jueves, 29 de julio de 2010

EL CAMINO DE SANTIAGO

Para situarnos mejor en la historia, les dejo un video del CAMINO DE SANTIAGO

El camino de Santiago

LA SERPIENTE DE PIEDRA

SE ACERCAN LOS FESTEJOS DEL AÑO XACOBEO

Famoso es el Camino de Santiago de Compostela, famosas sus peregrinaciones, sus historias y leyendas. En los próximos días se llevará a cabo un “camino de Cuentos
al que me encantaría asistir. No puedo… entonces…. comparto con ustedes un poquito de este ancestral saber.

Leyenda de la serpiente alada

Hay un lugar conocido desde antaño llamado Finisterre (fin del mundo) en el que se encuentra una talla antiquísima con una serpiente alada. Esta talla desgraciadamente ha sido dañada por el celo de algunos que vaya a saber por qué necesitaron ocultar la antigua imagen con la figura de la cruz. Lo que no pudieron fue borrar de la memoria de tantos y tantos la sabiduría de la piedra.

Este sitio, conocido por muchos como una  porción de costa maldita, está ubicada en el extremo occidental de Europa, en el ocaso, allá donde la tierra termina para dar paso al ancho océano. No es un lugar cualquiera, es mágico, misterioso y lleno de leyendas susurradas a golpes de espuma y piedra.

Entre ellas escuchamos sobre una legendaria tradición de caminantes, predecesores de los actuales peregrinos.

¿Quiénes eran esos caminantes?

Algunos dicen que los antiguos Serpes (o Sierpes; Serpientes), o Celtas aspirantes a convertirse en Druidas, que bajando del lejano Norte recorrían una senda hasta alcanzar el final. Esta costa era el final de un largo camino, un camino que estaba escrito en el firmamento las noches estrelladas, camino que hoy conocemos como: La Vía Láctea.

Cuenta la leyenda que estos aspirantes a medida que avanzaban iban sufriendo (o mejor sería decir experimentando) infinidad de pruebas (quizás similares quizás diferentes a las que hoy experimentan quienes recorren el mismo sendero ahora conocido como Camino de Santiago) hasta llegar al final, al lugar donde cada día muere el sol para renacer a otra nueva vida de luz, y allí experimentar su propia muerte y renacimiento.

Este es el mismo camino que según otra leyenda, recorrió el druida gnóstico Prisciliano, Obispo de Ávila; acusado, condenado y degollado por prácticas heréticas, después de muerto. Dicen que la cabeza de Prisciliano rodó por los suelos en Tréveris en el año 385; cuatro años después, varios de sus discípulos gallegos reclamaron su cuerpo para trasladarlo a su hermética tierra gallega y darle cristiana sepultura. El cuerpo fue llevado a hombros a lo largo de la Galia y la Hispania, recorriendo un itinerario que con el paso de los siglos se convertirá en la ruta jacobea, el hoy popular "Camino de Santiago".

Imaginen el lugar…. imaginen el ruido del mar rompiendo contra la piedra…. imaginen el silencio ruidoso de la espuma, la aspereza del aire y de la tierra….imaginen y escuchen lo que hace mucho mucho tiempo en este sitio sucedió….

LA LEYENDA

En esta zona en la parte alta de la playa, resguardado de los crudos vientos del norte, hace miles de años, se encontraba ubicado un noble pueblo, el pueblo de nuestros antepasados, llamado de los Sierpes. Sus gentes eran pacíficas y disfrutaban de una gran cultura enraizada en la armonía de la naturaleza, conocían la experiencia iniciática de la piedra en la que tallaban y esculpían bellos petroglifos, adoraban al dios de sus antecesores y respetaban la sabiduría de sus mayores. Vivían modestamente de su mar, de la pesca y del marisqueo, utilizando las algas que la marea varaba para abonar las escasas y pobres tierras que labraban.

Su dichosa y apacible vida fue sacudida violentamente por la ambición de los más jóvenes e intrépidos de la aldea. Desoyeron los sabios consejos de los ancianos trocaron su serena existencia de pescadores por el agitado oficio de guerreros y piratas, su arrojo y valentía les reportó en muy poco tiempo grandes riquezas y cantidad de esclavos.

La solidaridad y el respeto a las decisiones de los ancianos de la tribu, que habían sido el más grande vínculo de unión entre los habitantes de la aldea, desaparecieron, y su lugar fue ocupado por el dictado de los más fuertes y pendencieros, por la codicia y el individualismo; así el trabajo, perdida su virtud, dejó de interesar a los aldeanos y pasó a ser la infame labor de los innumerables esclavos que apresaban en sus correrías por tierras y mares extraños. Cegados por la riqueza y la abundancia, se entregaron a la ociosidad y a los más indecentes vicios. Cuando no guerreaban se entregaban a la placidez de la pereza y al disfrute de la gula y la lujuria, sus festines nocturnos en la playa las noches de luna llena en torno a las queimadas de aguardiente de tojo, duraban hasta el alba. En el transcurso de estas orgías, amenizados con la música uniforme y repetitiva que componían golpeando unos rústicos atabales y resoplando caracolas marinas, se intercambiaban para fornicar a sus esclavas más jóvenes y bellas. Los más depravados y crueles sodomizaban a las criaturas adolescentes más hermosas, llegando incluso, con ocasión de los solsticios de verano e invierno, a luctuosos y cruentos sacrificios humanos en agradecimiento a los nuevos dioses paganos importados de tierras extrañas.

Ante tanta barbarie, su dios primitivo, aquel del que hoy en la aldea ya nadie recuerda su nombre, enojado por su abjuración y cansado por la obstinación de tal primario y brutal proceder, los amenazó, conminándoles a poner fin de inmediato a tanto atropello, guerras, saqueos y muertes, aconsejándoles que volvieran a vivir como antaño, de su trabajo, obedeciendo las leyes de la sabia naturaleza, en comunión armónica con la tierra que les vio nacer y los alimentó, respetando a los pueblos vecinos, educando a sus vástagos en el trabajo y en la solidaridad, sin excesos embrutecedores o de lo contrario, caso de hacer oídos sordos a su recomendaciones, descargaría su ira contra ellos y los haría desaparecer para siempre, arrasando la aldea, las embarcaciones, el ganado y las personas.

La gran mayoría del pueblo no tomó en consideración las palabras conminatorias de un dios que había sido ya abandonado por ellos. Pensaron que las amenazas carecían de valor, que eran producto del enojo de quien se siente repudiado, afirmando no tener necesidad de un dios que siempre les había mantenido en la pobreza, un Dios que les prohibía gozar de sus festines nocturnos y les amenazaba con castigos eternos.

Sólo unos pocos, los más temerosos de su dios, acompañados de la mayoría de los ancianos, se arrepintieron públicamente, enmendaron su vida y rectificaron su salvaje proceder. Inútilmente trataron de convencer a sus vecinos para que los imitasen y les siguieran; sólo lograron ser el blanco de sus algazaras y algún que otro disgusto. Antes de que les llegara la condena a sus convecinos, optaron con escasa esperanza y como última disyuntiva, por interceder nuevamente ante el dios antiguo, le pidieron que perdonase a sus hermanos pecadores e hicieron ofrendas y sacrificios.

Solicitaron en vano compasión y clemencia tratando de evitarles el castigo divino. Todo fue inútil. El dios implacable ordenó a los arrepentidos que recogieran sus pertenencias y aperos y abandonasen la aldea de inmediato, asentándose en lo alto de la loma que bordea la playa, en el lugar llamado de Gondomil y desde allí, encumbrados en lo más alto de la atalaya, pudieran observar el castigo que iban a sufrir sus hermanos pecadores.

Fue una noche cálida, una noche de verano en la que la luna llena iluminaba débilmente el valle donde se asentaba la aldea de los entonces conocidos como la gran tribu de los Sierpes. De repente, el claro atardecer se trasmutó en noche negra, estalló una gran tormenta, decenas de rayos cayeron sobre el poblado y un gran diluvio de fina arena blanca enterró para siempre a hombres, ganado y hogares. Aquella noche la alegre fiesta se convirtió en triste enterramiento; los animales alocados corrían de un lugar a otro ladraban y mugían ensordecedoramente. Las gentes aturdidas clamaban piedad e inútilmente trataban de huir. A cada paso, a cada intento de escapar del castigo, nuevas arenas caídas del cielo los volvían a enterrar. Los fuegos de los hogares se fueron apagando, las fuentes se secaron y se acallaron gritos y gemidos, un silencio sepulcral invadió la noche estival. Pasada la tormenta, volvió a alumbrar la luna llena y la negra noche se tornó en noche estrellada. Al alba, una gran montaña de arena blanca ocupaba el lugar donde la víspera se encontraba la aldea. No hubo niño, ni mujer, ni anciano o joven que pudiese haber salvado la vida.

Sus hermanos, aquellos que se salvaron y fueron testigos de lo ocurrido, se afincaron en el vecino altozano de Gondomil, construyeron como testimonio funerario que recordase por los siglos a aquel olvidado pueblo al que nunca dominó hombre alguno y que fue irremediablemente derrotado por la riqueza, la ociosidad y el vicio, un altar en la roca más céntrica del lugar. La gran piedra situada junto a la encrucijada, esculpiendo en ella esta serpiente alada.

Esta Historia y muchas más la encuentran en la página de José Ramón Varela, ¡vale la pena visitarla!

 

martes, 27 de julio de 2010

Séptima: Encantadora


                    Un cuento de Marcel Schwob

 

Séptima fue esclava bajo el sol africano, en la ciudad de Hadrumeto. Y su madre Amoena fue esclava, y la madre de ésta fue esclava, y todas fueron bellas y obscuras, y los dioses infernales les revelaron filtros de amor y de muerte. La ciudad de Hadrumeto era blanca y las piedras de la casa donde vivía Séptima eran de un rosa trémulo. Y la arena de la playa estaba sembrada de conchitas que arrastra el mar tibio desde la tierra de Egipto, en el lugar donde las siete bocas del Nilo derraman siete limos de diversos colores. En la casa marítima donde vivía Séptima, se oía morir la franja de plata del Mediterráneo y, a sus pies, un abanico de líneas azules resplandecientes se desplegaba hasta al ras del cielo. Las palmas de las manos de Séptima estaban enrojecidas por el oro, y las puntas de sus dedos pintadas; sus labios olían a mirra y sus párpados ungidos se estremecían suavemente. Así iba por los caminos de las afueras, llevando a la casa de los sirvientes una cesta de panes tiernos.

Séptima se enamoró de un joven libre, Sextilio, hijo de Dionisia. Pero no les está permitido ser amadas a aquellas que conocen los misterios subterráneos, ya que están sometidas al adversario del amor, que se llama Anteros. Y así como Eros gobierna el centelleo de los ojos y aguza las puntas de las flechas, Anteros desvía las miradas y atenúa la acritud de los dardos. Es un dios bienhechor que mora en medio de los muertos. No es cruel, como el otro. Posee el nepentas que da el olvido. Y porque sabe que el amor es el peor de los dolores terrestres, odia y cura el amor. Sin embargo, no tiene el poder de echar a Eros de un corazón ocupado. Entonces toma el otro corazón. Así Anteros lucha contra Eros. Por esto fue que Sextilio no pudo amar a Séptima. Tan pronto como Eros hubo llevado su antorcha al seno de la iniciada, Anteros, irritado, se apoderó de aquel a quien ella quería amar.

Séptima supo del poder de Anteros en la mirada baja de Sextilio. Y cuando el temblor púrpura aferró al aire de la tarde, salió por el camino que va desde Hadrumeto hasta el mar. Es un camino apacible donde los enamorados beben vino de dátiles recostados en las murallas pulidas de las tumbas. La brisa oriental sopla su perfume sobre la necrópolis. La joven luna, todavía velada, va allí a vagabundear, incierta. Muchos muertos embalsamados alardean alrededor de Hadrumeto en sus sepulturas. Y allí dormía Foinisa, hermana de Séptima, esclava como ella, muerta a los dieciséis años, antes de que ningún hombre hubiese respirado su olor. La tumba de Foinisa era estrecha como su cuerpo. La piedra abrazaba sus senos oprimidos por vendas. Muy cerca de su frente baja una larga losa cortaba su mirada vacía. De sus labios ennegrecidos se elevaba todavía el vapor de los aromas en que la habían empapado. En su mano quieta brillaba un anillo de oro verde con dos rubíes pálidos y turbios incrustados. Soñaba eternamente en su sueño estéril con las cosas que no había conocido.

Bajo la blancura virgen de la luna nueva, Séptima se tendió junto a la tumba estrecha de su hermana, contra la buena tierra. Lloró y pegó su rostro a la guirnalda esculpida. Acercó su boca al conducto por donde se vierten las libaciones y su pasión brotó:

-Oh, hermana mía, apártate de tu sueño para escucharme. La pequeña lámpara que ilumina las primeras horas de los muertos se apagó. Has dejado deslizar de tus dedos la ampolla de vidrio coloreada que te habíamos dado. El hilo de tu collar se rompió y los granos de oro se derramaron alrededor de tu cuello. Ya nada de nosotros es tuyo y ahora aquel que tiene un halcón en la cabeza te posee. Escúchame, pues tú tienes el poder de llevar mis palabras. Ve a la celda que tú sabes y suplícale a Anteros. Suplícale a la diosa Hator. Suplícale a aquel cuyo cadáver despedazado fue llevado por el mar en un cofre hasta Biblos. Hermana mía, ten piedad de un dolor desconocido. Por las siete estrellas de los magos de Caldea, yo te conjuro. Por las potencias infernales que se invocan en Cartago, Jao, Abriao, Salbaal y Batbaal, recibe mi encantamiento. Haz que Sextilio, hijo de Dionisia, se consuma de amor por mí, Séptima, hija de nuestra madre Amoena. Que arda en la noche; que me busque junto a tu tumba. ¡Oh, Foinisa! O llévanos a los dos a la morada tenebrosa, poderosa. Ruega a Anteros que enfríe nuestros alientos si le niega a Eros que los encienda. Muerta perfumada, acoge la libación de mi voz. ¡Ashrammachalada!

Inmediatamente, la virgen vendada se levantó y penetró en la tierra mostrando los dientes.

Y Séptima, avergonzada, corrió por entre los sarcófagos. Hasta la segunda noche permaneció en compañía de los muertos. Espió a la luna fugitiva. Ofreció su garganta a la mordedura salada del viento marino. Fue acariciada por el primer oro del día. Después volvió a Hadrumeto y su larga camisa azul flotaba detrás de ella.

Mientras tanto, Foinisia, rígida, erraba por los circuitos infernales. Y aquel que tiene un halcón en la cabeza no escuchó su ruego. Y la diosa Hator permaneció tendida en su funda pintada. Y Foinisia no pudo encontrar a Anteros, pues ella no conocía el deseo. Pero en su corazón mustio sintió la piedad que los muertos tienen para con los vivos. Entonces, a la segunda noche, a la hora en que los cadáveres se liberan para consumar los encantamientos, hizo que sus pies atados se movieran por las calles de Hadrumeto.

Sextilio temblaba acompasadamente, agitado por los suspiros del sueño, con el rostro vuelto hacia el techo de su habitación surcado de rombos. Y Foinisia, muerta, envuelta en las vendas olorosas, se sentó a su lado.

Y ella no tenía ni cerebro ni vísceras; pero su corazón desecado había sido puesto de nuevo en su pecho.

Y en ese momento Eros luchó contra Anteros, y se apoderó del corazón embalsamado de Foinisia. En seguida deseó el cuerpo de Sextilio, para que estuviese acostado entre ella y su hermana Séptima en la casa de las tinieblas.

Foinisia posó sus labios tintados en la boca viva de Sextilio y la vida escapó de él como una burbuja. Después se encaminó a la celda de esclava de Séptima y la tomó de la mano. Y Séptima, dormida, se dejó llevar por la mano de la hermana. Y el beso de Foinisia y el abrazo de Foinisia hicieron morir, casi a la misma hora de la noche, a Séptima y a Sextilio. Tal fue el desenlace fúnebre de la lucha de Eros contra Anteros; y las potencias infernales recibieron una esclava y un hombre libre al mismo tiempo.

Sextilio está acostado en la necrópolis de Hadrumeto, entre Séptima, la encantadora, y su hermana virgen Foinisia. El texto del encantamiento está inscripto en la placa de plomo, enrollada y perforada por un clavo, que la encantadora deslizó por el conducto de las libaciones en la tumba de su hermana.

 

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lunes, 26 de julio de 2010

ISIS Y LOS ESCORPIONES

 

Hoy les traigo una hermosa leyenda egipcia. Que comienza diciendo….

Osiris había sido asesinado por el dios Set, e Isis, su esposa, recupero el cofre donde estaba encerrado el cuerpo de su marido. Mientras fue en busca de Neftis y Anubis para que lo embalsamaran, escondió el cofre en el delta del Nilo, pero Set lo descubrió por casualidad mientras se encontraba en una cacería. Tomó el cuerpo de Osiris y lo partió en catorce trozos, que arrojó a lo largo del río Nilo.

isis y osiris

Al regresar su compañera, la diosa Isis y no encontrar el cuerpo la inundó la desesperación. Pero no se dio por vencida e inició una nueva búsqueda por las orillas del Nilo, ayudada por Neftis y Anubis.

Isis elevó su voz en el viento, y a su llamado acudieron siete grandes escorpiones que le sirvieron de escolta. Navegaron por el Nilo en una barca de papiro, y por reverencia hacia Isis los cocodrilos no tocaron los restos de Osiris. Por eso en aquellos tiempos los que recorrían el Nilo en barcas de papiro pensaban que estaban a salvo de los cocodrilos, pues se creía que estos reptiles aún pensaban que Isis realizaba su búsqueda por el río.

Pero las tierras regadas por el Nilo eran vastas, y el viaje agotador. Cuando Isis llegó a la Ciudad de las Dos Sandalias, en los pantanos del norte, buscó una casa para reposar. Llegó ante la puerta de la casa de una rica mujer llamada Usert y le pidió posada. Usert, al ver a la diosa fatigada, quiso invitarla a entrar, pero tuvo miedo por el aspecto pavoroso de los escorpiones que acompañaban a su visitante y cerró la puerta.

Isis fue entonces a la casa de una pobre mujer que vivía en los pantanos, y a pesar del temor por los escorpiones la acogió para que pudiera descansar. Mas los escorpiones se pusieron de acuerdo y unieron sus venenos en el aguijón de uno de ellos, llamado Tefén, que regresó a la casa de Usert. La puerta continuaba cerrada, pero Tefén encontró una grieta en la pared y se introdujo en ella. Dentro de la casa avanzó en silencio hasta encontrar al hijo de Usert, y lo picó con su aguijón, inyectándoles el veneno de los siete escorpiones.

El niño cayó ardiendo en fiebre en el acto, y la casa de Usert empezó a arder.

A pesar de sus gritos no encontró quien la ayudara, pues en la ciudad no había agua, y solo el cielo envió una lluvia para apagar el fuego, lo que fue un gran prodigio, pues la época de lluvia estaba aún lejana.

Usert caminó por el pueblo implorando ayuda para su hijo, y al pasar frente a la casa de los pantanos fue escuchada por Isis, quien se apiadó de ella. La diosa fue hasta la casa de Usert, y encontró al niño inmóvil, frío y sin vida. Isis puso sus manos sobre el pecho del niño pronunció las palabras que podían escucharse hasta la Tierra de los Muertos, y llamó uno por uno los siete venenos de los escorpiones para que abandonaran el cuerpo del niño.

Cuando el pequeño abrió los ojos, Usert recobró la alegría. Le dio a Isis collares y brazaletes de oro, y también fue a la casa de los pantanos y le entregó a la pobre mujer ricos regalos.

Continuando su viaje Isis logró recuperar los pedazos del cuerpo de Osiris, y conforme hallaba cada uno los envolvía en cera aromática, y entregaba a los sacerdotes del lugar una imagen del trozo, ordenándoles adorarlo. Sólo un trozo quedó sin recuperar, el miembro viril, que había sido devorado por tres especies de peces que quedaron malditas a partir de ese momento. Entonces Isis recreó el miembro con su magia, y luego reconstruyó el cuerpo realizando la Ceremonia de Apertura de Ojos y Boca, y con la ayuda de Anubis, lo embalsamó, convirtiéndolo en la primera momia.

Ante Osiris la diosa tomó la forma de un milano y agitó sus alas para producir un viento reanimador. Luego se posó sobre el cuerpo, y en el acto fue fecundada, quedando embarazada de Horus, quien sería el hijo del dios ya muerto y quien habría de vengarlo.

Osiris fue sepultado en un lugar secreto. No podía regresar a la Tierra, pero se convirtió en el gobernante del País de Occidente, el nombre que los egipcios daban a la Tierra de los Muertos. Allí presidía el juicio de los muertos, y determinaba el destino de todos los que llegaban a su dominio.

viernes, 23 de julio de 2010

EL MITO DE LA CREACION DE LOS ANANGU

Los anangu son un pueblo aborigen australiano que desde un imprecisable tiempo, habita en la región donde se alza el famoso macizo de Uluru (foto arriba). Los anangu creen poseer una misión: la de custodiar el sagrado Uluru y todo el pasado ancestral que perdura en su presencia imponente y en las paredes de sus cuevas. Y los anangu también protegen su propia memoria mítica que danza en derredor del Tjukurpa, el drimetime, la época de los sueños, la época de los comienzos, de la creación, de los seres ancestrales. Una era acaso más real que la nuestra.

Y los anangu dicen que...

En el Tiempo de los Sueños, en la época Tjukurpa, sólo había una vida sobre la tierra. Una vida inmóvil, representada por una masa embrionaria gigantesca, transparente, hecha de una amalgama de seres inacabados, replegados sobre sí mismos. Y estos proyectos de seres pertenecían cada uno a una especia animal o vegetal.

Impreso en una materia primigenia se encontraba todo el devenir de la Humanidad.

¡Todo El pasado, el presente y el futuro del mundo se hallaban allí latente! "Aquel que salió de la nada y existe por sí mismo”, el llamado Ser Supremo, modificó esa masa. Esculpió con ella un cuerpo, brazos, manos, piernas y una cabeza. En una de las caras de la cabeza, practicó dos orificios para los ojos; formó la nariz. Hizo una hendidura para la boca y un agujero para el ano. Así fue como los entes inacabados fueron transformados en seres capaces de sostenerse en pié.

El Tjukurpa habla en términos de pasado y presente. Toda la tierra, incluyendo todo lo que hay y todo lo que vive sobre ella, fue creada durante el Tjukurpa y por el Tjukurpa. Ninguna montaña, valle, llanura, corriente de agua, existía anterior al Tjukurpa; nada había. Durante aquel tiempo, seres ancestrales en forma de humanos, animales y plantas viajaron a lo largo y ancho de la tierra y perpetraron hechos remarcables de creación y destrucción. Los viajes de aquellos seres son recordados y celebrados hoy, donde quiera que fueran. La memoria de sus actividades existe hoy en día en la forma de accidentes geográficos como en la montaña sagrada de Uluru.

Cada hombre y cada mujer quedaron ligados a la especia animal o vegetal de la que habían salido; y ese animal o vegetal se convirtió en su Tjukurpa. Así pues, en cada uno de los seres humanos, en cada uno de los animales, de las plantas y los minerales, en las estrellas y en el aire y en el agua, el Ser Supremo, la Energía vital sagrada, difundió su esencia divina, haciendo entrar en una sola, pero inmensa familia, a todas las formas de la Vida. Pero, por desgracia, retenido por el cosmos, no dispuso de tiempo suficiente para concluir su obra y los hombres nacieron imperfectos. Enriquecidos por el Conocimiento primordial del que habían surgido, inspirados por la esencia divina de la que estaban impregnados, los Grandes Antepasados, criaturas gigantescas, ni hombres ni animales, se pusieron a crear el mundo tal y como es ahora. En la inmensa llanura inacabable que era la tierra, crearon los ríos, las colinas y todos los accidentes del terreno. Promulgaron las leyes destinadas a vincular a todos los hombres entre sí por medio de parentescos sumamente complicados, parentescos que se imbrican los unos en los otros, naciendo aquí para reanudarse allá, arrastrando a todos los miembros de un pueblo en un verdadero torbellino de obligaciones de ayuda mutua, encadenando los unos a los otros desde el nacimiento hasta la muerte. Asimismo, proveyeron de vínculos parecidos a los diferentes pueblos. Así, de norte a sur, de este a oeste, los parentescos creados tejieron una gigantesca telaraña cuyos hilos nos guían y protegen desde entonces. Luego, antes de desaparecer, antes de que concluyera el Tiempo de los Sueños, cuando aparecieron los hombres en su forma actual, les dijeron: "Este es vuestro país. Lo hemos creado para vosotros. Aquí viviréis y lo conservaréis tal como os lo entregamos. No lo dejaréis nunca, pues sois sus Guardianes. Sois los Guardianes de nuestra Creación. (*)

(*) Fuente: Versión del mito anangu presentado en página de Club telepolis

jueves, 22 de julio de 2010

Reflexiones de un grande

Hoy quiero dedicarle a mis hijos y todos mis “amores” compañeros y compañeras de ruta, conocidos y desconocidos, encontrados y aún no encontrados estas reflexiones que bien valen la pena ser recordadas, comprendidas, asimiladas y plasmadas.

He aquí algunos de los pensamientos de John Lennon

 

lenon

“Nos hicieron creer que el “gran amor”,

sólo sucede una vez, generalmente antes de los 30 años.

No nos contaron que el amor no es accionado,

ni llega en un momento determinado.

Nos hicieron creer que cada uno de nosotros es la mitad de una naranja,

y que la vida sólo tiene sentido cuando encontramos la otra mitad.

No nos contaron que ya nacemos enteros,
que nadie en nuestra vida merece cargar en las espaldas

la responsabilidad de completar lo que nos falta.

Las personas crecen a través de la gente.

Si estamos en buena compañía es más agradable.

Nos hicieron creer en una fórmula llamada "dos en uno":

dos personas pensando igual, actuando igual...

que era eso lo que funcionaba!

No nos contaron que eso tiene un nombre: anulación.
Que sólo siendo individuos con personalidad propia

podremos tener una relación saludable.

Nos hicieron creer que el casamiento es obligatorio

y que los deseos fuera de término, deben ser reprimidos.

Nos hicieron creer que los lindos y flacos son más amados.

Nos hicieron creer que sólo hay una fórmula para ser feliz, la misma para todos,

y los que escapan de ella están condenados a la marginalidad.

No nos contaron que estas fórmulas son equivocadas,

frustran a las personas, son alienantes,

y que podemos intentar otras alternativas.

Ah, tampoco nos dijeron que nadie nos iba a decir todo esto:

cada uno lo va a tener que descubrir solito.

Y entonces, cuando estés “enamorado de ti mismo"
vas a poder ser feliz y te enamorarás de Alguien.

Vivimos en un mundo donde nos escondemos para hacer el amor aunque la violencia se practica a plena luz del día

 

                                                                                                                                  John Lennon

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martes, 20 de julio de 2010

Se busca un amigo


        por Vinicius de Moraes

No es necesario que sea hombre, basta que sea humano, basta que tenga
sentimientos, basta que tenga corazón. Se necesita que sepa hablar y callar,
sobre todo que sepa escuchar.
Tiene que gustar de la poesía, de la madrugada, de los pájaros, del Sol, de la
Luna, del canto, de los vientos y de las canciones de la brisa.
Debe tener amor, un gran amor por alguien, o sentir entonces, la falta de no
tener ese amor. Debe amar al prójimo y respetar el dolor que los peregrinos
llevan consigo. Debe guardar el secreto sin sacrificio.
No es necesario que sea de primera mano, ni es imprescindible que sea de segunda
mano. Puede haber sido engañado, pues todos los amigos son engañados.
No es necesario que sea puro, ni que sea totalmente impuro, pero no debe ser
vulgar. Debe tener un ideal, y miedo de perderlo y, en caso de no ser así, debe
sentir el gran vacío que esto deja.
Tiene que tener resonancias humanas, su principal objetivo debe ser el del
amigo. Debe sentir pena por las personas tristes y comprender el inmenso vacío
de los solitarios. Debe gustar de los niños y sentir lástima por los que no
pudieron nacer.
Se busca un amigo para gustar de los mismos gustos, que se conmueva cuando es
tratado de amigo. Que sepa conversar de cosas simples, de lloviznas, y de
grandes lluvias y de los recuerdos de la infancia.
Se precisa un amigo para no enloquecer, para contar lo que se vio de bello y de
triste durante el día, de los anhelos y de las realizaciones, de los sueños y de
la realidad. Debe gustar de las calles desiertas, de los charcos de agua y los
caminos mojados, del borde de la calle, del bosque después de la lluvia, de
acostarse en el pasto.
Se precisa un amigo que diga que vale la pena vivir, no porque la vida es 
bella, sino porque se tiene un amigo. Se necesita un amigo para dejar de llorar.
Para no vivir de cara al pasado, en busca de memorias perdidas. Que nos palmee
los hombros, sonriendo o llorando, pero que nos llame amigo, para tener la
conciencia de que aún se vive.

 

Y ¿por qué este día es el día?

A pesar de que la celebración como tal nació en Argentina, un precedente importante surgió en Paraguay, en 1958, de la mano del doctor Ramón Artemio Bracho. Este evento denominado “Cruzada Mundial de la Amistad” consistió en una campaña a favor de la Amistad y la Paz realizada el 30 de julio. Día en el que se fijó en este país y en algunos más de sus alrededores el Día de la Amistad.

Fue de la mano de Enrique Ernesto Febbraro, un argentino profesor de filosofía, psicología e historia además de odontólogo y músico, que fue fundado el “Día del Amigo” que ahora celebramos el día 20 de julio y quien le otorgó un carácter más internacional del que la “Cruzada Mundial de la Amistad” paraguaya tenía.

La fecha que eligió para conmemorar a la amistad no fue fortuita, sino que la hizo coincidir con el día de 1969 que el primer hombre se paseó por la luna. Fue poco después de este hecho cuando Febbraro envió un millar de cartas a diferentes lugares del globo de las que recibió 700 contestaciones reforzando así el carácter mundial de esta celebración que no pretende subrayar las diferencias culturales de las personas sino más bien unirnos a todos a través de un concepto común: la Amistad.

Más tarde esta jornada sería oficializada primero en Buenos Aires, después en toda Argentina y más tarde en muchos países del continente. A lo largo de los años se irían sumando países de otros continentes para así lograr el objetivo que este día se proponía. Durante este tiempo Enrique Ernesto Febbraro optó al premio Nobel de la Paz en varias ocasiones.

Desde entonces se ha celebrado esta fecha de muy diferentes maneras según la región, con una simple felicitación  o con un detalle. Pero también se pueden encontrar diferentes curiosidades sobre este día. Por ejemplo, en algunas regiones tienen lugar juegos como el Amigo Invisible o las Gymkhanas.

 

lunes, 19 de julio de 2010

EL SECRETO DEL DOMUYO[1]

En la provincia de Neuquén se alza imponente el volcán Domuyo, desafiando a quienes se atrevan a escalarlo.

Muchos llegan sin saber nada de él y bien harían, si quieren preservar su vida, en escuchar la historia que susurran las brisas, cantan las nieves, lloran las aguas, cuentan las aves….

Quien escucha sabe que cuando un hombre intenta escalar sus laderas el cerro se enoja. En un instante, el cielo se cubre con un manto oscuro, como cuando llega la nada. Fuertes vientos arrastran polvo, que se clava como agujas en los ojos. Llueve, truena, graniza. Y si esto no fuera suficiente para desalentar al forastero, el cerro enfurecido se sacude y grandes piedras ruedan desde la cima persiguiendo al atrevido hasta matarlo, o… hasta que se halla alejado para siempre. Y es que, en palabras de los ancianos que conservan la memoria, cuando alguien pretende acercarse a la cima, un bravísimo toro escarba con sus poderosas patas arrojando enormes piedras monte abajo, y el potro salvaje resopla desatando tormentas de viento y nieve, truenos y rayos.

VOLCAN DOMUYO

Los que saben cuentan también que algunas veces al año, cuando amanece con tenues rayos rosados y todos los pájaros callan al mismo tiempo, la brisa trae de la cumbre un canto suave como un suspiro, y advierten a los ingenuos aventureros que no se dejen tentar por el canto. Pero claro, no todos escuchan los consejos….

Así sucedió tiempo atrás….

 

Un joven intrépido, hijo del cacique de la tribu, seducido por el canto decidió, contra todo consejo, subir a la cima en busca de la dueña de esa voz maravillosa.

Antes de partir pidió protección a Gnechén.

Arduo fue el camino, no había sendero ni guía, hasta la luna y las estrellas se volvían esquivas dejándole cada vez más atrapado en la oscuridad. El joven sintió miedo mas no detuvo el paso.

De pronto el viento tronó con relinchos ensordecedores y desenfrenados. Inmensas piedras cayeron rodando hacia él. Las inmensas rocas que forman el cerro crujieron amenazando caérseles encima. Los ojos se le llenaron de tierra y en medio de esa confusión creyó ver, allá en la cumbre, un gran toro salvaje que reía y pateaba piedras enormes. Luchando por esquivar los golpes, testarudo en su deseo continuó avanzando.

Mas de repente vio con sus propios ojos al negro potro salvaje pasar a su lado dando furiosos resoplidos y desatando un remolino de nubes negras y una tremenda tormenta de viento y nieve, de truenos y rayos. La nieve y las ráfagas heladas le impedían continuar; aterrado clamó por ayuda mientras continuaba subiendo con sumo cuidado, pues el blanco manto de nieve había tapado las huellas.

Sus ruegos deben haber sido escuchados pues a pesar de todo logró llegar a una explanada donde descubrió una laguna cuyas aguas relucientes exhalaban un suave perfume; sus orillas estaban adornadas con totoras de oro, y vio, asombrado, sentada sobre una roca de oro, a una joven de increíble hermosura que peinaba sus cabellos con un peine de oro. Y poco más arriba, ya en la cima vio un inmenso árbol de oro que parecía llegar al cielo. Verlo le estremeció y un anhelo de llegar a él despertó en su interior. En ese momento las aguas susurraron

— Calla y pasa...

O quizás fue la joven, o el viento… no lo sé.

El joven olvidó el áureo árbol, miró a la muchacha y quedó hechizado al contemplar sus ojos negros, sus rojos labios, su elegante talle y sus pequeñas y graciosas manos. Ella le miró y el joven descubrió perlas de tristeza en su mirada. Quiso acercarse para preguntarle por qué estaba allí, cuál era su tristeza, pero de entre las totoras salió un toro colorado dando un bramido que estremeció la montaña, sacudiendo furioso la cabeza y la cola como para embestirlo.

Miró el joven tembloroso la furia del toro, el brillo del oro, la belleza de la joven y dudó. Pensó sujetar a la joven y llevarla consigo, pensó tomar tan solo un poco de esas bellas piedras doradas… Bramó entonces el toro aún más fuerte, relinchó el negro caballo agitando los vientos y la nieve y asustado huyó el joven pensando tan solo en escapar del furor.

Corrió y corrió hasta creerse a salvo. Se detuvo un instante a meditar y un destello le distrajo. Una lluvia de pedregullos de oro, como caídos del árbol cuál pétreos frutos brillaban con en enguecedor resplandor regando el sendero por el que él descendía. Alargó la mano para recoger un fragmento y ¡ay!, ni bien lo hizo, una lluvia de piedras cayó sobre su cabeza dejándole sin sentido, mientras oía a su alrededor los mas tristes lamentos que había oído en su vida...

Cuando despertó creyó oír en el viento una voz que le decía

— Este es el camino. Vuelve con los tuyos y no digas nada. Si revelas el secreto de lo que has visto morirás...

Sintió que lo llevaban por el aire y cuando despertó, se halló en un lugar desconocido totalmente y no pudo encontrar sus huellas por ninguna parte.

Dicen los que cuentan los cuentos de la memoria que el joven no supo guardar el secreto y por esa causa murió tres días más tarde, como mueren aquellos que a pesar de las advertencias pretenden llegar a al cima…

Ustedes se preguntarán ¿Quién era la joven del peine de oro? A bueno esa es otra historia que otro día les contaré.

[1] Impropiamente llamado volcán, con sus 4.702 m., es la mayor altura de la Patagonia, que posee los únicos campos de hielo de la Argentina, -glaciares-, fuera del macizo cordillerano de los Andes. Es el cerro tutelar del Norte Neuquino, génesis de innumerables cuentos y leyendas, tratado siempre con respeto y veneración por los pobladores rurales: "el Padre Domuyo".

Sobre su significado se han forzado diversas traducciones, siendo lo más correcto recomponerlo de dos vocablos mapuches: Dumdum = rezongar y Nuyun = temblar. La rápida pronunciación de estos dos vocablos, fueron transformándolos en Domuyo con el significado de: el que tiembla y rezonga, dando justificativo a las leyendas de los enojos y las corridas.

 

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sábado, 17 de julio de 2010

La ondina del estanque

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Jacob Grimm - Wihelm Grimm (coaut.)

José S. Viedma (trad.)

Había en cierto tiempo un molinero que vivía feliz con su mujer: tenían dinero y bienes y su propiedad aumentaba de año en año, pero la desgracia, dice el proverbio, viene durante la noche; su fortuna disminuyó de año en año, lo mismo que se había aumentado, y por último el molinero apenas podía llamar suyo el molino en que habitaba. Hallábase muy afligido, y cuando se acostaba por la noche terminado su trabajo, apenas podía descansar, pues sus penas le hacían dar vueltas en la cama.

Una mañana se levantó antes de la aurora y salió para tomar el aire, imaginando que sentía algún alivio en su pesar. Cuando pasaba cerca de la escalera del molino, comenzaba a apuntar el primer rayo del sol y oyó un ligero ruido en el estanque. Se volvió y distinguió a una mujer muy hermosa, que se elevaba lentamente en medio del agua; sus largos cabellos, que había echado con sus delicadas manos sobre sus espaldas, descendían por ambos lados y cubrían su cuerpo blanco y brillante como la nieve. No tardó en conocer que era la ondina del estanque, e ignoraba en su terror si debía quedarse o huir de allí, pero la ondina dejó oír su dulce voz, le llamó por su nombre y le preguntó por qué estaba tan triste.

El molinero permaneció como mudo en un principio, pero oyéndola hablar con tanta gracia, se animó y le refirió que anteriormente había vivido feliz y rico, y que ahora se había quedado tan pobre que ignoraba qué hacerse.

-No tengas cuidado, contestó la ondina; yo te haré más feliz y dichoso de lo que nunca has sido; mas es preciso que me prometas darme lo que acaba de nacer en tu casa.

-Sin duda será algún perro o algún gato, pensó para sí el molinero y la prometió lo que la pedía.

La ondina se sumergió en el agua y él volvió corriendo, consolado y alegre, a su molino; aún no había llegado cuando salió la criada de la casa y le dijo que se regocijase, pues su mujer acababa de dar a luz un niño. Quedó el molinero como herido de un rayo, comprendiendo entonces que la maliciosa ondina sabía lo que pasaba y le había engañado. Acercose al lecho de su mujer con la cabeza baja, y cuando le preguntó.

-¿Por qué no te alegras por el nacimiento de nuestro nuevo hijo?

La refirió lo que le había sucedido y la promesa que había hecho a la ondina.

-¿De qué me sirve la prosperidad y las riquezas, añadió, si debo perder a mi hijo?

Mas ¿qué había de hacer?, sus mismos parientes cuando fueron a felicitarle, no le pudieron dar remedio ninguno.

La fortuna volvió sin embargo a la casa del molinero; cuanto emprendía le salía siempre bien, parecía que los baúles y cofres se llenaban por sí mismos y que el dinero se multiplicaba en sus armarios durante la noche; trascurrido algún tiempo, era mucho más rico que antes. Pero no podía gozar de su felicidad pues la promesa que había hecho a la ondina destrozaba su corazón. Siempre que pasaba cerca del estanque temía verla subir a la superficie y recordarle su deuda. No dejaba al niño acercarse al agua.

-Ten cuidado, le decía, si te acercas alguna vez ahí, saldrá una mano que te cogerá y te arrastrará al fondo.

Sin embargo como los años pasaban uno tras otro, y la ondina no parecía, comenzó a tranquilizarse el molinero.

El niño creció y llegó a hombre y le colocaron en casa de un cazador, en cuanto aprendió a cazar y supo bien la profesión, le recibió a su servicio el señor de la aldea, donde había una hermosa y honrada joven que agradó al cazador, y cuando lo supo su amo, le regaló una casita, donde vivieron felices y tranquilos amándose de todo corazón.

El cazador perseguía un día un corzo; el animal salió del bosque a la llanura, y él le siguió matándole de un tiro. No había notado que se hallaba cerca del peligroso estanque, y en cuanto cogió su presa fue a lavarse las manos llenas de sangre. Pero apenas las había metido en el agua, cuando salió la ondina del fondo, le enlazó sonriendo en sus húmedos brazos, y le arrastró tras sí con tal prontitud, que la ola le cubrió enteramente al cerrarse.

Cuando entrada la noche el cazador no volvía a su casa, su mujer sintió grande inquietud; salió a buscarle y como la había referido algunas veces que tenía que guardarse de las emboscadas de la ondina y que no se atrevía a aventurarse en las cercanías del estanque, sospechó lo que había sucedido. Corrió al estanque, y cuando vio la escopeta a la orilla no dudó ya de su desgracia: llamó a su marido por su nombre, lamentándose y retorciéndose las manos, pero todo fue en vano; corrió al otro lado del estanque, dirigió a la ondina las injurias más violentas, mas no sintió respuesta alguna. El agua continuaba tranquila y la luna casi llena la miraba sin hacer el menor movimiento.

La pobre mujer no se separaba del estanque; con precipitados pasos y sin descansar daba vueltas a su alrededor, callando unas veces, dando gritos otras y murmurando algunas en voz baja. Faltáronle al fin las fuerzas, se sentó en el suelo y cayó en un profundo letargo; bien pronto comenzó a soñar.

Parecíale subir con la mayor inquietud por entre dos masas de rocas; las espinas y las piedras herían sus pies; la luna bañaba su rostro y el viento agitaba sus largos cabellos. Cuando llegó a la cumbre de la montaña, todo cambió de aspecto. El cielo era azul, el aire suave, la tierra descendía en suave pendiente, y en medio de un verde prado, esmaltado todo de flores, vio una bonita cabaña; se acercó a ella y abrió la puerta; en el interior se hallaba sentada una anciana de cabellos blancos, que la hizo una seña con la mayor amabilidad. La pobre mujer despertó en el mismo instante. Era ya de día y decidió poner en seguida en práctica, lo que su sueño la había aconsejado. Subió la montaña con gran trabajo y encontró todo lo que había visto la noche anterior; la vieja la recibió con mucha bondad y la indicó una silla donde sentarse.

-Sin duda has tenido alguna desgracia, la dijo, cuando vienes a visitar mi solitaria cabaña.

La mujer la refirió llorando lo que la había pasado.

-Consuélate, dijo, yo te socorreré. Toma ese peine de oro; espera hasta que llegue la luna llena, entonces vas a la orilla del estanque, te sientas y pasas el peine por tus largos cabellos negros. Cuando hayas concluido, le pones allí al lado y ya verás lo que sucede.

Volvió la mujer a su casa, pero transcurrió mucho tiempo antes de llegar la luna llena; al fin brilló en el cielo el redondo disco; fue entonces a la orilla del estanque, se sentó y pasó el peine de oro por sus largos cabellos negros, y cuando hubo concluido se sentó junto al agua. Poco después comenzó a moverse el fondo, se levantó una ola, rodó hacia la orilla y se llevó el peine. Aún no habría podido tocar al fondo cuando se abrió el espejo del agua y subió a la superficie la cabeza del cazador; no habló, pero dirigió a su mujer una mirada llena de tristeza. En el mismo instante se levantó con grande ruido una segunda ola y cubrió la cabeza del cazador. Todo desapareció en seguida, el estanque quedó tranquilo como anteriormente y la faz de la luna volvió a brillar en él.

La mujer se marchó desesperada, pero se la apareció en sueños la cabaña de la vieja; a la mañana siguiente se puso en camino y contó su pena a la buena hada. La vieja la dio una flauta de oro y la dijo:

-Espera hasta la luna llena; entonces, coges esta flauta, te pones a la orilla del estanque, tocas un rato y cuando hayas concluido la dejas en la arena, y verás lo que sucede.

La mujer hizo lo que la había dicho la vieja. Apenas había dejado la flauta en la arena, comenzó a moverse el fondo del agua, se levantó una ola, se adelantó hacia la orilla y se llevó la flauta. Poco después se entreabrió el agua, y no solo subió a la superficie la cabeza del cazador, sino todo él hasta la mitad de su cuerpo.

Extendió sus brazos hacia ella con ardoroso amor, pero vino una segunda ola con grande estrépito, le cubrió y le arrastró al fondo.

-¡Ah!, dijo la desgraciada mujer, ¿de qué me sirve ver a mi amado para perderle enseguida?

Llenose de nuevo su corazón de tristeza, pero un sueño la indicó por tercera vez la cabaña de la anciana. Se puso en camino y el hada la dio una rueca de oro, la consoló y la dijo:

-Todavía hay esperanza: aguarda hasta que llegue la luna llena; entonces tomas la rueca, te colocas en la orilla e hilas hasta que hayas llenado el uso; cuando concluyas coloca la rueca junto al agua y verás lo que sucede.

La mujer siguió el consejo punto por punto: en cuanto llegó la luna llena, llevó la rueca de oro a orilla del agua e hiló con la mayor actividad hasta que hubo concluido todo su lino y el hilo llenó el huso.

Apenas dejó la rueca junto a la orilla, se removió el fondo del agua con más violencia que nunca, se adelantó una ola y se llevó la rueca.

Enseguida subió a la superficie la cabeza y todo el cuerpo del cazador, saltó en un instante a la orilla, tomó a su mujer de la mano y echaron a correr, pero apenas habían dado algunos pasos, cuando se levantó toda el agua del estanque formando solo una ola y se extendió por la llanura con una violencia irresistible.

Los dos fugitivos veían ya la muerte delante de sus ojos, cuando la mujer, con angustia, llamó a la vieja en su corazón, y en un momento fueron convertidos ella en sapo y él en rana.

La ola que los había alcanzado no pudo acabar con ellos, pero los separó y los llevó muy lejos el uno del otro. Cuando se retiró el agua y pusieron el pie en un terreno seco, volvieron a tomar su forma humana, pero ninguno de los dos sabía lo que había sucedido al otro, se hallaban entre hombres extraños que no conocían su país; los separaban altas montañas y profundos valles. Los dos se vieron obligados a guardar ovejas para ganar el sustento y durante muchos años condujeron su ganado por los bosques y los campos, llenos de tristeza y de pesar.

En una ocasión, cuando comenzaban a brotar las flores de la primavera, salieron los dos con un rebaño en el mismo día y la casualidad quiso que marchasen al encuentro el uno del otro. El marido distinguió la pendiente de una montaña y dirigió hacia ella sus ovejas: llegaron juntos al valle, pero no se conocieron y sin embargo se alegraron de no estar solos. Desde entonces llevaron todos los días sus ganados a pacer juntos; no se hablaban, pero sentían un consuelo desconocido a sus almas.

Una noche cuando la luna brillaba en el cielo y descansaban ya las ovejas, sacó el pastor la flauta de su zurrón y tocó una sonata muy melodiosa, pero también muy triste; cuando acabó vio que la pastora lloraba amargamente.

-¿Por qué lloras?, la preguntó.

-¡Ah!, contestó; así brillaba la luna cuando toqué por última vez esa sonata en la flauta y apareció en la superficie del agua la cabeza de mi amado.

La miró entonces el pastor, y le pareció que caía un velo de sus ojos, pues reconoció a su amada mujer, y mirándole a la luz de la luna que daba en su rostro, le reconoció ella a su vez. Arrojándose en los brazos uno del otro, se abrazaron, y no se pregunta si fueron dichosos.

 

domingo, 11 de julio de 2010

El origen del Calafate.

 

Dado que hoy se producirá en eclipse de sol que llegará al Calafate me pareció oportuno compartirles esta hermosa leyenda. (Si quieren saber más sobre el eclipse pueden ver acá)

 

EL ORIGEN DEL CALAFATE*

(Leyenda Selknam - Chile - Argentina)

Cuando los Selknam habitaban Tierra de Fuego se agrupaban en diversas tribus.

En ese tiempo dos de ellas se encontraban en gran conflicto pues los jefes de ambas comunidades se odiaban hasta la muerte.

Uno de ellos tenía un joven hijo, que gustaba de recorrer los campos y en una ocasión en que paseaba se encontró con una bella niña de ojos negros intensos y nada más verla se enamoró de ella.

Lamentablemente la bella jovencita era la hija del enemigo de su padre. Al saberlo se lamentaron mucho más no pudieron impedir el amor que sentían.

Desde ese día la única manera de verse era a escondidas y así fue un tiempo. Pero el brujo de la tribu de la niña los descubrió y trató de separarlos pues estaba enamorado de ella.

Ninguno de sus hechizos surtió efecto y cuando al fin comprendió con rabia y envidia que no podría separarlos, condenó a la niña, transformándola en una planta que conservó toda la belleza de sus ojos negros, pero con espinas, para que el joven enamorado no pudiera tocarla. Pero el amor era tan fuerte que el joven nunca se separó de esta planta y murió a su lado.

Por eso desde entonces se sabe que quien logre comer el fruto de este arbusto está destinado a regresar a la Patagonia, pues uno no puede separarse del poder de amor que hay en el calafate, nos atrae a él y no nos permite que nos marchemos por mucho tiempo.

 

*EL CALAFATE: El Calafate es una localidad ubicada en la región de la Patagonia, en la provincia de Santa Cruz; Argentina. Se encuentra situada en la ribera meridional del Lago Argentino, a unos 320 km al noroeste de Río Gallegos y es la cabecera del departamento Lago Argentino.

El Calafate debe su nombre a un arbusto espinoso (del mismo nombre), el Berberis microphylla, de flores amarillas característico del sur de la Patagonia, que da unas bayas de color azul oscuro; a su vez, es una palabra de origen tehuelche.

La Gran Inundación

(Leyenda Kawéscar- Chile)

 

Se cuenta entre los Kawéskar, que hace mucho tiempo, un joven salió en busca de una nutria tabú y la mató. Esto lo hizo cuando sus padres estaban ausentes. Ellos habían partido lejos, en la caza de nutrias y aves, para su sustento.

Cuando el joven mató a la nutria, se desató un gran viento y una fuerte tormenta comenzó a rugir.

Una gran marejada cubrió la tierra. El joven que había matado la nutria, logró sobrevivir junto a su mujer y para salvar su vida, huyó a la cima de un cerro. Allí aguardó hasta que la gran marea bajó.

Decidió bajar entonces, aprovechando la marea baja, pero se percató que su hermano y sus padres habían muerto ahogados. Más allá, se dio cuenta que todos se habían ahogados y al retirarse el mar, vio animales, orcas y ballenas esparcidos por el bosque.

Se fueron los dos tristes y comenzaron a construir una choza. Como no tenían con que cubrir la choza, lo hicieron con pasto y allí permanecieron hasta el nuevo día.

Con el frío, el joven tuvo un sueño: soñó que veía un coipo*; y soñó con comida también. Mientras soñaba que comía, se despertó.

-"¿Por qué estaba soñando con un coipo?-
Yo mataba al coipo, me lo comía cuando soñaba.
- ¿Y con qué fuego?"

 

Después se quedó dormido nuevamente, y luego despertó y despertó a su mujer.

-Oye, mira, ve a traer un palo quebrado, mira que estaba soñando y sé que va a entrar un coipo y tú lo vas a matar, para comer.-

Después se quedó dormido y soñó, nuevamente vio en sueños lo mismo nuevamente.

Mientras, su mujer seguía despierta, de pronto entró una manada de coipos y ella los iba matando con un garrote uno por uno, con lo que obtuvieron la comida necesaria para sobrevivir.

*COIPO: El coipo o falsa nutria es un mamífero roedor, de esos con grandes dientes incisivos, en este caso anaranjados.

Acerca de los Kawéscar.

Los Kawéscar (o alacalufes,como también se les llama),se movilizaban por los canales del sur (de América del sur), en canoas hechas de cortezas de árboles o troncos ahuecados donde viajaba toda la familia. En ella se transportaba el fuego y los implementos para sacar moluscos. También practicaban la pesca.

Nómades del mar, le han llamado de manera poética, investigadores actuales. Sin embargo, la ocupación gradual de los antiguos territorios indígenas por parte del blanco, ha ido produciendo un proceso de transculturación, con la consecuente pérdida de las antiguas tradiciones y costumbres. A pesar de la paulatina extinción física y cultural han conservado su lengua y parte de su tradición oral, como la presente leyenda.Lamentablemente ya casi se encuentran extintos.

jueves, 8 de julio de 2010

EL GRAN FUEGO

 

      Leyenda Toba (América del sur) sobre la destrucción del mundo por el fuego[1]

Y vino un gran fuego:

Y hubo un tiempo cuando don chiiquí[2] les comunico a todos un mensaje diciendo:

- Hermanos míos, sé esta anunciando que la tierra va a ser quemada. Dios[3] la va a destruir totalmente.

Y mucho tiempo después de este anuncio, el mismo Chiiquí predijo otra vez:

- Ya sé esta encendiendo la tierra, hermanos míos, nada bueno podemos esperar de esta vida. Aunque tengamos alas para volar al cielo no vamos a encontrar la manera de entrar allí. Porque es muy distinta nuestra forma, y aunque tenemos alas nuestra creación esta adecuada al sistema de la tierra. Y además estoy seguro que las llamas del fuego van a llegar hasta el cielo. Entonces nadie podrá salvarse. No hay escapatoria, hermanos míos.

Entonces aquellas gentes comenzaron a llorar. Este anuncio era verdad, porque cuando llegaba la noche y oscurecía, se veían las llamas del fuego fulgurante. Pero nadie sabía cuando llegaría. Así pasaron más de dos años. También continuaron otros años, hasta que llego el momento. Y algunas señales del fin hicieron su aparición, como los tigres y aguara-guazues[4], cruzando cerca de los hogares, y un Jabalí que mientras huía entonaba esta canción de lamento:

- Ya estoy cerca de aquella orilla, ya estoy cerca, ya estoy cerca, cerquita estoy.

Y cuando llego enfrente de aquellas gentes, dijo:

- Ya esta llegando el fuego, estoy tratando de escapar, pero es difícil como ven.

Así paso de largo el jabalí. Rato después paso un aguará – guazú. Detrás de él paso un ciervo, cantando su canción de lamento. Todos ellos cruzaban con un mensaje sobre aquel desastre. No había escapatoria. ¡Ay que desesperación!

En ese momento uno de los habitantes recibió un mensaje divino:

- Mete debajo de la tierra a tu gente. Que todos lleven barro en los bolsos, para que cuando sientan el calor del fuego, con el barro reboquen las paredes de la tierra. Porque el fuego que ustedes ven, en un momento pasara por donde ustedes están.

El hombre no hizo burla del mensaje y de esta manera fueron metidas estas gentes debajo de la tierra pero hubo otros que se quedaron en la superficie por que no quisieron creer, y fueron totalmente quemados.

Después que pasó aquel fuego, entonces comenzó a llover muy fuerte, de tal modo que la ceniza fue aplastada como un manto. Entonces el que los estaba guiando dijo:

- Estén tranquilos mientras salgo a ver el desastre de arriba. Estoy seguro que no quedó ningún monte.

Dicho esto el guía se asomó afuera del pozo teniendo sus ojos cerrados hacia abajo. Después de un rato levantó su mirada despacito para mirar sobre la tierra y vio la tierra como si fuera que ella tocaba el cielo, de un extremo a otro, desde la derecha hasta la izquierda, y todo era ceniza. Y después volvió abajo, donde estaban los demás, y les dijo:

- Ya podemos subir, pero cuando lleguen arriba, no deberán levantar la vista para mirar enseguida, para que no les pase nada malo y sean transformados en animales.

Pero algunas personas no obedecieron, y apenas llegaron a la boca del pozo, una pareja comenzó a mirar, y otros hicieron lo mismo, y de inmediato fueron transformados en animales. Algunos se transformaron en ciervos y avestruces y en otros muchos animalitos.

Así paso con aquellas gentes.

Al final de todos salieron dos mujeres jóvenes que eran solteras, y también fueron avisadas de que no debían mirar inmediatamente, pero apenas llegaron a la salida se pusieron a mirar y se transformaron en osos hormigueros, y se fueron. Por eso hasta el día de hoy no existe varón entre los osos hormigueros, solamente hembras.

Y al último de todo salió el salvador. A el no le pasó nada malo, tampoco a su mujer, pero no tenían hijos y eso les entristecía.

Después de un tiempo aquel hombre rogaba por tener uno, diciendo:

- Ojalá que el creador de nuestra vida me diera un hijito.

Y al fin le llegó un mensaje, diciendo:

- Hombre tranquilízate, pronto se te van a mandar dos criaturas. Una mujer y un varoncito. Debes enseñarle a tu esposa que no debe temer por los dos hijos.

Pero aquel hombre no contó nada a su mujer hasta que ella quedó encinta para no ilusionarla. Tiempo después la mujer dio a luz a unos mellizos, mujer y varón fueron sus hijos. Y con el tiempo fueron aumentando las familias y aquellas gentes otra vez se hicieron numerosas y vivían separadas en comunidades.


[1] Los sacerdotes mayas Ah Kin, poseedores de información matemática y astronómica, establecieron hace siglos que el mundo, tal como lo conocemos, nació el 13 de agosto del 3.114 a.C . Se dice que el asteroide cayó el 29 de junio del 3.123 a.C. y dio paso al FIN POR EL FUEGO del cuál surgió el mundo que hoy conocemos. Sobre esta catástrofe existen infinidad de leyendas como esta que hoy les cuento.

[2] *Chiiquí ( don Carancho) es famoso y de confianza.

[3] Al ser esta una adaptación más moderna de la vieja leyenda hecha luego de la conquista, el nombre del dios de los tobas es reemplazado por el de Dios.

[4] El aguará guazú (Chrysocyon brachyurus) es un animal autóctono del norte de Argentina y Paraguay. Se lo conoce también como lobo de crin, lobo de los esteros o lobo colorado. Tiene una llamativa coloración de color rojizo y un aspecto más bien desgarbado. Su pecho tiene una región de color blanco, como así también la punta de su cola, y el interior de sus orejas. Su cuerpo, similar al de un galgo, esta adaptado para correr a gran velocidad. Son animales solitarios, cautelosos ante el hombre, y de hábitos nocturnos y crepusculares.

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miércoles, 7 de julio de 2010

LEER ESTÁ DE MODA

Este excelente video circula por muchos sitios y la verdad vale la pena. Lo vale tanto que he decidido compartirlo acá para aquellos que nunca lo hayan visto y también para quienes quieran verlo de nuevo

A poner atención....

 

 

¿Verdad que es una buena moda?

 

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MINICUENTOS-cuando lo breve es mucho

 

Hace tiempo que mi tiempo para compartir con ustedes es tan breve que me deja incluso sin tiempo, por eso hoy les comparto estos breves cuentos de quienes saben como decir mucho con poco

 

La zorra - Gibrán, Gibrán Jalil - Líbano: 1883-1931

Una zorra miró su sombra al amanecer y se dijo:

-Hoy me comeré un camello.

Y pasó toda la mañana buscando camellos. Pero al mediodía volvió a mirar su sombra y se dijo:

-Bueno..., creo que me conformaré con un ratón.

 

El dedo - Feng Meng-lung

 

Un hombre pobre se encontró en su camino a un antiguo amigo. Éste tenía un poder sobrenatural que le permitía hacer milagros. Como el hombre pobre se quejara de las dificultades de su vida, su amigo tocó con el dedo un ladrillo que de inmediato se convirtió en oro. Se lo ofreció al pobre, pero éste se lamentó de que eso era muy poco. El amigo tocó un león de piedra que se convirtió en un león de oro macizo y lo agregó al ladrillo de oro. El amigo insistió en que ambos regalos eran poca cosa.

-¿Qué más deseas, pues? -le preguntó sorprendido el hacedor de prodigios.

-¡Quisiera tu dedo! -contestó el otro.

 

Los fantasmas y yo -René Avilés Fabila

Siempre estuve acosado por el temor a los fantasmas, hasta que distraídamente pasé de una habitación a otra sin utilizar los medios comunes.

 

domingo, 4 de julio de 2010

El Ilustre Amor -

 

Hoy les comparto un cuento maravilloso (a mi criterio por supuesto) del autor argentino : Manuel Mujica Láinez

Espero que lo disfruten como yo.

 

– 1797 –

En el aire fino, mañanero, de abril, avanza oscilando por la Plaza Mayor la pompa fúnebre del quinto Virrey del Río de la Plata. Magdalena la espía hace rato por el entreabierto postigo, aferrándose a la reja de su ventana. Traen al muerto desde la que fue su residencia del Fuerte, para exponerle durante los oficios de la Catedral y del convento de las monjas capuchinas. Dicen que viene muy bien embalsamado, con el hábito de Santiago por mortaja, al cinto el espadín. También dicen que se le ha puesto la cara negra.

A Magdalena le late el corazón locamente. De vez en vez se lleva el pañuelo a los labios. Otras, no pudiendo dominarse, abandona su acecho y camina sin razón por el aposento enorme, oscuro. El vestido enlutado y la mantilla de duelo disimulan su figura otoñal de mujer que nunca ha sido hermosa. Pero pronto regresa a la ventana y empuja suavemente el tablero. Poco falta ya. Dentro de unos minutos el séquito pasará frente a su casa.

Magdalena se retuerce las manos. ¿Se animará, se animará a salir?

Ya se oyen los latines con claridad. Encabeza la marcha el deán, entre los curas catedralicios y los diáconos cuyo andar se acompasa con el lujo de las dalmáticas. Sigue el Cabildo eclesiástico, en alto las cruces y los pendones de las cofradías. Algunos esclavos se han puesto de hinojos junto a la ventana de Magdalena. Por encima de sus cráneos motudos, desfilan las mazas del Cabildo. Tendrá que ser ahora. Magdalena ahoga un grito, abre la puerta y sale.

Afuera, la plaza inmensa, trémula bajo el tibio sol, está inundada de gente. Nadie quiso perder las ceremonias. El ataúd se balancea como una barca sobre el séquito despacioso. Pasan ahora los miembros del Consulado y los de la Real Audiencia, con el regente de golilla. Pasan el Marqués de Casa Hermosa y el secretario de Su Excelencia y el comandante de Forasteros. Los oficiales se turnan para tomar, como si fueran reliquias, las telas de bayeta que penden de la caja. Los soldados arrastran cuatro cañones viejos. El Virrey va hacia su morada última en la iglesia de San Juan.

Magdalena se suma al cortejo llorando desesperadamente. El sobrino de Su Excelencia se hace a un lado, a pesar del rigor de la etiqueta, y le roza un hombro con la mano perdida entre encajes, para sosegar tanto dolor.

Pero Magdalena no calla. Su llanto se mezcla a los latines litúrgicos, cuya música decora el nombre ilustre: «Excmo. Domino Pedro Melo de Portugal et Villena, militaris ordinis Sancti Jacobi...»

El Marqués de Casa Hermosa vuelve un poco la cabeza altiva en pos de quién gime así. Y el secretario virreinal también, sorprendido. Y los cónsules del Real Consulado. Quienes más se asombran son las cuatro hermanas de Magdalena, las cuatro hermanas jóvenes cuyos maridos desempeñan cargos en el gobierno de la ciudad.

–¿Qué tendrá Magdalena?

–¿Qué tendrá Magdalena?

–¿Cómo habrá venido aquí, ella que nunca deja la casa?

Las otras vecinas lo comentan con bisbiseos hipócritas, en el rumor de los largos rosarios.

–¿Por qué llorará así Magdalena?

A las cuatro hermanas ese llanto y ese duelo las perturban. ¿Qué puede importarle a la mayor, a la enclaustrada, la muerte de don Pedro? ¿Qué pudo acercarla a señorón tan distante, al señor cuyas órdenes recibían sus maridos temblando, como si emanaran del propio Rey?

El Marqués de Casa Hermosa suspira y menea la cabeza. Se alisa la blanca peluca y tercia la capa porque la brisa se empieza a enfriar.

Ya suenan sus pasos en la Catedral, atisbados por los santos y las vírgenes. Disparan los cañones reumáticos, mientras depositan a don Pedro en el túmulo que diez soldados custodian entre hachones encendidos. Ocupa cada uno su lugar receloso de precedencias. En el altar frontero, levántase la gloria de los salmos. El deán comienza a rezar el oficio.

Magdalena se desliza quedamente entre los oidores y los cónsules. Se aproxima al asiento de dosel donde el decano de la Audiencia finge meditaciones profundas. Nadie se atreve a protestar por el atentado contra las jerarquías. ¡Es tan terrible el dolor de esta mujer!

El deán, al tornarse con los brazos abiertos como alas, para la primera bendición, la ve y alza una ceja. Tose el Marqués de Casa Hermosa, incómodo. Pero el sobrino del Virrey permanece al lado de la dama cuitada, palmeándola, calmándola.

Sólo unos metros escasos la separan del túmulo. Allá arriba, cruzadas las manos sobre el pecho, descansa don Pedro, con sus trofeos, con sus insignias.

–¿Qué le acontece a Magdalena?

Las cuatro hermanas arden como cuatro hachones. Chisporrotean, celosas.

–¿Qué diantre le pasa? ¿Ha extraviado el juicio? ¿O habrá habido algo, algo muy íntimo, entre ella y el Virrey? Pero no, no, es imposible... ¿cuándo?

Don Pedro Melo de Portugal y Villena, de la casa de los duques de Braganza, caballero de la Orden de Santiago, gentilhombre de cámara en ejercicio, primer caballerizo de la Reina, virrey, gobernador y capitán general de las Provincias del Río de la Plata, presidente de la Real Audiencia Pretorial de Buenos Aires, duerme su sueño infinito, bajo el escudo que cubre el manto ducal, el blasón con las torres y las quinas de la familia real portuguesa. Indiferente, su negra cara brilla como el ébano, en el oscilar de las antorchas.

Magdalena, de rodillas, convulsa, responde a los Dominus vobiscum.

Las vecinas se codean:

–¡Qué escándalo! Ya ni pudor queda en esta tierra... ¡Y qué calladito lo tuvo!

Pero, simultáneamente, infíltrase en el ánimo de todos esos hombres y de todas esas mujeres, como algo más recio, más sutil que su irritado desdén, un indefinible respeto hacía quien tan cerca estuvo del amo.

La procesión ondula hacia el convento de las capuchinas de Santa Clara del cual fue protector Su Excelencia. Magdalena no logra casi tenerse en pie. La sostiene el sobrino de don Pedro, y el Marqués de Casa Hermosa, malhumorado, le murmura desflecadas frases de consuelo.

Las cuatro hermanas jóvenes no osan mirarse.

¡Mosca muerta! ¡Mosca muerta! ¡Cómo se habrá reído de ellas, para sus adentros, cuando le hicieron sentir, con mil ilusiones agrias, su superioridad de mujeres casadas, fecundas, ante la hembra seca, reseca, vieja a los cuarenta años, sin vida, sin nada, que jamás salía del caserón paterno de la Plaza Mayor! ¿Iría el Virrey allí? ¿Iría ella al Fuerte? ¿Dónde se encontrarían?

–¿Qué hacemos? –susurra la segunda.

Han descendido el cadáver a su sepulcro, abierto junto a la reja del coro de las monjas. Se fue don Pedro, como un muñeco suntuoso. Era demasiado soberbio para escuchar el zumbido de avispas que revolotea en torno de su magnificencia displicente.

Despídese el concurso. El regente de la Audiencia, al pasar ante Magdalena, a quien no conoce, le hace una reverencia grave, sin saber por qué. Las cuatro hermanas la rodean, sofocadas, quebrado el orgullo. También los maridos, que se doblan en la rigidez de las casacas y ojean furtivamente alrededor.

Regresan a la gran casa vacía. Nadie dice palabra. Entre la belleza insulsa de las otras, destácase la madurez de Magdalena con quemante fulgor. Les parece que no la han observado bien hasta hoy, que sólo hoy la conocen. Y en el fondo, en el secretísimo fondo de su alma, hermanas y cuñados la temen y la admiran. Es como si un pincel de artista hubiera barnizado esa tela deslucida, agrietada, remozándola para siempre.

Claro que de estas cosas no se hablará. No hay que hablar de estas cosas.

Magdalena atraviesa el zaguán de su casa, erguida, triunfante. Ya no la dejará. Hasta el fin de sus días vivirá encerrada, como un ídolo fascinador, corno un objeto raro, precioso, casi legendario, en las salas sombrías, esas salas que abandonó por última vez para seguir el cortejo mortuorio de un Virrey a quien no había visto nunca.

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sábado, 3 de julio de 2010

Historia de una mujer tonta

 

Cuento de hadas de Bohemia

Ésta es la historia de una buena mujer que, con la mejor voluntad del mundo, no hacía ni decía más que tonterías.

Cierto día preguntó a su marido, cuando llevaban una semana de casados:

- ¿Qué se hace con la harina que hay en el granero?

- Nada. No hay más que sacarla de los sacos y comérsela a cucharadas.

- ¿De dónde proceden los jamones y chorizos que hay en la despensa?

- De mi última cosecha. Los jamones los recogí en las sementeras y los chorizos en el huerto. - ¿Qué es lo que hay en ese cacharro viejo, detrás de la cama?

- Semilla de calabaza. Cuando pase el cacharrero se lo daremos a cambio de uno nuevo, pues ese está ya bastante resquebrajado.

La verdad era que el cacharro en cuestión estaba lleno de monedas de plata, pero el marido, conociendo la estupidez de su esposa, no quiso decírselo por temor de que malgastase el dinero.

A la mañana siguiente, cuando el esposo se dirigió al trabajo, entregó la ropa a su mujer para que se la lavara, diciendo que no volvería hasta la tarde.

- No te preocupes. Cuando regreses la tendrás a punto - prometió ella.

Salió el marido y pocos momentos después pasó el cacharrero. La mujer, recordando que su esposo quería comprar un cacharro, se apresuró a tomar el viejo que estaba detrás de la cama y corrió a la puerta llamando al alfarero.

- ¡Eh, buen hombre! - le gritó - ¿Vamos a hacer un cambio?

- ¿Qué es lo que me ofrece y a cambio de qué? - respondió el comerciante.

- Este cacharro lleno de semillas de calabaza a cambio de otro nuevo.

El alfarero examinó el cacharro que le ofrecían, viólo lleno de monedas de plata e inmediatamente se dio cuenta de con quién estaba tratando.

- No hago gran negocio con este trueque ­ dijo, - pero por consideración a usted le dejaré que elija las vasijas que llevo en el carrito que más le agraden.

Ella escogió cuatro orzas y, mientras que el alfarero se apresuraba a perderse de vista con el jarro del dinero, la pobre tonta llevó sus adquisiciones a la cocina, intentando colocar las orzas sobre la repisa de la chimenea.

Pero allí había ya demasiados cacharros y no le cabían más que tres.

- Apretaos un poco para que este compañero vuestro pueda estar con vosotros.

Y viendo que los cacharros no se movían, cogió un bastón y empezó a golpear las orzas hasta que las hizo añicos. Entonces, muy ufana, colocó allí la cuarta y se dirigió a la despensa.

- Quiero que mi marido quede satisfecho de mí - se dijo. - Puesto que los jamones los recogió en la sementera, será conveniente que los coloque al sol para que maduren, pues tienen un color que no me gusta.

Y como lo pensó lo hizo.

Llevó los jamones al jardín y los extendió cuidadosamente; pero apenas hubo entrado en la casa, los perros y los vecinos se lanzaron sobre ellos y los hicieron desaparecer en un santiamén.

Cuando la mujer, al oír el escándalo salió, no vio más que a su perro que roía pacíficamente un hueso de jamón.

Furiosa, la tonta se propuso castigar al pobre can y después de propinarle una buena tunda de bastonazos, lo encerró en la bodega, atándolo con una cuerda al grifo de un barril lleno de vino.

Pero el perro, en su afán de liberarse, dio un violento tirón y arrancó el grifo, con lo que todo el vino se esparció por el suelo.

Cuando la mujer lo vio, no se le ocurrió otra cosa que echar sobre el mosto dos sacos de harina formando una papilla horrible.

Luego recordó que tenía que lavar la ropa de su marido, y recogiendo las camisas, calzoncillos y pañuelos, y las americanas, chalecos, pantalones y sombreros, los metió en la pila, los enjabonó concienzudamente, luego los aclaró y los puso a secar.

A la tarde regresó el esposo y ella, muy contenta, le refirió detalladamente todo lo sucedido durante su ausencia.

A medida que la tonta hablaba, el rostro del marido se congestionaba. Cuando terminó su narración, él, incapaz de contenerse, gritó:

- Me dan ganas de estrangularte... ¡Eres más tonta que el cuerno de una vaca!

La pobre mujer no comprendía el furor de su marido.

Éste, después de explicarle una por una todas las barbaridades que había cometido en su inconsciencia, le dijo:

- Vamos a buscar inmediatamente a este alfarero que se ha llevado todos mis ahorros. Corre tú por la izquierda, yo iré por la derecha. El primero que lo encuentre que avise al otro.

Partieron cada uno por su lado. Un instante después, la mujer empezó a dar gritos.

- ¡Lo encontré! ¡Lo encontré!

Acudió corriendo el esposo con tal rapidez, que llegó sofocado y vio a su mujer abrazada a un espantapájaros que ella había confundido con el alfarero.

- ¡Santo Dios! - bramó el pobre hombre. - ¿No podré sacar partido de ti? ¡Esta idiota acabará haciéndome reventar de un disgusto! ¿Cómo estaría yo para haberme...?

Interrumpióse al ocurrírsele de repente una idea, que le pareció tan brillante, que decidió ponerla en práctica inmediatamente.

- Queridita mía - dijo con voz tan dulce y afectuosa que le arrancó a la tonta dos lagrimones de placer, - ¿no has oído decir que vamos a entrar en guerra con los turcos y que las mujeres tendrán que marchar el frente?

- ¿Es posible? - preguntó ella con los ojos desmesuradamente abiertos. - ¿Oh, Dios mío, qué desgracia tan grande!

- ¿Te dan miedo los turcos, verdad?

- Claro que sí, maridito. ¿Qué me harían si me encontraran?.

- Es posible que te cortaran la cabeza, pero no te preocupes. Yo te esconderá tan bien que no podrán hallarte jamás por más que busquen.

Y esto diciendo, cogió a su mujer de una mano y se adentró con ella en la espesura del bosque. Llegado a un lugar completamente solitario, cavó una gran fosa, hizo meterse en ella a la pobre tonta y la cubrió de tierra, no dejándole fuera más que la cabeza.

Luego le recomendó que permaneciera inmóvil y sin hablar hasta que él regresara a buscarla.

Ya hacía varias horas que su marido se había alejado y la tonta continuaba enterrada sin hacer el menor movimiento ni quejarse por la incomodidad de su posición.

De pronto percibió un rumor de voces que se aproximaban. Varios hombres llegaron junto al lugar en que ella se hallaba. Eran ladrones que acababan de desvalijar una casa.

- Aquí estamos seguros. Nadie nos verá mientras contamos el dinero de nuestro botín - dijo el jefe de la banda. - Poned la luz encima de ese árbol cortado.

Había tomado por un tronco de árbol la cabeza de la tonta.

Obedecieron los portadores de la antorcha luego depositaron sobre el suelo un enorme montón de monedas de oro.

De repente, un grito terrible resonó junto a ellos. Creyéndose descubiertos, los bandidos no esperaron a indagar la causa del grito, sino que pusieron pies en polvorosa abandonando su mal adquirido tesoro.

La que había gritado era la mujer, que, confundiendo a los facinerosos con los turcos, no se pudo contener y exclamó, medio loca de terror:

- ¡Aquí están! ¡Aquí está!

Continuó gritando hasta que llegó su esposo, que la había oído desde media legua de distancia y acudió presuroso.

- ¿Qué te pasa? - le preguntó,

- ¡Los turcos! ¡Los turcos! Estaban aquí y me querían quemar viva.

El marido, descubriendo el riquísimo botín abandonado por los malhechores, no tardó en darse cuenta de lo ocurrido. Libertó a la mujer, haciéndole salir de la prisión, recogió el oro y emprendieron el regresa a su casa, donde lo escondió bien y vivieron ambos felices y ricos, gracias a la tontura de aquella pobre mujer.

Del libro: Cuentos de Hadas Bohemios - narrados a los niños por H. C. Granch - Ed. Molino, Buenos Aires – 1944