martes, 31 de mayo de 2011

La intrusa

Un cuento de Jorge Luis Borges

Dicen (lo cual es improbable) que la historia fue referida por Eduardo, el menor de los Nelson, en el velorio de Cristián, el mayor, que falleció de muerte natural, hacia mil ochocientos noventa y tantos, en el partido de Morón. Lo cierto es que alguien la oyó de alguien, en el decurso de esa larga noche perdida, entre mate y mate, y la repitió a Santiago Dabove, por quien la supe. Años después, volvieron a contármela en Turdera, donde había acontecido. La segunda versión, algo más prolija, confirmaba en suma la de Santiago, con las pequeñas variaciones y divergencias que son del caso. La escribo ahora porque en ella se cifra, si no me engaño, un breve y trágico cristal de la índole de los orilleros antiguos. Lo haré con probidad, pero ya preveo que cederé a la tentación literaria de acentuar o agregar algún pormenor.

En Turdera los llamaban los Nilsen. El párroco me dijo que su predecesor recordaba, no sin sorpresa, haber visto en la casa de esa gente una gastada Biblia de tapas negras, con caracteres góticos; en las últimas páginas entrevió nombres y fechas manuscritas. Era el único libro que había en la casa. La azarosa crónica de los Nilsen, perdida como todo se perderá. El caserón, que ya no existe, era de ladrillo sin revocar; desde el zaguán se divisaban un patio de baldosa colorada y otro de tierra. Pocos, por lo demás, entraron ahí; los Nilsen defendían su soledad. En las habitaciones desmanteladas dormían en catres; sus lujos eran el caballo, el apero, la daga de hojas corta, el atuendo rumboso de los sábados y el alcohol pendenciero. Sé que eran altos, de melena rojiza. Dinamarca o Irlanda, de las que nunca oirían hablar, andaban por la sangre de esos dos criollos. El barrio los temía a los Colorados; no es imposible que debieran alguna muerte. Hombro a hombro pelearon una vez a la policía. Se dice que el menor tuvo un altercado con Juan Iberra, en el que no llevó la peor parte, lo cual, según los entendidos, es mucho. Fueron troperos, cuarteadores, cuatreros y alguna vez tahúres. Tenían fama de avaros, salvo cuando la bebida y el juego los volvían generosos. De sus deudos nada se sabe y ni de dónde vinieron. Eran dueños de una carreta y una yunta de bueyes.

Físicamente diferían del compadraje que dio su apodo forajido a la Costa Brava. Esto, y lo que ignoramos, ayuda a comprender lo unidos que fueron. Malquistarse con uno era contar con dos enemigos.

Los Nilsen eran calaveras, pero sus episodios amorosos habían sido hasta entonces de zaguán o de casa mala. No faltaron, pues, comentarios cuando Cristián llevó a vivir con él a Juliana Burgos. Es verdad que ganaba así una sirvienta, pero no es menos cierto que la colmó de horrendas baratijas y que la lucía en las fiestas. En las pobres fiestas de conventillo, donde la quebrada y el corte estaban prohibidos y donde se bailaba, todavía, con mucha luz. Juliana era de tez morena y de ojos rasgados; bastaba que alguien la mirara, para que se sonriera. En un barrio modesto, donde el trabajo y el descuido gastan a las mujeres, no era mal parecida.

Eduardo los acompañaba al principio. Después emprendió un viaje a Arrecifes por no sé qué negocio; a su vuelta llevó a la casa una muchacha, que había levantado por el camino, y a los pocos días la echó. Se hizo más hosco; se emborrachaba solo en el almacén y no se daba con nadie. Estaba enamorado de la mujer de Cristián. El barrio, que tal vez lo supo antes que él, previó con alevosa alegría la rivalidad latente de los hermanos.

Una noche, al volver tarde de la esquina, Eduardo vio el oscuro de Cristián atado al palenque En el patio, el mayor estaba esperándolo con sus mejores pilchas. La mujer iba y venía con el mate en la mano. Cristián le dijo a Eduardo:

-Yo me voy a una farra en lo de Farías. Ahí la tenés a la Juliana; si la querés, usala.

El tono era entre mandón y cordial. Eduardo se quedó un tiempo mirándolo; no sabía qué hacer. Cristián se levantó, se despidió de Eduardo, no de Juliana, que era una cosa, montó a caballo y se fue al trote, sin apuro.

Desde aquella noche la compartieron. Nadie sabrá los pormenores de esa sórdida unión, que ultrajaba las decencias del arrabal. El arreglo anduvo bien por unas semanas, pero no podía durar. Entre ellos, los hermanos no pronunciaban el nombre de Juliana, ni siquiera para llamarla, pero buscaban, y encontraban razones para no estar de acuerdo. Discutían la venta de unos cueros, pero lo que discutían era otra cosa. Cristián solía alzar la voz y Eduardo callaba. Sin saberlo, estaban celándose. En el duro suburbio, un hombre no decía, ni se decía, que una mujer pudiera importarle, más allá del deseo y la posesión, pero los dos estaban enamorados. Esto, de algún modo, los humillaba.

Una tarde, en la plaza de Lomas, Eduardo se cruzó con Juan Iberra, que lo felicitó por ese primor que se había agenciado. Fue entonces, creo, que Eduardo lo injurió. Nadie, delante de él, iba a hacer burla de Cristián.

La mujer atendía a los dos con sumisión bestial; pero no podía ocultar alguna preferencia por el menor, que no había rechazado la participación, pero que no la había dispuesto.

Un día, le mandaron a la Juliana que sacara dos sillas al primer patio y que no apareciera por ahí, porque tenían que hablar. Ella esperaba un diálogo largo y se acostó a dormir la siesta, pero al rato la recordaron. Le hicieron llenar una bolsa con todo lo que tenía, sin olvidar el rosario de vidrio y la crucecita que le había dejado su madre. Sin explicarle nada la subieron a la carreta y emprendieron un silencioso y tedioso viaje. Había llovido; los caminos estaban muy pesados y serían las once de la noche cuando llegaron a Morón. Ahí la vendieron a la patrona del prostíbulo. El trato ya estaba hecho; Cristián cobró la suma y la dividió después con el otro.

En Turdera, los Nilsen, perdidos hasta entonces en la mañana (que también era una rutina) de aquel monstruoso amor, quisieron reanudar su antigua vida de hombres entre hombres. Volvieron a las trucadas, al reñidero, a las juergas casuales. Acaso, alguna vez, se creyeron salvados, pero solían incurrir, cada cual por su lado, en injustificadas o harto justificadas ausencias. Poco antes de fin de año el menor dijo que tenía que hacer en la Capital. Cristián se fue a Morón; en el palenque de la casa que sabemos reconoció al overo de Eduardo. Entró; adentro estaba el otro, esperando turno. Parece que Cristián le dijo:

-De seguir así, los vamos a cansar a los pingos. Más vale que la tengamos a mano.

Habló con la patrona, sacó unas monedas del tirador y se la llevaron. La Juliana iba con Cristián; Eduardo espoleó al overo para no verlos.

Volvieron a lo que ya se ha dicho. La infame solución había fracasado; los dos habían cedido a la tentación de hacer trampa. Caín andaba por ahí, pero el cariño entre los Nilsen era muy grande -¡quién sabe qué rigores y qué peligros habían compartido!- y prefirieron desahogar su exasperación con ajenos. Con un desconocido, con los perros, con la Juliana, que habían traído la discordia.

El mes de marzo estaba por concluir y el calor no cejaba. Un domingo (los domingos la gente suele recogerse temprano) Eduardo, que volvía del almacén, vio que Cristián uncía los bueyes. Cristián le dijo:

-Vení, tenemos que dejar unos cueros en lo del Pardo; ya los cargué; aprovechemos la fresca.

El comercio del Pardo quedaba, creo, más al Sur; tomaron por el Camino de las Tropas; después, por un desvío. El campo iba agrandándose con la noche.

Orillaron un pajonal; Cristián tiró el cigarro que había encendido y dijo sin apuro:

-A trabajar, hermano. Después nos ayudarán los caranchos. Hoy la maté. Que se quede aquí con su pilchas, ya no hará más perjuicios.

Se abrazaron, casi llorando. Ahora los ataba otro círculo: la mujer tristemente sacrificada y la obligación de olvidarla.

 

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Cuento popular: La mujer que no comía

Esto era una vez un matrimonio. El marido era labrador y se llamaba
Juan, y su mujer se llamaba María.
La mujer le ponía muy poca comida al marido cuando iba al campo y siempre le
decía:
- Los que son muy comedores están malos siempre y se mueren pronto. Mira la
tía Pascuala, que estaba tan gorda y lucída y siempre comía trozos de magra
[jamón]; ya ves, cayó con la itericia. Mira el tío Simón, tan colorao; pilló un
paralís [apoplejía]; y no te digo nada del tío Zorro, que murió de la hartadura de
una alifara [merienda que celebran reunidos varios comensales, hombres o mozos].

El marido se callaba y estaba más seco que un espárrago, de no comer.
Cuando por la noche volvía a cenar, la mujer le ponía un cachico de pan y unas
olivicas [aceitunas] y le decía:
- Cena tú, que lo necesitas porque trabajas mucho; yo con la merienda ya estoy
aviada [satisfecha].

Vetaquí [He aquí] que un día, na más salir el Juan del pueblo, echó a llover, y el
Juan se metió en un pajar con su mula.
Y vio salir a la mujer de la casa y pensó: - ¿Adónde irá la María a estas horas?
Y vio que al cabo de un poquico volvía con su hermana.
Y el Juan quiso saber, por curiosidad, que hacían las mujeres en su casa a
aquellas horas, y, mirando por un ventanillo, vio que estaban en la cocina
friendo unas magras. Después de las magras frieron una tortilla con media
docena de huevos y después guisaron un pollo.
Y el Juan pensaba: - ¿Para quién será esta comida tan buena? Porque mi mujer
es tan poco comedora y tan ahorradora, que no cata [prueba; es cambio frecuente
en esa palabra y su verbo derivado] estas cosas si no es fiestas.
Conque vio que, cuando estuvo guisado el pollo, sacaron un mantel y lo pusieron
encima de la mesa, y un jarro de vino, y se pusieron a comer, y decía María:
- ¡Ay!, pobrecico Juan, que se estará mojando.

Y decía la cuñada:
- Bien se le está, por tonto. Miá tú que creer que tú pasas aunando [ayunando. La
elisión de la y es frecuente en Aragón antes de la u].

Y se reían mucho, y comieron la tortilla, las magras con tomate, y el pollo, y una
torta de bizcocho.
El Juan comió el pan y un trozo de blanquillo [tocino] que llevaba para todo el
día, y por la tarde volvió a su casa, y su mujer le preguntó:
- ¿Te has mojao mucho, Juan?

- No, no me he mojao mucho. Cuando el agua caía haciendo ruido de la la sartén
que fríe las magras, me metí debajo de un tejao un poco más grande que una
tortilla de media docena de huevos, y como no podía salir, porque las gotas de
agua hacían ampollas como un guiso cuando hierve, me comí las aceitunas, que
estaban tan ricas como un pollo con tomate, y el pan, que era tan tierno como la
torta de bizcocho.

Y cogió una estaca y la emprendió a estacazos con su mujer, que casi la
mata.
Y colorín colorao, por la ventana al tejao.

Cuentos de Huesa del Común, recopilados por Arcadio de Larrea (www.huesa.com)-(Comunicado por Josefa Salas Bernad, de cincuenta y nueve años,
de Huesa del Común, Teruel)

jueves, 26 de mayo de 2011

Emilia Pardo Bazán -El amor asesinado

Un cuento de amor

Nunca podrá decirse que la infeliz Eva omitió ningún medio lícito de zafarse de aquel tunantuelo de Amor, que la perseguía sin dejarle punto de reposo.

Empezó poniendo tierra en medio, viajando para romper el hechizo que sujeta al alma a los lugares donde por primera vez se nos aparece el Amor. Precaución inútil, tiempo perdido; pues el pícaro rapaz se subió a la zaga del coche, se agazapó bajo los asientos del tren, más adelante se deslizó en el saquillo de mano, y por último en los bolsillos de la viajera. En cada punto donde Eva se detenía, sacaba el Amor su cabecita maliciosa y le decía con sonrisa picaresca y confidencial: «No me separo de ti. Vamos juntos.»

Entonces Eva, que no se dormía, mandó construir altísima torre bien resguardada con cubos, bastiones, fosos y contrafosos, defendida por guardias veteranos, y con rastrillos y macizas puertas chapeadas y claveteadas de hierro, cerradas día y noche. Pero al abrir la ventana, un anochecer que se asomó agobiada de tedio a mirar el campo y a gozar la apacible y melancólica luz de la luna saliente, el rapaz se coló en la estancia; y si bien le expulsó de ella y colocó rejas dobles, con agudos pinchos, y se encarceló voluntariamente, sólo consiguió Eva que el amor entrase por las hendiduras de la pared, por los canalones del tejado o por el agujero de la llave.

Furiosa, hizo tomar las grietas y calafatear los intersticios, creyéndose a salvo de atrevimientos y demasías; mas no contaba con lo ducho que es en tretas y picardihuelas el Amor. El muy maldito se disolvió en los átomos del aire, y envuelto en ellos se le metió en boca y pulmones, de modo que Eva se pasó el día respirándole, exaltada, loca, con una fiebre muy semejante a la que causa la atmósfera sobresaturada de oxígeno.

Ya fuera de tino, desesperando de poder tener a raya al malvado Amor, Eva comenzó a pensar en la manera de librarse de él definitivamente, a toda costa, sin reparar en medios ni detenerse en escrúpulos. Entre el Amor y Eva, la lucha era a muerte, y no importaba el cómo se vencía, sino sólo obtener la victoria.

Eva se conocía bien, no porque fuese muy reflexiva, sino porque poseía instinto sagaz y certero; y conociéndose, sabía que era capaz de engatusar con maulas y zalamerías al mismo diablo, que no al Amor, de suyo inflamable y fácil de seducir. Propúsose, pues, chasquear al Amor, y desembarazarse de él sobre seguro y traicioneramente, asesinándole.

Preparó sus redes y anzuelos, y poniendo en ellos cebo de flores y de miel dulcísima, atrajo al Amor haciéndole graciosos guiños y dirigiéndole sonrisas de embriagadora ternura y palabras entre graves y mimosas, en voz velada por la emoción, de notas más melodiosas que las del agua cuando se destrenza sobre guijas o cae suspirando en morisca fuente.

El Amor acudió volando, alegre, gentil, feliz, aturdido y confiado como niño, impetuoso y engreído como mancebo, plácido y sereno como varón vigoroso.

Eva le acogió en su regazo; acaricióle con felina blandura; sirvióle golosinas; le arrulló para que se adormeciese tranquilo, y así que le vio calmarse recostando en su pecho la cabeza, se preparó a estrangularle, apretándole la garganta con rabia y brío.

Un sentimiento de pena y lástima la contuvo, sin embargo, breves instantes. ¡Estaba tan lindo, tan divinamente hermoso el condenado Amor aquel! Sobre sus mejillas de nácar, palidecidas por la felicidad, caía una lluvia de rizos de oro, finos como las mismas hebras de la luz; y de su boca purpúrea, risueña aún, de entre la doble sarta de piñones mondados de sus dientes, salía un soplo aromático, igual y puro. Sus azules pupilas, entreabiertas, húmedas, conservaban la languidez dichosa de los últimos instantes; y plegadas sobre su cuerpo de helénicas proporciones, sus alas color de rosa parecían pétalos arrancados. Eva notó ganas de llorar...

No había remedio; tenía que asesinarle si quería vivir digna, respetada, libre..., no cerrando los ojos por no ver al muchacho, apretó las manos enérgicamente, largo, largo tiempo, horrorizada del estertor que oía, del quejido sordo y lúgubre exhalado por el Amor agonizante.

Al fin, Eva soltó a la víctima y la contempló... El Amor ni respiraba ni se rebullía; estaba muerto, tan muerto como mi abuela.

Al punto mismo que se cercioraba de esto, la criminal percibió un dolor terrible, extraño, inexplicable, algo como una ola de sangre que ascendía a su cerebro, y como un aro de hierro que oprimía gradualmente su pecho, asfixiándola. Comprendió lo que sucedía...

El Amor a quien creía tener en brazos, estaba más adentro, en su mismo corazón, y Eva, al asesinarle, se había suicidado.

Mahatma Gandhi: Recuerda

Recuerda...

Que siempre existen tres enfoques en cada historia: mi verdad, tu verdad y la Verdad.
Que toma mucho tiempo llegar a ser la persona que deseas ser.
Que es mas fácil reaccionar que pensar.
Que podemos hacer mucho más cosas de las que creemos poder hacer.
Que no importan nuestras circunstancias, lo importante es cómo interpretamos nuestras circunstancias.
Que no podemos forzar a una persona a amarnos, únicamente podemos ser alguien que ama. El resto depende de los demás.
Que requiere años desarrollar la confianza y un segundo destruirla.
Que dos personas pueden observar la misma cosa, y ver algo totalmente diferente.
Que las personas honestas tienen mas éxito al paso del tiempo.
Que podemos escribir o hablar de nuestros sentimientos, para aliviar mucho dolor.
Que no importa qué tan lejos he estado de DIOS, siempre me vuelve a recibir.
Que todos somos responsables de nuestros actos.
Que existen personas que me quieren mucho, pero no saben expresarlo.
Que puedo hacer todo o nada con mi mejor amigo y siempre gozar el momento.
Que a veces las personas que menos esperamos, son las primeras en apoyarte en los momentos más difíciles.
Que la madurez tiene que ver más con la experiencia que hemos vivido, y no tanto con los años que hemos cumplido.
Que hay dos días de la semana por los que no debemos de preocuparnos: ayer y mañana. El único momento valioso es AHORA.
Que aunque quiera mucho a la gente, algunas personas no me devolverán ese amor.
Que no debemos competir contra lo mejor de otros, sino competir con lo mejor de mí.
Que puedo hacer algo por impulso y arrepentirme el resto de mi vida.
Que la pasión de un sentimiento desaparece rápidamente.
Que si no controlo mi actitud, mi actitud me controlara a mí.
Que nunca debo decirle a un niño que sus sueños son ridículos, que tal si me cree?
Que es más importante que me perdone a mi mismo a que otros me perdonen.
Que no importa si mi corazón está herido, el mundo sigue girando.
Que la violencia atrae más violencia.
Que decir una verdad a medias es peor que una mentira.
Que las personas que critican a los demás, también me criticarán cuando tengan la oportunidad.
Que es difícil ser positivo cuando estoy cansado.
Que hay mucha diferencia entre la perfección y la excelencia.
Que los políticos hablan igual en todos los idiomas.
Que es mucho mejor expresar mis sentimientos, que guardarlos dentro de mí.
Que al final de la vida me doy cuenta que las únicas cosas que valieron la pena son:
Dios, mi familia, un grupo muy selecto de amigos y unas experiencias que me dieron crecimiento personal.
Para ser exitosos no tenemos que hacer cosas extraordinarias. Hagamos cosas ordinarias, extraordinariamente bien.
"Si alguna vez no te dan una sonrisa esperada, se generoso y da la tuya, porque nadie tiene tanta necesidad de una sonrisa como aquel que no sabe sonreír"


-Mahatma Gandhi- shanti om, paz y amor para todos...

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martes, 24 de mayo de 2011

Los mirones

Un cuento de Ramón Rubín (México)

Donde empieza el morbo termina el pudor.

Me hallaba muy fatigado. Y la expectación con que aquella familia nos venía observando no me inmutó hasta que sobrevino el momento de desnudarnos.

Llevábamos tres días con sus respectivas noches durmiendo mal y comiendo peor, escalando cerros y descendiendo a barrancones, arañados por las crueles espinas del breñal, con los pies hundidos en esteros pantanosos, almácigo de zancudos y todo género de cínifes, o sobre pedregales inhóspitos o calveros de arena materialmente tatemados por la reverberación de un sol canicular. Y, medio muertos de cansancio, sed, insolación e inopia, sin otra cosecha que un miserable sartal de huilotas y la piel desprendida de un tigrillo, acabábamos de arribar a un meandro de ese arroyuelo de la selva tórrida donde, bajo el amparo de la sombra de unas ceibas, se formaba un plácido y transparente remanso.

Después de beber en él echados de barriga, nos despojamos de la impedimenta y nos tendimos en procura de reposo.

Me proponía tomar un baño de tres o cuatro horas cuando cediese un poco lo acalorado. Era preciso que ahogase y calmara el ardor de las garrapatas y güinas que se incrustaron en mi piel y la taladraban como chispitas de lumbre. Y la presencia de los habitantes del jacal cercano en la parte alta de la loma me resultaba tan indiferente como la disposición de mi compadre Jacinto a permitirme ese solaz.

Tenía bien resuelto ya no dejarme embaucar otra vez por maniáticos como él, que dedicaban todas sus vacaciones al estulto placer de los lances de cacería.

De suyo, nunca me han apasionado las escopetas ni he podido explicarme el gozo sanguinario que ciertas personas encuentran abatiendo a tiros a cuanto animal silvestre se topan al paso. Convengo en que algunos de éstos pueden ser dañinos. Pero también lo es el hombre, y en mayor escala, y no por eso he de opinar que deba exterminársele sin misericordia.

Mi compadre, en cambio, podía ser considerado como un fanático genuino de tan inexplicable devoción. Colijo que él se figura muy seriamente que la vida no tendría sentido alguno si no la volviera tan hermosa y emotiva el deporte de las expediciones de caza.

Y, como me sabía andarín, aunque siempre fueron otros impulsos los que me llevaron a serlo, se propuso iniciarme en los dudosos encantos de su pasión cinegética con un empeño tan tozudo que, por quitármelo de encima, había esa vez accedido a probar, acompañándole.

Pronto me arrepentí. Y entonces estaba resuelto a no reincidir ni aun cuando la humanidad retrocediese a la época de las cavernas, a los tiempos en que la cacería le proporcionaba al ser humano el principal de los medios de sobrevivir al hambre.

Después de todo, creo que Jacinto entendía mi disposición y participaba de aquellos deseos de tomar un buen baño en el remanso. Pues no hizo intento alguno de obligarme a continuar la marcha, y en cuanto yo empecé a desnudarme, sus ademanes me anunciaron el propósito de imitarme.

Esperábamos que al descubrir nuestra intención, la familia de rústicos de la loma que nos observaba con estólida insistencia a unos ochenta metros distante, se retirase a su inmediato jacal de palapa. Pero no fue así. El campesino, su mujer y sus dos hijas mozas se mantuvieron impertérritos, cayéndoseles positivamente la baba, como si precisamente entonces tornara su interés toda la tensión y listos para no perderse ni un detalle del espectáculo que nuestros cuerpos desnudos les ofrecería.

Ello me produjo cierto malestar, ya que siempre he sido un poquito pudoroso. Y podía adivinar a mi compadre inquieto también por la impertinencia de aquellos intrusos... Mas tampoco era cosa de privarnos del delicioso baño en atención a la gazmoña decencia cuando tan fácil les hubiera sido a las mujeres hacer mutis por el agujero-puerta de su casucha y, si la curiosidad era tan grande, ponerse a espiarnos con la discreción debida, a través de las rendijas que dejaba la palapa.

Guiados por un propósito sinceramente honesto de ahuyentarlas de una vez, mi compadre y yo resolvimos hacer ostentación de impúdico descaro, bajándonos los pantalones hasta los tobillos y sin hurtar el cuerpo del campo visual que ellas tenían... Y, con creciente asombro, comprobamos que ni así se retiraban.

Entonces nos miramos el uno al otro en una consulta tácita. Y, puestos de acuerdo, nos encogimos de hombros, echando mano de todas nuestras reservas de cinismo y desvergüenza para seguir adelante hasta quedar perfectamente en cueros.

Tal vez no estuviera bien exhibirse así. Mas consideramos que si ellas tenían tan grandes deseos de mantenerse contemplando nuestra anatomía, mejor era complacer su curiosidad dejando que se recrearan hasta quedar bien enteradas y satisfechas, por más que en lo particular me acongojase un poco el concepto desdeñoso que de mi endeble físico se formarían.

Al fin y al cabo, nada me movía a esperar que volviese a verlas nunca.

Por otra parte, deduje que era preciso ser comprensivo y tolerante tratándose de personas que vivían tan alejadas de los centros de población.

De seguro estas mujeres encontraban muy escasas oportunidades para mantener contactos sociales con gente extraña, y ello volvía casi natural la aberración de que, cada vez que aparecía uno por allí, trataran de resarcirse de esas limitaciones recreándose con aquel interés infantil hasta en sus secretos más íntimos.

Lo único verdaderamente extraño era la tolerancia del marido y padre. Cierto que él no tenía motivos serios para mostrarse celoso de la endeblez de mi físico, y acaso hasta se sintiera ufano permitiéndoles a las mujeres establecer comparación entre mis carnes blancuchas y magras y aquella piel cobriza y lustrosa que forraba su recia y bien formada musculatura de indio. Mas, por otra parte, mi compadre Jacinto era hercúleo y bien formado, muy varonil, y el desaprensivo ranchero podía no salir tan en ventaja de la comparación con él.

Pisando con gran cuidado para no espinarme, hollé los capomos y lirios de la orilla y pude alcanzar el raizón de la ceiba que sobresalía al borde del agua. Era una magnífica plataforma natural para efectuar zambullidas. Y luego de exhibirme descocadamente sobre ella, inflé un poco mi complexión en reto a la estólida mirada de los cuatro espectadores de la loma, alcéme de puntillas y me arrojé de un chapuzón al agua. Jacinto hizo otro tanto. Y pronto estuvimos los dos nadando placenteramente en el interior del remanso, mientras los mirones se incorporaban con creciente interés e iban acercándose un poco para observamos más a su sabor.

Estaba visto que era la primera vez que esos rústicos descubrían seres humanos capaces de tomar una ablución. Y resolvimos dejarles una impresión espléndida, esforzándonos por llevar a cabo con desenvoltura y maestría las piruetas más vistosas, dentro y fuera del agua.

Seguros de haber quedado a la altura de las circunstancias, después de casi tres horas de retozar en el baño empezamos a sentir deseos de ponerle fin a aquel esparcimiento. Y nos encaramamos por la orilla para alcanzar nuestras ropas y vestirnos.

Apenas entonces las mujeres, que no nos habían quitado un solo segundo la vista de encima, dieron muestras de incomodidad ante nuestra desnudez y se retiraron a la choza de la loma, me figuro que un poco defraudadas.

Mi compadre y yo estuvimos cambiando bromas en torno a tan extraño comportamiento mientras nos poníamos la ropa. Y una vez vestidos, luego de recoger las armas, el sartal de aves, la piel del tigrillo, las bolsas y demás ajuares de cacería echándonoslo a cuestas, emprendimos el ascenso de la pequeña eminencia a fin de investigar con tan sencillas personas dónde nos sería posible comprar unas tortillas y pernoctar más cómoda y protegidamente.

–¿Qué tal el baño? –preguntó el hombre con inesperada desenvoltura.

–Magnífico –le contestamos– Nos dejó como nuevos.

Él permaneció unos momentos reflexivo, con cierta expresión decepcionada en el gesto.

–¿No miraron nada? –inquirió a la postre con un acento que contenía mil sugerencias.

Jacinto y yo intercambiamos una mirada de extrañeza. Habíamos visto agua, árboles, plantas, piedras, mosquitos, libélulas y hasta unos cuantos ajolotes... Pero nada que pudiera conceptuarse extraordinario en un pozo de selva como aquel.

–No; nada –repuse–. ¿Qué era lo que teníamos que ver allí?

Y el indígena, encogiéndose un poco de hombros y dándole un chupetón al deforme cigarro de hoja que colgaba balanceándose de su carnudo belfo, explicó con decepción y desgana:

–Es que ai sale el lagarto... Toavía antier mató un novillo que bía bajado a abrevar en esa tinaja.

Y apenas entonces, tardíamente consternados por el peligro que corrimos, alcanzamos a darnos cuenta del motivo de aquella contemplación impertinente y del inexplicable desafío al acendrado sentimiento del pudor por las tres mujeres del jacal.

No querían perderse el estupendo espectáculo de nuestro último pataleo entre las espantosas fauces del cocodrilo.

© 1985, Fondo de Cultura Económica S.A. de C.V.

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lunes, 23 de mayo de 2011

Nunkui, creadora de las plantas.

(Leyenda Shuar - Ecuador)

Hace largos años, cuando los shuaras recién empezaban a poblar las tierras orientales del Ecuador, la selva no existía. En su lugar se extendía una llanura manchada solamente por escasas hierbas. Una de éstas era el unkuch, el único alimento de los shuaras.

    Gracias al unkuch, los shuaras pudieron soportar durante mucho tiempo la aridez de la arena y el calor sofocante del sol ecuatorial. Lamentablemente, un día, la hierba se esfumó y los shuaras comenzaron a desaparecer lentamente.

    Algunos, recordando otras desgracias, echaron la culpa a Iwia y a Iwianchi, seres diabólicos que desnudaban la tierra comiéndose todo cuanto existía; pero otros continuaron sus esfuerzos por encontrar el ansiado alimento. Entre estos había una mujer: Nuse. Ella, venciendo sus temores, buscó el unkuch entre los sitios más ocultos y tenebrosos, pero todo fue inútil. Sin desanimarse, volvió donde sus hijos y, contagiándoles con su valor, reinició con ellos la búsqueda.

    Siguiendo el curso del río, caminaron muchos días; pero a medida que transcurría el tiempo, el calor agobiante de esas tierras terminó por aplastarlos. Así, uno a uno, los viajeros quedaron tendidos en la arena.

    Inesperadamente, sobre la transparencia del río aparecieron pequeñas rodajas de un alimento desconocido: la yuca. Al verlas, Nuse se lanzó hacia el río y las tomó. Apenas probó ese potaje sabroso y dulce, sintió que sus ánimos renacían misteriosamente y enseguida corrió a socorrer a sus hijos.. De pronto, percibió que alguien la observaba desde el viento. Inquieta, hundió sus ojos por todos los rincones, mas sólo vio la soledad plomiza del desierto y de súbito, de entre esas ráfagas que silban lejanías, se descolgó una mujer de belleza primitiva.

    Nuse retrocedió asustada, pero al descubrir la dulzura en el rostro de esa mujer le preguntó:

    -¿Quién es usted, señora?

    -Yo soy Nunkui, la dueña y soberana de la vegetación. Sé que tu pueblo vive en una tierra desnuda y triste, en donde apenas crece el unkuch, pero...

    -¡El unkuch ya no existe! Era nuestro alimento y ha desaparecido. Por favor, señora, ¿sabe dónde puedo hallarlo? Sin él, todos los de mi pueblo morirán.

    -Nada les ocurrirá, Nuse. Tú has demostrado valentía y por ello te daré, no sólo el unkuch, sino toda clase de alimentos.

    En segundos, ante los ojos sorprendidos de Nuse, aparecieron huertos de ramajes olorosos.

    Nuse quedó extasiada pues jamás había visto nada semejante: el paisaje era majestuoso y la música  que cantaba la floresta, le había robado el corazón.

    Nunkui continuó:

    -Y para tu pueblo, que hoy lucha contra la muerte, te obsequiaré una niña prodigiosa que tiene la virtud de crear el unkuch y la yuca que has comido y el plátano y ...

    -¡Gracias Nunkui, gracias!

    Nunkui desapareció y en su lugar surgió la niña prometida.

    Nuse quedó deslumbrada por lo que había visto, y aún no salía de su asombro cuando la pequeña la guió entre la espesura.Tan a gusto llegó a sentirse en ella, que deseó permanecer allí para siempre. Sin embargo, el recuerdo de su pueblo la entristeció. Pero entonces, la pequeña, la hija de Nunkui -como luego la llamaron- le anunció que allá también, en el territorio de los Shuaras, la vegetación crecería majestuosa. Entonces, alborozada, Nuse reanimó a sus hijos y retornó a su pueblo.

    Cuando llegaron, la niña cumplió su ofrecimiento y la vida de los Shuaras cambió por completo. El dolor fue olvidado. Las plantas se elevaron en los huertos y cubrieron el suelo de esperanzas.

Vocabulario:

Unkuch : Yerba de la selva usada por los pueblos indígenas en su alimentación.

Algo Acerca de los SHUAR

A los Shuar se los conoció como jíbaros. Habitan en el suroriente de la Amazonía, en los valles del Upano, Zamora y Nangaritza. Se hallan étnicamente emparentados con los Achuar.
Tienen un alfabeto y una escritura propia. Son polígamos. Su principal alimento es la yuca pero lo complementan con la caza y la pesca. Los chamanes (conocidos como uwishin) realizan rituales con ayahuasca, para curar, tener visiones o matar a sus enemigos. Para conseguir el espíritu guía y protector los aprendices de guerreros se bañan en cascadas sagradas: el espíritu es conocido como Arutam y muchas veces se aparece en forma de tigre.
Creen en seres superiores, que conviven con el hombre. Antiguamente esta etnia era temida por su ancestral costumbre de reducir las cabezas de sus enemigos

sábado, 21 de mayo de 2011

LEYENDA: LA VARA MILAGROSA

Una leyenda de Cantabria contada como se cuenta…

 

Una vez iba una moza por un caminu allá. Al llegar a una cotera oyó una voz que se quejaba con mucha tristeza. Miró por toas partes y no vio a ninguna persona.

La voz no dejaba de quejarse con mucha tristeza. Golvió a mirar y no apaecía nadie. Cuando iba a seguir el caminu se fijó en que la voz salía debajo de una lastra...

Llamó en la lastra con una piedra, como si juera una puerta, y la voz, barrutando que era algún caminante compasivu, habló más juerte y dijo a la moza que era un muchachu que le había cogíu un ojáncanu y le tenía en la su cueva.

La moza torció el su caminu, compadecía del muchachu, y se lo jue a contar to a una hechicera que vivía en una choza al lau de una ermita.

Cuando la moza llegó a la choza de la hechicera, que se llamaba Pelegrina, estaba hilando en una rueca de oru que al mismo tiempo cantaba como un jilgueru.

En la choza había unos platos con una flores pintás del color de las estrellas; había unas jarras y una mesa de coral y una silla de madera negra muy brillante.

La hechicera era muy revieja y muy guapa y tenía los ojos muy grandes y muy negros, sin ninguna arruga en la cara.

Cuando la moza acabó de contala lo que la había dichu el muchachu de la cueva del ojáncanu, la hechicera la dió una vara de fresnu seca que estaba en un rincón de la choza, y la dijo que con aquella vara llamara otra vez en la lastra que servía de puerta a la cueva.

Golvió la moza a la puerta de la cueva y llamó en la lastra.La lastra se movió hacia un lau, y la moza pudo entrar en la cueva, que estaba muy oscura como la boca de un lobu. Entonces como no se veía na en aquella oscuridad, la vara de la hechicera empezó a alumbrar sin que nadie la encendiera, con un resplandor muy grande.

Iba caminando por la cueva allá y se alcontró con un hoyu muy grande que no la dejaba pasar.

Entonces la vara, sin perder el su resplandor, se escapó de la mano de la moza, se aposó de la una a la otra parte del hoyu y se hizo como un maderu largo y anchu como un puente. La moza pasó y la moza golvió a la su mano.

Al poco ratu llegó el fin de la cueva, y oyó los quejíos tristes del muchachu. Se apagó el resplandor de la vara y quedó otra vez a oscuras.

Desde el sitio onde estaba la moza veía brillar como un tizón el oju del ojáncanu. La moza tenía mucho miedu y no quería moverse de allí, pero la vara tiraba de ella con mucha juerza y la hacía andar.

Al poco ratu llegó cerca de donde estaba el ojáncanu y el muchachu. El ojáncanu estaba acostau y el mozu tenía aposás las sienes en las manos, sentau en una silla de piedra, tou llenu de pena y llorando sin parar.

En aquel instante la vara golvió a escapase de la mano de la moza que no paraba de temblar de miedu, y se convirtió en cuervu que empezó a volar encima del ojáncanu.

El ojáncanu se levantó asustau y el cuervo se aposó en la su nariz. Arrimó el picu a la oreja del ojáncanu y le habló muy bajucu, como le hablaban lso sus amigos los cuervos.

Cuando el ojáncanu estaba más descuidau oyendo las mentiras que le decía el pajaru, ésti metió el picu en la cabeza del ojáncanu y le arrancó el pelu, que es onde tien el aquel de la vida. El ojáncanu se cayo muertu, el cuervu golvió a convertirse en vara y la vara empezó a alumbrar otra vez.

Como el muchachu no podía andar de los castigos que le había hechu sufrir el ojáncanu, la vara se convirtió en un caballu chicu y blancu.

La moza amontó en él y salieron de la cueva. Mientras duró la oscuridad el caballu tenía las orejas como dos luces.

Anda que te anda llegaron a la choza de la hechicera, al lau de la ermita.

La hechicera estaba hilando sin parar y la rueca no paraba de cantar como los jilgueros. Cuando vio a la moza y al muchachu, aposó la rueca, el caballu golvió a convertise en la vara fresca de fresnu y la hechicera cogió una escudilla azul, y con una masa que tenía la escudilla curó toas las heridas que tenía el muchachu.

Despues se jue y los dijo que esperaran en la choza, que ella iba a buscar las sus ovejas que pacían en el monte, a la parte allá de la ermita.

El muchachu y la moza tuvieron una tentación. Tenían envidia de los platos con las flores pintás de color de las estrellas, tenían envidia de la rueca de oru y de la mesa de coral, porque too ello valía un tesoru. Cogieron toas aquellas cosas y la varuca de fresnu y se escaparon con toas las cosas que tenía la hechicera.

Echaron a andar y cuando estaban algo lejos de la choza descansarun un pocu pa quitar la sed a la orilla de una juente.

Cuando la moza iba a agacharse pa beber la primera, la vara se la escapó de la mano, tocó en el agua y el agua dejó de manar en aquel mismu instante.

Siguieron andando y cuando ya habían bajau la cuesta del monte, la varuca se escapó de la mano de la moza y tocó en la mesa de coral que llevaba la moza a la espalda y en la silla de madera negra que llevaba el muchachu en la espalda. En aquel mismu instante la mesa de coral y la silla reluciente se convirtieron en dos jorobas.

Despues de dejar jorobaos al muchachu y a la moza, la vara se convirtió en azor y echó a volar hacia la choza de la hechicera...

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domingo, 15 de mayo de 2011

LA CONFERENCIA

Un cuento de Juan José Saer

El conferenciante entró jovial. Era en uno de los salones de la Real Academia de Ciencias de Bruselas y, si mis recuerdos no me engañan, iba a tratar el problema de los métodos de verificación de una suma: el conferenciante descartaba a priori la verificación estadística (por x número de personas) y la convicción subjetiva y de buena fe sobre el resultado. Pero tal vez se trataba más bien de lo contrario. Se sentó, desplegó sobre la mesa las hojas de una carpeta y, antes de comenzar a desarrollar su tema, contempló durante unos segundos la jarra transparente, sonrió como para sí mismo, y dijo:

Yo acostumbro a dormir la siesta antes de dictar una conferencia, para tranquilizarme, porque la obligación de hablar en público me pone siempre muy nervioso. Así que hace una hora tuve un sueño. Tres personas diferentes fotografiaban rinocerontes. Eran tres imágenes sucesivas, pero el método que empleaban para sacar la fotografía era el mismo: se internaban en el río hasta la cintura, y fotografiaban de esa manera al rinoceronte, que se encontraba a unos metros de distancia, en el agua. Se trataba de rinocerontes, no de hipopótamos. El último de los fotógrafos era un poeta amigo mío (al que no conozco personalmente). Era mi amigo en el sueño. Este poeta, de fama universal, me explicaba en detalle el procedimiento que se emplea habitualmente para fotografiar rinocerontes. Y, en nombre de nuestra vieja amistad, me regalaba la fotografía que acababa de sacar.

El conferenciante hizo silencio y recogió de entre sus papeles un rectángulo coloreado. Después, antes de comenzar la disertación propiamente dicha, concluyó su relato:

Tal vez ustedes crean que este sueño que acabo de contarles es pura invención. Y bien, estimados oyentes, se equivocan. Aquí tengo la prueba, dijo, y alzó la mano mostrando al público la fotografía en colores de un rinoceronte en un río africano, todavía húmeda, a causa sin duda de la proximidad del agua o del reciente revelado.

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sábado, 14 de mayo de 2011

LA LEYENDA PAMPEANA DE LA PIEDRA DE TANDIL

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Este notable fenómeno de la naturaleza causó el asombro de cuantos le conocieron. La famosa piedra se encontraba sobre el lomo de una sierra del sistema del Tandil, en la provincia de Buenos Aires, República Argentina. Estaba situada en lo alto, al borde de un precipicio, unida a la roca por un punto de su base, sobre el cual se apoyaba inclinada hacia el vacío. Esta mole de granito tenía lo forma de una campana y media aproximadamente cinco metros de diámetro y cuatro de altura. Lo más notable de ella era que se balanceaba continuamente, oscilando a razón de sesenta veces por minuto. Ni los más violentos huracanes, ni los rayos ni nada pudo desprender la roca de su lugar, donde se mantenía con increíble equilibrio, ante la admiración de gran cantidad de personas que iban al lugar para verla. Un día, el 29 de febrero de 1912, sin ninguna causa visible, en las últimas horas de una tarde muy serena, la piedra rodó por la ladera sin que hasta la fecha haya podido explicarse la razón de la existencia ni los motivos de la caída de esta verdadera maravilla natural.

Y ahora acompañemos el modo como la imaginación nativa concibió el origen de la extraña piedra...

Era el principio de los tiempos.

El Sol y la Luna eran marido y mujer: dos dioses gigantes, tan buenos y generosos como enormes eran. El Sol era el dueño de todo el calor y la fuerza del mundo; tanto era su poder que de sólo extender los brazos la tierra se inundaba de luz y de sus dedos prodigiosos brotaba el calor a raudales. Era el dueño absoluto de la vida y de la muerte. Ella, la Luna, era blanca y hermosa. Dueña de la sabiduría y el silencio; de la paz y la dulzura. Ante su presencia todo se aquietaba. Andando por la tierra crearon la llanura: una inmensa extensión que cubrieron de pastos y de flores para hacerla más bella. Y la llanura era una lisa alfombra verde por donde los dioses paseaban con blandos pasos. Luego crearon las lagunas donde el Sol y la Luna se bañaban después de sus largos paseos.

Pero los dioses se cansaron de estar solos: y poblaron de peces las aguas y de otros animales la tierra.¡Qué felices se sentían de verlos saltar y correr por sus dominios! Satisfechos de su obra decidieron regresar al cielo. Entonces fue cuando pensaron que alguien debía cuidar esos preciosos campos: y crearon a sus hijos, los hombres. Ahora ya podían regresar. Muy tristes se pusieron los hombres cuando supieron que sus amados padres los dejarían. Entonces el Sol les dijo:

-Nada debéis temer; ésta es vuestra tierra. Yo enviaré mi luz hasta vosotros, todos los días. Y también mi calor para que la vida no acabe.

Y dijo la Luna:
-Nada debéis temer; yo iluminaré levemente las sombras de la noche y velaré vuestro descanso.

Así pasó el tiempo. Los días y las noches. Era el tiempo feliz. Los indios se sentían protegidos por sus dioses y les bastaba mirar al cielo para saber que ellos estaban siempre allí enviándoles sus maravillosos dones. Adoraban al Sol y la Luna y les ofrecían sus cantos y sus danzas.

Un día vieron que el Sol empezaba a palidecer, cada vez más y más y más... ¿qué pasaba?, ¿qué cosa tan extraña hacía que su sonriente rostro dejara de reír? Algo terrible, pero que no podían explicarse, estaba sucediendo. Pronto se dieron cuenta que un gigantesco puma alado acosaba por la inmensidad de los cielos al bondadoso Sol. Y el Dios se debatía entre los zarpazos del terrible animal que quería destruirlo. Los indios no lo pensaron más y se prepararon para defenderlo. Los más valientes y hábiles guerreros se reunieron y empezaron a arrojar sus flechas al intruso que se atrevía a molestar al Sol. Una, dos, miles y miles de flechas fueron arrojadas, pero no lograban destruir al puma, que, por el contrario, cada vez se ponía más furioso. Por fin uno dio en el blanco y el animal cayó atravesado por la flecha que entraba por el vientre y salía por el lomo. Sí, cayó, pero no muerto. Y allí estaba, extendido y rugiendo; estremeciendo la tierra con sus rugidos. Tan enorme era que nadie se atrevía a acercarse y lo miraban, asustados, desde lejos. En tanto el Sol se fue ocultando poco a poco; había recobrado su aspecto risueño. Los indios le miraban complacidos y él les acariciaba los rostros con la punta de sus tibios dedos. El cielo se tiñó de rojo... se fue poniendo violeta.., violeta. ... y poco a poco llegaron las sombras. Entonces salió la Luna. Vio al puma allá abajo, tendido y rugiendo.Compadecida quiso acabar con su agonía. Y empezó a arrojarle piedras para ultimarlo. Tantas y tan enormes que se fueron amontonando sobre el cuerpo hasta cubrirlo totalmente. Tantas y tan enormes que formaron sobre la llanura una sierra: la Sierra de Tandil. La última piedra que arrojó cayó sobre la punta de la flecha que todavía asomaba y allí se quedó clavada. Allí quedó enterrado, también, para siempre, el espíritu del mal, que según los indios no podía salir. Pero cuando el Sol paseaba por los cielos, se estremecía de rabia siempre con el deseo de atacarlo otra vez. Y al moverse hacía oscilar la piedra suspendida en la punta de la sierra.(*)

(*) Extraído de Leyendas argentinas, de Neli Garrido de Rodríguez, editorial Plus Ultra.

Foto arriba: la piedra movediza de Tandil antes de su derrumbamiento en 1912.

jueves, 5 de mayo de 2011

Cuento: Absalón

Un cuento de Tununa Mercado

Sus cabellos dorados emitían destellos al sol. Ni cabellos, ni destellos y menos dorados. Sería simplificar el esplendor, que no encontraba depósito en palabra alguna. Sus rizos caían sobre sus hombros y se abrían hacia la espalda en cascada y él con sus manos los abría con los dedos como buscando airearlos. Se inclinaba y su hombro los llevaba hacia atrás y cuando sacudía su cabeza volvían a su lugar lentamente, como río a su cauce. Era hijo de rey y se decía que su cabeza había nacido para la corona, que siendo de oro su cabellera y el oro el metal más regio, ninguna otra como la suya podría portarla.

No había peine para esa mata. Desde la raya en el centro hasta las puntas que caían a ambos lados de la cabeza, el trayecto era un camino de martirio y los dientes se detenían en trabazones rebeldes como nudos borromeos múltiples, amarrados acaso para siempre. Los sobaban con aceite para ablandar la maraña formada en su interior, pero ésta permanecía en su racimo, apretada, inviolable. Y, sin embargo, los tramos destrabados, los que lograban expandirse como bucles, sostenían el movimiento de vaivén que se soltaba cuando el niño corría por los campos y, es justo decirlo, confundidos con los trigales, eran menos rígidos que las espigas.

No había tampoco madre que apartara las guedejas para liberar su frente. En esa corte que rodeaba al soberano había traidores, obsecuentes, enemigos, mujeres que por turno eran madres con la misma simiente y podía haber hijos que nacieran el mismo día y con la misma aspiración de ser reyes. Pero no una madre que se detuviera a mirar a un hijo singular en medio de la prole. Y si alguna vez había querido peinar los malos sueños de ese hijo, los que al despertar retenía en su pelo, la maraña inextricable frustraba sus buenos deseos y las pesadillas permanecían apresadas. Una nodriza, o un aya, seres providenciales para el desdichado, solían cumplir esa tarea, laboriosamente desenredaban, liberando al perseguido al borde del precipicio, al despojado de su nombre y de sus bienes en un recinto sin salida, al empequeñecido miembro de la especie en medio de gigantes, y así siguiendo con todas las figuras del desamparo que traen consigo los que despiertan.

Entre los hijos nacidos de distintas madres y la misma simiente había una hija mujer con la que compartía madre y padre. Los otros eran medios hermanos, vínculo cuya opacidad suele perturbar el rigor de las genealogías. Ella sí recibía en su cabeza el peine cotidiano de su madre, aunque no para espantar las sombras de la noche sino para refinar su aspecto. Estaba destinada quizás a ser tan bella como complaciente ante la mirada rigurosa del padre, hombre que pese a su poder arrastraba contradicciones respecto de sus mujeres, sus hijos y su Estado. En la pieza de costura, donde las mujeres del padre se hermanaban, por así decirlo, para elaborar el complejo vestuario de una prole de diverso sexo y edad, la niña sólo escuchaba. Poco a poco, su silencio se volvió una condición para emprender las labores más difíciles y sólo se quebró cuando aprendió a cantar acompañada de un instrumento, llegando a componer algunos “vaivenes”, nombre que ella misma dio a un género que interpretaba el ritmo de los pasos de su hermano. Mientras permanecía en el cuarto de las mujeres bordaba exhaustivamente, hasta la perfección, y tejía filigranas mínimas con un huso que enlazaba, apretaba y soltaba los hilos, tan pequeño que sólo sus dedos de niña podían sostener.

El era tan hermoso que conmovía a quienes lo veían pasar, adelantando un pie tras otro como un antílope en cámara lenta. Una trenza retuvo su pelo cuando dejó de ser niño. Hacérsela requería de dos personas. La principal, su hermana; la otra, una voluntaria cuya destreza hubiera sido probada. Las tres ramas rizadas, estiradas con óleos, tenían que ser iguales; se cruzaban una sobre la otra y al mismo tiempo eran retenidas y apretadas por esas manos hábiles, conscientes de la perfección que debían lograr. Se iniciaba en el punto último de una raya al medio. En el tramo final la pelambre se adelgazaba hasta llegar a la cintura, para terminar en una larga V. Gruesa, mullida, elástica, la trenza acompañaba el vaivén de la marcha y el vaivén que la niña, ya una joven, entonaba con su instrumento, fuera éste una lira o una guitarra. En esos años de infancia ella había perfeccionado otras formas de trenza, más complejas, de cuatro haces y hasta de seis, pero cuando empezaba a hacerlas, él se impacientaba. No había pues en quién probar estas creaciones de verdadero estilista.

¿Qué hacía esta joven industriosa con las hebras doradas que el peine arrastraba y que caían sobre el piso o sobre los hombros del hermano? Las había más rubias, más rojizas y hasta casi blancas. El efecto del sol creaba esos tonos, ya fuera más o menos intenso durante los desplazamientos del joven. Porque no se crea que sólo el vaivén regulaba sus movimientos... No era un hombre inerte, sin ocupaciones. En ese reino que para serlo exige ser remoto en el tiempo, él se ocupaba de una orquesta de cámara que había formado su padre, y que reunía a varios músicos, la enumeración de cuyos instrumentos sería extensa, como contar cabellos. Pero sí, se trataba de eso, de juntar los cabellos para bordar sobre la estofa más tenue que se produjera en el mercado, entre la batista, el hilo y la gasa. Como no pretendía integrar la orquesta, ni tampoco componer, la joven tenía otros espacios para imaginar y había encontrado en las labores de aguja una fuente de aislamiento que se parecía a la enajenación. Tomaba un pelo, lo planchaba con sus dedos con fuerza, enhebraba –encabellaba– la aguja e iba radialmente desde un centro hasta la periferia de un círculo, luego se apartaba, siempre ciñendo el cabello en la tela, hacia los trazos laterales que componían una flor, la letra de un nombre, las alas de un pájaro.

No todo el mundo tenía esas prendas delicadas. El padre, por cierto, el hermano, desde luego, su madre. Pero también había bordado un pañuelo para su medio hermano, hombre asténico, de melancolía intempestiva, que pasaba las horas concentrado en ideas peregrinas como entrenar un halcón. Precisamente ese pájaro, con las alas desplegadas y el pico amenazante fue el motivo que bordó en la esquina del cuadrado de hilo finísimo. Para esa obra no podía valerse sólo de los cabellos dorados de su hermano y tuvo que cortar unas guedejas negras del destinatario para armar la figura del ave. Su medio hermano quedó sorprendido cuando ella le entregó el pañuelo con el bordado. Las puntadas apenas se veían, pero la forma era completa y discernible la figura. Ella había mezclado los cabellos de sus hermanos con inocencia.

Cuando alguna vez su hermano decidió cortarse la trenza, alguien tuvo la idea de pesarla. Treinta onzas, exclamaron, obligando a los que no seguían ese sistema de pesas y medidas a buscar el equivalente en gramos: ochocientos cuarenta y nueve gramos, volvieron a exclamar. La bordadora de ilusión –bordado de ilusión se llama en Oriente la manualidad citada y bordar de ilusión el acto de ejecutarla– exigió que le entregaran un manojo de pelo en pago por su dedicación. el consintió en darle la mitad de la trenza, para lo cual hubo que entresacar de manera uniforme, de cada uno de los manojos, y sin desarmarla, un haz de cuatrocientos veinte gramos aproximadamente.

Ella apartó lo que necesitaría para un año de labor y el resto lo fue esparciendo, unas hebras cada día, para los nidos de los pájaros. Este aprovechamiento, vale decirlo, era una práctica “ambientalista” que todos los habitantes de la casa hacían: salían afuera cada vez que se peinaban o se secaban la cabeza. Y cuando entraban a sus aposentos los pájaros se llevaban su botín.

Un medio hermano es igual hijo para un padre. Este lo elegía para sus salidas nocturnas o para sus giras políticas, en las que congraciarse era la moneda de la seducción. El joven sabía que no era su medio hermano, el de los rizos, quien heredaría ese capital humano de adeptos. Podía muy bien contar con la confianza del padre en la administración de su orquesta. Pero los bienes reales, ya fueran propiedades o poder, estaban destinados a él por su prudencia, su silenciosa discreción, su falta de altanería. No caminaba como príncipe, no balanceaba su cuerpo al caminar ni soltaba sus cabellos renegridos puesto que los mantenía trasquilados hasta el comienzo de la nuca.

En una ocasión, el padre hizo un acopio generoso de alimentos y reunió a sus músicos para un viaje que llamó de cooptación de fieles. Su hija preparó las viandas que serían ofrecidas a la gente en los pueblos que atravesaría el séquito. El padre le presentó en la cocina un novillo de buen porte y un cordero a punto de ser carnero. Ella los maceró con especias, vinagre, sal gruesa y hierbas –una maleza o mala hierba, zatar, que crecía ahí nomás en el jardín–, y les destinó distintos rellenos. Al hijo del buey le metió varios pajaritos bien sazonados que debían cocerse hasta que la carne se separara de los huesos, unos higos verdes picados con una aguja para que absorbieran los jugos de la carne; al cordero o carnero joven lo reblandeció con vino y lo rellenó con las vísceras nobles de ambos animales, mezcladas con hogazas de pan remojadas en leche. Varias horas se asaron en el horno y ella permaneció todo ese tiempo en la cocina, vigilando los jugos.

Mientras ella terminaba de asar las viandas, su medio hermano ataba los caballos a los carros y las volantas. Los olores aromaban, embalsamaban, hacían perder la razón. Pero él permanecía a una distancia prudente de esa lujuria del sabor. Cuando todo estaba listo para cargar ella apareció con las mejillas rojas, el sudor que le caía por la frente, las manos todavía con la harina de los panes, y con una excusa para no saludar con un beso a su medio hermano. El insistió y ella entonces le puso sus labios y su olor en la frente. La fajina había terminado. Los hombres se despidieron.

Debió suceder en el viaje algo que perturbó al hijo heredero. Dicen que se comió y se bebió brutalmente en el primer pueblo al que llegaron, el que habría de ser el único. El desenfreno fue también contagiado por los músicos que tocaron y cantaron irreverencias y aquí sí cabe mencionar algunos de los instrumentos, para regocijo del oído, que ya hubo suficiente goce con los aromas de la carne al asarse. La gente bailaba al son de instrumentos de madera de haya –que es roble y encina– con arpas, salterios adufes, flautas y címbalos. El padre perdió toda compostura. Bailaba a los saltos, se meneaba, batía las palmas causando irrisión en algunos y en otros complacencia. El hijo se avergonzó al verlo desastrado, su camisa de puro hilo manchada con vino, sudor y salsas, sus greñas espantadas. Quedaron por los suelos, ayudantes, primeros y segundos músicos, sirvientes y toda suerte de lacayos que se habían acoplado para una gira que no habría de cumplirse. El joven regresó torvo y se encerró en su cuarto.

Al día siguiente de la orgía en la que no había participado, a través de los visillos de su ventana, vio a su media hermana en la galería junto a la cocina cernir la harina sobre una mesa de roble. El aire se sentía fresco, acogedor para esos hombros descubiertos, complacientes para los brazos y las manos que desparramaban la harina. El cedazo apenas sacudido dejaba pasar un polvo ligero y volátil. El se recluyó nuevamente al fondo de su habitación y escuchó la voz. No entonaba esos “vaivenes” tan repetitivos, sino unos cánticos profundos –en este caso sí corresponde el adjetivo–, porque parecían reproducir un canto hondo, para voz despojada, con palabras de amores perdidos. Se echó a llorar de dolor, lloró primero con lágrimas lentas, luego con sollozos, atacado por una opresión indefinible. Se acercó de nuevo a la ventana y vio el cuerpo y el rostro acalorados de su media hermana. Estaba en silencio y se inclinaba para moldear la masa con un ritmo regular y convencido. De tanto en tanto esparcía la harina y volvía a colocar la bola tersa del pan para seguir buscando el temple necesario, el que sólo se modela cuando las manos han alcanzado el mejor calor y la mayor pericia. Así inclinada, dejaba ver el nacimiento de sus pechos y adivinar su volumen y textura. Volvió a sollozar. Se había enamorado de su media hermana.

Permaneció encerrado días y días, en la oscuridad, sin comer y apenas aceptaba beber agua. Cuando su padre quiso hacerle entrar en razón, lo echó, espetándole con ese desprecio el disgusto que le había causado su danza. Sin embargo, decidió valerse de él.

Sólo comería si su hermana amasaba unas tortillas de trigo y las cocía delante de él. Al padre le extrañó el requisito, pero no dudó en ordenarle a su hija que fuera a atender, a su postrado heredero, cuyo mal desconocido podía llegar a detener su linaje y su fortuna. Las tortillas se doraron en la sartén, despidieron su aroma; con esas mismas manos ella acarició las del enfermo. El no comió. Abrazó, inmovilizó y violó a su hermana. Horror de ella, horror de él. Ella salió despavorida con las ropas desgarradas. El hubiera querido lapidarla. La tragedia se consumaba.

El hermano, el de los cabellos cuyo resplandor enceguecía, cuyas hebras habían sido urdidas en trenzas, en labores de ilusión y en nidos de pájaros vengó el honor de su hermana, como suele decirse en los libros sagrados de la historia humana. Mató, así, sin más, al medio hermano y huyó a los bosques montado en su caballo. No tanto por culpable, ni por temor a la justicia del padre, sino por un dolor sin nombre y un amor también sin nombre por su hermana. Enloquecidos ambos, caballo y hombre, erraron sin destino, las crines y los cabellos al viento. Al pasar entre dos encinas, los cabellos del hermano se enredaron en sus ramas y lo apresaron, mientras el caballo seguía su carrera desenfrenada abandonando al jinete. La cabellera de Absalón fue como el echarpe de Isadora Duncan, una suave y violenta cuerda ceñida al cuello de manera radical.

 

Algo sobre la autora

La escritora argentina Nilda “Tununa” Mercado nació el 25 de diciembre de 1939 en la ciudad de Córdoba en el seno de una familia vinculada al mundo jurídico.

Tununa MercadoEn 1958, la autora que comenzó a firmar sus primeras notas periodísticas como Tununa (apodo con el que la llamaban desde pequeña sus familiares), ingresó a la Universidad Nacional de Córdoba para cursar la carrera de Letras. Años más tarde, el ámbito universitario sería testigo del inicio de la relación sentimental entre ella y el profesor Noé Jitrik, el hombre que, con el tiempo, se convertiría en su marido.

A partir de 1971 Mercado se desempeñaría como periodista del diario “La Opinión” y, dos años después, tras el golpe militar chileno, la escritora, acompañada de su marido, formaría parte de las comisiones de solidaridad con el país vecino. Luego vivió exiliada en México y La vuelta definitiva al país en 1987, comienza a publicar sus obras, entre las que se destacan “Canon de alcoba” (galardonada con el Premio Boris Vian), “En estado de memoria”, “La letra de lo mínimo”, “La madriguera”, “Narrar después” y “Yo nunca te prometí la eternidad”, entre otras.

En 2007 ganó el premio Sor Juana Inés de la Cruz 2007 por su novela Yo nunca te prometí la eternidad.

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domingo, 1 de mayo de 2011

La escritura de Dios (El Aleph)

Un cuento de Jorge Luis Borges

 

    La cárcel es profunda y de piedra; su forma, la de un hemisferio casi perfecto, si bien el piso (que también es de piedra) es algo menor que un círculo máximo, hecho que agrava de algún modo los sentimientos de opresión y de vastedad. Un muro medianero la corta; éste, aunque altísimo, no toca la parte superior de la bóveda; de un lado estoy yo, Tzinacán, mago de la pirámide de Qaholom, que Pedro de Alvarado incendió; del otro hay un jaguar, que mide con secretos pasos iguales el tiempo y el espacio del cautiverio. A ras del suelo, una larga ventana con barrotes corta el muro central. En la hora sin sombra se abre una trampa en lo alto,, y un carcelero que han ido borrando los años maniobra una roldana de hierro, y nos baja en la punta de un cordel, cántaros con agua y trozos de carne. La luz entra en la bóveda; en ese instante puedo ver al jaguar. 

    He perdido la cifra de los años que yazgo en la tiniebla; yo, que alguna vez era joven y podía caminar por esta prisión, no hago otra cosa que aguardar, en la postura de mi muerte, el fin que me destinan los dioses. Con el hondo cuchillo de pedernal he abierto el pecho de las víctimas, y ahora no podría, sin magia, levantarme del polvo. 

    La víspera del incendio de la pirámide, los hombres que bajaron de altos caballos me castigaron con metales ardientes para que revelara el lugar de un tesoro escondido. Abatieron, delante de mis ojos, el ídolo del dios; pero éste no me abandonó y me mantuvo silencioso entre los tormentos. Me laceraron, me rompieron, me deformaron, y luego desperté en esta cárcel, que ya no dejaré en mi vida mortal.

    Urgido por la fatalidad de hacer algo, de poblar de algún modo el tiempo, quise recordar, en mi sombra, todo lo que sabía. Noches enteras malgasté en recordar el orden y el número de unas sierpes de piedra o la forma de un árbol medicinal. Así fui revelando los años, así fui entrando en posesión de lo que ya era mío. Una noche sentí que me acercaba a un recuerdo preciso; antes de ver el mar, el viajero siente una agitación en la sangre. Horas después empecé a avistar el recuerdo: era una de las tradiciones del dios. Éste, previendo que en el fin de los tiempos ocurrirían muchas desventuras y ruinas, escribió el primer día de la Creación una sentencia mágica, apta para conjurar esos males. La escribió de manera que llegara a las más apartadas generaciones y que no la tocara el azar. Nadie sabe en qué punto la escribió, ni con qué caracteres; pero nos consta que perdura, secreta, y que la leerá un elegido. Consideré que estábamos, como siempre, en el fin de los tiempos y que mi destino de último sacerdote del dios me daría acceso al privilegio de intuir esa escritura. El hecho de que me rodeara una cárcel no me vedaba esa esperanza; acaso yo había visto miles de veces la inscripción de Qaholom y sólo me faltaba entenderla. 

    Esta reflexión me animó, y luego me infundió una especie de vértigo. En el ámbito de la tierra hay formas antiguas, formas incorruptibles y eternas; cualquiera de ellas podía ser el símbolo buscado. Una montaña podía ser la palabra del dios, o un río o el imperio o la configuración de los astros. Pero en el curso de los siglos las montañas se allanan y el camino de un río suele desviarse y los imperios conocen mutaciones y estragos y la figura de los astros varía. En el firmamento hay mudanza. La montaña y la estrella son individuos, y los individuos caducan. Busqué algo más tenaz, más invulnerable. Pensé en las generaciones de los cereales, de los pastos, de los pájaros, de los hombres. Quizá en mi cara estuviera escrita la magia, quizá yo mismo fuera el fin de mi busca. En ese afán estaba cuando recordé que el jaguar era uno de los atributos del dios. 

    Entonces mi alma se llenó de piedad. Imaginé la primera mañana del tiempo, imaginé a mi dios confiando el mensaje a la piel viva de los jaguares, que se amarían y se engendrarían sin fin, en cavernas, en cañaverales, en islas, para que los últimos hombres lo recibieran. Imaginé esa red de tigres, ese caliente laberinto de tigres, dando horror a los prados y a los rebaños para conservar un dibujo. En la otra celda había un jaguar; en su vecindad percibí una confirmación de mi conjetura y un secreto favor.

    Dediqué largos años a aprender el orden y la configuración de las manchas. Cada ciega jornada me concedía un instante de luz, y así pude fijar en la mente las negras formas que tachaban el pelaje amarillo. Algunas incluían puntos; otras formaban rayas trasversales en la cara interior de las piernas; otras, anulares, se repetían. Acaso eran un mismo sonido o una misma palabra. Muchas tenían bordes rojos. 

    No diré las fatigas de mi labor. Más de una vez grité a la bóveda que era imposible descifrar aquel texto. Gradualmente, el enigma concreto que me atareaba me inquietó menos que el enigma genérico de una sentencia escrita por un dios. ¿Qué tipo de sentencia (me pregunté) construirá una mente absoluta? Consideré que aun en los lenguajes humanos no hay proposición que no implique el universo entero; decir el tigre es decir los tigres que lo engendraron, los ciervos y tortugas que devoró, el pasto de que se alimentaron los ciervos, la tierra que fue madre del pasto, el cielo que dio luz a la tierra. Consideré que en el lenguaje de un dios toda palabra enunciaría esa infinita concatenación de los hechos, y no de un modo implícito, sino explícito, y no de un modo progresivo, sino inmediato. Con el tiempo, la noción de una sentencia divina parecióme pueril o blasfematoria. Un dios, reflexioné, sólo debe decir una palabra, y en esa palabra la plenitud. Ninguna voz articulada por él puede ser inferior al universo o menos que la suma del tiempo. Sombras o simulacros de esa voz que equivale a un lenguaje y a cuanto puede comprender un lenguaje son las ambiciosas y pobres voces humanas, todo, mundo, universo.

     Un día o una noche -entre mis días y mis noches ¿qué diferencia cabe?- soñé que en el piso de la cárcel había un grano de arena. Volví a dormir; soñé que los granos de arena eran tres. Fueron, así, multiplicándose hasta colmar la cárcel, y yo moría bajo ese hemisferio de arena. Comprendí que estaba soñando: con un vasto esfuerzo me desperté. El despertar fue inútil: la innumerable arena me sofocaba. Alguien me dijo: "No has despertado a la vigilia, sino a un sueño anterior. Ese sueño está dentro de otro, y así hasta lo infinito, que es el número de los granos de arena. El camino que habrás de desandar es interminable, y morirás antes de haber despertado realmente." 

    Me sentí perdido. La arena me rompía la boca, pero grité: "Ni una arena soñada puede matarme, ni hay sueños que estén dentro de sueños." Un resplandor me despertó. En la tiniebla superior se cernía un círculo de luz. Vi la cara y las manos del carcelero, la roldana, el cordel, la carne y los cántaros.

    Un hombre se confunde, gradualmente, con la forma de su destino; un hombre es, a la larga, sus circunstancias. Más que un descifrador o un vengador, más que un sacerdote del dios, yo era un encarcelado. Del incansable laberinto de sueños yo regresé como a mi casa a la dura prisión. Bendije su humedad, bendije su tigre, bendije el agujero de luz, bendije mi viejo cuerpo doliente, bendije la tiniebla y la piedra. 

    Entonces ocurrió lo que no puedo olvidar ni comunicar. Ocurrió la unión con la divinidad, con el universo (no sé si estas palabras difieren). El éxtasis no repite sus símbolos: hay quien ha visto a Dios en un resplandor, hay quien lo ha percibido en una espada o en los círculos de una rosa. Yo vi una Rueda altísima, que no estaba delante de mis ojos, ni detrás, ni a los lados, sino en todas partes, a un tiempo. Esa Rueda estaba hecha de agua, pero también de fuego, y era (aunque se veía el borde) infinita. Entretejidas, la formaban todas las cosas que serán, que son y que fueron, y yo era una de las hebras de esa trama total, y Pedro de Alvarado, que me dio tormento, era otra. Ahí estaban las causas y los efectos, y me bastaba ver esa Rueda para entenderlo todo, sin fin. ¡Oh dicha de entender, mayor que la de imaginar o la de sentir! Vi el universo y vi los íntimos designios del universo. Vi los orígenes que narra el Libro del Común. Vi las montañas que surgieron del agua, vi los primeros hombres de palo, vi las tinajas que se volvieron contra los hombres, vi los perros que les destrozaron las caras. Vi el dios sin cara que hay detrás de los dioses. Vi infinitos procesos que formaban una sola felicidad, y, entendiéndolo todo, alcancé también a entender la escriturad del tigre. 

    Es una fórmula de catorce palabras casuales (que parecen casuales), y me bastaría decirla en voz alta para ser todopoderoso. Me bastaría decirla para abolir esta cárcel de piedra, para que el día entrara en mi noche, para ser joven, para ser inmortal, para que el tigre destrozara a Alvarado, para sumir el santo cuchillo en pechos españoles, para reconstruir la pirámide, para reconstruir el imperio. Cuarenta sílabas, catorce palabras, y yo, Tzinacán, regiría las tierras que rigió Moctezuma. Pero yo sé que nunca diré esas palabras, porque ya no me acuerdo de Tzinacán. 

    Que muera conmigo el misterio que está escrito en los tigres. Quien ha entrevisto el universo, quien ha entrevisto los ardientes designios del universo, no puede pensar en un hombre, en sus triviales dichas o desventuras, aunque ese hombre sea él. Ese hombre ha sido él, y ahora no le importa. Qué le importa la suerte de aquel otro, qué le importa la nación de aquel otro, si él, ahora, es nadie. Por eso no pronuncio la fórmula, por eso dejo que me olviden los días, acostado en la oscuridad. 

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