primera vez,
apenas tuvimos tiempo de aprenderlas,
recién despertábamos de la niñez.
Nos bastaban esas tres frases hechas
que entonaba un trasnochado galán,
de historias de amor, sueños de poetas,
a los quince años no se saben más...

Ella, dónde andará,
tal vez aún me recuerda.
Un día se marchó
y jamás volví a verla.
Pero, cuando oscurece,
lejos, se escucha una canción,
vieja música que acuna,
viejas palabras de amor…

Pueden ver la letra en catalán acá

Pueden ver la versión con algo de catalán Acá  y acá pueden ver el video de Youtube en el que Serrat canta con Ana Belén este hermoso poema

 

Este poema lo envió Marina una amiga de un foro y el siguiente lo envió la Abuela Ángela. Gracias a ambas!!

UNA PALABRA  -Autor:  Carlos Varela.

Una palabra no dice nada

y al mismo tiempo lo esconde todo,

igual que el viento que esconde el agua

como las flores que esconde el lodo.

Una mirada no dice nada

y al mismo tiempo lo dice todo

como la lluvia sobre tu cara

o el viejo mapa de algún tesoro.

Una verdad no dice nada

y al mismo tiempo lo esconde todo

como una hoguera que no se apaga

como una piedra que nace polvo.

Sí un día me faltas, no seré nada

al mismo tiempo lo seré todo

porque en tus ojos están mis alas

y está la orilla donde me ahogo

porque en tus ojos están mis alas

y está la orilla donde me ahogo.

 

Acá pueden ver el video de Youtube dónde lo canta, es bellísimo!

miércoles, 14 de abril de 2010

LEYENDA AFRICANA - Las alas robadas

He hablado en mi blog de narración sobre los narradores orales africanos (si quieren ver la nota clickeen acá) y en honor a estos pueblos tan llenos de sabiduría comparto hoy una de sus leyendas

 

Las alas robadas

Leyenda Africana

Érase una vez un príncipe llamado Sakaye Macina que viajaba por placer. Y he aquí que llegó a una ciudad en un día de feria.

Al apearse de su caballo oyó a un viejo que voceaba:

- ¿Quién quiere, por una jornada de trabajo, ganar cien monedas de oro?

Sakaye se acercó al anciano y le dijo:

- Yo estoy dispuesto a trabajar todo un día por ese salario.

El viejo era un guinarú[1] que frecuentaba los mercados con el único propósito de engañar a algún forastero y llevárselo a su choza para comérselo.

Respondió:

- Pues bien, Sakaye Macina. Deja tu caballo aquí y ven conmigo hasta el pie de aquella alta montaña. Allí encontrarás la faena que has de hacer.

Sakaye siguió, sin pronunciar palabra, al guinarú, que había tomado el camino de la montaña indicado. Así que llegaron a las estribaciones del monte altísimo, el guinarú dijo:

- Sube a la cúspide. Arriba hallarás a tus compañeros ocupados ya en la labor.

- Pero, ¿por dónde puedo escalar la cima? - preguntó Sakaye. - No veo la posibilidad. ¡Si está cortada casi a cuchillo!

- Yo te proporcionaré una montura que te llevará a destino - respondió el viejo guinarú.

Palmoteo éste y al punto apareció una tórtola gigantesca ensillada.

- Monta este corcel - ordenó el viejo.

Sakaye obedeció y el pájaro se elevó hasta la cima de la alta montaña. Una vez allí, depositó a su jinete sobre una enorme roca y desapareció.

Sakaye miró en derredor y vio una choza amarilla. Esta choza era de oro puro.

Se aproximo y con asombro observó la presencia de un anciano cuyos ojos eran tan grandes y amarillos como el sol de mediodía. Y divisó, cuando se dirigía hacia este viejo, a lo lejos y por encima de él, el Universo entero, pues la montaña sobre la cual se encontraba era la más alta de toda la tierra.

Muy cerca de este viejo de "los ojos de sol" vio una gran cantidad de cráneos humanos esparcidos por el suelo.

Preguntó al viejo de quién era la choza de oro y quién había matado a los dueños de aquellos cráneos.

Le preguntó también por qué razón un hombre tan viejo como él se encontraba en un lugar tan espantoso, mayormente cuando, según todas las apariencias, era el único ser que moraba en aquella soledad altísima.

- Sakaye Macina - respondió el anciano, - yo soy el guardián de esta choza. Los que aquí habitan son yébem, devoradores de hombres. ¡He aquí que tú estás en poder de ellos y no te escaparás! El padre de ellos te ha encontrado en el mercado y te sedujo con la esperanza de poseer el oro que te ofreció por un jornal. En consecuencia, espera aquí tu fin, porque dentro de un instante caerás en sus manos, donde hallarás la muerte. Te devorarán tan pronto el yébem que te ha encontrado esté de regreso. ¡Y no tardará mucho!

- ¿Tú también eres un devorador de hombres? – le preguntó Sakaye.

- ¿Yo? - exclamó el anciano. - ¡No! Yo soy un yébem, pero en ningún modo de los devoradores de hombres. Yo pertenezco a otra raza diferente. Me obligan a permanecer aquí en virtud de un sortilegio que me priva del uso de las piernas; a no ser por esto, hace mucho tiempo que habría regresado al lado de los míos. Delante de la choza les sirvo de guardián y me es imposible escapar.

- Muy bien, anciano. ¿Y dónde están en este momento esos ogros propietarios de la choza de oro y dueños de tus piernas?

- Están de caza y volverán al mismo tiempo que su padre, a quien tú ya conoces.

- Entonces, ¿ahora no hay nadie en la vivienda?

- Nadie, a excepción de unos yébem muy jóvenes que se distraen jugando a las conchas.

- Entraré, pues, y me esconderé en algún granero en espera de la noche para escapar.

- Te suplico que no hagas tal cosa - gritó el viejo. - Tú serías la causa de mi perdición, pues los yébem, a su regreso, me matarían sin compasión al oler carne humana en su casa.

Sakaye, que sabía que el guinarú de los "ojos de sol" no podía nada contra él, porque el sortilegio le impedía el uso de las piernas, entró precipitadamente, sin hacer caso de sus advertencias y súplicas.

Al ver al intruso, los jóvenes yébem, que estaban jugando y se habían quitado las alas para estar más desembarazados, se asustaron y se metieron de un salto en un gran agujero que había en el centro de la guarida. Pero tuvieron tiempo de recoger sus alas.

Tan sólo la hermana, una muchacha muy jovencita, abandonó las suyas en la precipitación de la huida.

Cuando ella se encontró en medio de sus hermanos, éstos le dijeron:

- Pequeña, has dejado tus alas a la discreción del intruso. Anda por ellas, aunque ello te cueste la libertad. Debes intentar recuperarlas, pues jamás se ha dado el caso de que una yébem haya dejado sus alas en poder de un humano.

La joven yébem, a pesar de su espanto, regresó a la choza y, dirigiéndose a Sakaye, le dijo:

- ¡Humano, yo te suplico que me devuelvas mis alas!

- Te las devolveré con una condición - respondió el príncipe. - Quiero que me lleves a mi pueblo.

- Te lo prometo - dijo ella.

Entonces Sakaye le devolvió las alas y ella se las puso en lugar adecuado. Hecho esto, el príncipe montó sobre la espalda de la joven yébem y voló tan alto, tan alto, que ya no podía distinguir siquiera la tierra.

Ella lo depositó delante de la puerta del palacio del rey y quiso, inmediatamente, regresar a la choza de la alta cumbre, pero Sakaye la retuvo a la fuerza. Para lograrlo, le quitó las alas y las escondió en los almacenes del rey.

Y acaeció luego, que la tomó por esposa. Desposados, vivieron así algunos años, y la joven yébem dio a luz tres hijos, todos derechos como un huso y lindos como flores.

A pesar de la alegría que sentía de ser madre la yébem tenía el corazón apesadumbrado. Añoraba y sentía nostalgia de la soledad de las altas cumbres.

Una noche, mientras su marido y sus hijos dormían, se transformó en un ratoncillo y, por un diminuto agujero, penetró en el almacén de su suegro el rey. Cogió las alas y se las ajustó a sus hombros. Luego, volvió para buscar a sus hijos, los ocultó bajo sus alas y, remontando el vuelo, se dirigió rauda hasta la montaña de sus amores.


[1] Guinarú: Genio

 

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martes, 13 de abril de 2010

Nuestra Propia Canción

Autora: Tolba Phanem, poeta afrikana

 

Cuando una mujer de cierta tribu de África sabe que está embarazada, se interna en la selva con otras mujeres y juntas rezan y meditan hasta que aparece la canción del niño.

Ellas saben que cada alma tiene su propia vibración que expresa su particularidad, unicidad y propósito. Las mujeres encuentran la canción, la entonan y cantan en voz alta. Luego retornan a la tribu y se la enseñan a todos los demás.

Cuando nace el niño, la comunidad se junta y le cantan su canción.

Luego, cuando el niño va a comenzar su educación, el pueblo se junta y le canta su canción.

Cuando se inicia como adulto, nuevamente se juntan todos y le cantan.

Cuando llega el momento de su casamiento, la persona escucha su canción en voz de su pueblo.

Finalmente, cuando el alma va a irse de este mundo, la familia y amigos se acercan a su cama y del mismo modo que hicieron en su nacimiento, le cantan su canción para acompañarle en el viaje.

En esta tribu, hay una ocasión más en la que los pobladores cantan la canción.

Si en algún momento durante su vida la persona comete un crimen o un acto social aberrante, se le lleva al centro del poblado y toda la gente de la comunidad forma un círculo a su alrededor. Entonces... le cantan su canción.

La tribu sabe que la corrección para las conductas antisociales no es el castigo, sino el amor y el recuerdo de su verdadera identidad. Cuando reconocemos nuestra propia canción ya no tenemos deseos ni necesidad de hacer nada que pudiera dañar a otros.

Tus amigos conocen tu canción, y te la cantan cuando la olvidaste. Aquellos que te aman no pueden ser engañados por los errores que cometes o las oscuras imágenes que a veces muestras a los demás. Ellos recuerdan tu belleza cuando te sientes feo, tu totalidad cuando estás quebrado, tu inocencia cuando te sientes culpable, tu propósito cuando estás confundido.

"No necesito una garantía firmada para saber que la sangre de mis venas es de la tierra y sopla en mi alma como el viento, refresca mi corazón como la lluvia y limpia mi mente como el humo del fuego sagrado".

 

Texto extraído de la web de Poesía Salvaje

lunes, 12 de abril de 2010

Rituales femeninos

 

Hace tiempo hemos olvidado la importancia de esos rituales sagrados que nos otorgaban fuerzas renovadas, esperanza en la desolación, fe en la unión, y por sobre todo nos hacían saber “Hermanas”.

Encontré este maravilloso escrito que merece ser difundido por la claridad con que expresa lo que todas sentimos. Lo dedica a las miles y miles de brazas del mundo que en compañía o en soledades buscan recuperar el fuego que ilumina el camino.

brasas

Cuando las cabezas de las mujeres se juntan alrededor “del fuego”

Simone Seija Paseyro

Uruguaya – 45 años

 

Alguien me dijo que no es casual…que desde siempre las elegimos. Que las encontramos en el camino de la vida, nos reconocemos y sabemos que en algún lugar de la historia de los mundos fuimos del mismo clan. Pasan las décadas y al volver a recorrer los ríos esos cauces, tengo muy presentes las cualidades que las trajeron a mi tierra personal.

Valientes, reidoras y con labia. Capaces de pasar horas enteras escuchando, muriéndose de risa, consolando. Arquitectas de sueños, hacedoras de planes, ingenieras de la cocina, cantautoras de canciones de cuna.

Cuando las cabezas de las mujeres se juntan alrededor de “un fuego”, nacen fuerzas, crecen magias, arden brasas, que gozan, festejan, curan, recomponen, inventan, crean, unen, desunen, entierran, dan vida, rezongan, se conduelen.

Ese fuego puede ser la mesa de un bar, las idas para afuera en vacaciones, el patio de un colegio, el galpón donde jugábamos en la infancia, el living de una casa, el corredor de una facultad, un mate en el parque, la señal de alarma de que alguna nos necesita o ese tesoro incalculable que son las quedadas a dormir en la casa de las otras.

Las de adolescentes después de un baile, o para preparar un examen, o para cerrar una noche de cine. Las de “veníte el sábado” porque no hay nada mejor que hacer en el mundo que escuchar música, y hablar, hablar y hablar hasta cansarse. Las de adultas, a veces para asilar en nuestras almas a una con desesperanza en los ojos, y entonces nos desdoblamos en abrazos, en mimos, en palabras, para recordarle que siempre hay un mañana. A veces para compartir, departir, construir, sin excusas, solo por las meras ganas.

El futuro en un tiempo no existía. Cualquiera mayor de 25 era de una vejez no imaginada…y sin embargo…detrás de cada una de nosotras, nuestros ojos.

Cambiamos. Crecimos. Nos dolimos. Parimos hijos. Enterramos muertos. Amamos. Fuimos y somos amadas. Dejamos y nos dejaron. Nos enojamos para toda la vida, para descubrir que toda la vida es mucho y no valía la pena. Cuidamos y en el mejor de los casos nos dejamos cuidar.

Nos casamos, nos juntamos, nos divorciamos. O no.

Creímos morirnos muchas veces, y encontramos en algún lugar la fuerza de seguir. Bailamos con un hombre, pero la danza más lograda la hicimos para nuestros hijos al enseñarles a caminar.

Pasamos noches en blanco, noches en negro, noches en rojo, noches de luz y de sombras. Noches de miles de estrellas y noches desangeladas. Hicimos el amor, y cuando correspondió, también la guerra. Nos entregamos. Nos protegimos. Fuimos heridas e inevitablemente, herimos.

Entonces…los cuerpos dieron cuenta de esas lides, pero todas mantuvimos intacta la mirada. La que nos define, la que nos hace saber que ahí estamos, que seguimos estando y nunca dejamos de estar.

Porque juntas construimos nuestros propios cimientos, en tiempos donde nuestro edificio recién se empezaba a erigir.

Somos más sabias, más hermosas, más completas, más plenas, más dulces, más risueñas y por suerte, de alguna manera, más salvajes.

Y en aquel tiempo también lo éramos, sólo que no lo sabíamos. Hoy somos todas espejos de las unas, y al vernos reflejadas en esta danza cotidiana, me emociono.

Porque cuando las cabezas de las mujeres se juntan alrededor “del fuego” que deciden avivar con su presencia, hay fiesta, hay aquelarre, misterio, tormenta, centellas y armonía. Como siempre. Como nunca. Como toda la vida.

Para todas las brasas de mi vida, las que arden desde hace tanto, y las que recién se suman al fogón.

 

sábado, 10 de abril de 2010

Hablaba y hablaba...

                              Autor- Aub, Max - Español: 1903-1972

Hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba. Y venga hablar. Yo soy una mujer de mi casa. Pero aquella criada gorda no hacía más que hablar, y hablar, y hablar. Estuviera yo donde estuviera, venía y empezaba a hablar. Hablaba de todo y de cualquier cosa, lo mismo le daba. ¿Despedirla por eso? Hubiera tenido que pagarle sus tres meses. Además hubiese sido muy capaz de echarme mal de ojo. Hasta en el baño: que si esto, que si aquello, que si lo de más allá. Le metí la toalla en la boca para que se callara. No murió de eso, sino de no hablar: se le reventaron las palabras por dentro.

 

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jueves, 8 de abril de 2010

ENTRE EL PAPEL Y LA TECNOLOGÍA

 

                 Estos días he estado nuevamente sin Internet. Los servidores parecen sufrir trastornos continuos que por supuesto no representan ahorros para nosotros los consumidores sino problemas pues no podemos trabajar, y rabias pues el dinero perdido al no poder trabajar nadie pasa a ser problema nuestro. Esta política cada día más generalizada de prestar un servicio, cobrarlo puntualmente sin que importe ni la calidad del servicio, ni los inconvenientes que el propio proveedor causa, no deja de sorprenderme. Los clientes pasamos a ser subordinados de quienes ofrecen sus productos ¿¿???...

Dado que mi trabajo es la escritura todo esto me ha dado en pensar sobre libros, Internet. Ipod… Lo uno daña los bosques, lo otro nos hace extremadamente vulnerables dada la dependencia a los proveedores, a la electricidad… En fin que como siempre nada es bueno o malo sino según…

Como ya les he puesto un video a favor del libro, vaya para ustedes ahora un microcuento mío a favor de….

 

Historias taladas

Desde que nací, don Olegario Fuentes, mi vecino, me cuenta las historias que esconde el algarrobo. Dice que se esconden en él desde que el mundo empezó, y yo le creo.

De lejos viene la gente para enterarse de las historias del algarrobo.

Ahora no.

Ahora estamos uno al ladito del otro alrededor de nuestro árbol de cuentos. Lo abrazamos fuerte, porque han venido unas máquinas que se lo quieren llevar.

—Al otro lado — dicen los hombres de traje — Acá va el complejo nuevo.

Negocios, escuela, hasta cine dicen que van a poner. ¿Y para qué?, me preguntó yo. ¿Por qué no ponen su complejo al otro lado y nos dejan el algarrobo en su lugar? ¿No saben que nuestro árbol esconde las historias en sus raíces? Si lo sacan nos quedamos sin cuentos.

Y sin cuentos no es vida, dice don Olegario Fuentes, y yo le creo.

© Ana Cuevas Unamuno

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Leer mirar oir...

Cada día menos personas leen y sin embargo se lee mucho. Esto no es contradictorio, se lee a velocidad, se lee breve, se lee más mirando que leyendo, se leen imágenes, títulos, colores...Por eso me ha gustado esta presentación.



¿Y a ustedes?

El precursor de Cervantes -

                              Autor: Denevi, Marco - Argentina: 1922-1998

Vivía en El Toboso una moza llamada Aldonza Lorenzo, hija de Lorenzo Corchelo, sastre, y de su mujer Francisca Nogales. Como hubiese leído numerosísimas novelas de estas de caballería, acabó perdiendo la razón. Se hacía llamar doña Dulcinea del Toboso, mandaba que en su presencia las gentes se arrodillasen, la tratasen de Su Grandeza y le besasen la mano. Se creía joven y hermosa, aunque tenía no menos de treinta años y las señales de la viruela en la cara. También inventó un galán, al que dio el nombre de don Quijote de la Mancha. Decía que don Quijote había partido hacia lejanos reinos en busca de aventuras, lances y peligros, al modo de Amadís de Gaula y Tirante el Blanco. Se pasaba todo el día asomada a la ventana de su casa, esperando la vuelta de su enamorado. Un hidalgüelo de los alrededores, que la amaba, pensó hacerse pasar por don Quijote. Vistió una vieja armadura, montó en un rocín y salió a los caminos a repetir las hazañas del imaginario caballero. Cuando, seguro del éxito de su ardid, volvió al Toboso, Aldonza Lorenzo había muerto de tercianas1.

1. Tercianas: Fiebre intermitente cuyos accesos se repiten cada tres días