lunes, 14 de febrero de 2011

QUÉ BELLA LA BESTIA, QUÉ BESTIA LA BELLA.

Un Cuento de Ana Cuevas Unamuno

Siempre había sido prisionera de su belleza, como si fuese ella el único mérito que los demás le reconocían, su único sentido, su sino.

Tan bonita era que desde su nacimiento cargó con la obligación de mostrarse buena, educada, cortés, simpática, habilidosa y pura. Al punto de verse forzada a representar una adolescencia angelical, destacando simultáneamente su potencial sensual y su ingenuidad impuesta.

A los seis años, muerto su padre, su madre, urgida por la miseria, la llevó al primer concurso de belleza infantil del que salió reina y con un contrato por cinco años para modelar los diseños de una prestigiosa casa de Alta Costura.

Sus dos hermanas, condenadas por la vulgaridad de su apariencia, terminaron por detestarla acusándola de falsa, trivial, vacua... Las dos, sin otra opción, se abocaron al estudio a fin de destacarse en inteligencia, cultura y seriedad. La una como ingeniera, la otra como científica, cada una con su título enrostrándole la superficialidad de su vida, vida que por otro lado, aunque nadie lo decía, había brindado los recursos para que ellas estudiasen. Así las distancias cada vez mayores entre ellas se fueron trazando.

A los doce años Linda concluyó su contrato al mismo tiempo que la nueva pareja de su madre ingresaba a la familia y por decirlo de algún modo, la descubría.

Hernán, cineasta cincuentón, fiestero y farandulero viejo, supo nomás verla que tenía entre sus manos su nuevo manantial de la abundancia. Y fueron literalmente sus manos las que la modelaron convirtiéndola primero en la Lolita tonta que erguía miembros y vaciaba bolsillos, y más tarde en la modelo más sexy del panorama mundial.

Su madre, fascinada con el bienestar que el hacer de su pequeña le brindaba, consideró que ningún mal le hacía a la niña que el hombre experto de la familia y luego otros, la instruyeran en el delicado arte del gozo.

Mientras sus hermanas engordaban pariendo hijos y gastaban fortunas, que ella les proveía, en ocultar las arrugas de frustración y fatiga, Linda aprendió a ser la costilla complaciente que mantenía en alto el prestigio de los machos que la cercaban.

Aplausos. Premios. Fotos. Reportajes. Historias imaginadas para satisfacción del público, que ella nunca vivía, constituían su única realidad cotidiana.

Y mientras todos se regocijaban con su éxito, Linda ocultaba tras la sonrisa, la caldera de pasiones que la dominaban con más potencia de día en día amenazando con aniquilarla.

La fatalidad se entrometió de pronto de la mano de un potentado extranjero que encontrándola en una fiesta se enamoró irracional y perdidamente de ella.

Para este hombre las negativas no existían, la opción era ser suya o caer en la desgracia. Madre, padrastro, productores, jefes e incluso sus hermanas, temiendo perder su buen pasar y conscientes de lo efímero de la belleza en el tiempo, presionaron sin piedad. Linda cedió una vez más.

La boda fue un tramado de pactos. Él mantendría el status familiar y pagaría las indemnizaciones por el rompimiento de los contratos. Ella sería sólo de él y prometía nunca pretender un hijo. El motivo de esta última cláusula lo supo una vez que llegaron a su nueva residencia. Ahí, en el piso superior, vivía el único hijo de este hombre. Un joven agradable, en nada parecido a su padre, que a causa de genes defectuosos había nacido tullido y contrahecho. Se llamaba Zulm, que en árabe significa injusticia, no por compasión a su desgracia sino como expresión de la terrible decepción de su padre.

Zulm y Linda poco a poco fueron conociéndose, construyendo un vínculo en los períodos en que el hombre, por razones de trabajo, viajaba y los dejaba solos.

Zulm fue el primero que en vez de admirarla se condolió de ella y le preguntó qué sentía.

Zulm fue quien la llamó cariñosamente Zaar y le cambio así el destino. Zaar en árabe significa Venganza.

Un año más tarde Linda organizó una fiesta magnífica invitando a su familia, a ex compañeros de trabajo, a ex jefes y productores, a ex maestros en el arte del gozo. Nadie quedó fuera.

A las doce, como indica la tradición, invitó a todos los invitados a entrar en el gran salón. Les sirvió personalmente una copa de un misterioso elixir y sin que nadie lo notara se acercó a la única puerta. Desde allí, cuando las copas brillaban vacías y los rostros la observaban curiosos y expectantes, habló sin que la sonrisa tan obligada, tan estudiada, se borrase de su rostro angelical. A la primera palabra Zulm surgió de entre las sombras y le tomó la mano.

—Tengo dos grandes noticias para compartir con todos ustedes. La primera es que voy a tener un bebé... no, no se espanten, no es hijo de mi actual esposo, sino de su hijo, del hombre que amo — y señaló a Zulm parado a su lado que asintió serio, sin decir nada.

Exclamaciones, murmullos nerviosos, espantos e inicios de gestos se precipitaron, pero Linda los detuvo elevando la voz, al golpe de sus palabras

—La segunda noticia es contarles que Zulm es un gran investigador, un genio de la biología y la genética, cuyo primer gran descubrimiento he querido compartirlo con ustedes...

Un silencio aturdido, aterrado, rodeó el espacioso salón. Linda prosiguió sin inmutarse

—Tan simple. Tan dorado como vuestros sueños. Bebible con la misma liviandad con habéis bebido mi vida...

Cientos de copas cayeron estrellándose en el piso de negras y costosas baldosas de mármol.

—No teman, no es mortal, no por lo menos de modo instantáneo...Provoca pústulas purulentas, descames, quizás alguna atrofia, alguna debilidad de huesos..., pero por suerte en nada daña la conciencia, la deja lúcida hasta el final. Final que puede suceder en minutos, en una hora, un mes, un año, una década... Todavía no lo sabemos. Zulm ya trabaja en el antídoto y yo le estoy ayudando.

Linda salió seguida por Zulm, las puertas del gran salón se cerraron y hasta hoy nunca más se supo de ellos.