viernes, 28 de enero de 2011

Teología/3.

Del Libro de los Abrazos de Eduardo Galeano

Fe de erratas: donde el Antiguo Testamento dice lo que dice, debe decir lo que quizá me ha confesado su principal protagonista:
Lástima que Adán fuera tan bruto. Lástima que Eva fuera tan sorda. Y lástima que yo no supe hacerme entender.
Adán y Eva eran los primeros seres humanos que de mi mano nacían, y reconozco que tenían ciertos defectos de estructura, armado y terminación.
Ellos no estaban preparados para escuchar, ni para pensar. Y yo... bueno, quizá yo no estaba preparado para hablar. Antes de Adán y Eva, nunca había hablado con nadie. Yo había pronunciado bellas frases, como " Hágase la luz", pero siempre en soledad.
Así que aquella tarde, cuando me encontré con Adán y Eva a la hora de la brisa, no fui muy elocuente. Me faltaba práctica.
Lo primero que sentí fue asombro. Ellos acababan de robar la fruta del árbol prohibido, en el centro del Paraíso.
Adán había puesto cara de general que viene de entregar la espada y Eva miraba al suelo , como contando hormigas. Pero los dos estaban increíblemente jóvenes y bellos y radiantes.
Me sorprendieron. Yo los había hecho; pero yo no sabía que el barro podía ser luminoso.
Después, lo reconozco, sentí envidia. Como nadie puede darme órdenes, ignoro la dignidad de la desobediencia. Tampoco puedo conocer la osadía del amor, que exige dos. En homenaje al principio de autoridad, me aguanté las ganas de felicitarlos por haberse hecho súbitamente sabios en pasiones humanas.
Entonces, vinieron los equívocos. Ellos entendieron caída donde yo hablé de vuelo. Creyeron que un pecado merece castigo si es original. Dije que peca quien desama: entendieron que peca quien ama. Donde anuncié pradera de fiesta, entendieron valle de lágrimas. Dije que el dolor era la sal que deba
gustito a la aventura humana: entendieron que yo los estaba condenando al otorgarles la gloria de ser mortales y loquitos. Entendieron todo al revés.
Y se lo creyeron.
Últimamente ando con problemas de insomnio. Desde hace algunos milenios, me cuesta dormir. Y dormir me gusta, me gusta mucho, porque cuando duermo sueño. Entonces me hago amante o amanta, me quemo en el fuego fugaz de los amores de paso, soy cómico de la legua, pescador de alta mar o gitana
adivinadora de la suerte, del árbol prohibido devoro hasta las hojas y bebo y bailo hasta rodar por los suelos...
Cuando despierto, estoy solo. No tengo con quien jugar, porque los ángeles me toman tan en serio, ni tengo a quién desear. Estoy condenado a desearme a mi mismo. De estrella en estrella ando vagando, aburriéndome en el universo vacío. Me siento muy cansado, me siento muy solo. Yo estoy solo, yo soy
solo, solo por toda la eternidad.

martes, 25 de enero de 2011

Poema El Amenazado

de Jorge Luis Borges

Es el amor. Tendré que ocultarme o que huir.
Crecen los muros de su cárcel, como en un sueño atroz.
La hermosa máscara ha cambiado, pero como siempre es la única.
¿De qué me servirán mis talismanes: el ejercicio de las letras,
la vaga erudición, el aprendizaje de las palabras que usó el áspero Norte para cantar sus mares y sus espadas, la serena amistad, las galerías de la biblioteca, las cosas comunes,
los hábitos, el joven amor de mi madre, la sombra militar de mis muertos, la noche intemporal, el sabor del sueño?
Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo.
Ya el cántaro se quiebra sobre la fuente, ya el hombre se levanta a la voz del ave, ya se han oscurecido los que miran por las ventanas, pero la sombra no ha traído la paz.
Es, ya lo sé, el amor: la ansiedad y el alivio de oír tu voz, la espera y la memoria, el horror de vivir en lo sucesivo.
Es el amor con sus mitologías, con sus pequeñas magias inútiles.
Hay una esquina por la que no me atrevo a pasar.
Ya los ejércitos me cercan, las hordas.
(Esta habitación es irreal; ella no la ha visto.)
El nombre de una mujer me delata.
Me duele una mujer en todo el cuerpo.

Del libro:  El oro de los tigres (1972)

Por qué escribir (en tiempos de transición), por Gustavo H. Mayares

No recuerdo qué autor (sí que era inglés o británico), varios años atrás y ante la pregunta ¿por qué escribe?, respondió parafraseando el catecismo protestante:

    –¿Por qué creó Dios los cielos y la tierra?
    –Para glorificarse.

Las respuestas se pueden contar por decenas, centenares, millares, en realidad tantas como autor@s existen y sean consultad@s al respecto; sobre todo teniendo presente que un autor o autora que se precie tendrá siempre la pretensión -vana- de ser original. Pero, según creo, si habremos de responder por qué escribimos quienes lo hacemos, después de citar el gusto o el placer, el hábito, el no me queda otro remedio, tampoco tendremos más salida que reconocer: para contemplar nuestra obra y exclamar ¡guau, que soy bueno para ésto! Y ello repercute, seguramente, en nuestra vida social: nos querrán más, tal vez nos admiren, quizá nos glorifiquen, puede incluso que tengamos más éxito sexual.

Sin embargo, es preciso advertir que vivimos tiempos de transición. Como nunca antes, las herramientas electrónicas, digitales y virtuales, y la internet, permiten lo que algunos llaman “la democratización (aparentemente) sin límites del espacio cultural”. Mientras decenas de millones carecen de agua potable y/o de los alimentos básicos en América Latina, África y Asia -particularmente-, también es cierto que otros millones pueden acceder -si así lo desean- a los bienes culturales que antes les eran inaccesibles o vedados, sólo con poseer un ordenador, un teléfono celular o un iPad y acceso a la red.

Pero lo más interesante en lo que hace al “espacio cultural” que ha abierto un sendero sobre ese terreno, es que millares (millones) de productores culturales utilizan cotidianamente ese mismo terreno, esas mismas herramientas, para hacerlo propio. Para el caso, si antes l@s escritor@s necesitaban de una editorial o una imprenta para divulgar su obra, hoy -si así lo quiere- no hacen falta más que unos mínimos conocimientos específicos y/o un blog para hacerla conocer casi universalmente y apenas en minutos. (Igual cabe para pintores, filósofos, periodistas, dibujantes, caricaturistas, músicos, compositores, etc.) Y casi gratis. En este sentido, el e-book o libro electrónicos se ha convertido en el paradigma.

Tiempos de transición, decíamos.

A fines de 2010, durante la última edición de la FIL de Guadalajara, la polémica se reabrió luego de que la mayoría de los opinólogos la diera por cerrada: el cineasta y escritor Fernando Vallejo aseguró públicamente que el libro electrónico “mata” (literalmente) al tradicional de papel. Cuando autor@s, industria editorial y periodismo especializado aventuraban la convivencia pacífica y hasta conveniente entre uno y otro, lo nuevo y lo tradicional, el autor de origen colombiano pateó el tablero y plantó la incertidumbre: el libro tradicional morirá, dijo, porque el autor fenecerá con él… Y todo por culpa del libro electrónico.

“¿Qué va a ser del libro? -se preguntó en medio de una mesa debate de la FIL-. Pues que su versión virtual, digital, lo va a acabar. Y no porque podamos pasar a un libro electrónico, con un clic, bibliotecas enteras sin pagar, que eso sería lo bueno, sino porque los libros electrónicos se pueden manipular, y al poderles cambiar uno la tipografía también les puede cambiar el texto, y eso es gravísimo. Por ahí va a empezar el acabose. ¿Se imaginan cuando a la canalla de internet le dé por poner en un libro ajeno y firmado por otro las calumnias y miserias propias y lo echen a andar por el mundo? ¿Qué va a ser del autor?”

Lo verdaderamente interesante del problema –tal y como lo plantea Vallejo- es que (más allá de que los e-books se puedan encriptar), las nuevas tecnologías permiten que el lector presente o futuro pueda intervenir una obra: darle otra dimensión, reescribirla y, por ende, ofrecer otra lectura, más allá de que cada una es única y por lo tanto recrea la obra en cada lector. Si así fuere, si en un futuro no tan lejano cada lector -o muchos de ellos- intervienen la obra primigenia, lo que se avecina puede considerarse aterrador -como le ocurre a Vallejo- o maravilloso para la literatura como un todo. Aunque como autor pueda generar cierto vértigo.

Puede vislumbrarse, entonces, que bajo un efecto matemático e incluso geométrico, ganaríamos cientos, miles, millones de obras literarias a partir de una primera, lo que a priori aparece como fascinante. No sólo no cesa, sino que la literatura (a pesar de su autor primigenio, pronto anónimo como todos los sucesivos) crece y se multiplica, genera y es generada continuamente, cual organismo vivo, autoreproductivo…

Así queda planteada la emergencia de un nuevo tipo autor: colectivo, anónimo, proveniente de la interacción entre la obra, su autor y sus lectores-autores, donde el escritor clásico, tal como lo conocemos hoy, ya no tendrá otro papel que el de motor inicial de una obra que pronto, gracias a aquella intervención, le será vritualmente ajena e insondable, casi inverosímil.

Pienso en Borges y en Pierre Menard, autor del Quijote: “No quería componer otro Quijote -lo cual es fácil- sino «el» Quijote. Inútil agregar que no encaró nunca una transcripción mecánica del original; no se proponía copiarlo. Su admirable ambición era producir unas páginas que coincidieran -palabra por palabra y línea por línea- con las de Miguel de Cervantes”. Era el mismo Quijote y sin embargo era otro…

No obstante, a pesar de todo, la transición recién ha comenzado y l@s autor@s siguen respondiendo (en el diario argentino La Nación) a aquella vieja pregunta: ¿por qué escribe?, tratando de parecer -vaga o vanamente- originales:

Héctor Abad Faciolince

    Porque mi cerebro se comunica mejor con mis manos que con la lengua. Porque me odio menos escribiendo que hablando. Por un ameno vicio solitario.

John Banville

    Escribo porque no sé escribir. Un periodista le preguntó a Gore Vidal por qué había escrito Myra Breckinridge , a lo que contestó: “´Porque no estaba ahí”´. Fue una buena respuesta. Poner algo nuevo en el mundo es un privilegio que no se le concede a mucha gente.

Felipe Benítez Reyes

    No sé por qué escribo, ni tampoco tengo demasiado interés en saberlo. En este caso, me preocupa más el cómo que el porqué. La pregunta me parece ociosa, de modo que cualquier respuesta posible no pasaría de ser una pirueta truculenta en el vacío. Aunque -quién sabe- a lo mejor escribe uno para eso: para obtener respuestas sin el requisito de una pregunta previa y, sobre todo, para ensayar piruetas truculentas en el vacío, que es un territorio literario bastante fértil.

John Boyne

    Escribo porque las historias entran en mi mente y me niego a irme hasta que no escribo 26 letras en el teclado y las envío a una pantalla ante mis ojos. Escribo por Charles Dickens. Y por George Orwell. Y John Irving. Y Colm Tóibín. Escribo porque me encanta la sensación de tener un libro en mis manos y un libro en mi cabeza. Escribo porque me encantan las palabras. Escribo porque leo. Escribo porque siempre quiero saber qué ocurrirá a continuación.

José Manuel Caballero Bonald

    Empecé a escribir porque quería parecerme a Espronceda. Un día encontré en mi casa familiar una biografía del poeta y quedé fascinado por alguien que murió con 33 años y había vivido grandes aventuras: fundó una sociedad secreta, sufrió persecuciones y cárceles, anduvo exiliado en Lisboa y Londres, combatió en las barricadas de París, fue diputado, vivió amores difíciles, luchó heroicamente contra el absolutismo, etcétera. Pues bien: como yo no podía emular a Espronceda en tantas y tan singulares hazañas, elegí lo que me resultaba más factible: ejercer de insumiso y escribir poesía.

Andrea Camilleri

    Escribo porque siempre es mejor que descargar cajas en el mercado central. Escribo porque no sé hacer otra cosa. Escribo porque después puedo dedicar los libros a mis nietos. Escribo porque así me acuerdo de todas las personas a las que tanto he querido. Escribo porque me gusta contarme historias. Escribo porque me gusta contar historias. Escribo porque al final puedo tomarme mi cerveza. Escribo para devolver algo de todo lo que he leído.

Luisa Castro

    La escritura para mí es una rendición. Escribo para conocer relatos que me cuento a mí misma. No me siento dueña de mis relatos, tienen vida propia, son autónomos y más poderosos que yo. No me identifico con ellos, no comparto sus ideas, ni su visión del mundo. Se producen en mi cabeza sin mi permiso, y cuando los suelto, es porque me han vencido.

Lucía Etxebarria

    Para que me quieran más. Porque cada vez que alguien me dice: “Tus libros me han ayudado mucho, por favor sigue escribiendo”, me da una razón para hacerlo. Porque al colocar a personajes en situaciones que simbólicamente pueden representar aspectos de mi vida y conseguir que salgan airosos de ellas, de alguna forma me salvo a mí. Porque siempre lo he hecho, porque es natural en mí, y porque es de las cosas que mejor hago, amén de dibujar, cocinar, hacer el amor y organizar fiestas. Escribo por amor, publico por dinero. Por esa razón, no publico ni la mitad de lo que escribo.

Umberto Eco

    Porque me gusta.

Ken Follet

    Disfruto escribiendo, pero “disfrutar” es una palabra que se queda corta. El acto de escribir me apasiona. Todo forma parte del reto de hechizar a mis lectores. Mi trabajo me absorbe de forma total.

Carlos Fuentes

    ¿Por qué respiro?

Almudena Grandes

    Cuando era pequeña y leía un libro que me gustaba mucho, me inventaba a solas, para mí sola, otro final, la continuación que su autor no había querido escribir. Todavía ahora, cuando no puedo dormir, me cuento historias, las pienso, las repaso, las describo en silencio, con los ojos cerrados, hasta que me quedo dormida.

Mark Haddon

    Ficción, poesía, teatro, pintura, dibujo, fotografía… en realidad eso no importa. Un día que no consigo hacer alguna cosa, por pequeña que sea, me parece un día desperdiciado. A veces puede parecer una bendición ser así, saber con tanta certeza lo que quiero hacer, pero a menudo es un sufrimiento, porque saber lo que quieres no es lo mismo que saber cómo hacerlo. ¿Por qué escribo? La única respuesta es “porque no puedo hacer otra cosa”.

Gonzalo Hidalgo Bayal

    “Por afición, por aflicción”, escribí alguna vez. Por afición, porque es inclinación, necesidad, perseverancia y distracción. Por aflicción, porque sólo el dolor y sus numerosas circunstancias proporcionan suficiente materia literaria. En la afición se centra la relación con el lenguaje, que es, cuanto más intensa, más grata y divertida. La aflicción obliga, en cambio, a la búsqueda del sentido, si es que algún sentido tienen las desventuras de los hombres.

Fernando Iwasaki

    Escribo porque es el más poderoso acto libertario que conozco. Escribo porque el hechizo de la literatura es fulminante y a mí me hace ilusión ser aprendiz de aquellas magias. Escribo porque mis padres y mis hijos se alegran cada vez que alguien les cuenta que ha leído algo mío. Escribo porque contar historias es el oficio más antiguo del mundo. Escribo porque dedico todos los libros de ficción a mi mujer y así -mientras siga escribiendo- ella sabrá que la sigo queriendo.

Use Lahoz

    Escribo para reflexionar y pensar y darle vueltas a la vida de personajes siempre más interesantes que la mía. Y disfrutar del placer de la ficción, que es adictivo y que, como la realidad, no tiene límites. Escribo por supuesto para combatir el aburrimiento y pasarlo en grande. Para un escritor vivir, fundamentalmente, es escribir. Escribo para estar en paz conmigo mismo, por aquello que decía Machado de “yo vivo en paz con los hombres y en guerra con mis entrañas”. Escribo porque conmueve y perdura, cada novela es la primera. Además es bastante barato. En fin: escribo porque aprendo, y así, a veces, parece que sigo estudiando.

Donna Leon

    Al principio escribía para ver si podía hacerlo. Resultó que escribir un libro era muy divertido. Y por eso ahora, después de 20 años y de 20 libros, lo hago porque es divertido. Los personajes hacen lo que les digo que hagan; la realidad se puede cambiar para adaptarla a mis necesidades; si alguien muere, lo puedo resucitar al día siguiente. Supongo que también hay un elemento de vanidad. En una cena, todos queremos que presten atención a nuestras ideas, ¿no es cierto? Pero los buenos modales mandan que compartamos la conversación con los demás. Pero en un libro, nuestro libro, nosotros los escritores podemos seguir -bla, bla, bla- sin parar, y nunca tenemos que interrumpirnos para dejar hablar a nadie más.

Elvira Lindo

    Escribo desde los nueve años. Desde muy joven empezaron a pagarme en la radio por guiones, cuentos y sketches . A los 31 años comencé a escribir libros. Pensé que escribir era mi oficio hasta que me di cuenta de que se trataba de algo más. Es un oficio pero también una forma de vida. No sabría vivir sin escribir. Todo lo que hago al cabo del día, lo que veo y escucho, lo que me provoca asombro, alegría o desdicha es material para ser contado. Y esa actitud vital, la de formar parte de la comedia humana pero la de ser también espectadora de ella, ese estar fuera y dentro a la vez, me ayuda a asimilar la experiencia de una manera enriquecedora. Escribo todos los días. Cuando no escribo, me siento una inútil, así que he llegado a una conclusión radical: nunca podré dejarlo. No sé hacer otra cosa, no sabría vivir de otra manera.

Alberto Manguel

    Porque no sé bailar el tango, tocar un instrumento musical como la celesta o el glockenspiel, resolver problemas de matemáticas superiores, correr una maratón en Nueva York, trazar las órbitas de los planetas, escalar montañas, jugar al fútbol, jugar al rugby, excavar ruinas arqueológicas en Guatemala, descifrar códigos secretos, rezar como un monje tibetano, cruzar el Atlántico en solitario, hacer carpintería, construir una cabaña en Algonquin Park, conducir un avión a reacción, hacer surf, jugar a complejos videojuegos, resolver crucigramas, jugar al ajedrez, hacer costura, traducir del árabe y del griego, realizar la ceremonia del té, descuartizar un cerdo, ser corredor de Bolsa en Hong Kong, plantar orquídeas, cosechar cebada, hacer la danza del vientre, patinar, conversar en el lenguaje de los sordomudos, recitar el Corán de memoria, actuar en un teatro, volar en dirigible, ser cineasta y hacer una película en blanco y negro, absolutamente realista, de Alicia en el País de las Maravillas , hacerme pasar por un banquero respetable y estafar a miles de personas, deleitarme con un plato de tripas à la mode de Caën , hacer vino, ser médico y viajar a un lugar devastado por la guerra y tratar con gente que ha perdido un brazo, una pierna, una casa, un hijo, organizar una misión diplomática para resolver el problema del Medio Oriente, salvar náufragos, dedicar treinta años al estudio de la paleografía sánscrita, restaurar cuadros venecianos, ser orfebre, dar saltos mortales con o sin red, silbar, decir por qué escribo.

Javier Marías

    Escribo para no tener jefe ni verme obligado a madrugar. También porque no hay muchas más cosas que sepa hacer, y lo prefiero y me divierte más que traducir o dar clases, que al parecer sí sé hacer. O sabía, son actividades del pasado. También escribo para no deberle casi nada a casi nadie ni tener que saludar a quienes no deseo saludar. Porque creo que pienso mejor mientras estoy ante la máquina que en cualquier otro lugar y circunstancia. Escribo novelas porque la ficción tiene la facultad de enseñarnos lo que no conocemos y lo que no se da, como dice un personaje de la novela que acabo de terminar. Y porque lo imaginario ayuda mucho a comprender lo que sí nos ocurre, eso que suele llamarse “lo real”. Lo que no hago es escribir por necesidad. Podría pasarme años tan tranquilo, sin escribir una línea. Pero en algo hay que ocupar el tiempo, y algún dinero hay que ganar. También escribo para eso.

Luisgé Martín

    Cuando escucho a algún escritor explicar las razones por las que escribe, pienso que yo también comparto esas razones. Todas. Me siento como un compendio, como uno de esos hipocondríacos que encuentran en sí mismos todos los síntomas de los que oyen hablar. Escribo como terapia psíquica, para ordenar el mundo y comprenderlo, para vivir vidas que no he podido vivir. Pero hace poco, leyendo el discurso de Pamuk en la Academia Sueca cuando recibió el Nobel, encontré una razón que nunca había escuchado así formulada y que me parece formidable: “Escribo porque puede que así comprenda la razón por la que estoy tan, tan enfadado con ustedes, con todo el mundo”.

Luis Mateo Díez

    Escribo para disimular la incapacidad de hacer cualquier otra cosa. Escribir no sólo me entretiene, también me apasiona y me hace sentir dueño de algo que se contrapone en mi existencia a una cierta inclinación de inutilidad. Los días en que me quedo satisfecho con lo que acabo de escribir tengo la convicción de no haber perdido el tiempo.

Eduardo Mendicutti

    También a mí, como a Vargas Llosa, me dicen montones de veces que lo único que sé hacer es escribir. A lo mejor por eso acabarán dándome el Nobel. Para todo lo demás, estoy convencido, soy un desastre: para poner ladrillos, para cultivar tomates, para imponer el orden, para correr a pie o en bicicleta, aunque sea dopado, para condenar a delincuentes -con lo que a mí me gustan algunos delincuentes- sin que se me parta el corazón, o para defenderlos sin contagiarme… Cierto que, desde hace 30 años, soy bastante bueno como secretario general de una patronal de empresas consultoras, pero con algo tengo que redimirme. Claro que, según algún crítico y algunos colegas, puede que también para escribir sea una calamidad, pero de eso aún no he llegado a convencerme.

Eduardo Mendoza

    Sinceramente, no lo sé. No es una respuesta bonita, pero es la que más se aproxima a la verdad.

Ricardo Menéndez Salmón

    Escribo por insatisfacción. Si estuviera satisfecho, me limitaría a “vivir la vida”, no a intentar comprenderla mediante la escritura. Claro que al intentar comprenderla, es decir, al escribirla, me doy cuenta de que en realidad la vida resulta incomprensible. Lo cual genera una nueva insatisfacción, la de comprobar que el intento por comprender la vida mediante la literatura lo único que ilumina es la imposibilidad de alcanzar esa comprensión. Pero entonces sucede algo curioso, y es que el hecho de descubrir esa imposibilidad me conmueve, admira e impulsa a escribir más y más.

Juan José Millás

    Escribo por las mismas razones por las que leo: porque no me encuentro bien.

Rosa Montero

    Escribo porque no puedo detener el constante torbellino de imágenes que me cruza la cabeza, y algunas de esas imágenes me emocionan tanto que siento la imperiosa necesidad de compartirlas. Escribo para tener algo en qué pensar cuando, en la soledad tenebrosa de la duermevela, por la noche, en la cama, antes de dormir, me asaltan los miedos y las angustias. Escribo porque mientras lo hago estoy tan llena de vida que mi muerte no existe: mientras escribo, soy intocable y eterna. Y, sobre todo, escribo para intentar otorgar al Mal y al dolor un sentido que en realidad sé que no tienen.

Luis Muñoz

    Creo que puedo distinguir razones de tipo general y razones particulares. Entre las particulares: por darle forma a una emoción concreta, por hacerle un hogar de palabras a uno de esos pensamientos que uno cree que pueden ser salvadores, por ser vulnerable al contagio de otro poema que creo admirable y hacerme la ilusión de que puedo responderle, conversar con él o seguir alguno de sus hilos sueltos. Entre las generales, por querer sentir mi tiempo, el rabioso presente, en el lenguaje; por estar enamorado de la capacidad de las palabras para volver a decir la verdad, por el sentimiento de libertad que produce, por darles forma a seres informes: embriones de voces, sentimientos, sensaciones, ideas…

Antonio Muñoz Molina

    Creo que nunca he pensado mucho en por qué escribo, salvo cuando me han hecho esa pregunta y he tenido que improvisar una respuesta que sonara convincente. Escribo, sobre todo, porque me gusta mucho hacerlo, y me ha gustado casi desde que tengo recuerdos. Me gustaba inventar cuentos, escribirlos y dibujarlos cuando era niño. Me gustaba escribir redacciones en la escuela. Luego empecé a leer novelas de aventuras y me enteré de que todas ellas tenían un autor, que solía ser Julio Verne, y por primera vez me imaginé practicando ese oficio. Después me aficioné a leer poesía y por imitación me puse a escribir versos, siempre muy malos. Cuando tuve una máquina de escribir, se me iban las tardes improvisando lo que fuera, por el puro gusto de golpear las teclas: diarios, poemas, obras de teatro. Escribo por gusto y porque me gano la vida escribiendo. Algunas veces disfruto mucho y otras preferiría estar haciendo cualquier otra cosa. Pero en ocasiones en que me he puesto a escribir contra mi voluntad y casi a la fuerza he encontrado cosas que de otra manera no se me habrían ocurrido. También escribo por quitarme la mala conciencia de no haber escrito, o para tener el alivio de haberlo hecho. Me puedo imaginar no publicando, al menos durante largos períodos, pero no me imagino no escribiendo. En el fondo es un vicio, un hábito cotidiano, o una manera de estar en el mundo, como tener afición por la lectura o por la música.

Julia Navarro

    Para mí, escribir es una oportunidad de vivir otras vidas, pero también de asumir compromisos, aunque a veces vayan envueltos con el papel del entretenimiento.

Andrés Neuman

    Escribo porque de niño sentí que la escritura era una forma de curiosidad e ignorancia. Escribo porque la infancia es una actitud. Escribo porque no sé, y no sé por qué escribo. Escribo porque sólo así puedo pensar.

Amélie Nothomb

    Me preguntan por qué elegí escribir. Yo no lo elegí. Es igual que enamorarse. Se sabe que no es una buena idea y uno no sabe cómo ha llegado ahí, pero al menos hay que intentarlo. Se le dedica toda la energía, todos los pensamientos, todo el tiempo. Escribir es un acto y al igual que el amor, es algo que se hace. Se desconoce su modo de empleo, así que se inventa porque necesariamente hay que encontrar un medio para hacerlo, un medio para conseguirlo.

Arturo Pérez-Reverte

    Escribo porque hace 25 años que soy novelista profesional, y vivo de esto. Es mi trabajo. Igual que otros pasan en la oficina ocho horas diarias, yo las paso en mi biblioteca, rodeado de libros y cuadernos de notas, imaginando historias que expliquen el mundo como yo lo veo, y llevándolas al papel a golpe de tecla. Procuro hacerlo de la manera más disciplinada y eficaz posible. En cuanto a la materia que manejo, cada cual escribe con lo que es, supongo. Con lo que tiene en los ojos y la memoria. Muchas cosas no necesito inventarlas: me limito a recordar. Fui un escritor tardío porque hasta los 35 años estuve ocupado viviendo y leyendo; pateando el mundo, los libros y la vida. Ahora, con lo que eché en la mochila durante aquellos años, narro mis propias historias. Reescribo los libros que amé a la luz de la vida que viví. Nadie me ha contado lo que cuento.

Nélida Piñón

    Yo escribo porque el verbo provoca en mí desasosiego, afila los mil instrumentos de la vida. Y porque, para narrar, dependo de mi creencia en la mortalidad. Con la fe en que una historia bien contada me arrebate las lágrimas. Sobre todo cuando, en medio de la exaltación narrativa, menciona amores contrariados, despedidas hirientes, sentimientos ambiguos, despojados de lógica. Escribo, en conclusión, para ganar un salvoconducto con el que deambular por el laberinto humano.

Álvaro Pombo

    Pienso en el pequeño cementerio de Londres, a unos diez minutos a pie de Paddington Green, donde robé un perro feo, de cemento, del sepulcro de una dama ahí enterrada. Al venir a Madrid, abandoné ese perro a su suerte. Escribir esto, ¿es escribir, o no? Es, desde luego, un modo de hacer surgir los recuerdos y las imágenes distinto del modo normal: un modo prefabricado, que desea causar un efecto imborrable al menos en mi alma y luego en la de un lector o un millón, si es posible. Y también es un intento de expresar el ser, el Dios, en la claridad del ser-ahí que era yo en aquel entonces, al borde de la nada.

Benjamín Prado

    Yo escribo para divertirme, para entretenerlos, para aprender, para enseñarles, para que sea cierto que “escribir es soñar y que otros lo recuerden al despertar”, para que no me olviden, para que no nos callen y, en primer lugar, porque no podría no hacerlo.

Soledad Puértolas

    Las alegrías de la vida te desbordan. El dolor y la pérdida te superan y hunden. El tedio y la monotonía pueden resultar aniquiladores. Cuando escribo, estoy fuera de esa realidad. He entrado en otra donde sí es posible buscar un sentido, incluso vislumbrarlo. La soledad, que tantas veces se ha hecho insoportable, se hace ligera y deseable. El estado perfecto. Hay metas, humanidad, sentidos. Hasta cabe la risa, el gran regalo.

Santiago Roncagliolo

    Debería decir que escribo porque no sé hacer nada más, pero intentaré una respuesta más profunda: creo que la realidad no tiene ningún sentido. Las cosas pasan a tu alrededor de una manera errática, a menudo contradictoria, y un día te mueres. Las cosas en que creías dejan de ser ciertas de un momento a otro. En cambio, las novelas tienen un principio, un medio y un desenlace. Los personajes se dirigen hacia algún lugar, la gloria, la autodestrucción o la nada, y sus acciones tienen consecuencias en ese camino. Escribo historias para inventar algo que tenga sentido.

Para ver más ir a la fuente en  Zona Literatura

viernes, 14 de enero de 2011

LOS EJECUTIVOS

PASAN LOS DIAS, LOS MESES, LOS AÑOS, CAMBIAN MUCHAS COSAS OTRAS NUNCA CAMBIAN…..

Los Ejecutivos de María Elena Walsh

El mundo nunca ha sido para todo el mundo
pero hoy al parecer es de un señor
que en una escalerita de aeropuerto
cultiva un maletín pero ninguna flor.

Sonriente y afeitado para siempre
trajina para darnos la ilusión
de un cielo en technicolor donde muy poquitos
aprenden a jugar al golf.
Que vivos son los ejecutivos
que vivos que son del sillón al avión
del avión al salón, del harem al edén
siempre tienen razón
y además tienen la sartén
la sartén por el mango y el mango también.
El mundo siempre fue de los que están arriba
pero hoy es de un señor en ascensor
a quienes podemos ver en las revistas
cortando el bacalao con aire triunfador.
No come para darnos el ejemplo
de rendimiento máximo y confort
digiere por teléfono y después nos vende
conciencias puras de robot.
El mundo siempre fue de algunos elegidos
pero hoy es de los que eligen mejor
dinámico y rodeado de azafatas
sacrificándose por un millón o dos.
Como el tiene de todo menos tiempo
nos aconseja por televisión
ahorrar para tener estatus: RO
la eternidad en un Renault
ay que vivos...

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jueves, 13 de enero de 2011

Escrito a mano

Por Guillermo Jaim Etcheverry

¿Cuánto hace que no experimentamos el placer de recibir una carta manuscrita en letra cursiva? La caligrafía es una habilidad humana en rápida extinción, porque ya casi no se enseña en las escuelas.

Cuando se emplea una lapicera, en general se lo hace para escribir con letra de imprenta. Stefano Bartezzaghi y María Novella de Luca, periodistas italianos interesados en el tema, se preguntan si la preocupación por el ocaso de la escritura cursiva responde a la nostalgia o constituye una emergencia cultural. Muchos expertos se inclinan por la última alternativa.

En Inglaterra se vuelve a usar la estilográfica para que los estudiantes aprendan la grafía. En Francia también se considera que no se debe prescindir de esa habilidad, pero allí el problema reside en que ya no la dominan ni los maestros.

Aunque el mundo adulto no está aún preparado para recibir las nuevas inteligencias de los niños producto de la tecnología, la pérdida de la habilidad de la escritura cursiva explica trastornos del aprendizaje que advierten los maestros e inciden en el desempeño escolar.

En la escritura cursiva, el hecho de que las letras estén unidas una a la otra por trazos permite que el pensamiento fluya con armonía de la mente a la hoja de papel. Al ligar las letras con la línea, quien escribe vincula los pensamientos traduciéndolos en palabras.

Por su parte, el escribir en letra de imprenta, alternativa que se ha ido imponiendo, implica escindir lo que se piensa en letras, desguazarlo, anular el tiempo de la frase, interrumpir su ritmo y su respiración.

Si bien ya resulta claro que las computadoras son un apéndice de nuestro ser, hay que advertir que favorecen un pensamiento binario, mientras que la escritura a mano es rica, diversa, individual, y nos diferencia a unos de otros.

Habría que educar a los niños desde la infancia en comprender que la escritura responde a su voz interior y representa un ejercicio irrenunciable.

Es ilógico suponer que la tendencia actual se revertirá, pero al menos los sistemas de escritura deberían convivir, precisamente por esa calidad que tiene la grafía de ser un lenguaje del alma que hace únicas a las personas. Su abandono convierte al mensaje en frío, casi descarnado, en oposición a la escritura cursiva, que es vehículo y fuente de emociones al revelar la personalidad, el estado de ánimo.

Posiblemente sea esto lo que los jóvenes temen, y optan por esconderse en la homogeneización que posibilita el recurrir a la letra de imprenta. Porque, como lo destaca Umberto Eco, que interviene activamente en este debate, la escritura cursiva exige componer la frase mentalmente antes de escribirla, requisito que la computadora no sugiere.

En todo caso, la resistencia que ofrecen la pluma y el papel impone una lentitud reflexiva. Muchos escritores, habituados a escribir en un teclado, desearían a veces volver a realizar incisiones en una tableta de arcilla, como los sumerios, para poder pensar con calma. Eco propone que, así como en la era del avión se siguen tripulando barcos a vela, sería auspicioso que los niños aprendieran caligrafía, para educarse en lo bello y para facilitar su desarrollo psicomotor.

Como en tantos otros aspectos de la sociedad actual, surge aquí la centralidad del tiempo. Un artículo reciente en la revista Time , titulado Duelo por la muerte de la escritura a mano, señala que es ése un arte perdido, ya que, aunque los chicos lo aprenden con placer porque lo consideran un rito de pasaje, "nuestro objetivo es expresar el pensamiento lo más rápidamente posible. Hemos abandonado la belleza por la velocidad, la artesanía por la eficiencia. Y , sí -admite su autora, Claire Suddath-, tal vez seamos algo más perezosos.

La escritura cursiva parece condenada a seguir el camino del latín: dentro de un tiempo, no la podremos leer". Abriendo una tímida ventana a la individualidad, aún firmamos a mano. Por poco tiempo.

El autor es educador y ensayista

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martes, 11 de enero de 2011

El destino de los libros está escrito en las estrellas

Un interesante Artículo escrito por Ján Uličiansky que me llegó gracias a Georgina, una compañera de rutas.

Los adultos suelen preguntarse qué ocurrirá con los libros cuando los niños dejen de leerlos. Una posible respuesta sería:

"¡Los cargaremos en enormes naves espaciales y los enviaremos a las estrellas!"

¡Maravilloso…!

En realidad, los libros se parecen a las estrellas que brillan en el cielo nocturno. Existen tantas que no se las puede contar y se encuentran tan lejanas que no nos animamos a llegar hasta ellas. Pero imaginemos qué profunda sería la oscuridad si algún día todos los libros, esos cometas de nuestro universo cerebral, se extinguieran y dejaran de irradiar su infinita energía de conocimiento humano e imaginación…

¡Dios mío!

¿¡Piensan que los niños no son capaces de comprender semejante ficción científica!? Muy bien, entonces regresaré a la tierra para recordar los libros de mi infancia. De hecho, es lo que se me ocurrió mientras contemplaba la Osa Mayor, la constelación que los eslovacos llamamos "El Gran Carro", porque mis libros más queridos llegaron a mí en un carro… Es decir, el primer destinatario no fui yo sino mi madre. Sucedió durante la guerra.

Mi madre se encontraba un día al borde del camino cuando vio acercarse un carro a los tumbos. Lo arrastraba una yunta de caballos y se solía usar para transportar heno, pero en esa ocasión iba cargado de libros hasta el tope. El conductor le dijo a mi madre que llevaba los libros de la biblioteca del pueblo a un lugar seguro, para salvarlos de la destrucción.

En ese entonces mi madre era una niña a quien le gustaba mucho leer y al ver semejante mar de libros sus ojos brillaron como estrellas. Hasta ese momento sólo había visto carros cargados de heno, de paja o quizás de estiércol. Para ella un carro lleno de libros era algo que sólo podía existir en un cuento de hadas. Y se animó a preguntar:

"Por favor, ¿no podría darme al menos un libro de esa pila tan enorme?".

El hombre asintió con una sonrisa, saltó del carro y desenganchó uno de los costados mientras decía:

"¡Puedes llevarte todos los libros que queden en el camino!".

Los libros cayeron ruidosamente al camino polvoriento y poco después el extraño transporte desapareció tras una curva. Mi madre los recogió con el corazón agitado por la emoción. Después de quitarles el polvo, descubrió entre ellos, por pura casualidad, una colección completa de los cuentos de Hans Christian Andersen. En los cinco volúmenes encuadernados en diversos colores no había una sola ilustración, pero como por arte de magia esos libros iluminaron las noches que tanto la aterrorizaban, porque durante esa guerra había perdido a su madre. Cuando leía aquellos cuentos al atardecer, cada uno de ellos le traía un rayito de esperanza y con una imagen de paz en el corazón, que creaban sus ojos entrecerrados, podía al fin dormirse tranquila, al menos durante un rato…

Pasaron los años y esos libros llegaron a mis manos. Siempre los llevo conmigo por los polvorientos caminos de mi vida. Y, se preguntarán, ¿de qué polvo estoy hablando?

¡Buena pregunta!

Tal vez haya pensado en el polvo de estrellas que se posa sobre nuestros ojos cuando nos sentamos a leer durante una noche oscura. Siempre y cuando estemos leyendo un libro. Al fin de cuentas, podemos leer toda clase de cosas. Una cara humana, las líneas de la mano y las estrellas...

Las estrellas son los libros del cielo nocturno que iluminan la oscuridad.

Cuando no estoy seguro si vale la pena escribir otro libro, miro al cielo y me digo que el universo es realmente infinito y con seguridad tiene que quedar espacio para mi pequeña estrella.

Traducción de la versión inglesa por Laura Canteros.

Cuento de horror

Cuento breve de Marco Denevi

La señora Smithson, de Londres (estas historias siempre ocurren entre ingleses) resolvió matar a su marido, no por nada sino porque estaba harta de él después de cincuenta años de matrimonio. Se lo dijo:

-Thaddeus, voy a matarte.

-Bromeas, Euphemia -se rió el infeliz.

-¿Cuándo he bromeado yo?

-Nunca, es verdad.

-¿Por qué habría de bromear ahora y justamente en un asunto tan serio?

-¿Y cómo me matarás? -siguió riendo Thaddeus Smithson.

-Todavía no lo sé. Quizá poniéndote todos los días una pequeña dosis de arsénico en la comida. Quizás aflojando una pieza en el motor del automóvil. O te haré rodar por la escalera, aprovecharé cuando estés dormido para aplastarte el cráneo con un candelabro de plata, conectaré a la bañera un cable de electricidad. Ya veremos.

El señor Smithson comprendió que su mujer no bromeaba. Perdió el sueño y el apetito. Enfermó del corazón, del sistema nervioso y de la cabeza. Seis meses después falleció. Euphemia Smithson, que era una mujer piadosa, le agradeció a Dios haberla librado de ser una asesina.

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lunes, 10 de enero de 2011

GRACIAS MARÍA ELENA WALSH

María Elena Walsh es parte de mi historia, recreo mi infancia, le dio vuelo a mi imaginación, me llevó de viaje por sus universos, me deleito cuando junto a Leda Valladares cantaban y contaban sobre el escenario con una alegría y una frescura  tan contagiosas que hasta el día de hoy, tantísimos años después las sigo recordando y mi corazón sonríe.

Ya más grande la admiré por su coraje, su ética y su valor para defender aquello que creía. Y con el paso de los años continúo deleitándome en sus versos e historias cada vez que se los cuento a mis nietos y sobrinos. María Elena vive en el corazón de miles y miles de personas, resonando con sus letras ricas en poesía y en denuncia. Por todo esto no quiero repetir con palabras mías su biografía que está en tantos sitios, quiero sí rendirle este breve y sentido homenaje a una “Grande” de Argentina.

Así y todo para quienes no sepan de ella les comparto esta brevísima síntesis de su andar

La escritora y compositora argentina María Elena Walsh, una de las más reconocidas autoras de la literatura infantil latinoamericana, falleció hoy a los 80 años en Buenos Aires tras una larga enfermedad.

Walsh falleció "luego de una prolongada internación y como epílogo de padecimientos crónicos que la aquejaban", según el informe médico emitido por el sanatorio de la Trinidad del barrio porteño de Palermo donde se encontraba internada.

Escribió más de cuarenta libros y muchos de sus temas fueron interpretados por algunos de los más conocidos cantantes iberoamericanos.

Nacida el 1 de febrero de 1930 en la provincia de Buenos Aires, era hija de un ferroviario de padres ingleses y de una argentina descendiente de andaluces.

Gran lectora, fue una escritora precoz que publicó su primer poema a los 15 años en la revista "El Hogar", y su primer libro de poesía, "Otoño imperdonable", en 1947, un año antes de terminar sus estudios en la Escuela Nacional de Bellas Artes.

Con esta primera obra logró muy buenas críticas y el segundo premio Municipal de Poesía, reconocimiento que le impulsó a comenzar a escribir ensayos y a introducirse en círculos literarios y universitarios.

Tras viajar a Estados Unidos con el poeta español Juan Ramón Jiménez, regresó a Argentina y publicó en 1951 su segundo libro, "Baladas con Ángel".

Poco después, y debido a la difícil situación del país, Walsh se exilió en París con su compatriota Leda Valladares, con quien integró el dúo "Leda y María".

Juntas recorrieron diferentes lugares como intérpretes de música folclórica, recibieron varios premios y cosecharon un considerable éxito que les llevó a grabar el disco "Le Chant du Monde" ("El canto del mundo").

Fue durante sus cuatro años de estancia en París cuando Walsh comenzó a escribir poemas y cuentos para niños.

De regreso a su Argentina natal en 1956, Leda y María realizaron una gira por el noroeste del país, tras lo que grabaron el año siguiente dos discos "Entre valles y quebradas".

En 1958 lanzaron el álbum "Canciones del tiempo de Maricastaña", un año más tarde una compilación de villancicos, y en 1960 "Canciones de Tutú Marambá", compuesto por temas que Walsh había escrito para guiones de televisión.

En 1962 el dúo estrenó "Canciones para Mirar" y un año después puso en escena "Doña Disparate" y "Bambuco", antes de la disolución de "Leda y María".

Las décadas de los 60 y 70 fueron las más productivas de María Elena Walsh, con libros infantiles como "Zoo Loco" (1964), "El reino del revés" (1965), "Dailan Kifki" (1966), "Cuentopos de Gulubú" (1966) y "Versos tradicionales para cebollitas" (1967).

Después llegarían "El diablo inglés" (1974), "Chaucha y Palito" (1975), "Pocopán" (1977), "La nube traicionera" (1989), "Manuelita ¿Dónde vas?" (1997) y "Canciones para Mirar" (2000).

Sus cuentos se convirtieron en clásicos de la literatura infantil argentina y sus personajes, como "Manuelita la tortuga" -llevada al cine en 1999 por el español radicado en Argentina Manuel García Ferré-, acompañaron la infancia de millones de niños latinoamericanos.

Sus obras han sido traducidas al inglés, francés, italiano, sueco, hebreo, danés y guaraní.

En 1985 fue nombrada Ciudadana Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires y, en 1990, recibió el Honoris Causa de la Universidad Nacional de Córdoba.

En 1991 fue galardonada con el Highly Commended del Premio Hans Christian Andersen de la IBBY (International Board on Books for Young People).

Como personaje ilustre de Buenos Aires, recibió la segunda de las 200 medallas que el gobierno de la ciudad entregó con motivo de la celebración en 2010 del bicentenario del inicio del proceso de independencia del país.

En febrero de 2010 fue distinguida en España con la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes que otorga el Consejo de Ministros. Ese mismo mes fue homenajeada en el I Congreso Iberoamericano de Literatura Infantil desarrollado en Chile.

Fuente: Yahoo Noticias También pueden saber más de ella en este sitio

Y ahora algo de su autoría que fué válido en los 80 y sigue empeorando hoy en día.

Argentinos sin alma

Clarín, 7 de octubre de 1980

NACIÓN: Sociedad natural de hombres a los que la unidad de territorio, de origen, de historia, de lengua y de cultura, inclina a la comunidad de vida y crea conciencia de un destino común.

PEQUEÑO LAROUSSE ILUSTRADO

Nos estarnos quedando sin alma. No se trata de una fantasía apocalíptica sino de algo más sencillo. Se trata del alma que canta. Toda alma nacional que se precie se expresa con letra y música. Pueden ser murmuradas o altisonantes, o sólo sílabas y taco taro, pero letras y músicas al fin, que "inclinan a la comunidad de vicia y crean conciencia de un destino común", aunque sus autores no suelen proponerse metas tan ambiciosas.

Pueden las canciones desafinar o ser banales, pero mientras nazcan y se expandan según capricho de sus autores y libre elección de sus oidores, allí estarán retratando parte del alma de un pueblo real, y un preciso momento histórico de esa comunidad de vida.

Nos libre el cielo de invocar nacionalismos aberrantes y marginarnos aun más del concierto universal. Nuestra cultura se asienta sobre una saludable absorción de lo extranjero, y ojalá nunca nos encerremos en un frasquito, como el muestrario de tierras provincianas. Pero...

Vivimos cuestionando nuestra falta de identidad, y quizás no sabemos quiénes somos, pero el gesto de sintonizar la radio al menos de algo nos cerciora: somos extranjeros. Hemos sido desterrados de lugar y tiempo. No somos nada, en fin.

"La patria de un hombre es su idioma", dice José Donoso*. Y esto me recuerda que el pasado 9 de julio, los canales de TV transmitieron el Himno Nacional sin letra. •Se habrá descubierto que don Vicente

López y Planes es objetable, o es que ya no podemos escuchar ni el Himno en nuestro idioma?

En los medios de difusión, los pocos que siguen cantando en nuestra lengua nos remiten al pasado. No está mal, claro, fomentar la vigencia de los "clásicos", lo grave es que parece un procedimiento

intencionado y excluyente: después de ellos no hay nada, o casi nada. Y así los zombis de las ondas nos van robando el alma y suele suceder que, inmovilizados ante el receptor, nos preguntemos: •Seré un cuerpo en pena?

Casi la única expresión propia filtrada en los medios es la que refleja antiguos esplendores: un mundo de padres y abuelos, de hijos nonatos o inexistentes. Reflotamos lo que hicimos cincuenta años atrás, cuando éramos contemporáneos. Es decir, cuando autores e intérpretes narraban su presente, que no es el nuestro, como astuta-mente deduciría Aristóteles.

La manipulación de un público "sin conciencia de un destino común" gracias a la arbitrariedad (por así llamarla) de los programa-dores, petrifica la rutina de muchos intérpretes: saben que si no repiten moldes gastados se harán acreedores a mayor segregación, si cabe. Es posible suponer que en muchos casos se "fabrican" y promueven malos intérpretes para producir rechazo contra todo lo que tenga características locales.

En esa idealizada era de nuestros mayores los vehículos natu-rales de la música popular eran, como ahora, grabadoras extranjeras y radios. •Han cambiado ellas o hemos cambiado de país?

Una impuesta nostalgia -sumada al Mundial de la frivolidad y el libertinaje censor- determina hasta dónde se nos prohibe ser nosotros mismos. Y cantamos en nuestro idioma, que es una modesta manera de definir aquella identidad tan discutida.

En materia de música popular resulta optimista decir que estamos "extra njerizados". La colonización cultural tiene su categoría y suele producir resultados nada despreciables, como la música afronorteamericana o nuestro propio folklore anónimo. •Y qué son si no el tango, el rock o la chamarrita, todas formas que alguna vez se crearon aquí en legítima aclimatación de especies ajenas?

Esto que sucede ahora no es colonización sino liquidación cultural, porque el invasor (inversor) no propone -salvo exóticas excepciones- modelos emulables por su calidad, sino que impone muestras residuales de una mercadería amorfa ante la que no queda más derecho a réplica que el silencio, es decir, otra vez la gala mortuoria.

En el Brasil -remanido ejemplo pero no por eso menos ejem-plar-se transmite casi exclusivamente música brasileña. Entre otras cosas, porque se protege a la industria musical nativa mediante la exención de impuestos y otros beneficios, de modo que discográficas y negocios anexos no han fallecido como los nuestros. No por eso los brasileños serán mejores gentes (•o sí?), pero sin duda son más ellos mismos, y no resultan espiritualmente enajenados por la fuerza.

En nuestro ambiente artístico circula un latiguillo: "El problema es la falta de autores, no hay renovación..."

•Y quién la prohíbe sino esos mismos dómines asalariados que la sentencian?

"El problema" se nos plantea en pleno rostro a los que mal que bien algo hicimos en la materia... y quizás seguiríamos haciendo si el papirotazo no nos diera la Pálida hasta enmudecer...

Quizás no hayamos autores, quizás no vuelva a haberlos mien-tras sus canales de difusión estén bloqueados por sonidos que vienen prefabricados y envasados del exterior. Un autor no surge sino del estímulo, no crea para guardar sus papeles en un cajón, como podría hacerlo un poeta o un filósofo. Un autor echa a rodar objetos vivos, para su consumo inmediato y ojalá perdurable.

"Nadie quiere cantar mis nuevos temas, me dan por muerto, sólo se interesan por lo que compuse hace cuarenta años..." Estas palabras no fueron pronunciadas públicamente por un autorejo resentido sino por el ilustre Enrique Cadícamo. •Qué podría decir el joven incipiente o el maduro interrumpido!

La política cultural reinante cierra el paso a toda posibilidad de renovación, y eso nos proporciona otra certeza para agregar a nuestra indecisa identidad. De algo podemos estar seguros: no debemos ser contemporáneos.

Nunca es mal momento para denunciar las distintas variantes del robo. El patrimonio cultural es uno solo, aunque aquí nos preocupe especialmente la música popular en nuestro idioma. También se nos despoja de la herencia universal, al condenamos a escuchar música clásica sólo en días de duelo (y ya ni eso, porque las grabadoras la han reemplazado por Clayderman en los últimos óbitos).

En cuanto a los parias compatriotas que componen música culta, pese a sus glorias cosechadas en el exterior, podrían exhibir un lujoso certificado de defunción en vida paralelo al diploma del Conservatorio.

Hace poco se reunieron en un país de América representantes de todas las compañías discográficas y al parecer allí decidieron cuál será la música que fatalmente deberemos consumir durante la próxima década.

•Será muy útil, mientras tanto, seguir discutiendo obviedades tales como si lo que hace Fulano es tango o no es tango, si hay un rock que pueda llamarse nacional, o si tal autor escribió una palabra objetable!. •Con qué comodidad nos seguirán devorando los de afuera!

Tomar con resignación este copamiento de nuestra geografía espiritual no es sólo poco ético sino bastante paradójico, puesto que a diario se nos inculca fe en valores espirituales y se nos arma paladines contra todo tipo de materialismo.

Las soluciones coercitivas --ingenuos festivales nativistas o "música obligatoria", pongamos por caso- no parecerían las más apropiadas. En cuanto a la buena voluntad de los organizadores de concursos, no hacen más que tapar con el dedo el agujero en el fondo del barco inundado.

Un principio de solución residiría en crear una política económico-cultural semejante a la brasileña en este asunto, y la apertura total e incondicionada de todas las compuertas que cierran el paso a la creación, difusión, promoción y venta de la música popular de cualquier género que en esta tierra se produjera. Y que sus programadores demostraran la misma idoneidad y decencia requeridas a un chapista o una enfermera.

Mientras tanto, los ciudadanos dispuestos a defender nuestras fronteras físicas nada hacen para detener la invasión de los bárbaros que avanza por las ondas y arrasa con ese famoso "estilo de vida argentino" que tan altivamente queremos preservar.

 

martes, 4 de enero de 2011

Cuento: La Copa de Champaña

A la tienda del señor Sufí llegó una mujer profundamente religiosa, estaba muy preocupada por el significado de las escrituras, quería llevar una vida dedicada a sus seres queridos.

Con voz temblorosa y lágrimas en los ojos dijo:

- Sufí, dime cómo lograr que todos mis seres queridos estén felices. -Y agregó: - Esto es lo que más anhelo en mi vida, cuando lo logre, podré dedicarme a mí y estar en paz.

El Sufí la escuchó en silencio y luego le dijo:

- Siéntate que te contaré una historia.

El Sufí comenzó su relato:

- En el mundo de las cosas, vivía allá hace mucho tiempo y allá a los lejos, una copa llamada Quierememucho. Era una copa muy buena y un día organizó una fiesta. Estaban invitadas todas las copas de la comarca. A la fiesta llegaron todas. Entre ellas estaban sus amigas más queridas: Copafeliz, Coparrota y Dadavuelta.

Dadavuelta era, según la opinión de todas, directamente un ser negativo. Era como si todo lo viese al revés. Nada le parecía bien. Es más, afirmaba que el mundo estaba "dado vuelta". Ella, si bien era consciente que no lo podía enderezar sola, estaba dispuesta a protestar durante toda la vida, si hiciera falta. De este modo, finalmente el mundo entraría en razones. Pero, a pesar de todo, Quierememucho la había invitado. En el fondo era una más de la familia.

Al llegar el momento del brindis, Quierememucho tomó una botella de champaña y la descorchó alegremente. Todas las copas se acercaron y ella comenzó a llenarlas. Comenzó por aquellas copas que creyó que necesitaban estar más alegres. Primero con Coparrota. Pero por más que Quierememucho se esforzaba por llenarla, el líquido no podía contenerse. Este se escapaba por el agujero y se desparramaba sobre la mesa. Intentó luego con Dadavuelta. Pero ésta, como siempre, estaba muy sanita y con las patas para arriba. Era como si no quisiera recibir la champaña. Por supuesto todo intento de llenar a Coparrota y a Dadavuelta resultó inútil. Cuando Quierememucho se dio cuenta ya era tarde: no quedaba champaña para llenar las otras copas, ni pensar siquiera en llenar la suya.

Quierememucho era tan buena y considerada que tomó otra botella e hizo lo mismo, volvió a tratar de llenar de champaña a Coparrota y a Dadavuelta. El resultado fue el mismo, no le quedó ni una sola gota para las demás. Volvió a buscar otra botella y se dio cuenta de que ésta era la única que le quedaba para brindar.

Un enorme desafío se le planteaba: ¿cómo hacer para llenar todas las copas con la única botella que le quedaba para esa fiesta?. Mañana podría conseguir más champaña, pero hoy ya no, era imposible. Tendría que arreglarse de algún modo con su única botella.

Mientras pensaba y pensaba, muchas ideas se le cruzaban por la mente. Algunas, como la siguiente, las descartó por considerarlas totalmente egoístas: "quizás yo debo tomar el líquido, pues en definitiva no es culpa mía que la copa de los demás esté rota o dada vuelta".

Quiso cambiar de pensamiento y se encontró con otro que la angustió: "quizás yo no me merezco tener la copa llena".

Finalmente el rostro de Quierememucho se iluminó: la solución le apareció claramente en su mente. Había tenido una idea feliz. Tomó la botella de champaña, se paró sobre una silla alta y le pidió a todas las presentes que la rodearan formando un círculo. Ahí estaban a su lado todos sus seres queridos: Copafeliz, Coparrota y Dadavuelta.

Quierememucho estaba allí, arriba de la silla, parada bien alta y a su alrededor todas sus amigas. Entonces descorchó la botella y comenzó a llenar su copa. Por supuesto enseguida se completó y comenzó a desbordarse. Nunca se había sentido tan feliz mientras seguía derramando el contenido de la botella sobre su copa y el líquido continuaba desbordando por sus costados. Éste caía naturalmente sobre sus amigas que estaban debajo.

Quierememucho ya no necesitaba hacer ningún esfuerzo ni sacrificio para darle el líquido a las demás, éste fluía naturalmente hacia los otros.

Coparrota recibió el líquido y no pudo contenerlo, se le escapaba por el agujero de su base. Dadavuelta enojada como siempre, sintió el líquido que la hacía cosquillas a su alrededor pero no permitió que ni una gota entrara en su interior; en cambio, Copafeliz lo recibía con alegría y su copa se llenó rápidamente, desbordando a su vez.

El objetivo se había cumplido. Quierememucho estaba desbordando de alegría, lo mismo que Copafeliz. Coparrota ya sin líquido, empezaba a preguntarse si la vida necesariamente tendría que ser así: "no poder retener los momentos felices". Dadavuelta seguía tan cascarrabias como siempre, ¡pero era tan querible!. Algún día cambiará y se permitirá llenar su copa.

El Sufí, una vez terminado el cuento, guardó silencio por unos minutos y luego tomó a la mujer de las manos, la miró firmemente a los ojos y le dijo:

- Hija mía, busca entender el significado de las escrituras. Ellas dicen que quieras a los demás como a ti mismo, no primero a ti, ni tampoco primero a los demás.

Y agregó:

- Si quieres la felicidad de los demás, primero busca la felicidad dentro de ti.

Luego el Sufí la acompañó hasta la puerta y le dijo:

- Hija, ve en paz y llénate de amor y cuidados, luego, naturalmente desbordarás sobre los otros ese amor y cuidado.

La mujer salió, miró el sol de frente y sintió sus cálidos rayos en la piel. Dejó que los perfumes de las flores del lugar se impregnaran en su cuerpo, y tomó consciencia de que llegaba la primavera. Luego con un andar tranquilo se perdió en el horizonte. Iba con su corazón en paz.

Autor: Dr. Dino Ricardo Deon. Extraído del libro "Los cuentos de Dino".

lunes, 3 de enero de 2011

LA LEYENDA DEL VENADO TUERTO

Leyenda Argentina

La leyenda del venado comienza con la década del ´80.  La región pampeana, inmensa, indómita, se regenteaba por un solo dueño: el indio.

En dicha época, y con el objeto de detener las frecuentes y devastadoras correrías del indígena, se dispuso enclavar como avanzada en el desierto las líneas de fortines y, entre ellas, cupo al Fortín El Hinojo ser escenario de la historia.

Cuentan que entre las milicias que componían la dotación del fortín y dando cumplimiento a sus habituales recorridas por descubiertas, un miliciano halló en las inmediaciones de una laguna una pequeña cría de venado, muy común en la época; pero con una seña particular; le faltaba un ojo y evidentemente se hallaba enfermo. Aquel gaucho lo enancó en su caballo y lo llevó al fortín donde fue curado, reponiéndose rápidamente; era evidente que había sido herido por algún malón.

En completa libertad y sin ser molestado, pasaba plácidamente los días en las inmediaciones disfrutando  del fresco pasto y buena agua.

Las incursiones de los indios se sucedieron azotando al fortín, hasta que después de una de esas violentas arremetidas, los pobladores repararon en algo curioso; coincidió que horas antes de producirse la llegada del malón, el venado tuerto, desacostumbradamente, se acercaba nervioso a la puerta del fortín, olfateando el horizonte.

Desde aquel día, cada vez que el animalito se aproximaba era señal inequívoca de la presencia del malón, lo que permitía pertrecharse y guarecerse y repeler el ataque. En homenaje a los servicios prestados por el animalito, Casey decidió llamar a la colonia "Venado Tuerto".

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