domingo, 31 de octubre de 2010

EL ARTE DE CONTAR

                 Un cuento de Javier de Rios Briz

Todo comenzó un verano, cuando el abuelo Pascual se empeñó en enseñar al pequeño Daniel a sumar. “Para que vaya adelantando trabajo del nuevo curso”, dijo como apoyo a su decisión. “Deje al chaval que disfrute de las vacaciones, padre”, rebatió Marisa, la madre de Daniel, “que para eso ya están los maestros”.

Pero no hubo manera, el abuelo Pascual era y sigue siendo muy testarudo, y si se le mete una idea en la cabeza, no ha nacido el mortal que pueda disuadirle de seguir adelante con ella.

Así que fue a buscar la arrugada libreta que su mujer usaba para apuntar los litros de leche que vendían a los vecinos, y el flamante bolígrafo que le había regalado días atrás el comercial de la casa de piensos. El abuelo Pascual sentó al niño en sus rodillas, que accedió a recibir una improvisada clase de matemáticas sin rechistar, y empezó a escribir con grandes caracteres: 50.

- ¿Sabes qué número es éste, Dani?

- Sí, abuelo, el cincuenta.

- Sí señor, muy bien, chaval.

Debajo del primer cincuenta, escribió otro idéntico, y debajo de ellos trazó una línea más o menos recta, con esmero, como si se enfrentara a una obra de artesanía. Después procedió a hacer la suma, mientras le explicaba al niño en voz alta lo que estaba haciendo, intentando adoptar un estilo lo más didáctico posible: que si cero más cero es cero, que si cinco y cinco diez, y nos llevamos una, y como hemos acabado ponemos el uno delante..., y ya está: cincuenta más cincuenta, cien.

- ¿Te has enterado, Dani?

- Sí, pero no me lo creo, abuelo. -dijo el niño con esa bendita sinceridad que todos perdemos al entrar en la adolescencia.

- ¿Cómo que no te lo crees?

- Como que no me lo creo -aseguró el rapaz testarudo, y después amenazó- y si no me lo demuestras, no pienso estudiar nunca más.

- ¡Jodío crío! -murmuró el abuelo entre dientes.

- ¿Qué dices, abuelo?

- ¡Nada! Ven aquí conmigo. Vamos a dar un paseo.

Todos los que vieron pasar al abuelo y al nieto, veían sorprendidos como ambos se iban agachando de vez en cuando para coger con mimo diminutas piedrecitas, que después introducían con cuidado en una bolsa de plástico que portaba el anciano maestro.

Ya de vuelta en la casa, el abuelo se preparó para dar una clase magistral a su nieto, en la que demostraría la suma que habían hecho antes. Para ello sacaron al pequeño corralillo dos sillas, y el abuelo Pascual comenzó a contar piedrecitas con paciencia.

- ...cuarenta y nueve, y cincuenta. Bien ahora voy a hacer otro montón como

éste. ¿Me sigues Dani?

- Sí, abuelo.

El abuelo Pascual hizo dos montoncitos idénticos de cincuenta piedrecitas cada uno, y luego juntó los dos.

- ¿Ves? Los he juntado, es decir, los he sumado. Ahora voy a volver a contar las piedrecitas, y ya verás como hay cien.

- Noventa y cinco..., noventa y seis..., noventa y siete..., noventa y ocho..., noventa y nueve..., cien..., y ciento uno. ¡Me cago en la hostia!

- ¿Qué dices abuelito?

- Nada, Dani, nada, que algo ha fallado, pero tranquilo, que yo te lo demuestro, como que me llamo Pascual, yo te lo demuestro.

Y con paciencia, separó las pequeñas piedras, volvió a hacer dos montones de cincuenta, volvió a juntarlos y contó de nuevo. El pequeño Daniel no perdía ojo, y seguía extasiado las evoluciones de su abuelo.

- Noventa y siete..., noventa y ocho..., noventa y nueve. ¡Me cago en la mar serena!

- ¿Qué pasa abuelo? ¿Qué lo de las sumas es mentira? Eso pensaba yo, que es un invento para fastidiar a los niños.

Siete veces más lo hizo aquel mismo día, con diferentes métodos, y las piedras resultaron ser tan testarudas como él. Unas veces contaba noventa y nueve, y otras ciento dos, pero nunca, nunca, cien, ni por casualidad. Siempre hacía primero los dos montones de cincuenta, porque si no la demostración de la suma no sería válida, y al juntarlos nunca hallaba cien piedrecitas.

Por fortuna, el pequeño Daniel no cumplió sus amenazas. Ahora, el pequeño Danielito mide uno noventa y cinco, y está a punto de doctorarse en ciencias exactas. De vez en cuando visita a su abuelo, que sigue allí, en el pueblo.

Ha transcurrido el tiempo, inexorable como siempre, pero no pasa un sólo día sin que el abuelo Pascual cuente sus piedrecitas, siempre con idéntica mala fortuna.

Cuando va de visita, Dani le observa en silencio, pero no se atreve a colaborar; él prefiere creérselo sin más.

- Los matemáticos sólo demostramos las cosas sobre el papel -se suele justificar- dejamos ese tipo de experiencias a los físicos, o a gente como el abuelo, que tienen tiempo para las pruebas empíricas.

Y el abuelo Pascual sigue a lo suyo, cuenta que te cuenta, porque siempre ha sido muy testarudo. Tal vez lo hace porque si no consigue demostrar esta pequeña suma, pueden derrumbarse otras muchas cosas que el suele dar como ciertas. Creo que ya lleva así veinte años, o tal vez veintiuno, no sé, que es que lo de contar parece fácil, sí, pero como todo, el arte de contar requiere poseer ciertas habilidades, que no todos tenemos.

viernes, 29 de octubre de 2010

EL CLUB DE LOS PERFECTOS

                                                                Un cuento de Graciela Montes

Hay gente que ya está cansada de que yo cuente cosas del barrio de Florida. Pero no es culpa mía: en Florida pasa cada cosa que una no puede menos que contarla.

Como la historia esa del Club de los Perfectos.

Porque resulta que los perfectos de Florida decidieron formar un club.

Algunos de ustedes preguntará quiénes eran los Perfectos. Bueno, los Perfectos de Florida eran como los Perfectos de cualquier otro barrio, así que cualquiera puede imaginárselos.

Por ejemplo, los Perfectos no son gordos pero tampoco son flacos.

No son demasiado altos, y mucho menos petisos.

Tienen todos los dientes parejos y jamás de los jamases se comen las uñas.

Nunca tienen pie plano ni se hacen pis encima.

No son miedosos. Ni confianzudos.

No se ríen a carcajadas ni lloran a moco tendido.

Los Perfectos siempre están bien peinados, siempre piden “por favor” y jamás hablan con la boca llena.

Hay que reconocer que los Perfectos de Florida no eran muchos que digamos. Es más, eran muy pocos. Tan pocos que había calles, como Agustín Alvarez donde no podía encontrarse un Perfecto ni con lupa. Pero -pocos y todo- decidieron formar un club porque todo el mundo sabe que a los Perfectos sólo les gusta charlar con Perfectos, comer con Perfectos y casarse con Perfectos.

El Club de los Perfectos fue el tercer club de Florida. Los otros dos eran el Deportivo Santa Rita y el Social Juan B. Justo.

El Deportivo Santa Rita era sobre todo un club de fútbol. Los sábados por la tarde se llenaba de floridenses porque los sábados por la tarde se jugaban los partidos amistosos con el equipo de Cetrángolo.

El Social Juan B. Justo era el club de los bailes. Los sábados por la noche los floridenses que querían ponerse de novios se reunían a bailar con los Rockeros de Florida entre guirnaldas verdes, rojas y amarillas.

Pero el Club de los Perfectos era otra cosa.

Para empezar no era ni un galpón ni una cancha. Era una casa en la calle Warnes, con grandes ventanales y una verja alta de rejas negras. Y en el jardín que daba al frente, nada de malvones, dalias y margaritas, sólo palmeras esbeltas, rosales de rosas blancas y gomeros de hojas lustrosas.

Los sábados por la noche los Perfectos llegaban al club con sus ropas planchadas y sus corbatas brillantes. Como eran perfectamente puntuales llegaban todos juntos.

Se sentaban alrededor de la mesa con mantel almidonado y vajilla deslumbrante. Comían tranquilos y educados. Masticaban bien. Sonreían. Nunca parecían tener hambre. Ni apuro. Ni sueño. Ni rabia. Ni ganas. Ni celos. Ni frío.

Tan diferentes eran, que a los floridenses se les hizo costumbre eso de ir a visitar el Club de los Perfectos. Bueno, visitar es una manera de decir porque al Club de los Perfectos sólo entraban Perfectos, y los demás miraban de afuera.

Lo cierto es que, a eso de las siete de la tarde, en cuanto terminaba el partido, los del Deportivo Santa Rita se venían en patota a la calle Warnes y, a eso de las ocho, antes de ir para el baile del Social Juan B. Justo, las parejas de novios pasaban por la calle Warnes para echarles una ojeadita a los Perfectos.

Los floridenses se apretaban todos junto a la verja. Eran un montón, pero ninguno era perfecto. Estaba doña Clementina, llena de arrugas; el nieto de don Braulio, que era un poco bizco; el chico del almacén, que era petiso; Antonia, llena de pecas… y chicos que usaban aparatos en los dientes, chicos que a veces se comían las uñas, chicos que a veces se hacían pis encima, chicos con mocos, muchachos que clavaban los dientes en los sánguches de milanesa porque tenían hambre y chicas un poco despeinadas porque había viento.

Los sábados por la noche el Club de los Perfectos estaba siempre rodeado de floridenses. Y fue por eso que, cuando pasó lo que tenía que pasar, hubo muchos que pudieron contarlo.

Resulta que estaban ahí los Perfectos, tan perfectos como siempre reunidos alrededor de la mesa, perfectamente bronceados porque era verano y perfectamente frescos y perfumados, cuando pasó lo que tenía que pasar.

Pasó una cucaracha.

Una cucaracha lisita, negra, brillante, en cierto modo una cucaracha perfecta, que trepó lentamente por el mantel almidonado y empezó a caminar, perfectamente serena, por entre los platos.

El primero que la vio fue un Perfecto de saco blanco y corbata a rayas, perfectamente rubio. La cucaracha se acercaba, pacíficamente, hacia su plato.

El Perfecto rubio se puso de pie… demasiado bruscamente, porque voló la silla, empujó con el codo el plato decorado, que se estrelló contra el piso, y derramó el vino tinto de su copa labrada sobre la Perfecta de vestido blanco.

La cucaracha entre tanto, posiblemente sorda y seguramente valiente, seguía recorriendo la mesa, desviándose sin sobresaltos cuando se le interponía algún plato.

Los Perfectos en cambio sí que parecían sobresaltados. Había algunos que se subían a las sillas y gritaban pidiendo ayuda, y otros que se comían velozmente las uñas acurrucados en los rincones. Había algunos que lloraban a moco tendido y otros que, de puro nerviosos, se reían a carcajadas.

El mantel ya no parecía el mismo, lleno como estaba de platos rotos y copas volcadas. Y serena, parsimoniosa, la machita negra y lustrosa proseguía su camino.

Los floridenses que estaban junto a la reja al principio no entendían. Se agolpaban para ver mejor, los de la primera fila les pasaban noticias a los de atrás. Aníbal, el relator de los partidos amistosos, se trepó a lo alto de la verja y empezó a transmitir los acontecimientos:

-El Perfecto de la Camisa a Cuadros se cae de espaldas. Rueda. Quiere ponerse de pie, trastabilla y cae sobre la Perfecta del Collar de Nácar. La Perfecta del Collar de Nácar pierde la peluca. Se arroja al suelo y camina en cuatro patas tratando de recuperarla. El Perfecto del Traje Azul tropieza con ella, pierde el equilibrio y cae… Cae también su dentadura, que golpea ruidosamente contra la pata de la mesa…

Arrugados, despeinados, manchados y llorosos, los Perfectos fueron abandonando la casa de la calle Warnes. Los floridenses los miraban salir y no podían casi reconocerlos. Algunos estaban pálidos. Otros parecían viejos. Algunos, si se los miraba bien, eran francamente gordos. Y todos, uno por uno, estaban muertos de miedo.

A los floridenses más burlones les daba un poco de risa.

Los floridenses más comprensivos les sonreían y les daban la bienvenida: al fin de cuentas no era tan malo estar de este lado de la reja.

De más está decir que ese mismo día se disolvió el Club de los Perfectos.

Y cuentan en el barrio que los sábados por la tarde algunos de los que fueron sus socios llegan cansados y hambrientos del Deportivo Santa Rita y que otros van, un poco despeinados, al Social Juan B. Justo.

Cuentan también que en la casa de la calle Warnes ahora crecen malvones.

Y parece que así es mucho mejor que antes.

Editorial Colihue, 1989. Colección del Pajarito Remendado.

jueves, 28 de octubre de 2010

Interpretando según convenga

Cuento Sufi

Un día de lluvia torrencial un vecino corría presuroso buscando cobijo, cuando un hombre devoto le preguntó:

-¿Por qué corres?

-Corro para no mojarme -contestó.

-¿No sabes, desgraciado, que el agua de lluvia es una bendición divina? ¡Disfruta de ella! -le increpó el religioso.

Impresionado, el vecino comenzó a caminar despacio, calándose hasta los huesos.

Ocurrió que, otro día, el vecino vio al devoto corriendo bajo la lluvia.

-¿Has olvidado ya que la lluvia es una bendición del Señor? -preguntó irónico.

-Precisamente por eso corro a fin de no pisar esta bendita agua -respondió mientras se perdía calle abajo.

 

martes, 26 de octubre de 2010

LA TRAMPA DE LAS OVEJAS

                          

  Un cuento de Laura Devetach

Era horrible aquella noche. A Margarita le ardían los ojos y el corazón hacía ruido de animalito encerrado.

La abuela se iba a otra ciudad por mucho tiempo, y no y no, ella no quería, se sentía demasiado sola. Las lágrimas salían calientes de los ojos calientes.

La abuela ya le había dicho que regresaría y volverían a estar juntas.

Todos le habían asegurado que iba a volver algún día. Pero a Margarita no le interesaba nada que volviera.

Ella lo que quería era que no se fuera. No quería que la dejara.

—¡No y no! —se llenaba las manos con puñados de sábana, con puñados de almohada mojada de lágrimas.

El sueño llegaba como un peso sobre los ojos pero, de un salto, se volvía a ir.

—Duérmase mi niña –había dicho la abuela—. Pronto volveré.

Pero Margarita sentía un dolor muy grande, una falta de cielo, se sentía como en un campo sin nada de nada. Estaba muy cansada y no podía dormir.

—Algo pasará. Algo rarísimo va a pasar y la abuela no podrá irse
–decía—. Sí, algo va a pasar.

Cerró lo ojos para tratar de dormir. Entonces se acordó de las ovejas.

Tenía que empezar a contarlas de a una, suavemente, dándoles tiempo para saltar un pequeño cerco. Así se lo había enseñado la abuela.

—Si no se puede dormir, una tiene que contar ovejas, Margarita.

—¿Cuántas?

—Todas las que hagan falta.

Margarita empezó por traer una oveja apretando fuerte los ojos. Tan fuerte que saltaban chispas doradas y gusanos fosforescentes por el lado de atrás de los ojos.

A la oveja le costó saltar el cerco. Ya del otro lado, se volvió a mirar para tras como si hubiera olvidado algo.

—Bueno, que se vaya, andate oveja, si no, no viene otra y yo necesito muchas, muchas.

Pero la oveja quedó allí, esperando.

Con un esfuerzo, como si la trajera arrastrando suspendida por las lanas del cuello, Margarita trajo otra, que también saltó.

Entonces la primera desapareció de un brinco empujada por la segunda. Y apareció la tercera, un poco dudosa todavía, pero después siguieron de a dos, de a tres, de a miles.

Eran como chorros de ovejas, bandadas, ejércitos, ventarrones, tifones con patas. Hacían temblar todo como los búfalos de las películas de vaqueros.

Con la habilidad de una vieja pastora, Margarita las fue conduciendo y amontonando en la terminal de colectivos, a la salida del pueblo y en la ruta llena de curvas que iba a la ciudad.

Un mar de ovejas taponaba todo camino posible. Olor de oveja, de pis de oveja, de bee bee de ovejas. Todo tan apiñado, apretado y compacto como para que nadie, nadie, pudiera salir del pueblo ni irse a ninguna parte nunca más en ningún colectivo.

Margarita, dormida, respiraba entre sollozos. Pero una sonrisa empezó a aparecer en la esquina de la boca.

En el fondo sabía que la abuela iba a partir a pesar de la trampa de las ovejas. La veía abrirse camino, despidiéndose.

La saludaba con el brazo en alto, sin ninguna duda.

Margarita respondió moviendo apenas los dedos. Como si de ese modo pudiera evitar algo.

Ahora que la abuela ya no estaba, había que mandar a dormir una por una a cada oveja. Eso llevaría tiempo. Las ovejas no retroceden fácilmente. Se empacan, piden comida, hay que empujarlas por las ancas, tironearlas por las lanas del cuello. Son una verdadera trampa.

Margarita empezó a trajinar con las ovejas, suspirando. A hacerlas trotar, a deshacer rebaños para que el camino quedara despejado y limpio. Y, también suspirando, empezó a esperar que la abuela regresara a buscarla, con el brazo en alto, por la punta del camino.

(De El enigma del barquero, Buenos Aires, Ed. Sudamericana, 2000, Colección Pan Flauta)

Bibliografía y algo más de la autora, ver acá

 

lunes, 25 de octubre de 2010

La eñe también es gente

                                                     Por María Elena Walsh

1. La culpa es de los gnomos que nunca quisieron ser ñomos. Culpa tienen la nieve, la niebla, los nietos, los atenienses, el unicornio. Todos evasores de la eñe.

2. ¡Señoras, señores, compañeros, amados niños! ¡No nos dejemos arrebatar la eñe! Ya nos han birlado los signos de apertura de interrogación y de admiración. Ya nos redujeron hasta el apócope. Ya nos han traducido el pochoclo. Y como éramos pocos, la abuelita informática ha parido un monstruoso # en lugar de la eñe con su gracioso peluquín.

3. ¿Quieren decirme qué haremos con nuestros sueños? ¿Entre la fauna en peligro de extinción figuran los ñandúes y los ñacurutúes? ¿En los pagos de Añatuya cómo cantarán Añoranzas? ¿A qué pobre barrigón fajaremos al ñudo? ¿Qué será del Año Nuevo, el tiempo de ñaupa, aquel tapado de armiño y la ñata contra el vidrio? Y, ¿cómo graficaremos la más dulce consonante de la lengua guaraní?

4. “La ortografía también es gente”, escribió Fernando PESSOA. Y, como la gente, sufre variadas discriminaciones. Hay signos y signos, unos blancos, altos y de ojos azules, como la W y la K. Otros, pobres morochos de Hispanoamérica, como la letrita segunda, la eñe, jamás considerada por los monóculos británicos, que está en peligro de pasar al bando de los desocupados después de rendir tantos servicios y no ser precisamente una letra ñoqui. A barrerla, a borrarla, a sustituirla, dicen los perezosos manipuladores de las maquinitas, solo porque la eñe da un poco de trabajo. Pereza ideológica, hubiéramos dicho en la década del setenta. Una letra española es un defecto más de los hispanos, esa raza impura formateada y escaneada también por pereza y comodidad. Nada de hondureños, salvadoreños, caribeños, panameños. ¡Impronunciables nativos!

5. Sigamos siendo dueños de algo que nos pertenece, esa letra con caperuza, algo muy pequeño, pero menos ñoño de lo que parece. Algo importante, algo gente, algo alma y lengua, algo no descartable, algo no compartido porque así nos canta.

6. No faltará quien ofrezca soluciones absurdas: escribir con nuestro inolvidable César BRUTO, compinche del maestro OSKI. Ninios, suenios, otonio. Fantasía inexplicable que ya fue y preferimos no reanudar, salvo que la Madre Patria retroceda y vuelva a llamarse Hispania.

7. La supervivencia de esta letra nos atañe, sin distinción de sexos, credos ni programas de software. Luchemos para no añadir más leña a la hoguera dónde se debate nuestro discriminado signo. Letra es sinónimo de carácter.

8. ¡Avisémoslo al mundo entero por Internet! La eñe también es gente.



jueves, 21 de octubre de 2010

El Dragón, la Joven sin nombre, la noche y la sequía

                                          Cuento popular gitano

Érase una vez cuando la tierra de los girasoles era habitada por extraños poderes, poderes gitanos mágicos milenarios. Los gitanos que vivían entonces eran muy sabios al punto que descubrieron el secreto de la juventud eterna y debido a ello vivían al menos mil años. A los trescientos, aún eran jóvenes y a esa edad decidían casarse. Antes ellos tenían bellas alas y vestían hermosos trajes de seda revestidos con encajes de perlas y zafiros, como vivían muchísimos años y eran sabios, desarrollaron las ciencias y la astrología. Con puntos y signos incandescentes sobre el cielo descifraban el futuro, ellos marcaban sobre la palma de sus manos con flechas mágicas las cosas que sucederían, flechas que lanzaban al cielo dando vida a sus hechizos.

Pero ocurrió lo inexplicable, un día los gitanos no pudieron presagiar todas las cosas que estaban escritas en el cielo, de donde cayó un gran meteoro comandado por un terrible dragón, quién tomó todos los desagües y piletas con forma de animales y con la ayuda de un terrible hechicero los transformó dando vida a un gran ejército de gárgolas con alas de murciélago, grandes ojos incandescentes, unos pequeños cuernos y la piel dura que asustaba a cualquiera que las viese.

Así el Dragón se hizo dueño de los cielos y de la tierra, luego encerró todas las aguas en una caverna. Fue así como sobrevino una gran sequía. Todo se cubrió en llamas, los gitanos tuvieron miedo de volar y debido a eso dejaron de utilizar sus bellas alas, las que finalmente se atrofiaron. Dado lo anterior el dragón los hizo prisioneros despojándolos de todos sus bienes y fueron convertidos en piedras por la sequía. Había una hermosa doncella cuyo nombre entre los gitanos nadie conocía y que decidió salvarlos.

Vestida con ropa muy sencilla, al atardecer tomó su pandereta, tres platos de pimienta y tres ratones y descalza fue al bosque donde estaba la guarida del terrible dragón.

Este inmediatamente sintió que un ser humano se acercaba y abandonó la cueva. Sin embargo, se deslumbró al ver a la hermosa muchacha y debido a ello no la devoró, sino que se detuvo a charlar con ella. Mientras hablaban, empezó a sentirse mareado y somnoliento por causa de la pimienta.

"Has llegado hasta aquí, pero no puedes entrar en la cueva. Si lo haces, te convertiré en piedra", dijo el dragón.

"De acuerdo, no me moveré un paso de aquí, pero quisiera alabar tu grandeza cantando una canción que he compuesto para ti". A lo que el dragón asintió sin reparos.

La hermosa joven tomó su pandereta y procedió a cantarle una armoniosa canción sobre el amor entre una jovenzuela que se enamora de un gran guerrero que llegó de los cielos a conquistar su corazón.

El dragón lentamente cayó dormido al escuchar tan bello cantar. La chica, sin embargo, sabía que todas las aguas estaban encerradas en la gruta y entró cantando sin miedo. La Madre Noche se embriagó con el canto de la joven, al igual que como sucedió con el dragón apoderándose del poder mágico de la noche que vivía allí.

La joven soltó a los tres ratones, pues gustan sobre todo de la noche, y empezaron a danzar con la Madre Noche quien pronto comenzó a dormirse. Entonces la joven tejió una red presurosamente con sus cabellos rojizos y con ella apresó a la Madre Noche para que no pudiera escapar. Lo hizo porque quería que la noche fuese larga y el dragón durmiera durante muchísimo tiempo. Tras esto, entró en las profundidades de la cueva y liberó las aguas que también quedaron encantadas con su bella voz.

Las aguas fluyeron de nuevo respondiendo al canto de la joven y danzaron al eco de las lluvias que estallaron, de ese modo el padre día despertó de su letargo y todo volvió a la vida y los gitanos convertidos en piedra por la sequía se volvieron humanos otra vez. Recobraron sus tesoros y sus alas y pudieron nuevamente volar. Con el tiempo y en retribución los gitanos le dieron sus alas a la hermosa joven y así nuevamente dejaron de volar. Aunque muchos gitanos las extrañaron; por eso caminan a través de los confines de la noche invocando en sus cantos lamentosos a la bella joven intentando cautivarla para que les entregue nuevamente sus alas. La doncella prometió que algún día, cuando el elegido llegase, ella se las devolvería…

(Adaptación del Libro Leyendas Gitanas Recogidas en Bulgaria, Autor Deyan Kolev)

sábado, 16 de octubre de 2010

FELIZ DIA DE LA MADRE ¿FELIZ?

EN ARGENTINA MAÑANA SE FESTEJA EL DÍA DE LA MADRE


Este día como tantos otros en que se festejan Padres, abuelos, niños...tiene bastante gusto a "comercial" más que a espontáneo y amoroso. Aún así como ovejas en rebaño allá vamos a festejarlo mejor o peor según las madres y los hijos...
Dicen que antiguamente las mujeres se ocupaban de infinidad de tareas relativas al hogar, los hijos y el marido (la que lo tenía), y también de padres, hermanos varones y demases... Ahora evolucionamos, dicen...
Dibujo de Maitena


Hoy a modo de festejo les comaprto un pedacito de un libro que em divierte mucho, acá va con amor para todas las MADRES!!!!

El día comenzaba a clarear. Una hermosa luminosidad roja apareció por encima de las montañas cuando aún podían verse algunas estrellas en el cielo. La luz fue expandiéndose lentamente sobre los campos y los caseríos de cuyas chimeneas se elevaba una fina columna de humo. El olor a tierra húmeda y a leña quemada llenaba el aire, el rocío mojaba la hierba y una suave brisa movía las hojas de los árboles.
No tenía tiempo para embelesarse con la belleza que la rodeaba. Las gallinas que poco antes picoteaban libres por la huerta se habían acercado a ella y le reclamaban la pitanza. Después recogió los huevos y se ocupó de echar la comida a los cerdos. Entró en la casa para comprobar que el contenido de la olla seguía hirviendo y le añadió un poco más de agua. Salió de nuevo y ordeñó a la vaca que había parido un mes antes un ternero que ella ayudó a nacer. De vuelta a la cocina asió con unas tenazas un par de piedras grandes calientes previamente puestas a calentar sobre las brasas y las introdujo en el cubo de madera para purificar la leche recién ordeñada.
En el piso superior comenzaban a oírse ruidos. Subió presta llevando consigo las prendas que había estado planchando la noche anterior con una plancha de hierro calentada al fuego y fue distribuyéndolas por las habitaciones al tiempo que abría las contraventanas y las ventanas y despertaba a los remolones que se arrebujaban entre las sábanas. Penetró en el dormitorio principal, abrió la ventana y sacudió suavemente el hombro de su marido para despertarlo. Luego asomó la cabeza por la puerta del cuarto ocupado por su suegra y comprobó que dormía plácidamente en la cama que no había abandonado desde hacía varios años, cerró la puerta con cuidado y bajó de nuevo a la cocina.
La brisa suave de la primavera penetraba por la ventana y fuera podía escucharse el canto de las aguas del riachuelo que transcurría próximo al caserío, acompañado por el trino canoro de los petirrojos que se agitaban entre las ramas del roble centenario plantado delante de la casa. El sonido del agua le hizo recordar que era día de colada y que más tarde tendría que bajar al río a lavar, restregar y apalear el contenido del saco de ropa sucia que se apoyaba indolente en un rincón de la cocina. En un ademán instintivo, cogió un pedazo de jabón elaborado por ella misma con grasa, ceniza y la hierbabuena que cultivaba en el huerto, y lo metió dentro del saco. Removió el contenido de la olla y lo probó de sal. En un pequeño puchero de barro vertió parte de la leche ordeñada y la puso a calentar. Le llegó el olor del pan cocido y salió presurosa llevando en la mano un cesto.
Sacó los panes del horno y regresó a la cocina para disponer la mesa del desayuno. Colocó sobre ella unas escudillas, cada una con su cuchara, un pote de miel hecha en casa, uno de los panes recién cocidos, un trozo de mantequilla batida también hecha por ella y se dispuso a freír unos grandes trozos de tocino, chorizo y los huevos que acababa de recoger del gallinero, después de retirar la olla y colocar una sartén de hierro untada con grasa sobre las trébedes.
Su marido y sus tres hijos entraron en la cocina justo en el mismo momento que ella echaba los huevos a la sartén. Los cuatro se sentaron y empezaron a comer. Vertió la leche caliente en las escudillas y colocó en medio de la mesa el gran plato de barro con los huevos, el tocino y el chorizo.
Mientras los hombres comían y hablaban, ella subió de nuevo las escaleras con una escudilla colmada de papilla caliente de maíz y entró en el cuarto de su suegra. La anciana estaba despierta.
La ayudó a levantarse y esperó pacientemente a que orinase en el recipiente que luego sacó al pasillo.
Le lavó la cara y las manos, peinó su cabello, abrió las ventanas para que penetrase el aire y se llevase los malos olores y le dio de comer.
Cuando bajó a la cocina, los hombres ya habían acabado el desayuno y se disponían a salir de la casa. Ayudó a su marido a colocarse las botas, sostuvo la garnacha mientras él introducía sus brazos en ella y le tendió el sombrero. Regresó a la cocina y se sentó. Quedaban unos trozos de tocino y se los comió entre pan y pan, después se bebió una escudilla de leche que ya se había quedado fría y repasó mentalmente los trabajos pendientes. Tenía que barrer y fregar el suelo, limpiar los cristales, encerar los pisos y los muebles; orear los colchones de hierba, darles la vuelta y hacer las camas; desherbar, arrancar, lavar, secar, acamar, agramar, rastrillar, hilar, devanar y tejer el lino; confeccionar sábanas, manteles, toallas, camisas, delantales y calzas; aventar el maíz, humedecerlo y escurrirlo para hacer heno; ir al mercado a vender mantequilla, queso, leche, huevos, pollos, capones, gallinas y ocas; limpiar la cuadra y la cochiquera, ocuparse de la huerta y cambiar la paja del gallinero. Antes de acostarse remendaría la ropa a la luz de la vela o tejería un chaleco o un par de calcetines para alguno de sus hijos y luego se acostaría junto a su marido y cumpliría con sus obligaciones de esposa.

EXTRACTO DEL LIBRO DE Totí Martínez de Lezea
LOS GRAFITIS DE MAMÁ Monólogo de un ama de casa de 50 años … y más - 2005

No sé a ustedes, pero a mi esta mujer se me hace tan pero tan conocida....



viernes, 15 de octubre de 2010

Hans, mi pequeño erizo

Adaptado de un viejo cuento alemán.

La esposa de un granjero estaba ansiosa de tener un hijo, tanto que no le importaba que apariencia tenga, por lo que la fortuna le hizo alumbrar un híbrido entre humano y erizo: cubierto de suaves púas, bípedo y con hocico. Lo llamaron Hans, y su madre lo amaba, pero su padre lo despreciaba, avergonzándose de él ante todos, por lo que Hans huyó de casa, con varios animales de corral que su padre le dio montado en su descomunal y ridículo gallo. Encontró hogar en un oscuro bosque, viviendo con los animales salvajes.

Un día, el rey de esas tierras se extravió en el bosque, siguiendo una hermosa melodía dulce y amarga a la vez que empezaba con un "Hola" y terminaba con un "Adiós", llegando a un hermoso palacio propiedad de Hans, el cual invitó al rey y le dio de comer suculentos manjares y le tocó esa hermosa melodía con su gaita. El rey se quedó dormido y despertó a las afueras de su reino y agradeciendo a Hans por haberle salvado la vida le hizo una apresurada promesa: Después de 1 año y 1 día le iría a entregar el primer ser vivo que lo resiviese cuando llegue a su palacio, creyendo que lo recibiría su perro. Pero en vez de éste salió su hija a abrazarlo.

Después de 1 año y 1 día Hans llegó al palacio reclamando la mano de la princesa en matrimonio y prometiéndole cariño y amor; la princesa aceptó argumentando que sería feo romper una promesa. Asì pues, se celebraria en el castillo la boda mas triste en la historia del reino, y Hans el erizo se llevaria a la princesa a vivir a su lado. no obsatnte, Hans ocultaba un secreto, el cual ella pronto descubriría pues a medianoche el erizo deja sus púas y se convierte en un guapo doncel. La princesa se lo cuenta a su madre, y ella la persuade de echar al fuego las púas, para liberarlo del hechizo, sin embargo esto empeora el hechizo y Hans deja a la princesa y huye en su ridículo gallo.

Arrepentida, la princesa se mandó hacer tres pares de zapatos de hierro, y salió a buscar a su esposo por el mundo. Al haber encanecido su cabello de tanta angustia, lo encuentra en una pequeña choza en un bosque, pero el no está sorprendido. Al saber la verdad, Hans sufre un violento cambio hasta recuperar su forma humana.




jueves, 14 de octubre de 2010

BÚSQUEDA Y SENTIDO

Hay días, tiempos, espacios que son para la reflexión.

Algo buscamos, algo busco, un algo indefinible del que ni siquiera tengo la silueta, pero es un anhelo poderoso que traduzco en “Sentido” o “significado”, es el anhelo de llenar un vacío interior que parece no llenarse nunca, o bien de recuperar algo perdido hace eternidades, algo de lo cual solo conservo la sensación de ausencia.
Muchas veces me he preguntado cuál fue el inicio de esa sensación constante de insatisfacción, que se oculta tras los velos de mi memoria en una profundidad tal que me trasciende e impide el paso. Nunca halle respuesta por lo que elijo creer que antecede mi nacimiento, como una marca genética o ancestral, que ajena a mis pesares me empuja a buscar y buscar.
Cuando me pienso y me expreso paso del nosotros al yo una y otra vez, es que hacerme cargo de mi individualidad es también una pesada carga, repartir un poco tanta ineficiencia humana al menos me distiende la vergüenza y ese desagradable gusto a sinrazón que a veces encuentro en las experiencias que recorro. ¡Tantas veces el limite que traza la diferencia entre la masa y el yo es tan tenue y difuso! ¿Cuánto poseemos de generalidades rodeando esos matices peculiares que nos hacen únicos? Y al fin únicos ¿respecto de qué, o hasta dónde?
Lo cierto es que en nada ponemos tanto empeño como en marcar la distinción de un yo que a poco de prestarle atención descubrimos más desconocido que el vecino de abajo. Miles de “Yoes” ilusorios toman el mando de nuestra vida una y otra vez sin que siquiera nos demos cuenta, y a pesar de sus notorias diferencias insistimos en que es uno y siempre el mismo, como si reconocer su multiplicidad nos arrojase a un caos insalvable.
Querer penetrar en nuestro interior en busca de ese Ser real que supuestamente somos nos sumerge en el más intrincado viaje a lo desconocido, donde a poco de dar el primer paso ya nos damos de bruces con las primeras contradicciones, miserias, miedos, secretos, torpezas, pulsiones encontradas con ideas, deseos negados, huellas de múltiples heridas trazadas día a día durante años, constructores de temperamento, de defensas, de modelos, de eso al fin que llamamos “personalidad”, muro que impide que lleguemos a ser personas quedando más fascinadas por la máscara creada que por la esencia real.
Y llegados a ese punto por suerte contamos con recursos varios como el salvador psicoanálisis dándonos como respuesta que el origen de tanto espanto es el bochornoso papel que jugaron nuestros papis en esos tiernos comienzos, con colaboración por cierto de algún vecino, maestro, pariente..., y por supuesto nuestra natural estupidez que nos llevó a interpretar todo de modo equívoco enredándonos en un sinfín de malentendidos y mecanismos patológicos.
Y así ya interpretados, espantados al descubrir el incesto oculto, nuestra esquizofrenia latente, los deseos reprimidos de asesinos no asumidos, y perdonados de la neurosis inevitable y normal por el terapeuta y de los pecados por el cura, marchamos orondos e ignorantes sin solucionar nada pero justificados con consenso.
Y con esto no reniego del psicoanálisis real y honesto que vale como camino hacia una mejor integración, reniego del manipuleo mediocre que en su nombre se realiza y al que tantos estamos sometidos al menos una vez en la vida. Y por si no nos resulta suficiente contamos también con la confesión donde basta narrar los pecados para quedar exentos de pecado y error, o con la New Age que nos amplia el panorama introduciendo Karma, ángeles y planos sutiles que nos enseñan la vía para dejar de ser pobres idiotas, y, llevados por los seres y fuerzas superiores basta con meditaciones, ayunos y cánticos, alguna que otra acción de gracia, vida ascética y vegetariana para transformarnos en cuasi elegidos...
Es cierto que marchar por senderos más abruptos y escasamente transitados como el del autoconocimiento nos envuelve con un sabor a soledad que arde en la piel y hiende los músculos, sobre todo el cardiaco que añora amuchamiento, caricias, mimos varios y menos ruido craneal. Y encima es imposible asegurar que estemos marchando hacia una verdad o siquiera por el rumbo correcto, mas bien al comenzar (y en verdad, mal que me pese, durante todo el trayecto), es la Duda lo que nos acompaña y una constante incertidumbre solo silenciada en esos momentos en que la plenitud y la claridad nos embargan de una paz inexplicable e intransferible, que sirve a la postre de motor para no interrumpir el paso.
Es tanto mas sencillo dejarse de joder y compilar explicaciones varias para cada actitud, situación, vivencia. Mas cuando estamos rodeados de almas dispuestas a darnos al razón y confraternizar sintiéndose uno con nosotros, o al menos lo suficientemente semejantes como para disculparnos, (o culparnos), según el criterio subjetivo y heredado que posean.
Pero..., porque en la vida hay mas “peros” que otras cosas, vaya a saber Dios o quien sea por qué mi alma terca se empeña en empujarme a ese laberinto sin hilo de Ariadna donde supuestamente se esconde mi Yo verdadero o al menos más cierto. Ese Si mismo misterioso que grita por ser rescatado, con un grito silencioso, o en alguna frecuencia que mi oído no alcanza, ya que mas que oírlo siento el fastidio de su llamado. Vanos han sido y son mis esfuerzos por evitarlo, una y otra vez me veo mirándome y lo que es peor: viéndome, con una crudeza fastidiosa que impide el ingreso de disculpas simplistas, racionales o esotéricas, religiosas, psicológicas o filosóficas. Allí, delante de mi, se presentan mis sombras reclamando bautismo y espacio hasta tanto no encuentre como convertirlas en aliadas a ese otro aspecto que también soy y elijo llamarlo luminoso más que nada por que me agrada.
Con todo esto no pretendo decir que ya he superado las dificultades, digo que lo intento y en el mientras claro que me justifico, me disculpo, me consuelo, me reto, me evado, casi de continuo, lo que nunca conseguí es hacerlo sin darme cuenta. Y menos, mucho menos que esos ratitos de autoengaño me dejen conforme por largo tiempo.

De chica creía que era tres, la que creía ser, el duende fastidioso que constantemente me confrontaba conmigo misma haciéndome saber lo que quería ignorar, ver lo que esquivaba y cargar me gustase o no con lo que era, y el demonio travieso, (a veces terrible) que me arrojaba ciega a las situaciones mas jodidas, cruzando los aullantes ¡no! de alerta del duende, hasta que atrapada en la tela que yo misma, o a veces otros, había tejido, ya sin salida, el maldito demonio se echaba a reír mientras mi supuesto YO único se debatía en intentos de resolver el lío o al menos de hallarle salida.
Crecer trae aparejado junto a lo bueno aspectos menos gozosos como por ejemplo la posibilidad de darme cuenta que la cuenta de tres me quedaba chica, además de mi trilogía personal y poderosa me descubrí habitada por unas cuantas Anas que a su tiempo se hacían cargo de la historia llevándome de aquí para allá. Expertas en desconcertarme tienen la habilidad de presentarse repentinamente desplazando en un gesto la Yo que viene llevando el mando para luego retirarse tan de imprevisto como llegan, esperando confiadas en que alguna otra se haga cargo, y como si eso no fuese ya lío suficiente otras tantísimas veces les viene la ocurrencia de llegar con rostros de otros y confundirme seriamente, hasta que logro darme cuenta que ellos soy yo y ahí comienza la ardua tarea, generalmente poco divertida, de recuperar en mi lo que dibuje en el otro. En ese mientras tanto paso por cierto por odios, amores, temores, rechazos, en fin todo eso que hace que los vínculos sean posibles.
Irremediablemente la vida personal esta tejida en tramas compartidas, perderse en hilo ajenos y reencontrarse lo suficiente, como para tomando cierta distancia conocer el rostro de enfrente, es quizás la tarea más difícil que nos toca, pero enmarañarnos sin distinción es la peor de las condenas que puede sufrir un ser humano: ¡la condena de no saberse jamás!

Bueno creo yo que es lo peor, no sé bien por qué lo creo, muchos (no todos) de los que me rodean no parecen preocupados al respecto, más bien los veo convencidos de saberse bien, lo que les permite andar desparramando culpas, disculparse y hasta jactarse de su mucha o poca lucidez y sapiencia.
Quizás simplemente como dice mi madre soy una jodida que todo lo complico, es posible, solo que a pesar de mis intentos no encuentro modo de simplificarme, muchas veces fantasee con aniquilar al Duende, ¡que serenidad si se dignara callar!, pero me parece que le tengo cariño, al fin y al cabo él me conduce al abismo pero también me abre la puerta del paraíso de tanto en tanto. Y además... es tan opaco el color de los durmientes que prefiero la furia de mis tonos aunque ella implique esta locura compañera que es mi sino y mi esencia. Definitivamente elijo la intensidad de vivencias, los torbellinos de pasión y espanto, el dolor que desgarra hasta las vísceras y el amor que invade cada poro. Hasta elijo la anodina sensación de vacuidad, la rutina pesada y absurda, la desolación de no hallar ideales, sentido, motivación, el fastidio irritante que me acompañan en ciertos períodos de la vida, porque todo eso hace a este camino que elegí de buscar y buscar aunque no sepa qué, aunque ignore dónde y para qué, y cómo es.

© Ana Cuevas Unamuno




martes, 12 de octubre de 2010

La Palabra

Hace ya varios años me llegó este cuento, y me resultó muy bueno por lo mucho que nos dice sobre nuestros "deseos"...
Busque a su autor con "Sangoogle" perome dio diversos seudónimos autorales y ningún nombre concreto, quizás no sea yo lo suficientemente experta, por tanto lo comparto esperando que su autor no se ofenda y que si le place me diga su nombre.


- ¿Qué pretendes a cambio de tu alma? - Preguntó Astaroth al ciego Benitez.
- Quiero conocer La Palabra.
La sospecha de una sonrisa asomó en la comisura de las fauces de Astaroth.
- Insensato... La Palabra es demasiado poderosa para un mendigo como tú... con un guiño de mi ojo puedo devolverte la vista.
- Insensato sería desperdiciar la oportunidad que me brindas... ¿Qué gano con ver todo aquello que nunca tendré? La Palabra me hará poderoso como un dios, ¿verdad?
- Y más también. En La Palabra está oculto el significado de la vida, la artimaña exacta para embaucar a la muerte. Te enterarás de todos los misterios y secretos del universo, los meandros del infierno y los presbiterios del Paraíso serán tu patio de juegos.
- Todas las mujeres que han despreciado mis acercamientos románticos se rendirán a mis pies, serán mis esclavas. Todos y cada uno de los hombres que me han humillado sucumbirán bajo mi puño irascible y sufrirán con mi venganza. Las riquezas del planeta inundarán mis cofres.
- Si insistes - Suspiró Astaroth
- Insisto. Mi alma vale más que el simple funcionamiento de un par de ojos.
- Detrás de esa puerta hallarás La Palabra.
Mientras Astaroth desaparecía en una nube de Azufre, el ciego Benítez abrió la puerta y entró al recinto, tanteando, en su propia oscuridad. Su corazón dio un respingo cuando sus manos alcanzaron el pergamino púrpura en el que estaba escrita La Palabra, en todos los idiomas, lenguajes, dialectos, germanías y jeringozas conocidas por el hombre, y en todas las combinaciones posibles de lenguajes y mutaciones transculturales en potencia.
Incluso había sido escrita en el idioma de los pájaros y el rugido de las fieras.
El grito de horror del ciego Benítez traspasó el cuarto, antesala y pasillos del averno hasta llegar a la sonrisa satisfecha de Astaroth, que guardaba el contrato en un cajón de su escritorio tapizado de piel humana.
Por falta de espacio en el pergamino, La Palabra no había sido escrita en braile....





domingo, 10 de octubre de 2010

miércoles, 6 de octubre de 2010

Cuento de Hadas Argentino: Don Segismundo cara de loro

                                      Don Segismundo Cara de Loro

Don Segismundo Cara de Loro, era un gaucho pendenciero que habitaba los confines de la Pampa, muy cerca del río Negro.

Tenía fama de perverso y según aseguraban, no había animal que se atreviera acercarse a su rancho que no fuera muerto por el sanguinario ser humano.

Una noche, cansados de tanta persecución, se reunieron en asamblea los seres del desierto y resolvieron darle un castigo ejemplar a tan despiadado personaje.

A la cita acudieron todas las especies, no faltando ni el temible puma o león americano, el gato montés, la vizcacha, el ñandú, el chimango, la mulita, ni mucho menos otras razas como las perdices, el guanaco, los chorlitos, el tatú carreta , el tucutucu, los patos silvestres, el bullicioso chajá , la comadreja, y un sinfín de animales que pueblan esas dilatadas llanuras.

Luego de un largo cambio de ideas, el puma propuso llamar al seno de la gran asamblea al Espíritu Protector de la Pampa, maravilloso ser poseedor de grandes virtudes, y que siempre que solicitaban su presencia sus súbditos de la pradera surgía de la tierra a continuación de un estremecimiento, como si se tratara de un terremoto.

- ¡Aquí estoy, mis amigos! -dijo el fantástico personaje.

- Te hemos llamado -contestó el puma- para que nos ayudes a luchar contra el temible gaucho Segismundo Cara de Loro que nos persigue a muerte hasta en los más lejanos rincones de nuestra tierra.

- Nada más fácil -respondió el Espíritu Protector.- Entre vosotros se halla el animal que os hará justicia, molestando en tal forma a vuestro enemigo que lo ahuyentará de estas tranquilas regiones.

- Y... ¿quién es? -preguntaron a coro los cientos de animales.

- ¡Tú! -dijo el Espíritu, señalando al diminuto mosquito.

Todos los irracionales miraron al Protector con ojos incrédulos.

- ¿Cómo puede ser? ¡El mosquito es muy pequeño e inofensivo! -exclamó el teruteru en una carcajada.

- ¡Imposible! -gritó el orgulloso puma.

- ¡Iríamos al fracaso! -dijo desde lejos el chimango batiendo alegremente sus alas.

El Espíritu Protector los dejó hablar y ordenando silencio, respondió:

- ¡Habéis de saber, mis queridos súbditos, que no existe enemigo pequeño; desgraciado de aquél que, por ser más grande y poderoso se crea invulnerable a los ataques de los más débiles! ¡Tú, mosquito, iniciarás desde mañana la batalla y molestarás en tal forma al malo de don Segismundo Cara de Loro, que acabará por humillarse vencido!

Al siguiente día, el zumbador y diminuto mosquito comenzó su faena, picando por la noche al perverso gaucho tan despiadadamente que no lo dejó dormir. El hombre se defendía a manotadas y golpes, que siempre caían en el vacío o en la misma cara del criminal, dada la agilidad prodigiosa de su atacante.

Así continuó el mosquito la lucha sin tregua, noche tras noche y día tras día, durante más de tres semanas, siempre zumbador y molesto, picando al gaucho don Segismundo en cuanta parte presentara digna de chuparle la sangre.

El malvado Cara de Loro, ya no dormía y había perdido su tranquilidad, de tal manera que ni comer podía y, así, poco a poco, se fue quedando tan delgado, que se le podían contar los huesos de su cuerpo arrugado y enrojecido.

El mosquito no abandonaba la batalla y proseguía clavándole su aguijón sin escuchar los gritos de loco de don Segismundo que, una noche, enfurecido por la maldita persecución, se dio tal golpe con un hierro en su ansia de matar al díptero, que se partió la frente, cayendo muerto dentro de su miserable rancho.

El insecto había vencido, con paciencia y habilidad, a tan desproporcionado adversario.

El Espíritu Protector, horas después, reunió de nuevo a la pintoresca asamblea de animales y presentando al héroe, les dijo sentenciosamente:

- ¡Ya veis, mis queridos súbditos! ¡El mosquito ha vencido y ha hecho lo que no pudieron hacer ni las garras del puma ni el pico de las águilas! Esto os enseñará a saber respetar al débil y a recordar siempre que en este mundo no existe enemigo pequeño.

martes, 5 de octubre de 2010

Lo fundamental y lo accesorio

        UNA HISTORIA SUFI PARA PENSAR EN NUESTRAS PROPIAS DISTRACCIONES…..

Un hombre se perdió en el desierto. Al cabo de unos días ya punto de morir de sed, vio que una caravana se acercaba. Como pudo, llamó la atención de los viajeros, que presurosos se dirigieron hacia el necesitado. Éste, con un hilo de voz apenas pudo decir:

-Aaaguaa.

-Pobre hombre, parece que quiere agua, rápido, traigan un pellejo -reclamó uno que parecía el jefe.

-Un pellejo no, por Dios -interpeló otro-, no tiene fuerzas para beber en un pellejo, ¿no se dan cuenta? Traíganos una botella y un vaso para que pueda hacerlo cómodamente.

-¿Un vaso de cristal? ¿Estás loco o qué te pasa? -protestó otro de los presentes-. ¿No ves que lo cogerá con tanta ansia que puede romperlo y dañarse? ¡Traigamos un cuenco de madera!

-Aaaguaa... susurró el moribundo.

-Creo que ustedes se han vuelto locos -agregó un cuarto hombre-. ¿Es que acaso no recuerdan que tenemos un vino excelente? Siempre lo reanimará más un buen vaso de vino que el agua. ¡Traigamos el vino!

-Beebeeer -imploró el sediento con sus últimas fuerzas.

-Seguro que el desierto los ha hecho perder el juicio. ¿Cómo vamos a darle vino sin saber si este hombre es musulmán? ¡Estaríamos obligándolo a cometer un gran pecado! Preguntémosle antes si es religioso -solicitó otro hombre de aspecto bondadoso.

-Pero ¿es que de verdad piensan darle de beber aquí a pleno sol? Antes tenemos que ponerlo a la sombra; yo tengo ciertos conocimientos de medicina y les digo que este hombre está ardiendo de fiebre y agotado. Llevémoslo a la caravana y pongámoslo en una cama -intervino otro de los presentes.

A los mercaderes no les dio tiempo a discutir más, aquel hombre acababa de fallecer en sus brazos.

 

lunes, 4 de octubre de 2010

Veremos Veremos, después lo sabremos…

 

Cuando una  cree que las cosas están en orden, ¡záz! viene un inesperado viento de cambio, el orden se hace caos y quedamos girando en confusiones mientras los pies buscan suelo firme y las manos tantean para poder sujetarse. En este estado de cosas, hablando con una amiga, retornó a nosotras la vieja frase “Veremos veremos después lo sabremos…” del juego de prendas que jugábamos de pequeñas. Ya saben, ese juego en el que el que se iba a Berlín (nunca supe porqué a Berlín, quizás porque quedaba lejos desde nuestra latinoamericana mirada) debía adivinar quién había elegido la “prenda”, si no adivinaba debía llevarla a cabo, si adivinaba quien tenía que hacerla era el que la había elegido.

Nada más recordar la frase nos pusimos a buscar el origen, pues bien del origen no encontramos nada, parece ser que como tantos otros juegos se remonta al tiempo perdido en la memoria, pero otra pregunta nos sacudió: Estamos en un sitio, fuimos a parar a “Berlín” (léase a otro sitio), se nos presenta una prenda (¿prueba?, ¿desafío?, ¿problema?, ¿oportunidad?….) y el punto es descubrir ¿Qué o Quién la imagino?

Ustedes dirán ¿qué tiene que ver un juego con los cambios bruscos? Hoy siento que ¡Todo!

¿Por qué? 

Porque La vida misma es un gran juego, en el que el problema muchas veces es no poder descubrir quién puso la “prenda”, entonces perdemos y debemos llevarla a cabo. Puede que sea nuestro inconsciente, nuestro “plan previo de vida”, la casualidad o la causalidad, el microcosmos, o el macrocosmos, el vecino o el país, o…. ¡da igual! El punto es descubrirlo para saber a qué o quién reclamar que se haga cargo o cuanto menos que nos oriente ¿no?

Bueno en esto de buscar en la memoria olvidadiza estábamos y gracias al nuevo libro gordo de Google nos encontramos este cuento que haciendo uso de tan sabias y antiguas frases construye una de esas historias que bien pueden ser la nuestra. Para broche los dejo con el cuento y la duda…..

El sapo de río y la caracola de mar

un cuento de Samy Bayala[1]

En el lugar más lindo del mapa había un río.

Un río que corría feliz entre las piedras; un río azul o celeste y a veces verde.

Nunca se sabía de qué color iba a estar el río al día siguiente, ni siquiera se podía saber a ciencia cierta de qué color iba a estar dentro de dos horas; porque eso dependía del sol y el sol es un poco caprichoso.

A veces iluminaba las aguas más de un lado que del otro y a veces más del otro que de éste, entonces el río parecía un tigre lleno de rayas de diferentes colores, que se estiraban para todos lados.

En el río azul, celeste o verde (como más les guste) vivía un sapo que de tantos años de vivir en el mismo lugar, se había hecho amigo de casi todos sus vecinos.

Entre ellos estaban las tres hormigas Negra, Negrusa y Negrona (que habían hecho su casa abajo de una planta grande); la lagartija Juana (a la que una vez alguien le cortó la cola pero que por suerte le volvió a crecer después que la puso en remojo) y algunos pájaros que cantaban mientras el agua azul, celeste y verde corría hacia quién sabe dónde.

Una tarde el sapo se había subido a un tronco que flotaba en el agua y cantaba feliz, porque había llegado la primavera.

-Las mariposas vuelan, el sol se levanta alegre,

los pajaritos cantan, la lluvia así se espanta...

Tan distraído estaba con su canción que no se dio cuenta que el río corría como siempre y el tronco corría también.

-Los gusanitos bailan, las flores se despiertan

los pececitos saltan, la lluvia así se espanta...

De pronto, al pasar cerca de unas piedras que formaban una cascada, el río tomó mucha velocidad y el sapo asustado dejó de cantar y se agarró fuerte de la única rama que tenía el tronco.

-¡Ay! ¡Aya ayaaaa! -comenzó a gritar.

Pero nadie lo oía porque él ya estaba muy lejos de su casa.

Un gigante enorme lo envolvió entre sus brazos y en menos que canta un gallo, lo tiró muy lejos.

Sapo de Río cerró los ojos bien fuerte porque no quería ver y plín, purupúm, plón, cayó sobre la tierra dando un fuerte golpe.

Mientras el sapo veía todas las estrellas del cielo juntas oyó una voz a sus espaldas.

-¿Pero qué es esto que ven mis ojos?

-¡Por favor, por favor señor gigante no me coma! Mire que soy tan chiquito que no le voy a servir para nada -dijo el sapo sin abrir ni un poco así los ojos.

-Pero yo no te voy a comer porque no como sapos y además ¿de qué gigante estás hablando? Yo no veo ninguno cerca -dijo la voz.

El sapito tomó coraje y espió un poco para ver qué pasaba.

Estaba sentado sobre un montón de arena y frente a él bailaban dos palmeras al ritmo del viento.

Entonces se animó y abrió los ojos del todo para mirar mejor.

La que hablaba era una caracola, y al sapo le pareció muy hermosa; su cuerpo era de un color rosa suave, tan suave que parecía transparente y sus ojos brillaban como dos piedras lustradas.

-Yo soy Caracola de Mar, ¿y vos?

-Yo soy Sapo de Río para lo que guste mandar -dijo el sapo que al fin de cuentas era un caballero.

De pronto el sapo recordó cómo había llegado hasta ese lugar.

-¿Y el gigante adónde se escondió?

-¡Y dale con el gigante! ¿Pero de qué gigante hablás?

-Hablo de ese que me agarró por atrás sin darme tiempo a nada, parecía todo de agua y con brazos de espuma.

La caracola empezó a reír y su risa parecía una campanita.

Con su voz dulce, le contó a Sapo de Río que estaban en la orilla del mar y que seguro una ola traviesa lo había empujado hasta tirarlo sobre la arena.

Durante el resto del día, la caracola y el sapo charlaron sin parar.

Al sapo le costaba entender que por haber navegado y navegado sobre un río había llegado al mar, pero la caracola miraba a lo lejos y repetía:

-Todos los ríos van al mar...

Entonces él, para no llevar la contra, decía:

-Es verdad... -y dejaba escapar un suspiro para que su respuesta pareciera más interesante.

Después de un rato de caminar y charlar, la caracola le dijo al sapito que por qué no se quedaba unos días y el sapo pensó que unas vacaciones no le hacen mal a nadie, entonces aceptó la invitación.

Al día siguiente, mientras paseaban por la playa, la caracola le presentó algunos amigos.

Así fue como Sapo de Río conoció a la Señora Roca de Arena que se deshacía de amor por el viento; a la estrellita de mar Miricundis, que venía de una familia muy refinada y a los hermanos Tolomeo y Cucusleto, que eran hipocampos o para hacerla más fácil, caballitos de mar.

A Sapo de Río le causaba mucha risa hablar con ellos, porque ante cualquier pregunta contestaban a coro:

-Veremos, veremos, después lo sabremos.

Entonces el sapo, a propósito, se la pasaba pregunta que te pregunta.

-Hoy el sol ¿saldrá por la derecha o por la izquierda?

-Veremos, veremos, después lo sabremos...

-¿La lluvia caerá de arriba para abajo o de abajo para arriba?

-Veremos, veremos, después lo sabremos...

Y así Sapo de Río y Caracola de Mar se reían a carcajadas.

Pero un día pasó lo que en algún momento tenía que pasar.

El sol no salió ni por la derecha ni por la izquierda, ni de arriba para abajo ni de abajo para arriba.

Entonces el cielo se puso gris, la arena más húmeda que nunca y el viento resopló sin parar.

Después, con un solo relámpago y sin pedir permiso, apareció la lluvia.

Sapo de Río y Caracola de Mar se refugiaron atrás de una piedra grande y pusieron sobre sus cabezas una hoja de palmera que habían encontrado en la playa.

Algo raro pasaba, porque ninguno de los dos hablaba; parecía que el viento se había llevado todas las palabras muy lejos.

De pronto el sapo sintió unas cosquillas en su pecho, cerca del corazón, y sin pensarlo dos veces empezó a tararear:

-Las mariposas vuelan, el sol se levanta alegre,

los pajaritos cantan, la lluvia así se espanta...

Pero no pudo seguir cantando porque un nudito le apretaba la garganta. Para disimular dejó escapar un suspiro.

-Ah... qué será de mis amigas Negra, Negrusa y Negrona. ¿Habrán terminado por fin su casa?.

-Parece que va a seguir lloviendo -contestó la caracola mirando cómo el mar y el cielo se abrazaban.

-Ah... -volvió a decir el sapo-. ¿Cómo estará la lagartija Juana? ¿Le habrá crecido la cola lo suficiente?

-Tal vez salga el arco iris... -dijo la caracola-. Me encanta el arco iris...

-Ah -suspiró más fuerte el sapo-. ¿De qué color estará hoy mi río, azul, celeste o verde?

Esta vez la caracola no pudo responder porque las palabras se le habían hecho un ovillo adentro de la boca.

Los que saben dicen que cuando llueve el mar se pone triste y contagia su tristeza al que lo mira.

¿Sería por eso que la caracola tenía ganas de llorar?

Después de uno o dos días, la lluvia se fue sin hacer ruido y Sapo de Río decidió que ya era hora de volver a su casa.

A la caracola le costó un poco entender esta decisión, pero lo pensó y se dió cuenta que extrañar es una cosa seria, así que fue ella misma la que habló con la Ballena Tita, para que llevara al sapito de regreso a su casa.

El día de la partida, todos estaban en la playa.

La estrella de Mar Miricundis agitaba en el aire un pañuelo blanco con puntilla de algas.

La señora Roca de Arena hacía fuerza para no soltar ni una lágrima porque a ella las despedidas la hacían llorar y si lloraba se deshacía y si se deshacía estaba lista.

Y los hermanos Tolomeo y Cucusleto que casi llegan tarde porque la corriente los empujaba para otro lado.

-Bueno llegó la hora de irme -dijo Sapo de Río.

-Te voy a extrañar -dijo la caracola poniéndose colorada.

-Yo también te voy a extrañar, espero que algún día puedas conocer mi río; no sabés lo lindo que es, con flores en la orilla y muchos árboles alrededor.

La Ballena Tita hizo sonar el silbato que anunciaba la partida.

-Bueno, adiós -dijo el sapo.

-¡Adiós y buen viaje! -dijo la caracola agitando su manito en el aire.

Plif, ploff, plaff, la ballena se fue hacia las aguas profundas, con el Sapo de Río a cuestas.

-¿Nos volveremos a ver? -alcanzó a preguntar el sapo mientras la ballena nadaba entre las olas.

-Veremos, veremos, después lo sabremos -gritaron Tolomeo y Cucusleto.

Entonces todos se rieron a carcajadas, y el mar se puso contento porque, dicen los que saben, que la felicidad también es contagiosa.


[1] Samy Bayala nació en 1967 en la ciudad de Buenos Aires, Argentina. Escribe sobre literatura infantil en diarios y revistas, y coordina talleres de lectura y escritura. Estudia la carrera de Intérprete de Lengua de Señas, para comunicarse y poder intercambiar experiencias con las personas sordas, especialmente con los niños, que utilicen el lenguaje de las señas como lengua natural. Su primer libro de cuentos fue Rayo de Luna… Claro de Sol. Con Cuando los sapos se enamoran obtuvo una Mención de Honor en el Concurso Internacional de Literatura Infantil “Julio C. Coba” 1999, en Quito, Ecuador.

 

domingo, 3 de octubre de 2010

Interpretando los símbolos

                                 ¡Una interesante historia sufi que vivimos cada día!

Una vez un monje mendicante llegó a un monasterio en busca de alojamiento. Según la tradición lo normal era entablar con el recién llegado un debate sobre distintos aspectos de la enseñanza budista en el que se ponía a prueba tanto al huésped como a los monjes del cenobio. Pero aquel día todos estaban muy cansados, así que el abad decidió que el debate corriera a cargo de un monje que, además de tuerto, tenía pocas luces.

El abad decidió aconsejarlo:

-Como no tienes mucho conocimiento ni facilidad de palabra, procura que el debate se haga en silencio, y además intenta que sea lo más corto posible.

A la mañana siguiente, el abad se encontró con el visitante, que ya partía.

-¿Qué tal fue el debate? -preguntó.

-Puedes sentirte satisfecho de tus monjes, él dijo ser el más torpe de todos, pero confieso que me derrotó claramente por su elevada comprensión del budismo.

-Cuéntame cómo fue el diálogo -rogó el abad.

-Para empezar, yo levanté un dedo, queriendo expresar al Buda. Él contestó levantando dos dedos, haciéndome ver que una cosa era el Buda y otra sus enseñanzas. Yo entonces levanté tres dedos, indicando al Buda, su enseñanza y sus monjes. Pero a continuación él lanzó un puño contra mi cara haciéndome entender que todo parte de una comprensión única y definitiva. No supe qué contestar, así que, derrotado, me marcho de tu monasterio.

Instantes después apareció el monje tuerto, y el abad le pidió el relato de lo ocurrido en el debate.

-Ese hombre era un maleducado, empezó levantando un dedo recordándome que yo tenía solo un ojo; yo fui benevolente y levanté los dos dedos en señal de que él afortunadamente tenía los dos ojos, pero insistió en el insulto al levantar los tres dedos mostrando que entré él y yo teníamos tres ojos, así que le di un puñetazo. Entonces se levantó y se dio la vuelta sin decir nada.

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viernes, 1 de octubre de 2010

El agujero en la manga

                                    Cuento Anónimo suizo

El muchacho de quien hemos de contar ahora tenía un gran agujero en la manga. Esto le daba tanta vergüenza, que en la escuela no le era posible prestar en absoluto atención a las explicaciones del maestro.

Su madre no podía remendárselo; trabajaba en casa de gente extraña.

En su apuro se dirigió el chiquillo a las muchachas y les dijo:

-¿Quién quiere zurcirme mi juboncillo?

Pero las muchachas, ocupadas en jugar al escondite, no tenían tiempo para ello.

Entonces se dirigió el muchacho a las mujeres y les dijo:

-¿Quién quiere zurcirme mi juboncillo?

Pero las mujeres tenían que lavar los platos, y así le contestaron.

-¡Vuelve mañana!

Pero el muchacho no se atrevió a ir de nuevo a la escuela con el agujero en la manga. Se ocultó detrás de la escuela, y se encaminó presuroso al bosque. Miró hacia el tierno follaje de primavera y preguntó al cielo azul:

-¿Quién me zurcirá mi juboncillo?

Entonces, ante sus narices, descendió una araña a lo largo de un hilo. El muchacho recordó, al verla, una cancioncilla que le habían enseñado en la escuela:

¡Oh araña de larga patita!

Es tu hilo como seda finita.

Ligero, añadió a la canción:

Zúrceme tú, araña, por favor

el agujero de mi jubón,

para que yo, ¡ay, pobre de mí!

pueda a la escuela hoy asistir.

La araña se deslizó por su hilo hasta el chiquillo y contempló con atención el gran agujero de la manga. Ágilmente corrió de un lado a otro y anudó, de arriba abajo, firmemente, los hilos. Luego corrió en círculo alrededor del agujero, cien veces quizás, y no cesó de enlazar hilo con hilo, hasta que todo el agujero quedó oculto por ellos, magníficamente entrelazados.

-¿Cuánto tiempo durará el zurcido? ­preguntó el chiquillo.

La araña no pudo darle ninguna respuesta; pero el cuclillo pasó volando sobre la cabeza del muchacho y cantó repetidamente:

-¡Cu-cú! ¡cu-cú! ¡cu-cú!

-¿Tres años? -exclamó gozoso el chiquillo-. ¡Qué alegre estoy!

Se encaminó presuroso a la escuela y llegó a tiempo para la lección.

¡Qué maravillosamente podía ahora atender! Ni una sola palabra del maestro se dejaba perder el chiquillo; pues, no teniendo ya ningún agujero en la manga, tampoco tenía ya por qué avergonzarse.