jueves, 24 de febrero de 2011

Quechua: UNA LENGUA CON ESTIGMA Y ESPERANZA

Esta historia me llegó de manos de Elvira Sánchez (del INSTITUTO DEL LIBRO Y LA LECTURA,
INLEC DEL PERÚ, Y CAPULÍ, VALLEJO Y SU TIERRA Construcción y forja de la utopía andina) a quien agradezco profundamente, como agradezco a su autor Danilo Sánchez Lihón, ya que me ha hecho emocionar hasta las lágrimas, por eso quiero compartirla ya que es un canto a la memoria de forjadores de imperios que merecen reconocimiento.

Danilo Sánchez Lihón

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1. Su aldea nativa

Santiago Alvarado Anaya nació en la aldea de San Miguel de la provincia de Aija, “Perla de las vertientes”, pueblo próximo a la Cordillera Blanca en el departamento de Ancash, villa de una sola calle y casitas enfiladas, iluminadas por el espejo de nieves relumbrantes de la cadena de glaciales más hermosa del planeta Tierra.

Nació en una realidad cotidiana donde el idioma en uso es el quechua, donde creció hablando quechua, jugando en quechua, amando y sufriendo en esa lengua transida y mimetizada del imperio más grandioso en sus realizaciones, en función a los valores humanos, que jamás haya existido en la faz del planeta, siendo feliz y sintiendo dolor siempre sobre el tinglado y andarivel de sus fonemas e inflexiones.

Lengua dulce, expresiva, jocosa; capaz de hundirse y regresar de los pliegues y profundidades más intrincadas y arduas del alma, y darnos una versión de esas circunstancias con plenitud de ternura y valor.

Sin embargo, corría el año 1941, cuando cursa el Quinto Año de Educación Primaria en su aldea nativa, que llega una disposición conminatoria para funcionaros, profesores y personal administrativo de su provincia y de otras aledañas.

2. Alegre, vivaz

Allí se les notifica, bajo sanción, que no permitan ni consientan que se habla el quechua en las aulas, ni en los patios, ni en los corredores de los centros educativos, en razón de las políticas de desarrollo y progreso del país. Y que coadyuven a fin de que tampoco se hable quechua en los espacios públicos, debiendo ejercer, en lo posible, su autoridad para que deje de usarse este factor de atraso en la comunidad.

Los niños escuchan como siempre atentos, absortos y hasta ilusos este mandato. Y asienten generosos con la cabeza. Y lo intentan de a verdad. Se autocorrigen. Se autoinculpan, pero es inatajable hablarlo. ¡El quechua en todo aparece! Pero muchos niños, es cierto, se fuerzan por adaptarse a la prohibición. Y no lo hablan, salvo a escondidas.

Santiago Alvarado Anaya mira a sus amigos: se ríen y no pueden proseguir en su comunicación, sino es hablando en quechua. Pero, en él el desacato es más notorio, porque es un niño alegre, vivaz, y espontáneo en todo. Y, además, el primer alumno de su salón.

El director del plantel es llamado por el inspector de educación, quien lo amonesta.

3. Pese a sus ruegos

La profesora Petronila es llamada por el director del plantel, quien le dice que pondrá a disposición de la Inspección su puesto de trabajo. Y le pregunta: ¿por qué, señorita, son los niños de Quinto Año a quienes todavía se les escucha hablando en quechua?

La maestra Petronila ha reunido a los padres de familia. Llora en la reunión. Y dice que si esto continúa la van a suspender del trabajo y posiblemente tendría que irse desempleada. ¡Sabe Dios a dónde!

Da un informe acerca de qué niños son rebeldes a la prohibición. Que pese a sus ruegos, súplicas e inclusive incentivos de premios y recompensas reincidían en hablar quechua.

Pero después deja de lamentarse y toma otra actitud. Notifica  que este desacato ella lo está informando al subprefecto de la provincia y a la policía.

Que ellos iban a llamar a los padres de los niños, e inclusive ser puestos en la cárcel. Que ella no iba a permitir que la dejaran sin empleo por algo en lo cual no tenía la culpa sino otros.

4. Luego entró a ella

Que las directivas del Ministerio de Educación eran claras y se daban para ser cumplidas. Que la mayoría ya había acatado la disposición pero que había algunos niños que cometían desacato, el más notorio y peligroso era el niño Santiago Alvarado Anaya. Y que, qué bueno que hayan venido sus padres, porque ella a partir de ahora, ya no tendría ninguna responsabilidad, sino ellos.

Que todos los padres de familia han escuchado, y son testigos. Y, si viniera un juicio, que conste que está explicando estos hechos. Y que está hablando bien claro. Y que todos podrán ser llamados de testigos e informar que ella ha cumplido con la aplicación de la directiva oficial.

Cuando terminó la reunión y regresaban a su casa, la señora Donata no hablaba por el camino con su hijo Santiago, pese a que iba a su lado. Estaba tan indignada que hablaba a solas, como si el no estuviera: ¿Que ese hijo pusiera en peligro grave sus chacras, sus animales, su hogar, solo por seguir hablando el quechua?

Solo atinó a dirigirle la palabra al llegar a la casa. Y fue para decirle una palabra: “Entra” Y ahí lo agarró. Y lo encerró en una habitación. Y luego entró a ella con un leño en la mano. Y lo arrinconó a golpes, dándole en la cabeza para que se olvide de esa lengua sucia, oscura y maldita que se le había metido.

5. ¿Lo juras?

Pero con su padre sí fue peor. Él sí quería matarlo. ¿Qué se ha creído? Él, su padre, ¿llegar a parar a la subprefectura, a la comisaría y después a la cárcel del distrito? ¿Por un hijo desobediente? ¿Y a esta edad, de 10 años? Entonces, ¿cómo iba a ser a los 20?

Con el zurriago de los animales le cruzó por todo el cuerpo, rebencazos que lo hicieron sangrar, incluso en la cara.

– Carajo, –le dijo–. Ahora vas a jurar y vas a prometerme no hablar ya jamás el quechua. ¡Nunca más! ¿Oíste? ¡Nunca! Así yo me equivoque en hablarte en quechua, ¡tú me vas a responder siempre en castellano. ¿De acuerdo? ¿Me escuchas? ¡Nunca más! Ni siquiera una sílaba.¿Me oyes?

– Sí, padre.
– ¿Lo juras?
– Sí, padre.

Así llegó diciembre. En todos los años anteriores los calificativos de Santiago Alvarado Anaya han sido de excelencia. Es el primer alumno de su salón, en todo, y sus promedios no bajan de la nota 18.

6. Se quedó dormido

Cuando el día de la clausura del año lectivo se entregan libretas es el niño más dichoso, feliz y radiante. Al ser llamado se acerca, y la recibe. Y al dar los primeros pasos de regreso a su agrupamiento la abre confiado y jubiloso y siente helársele el alma. Su cuerpo se estremece de horror desde la punta de la cabeza hasta la punta de los pies.

Su nota es diez. En rojo, con unas letras grandes que parecen puñales. ¡Está jalado de año! Ha sido aplazado.

Mira a todos lados y encuentra la mirada de su profesora Petronila, quien se sonríe, como diciéndole con el movimiento de su cabeza:

– Ahí tienes tu merecido, por haberme puesto en riesgo, y amenazado mi puesto de trabajo.

Se le nubló la vista. Se doblaron sus rodillas y en el empedrado del patio se echó a llorar.

Los niños miraron a la profesora. Y no se atrevieron a ir a socorrerlo. Cuando despertó no había nadie y sintió que la tierra se le hundía. Ya solo, dejó libre su sentimiento, y lloró todo lo que pudo, sentado en el sardinel. Y se quedó dormido.

7. Así no haya nadie

Fue tarde cuando despertó y logró recuperarse. Empezó a caminar lentamente su camino de siempre, de regreso a casa.

¿Llevar esa libreta a su madre y a su padre? No. Significaba que la señorita lo aplazaba porque había seguido hablando quechua. Y no era así. Ahora, esto era un desacato a la autoridad y a la promesa hecha a su padre. Ya no era desobediencia a su profesora sino a su padre. Y que no le importara el riesgo en que lo ponía. ¿Regresar a su casa así, ya no.

Entonces tenía que irse. Debía huir.

El lugar del camino en donde está ahora de pie se llama Yara. Y allí se divide en dos el sendero. Uno que lleva a su casa y otro a cualquier sitio, no importa adonde, a la capital del distrito, de la provincia, del departamento y finalmente del país.

Así no haya ahora quien saque y recoja los animales del aprisco,  lo matarán.

Así no haya nadie quien traiga agua del manantial, lo iban a matar.

Así no haya ahora quien más los quiera, ¡jamás como él! Quien les haga reír, los escuche, y los abrace, de todos modos lo matarían, juntos los dos.

8. Aún así

De eso está seguro. Jamás sus padres iban a soportar esa afrenta. La decisión había que tomarla, pese a la oscuridad, el frío y el hambre: irse, fugarse, huir.

¿Adonde ir? La oscuridad y el frío son intensos. Pero ante la alternativa de ser flagelado y muerto a golpes tomó la iniciativa de hacerse su propio su destino.

Mientras caminaba trató de darse valor para ahuyentar el frío, la oscuridad y el hambre. Y quiso cantar. Empezó a hacerlo en castellano, pero pronto se calló. Le pareció que no alcanzaban a llegar las notas de las canciones en ese idioma al fondo de su alma, en donde necesitaba consuelo. Y siguió callado.

Y dijo: ¿Quién me va a escuchar en esta oscuridad, en este silencio y en esta soledad si canto en quechua? Nadie. Pero aún así volteó a mirar para asegurarse que no estaba ahí la sombra de su padre.

Y empezó a cantar por el camino pero esta vez en quechua. Ahí sí le afloraron todas las heridas, y salieron todas las canciones. Pero como llanto, como gritos desgarrados.

No cantaba sino aullaba, con gemidos, como reclamos a la vida, como pedidos de auxilio. Bañado en llanto cantó a gritos.

9. Al finalizar la clase

En 1962 ingresó a la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, a la Facultad de Educación, especialidad Castellano y Literatura.

Era el día lunes a primera hora cuando ingresó al aula el profesor Miguel Ángel Ugarte Chamorro, de baja estatura, mirada severa y escrutadora,  rostro cetrino y cejijunto, de ademanes nerviosos. La corbata fina pero mal amarrada. Y la correa del pantalón haciéndole dobleces. Los estudiantes se pusieron de pie.

– Tomen asiento. –Dijo, escueto

.
Y empezó su clase, sobre morfología del idioma castellano. Una maravilla de transparencia.

Qué claridad expositiva. Qué llaneza luminosa. Qué didáctica impecable.

Y el dominio de cada detalle y pliegue de la lengua castellana que él tiene.

¡Y ejemplos! ¡Lo máximo! Son cuatro horas seguidas que se han pasado volando.

Al finalizar la clase pregunta a todo el salón, de 45 alumnos, de manera abrupta:

– ¿Quién de ustedes habla quechua?

10. Van a huir

Silencio absoluto. Nadie sabe nada. No se escucha ni un resuello, ni una tos, ni un jadeo, ni una mosca ronroneando. Mira a todos, acercándose con sus ojos enrojecidos.

– ¿Quién habla quechua en este salón? ¡Es imposible! En el Perú de 15 millones 8 millones de personas hablan quechua.

No. No lo digo. Se van a reír. Se van a mofar. Pero, ¿para qué será que pregunta? Quizá sea para algo bueno. Para algún trabajo, ahora que lo necesito tanto. ¿O quizá sea para ser expulsado de la Universidad? Quizá sea indigno de esta casa de estudios hablar quechua. ¡De repente! Porque San Marcos es linaje, enjundia, blasones. ¿Para qué será? No. No lo digo. De hecho, es algo indigno, porque nadie se levanta. La pregunta es una trampa y yo casi he caído. ¿O solo será para burlarse? Pero este profesor parece serio y ¡es excelente!

– Vuelvo a repetir: ¿Alguien de ustedes habla quechua?

Nadie. Yo me lanzo. No. No me lanzo. ¿Me lanzo? Va a cambiar mi vida. Me espera la marginación, el desprecio, el ostracismo. Pero, necesito trabajar en lo que sea. Pero, ya no podré tener amigos. Ninguno de mis compañeros va a soportar juntarse con alguien que hable quechua. Van a huir de mí diciendo que apesto. Todos voltearán a mirarme.

11. Un
reo

– Es la última vez que pregunto: ¿Alguien habla quechua?

Nadie se atreve. Todos callan. ¿Cómo habremos sufrido los que hablamos para escondernos tanto? A ellos, ¿qué les habrán hecho? Pero lo tengo que decir, por mi gente que lo habla, que sí es valiente, por las comunidades pobres, por mi Perú sufrido, por mi gente humilde. Por los míseros y pordioseros, por el Perú que hay que redimir.

– ¡Yo hablo quechua!

La voz me ha salido como un grito. Ha resonado como si estallara un petardo. Parece que he dado un aullido. Seguro que se ha escuchado en otros salones. Todos han volteado a mirarme. ¿Por qué he gritado así? Desde adelante unos cuellos blancos se estiran a mirarme. He cometido un crimen.

– ¿Usted habla quechua?

Acabo de cometer un crimen. Todos ahora me detestan. Otra vez he metido la pata. Los que están a mi alrededor se apartan. Otra vez he vuelto a malograr mi vida. Me expulsarán seguro de San Marcos. Soy un reo. ¡Qué horror! ¿Por qué me pasa esto? De una he salido mordiendo polvo, pero ¿podré salir de esta? Escucho que musitan, escucho que maldicen.

12. Alguien que conozca

– ¡Llama!
– ¡Guanaco!
– ¡Auquénido!
– ¡Con razón apestaba en la clase!

Inmediatamente se han apartado. Antes les había parecido aseado ahora me encuentran sucio. Antes les parecía honrado, ahora les parezco infame. Antes no contagiaba, ahora soy un apestado. Como que ahora, a mi lado van a enfermarse de algo. Nadie quería juntarse conmigo.

¿Para qué indagaba el profesor esto? ¿Era solo por curiosidad? ¿Es por estigmatizar a alguien?

El profesor Miguel Ángel Ugarte Chamorro, gramático eminente, tiene el propósito de contribuir al repertorio de vocablos de la lengua castellana, incorporando peruanismos basados en el idioma quechua.

Necesita entonces de alguien que conozca a profundidad esa lengua, que redacte bien utilizando un lenguaje expositivo, sea disciplinado en el trabajo, y pulcro, a fin de elaborar las tarjetas léxicas con conocimiento de la gramática de la lengua en la cuál él ha de suplir cualquier deficiencia.

13. A su vez

A eso se dedicó el alumno Santiago Alvarado Anaya trabajando en la Ciudad Universitaria de San Marcos, en una oficina adyacente al Repertorio Bibliográfico, de 8 de la mañana a 7 de la noche, interrumpiendo este horario únicamente para asistir a clases en el mismo campus.

Su vida volvió al total aislamiento y marginalidad. Sentía que todos lo evitaban, pero eso era esta vez de alguna manera conveniente para su trabajo.

El estudio y el informe de 200 tarjetas léxicas con sus acepciones, variantes y usos, estuvo listo a fines del mes de septiembre del año 1963. Un equipo de lingüistas lo revisó minuciosamente. Otro de correctores se abismaron en la perfección del mecanografiado final.

El Dr. Ugarte preparó el oficio de remisión que firmaría el Rector de la UNMSM, dirigido Al director la Real Academia Española de la Lengua, el poeta, esteta y filólogo Dámaso Alonso, amigo personal del profesor Miguel Ángel Ugarte Chamorro. Se remitió el legajo y se solicitó, a su vez, una visita protocolar al despacho del Rector.

14. En sus propias manos

De la oficina del Rector, Dr. Mauricio San Marín Fraysinet, comunican que el día y la fecha de la entrevista es para el día 20 de octubre de ese mismo año. El Dr. Ugarte Chamorro pide al estudiante Santiago Alvarado Anaya que lo acompañe a dicha entrevista para resolver cualquier pregunta técnica que pusiera formular el Rector. La entrevista es amable y cordial. El Dr. Mauricio San Martín expresa:

– He leído fascinado, doctor Ugarte Chamorro, este interesantísimo trabajo, y la propuesta de incorporar vocablos quechuas a la lengua castellana, que lo considero una actitud aunque mínima, de reivindicación de nuestra historia y el encuentro dentro del desencuentro. Y esto es muy importante para la cultura de nuestro país.

– Gracias, señor Rector. Ya está implementado el oficio de remisión y hemos acompañado cuatro copias del estudio y del informe que es lo que en Madrid se necesita. El sobre, asimismo, está rotulado con precisión.

– Doctor Ugarte, permítame decirle, una investigación y propuesta como esta debe ser sustentada ante la Academia, de lo contrario hasta lo pueden archivar. Tenemos que garantizar que llegue de la mejor manera al Dr. Amado Alonso, y qué mejor sería viajando usted a Madrid. Coordine la fecha de recepción y usted mismo lo entregará en sus propias manos y con sus propias palabras, al director de la Real Academia Española.

15. La llaga de sus heridas

– Le agradezco la deferencia, doctor San Martín, pero este es un trabajo que si bien es idea mía, mi iniciativa y se ha ejecutado bajo mi dirección, yo no lo he realizado ni preparado directamente. Tampoco conozco la lengua quechua, que es la mayor tristeza de mi vida. Quien podría sustentarlo es el joven estudiante Santiago Alvarado Anaya, nacido en Aija, aquí presente. Y a quien yo recomiendo por su excelencia.

Recién volteó a mirarlo con curiosidad el Rector y pensando en alta voz se le escuchó decir.

– ¿Un estudiante de Aija entre los sabios de la Real Academia Española de la Lengua? Pero, sí es el idioma quechua de lo que se expone, la lengua del imperio más grande del Nuevo Mundo, ¿por qué no? ¡Es coherente! ¡Joven estudiante! Alístese a viajar junto con el Dr. Ugarte Chamorro a sustentar este trabajo en la RAE, en Madrid. –Y ya en tono más familiar le comenta–. ¡Veo que le ha traído suerte hablar el quechua!

Estas últimas palabras, candorosas, ingenuas y desprevenidas, fueron las únicas que le dolieron porque tocaban de un modo inocente la llaga de sus heridas, que siempre le sangraban.

16. Tres días antes

Por eso solo alcanzó a decir:

– Agradezco respetuoso este encargo que se deposita en mí para representar a la Universidad Nacional Mayor de San Marcos ante la Real Academia Española de la Lengua.

La respuesta de la RAE no se hace esperar, y llega al despacho del Rector. Entre otros conceptos dice:

“Felicitamos a la Universidad Nacional Mayor de San Marcos por este excelente y extraordinario trabajo. La Real Academia Española de la Lengua no solo recepcionará el estudio y la propuesta en su Comité Especial sino que considera un honor reunirse en Asamblea para escuchar la sustentación de esta trascendental propuesta, que como me informa en su comunicación Señor Rector, será posible. Dicha reunión ha sido fijada para llevarse a cabo el 11 de noviembre del año en curso”.

El doctor Miguel Ángel Chamorro y el estudiante Santiago Alvarado Anaya viajaron para sustentar en Madrid la ponencia “Castellanización de palabras de la lengua quechua”, tres días antes de la fecha estipulada.

17. Canto de amor

Aquel día el Salón de Asambleas de la RAE en la calle Felipe IV del barrio de Los Jerónimos, escuchó las palabras introductorias del Dr. Miguel Ángel Ugarte Chamorro y se anunció la exposición del joven estudiante Santiago Alvarado Anaya de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.

Luego del saludo protocolar Santiago Alvarado empieza diciendo:

Ackuri urpi ewac`ushun
tac`key jirk`a wac`tallanta
tzechomi urpi yachac`ushun
k`unturcuna tak`unanchu.

La traducción contextual de este breve harawi, que es un canto de amor quechua, dice así:

Ya es oportuno irnos palomita, vámonos muy alegres
a la vuelta de aquel cerro, que estamos viendo.
Palomita, en ese lugar, viviremos pletóricos de cariño
donde los cóndores, muy erguidos, nos centinelen.

18. Otra vez

Y lo traigo aquí porque siento que mi lengua es esa palomita que después de haber sido la lengua de un imperio fastuoso, es esa palomita escondida en las rocas y breñales y lugares ariscos adonde ha volado pero que está viva. Porque está cuidado por cóndores.

Ahora ha venido, ha volado y se posa en el tejado soberbio y noble de la Real Academia Española de la Lengua. Y ya está aquí en la ventana. Contémplenlo tal como es: dulce, honda y candorosa. Y sufrida. Pero asombrada ahora de llegar hasta este magno recinto.

Y prosiguió espléndido.

Al terminar Amado Alonso y los académicos que presidían la Asamblea se levantaron de su asiento. Y el director avanzó hasta el atril donde ese niño indefenso, tal como es su lengua, les había hecho sentir la presencia de otro mundo lleno de esperanza.

Aún escuchando los aplausos Santiago Alvarado Anaya se vio otra vez humillado en el patio de su escuela. Sintió la llegada de la noche en la bifurcación del sendero en Yara, volvieron a adelgazarse las canciones las canciones en quechua y el llanto en el camino. Y su “Yo sé hablar quechua” en el aula de San Marcos y que le salió como un rugido.

Epílogo.

Felizmente había cerca un vaso de agua y mientras agradecía los aplausos y las miradas de asombro y de cariño, bebió a sorbos que le sirvieron para atajar las lágrimas y hacerlas que sus ojos lloraran hacia adentro.

A su regreso se llevó a cabo una reunión académica en el Salón de Grados de la Universidad de San Marcos en donde el Dr. Miguel Ángel Ugarte Chamorro informó y luego cedió la palabra al estudiante que había logrado, según sus palabras, una proeza nunca vista en el salón de asambleas de la Real Academia Española de la Lengua.

Es en ese momento que llega el Rector, don Mauricio San Martín para anunciar que Dámaso Alonso acababa de comunicarse con él anunciándole la incorporación plena de los 200 vocablos propuestos en la investigación presentada en Madrid y que pasarán a formar parte del lexicón de la lengua castellana.

Abrazó a Santiago Alvarado Anaya, quien se puso a llorar.

martes, 22 de febrero de 2011

Los días de pesca

Un cuento de Ana María Shua

 

…que el agradezco a Roque habermelo compartido!


Cuando yo era chica, en verano, iba siempre a pescar con mi papá. La caja de pesca era de madera y estaba pintada de verde. Adentro había anzuelos de distintos tamaños: los más chicos eran para pejerreyes y los más grandes para tiburones. También había plomadas. Las plomadas, en general, tenían forma de pirámide. Eran muy pesadas. Tenían esa forma para evitar engancharse en las rocas. Íbamos a pescar al muelle o al Pozo de las Burriquetas y siempre se enganchaba la plomada porque había muchas rocas. Yo digo nos pero el único que pescaba era mi papá. Es decir, el único que manejaba la caña porque en Miramar había muy poco pique. Yo tenía una cañita pero nunca la llevaba; no me gustaba usarla. Lo que me gustaba era estar parada al lado de papá. En el muelle ya nos conocían y también nosotros conocíamos a los que iban más seguido. Al Flaco, por ejemplo, que tenía el pelo rubio y las cejas completamente negras, y a un señor mayor
(mayor que mi papá) que se llamaba Ibarra. Yo me sentía muy orgullosa de los conocimientos que iba adquiriendo y trataba de demostrarlos cada vez que podía. Sabía, por ejemplo, que los meros, aunque son chicos, tiran mucho y que a veces, por la forma en que se dobla la caña, uno puede confundirlos con un pez mucho más grande. Cuando alguno de los pescadores venía trayendo la línea con esfuerzo y la caña se cruzaba y vibraba, yo me acercaba y le decía: Por ahí es un mero, nomás-. Sabía también reconocer a los gatuzos, que son como tiburones chiquititos- los que tenían manchas oscuras se llamaban overos. A los gatuzos les sacaban el anzuelo y los tiraban otra vez al agua. Algunas veces sacábamos un chucho. A los chuchos, me decía papá, hay que aflojarles la estrella porque pegan la disparada y si uno no les da línea la pueden cortar. Después se pegan al piso, haciendo ventosa. Una vez papá fue a pescar solo y cuando volvió contó que
había tenido un pique increíble. Que tenia floja la estrella del ril y de repente algo (nunca se supo qué) mordió el anzuelo y pegó tal disparada que el hilo de nailon, por el roce, le quemó el pulgar. Me acuerdo perfectamente de la línea blanca de la quemadura en el pulgar de papá. Y sin embargo, mi papá se murió. ¿No es increíble, El primer tirón lo sintió en el espinazo, a la altura de la cintura, la noche después de la caída. Nunca más volvió a sentir un dolor tan fuerte. Esa mañana, en la pieza de ellos, había sábanas en el suelo y yo no sabía por qué. Tuvo que dormir en el suelo toda la noche, me dijo mamá. En la cama no podía ni darse vuelta. A la noche volvió cansado pero menos dolorido. Levantarme del suelo me dio un trabajo bárbaro, me dijo. Había ido al médico esa tarde Hernia de disco le diagnosticaron. Tómese unos calmantes.
En la caja verde había también magrú, que usábamos de carnada. A veces papá me dejaba cortar el magrú, pero siempre lo encarnaba él porque tenía miedo de que me timara con los anzuelos. (Papá siempre tenía miedo de que yo me lastimara. Por esa época había inventado un protector de alambre que se ponía en la hoja del cuchillo para que yo aprendiera a pelar naranjas sin cortarme.) El magrú tiene un olor fuerte y mamá se enojaba cuando veía la caja de pesca dentro de la casa. La guardábamos en el baúl del coche. En ocasiones muy especiales papá compraba calamaretes y los ponía en el congelador: carnada de lujo. En el muelle había siempre mucho viento. Yo me ponía un pulover muy gordo de color amarillo mostaza que me había tejido mamá y jugaba a hacerme canasta. El juego consistía en ponerme en cuclillas y estirar el pulóver, que me quedaba grande, hasta que me tapaba completamente las piernas, enganchado en el borde de los zapatos.
Otra manera de protegerme del viento era ponerme contra una de las paredes de la casilla que había en la punta del muelle. Cambiaba de pared según cambiaba la dirección del viento. Con los mediomundos yo me entretenía tratando de adivinar, cada vez que los levantaban, cuántos cornalitos traían. Generalmente no traían ninguno. Yo había aprendido a agarrar los cornalitos, que me dejaban en la mano las escamas brillosas, y los ponía en la lata del pescador. A mí me gustaba el olor de la mezcla que los mediomunderos tiraban cada tanto al agua para atraer a los cornalitos. En el muelle lo único que sacábamos eran gatuzos. En el Pozo de las Burriquetas teníamos más suerte. Había que bajar una especie de escalerita natural que tenía el acantilado. A mí, me parecía muy peligroso y divertido. Papá bajaba primero me vigilaba desde ahí. El Pozo era una playita angosta y bastante larga. Papá aprovechaba para practicar tiros con la caña y medir
hasta dónde llegaba la plomada. Tomaba la medida con los pasos: cada paso era un metro. Yo deseaba que los tiros fueran muy largos pero nunca pasaban de los setenta metros. Me acuerdo clarito de la distancia que había entre las huellas de papá, setenta metros más o menos a lo largo de la playa. Y sin embargo, mi papá se murió. ¿No es increíble?  
Los tirones los empezó a sentir después en la pierna derecha. Primero en el pie. Después en la pantorrilla. La columna no le dolía más. En ese momento había problemas financieros en la fábrica y tenía que andar mucho por el centro, de banco en banco. Dejate de jorobar y andá a un Médico como la gente le decía mamá, que no es amiga de médicos. Ese de la mutual no sabe nada. La verdad que papá ya rengueaba bastante y el fin de semana de Reyes no había posición que le viniera bien. Mamá estaba en Mar del Plata con los abuelos y yo me sentía responsable de que papá estuviera lo más cómodo posible. El tirón lo sentía ahora en el musIo; comía medio recostado en el sillón del living.  
Donde sí pescábamos de verdad era en lo que papá llamaba El Pozo Pestilente. Íbamos poco porque estaba lejos. Es el lugar donde desagua la cloaca de Mar del Plata y donde van a tirar los desechos las fábricas de pescado. Para ir al Pozo Pestilente había que levantarse temprano. El día anterior mamá nos preparaba los sandwiches y las bebidas. Se pescaba desde arriba del acantilado. El suelo estaba cubierto de huesitos de pescado y toda clase de porquerías. Había moscas brillantes, o azules y pegajosas que zumbaban fuerte y volaban despacio. Moscas zonzas, les decía papá, por lo pesadas. Allí pescábamos bagres, unos bagres gordos, bigotudos y con feo olor. Papá les cortaba enseguida los bigotes, donde tienen un aguijón. Después, a la noche, y protestando mucho, mamá preparaba los bagres en una mayonesa de pescado. Mientras estábamos pescando no hablábamos casi. Había que estar callados para no espantar a los peces. Papá tenía la
caña agarrada con las dos manos y entre el índice y el pulgar de la mano de arriba sostenía el nailon de la línea para sentir el pique. Cuando me dejaba tener la caña un ratito, a mi siempre me parecía que había pique y le hacía levantar enseguida. Teníamos dos problemas: los enganches y las galletas. Cuando había un enganche papá dejaba la caña en el suelo y agarraba el nailon. Lo estiraba lo más que podía y después lo soltaba de golpe. Si no se desenganchaba, se cortaba la línea; pero daba mucho trabajo que pasara cualquiera de las dos cosas. Las galletas eran lo peor. Y a veces venían junto con los enganches. El hilo del ril se engalletaba de tal manera que teníamos que guardar todo volver a casa para desenredarlo con paciencia. Una galleta brava podía llegar a suspendernos la pesca por toda la semana. Lo que más me gustaba era la parte de operar a los pescados. Papá los abría en canal con el cuchillo que guardaba en la caja
verde y también les sacaba las tripas. Les abríamos los intestinos para ver qué habían comido. Mientras lo estábamos haciendo, yo me imaginaba que iban a aparecer allí toda clase de maravillas, como anillos mágicos o pedacitos de vidrio. Sin embargo, nunca me decepcionaba porque papá, examinando el picadillo, me daba una larga explicación sobre lo que habían comido los pescados. Además a veces encontrábamos caracoles o cangrejitos. Una vez pescamos una corvina negra con las huevas hinchadas de huevitos. Como era muy grande papá se sacó una foto con la corvina toda enganchada en el anzuelo. La foto la tengo. Y sin embargo mi papá se murió. ¿No es increíble?  
Tuvo que volver mamá de Mar del Plata para que la operación se decidiera. Primero lo vio un traumatólogo, después un neurólogo. Si no se opera, pierde el pie, le dijeron, porque papá y mamá no querían. Está pinzado el nervio ¿Le gustaría arrastrar el pie muerto?, le dijeron, que sabían que no le gustaría. No hay alternativa, dijeron. Hay que operarse. Porque querían ver lo que tenía adentro.  
Dos veces hubo pique en Miramar. Una vez fue el día del cardumen. Era un día de lluvia y estábamos aprovechando para arreglar las líneas. Me gustaban los nuditos de nailon en los anzuelos. De repente tocan el timbre y era el Flaco. ?Un cardumen en el muelle, dice y se va corriendo. El muelle estaba lleno de gente, erizado de cañas. Había olas altas. Papá tenía miedo de que me pegaran con una plomada en la cabeza y no me dejaba que me separara de él. No teníamos la caña. Estaban los de siempre y muchos más. Era un cardumen de pescadilla seguido por cardumen de anchoas. Ibarra había sacado cincuenta y una pescadillas y media: la otra mitad se la había comido una anchoa cuando la estaba trayendo. Las anchoas tenían los dientes filosos y parecían bravas. Las pescadillas eran más tranquilas. El cardumen ya casi había pasado. Daba pena ir a buscar la caña. La otra vez que hubo pique tampoco pudimos sacar nada. Fue en el concurso de pesca de
tiburón en el Pozo Universal. El Pozo Universal es una playa inmensa, a la entrada de Miramar. Papá no había llevado la caña pero en cambio tenía la cámara filmadora y filmaba lo que pescaban los demás. En la película yo ya no soy tan chica. Tengo un pulóver azul que me queda grande pero que no alcanza a disimular lo que me está pasando. Tengo un flequillo que me queda muy feo. Se ven muchos tiburones, casi todos hembras preñadas. En una escena un chico morocho pisa la panza de una tiburona y salen seis o siete tiburoncitos todavía moviéndose. Él no aparece en ninguna toma, pero uno sabe todo el tiempo que está ahí nomás, del otro lado de la cámara. Y sin embargo mi papá se murió. ¿No es increíble?  
El día anterior, en el sanatorio, nos pidió que lo filmáramos. Habían pasado tres días desde la operación. A papá le gustaba llevar el registro filmado de todos los acontecimientos importantes: el coche volcado, el asalto a la fábrica, mi varicela. Yo no tenía muchas ganas de filmarlo Estaba acostado boca arriba, sin poder moverse. Tenía una aguja clavada en el brazo. La aguja estaba conectada a un cañito de nailon que salía de una bolsa llena de líquido, sostenida por un soporte alto y vertical. Pero papá se sentía mejor y me pidió que le trajera mazapán.
A los pescados el anzuelo no siempre se les clavaba en la boca. A veces se lo tragaban y sacárselo era una carnicería porque había que operarlos vivos. Otras veces estaba enganchado en una aleta, o en el cuerpo. En ese caso papá decía que el pescado era robado. Cuando íbamos al Pozo Pestilente llevábamos siempre el robador, que es un gancho grande, como un anzuelo gigante de cuatro puntas (o como cuatro anzuelos gigantes pegados). El robador sirve para levantar los pescados más pesados sin que se corte la línea. Cuando parecía que había picado algo grande papá me pedía, mientras recogía la línea, que fuera preparando robador. Las burriquetas, cuando las sacaban del agua, hacían un ruido raro y continuado, como un ronquido. Por eso las llamaban también roncadoras. Los que aguantaban más en el aire eran los tiburones. Los chuchos también eran aguantadores, y eso que cuando papá les cortaba la cola con el pinche, les salía bastante
sangre. Nunca se me ocurrió preguntarle a papá por qué se morían los pescados fuera del agua. Como no tenían nariz, me parecía natural que no pudieran respirar. A papá le gustaba mucho explicarme cosas y mientras estábamos pescando yo trataba de inventar preguntas difíciles para que él me las pudiera responder. Y sin embargo, mi papá se murió. ¿No es increíble? ?Me ahogo, me dijo mamá llorando que papá le dijo. Y ella levantó la vista, le vio los ojos desesperados, desorbitados. Con el oxígeno no pudieron hacer nada, ni con los masajes al corazón. Ni con la coramina. No volvió a respirar. Hicimos todo lo que pudimos, me dijo mamá llorando. Fue una embolia. Los pulmones.  
Cuando yo era chica, en verano, iba siempre a pescar con papá. Y sin embargo, mi papá se murió. ¿No es increíble? Lo pescaron.

Ana María Shua- Breve reseña sobre su obra

La primera obra de esta escritora argentina nacida en Buenos Aires en 1951 es un poemario publicado cuando Ana María Shua tenía dieciséis años: El sol y yo. Desde entonces y hasta la publicación de su siguiente libro transcurrieron trece años.  
Graduada en Letras por la Universidad Nacional de Buenos Aires, en 1976, tras el golpe militar, decide instalarse en Francia con su esposo. Regresa a Argentina y publica en 1980 su primer novela, Soy paciente, ganadora del Primer Premio del Concurso Internacional de Narrativa de Editorial Losada.  
Los amores de Laurita (1984), su segunda novela, es traducida al alemán en 1992. Ambos textos son llevados al cine con guiones de la propia autora.  
Su producción novelística se completa con El libro de los recuerdos (1994), novela para cuya redacción obtiene en 1993 la beca Guggenheim.  
La original obra cuentística de Ana María Shua logra repercusión internacional al aparecer en publicaciones de Inglaterra, Alemania, España, Italia, Holanda, México, Estados Unidos y Canadá. Su cuento Otro otro es premiado en el Concurso Internacional de Puebla, México. Los días de pesca (1981), La sueñera (1984), Viajando se conoce gente (1988), Casa de geishas (1992), son algunas de sus colecciones de relatos.  
Ana María Shua es también autora de libros infantiles y juveniles, algunos de ellos reconocidos y premiados en Venezuela, Estados Unidos y Alemania. La batalla de los elefantes y los cocodrilos (1988), Expedición al Amazonas (1988) o El tigre - gente, son algunos ejemplos.  
La prosa humorística, con textos como El marido argentino promedio (1991), y los libros relacionados con la cultura judía, como Risas y emociones de la cocina judía (1993) o Cuentos judíos con fantasmas y demonios (1994), además de guiones cinematográficos, completan su producción.  
Tal como afirma el crítico Fernando Burgos, la obra de Ana María Shua es muchas veces irónicamente crítica de los modos culturales y los sistemas de representación social, apelando para ello, en la mayoría de los casos, al humor o a la perspectiva de la extrañeza.  

Los días de pesca, el cuento de hoy, pertenece al libro homónimo e integra la antología Cuentos de Hispanoamérica en el siglo XX, vol. III, Madrid, Castalia, 1997.   

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La palabra viaja y se encuentra

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Para más información los invito a visitar el blog de Tarija 2011

sábado, 19 de febrero de 2011

EL CRESPIN

-Leyenda de la Provincia de Salta

El crespín es un pájaro del tamaño de un gorrión. Tiene la cola larga y las alas cortas. Su canto parece decir: "cres... pín... cres... pín... Se lo ve en tiempos de la cosecha del trigo, en el centro y noroeste argentino, y su canto otorga cierta tristeza al paisaje. Cuenta la leyenda que Crespín era un criollo bueno y trabajador, que prefería la vida sencilla y sobria.

En cambio a Durmisa, su esposa, le gustaban mucho las fiestas y la música y sobre todo el baile. Un año, de cosecha muy abundante, Crespín tuvo que trabajar de sol a sol para poder terminar con la siega y la trilla. Y fueron muchos días; tantos, que a Crespín le parecieron uno por cada espiga de trigo del campo. Una tarde llegó a su rancho muy cansado y sintiéndose enfermo a causa de tanto esfuerzo. Durmisa no le prestó atención; estaba ocupada bailando.

-Estoy enfermo y tengo que terminar con la cosecha -dijo Crespín-. Por favor, ve al pueblo y tráeme medicina para poder levantarme mañana y seguir con el trabajo.

Durmisa no le dio mucha importancia, pero dejó su danza y partió hacia el pueblo. En el camino se encontró con un baile, donde todo el mundo festejaba la, terminación de la cosecha. Y no bien oyó la música de una zamba olvidó a su esposo. Sin poder contenerse, comenzó a bailar, una y otra zamba, y ya no pudo parar más. Entonces vinieron a avisarle que Crespín se encontraba moribundo.

-La vida es corta para divertirse y larga para llorar -contestó ella sin preocuparse, y siguió bailando.

Terminada la fiesta, Durmisa volvió a su casa. Crespín no estaba allí. Lo buscó por los alrededores, y nada. Llena de remordimiento, atravesó el trigal sin dejar de llamar a Crespín hasta casi quedarse sin voz. Con el último aliento, enloquecida, Durmisa pidió a Dios que le diera alas para seguir la búsqueda, sin saber que Crespín había muerto esa noche y que unos vecinos piadosos lo habían velado y enterrado. Y así, convertida en pájaro, todavía sigue buscándolo por los trigales dorados de sol, llamando y llamando a Crespín.

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martes, 15 de febrero de 2011

No es lo mismo la fantasía que la realidad

Cuento sufi

Cuentan que había un rey a quien le gustaban mucho los dragones. Se hizo un gran experto en esta materia y su palacio estaba decorado con obras de arte que recreaban todo tipo de dragones, gran parte de sus joyas representaban dragones y su ropa estaba decorada con motivos de dragones. En sus jardines manaban fuentes con dragones de piedra e instauró una gran fiesta llamada el Festival del Dragón. Incluso afirmaba que sería capaz de dar cualquier cosa con tal de tener la oportunidad de ver a un dragón si es que éstos hubiesen existido.

Una noche, un fuerte ruido lo despertó. Un enorme animal estaba introduciendo su cabeza por la ventana y, al abrir sus fauces, lanzó una llamarada que casi alcanzó al rey. Era un dragón. El aterrorizado monarca llamó a gritos a su guardia, que acudió en tropel armada hasta los dientes.

-¡Matad a esa bestia! -ordenaba el rey fuera de control. Al cabo de una cruenta pelea, el extraordinario animal yacía muerto a las puertas de palacio.

Desde ese momento, al rey dejaron de gustarle los dragones.

La gota que rebalsa

 

Dicen que una sola gota rebalsa un vaso y al hacerlo genera un fluir incontrolable que se derrama sin escándalo por donde se le da la gana.

¡Es cierto!

Hoy me he puesto ha apilar los sinsabores por un lado y las buenaventuras por el otro. La balanza colapsó y me derramé como la gota, sin escándalo y sin prisa hacia ese instante en que lo que era ya no es.

© Ana Cuevas Unamuno

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lunes, 14 de febrero de 2011

QUÉ BELLA LA BESTIA, QUÉ BESTIA LA BELLA.

Un Cuento de Ana Cuevas Unamuno

Siempre había sido prisionera de su belleza, como si fuese ella el único mérito que los demás le reconocían, su único sentido, su sino.

Tan bonita era que desde su nacimiento cargó con la obligación de mostrarse buena, educada, cortés, simpática, habilidosa y pura. Al punto de verse forzada a representar una adolescencia angelical, destacando simultáneamente su potencial sensual y su ingenuidad impuesta.

A los seis años, muerto su padre, su madre, urgida por la miseria, la llevó al primer concurso de belleza infantil del que salió reina y con un contrato por cinco años para modelar los diseños de una prestigiosa casa de Alta Costura.

Sus dos hermanas, condenadas por la vulgaridad de su apariencia, terminaron por detestarla acusándola de falsa, trivial, vacua... Las dos, sin otra opción, se abocaron al estudio a fin de destacarse en inteligencia, cultura y seriedad. La una como ingeniera, la otra como científica, cada una con su título enrostrándole la superficialidad de su vida, vida que por otro lado, aunque nadie lo decía, había brindado los recursos para que ellas estudiasen. Así las distancias cada vez mayores entre ellas se fueron trazando.

A los doce años Linda concluyó su contrato al mismo tiempo que la nueva pareja de su madre ingresaba a la familia y por decirlo de algún modo, la descubría.

Hernán, cineasta cincuentón, fiestero y farandulero viejo, supo nomás verla que tenía entre sus manos su nuevo manantial de la abundancia. Y fueron literalmente sus manos las que la modelaron convirtiéndola primero en la Lolita tonta que erguía miembros y vaciaba bolsillos, y más tarde en la modelo más sexy del panorama mundial.

Su madre, fascinada con el bienestar que el hacer de su pequeña le brindaba, consideró que ningún mal le hacía a la niña que el hombre experto de la familia y luego otros, la instruyeran en el delicado arte del gozo.

Mientras sus hermanas engordaban pariendo hijos y gastaban fortunas, que ella les proveía, en ocultar las arrugas de frustración y fatiga, Linda aprendió a ser la costilla complaciente que mantenía en alto el prestigio de los machos que la cercaban.

Aplausos. Premios. Fotos. Reportajes. Historias imaginadas para satisfacción del público, que ella nunca vivía, constituían su única realidad cotidiana.

Y mientras todos se regocijaban con su éxito, Linda ocultaba tras la sonrisa, la caldera de pasiones que la dominaban con más potencia de día en día amenazando con aniquilarla.

La fatalidad se entrometió de pronto de la mano de un potentado extranjero que encontrándola en una fiesta se enamoró irracional y perdidamente de ella.

Para este hombre las negativas no existían, la opción era ser suya o caer en la desgracia. Madre, padrastro, productores, jefes e incluso sus hermanas, temiendo perder su buen pasar y conscientes de lo efímero de la belleza en el tiempo, presionaron sin piedad. Linda cedió una vez más.

La boda fue un tramado de pactos. Él mantendría el status familiar y pagaría las indemnizaciones por el rompimiento de los contratos. Ella sería sólo de él y prometía nunca pretender un hijo. El motivo de esta última cláusula lo supo una vez que llegaron a su nueva residencia. Ahí, en el piso superior, vivía el único hijo de este hombre. Un joven agradable, en nada parecido a su padre, que a causa de genes defectuosos había nacido tullido y contrahecho. Se llamaba Zulm, que en árabe significa injusticia, no por compasión a su desgracia sino como expresión de la terrible decepción de su padre.

Zulm y Linda poco a poco fueron conociéndose, construyendo un vínculo en los períodos en que el hombre, por razones de trabajo, viajaba y los dejaba solos.

Zulm fue el primero que en vez de admirarla se condolió de ella y le preguntó qué sentía.

Zulm fue quien la llamó cariñosamente Zaar y le cambio así el destino. Zaar en árabe significa Venganza.

Un año más tarde Linda organizó una fiesta magnífica invitando a su familia, a ex compañeros de trabajo, a ex jefes y productores, a ex maestros en el arte del gozo. Nadie quedó fuera.

A las doce, como indica la tradición, invitó a todos los invitados a entrar en el gran salón. Les sirvió personalmente una copa de un misterioso elixir y sin que nadie lo notara se acercó a la única puerta. Desde allí, cuando las copas brillaban vacías y los rostros la observaban curiosos y expectantes, habló sin que la sonrisa tan obligada, tan estudiada, se borrase de su rostro angelical. A la primera palabra Zulm surgió de entre las sombras y le tomó la mano.

—Tengo dos grandes noticias para compartir con todos ustedes. La primera es que voy a tener un bebé... no, no se espanten, no es hijo de mi actual esposo, sino de su hijo, del hombre que amo — y señaló a Zulm parado a su lado que asintió serio, sin decir nada.

Exclamaciones, murmullos nerviosos, espantos e inicios de gestos se precipitaron, pero Linda los detuvo elevando la voz, al golpe de sus palabras

—La segunda noticia es contarles que Zulm es un gran investigador, un genio de la biología y la genética, cuyo primer gran descubrimiento he querido compartirlo con ustedes...

Un silencio aturdido, aterrado, rodeó el espacioso salón. Linda prosiguió sin inmutarse

—Tan simple. Tan dorado como vuestros sueños. Bebible con la misma liviandad con habéis bebido mi vida...

Cientos de copas cayeron estrellándose en el piso de negras y costosas baldosas de mármol.

—No teman, no es mortal, no por lo menos de modo instantáneo...Provoca pústulas purulentas, descames, quizás alguna atrofia, alguna debilidad de huesos..., pero por suerte en nada daña la conciencia, la deja lúcida hasta el final. Final que puede suceder en minutos, en una hora, un mes, un año, una década... Todavía no lo sabemos. Zulm ya trabaja en el antídoto y yo le estoy ayudando.

Linda salió seguida por Zulm, las puertas del gran salón se cerraron y hasta hoy nunca más se supo de ellos.

 

domingo, 13 de febrero de 2011

Él. Ella..., la Esquina

 

El: Va caminando por la calle descubriendo cada lugar. Esta buscando, está encontrando. Le gusta caminar observando como el mundo pasa apurado, aturdido, distraído a su alrededor. Se detiene a mirar los detalles, las paredes altas, las ventanas cerradas, las cúpulas olvidadas, también observa los pequeños gestos que delatan las historias de vida. Como aquel hombre de traje gris que arrastra su oficina con rostro de balance en rojo, andar metódico y simétrico; o aquella mujer que corre para seguir corriendo y de tan apurada todo lo olvida, o ese linyera que pasea su abandono indiferente a los gestos de rechazo.

Se cruza con ceños contraídos, tensos, furiosos, decepcionados, miradas perdidas, ciegas, vacías. Bocas torcidas en infinidad de muecas, gritos malhumorados, señales inconfundibles de apuro, de desconcierto, de miedos, de ganas. Suspira, el sol brilla en el cielo, unas nubes tenues juguetean.

¿Qué podría sorprenderlos?. ¿Qué despertaría una sonrisa en sus rostros?. Se preguntó él. Quizá si del cielo cayesen rayos de colores, todos se detendrían. ¡No!..., seguramente no, ¿quién podría verlos?, pensó apenado mientras continuaba su camino

Ella: Va caminando por la calle en sentido opuesto. Tiene el andar ligero, el rostro risueño, va mirando y viendo. Ríe, ría por que sí, por que está viva. ¡Que extraña sensación la de su risa mezclándose con las caras hoscas, serias, amargas!. Una vieja la mira y frunce el entrecejo disgustada. ¿Qué le pasa a este mundo que nadie ríe? ¿Dónde están esos ojos que aún buscan?. Se preguntó al descubrir que aunque la miraran nadie la veía.

Sus ojos recorren arriba y abajo, miran hasta en los rincones buscando otros ojos vivos. Los deja penetrar tras las caretas, se sorprende al no hallar nada, se detiene de pronto en medio de la vereda atascando el paso, inmutable a quejas, empujones e insultos. ¡Siga!. ¡Siga!, le gritan, le exigen molestos, los que pasan a su lado.

Sonríe, nadie contesta, sonríe y su sonrisa le devuelve el paso ligero, todo su cuerpo serpentea haciendo de sus pies alas que la guían.

La Esquina: Las esquinas no son intrascendentes, son lugares especiales, puntos de encuentro que se inventaron para que pasen cosas. Es en ellas donde uno gira cambiando el horizonte, o bien donde cruza fronteras. Las esquinas nos obligan a detenernos siquiera un instante. Son los sitios donde se acumula la gente, donde chocan o se encuentran. Las esquinas son nudos de corriente que abren direcciones, puntos de energías infinitas que provocan al movimiento. Existen en todas partes y todos sin distinción de credos ni de razas las conocen. A ellas le canta el tango y el rock, las hay famosas, trágicas, útiles, perdidas. Las esquinas son lugares especiales para comenzar y terminar historias, historias como esta por ejemplo...

El y Ella avanzaban cada uno con su mundo a cuestas. Él anhelando un rostro abierto, capaz de detenerse a ver los milagros del cielo y de la tierra. Ella ansiosa de unos ojos vivos, desnudos de antifaz. Los dos avanzaban paso a paso hacia la esquina.

Él la vio de pronto al dar la vuelta y chocar con su sonrisa. Ella lo observó asombrada al tropezar con sus ojos transparentes, vibrantes, curiosos. Así quedaron prendidos uno del otro, sorprendidos, satisfechos. A su alrededor estallaron luces de todos los colores, ella tomó el verde y se cubrió con él. Él escogió el rojo y lo convirtió en capa. Ella tomó algo de aquí, algo de allí y armó un hermoso ramo de matices. Él giró en redondo sujetando rápido el escurridizo blanco y con él la coronó. Ella rió, Él le tendió la mano, ella la tomó.

Primero fue un paso, luego otro, comenzaron caminando para salir corriendo, para seguir volando...

El mundo sigue andando envuelto en sus problemas, desbordando nostalgias, arrastrando sus penas, farfullando enojos, murmurando soledades, suplicando un milagro que sorprenda sus vidas, pero sus ojos no han visto lo que pasó en la esquina. Estaban mirando la nada más abajo del piso pero la vida mejora más arriba, ahí, justo donde miran los niños.

El y Ella están siempre en la esquina de todos encontrándose, riendo, cantando, danzando, envolviéndose en colores. Nosotros... nosotros somos los que no miramos.

Más basta tan solo conque uno, uno solo, alce los párpados creyendo en los milagros que pueden suceder “A la vuelta de la esquina...”, y los verá.

Pues solo los que miran y al mirar ven, son los que viven la vida librándole batalla a la desesperanza, olvidando las bofetadas aunque le ardan las mejillas, por que mantienen viva la llama de la esperanza. Son los que no dictan sentencia, huyen del reloj, desconocen las frases hechas, dudan del siempre y del jamás, saben que la vida nunca es de una sola manera y gozan descubriendo sus muchas formas. Saben dialogar con la esencia del otro y no solo con sus reflejos, cierran las puertas a lo hueco, rechazan las apariencias, se entregan. Son los que siempre tropiezan por estar con la mirada más alto que el suelo.

Ellos son los únicos que vieron cuando Él y Ella remontaron vuelo y gozosos se sintieron ellos.

¿Los has visto?

sábado, 12 de febrero de 2011

El zorro, el quirquincho y la tostadora de maíz

Cuento tradicional de TUCUMÁN- ARGENTINA


Diz que el zorro y el quirquincho habían andao de compañeros. Habían andao buscando qué comer.
Diz que iban cerca di un caminito y han visto que venía una vieja con una tipa75 en la cabeza llena di
ancua76. La vieja qui había tostao como diez callanadas77 de máiz pa hacer cocho78, volvía de la casa de
una comadre ande había ido a molela a la ancua. Y áhi que li ha dicho el quirquincho al zorro:
-Yo me guá hacer el muerto a ver si la vieja mi alza y me pone en la tipa 'i cocho, y como, y saco lo
que puedo.
Y diz que si ha hecho el muerto en el caminito. Y qui ha llegao la vieja y ha dicho:
-¡Ve, mi suerte!, m' hi encontrao este quirquincho. Seguro que los perros lu han dejau medio muerto
o 'tá helau. Con el quirquincho asao y la sopa 'i cocho se van a poner panzonas mis guaguas79.

Y áhi que lu ha alzau y lu ha echao en la tipa. Y el quirquincho muy despacito si ha llenau los
bolsillos 'i cocho, y cuando han pasao por debajo di un árbol bien bajo, si ha colgao de las ramas. Y áhi
si ha largao y lu ha ido a buscar al zorro y lu ha convidau. Y áhi el zorro ha dicho que va hacer lo mismo
él.
Cuando la vieja ha llegao a su casa si ha dau cuenta lo que le había hecho el quirquincho. Al otro
día ha güelto a ir a moler ancua. Cuando ha 'tau viniendo ha visto un zorro áhi en el camino, tirao a lo
largo. Y áhi ha dicho:
-Éste me va a pagar la que mi ha hecho el quirquincho.
Y ha buscao la vieja un palo bien grueso y li ha comenzao a dar garrotazos al zorro. Y ¡qué pucha!,
áhi ha salíu disparando el zorro. Y lu ha ido a buscar muy enojao al quirquincho, que casi lu ha hecho
matar.


Miguel Ángel López, 76 años. Tafí del Valle. Tafí. Tucumán, 1951.
El narrador posee un repertorio muy rico de cuentos. Es un campesino iletrado, pero
inteligente y muy buen narrador. Es natural de San Pedro de Colalao, pueblecito serrano.

Tomado de Cuentos y leyendas populares de la Argentina. Tomo I- Berta Elena Vidal de Battini

viernes, 11 de febrero de 2011

El abrazo del juglar

Felipe no sabía leer. Era torpe, sucio, me molestaba. Justo al lado de casa se le ocurrió ir a vivir. Cada tarde mientras él acomodaba la basura recogida durante el día, yo sentada en el pasto del jardín leía. Por fastidio leía en voz alta para que él supiese que yo era inteligente, distinta. Pasaron años, nunca hablamos. El cataclismo duró un eterno instante, nada quedó en pie, ni la casa, ni el jardín, ni el pueblo, ni mis ojos. Una mano tibia secó mi llanto, arrullándome amorosamente con palabras rescatadas de mis libros ahora perdidos.

sábado, 5 de febrero de 2011

Apuntes sobre el arte de escribir cuentos, por Juan Bosch

 

El cuento es un género antiquísimo, que a través de los siglos ha tenido y mantenido el favor público. Su influencia en el desarrollo de la sensibilidad general puede ser muy grande, y por tal razón el cuentista debe sentirse responsable de lo que escribe, como si fuera un maestro de emociones o de ideas.

Lo primero que debe aclarar una persona que se inclina a escribir cuentos es la intensidad de su vocación. Nadie que no tenga vocación de cuentista puede llegar a escribir buenos cuentos. Lo segundo se refiere al género. ¿Qué es un cuento? La respuesta ha resultado tan difícil que a menudo ha sido soslayada incluso por críticos excelentes, pero puede afirmarse que un cuento es el relato de un hecho que tiene indudable importancia. La importancia del hecho es desde luego relativa, mas debe ser indudable, convincente para la generalidad de los lectores. Si el suceso que forma el meollo del cuento carece de importancia, lo que se escribe puede ser un cuadro, una escena, una estampa, pero no es un cuento.

“Importancia” no quiere decir aquí novedad, caso insólito, acaecimiento singular. La propensión a escoger argumentos poco frecuentes como tema de cuentos puede conducir a una deformación similar a la que sufren en su estructura muscular los profesionales del atletismo. Un niño que va a la escuela no es materia propicia para un cuento, porque no hay nada de importancia en su viaje diario a las clases; pero hay sustancia para el cuento si el autobús en que va el niño se vuelca o se quema, o si al llegar a su escuela el niño halla que el maestro está enfermo o el edificio escolar se ha quemado la noche anterior.

Aprender a discernir dónde hay un tema para cuento es parte esencial de la técnica. Esa técnica es el oficio peculiar con que se trabaja el esqueleto de toda obra de creación: es la “tekné” de los griegos o, si se quiere, la parte de artesanado imprescindible en el bagaje del artista.

A menos que se trate de un caso excepcional, un buen escritor de cuentos tarda años en dominar la técnica del género, y la técnica se adquiere con la práctica más que con estudio. Pero nunca debe olvidarse que el género tiene una técnica y que ésta debe conocerse a fondo. Cuento quiere decir llevar cuenta de un hecho. La palabra proviene del latín computus, y es inútil tratar de rehuir el significado esencial que late en el origen de los vocablos. Una persona puede llevar cuenta de algo con números romanos, con números árabes, con signos algebraicos; pero tiene que llevar esa cuenta. No puede olvidar ciertas cantidades o ignorar determinados valores. Llevar cuenta es ir ceñido al hecho que se computa. El que no sabe llevar con palabras la cuenta de un suceso, no es cuentista.

De paso diremos que una vez adquirida la técnica, el cuentista puede escoger su propio camino, ser “hermético” o “figurativo” como se dice ahora, o lo que es lo mismo, subjetivo u objetivo; aplicar su estilo personal, presentar su obra desde su ángulo individual; expresarse como él crea que debe hacerlo. Pero no debe echarse en olvido que el género, reconocido como el más difícil en todos los idiomas, no tolera innovaciones sino de los autores que lo dominan en lo más esencial de su estructura.

El interés que despierta el cuento puede medirse por los juicios que les merece a críticos, cuentistas y aficionados. Se dice a menudo que el cuento es una novela en síntesis y que la novela requiere más aliento en el que la escribe. En realidad los dos géneros son dos cosas distintas; y es es más difícil lograr un buen libro de cuentos que una novela buena. Comparar diez páginas de cuento con las doscientas cincuenta de una novela es una ligereza. Una novela de esa dimensión puede escribirse en dos meses; un libro de cuentos que sea bueno y que tenga doscientas cincuenta páginas, no se logra en tan corto tiempo. La diferencia fundamental entre un género y el otro está en la dirección: la novela es extensa; el cuento es intenso.

El novelista crea caracteres y a menudo sucede que esos caracteres se le rebelan al autor y actúan conforme a sus propias naturalezas, de manera que con frecuencia una novela no termina como el novelista lo había planeado, sino como los personajes de la obra lo determinan con sus hechos. En el cuento, la situación es diferente; el cuento tiene que ser obra exclusiva del cuentista. Él es el padre y el dictador de sus Criaturas; no puede dejarlas libres ni tolerarles rebeliones. Esa voluntad de predominio del cuentista sobre sus personajes es lo que se traduce en tensión por tanto en intensidad. La intensidad de un cuento no es producto obligado, como ha dicho alguien, de su corta extensión; es el fruto de la voluntad sostenida con que el cuentista trabaja su obra. Probablemente es ahí donde se halla la causa de que el género sea tan difícil, pues el cuentista necesita ejercer sobre sí mismo una vigilancia constante, que no se logra sin disciplina mental y emocional; y eso no es fácil.

Fundamentalmente, el estado de ánimo del cuentista tiene que ser el mismo para recoger su material que para escribir. Seleccionar la materia de un cuento demanda esfuerzo, capacidad de concentración y trabajo de análisis. A menudo parece más atrayente tal tema que tal otro; pero el tema debe ser visto no en su estado primitivo, sino como si estuviera ya elaborado. El cuentista debe ver desde el primer momento su material organizado en tema, como si ya estuviera el cuento escrito, lo cual requiere casi tanta tensión como escribir.

El verdadero cuentista dedica muchas horas de su vida a estudiar la técnica del género, al grado que logre dominarla en la misma forma en que el pintor consciente domina la pincelada: la da, no tiene que premeditarla. Esa técnica no implica, como se piensa con frecuencia, el final sorprendente. Lo fundamental en ella es mantener vivo el interés del lector y por tanto sostener sin caídas la tensión, la fuerza interior con que el suceso va produciéndose. El final sorprendente no es una condición imprescindible en el buen cuento. Hay grandes cuentistas, como Antón Chejov, que apenas lo usaron. “A la deriva”, de Horacio Quiroga, no lo tiene, y es una pieza magistral. Un final sorprendente impuesto a la fuerza destruye otras buenas condiciones en un cuento. Ahora bien, el cuento debe tener su final natural como debe tener su principio.

No importa que el cuento sea subjetivo u objetivo; que el estilo del autor sea deliberadamente claro u oscuro, directo o indirecto: el cuento debe comenzar interesando al lector. Una vez cogido en ese interés el lector está en manos del cuentista y éste no debe soltarlo más. A partir del principio el cuentista debe ser implacable con el sujeto de su obra; lo conducirá sin piedad hacia el destino que previamente le ha trazado; no le permitirá el menor desvío. Una sola frase aun siendo de tres palabras, que no esté lógica y entrañablemente justificada por ese destino, manchará el cuento y le quitará esplendor y fuerza. Kippling refiere que para él era más importante lo que tachaba que lo que dejaba; Quiroga afirma que un cuento es una flecha disparada hacia un blanco y ya se sabe que la flecha que se desvía no llega al blanco.

La manera natural de comenzar un cuento fue siempre el “había una vez” o “érase una vez”. Esa corta frase tenía -y tiene aún en la gente del pueblo- un valor de conjuro; ella sola bastaba para despertar el interés de los que rodeaban al relatador de cuentos. En su origen, el cuento no comenzaba con descripciones de paisajes, a menos que se tratara la presencia o la acción del protagonista; comenzaba con éste, y pintándola en actividad. Aún hoy, esa manera de comenzar es buena. El cuento debe iniciarse con el protagonista en acción, física o psicológica, pero acción; el principio no debe hallarse a mucha distancia del meollo mismo del cuento, a fin de evitar que el lector se canse.

Saber comenzar un cuento es tan importante como saber terminarlo. El cuentista serio estudia y practica sin descanso la entrada del cuento. Es en la primera frase donde está el hechizo de un buen cuento; ella determina el ritmo y la tensión de la pieza. Un cuento que comienza bien casi siempre termina bien. El autor queda comprometido consigo mismo a mantener el nivel de su creación a la altura en que la inició. Hay una sola manera de empezar un cuento con acierto: despertando de golpe el interés del lector. El antiguo “había una vez” o “érase una vez” tiene que ser suplido con algo que tenga su mismo valor de conjuro. El cuentista joven debe estudiar con detenimiento la manera en que inician sus cuentos los grandes maestros; debe leer, uno por uno, los primeros párrafos de los mejores cuentos de Maupassant, de Kippling, de Sherwood Anderson, de Quiroga, quien fue quizá el más consciente de todos ellos en lo que a la técnica del cuento se refiere.

Comenzar bien un cuento y llevarlo hacia su final sin una digresión, sin una debilidad, sin un desvío: he ahí en pocas palabras el núcleo de la técnica del cuento. Quien sepa hacer eso tiene el oficio de cuentista, conoce la “tekné” del género. El oficio es la parte formal de la tarea, pero quien no domine ese lado formal no llegará a ser buen cuentista. Sólo el que lo domine podrá transformar el cuento, mejorarlo con una nueva modalidad, iluminarlo con el toque de su personalidad creadora.

Ese oficio es necesario para el que cuenta cuentos en un mercado árabe y para el que los escribe en una biblioteca de París. No hay manera de conocerlo sin ejercerlo. Nadie nace sabiéndolo, aunque en ocasiones un cuentista nato puede producir un buen cuento por adivinación de artista. El oficio es obra del trabajo asiduo, de la meditación constante, de la dedicación apasionada. Cuentistas de apreciables cualidades para la narración han perdido su don porque mientras tuvieron dentro de sí temas escribieron sin detenerse a estudiar la técnica del cuento y nunca la dominaron; cuando la veta interior se agotó, les faltó la capacidad para elaborar, con asuntos externos a su experiencia íntima, la delicada arquitectura de un cuento. No adquirieron el oficio a tiempo, y sin el oficio no podían construir.

En sus primeros tiempos el cuentista crea en estado de semiinconsciencia. La acción se le impone; los personajes y sus circunstancias le arrastran; un torrente de palabras luminosas se lanza sobre él. Mientras ese estado de ánimo dura, el cuentista tiene que ir aprendiendo la técnica a fin de imponerse a ese mundo hermoso y desordenado que abruma su mundo interior. El conocimiento de la técnica le permitirá señorear sobre la embriagante pasión como Yavé sobre el caos. Se halla en el momento apropiado para estudiar los principios en que descansa la profesión de cuentista, y debe hacerlo sin pérdida de tiempo. Los principios del género, no importa lo que crean algunos cuentistas noveles, son inalterables; por lo menos, en la medida en que la obra humana lo es.

La búsqueda y la selección del material es una parte importante de la técnica; de la búsqueda y de la selección saldrá el tema. Parece que estas dos palabras -búsqueda y selección- implican lo mismo: buscar es seleccionar. Pero no es así para el cuentista. Él buscará aquello que su alma desea; motivos campesinos o de mar, episodios de hombres del pueblo o de niños, asuntos de amor o de trabajo. Una vez obtenido el material, escogerá el que más se avenga con su concepto general de la vida y con el tipo de cuento que se propone escribir.

Esa parte de la tarea es sagradamente personal; nadie puede intervenir en ella. A menudo la gente se acerca a novelistas y cuentistas para contarles cosas que le han sucedido, “temas para novelas y cuentos” que no interesan al escribir porque nada le dicen a su sensibilidad. Ahora bien, si nadie debe intervenir en la selección del tema, hay un consejo útil que dar a los cuentistas jóvenes: que estudien el material con minuciosidad y seriedad; que estudien concienzudamente el escenario de su cuento, el personaje y su ambiente, su mundo psicológico y el trabajo con que se gana la vida.

Escribir cuentos es una tarea seria y además hermosa. Arte difícil, tiene el premio en su propia realización. Hay mucho que decir sobre él. Pero lo más importante es esto: El que nace con la vocación de cuentista trae al mundo un don que está en la obligación de poner al servicio de la sociedad. La única manera de cumplir con esa obligación es desenvolviendo sus dotes naturales, y para lograrlo tiene que aprender todo lo relativo a su oficio; qué es un cuento y qué debe hacer para escribir buenos cuentos. Si encara su vocación con seriedad, estudiará a conciencia, trabajará, se afanará por dominar el género, que es sin duda muy rebelde, pero dominable. Otros lo han logrado. Él también puede lograrlo.

 Juan Emilio Bosch y Gaviño (nacido en La Vega, 30 de junio de 1909, y fallecido en Santo Domingo, 1 de noviembre de 2001) fue un cuentista, ensayista, novelista, narrador, historiador, educador y político dominicano. Fue el primer presidente de la República Dominicana elegido democráticamente por un breve periodo en 1963. Previamente, había sido el líder de la oposición dominicana en el exilio contra el régimen dictatorial de Rafael Leónidas Trujillo durante más de 25 años. A día de hoy se le recuerda como un político honesto y como uno de los escritores más prominentes de la literatura dominicana. Bosch es el fundador tanto del Partido Revolucionario Dominicano (PRD) en 1939, como de la Liberación Dominicana (PLD) en 1973. Se le considera uno de los escritores más preclaros de Latinoamérica destacándose en el cuento. (INFORMACIÓN TOMADA DE LA WIKI)

viernes, 4 de febrero de 2011

La mamá de los cuentacuentos

Un cuento de Eduardo Galeano

Por vengarse de una, que lo había traicionado, el rey degollaba a todas.

En el crepúsculo se casaba y al amanecer enviudaba. Una tras otra, las vírgenes perdían la virginidad y la cabeza.

Sherezade fue la única que sobrevivió a la primera noche, y después siguió cambiando un cuento por cada nuevo día de vida.

Esas historias, por ella escuchadas, leídas o imaginadas, la salvaban de la decapitación. Las decía en voz baja, en la penumbra del dormitorio, sin más luz que la luna. Diciéndolas sentía placer, y lo daba, pero tenía mucho cuidado. A veces, en pleno relato, sentía que el rey le estaba estudiando el pescuezo.

Si el rey se aburría, estaba perdida.

Del miedo de morir nació la maestría de narrar.