viernes, 30 de septiembre de 2011

El ojo del amo

Un cuento de Italo Calvino (Italia)


 

-El ojo del amo -le dijo su padre, señalándose un ojo, un ojo viejo entre los párpados ajados, sin pestañas, redondo como el ojo de un pájaro-, el ojo del amo engorda el caballo.
-Sí -dijo el hijo y siguió sentado en el borde de la mesa tosca, a la sombra de la gran higuera.
-Entonces -dijo el padre, siempre con el dedo debajo del ojo-, ve a los trigales y vigila la siega.
El hijo tenía las manos hundidas en los bolsillos, un soplo de viento le agitaba la espalda de la camisa de mangas cortas.
-Voy -decía, y no se movía.
Las gallinas picoteaban los restos de un higo aplastado en el suelo.
Viendo a su hijo abandonado a la indolencia como una caña al viento, el viejo sentía que su furia iba multiplicándose: sacaba a rastras unos sacos del depósito, mezclaba abonos, asestaba órdenes e imprecaciones a los hombres agachados, amenazaba al perro encadenado que gañía bajo una nube de moscas. El hijo del patrón no se movía ni sacaba las manos de los bolsillos, seguía con la mirada clavada en el suelo y los labios como silbando, como desaprobando semejante despilfarro de fuerzas.
-El ojo del amo -dijo el viejo.
-Voy -respondió el hijo y se alejó sin prisa.
Caminaba por el sendero de la viña, las manos en los bolsillos, sin levantar demasiado los tacones. El padre se quedó mirándolo un momento, plantado debajo de la higuera con las piernas separadas, las grandes manos anudadas a la espalda: varias veces estuvo a punto de gritarle algo, pero se quedó callado y se puso a mezclar de nuevo puñados de abono.
Una vez más el hijo iba viendo los colores del valle, escuchando el zumbido de los abejorros en los árboles frutales. Cada vez que regresaba a sus pagos, después de languidecer seis meses en ciudades lejanas, redescubría el aire y el alto silencio de su tierra como en un recuerdo de infancia olvidado y al mismo tiempo con remordimiento. Cada vez que venía a su tierra se quedaba como en espera de un milagro: volveré y esta vez todo tendrá un sentido, el verde que se va atenuando en franjas por el valle de mis tierras, los gestos siempre iguales de los hombres que trabajan, el crecimiento de cada planta, de cada rama; la pasión de esta tierra se adueñará de mí, como se adueñó de mi padre, hasta no poder despegarme de aquí.
En algunos bancales el trigo crecía a duras penas en la pendiente pedregosa, rectángulo amarillo en medio del gris de las tierras yermas, y dos cipreses negros, uno arriba y otro abajo, que parecían montar guardia. En el trigal estaban los hombres y las hoces moviéndose; el amarillo iba desapareciendo poco a poco como borrado, y abajo reaparecía el gris. El hijo del patrón, con una brizna de hierba entre los dientes, subía por atajos la pendiente desnuda: desde los trigales los hombres ya lo habían visto subir y comentaban su llegada. Sabía lo que los hombres pensaban de él: el viejo será loco pero su hijo es tonto.
-Buenas -le dijo U Pé al verlo llegar.
-Buenas -dijo el hijo del patrón.
-Buenas -dijeron los otros.
Y el hijo del patrón respondió:
-Buenas.
Bien: todo lo que tenían que decirse estaba dicho. El hijo del patrón se sentó en el borde de un bancal, las manos en los bolsillos.
-Buenas -dijo una voz desde el bancal de más arriba: era Franceschina que estaba espigando. Él dijo una vez más:
-Buenas.
Los hombres segaban en silencio. U Pé era un viejo de piel amarilla que le caía arrugada sobre los huesos. U Qué era de edad mediana, velludo y achaparrado; Nanín era joven, un pelirrojo desgarbado: el sudor le pegaba la camiseta y una parte de la espalda desnuda aparecía y desaparecía con cada movimiento de la hoz. La vieja Girumina espigaba, acuclillada en el suelo como una gran gallina negra. Franceschina estaba en el bancal más alto y cantaba una canción de la radio. Cada vez que se agachaba se le descubrían las piernas hasta las corvas.
Al hijo del patrón le daba vergüenza estar allí haciendo de vigilante, erguido como un ciprés, ocioso en medio de los que trabajaban. «Ahora», pensaba, «digo que me den un momento una hoz y pruebo un poco.» Pero seguía callado y quieto mirando el terreno erizado de tallos amarillos y duros de espigas cortadas. De todos modos no sería capaz de manejar la hoz y haría un triste papel. Espigar: eso sí podía hacerlo, un trabajo de mujeres. Se agachó, recogió dos espigas, las arrojó en el mandil negro de la vieja Girumina.
-Cuidado con pisotear donde todavía no he espigado -dijo la vieja.
El hijo del patrón se sentó de nuevo en el borde, mordisqueando una brizna de paja.
-¿Más que el año pasado, este año? -preguntó.
-Menos -dijo U Qué-, cada año menos.
-Fue- dijo U Pé- la helada de febrero. ¿Se acuerda de la helada de febrero?
-Sí -dijo el hijo del patrón. Pero no se acordaba.
-Fue -dijo la vieja Girumina- el granizo de marzo. En marzo, ¿se acuerda?
-Cayó granizo -dijo el hijo del patrón, mintiendo siempre.
-Para mí -dijo Nanín- fue la sequía de abril. ¿Recuerda qué sequía?
-Todo abril -dijo el hijo del patrón. No se acordaba de nada.
Ahora los hombres habían empezado a discutir de la lluvia y el hielo y la sequía: el hijo del patrón estaba fuera de todo ello, separado de las vicisitudes de la tierra. El ojo del amo. Él era sólo un ojo. Pero, ¿para qué sirve un ojo, un ojo solo, separado de todo? Ni siquiera ve. Claro que si su padre hubiera estado allí habría cubierto a los hombres de insultos, habría encontrado el trabajo mal hecho, lento, la cosecha arruinada. Casi se sentía la necesidad de los gritos de su padre por aquellos bancales, como cuando se ve a alguien que dispara y se siente la necesidad del estallido en los tímpanos. Él no les gritaría nunca a los hombres, y los hombres lo sabían, por eso seguían trabajando sin darse prisa. Sin embargo era seguro que preferían a su padre, su padre que los hacía sudar, su padre que hacía plantar y recoger el grano en aquellas cuestas para cabras, su padre que era uno de ellos. Él no, él era un extraño que comía
gracias al trabajo de ellos, sabía que lo despreciaban, tal vez lo odiaban.
Ahora los hombres reanudaban una conversación iniciada antes de que él llegara, sobre una mujer del valle.
-Eso decían -dijo la vieja Girumina-, con el párroco.
-Sí, sí -dijo U Pé-. El párroco le dijo: Si vienes te doy dos liras.
-¿Dos liras? -preguntó Nanín.
-Dos liras -dijo U Pé.
-De las de entonces -dijo U Qué.
-¿Cuánto serían hoy dos liras de entonces? -preguntó Nanín.
-No poco -dijo U Qué.
-Caray -dijo Nanín.
Todos reían de la historia de la mujer; el hijo del patrón también sonrió, pero no entendía bien el sentido de esas historias, amores de mujeres huesudas y bigotudas y vestidas de negro.
Franceschina también llegaría a ser así. Ahora espigaba en el bancal más alto, cantando una canción de la radio, y cada vez que se agachaba la falda se le subía más, descubriendo la piel blanca de las corvas.
-Franceschina -le gritó Nanín-, ¿irías con un cura por dos liras?
Franceschina estaba de pie en el bancal, con el manojo de espigas apretado contra el pecho.
-¿Dos mil? -gritó.
-Caray, dice dos mi l-dijo Nanín a los otros, perplejo.
-Yo no voy ni con curas ni con «civiles» -gritó Franceschina.
-Con militares, ¿sí? -gritó U Qué.
-Ni con militares -contestó y se puso a recoger espigas de nuevo.
-Tiene buenas piernas la Franceschina -dijo Nanín, mirándoselas.
Los otros las miraron y estuvieron de acuerdo.
-Buenas y rectas -dijeron.
El hijo del patrón las miró como si no las hubiera visto antes e hizo un gesto de asentimiento. Pero sabía que no eran bonitas, con sus músculos duros y velludos.
-¿Cuándo haces el servicio militar, Nanín? -dijo Girumina.
-Hostia, depende de que quieran examinar otra vez a los eximidos -dijo Nanín-. Si la guerra no termina, me llamarán a mí también, con mi insuficiencia torácica.
-¿Es cierto que Norteamérica ha entrado en la guerra? -preguntó U Qué al hijo del patrón.
-Norteamérica -dijo el hijo del patrón. Tal vez ahora podría decir algo-. Norteamérica y Japón- dijo y se calló. ¿Qué más podía decir?
-¿Quién es más fuerte: Norteamérica o Japón?
-Los dos son fuertes -dijo el hijo del patrón.
-¿Es fuerte Inglaterra?
-Eh, sí, también es fuerte.
-¿Y Rusia?
-Rusia también es fuerte.
-¿Alemania?
-Alemania también.
-¿Y nosotros?
-Será una guerra larga -dijo el hijo del patrón-. Una guerra larga.
-Cuando la otra guerra -dijo U Pé-, había en el bosque una cueva con diez desertores-. Y señaló arriba, en dirección de los pinos.
-Si dura un poco más -dijo Nanín- yo digo que nosotros también terminaremos metidos en las cuevas.
-Bah -dijo U Qué-, quién sabe cómo irá a terminar.
-Todas las guerras terminan así: al que le toca, le toca.
-Al que le toca le toca -repitieron los otros.
El hijo del patrón empezó a subir por los bancales mordisqueando la brizna de paja hasta llegar a Franceschina. Le miraba la piel blanca de las corvas cuando se inclinaba a recoger las espigas. Tal vez con ella sería más fácil; se imaginaría que le hacía la corte.
-¿Vas alguna vez a la ciudad, Franceschina? -le preguntó. Era un modo estúpido de iniciar una conversación.
-A veces bajo los domingos por la tarde. Si hay feria, vamos a la feria, si no, al cine.
Había dejado de trabajar. No era eso lo que él quería; ¡si su padre lo viera! En vez de montar la guardia, hacía hablar a las mujeres que trabajaban.
-¿Te gusta ir a la ciudad?
-Sí, me gusta. Pero en el fondo, por la noche, cuando vuelves, qué te ha quedado. El lunes, vuelta a empezar, y te fue como te fue.
-Claro -dijo él mordiendo la brizna.
Ahora había que dejarla en paz, si no, no volvería a trabajar. Dio media vuelta y bajó.
En los bancales de abajo los hombres casi habían terminado y Nanín envolvía las gavillas en lonas para bajarlas cargadas sobre las espaldas. El mar altísimo con respecto a las colinas empezaba a teñirse de violeta del lado del ocaso. El hijo del patrón miraba su tierra, pura piedra y paja dura, y comprendía que él le sería siempre desesperadamente ajeno.

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jueves, 29 de septiembre de 2011

LA LEYENDA DEL ALGARROBO

Leyenda Argentina

Esto sucedió en tiempos de los Incas.

Machu picchu Los quichuas adoraban con las principales honras a Viracocha, señor supremo del reino. También adoraban a Inti, a las estrellas, al trueno y a la tierra.

Conocían a esta última con el nombre de Pachamama, que es como decir "Madre Tierra" y a ella acudían para pedir abundantes cosechas, la feliz realización de una empresa, caza numerosa, protección para las enfermedades, para el granizo, para el viento helado, la niebla y para todo lo que podía ser causa de desgracia o sinsabor.

 

Levantaban en su honor altares o monumentos a lo largo de los caminos.

Los llamaban apachetas y consistían en una cantidad de piedras amontonadas unas encima de las otras, formando un pequeño montículo.

Allí se detenía el indio a orar, a encomendarse a la Pachamama, cuando pasaba por el camino al alejarse del lugar por tiempo indeterminado o simplemente cuando se dirigía al valle llevando sus animales a pastar.

Para ponerse bajo la protección de la Pachamama, depositaba en la apacheta, coca, o cualquier alimento que tuviera en gran estima, seguro de conseguir el pedido hecho a la divinidad.

Respetuoso de la tradición y de las costumbres, el pueblo quichua jamás había olvidado sus obligaciones hacia los dioses que regían sus vidas.

Pero llegó un tiempo de gran abundancia en que los campos sembrados de maíz eran vergeles maravillosos que daban copiosa cosecha, la tierra se prodigaba con exuberancia y la ociosidad fue apoderándose de ese pueblo laborioso que, olvidando sus obligaciones, abandonó poco a poco el trabajo para dedicarse a la holganza, al vicio y a la orgía.

Se desperdiciaba el alimento que tan poco costaba conseguir, y con las espigas de maíz, que las plantas entregaban sin tasa, fabricaban chicha con la que llenaban vasijas en cantidades nunca vistas.

Fue una época sin precedentes.

El vicio dominaba a hombres y mujeres. Ellos, en su inconsciencia, sólo pensaban en entregarse a los placeres bebiendo de continuo y con exceso, comiendo en la misma forma y danzando durante todo el tiempo que no dedicaban al sueño o al descanso.

Los depósitos repletos proveían del alimento necesario y nadie pensó que esa fuente, que les proporcionaba granos y frutos en abundancia, se agotaría alguna vez.

El desenfreno continuaba y nada había que llamara a ese pueblo a la reflexión y a la vida ordenada y normal.

Llegó la época en que se hacía imprescindible sembrar si se pretendía cosechar, pero nadie pensaba en ello.

Inti, entonces, al comprobar que el pueblo desagradecido olvidaba los favores brindados por la Pachamama, queriendo darles su merecido, resolvió castigarlos.

Con el calor de sus rayos, que envió a la tierra como dardos de fuego, secó los ríos y lagunas, los lagos y vertientes y, como consecuencia, la tierra se endureció, las plantas perdieron sus hojas verdes y sus flores, los tallos se doblaron y los troncos y las ramas de los árboles, resecos y polvorientos, parecían brazos retorcidos y sin vida.

En los géneros aún quedaban alimentos, y en los cántaros, chicha. ¿Qué importancia tenía, entonces, para esas gentes, que las plantas se secaran y que el río hubiera dejado de correr, y seco y sin vida, mostrara las paredes pedregosas de su lecho?

Mientras durara la chicha no podría desaparecer la felicidad ni la alegría.

Pero un día llegó en que, con asombro, comprobaron que los graneros no eran inagotables y que, para servirse de sus granos y de sus frutos, era necesario depositarlos primero. El alimento comenzó a escasear, y con ello las penurias, la miseria y el hambre hicieron su aparición.

Recapacitaron entonces los quichuas, decidiendo volver a trabajar los campos y a sembrarlos.

Pero el castigo de Inti no había terminado y la tierra, cada vez más reseca y dura, no se dejaba clavar los útiles con que pretendían labrarla, y así era imposible poner la semilla. La desolación y la miseria fueron soberanas de ese pueblo que, en un instante, olvidó las leyes de sus dioses y sus obligaciones con la vida.

Los animales, flacos, sin fuerzas, morían en cantidad y parecía mentira que esos campos, que al presente se asemejaban al más desolado de los páramos, hubieran podido ser, alguna vez, praderas alegres cubiertas de hierbas y de árboles o de extensas plantaciones de maíz, en las que los frutos se ofrecían generosos.

Los niños, pobres víctimas inocentes de los pecados y de la disipación de los mayores, débiles, flacos, con los rostros macilentos, los ojos grandes y desorbitados, verdaderos exponentes de miseria y de dolor, sólo abrían sus bocas resecas para pedir algo que comer. Los más débiles morían sin que nadie pudiera hacer algo por ellos.

El sol caía a plomo. De una de las casas de piedra que se hallaban en los alrededores de la población, una mujer salió, corriendo desesperada.

Era Urpila que, enloquecida porque sus hijos morían de hambre y de sed , arrepentida de las faltas cometidas en los últimos tiempos, demostrando a todos su vergüenza, su pecado y su olvido de Inti y de la Pachamama, corría a la primera apacheta del camino a pedir protección a la Madre Tierra y a depositar su ofrenda de coca y de llicta, últimas porciones que había podido conseguir.

Llegó a la apacheta y, casi sin fuerzas, comenzó a implorar:

Pachamama,

Madre Tierra,

Kusiya... Kusiya...

Lloró y se desesperó ante el altar de la diosa, prometiendo enmienda y sacrificios.

Extenuada, sin fuerzas para continuar, se sentó en el suelo, apoyando su cuerpo cansado en el tronco de un árbol que crecía a pocos pasos y cuyas ramas secas parecían retorcerse en el espacio.

Tan grande era su fatiga, tanta su debilidad, que, vencida, bajó la cabeza y no tardó en quedarse profundamente dormida.

Tuvo sueños felices. La Pachamama, valorando su arrepentimiento, llenó su alma de visiones de esperanza y acercándose a ella, con toda la grandeza que como diosa le concernía, le habló generosa:

No te desesperes, mujer. El castigo ha dado sus frutos y el pueblo, arrepentido como tú misma de su ocio y desenfreno, retornará a su existencia anterior, que es la justa, la verdadera. La vida renacerá sobre la tierra que volverá a brindar sus frutos y su belleza.

Cuando despiertes, y antes de irte, abre tus brazos y recibe las vainas que ha de regalarte este "Arbol", desde hoy sabrás. Que las coman tus hijos y los hijos de otras madres, que con ellas calmarán su hambre y apagarán su sed. Tu humildad y tu arrepentimiento han hecho posible este milagro que Inti realiza para ti.

Cuando Urpila despertó, creyó morir, tal era su decepción. El aspecto de la tierra en nada había variado y la visión había desaparecido.

Se convenció de que su sueño había sido sólo eso: un sueño. Pero, recapacitando, volvieron a su mente las palabras de la Pachamama y recordó al "Arbol".

Levantó entonces sus ojos hacia las ramas que parecían secas, y tal como la diosa lo anunciara, las vainas doradas se ofrecían a su desesperación como una esperanza de vida.

Cambió en un instante su estado de ánimo dándole fuerzas extraordinarias. Se levantó ansiosa y cortó... cortó los frutos generosos hasta que entre sus brazos no cupieron más.

Entonces corrió al pueblo, hizo conocer la nueva y todos se lanzaron a buscar las milagrosas vainas color castaño, mientras ella repartía entre sus hijos el tesoro que encerraban sus brazos de madre y que le había concedido la Pachamama.

El pueblo volvió a la vida y veneró desde entonces al "Arbol Sagrado" que fue su salvación y que ha partir de ese día les brinda pan y bebida que ellos reciben como un don.

Ese árbol venerado es el algarrobo, que tiene la virtud, además de las nombradas, de ser, en tiempos grandes sequías, el único alimento de los animales. (*)

(* ) Fuente: Leyenda recopilada por Leonor Lorda Perellón.

 

El algarrobo

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El algarrobo es un árbol con fuerte presencia en Argentina. El ejemplar que aparece en la fotografía de arriba posee más de cinco siglos y se encuentra en la localidad de Purmamarca, en la Quebrada de Humahuaca, en la provincia argentina de Jujuy. Bajo sus ramas, en el siglo XVl, el cacique Viltipoco y otros jefes se conjuraron para resistir al español, conformando un ejército de 10000 guerreros. Una de las estrategias urdidas por el cacique fue simular una conversión al cristianismo para acercarse al enemigo y estudiarlo antes de atacar. Y fue también allí, bajo el árbol, que Viltipoco fue sorprendido mientras dormía, víctima de una traición. Así lo recuerda una placa al costado del tronco.

Pero en el imaginario de las leyendas el algarrobo puede vincularse con la vida y la fertilidad más que con la guerra. Este es el caso de la leyenda del algarrobo nacida en el norte argentino.

lunes, 26 de septiembre de 2011

EL HOMBRECITO DEL AZULEJO

Un Cuento de Manuel Mujica Lainez (Argentina)

Tomado de "Misteriosa Buenos Aires", © 1986 Editorial Sudamericana

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Los dos médicos cruzan el zaguán hablando en voz baja. Su juventud puede más que sus barbas y que sus levitas severas, y brilla en sus ojos claros. Uno de ellos, el doctor Ignacio Pirovano, es alto, de facciones resueltamente esculpidas. Apoya una de las manos grandes, robustas, en el hombro del otro, y comenta:

- ¿Esta noche será la crisis.?

- Sí- responde el doctor Eduardo Wilde -hemos hecho cuanto pudimos. Veremos mañana. Tiene que pasar esta noche. . . Hay que esperar... Y salen en silencio.

A sus amigos del club, a sus compañeros de la Facultad, del Lazareto y del Hospital del Alto de San Telmo, les hubiera costado reconocerles, tan serios van, tan ensimismados, porque son dos hombres famosos por su buen humor, que en el primero se expresa con farsas estudiantiles y en el segundo con chisporroteos de ironía mordaz.

Cierran la puerta de calle sin ruido y sus pasos se apagan en la noche. Detrás, en el gran patio que la luna enjalbega, la Muerte aguarda, sentada en el brocal del pozo. Ha oído el comentario y en su calavera flota una mueca que hace las veces de sonrisa. También lo oyó el hombrecito del azulejo.

El hombrecito del azulejo es un ser singular. Nació en Francia, en Desvres, departamento del Paso de Calais, y vino a Buenos Aires por equivocación. Sus manufactureros, los Fourmaintraux, no lo destinaban aquí, pero lo incluyeron por error dentro de uno de los cajones rotulados para la capital Argentina, e hizo el viaje, embalado prolijamente el único distinto de los azulejos del lote. Los demás, los que ahora lo acompañan en el zócalo, son azules corno él, con dibujos geométricos estampados cuya tonalidad se deslíe hacia el blanco del centro lechoso, pero ninguno se honra con su diseño: el de un hombrecito azul, barbudo, con calzas antiguas, gorro de duende y un bastón en la mano derecha.

Cuando el obrero que ornamentaba el zaguán porteño topó con él, lo dejó aparte, porque su presencia intrusa interrumpía el friso; mas luego le hizo falta un azulejo para completar y lo colocó en un extremo, junto a la historiada cancela que separa zaguán y patio, pensando que nadie lo descubriría. Y el tiempo transcurrió sin que ninguno notara que entre los baldosines había uno, disimulado por la penumbra de la galería, tan diverso.

Entraban los lecheros, los pescadores, los vendedores de escobas y plumeros hechos por los indios pampas; depositaban en el suelo sus hondos canastos, y no se percataban del menudo extranjero del zócalo. Otras veces eran las señoronas de visita las que atravesaban el zaguán y tampoco lo veían, ni lo veían las chinas crinudas que pelaban la pava a la puerta aprovechando la hora en que el ama rezaba el rosario en la Iglesia de San Miguel.

Hasta que un día la casa se vendió y entre sus nuevos habitantes hubo un niño, quien lo halló de inmediato. Ese niño, ese Daniel a quien la Muerte atisba ahora desde el brocal, fue enseguida su amigo. Le apasionó el misterio del hombrecito del azulejo, de ese diminuto ser que tiene por dominio un cuadrado con diez centímetros por lado, y que sin duda vive ahí por razones muy extraordinarias y muy secretas. Le dio un nombre. Lo llamó Martinito, en recuerdo del gaucho don Martín que le regaló un petiso cuando estuvieron en la estancia de su tío materno, en Arrecifes, y que se le parece vagamente, pues lleva como él unos largos bigotes caídos y una barba en punta y hasta posee un bastón hecho con una rama de manzano.

—¡Martinito!. ¡Martinito!

El niño lo llama al despertarse, y arrastra a la gata gruñona para que lo salude.

Martinito es el compañero de su soledad. Daniel se acurruca en el suelo junto a él y le habla durante horas, mientras la sombra teje en el suelo la minuciosa telaraña de la cancela, recortando sus orlas y paneles y sus finos elementos vegetales, con la medialuna del montante donde hay una pequeña lira.

Martinito, agradecido a quien comparte su aislamiento, le escucha desde su silencio azul, mientras las pardas van y vienen, descalzas, por el zaguán y por el patio que en verano huele a jazmines del país y en invierno, sutilmente, al sahumerio encendido en el brasero de la sala. Pero ahora el niño está enfermo, muy enfermo. Ya lo declararon al salir los doctores de barba rubia. Y la Muerte espera en el brocal. El hombrecito se asoma desde su escondite y la espía.

En el patio lunado, donde las macetas tienen la lividez de los espectros, y los hierros del aljibe se levantan como una extraña fuente inmóvil, la Muerte evoca las litografías del mexicano José Guadalupe Posada, ese que tantas "calaveras, ejemplos y corridos" ilustró durante la dictadura de Porfirio Díaz, pues como en ciertos dibujos macabros del mestizo está vestida como si fuera una gran señora, que por otra parte lo es.

Martinito estudia su traje negro de revuelta cola, con muchos botones y cintas, y la gorra emplumada que un moño de crespón sostiene bajo el maxilar y estudia su cráneo terrible, mas pavoroso que el de los mortales porque es la calavera de la propia Muerte y fosforece con verde resplandor. Y ve que la Muerte bosteza. Ni un rumor se oye en la casa. El ama recomendó a todos que caminaran rozando apenas el suelo, como si fueran ángeles, para no despertar a Daniel, y las pardas se han reunido a rezar quedamente en el otro patio, en tanto que la señora v sus hermanas lloran con los pañuelos apretados sobre los labios, en el cuarto del enfermo, donde algún bicho zumba como si pidiera silencio, alrededor de la única lámpara encendida.

Martinito piensa que el niño, su amigo, va a morir, y le late el frágil corazón de cerámica. Ya nadie acudirá cantando a su escondite del zaguán; nadie le traerá los juguetes nuevos, para mostrárselos y que conversen con él. Quedará solo una vez más, mucho mas solo ahora que sabe lo que es la ternura. La Muerte, entretanto, balancea las piernas magras en el brocal poliédrico de mármol que ornan anclas y delfines.

El hombrecito da un paso y abandona su cuadrado refugio. Va hacia el patio, pequeño peregrino azul que atraviesa los hierros de la cancela asombrada, apoyándose en el bastón. Los gatos a quienes trastorna la proximidad de la Muerte, cesan de maullar: es insólita la presencia del personaje que podría dormir en la palma de la mano de un chico; tan insólita como la de la enlutada mujer sin ojos.

Allá abajo, en el pozo profundo, la gran tortuga que lo habita adivina que algo extra–o sucede en la superficie, y saca la cabeza del caparazón. La Muerte se hastía entre las enredaderas tenebrosas, mientras aguarda la hora fija en que se descalzará los mitones fúnebres para cumplir su función. Desprende el relojito que cuelga sobre su pecho fláccido y al que una guadaña sirve de minutero, mira la hora y vuelve a bostezar. Entonces advierte a sus pies al enano del azulejo, que se ha quitado el bonete y hace una reverencia de Francia.

- Madame la Mort...—

A la Muerte le gusta, súbitamente, que le hablen en francés. Eso la aleja del modesto patio de una casa criolla perfumada con alhucema y benjui; la aleja de una ciudad donde, a poco que se ande por la calle, es imposible no cruzarse con cuarteadores y con vendedores de empanadas. Porque esta Muerte, la Muerte de Daniel, no es la gran Muerte, como se pensará, la Muerte que las gobierna a todas, sino una de tantas Muertes, una Muerte de barrio, exactamente la Muerte del barrio de San Miguel en Buenos Aires, y al oírse dirigir la palabra en francés, cuando no lo esperaba, y por un caballero tan atildado, ha sentido crecer su jerarquía en el lúgubre escalafón. Es hermoso que la llamen a una así: "Madame la Mort." Eso la aproxima en el parentesco a otras Muertes mucho más ilustres, que sólo conoce de fama, y que aparecen junto al baldaquino de los reyes agonizantes, reinas ellas mismas de corona y cetro, en el momento en que los embajadores y los príncipes calculan las amarguras y las alegrías de las sucesiones históricas. Madame la Mort... La Muerte se inclina, estira sus falanges y alza a Martinito. Lo deposita, sacudiéndose como un pájaro, en el brocal.

- Al fin- reflexiona la huesuda señora — pasa algo distinto—.

Está acostumbrada a que la reciban con espanto. A cada visita suya, los que pueden verla -los gatos, los perros, los ratones- huyen vertiginosamente o enloquecen la cuadra con sus ladridos, sus chillidos y su agorero maullar. Los otros, los moradores del mundo secreto -los personajes pintados en los cuadros, las estatuas de los jardines, las cabezas talladas en los muebles, los espantapájaros, las miniaturas de las porcelanas- fingen no enterarse de su cercanía, pero enmudecen como si imaginaran que así va a desentenderse de ellos y de su permanente conspiración temerosa. Y todo, ¿por qué?, ¿porque alguien va a morir?, ¿y eso?

Todos moriremos; también morirá la Muerte. Pero esta vez no. Esta vez las cosas acontecen en forma desconcertante. El hombrecito está sonriendo en el borde del brocal, y la Muerte no ha observado hasta ahora que nadie le sonriera. Y hay más. El hombrecito sonriente se ha puesto a hablar, a hablar simplemente, naturalmente, sin énfasis, sin citas latinas, sin enrostrarle esto o aquello y, sobre todo, sin lágrimas. Y ¿qué le dice? La Muerte consulta el reloj. Faltan cuarenta y cinco minutos. Martinito le dice que comprende que su misión debe ser muy aburrida y que si se lo permite la divertirá, y antes que ella le responda, descontando su respuesta afirmativa, el hombrecito se ha lanzado a referir un complicado cuento que transcurre a mil leguas de allí, allende el mar, en Desvres de Francia.

Le explica que ha nacido en Desvres, en casa de los Fourmaintraux, los manufactureros de cerámica. "rue de Poitiers", y que pudo haber sido de color cobalto, o negro, o carmín oscuro, o amarillo cromo, o verde, u ocre rojo, pero que prefiere este azul de ultramar. ¿No es cierto? ¿N'est-ce pas? Y le confía como vino por error a Buenos Aires y, adelantándose a las réplicas, dando unos saltitos graciosos, le describe las gentes que transitan por el zaguán: la parda enamorada del carnicero; el mendigo que guarda una moneda de oro en la media; el boticario que ha inventado un remedio para la calvicie y que, de tanto repetir demostraciones y ensayarlo en sí mismo, perdió el escaso pelo que le quedaba; el mayoral del tranvía de los hermanos Lacroze, que escolta a la señora hasta la puerta, galantemente, "comme un gentilhomme", y luego desaparece corneteando...

La Muerte ríe con sus huesos bailoteantes y mira el reloj. Faltan treinta y tres minutos. Martinito se alisa la barba en punta y, como Buenos Aires ya no le brinda tema y no quiere nombrar a Daniel y a la amistad que los une, por razones diplomáticas, vuelve a hablar de Desvres, del bosque trémulo de hadas, de gnomos y de vampiros, que lo circunda, y de la montaña vecina, donde hay bastiones ruinosos y merodean las hechiceras la noche del sábado. Y habla y habla. Sospecha que a esta Muerte parroquial le agradará la alusión a otras Muertes más aparatosas, sus parientas ricas, y le relata lo que sabe de las grandes Muertes que entraron en Desvres a caballo, hace siglos, armadas de pies a cabeza, al son de los curvos cuernos marciales, "bastante diferentes, n'est-ce pas, de la corneta del mayoral del tránguay", sitiando castillos e incendiando iglesias, con los normandos, con los ingleses, con los borgoñones. Todo el patio se ha colmado de sangre y de cadáveres revestidos de cotas de malla. Hay desgarradas banderas con leopardos y flores de lis, que cuelgan de la cancela criolla; hay escudos partidos junto al brocal y yelmos rotos junto a las rejas, en el aldeano sopor de Buenos Aires, porque Martinito narra tan bien que no olvida pormenores. Además no está quieto ni un segundo, y al pintar el episodio más truculento introduce una nota imprevista, bufona, que hace reír a la Muerte del barrio de San Miguel, como cuando inventa la anécdota de ese general gordísimo, tan temido por sus soldados, que osó retar a duelo a Madame la Mort de Normandie, y la Muerte aceptó el duelo, y mientras éste se desarrollaba ella produjo un calor tan intenso que obligó a su adversario a despojarse de sus ropas una a una, hasta que los soldados vieron que su jefe era en verdad un individuo flacucho, que se rellenaba de lanas y plumas, como un almohadón enorme, para fingir su corpulencia. La Muerte ríe como una histérica, aferrada al forjado coronamiento del aljibe.

—Y además... -prosigue el hombrecito del azulejo.

Pero la Muerte lanza un grito tan siniestro que muchos se persignan en la ciudad, figurándose que un ave feroz revolotea entre los campanarios. Ha mirado su reloj de nuevo y ha comprobado que el plazo que el destino estableció para Daniel pasó hace cuatro minutos. De un brinco se para en la mitad del patio, y se desespera. ¡Nunca, nunca había sucedido esto, desde que presta servicios en el barrio de San Miguel! ¿Qué sucederá ahora y cómo rendirá cuentas de su imperdonable distracción? Se revuelve, iracunda, trastornando el emplumado sombrero y el moño, y corre hacia Martinito.

Martinito es ágil y ha conseguido, a pesar del riesgo y merced a la ayuda de los delfines de mármol adheridos al brocal, descender al patio, y escapa como un escarabajo veloz hacia su azulejo del zaguán. La Muerte lo persigue y lo alcanza en momentos en que pretende disimularse en la monotonía del zócalo. Y lo descubre, muy orondo, apoyado en el bastón, espejeantes las calzas de caballero antiguo.

- El se ha salvado-castañetean los dientes amarillos de la Muerte-, pero tú morirás por él. Se arranca el mitón derecho y desliza la falange sobre el pequeño cuadrado, en el que se diseña una fisura que se va agrandando; la cerámica se quiebra en dos trozos que caen al suelo. La Muerte los recoge, se acerca al aljibe y los arroja en su interior, donde provocan una tos breve al agua quieta y despabilan a la vieja tortuga ermitaña. Luego se va, rabiosa, arrastrando los encajes lúgubres. Aun tiene mucho que hacer y esta noche nadie volverá a burlarse de ella.

Los dos médicos jóvenes regresan por la mañana. En cuanto entran en la habitación de Daniel se percatan del cambio ocurrido. La enfermedad hizo crisis como presumían. El niño abre los ojos, y su madre y sus tías lloran, pero esta vez es de júbilo.

El doctor Pirovano y el doctor Wilde se sientan a la cabecera del enfermo. Al rato, las señoras se han contagiado del optimismo que emana de su buen humor. Ambos son ingeniosos, ambos están desprovistos de solemnidad, a pesar de que el primero dicta la cátedra de histología y anatomía patológica y de que el segundo es profesor de medicina legal y toxicología, también en la Facultad de Buenos Aires. Ahora lo único que quieren es que Daniel sonría.

Pirovano se acuerda del tiempo no muy lejano en que urdía chascos pintorescos, cuando era secretario del disparatado Club del Esqueleto, en la Farmacia del Cóndor de Oro, y cambiaba los letreros de las puertas, robaba los faroles de las fondas y las linternas de los serenos, echaba municiones en las orejas de los caballos de los lecheros y enseñaba insolencias a los loros. Daniel sonríe por fin y Eduardo Wilde le acaricia la frente, nostálgico, porque ha compartido esa vida de estudiantes felices, que le parece remota, soñada, irreal.

Una semana mas tarde, el chico sale al patio. Alza en brazos a la gata gris y se apresura, titubeando todavía, a visitar a su amigo Martinito. Su estupor y su desconsuelo corren por la casa, al advertir la ausencia del hombrecito y que hay un hueco en el lugar del azulejo extraño.

Madre y tías, criadas y cocinera, se consultan inútilmente. Nadie sabe nada. Revolucionan las habitaciones, en pos de un indicio, sin hallarlo. Daniel llora sin cesar. Se aproxima al brocal del aljibe, llorando, llorando, y logra encaramarse y asomarse a su interior. Allí dentro todo es una fresca sombra y ni siquiera se distingue a la tortuga, de modo que menos aun se ven los fragmentos del azulejo que en el fondo descansan. Lo único que el pozo le ofrece es su propia imagen, reflejada en un espejo oscuro, la imagen de un niño que llora.

El tiempo camina, remolón, y Daniel no olvida al hombrecito. Un día vienen a la casa dos hombres con baldes, cepillos y escobas. Son los encargados de limpiar el pozo, y como en cada oportunidad en que cumplen su tarea, ese es día de fiesta para las pardas, a quienes deslumbra el ajetreo de los mulatos cantores que, semidesnudos, bajan a la cavidad profunda y se están ahí largo espacio, baldeando y fregando. Los muchachos de la cuadra acuden. Saben que verán a la tortuga, quien sólo entonces aparece por el patio, pesadota, perdida como un anacoreta a quien de pronto trasladaran a un palacio de losas en ajedrez. Y Daniel es el más entusiasmado, pero algo enturbia su alegría, pues hoy no le será dado, como el año anterior, presentar la tortuga a Martinito. En eso cavila hasta que, repentinamente, uno de los hombres grita, desde la hondura, con voz de caverna:

— ¡Ahí va algo, abarájenlo! -Y el chico recibe en las manos tendidas el azulejo intacto, con su hombrecito en el medio; intacto, porque si un enano francés estampado en una cerámica puede burlar a la Muerte, es justo que también puedan burlarla las lágrimas de un niño.

jueves, 22 de septiembre de 2011

La campesina, el erizo y el gallo

 

Cuento popular de Marruecos

Un antiguo proverbio decía: «Cada uno es como es».

Este cuento lo demuestra

erizo

 

Una campesina volvía a su casa llevando una enorme gavilla sobre la cabeza, cuando de pronto vio un erizo a la vera del camino.

«Esto me servirá para acompañar el cuscús[1] que voy a preparar mañana», se dijo. Con un movimiento rápido arrojó su carga a un lado y se puso a correr tras el animal.

Cuando éste comprendió que no era lo bastante veloz para escapar, se enrolló sobre sí mismo. A pesar de los pinchazos, la mujer logró cogerlo. Acomodó aquella bola de púas entre las ramas de su gavilla y continuó su marcha con la carga sobre la cabeza. Al llegar a su casa, puso el erizo debajo de un gran tamiz[2] y colocó una piedra encima. Aquel día había una boda a la que estaban invitados todos los vecinos del pueblo. La mujer se arregló y se fue a la fiesta.

El erizo utilizó todas sus fuerzas para dar la vuelta al tamiz, pero tuvo que dejarlo por imposible, ya que la piedra colocada encima de la alambrera era demasiado pesada para él.

Se puso a gritar de rabia y después intentó imaginar la forma de salir de aquella situación.

Así fueron pasando las horas. Cuando la campesina volvió de la boda, el animal estaba rígido y tendido patas arriba. La mujer creyó que estaba muerto, pero esto no le preocupó, ya que había comido mucho. Levantó el tamiz, cogió el erizo por una pata y lo arrojó entre los matorrales. El animal esperó sin moverse hasta que la mujer se fue, y luego huyó.

gallo

Uno de los gallos de la campesina lo había visto todo. A la mañana siguiente, picoteando entre las piedras del camino, encontró una bolita de ámbar[3] que una aldeana debía de haber perdido yendo hacia el aljibe, y creyendo que era comestible la tocó con el pico. Al ver que era muy dura, insistió golpeándola cada vez más fuerte. Fue así como la punta del pico penetró en la cuenta de ámbar, donde quedó atrapada. El pobre gallo ya no pudo ni comer, ni beber, ni cantar. Avergonzado por lo que le ocurría, permaneció escondido todo el día, hasta que el erizo lo descubrió y, burlándose de él, lo ayudó a liberar su pico.

—¡Con qué poco te das por vencido! —le dijo irónicamente.

—Puedo decir otro tanto de ti —replicó el gallo—. Lo que te pasó bajo el tamiz no es mucho mejor.

—Olvidas que con sus innumerables agujeros era mil veces más peligroso que la cuenta de ámbar, que sólo tiene uno.

—¡Qué va! Un agujero, cuando sólo se tiene un pico, equivale a mil agujeros cuando se tienen mil púas.

MAGREB: Región situada al norte de África, el Magreb significa el Poniente para los árabes, y agrupa Marruecos, Argelia y Túnez. Los cuentos de este libro pertenecen a esta vasta región atravesada por la cadena montañosa del Atlas

Texto tomado en préstamo para compartirlo del libro de Jean Muzi - 30 cuentos del Magreb. La ilustración es de Frédéric Sochard y la traducción de Omar Emilio Sposito

Jean Muzi nació en Casablanca. Tras pasar su infancia en Marruecos, estudió Literatura, Cine y Artes Plásticas en París. Le encanta viajar y conoce muy bien el mundo árabe. Ha trabajado mucho sobre el cuento tradicional y sigue haciéndolo, escribiendo al mismo tiempo textos más personales. Es un apasionado de la fotografía, el collage y el fotomontaje

Omar Emilio Sposito (traductor). Nació en Buenos Aires (Argentina). Reside desde hace muchos años en Francia, donde ejerce la docencia universitaria como profesor agrégé de Letras y Civilización Hispánica. También es poeta.


[1] Cuscús: comida típica magrebí, hecha con sémola en grano y salsa, servida con carne o verduras.

[2] Tamiz: Instrumento compuesto de un aro y de una tela de malla, a través de la cual se pasan algunas cosas, como la harina, para separar las partes sutiles de las gruesas.

[3] Ámbar: Resina fósil, de color amarillo más o menos oscuro, dura y semitransparente, que se emplea para hacer las perlas del Magreb y de otros lugares.

 

miércoles, 21 de septiembre de 2011

CUENTO DEL PATOJO

 

Cuento Popular Andino. Bolivia, Ecuador, Perú, Panamá

bolon3

 

 

En una montaña, vivía un patojo con su mamá que era muy viejita y con dos hermanos. El patojito todos los días, sacaba a calentar al sol a la mamita.

Los dos hermanos, como eran bebiones[1], no paraban; bebían de lunes a sábado y el patojo en la choza con la mamá ya vieja, que no tenía qué comer...

En una esas, llegó un sábado, tan; se murió la mama. Se murió la viejecita ¡Ahora, el patojo no tenía ni con que alúmbrale ni con qué tener!

Al otro lado, había una ciudad. Entonces, el patojito se pasó para allá a pedir caridad. Entonces, recogió un poco de plata y compró un poco de querosín y con puro querosín, le veló a la mama... Y los hermanos estaban que beben y beben y no sabían la muerte de la mamá.

Entonces, ya le veló, amaneció domingo. El patojito cogió a la viejecita y la cargó.

Entonces, llegando a la ciudad, el patojito cargando a la mama.

El que[2] llegó a la ciudad, siguió repicando misa. Entonces, el patojito cargando a la mama muerta, se dentro en la iglesia y por ahí le acomodó bien bonito, hincada como que estaba viva. Bueno!

El patojito cogió y se escondió atrás del altar mayor y la viejecita hincada...

Entonces, ya salió misa. Entonces, el sacristán espera que salgan todos. Ya salió toda la gente y entonces, el sacristán decía:

¡Esta vieja, que bien devota! que no sale breve. Yo ya quiero — cerrar la puerta!

Entonces, ya le faltó la paciencia al sacristán; llega y le dice: —Hola, viejecita ¿Hasta cuándo va a estar aquí rezando? Pero apenas la tocó y pun, cayó.

Entonces, salió el patojo detrás del altar mayor y dice: — ¡Ele, ya le mató a mi mamá! ¡ya le mató a mi mama! ¡Ya me voy a denunciarle que usted le mató a mi mama!

Entonces el sacristán le dice:

—Ve, ve, ve, patojito. No, no, vení, te voy a pagar tanto por tu mama.

—¿Cuánto me va a pagar?

—Te voy a dar unos cinco mil sucres.

— ¡No! dice. Yo con cinco mil sucres no repongo a mi mamá. ¡Me paga un poquito más! de eso puedo hacer.

—¡Te voy a pagar veinte mil sucres a que no digas nada!

— Ahí sí, dijo, y la enterraremos aquí mismo.

Así hicieron, señor, levantaron una tabla del altar mayor y ahí mismo le metieron a la vieja. El patojo cogió esa plata, señor, y se fue a su chocita. Domingo tarde, pun, los hermanos ahí.

—¿Qué es, patojo? ¿qué es de mi mama? ¿cómo has estado?

—Yo mal...

—¿Y mi mama?

—¿Cuál mama? ¡Cuando ya la enterré a mi mama! ¿y quieren saber una cosa? que en la ciudad, está valiendo muertos.

—¿Saben cuánto me dieron por mi mamita? ¡Me dieron veinte mil sucres!

—¡No, mientes, patojo!

—No, hermanito ¡veinte mil sucres me dieron!

Entonces, se conversaron entre los dos:

—Esta noche, matamos dos; vos te cargas y yo me cargo al otro y vamos a la ciudad a que nos compren.

Bueno, asilo hicieron: de noche, se fueron y mataron dos. Ensangrentados toditos ellos, andaban por la ciudad:

—¡Compren muertos!

Entonces, en una de esas, le repara la polecía y pun, le ‘ cogieron ‘

— ¡Y qué usté les han matado esta gente!

Y le llevaron; tiro a la chirola.

—Hay, dijeron ya presos, a la salida de nosotros, a este patojo maldecido por mentiroso, lo matamos rápido.

Mientras ellos estaban en la cárcel, el patojo estaba gozando de la plata de su mama; ya hizo su casa, ya tuvo con qué comer, vivía tranquilo con esa plata.

Bueno, tanto así, llegó el día que estos cumplieron la prisión y salieron directamente a mátale al patojo.

—No disque, dicen, a no matarle; mejor, hagamos esto: hagamos trabajar un zurrón, le metimos ahí, lo hacemos cargar a un burro y lo vamos a despeñar!

Así lo hicieron; le estaban metiendo con todo cabeza pa’ cose’le. El le dice: —No, hermani os, siquiera la cabeza déjenme afuera, siquiera pa’ir viendo por’onde me van a llevar.

—Bueno, dijeron, éste de ahí no puede salir; llegamos allá, bunn, le despeñamos, man que esté viendo...

¡Cargaron el burro y largo!... Era de pasar por esa ciudad. Entonces, allá lejos, había un volcán y estos come eran bebiones, el burro se adelantó y ellos quedaron bebiendo en el estanco. El burro que se il a s’iba s’iba... Más allá, encuentra un longo, así al filo del camino, con un manadón de borregas. Entonces le dice:

— Ve, longo, vení, longo vení.

Se apegó el longo...

—Ve, a mí me están llevando aquí a una boda tremendísima que yo no he de avanzar a comer,. Siempre usté descomen más y luego para vos, sí, te queda bien. Hasta que tú regreses, yo me quedo con la manada de borregos. Sácame de aquí.

El longo con sar ta paciencia, cogió el saco, le apeó y de ahí cogió el patojo y bun, le metió al longo ahí.

¡Ele, ca! ya no le dejó la cabeza afuera. Le metió con todo cabeza y pun, le cargó y ahora sí, cogió la manada de borregos hacia un lado de una loma. Estaba él tranquilo con la manada.

Mientras, ya venían ¡stos borrachos atrás del burro a despeñarle al patojo.

Ya llegaron al volcán este, que le iban a despeñar. Ellos no estaban por apearle del burro.

Siguieron con todo y burro y le mandaron.

—¡Ahora sí! Nos zafamos de este patojo maldito que nos hizo poner presos de buena mente...

Bueno, ya regresaban.

— Al patojo, ya se lo llevó el diablo. Ahora sí, de ese gusto vamos a seguir tomando más.

El patojo les dejó que pasen y pasaron ellos.

El patojo iba bajando con su manada de borregos hacia el camino.

A lo lejos, le alcanza a ver uno y dice:

— Hermano ¿y ese no parece el patojo?

— Calle ¡El patojo, ya le mandamos al infierno y el va a venir con borregos!

Más allá, les dice:

— Hermanitos, espérenme.

— Ya viste qué te dije! Que era el patojo ese que te dije!

Al fin, le esperaron.

As’que, hermanitos, en lugar de hacerme un mal, me han hecho un bien; cada bote que daba, tres, cuatro borregos (Cada bote que daba, tres, cuatro borregos más y esta es la manada que hei recogido en lo que me despeñaba.

— ¡No! mientes, patojo.

— ¡Pero, hermanitos, vean que vengo arriando mi manada de borregos!

— ¡Hacenos a nosotros así también!

— Bueno, dijo el patojo, lleguemos a la casa.

El patojo se fue y se trajo dos zurrones; en el uno, le metió al uno, en el otro, le metió al otro. Cogió un burro y lo cargó.

— Ahora sí, vamos ¡Bandidos, conmigo están!

Llegó al barranco ese, apeó y les puso al filo del despeñadero, cogió y bulundún, entre ambos, pa’dentro.

Cogió su burro y regresó montado en su burro.

Llegó a su choza, siguió cocinando y siguió comiendo. Con toda esa manada de borregos que vendía, que comía, recogió hartísima plata.

Se hizo su buena casa y hasta ahora vive tranquilo.


[1] Borrachos (Bebedores)

[2] (El que = cuando)

martes, 13 de septiembre de 2011

Cuento Entonces empezó a olvidar

Un cuento de Mayoral Marina- (España)

Fue al intentar contarlo, al pretender convertirlo en una sucesión de hechos que sucedieron en el tiempo y de personajes que actuaron de determinada manera cuando me percaté de que había en la historia aspectos en los que no había reparado al vivirla.

Se parece a Una historia inmortal, dijo mi hermana. Yo también lo había pensado al comienzo, porque en los primeros momentos tuve la impresión de que era algo extraordinario, fabuloso. Pero, a medida que lo vivía, las diferencias con la película de Orson Welles y con el cuento de Dinesen se me hicieron patentes. Yo no tengo nada en común con el marinero ingenuo e ignorante. Soy joven como él y no soy feo, pero, puestos a escoger, yo no me elegiría para tal función. Habría buscado a alguien más fornido, lo que se llama un ejemplar masculino, o, acaso, a un hombre de inteligencia superior, un sabio de reconocido prestigio o un artista de indudable talento. Aunque, por otra parte, eso aumentaría las dificultades. Los famosos suelen ser recelosos y tacaños de sus bienes. Temerían quizá algún tipo de chantaje o se sentirían expoliados: a muchos les molesta incluso dar su imagen para una foto, cuanto más una parte de su persona. Tampoco es

que se les pidiera un riñón o un ojo, pero, sin duda, cualquiera de ellos resultaría menos accesible que yo y los resultados quizá fueran los mismos o peores. La genialidad ya sabemos que no se hereda. Había además otros argumentos que ella utilizó para justificar mi elección: los extremos son siempre peligrosos, era preferible un término medio, un hombre equilibrado, de buena salud, con una buena situación en la vida y sin complicaciones. Y estaba, también, la cuestión de las afinidades: tenía que ser alguien por quien ella se sintiera atraída, ya que, puesta a pasar un rato desagradable, la mesa de operaciones hubiera resultado más aséptica. Me pareció muy razonable.

A mí me daría miedo, dijo mi hermana: alguien que aparece tan misteriosamente, sin saber de dónde, ni quién es, como el marinero de la leyenda: un puerto lejano al anochecer, brumas, oscuridad, una figura que le hace señas de seguirla... Pero era una mañana de sol radiante, en la playa, y no estamos en la India, ni en Hong Kong. A ella le parecía exótico y romántico, había dudado entre esto y las islas griegas, pero aquí había pasado su luna de miel y el recuerdo de aquellos días maravillosos, me dijo, la había decidido por estas tierras. Fue ella misma la que se acercó a mí, y nada de señas, hablaba correctamente inglés y francés y un poco de español.

Ella sí que era una protagonista de leyenda, pero no por misteriosa sino por su belleza: el pelo rubísimo, los ojos azul profundo, la piel de un moreno dorado, luminoso; el cuerpo esbelto, los pechos altos y firmes, las caderas redondas, las piernas largas... Una fantasía erótica, dijo mi hermano mayor, eso era «la sueca» de mis tiempos. Pero Nora era así y además no era grande, ni tenía aspecto de chico guapo travestido. Era una preciosidad y supongo que eso fue el motivo principal que me llevó a colaborar en lo que, contado por ella, me pareció algo maravilloso y al mismo tiempo muy normal. Nora quería tener un hijo, pero su marido, un hombre bastante mayor que ella, era estéril. Los dos pensaban que en lugar de someterse a la inseminación artificial se podía recurrir a un procedimiento mucho más acorde con la naturaleza. Sólo había que buscar a una persona adecuada y mantener la identidad de ellos en secreto a fin de evitar problemas posteriores. De ahí procedía su reserva, nada misteriosa, por tanto, acerca de su nacionalidad, nombre, profesión del marido y cualquier otro dato que pudiera ser utilizado por el padre material de la criatura para localizarlos, en el caso de que intentara algún chantaje en el futuro. Me pareció una postura prudente y más práctica que cualquier documento de renuncia que no serviría más que para complicar la situación, aunque, como ella me dijo, lo fundamental era mi compromiso moral de aceptar el trato, de modo que sin mi palabra de honor de respetarlo no seguiría adelante. Se la di y, consecuentemente, no intenté averiguar nada sobre ella. O sea que me comporté como un caballero español, según mi hermana. O como un orgulloso, dice mi cuñada.

Mi hermano mayor ve las cosas de otro modo. Lo de las afinidades electivas y la atracción le parece un anzuelo vulgar: Nora no me ha elegido por ser un joven más o menos talentoso y prometedor, aparte de sano y de familia acomodada, sino sobre todo por tonto. Él dijo por ingenuo, pero se notaba que quería decir por tonto. Nora podía ser una fresca y utilizar el cuento del hijo para sacarme dinero en el futuro. Sin duda se lo he contado mal, o no pensaría eso de ella. Pero es posible también que haya un poco de envidia en su comentario. Siempre ha ido de triunfador por la vida y no debe entender que Nora me escogiera a mí, estando él aquel día en la playa. Pero aún así es obvio que yo no he sabido comunicar la sensación de confianza que Nora transmitía. No es el tipo de mujer fatal ni devoradora de hombres, con una mujer así yo no me hubiera atrevido, quiero decir que seguramente no habría aceptado, participar en el asunto. Nora quiere y

respeta a su marido, es una buena esposa y será una buena madre para el chico: es cariñosa, alegre, tranquila. Le dará seguridad en la vida. Tiene en grado sumo la capacidad de escuchar y de provocar la confidencia. A su lado uno se siente con ganas de hablar y de contarle los problemas. Pero mi hermano sigue sin entenderlo: o sea, que para que tú no le hicieras preguntas te confesaba ella a ti, dice. Seguro que le has hablado de toda la familia... De toda no, pero casi. De su mujer sí le he hablado. Nora me preguntó por qué no me había casado; pensaba que la soltería no encajaba con mi personalidad, con mis buenas cualidades, así dijo, y por eso le hablé de mi cuñada. Al comienzo no preguntaba por su curiosidad sino por interés en conocer lo que sería la familia de su hijo; quería saber cualquier cosa que en el futuro pudiera afectarle: si había propensión a alguna enfermedad o rareza, si teníamos facultades especiales para alguna actividad o arte. Se alegró mucho de que yo fuera escritor, se congratulaba de su buena elección, de su ojo clínico, decía. Y así, poco a poco, fuimos hablando de cosas más íntimas.

Lo más difícil de entender es que se haya ido sin despedirse. La noche antes me había dicho «hasta mañana», pero cuando volví al día siguiente la casa estaba cerrada: la cancela exterior, la puerta de entrada, las ventanas; todo. Es una mujer muy cauta, dijo mi cuñada. Se dio cuenta de que te habías enamorado y puso tierra por medio. Un hombre enamorado no atiende a razones, ni respeta promesas. Un poco más y yo habría iniciado pesquisas, indagaciones para saber quién era, de dónde venía, cómo podría encontrarla de nuevo. ¿Acaso no lo había ya intentado? ¿No le había dejado ver la intensidad de mi deseo, mi amor creciente, mi melancolía ante ese hijo de los dos que iba a convertirse en hijo de otro hombre? ¿No había iniciado ya mi chantaje sentimental? No sé de dónde ha sacado mi cuñada todo eso, no sé si estaba en la historia que yo le he contado o ella lo saca de otra historia que los dos conocemos. Es posible que esté en lo cierto y que ésa sea la explicación de aquella partida repentina y sin adiós. Pero quizá haya algo más. Quizá Nora se ha enamorado de ti, dice mi hermana. No querría traicionar a su marido, aquel marido que por evitarle un mal rato accedía a que ella se entregara a otro hombre; un marido que tiene tanta confianza en su mujer, en su fidelidad, en su cariño, en el proyecto de vida en común, que es capaz de dejarle escoger para padre de su hijo al hombre que a ella le guste. Se comprende que a un hombre así no quiera defraudarlo, dice mi hermana. Un bendito, un Juan Lanas, dice mi hermano mayor. Ésa se ha venido de vacaciones y a la vuelta le hace creer que es suyo, ¡menuda pájara! Os ha manejado a los dos. Me pregunto si habrá algo de eso en lo que yo le he contado. Acaso mi sorpresa, mi decepción, mi rabia, mi dolor ante su partida inesperada se comunican a mis palabras. O acaso mi hermano mayor proyecta sobre ellas oscuras intuiciones de otra historia que no quiere saber.

Mi historia, la que yo viví, se acaba ante aquella puerta cerrada, pero cada uno le ha buscado el final que más le gusta. Es muy posible que ella vuelva, dice mi hermana. Su marido se dará cuenta de que está enamorada de otro hombre y no aceptará su sacrificio. Es un hombre bueno, sin duda, y generoso, bastante mayor que ella, muy comprensivo. Nora puede contarle todo lo que ha pasado y lo que siente, porque sabe que él la entenderá, siempre ha sido así. Él le dirá que lo importante ahora es que se tranquilice, que descanse, el niño debe nacer bien. Después habrá tiempo de resolver lo que sea, ella es libre de decidir, como siempre. Mientras, él la cuidará, la mimará, le pondrá la mano en el vientre para oír cómo se mueve la criatura, se reirán juntos y pensarán un nombre. Y a los nueve meses serás sólo un recuerdo romántico, dijo mi cuñada. Y cuando el niño crezca y las amistades empiecen a encontrarle los inevitables parecidos con el padre, ellos cruzarán una mirada cómplice y divertida. Tierna, dice mi hermana, y se acordarán con agradecimiento de ti, de manera que no se entiende esa murria, ella estaba estupenda, de momento te ha salido el ligue muy barato y el hijo vaya usted a saber de quién es, dice mi hermano mayor, o si la historia acaba así no puedo quejarme, lo que pasa es que soy escritor y me gusta hacer literatura, adornar las cosas, hacerme el interesante, seguro que acaba haciendo una novela o un cuento, dice mi cuñada. Pero se parece demasiado a Una historia inmortal, dijo mi hermana, tendría que buscarle un final distinto, que ella vuelva, por ejemplo, o que le robe las tarjetas de crédito, dijo mi hermano mayor, o que todo es un sueño, dijo mi cuñada. O una mentira.

Cuando acabé de contarlo era una historia distinta, no sé si más cercana a la realidad o, por el contrario, más alejada de ella. No me importa. Yo necesitaba sacarla fuera de mí, convertirla en algo objetivo, manipulable. Decir: Yo estaba tranquilamente tomando el sol en la playa y una chica rubia se me acercó. Y seis páginas más adelante decir: La casa estaba cerrada, la cancela exterior, las ventanas, todo. Ahora ya no soy yo el que se desespera, el que intenta en vano recuperar un fantasma o entender, al menos, lo sucedido. Es mi personaje. Yo releo su historia y corrijo la estructura y detalles de estilo. Se la leo a mi hermana que dice que no le gusta el final y a mi cuñada que sonríe y dice: Ya sabía yo que todo era un cuento. ¿No será que quieres darme celos?; y a mi hermano mayor que me dice que soy un tonto por darle tantas vueltas a algo de lo que voy a sacar tan poco provecho.

El marinero también debió de darle muchas vueltas. Se lo contaría primero a sus compañeros de trabajo: era una mujer hermosísima, los ojos verdes como el mar, el pelo de oro, nunca había visto él nada igual. Después, cuando ya no navegaba, se lo contó a su mujer: la llegada al puerto, la figura misteriosa que le hace señas, la casa lujosísima; y a sus hijos cuando crecieron: el marido era un hombre muy poderoso y muy rico, pero no podía tener hijos; y también a sus nietos: hace ya muchos años, en un país lejano... Un día, en la taberna del puerto, oyó a un marinero recién llegado contar su historia; el criado que le hace señas entre las brumas del anochecer, el palacio, una mujer muy bella, de ojos de azabache y pelo largo y negro como la noche... Entonces empezó a olvidar.

© Aguaclara, 1989.

jueves, 8 de septiembre de 2011

El león, el tigre y los gigantes enemigos del pueblo

Cuento popular de ENTRE RÍOS

Era un colono que tenía tres hijos. Lo querían mucho los hijos. Los muchachos le dijieron al viejo:

-Cuando se muera lo vamos a velar en un campo.

-Bueno -dice él-, pero en el velorio tienen que intervenir los tres.

-Lo vamos a velar tres días.

-Bueno -les dice el viejo-, cuando me muera hagan lo que queran de mí.

Bueno... Siguió trabajando el viejo con los hijos, que eran muy buenos hijos. Una güelta cayó enfermo el viejo y a los poquitos días murió.

-Bueno -dijieron-, lo vamos a llevar al monte.

Bueno... Lo llevaron al monte y buscaron un lugar a propósito, y lo acomodaron, y le pusieron las velas, al padre muerto.

-'Hora te va a tocar a vos -le dijieron al mayor.

Le tocó al mayor y quedó velando al padre.

Le dieron un solo fósforo y con ése tenía que encender las velas y no dejarlas apagar. El que dejaba apagar las velas, al otro día lo mataban.

Esa noche 'taba áhi, viene un lión, y claro, lo que vido la luz prendida. Y se puso a peliar con el lión. Lo pelió mucho y lo mató al lión. Entonce pensó y dijo:

-Por ver lo que yo he hecho esta noche, no van a querer venir mis hermanos.

Entonce lo llevó al monte al lión, lo escondió y le sacó una tira de cuero del lomo.

-Con esto me hago un cinto -dijo.

Y al otro día amanecieron las luces prendidas. Vinieron los hermanos y no les contó nada.

-'Hora te toca a vos -le dijeron al segundo, la segunda noche.

Y se quedó el segundo velando al padre en el monte. A la media noche se le presenta un tigre.

-Con éste tengo que peliar -dice- sinó éste me va a matar.

Y se puso a peliar. Pelió muchísimo y al fin lo mató. Y entonce dijo:

-Con esto, el otro no va a venir, porque es el más chico y va a tener miedo.

Entonce lo llevó al tigre y lo escondió en el monte y le sacó una tira de cuero del lomo.

Cuando vinieron los otros hermanos, 'taba el finau con las velas prendidas.

-'Tá bien -dijieron- 'hora te toca a vos -le dijieron al más chico.

Bueno... Se quedó el hermano menor.

'Taba velando cuando se le apareció una serpiente. Y entonce vido que tenía que peliar con la serpiente. El chico era muy valiente, pero no tenía más que un cuchillito muy chiquito. Y se puso a peliar. Y el bicho pasaba por arriba d'él, y no lo podía cazar. Y con el cuchillito lo conmenzó a hincar y a hincar, hasta que perdió mucha sangre el bicho y cayó en el suelo. Y áhi aprovechó para matarlo. Y cuando s'iba muriendo que se dio güelta y hizo cáir al finao y apagó las velas.

-Bueno -dice-, 'hora 'toy perdío. Voy a ver si encuentro juego por algún lado.

Siguió por entre el monte y encontró un hombre que venía en un caballo tordío.

-¡Alto! ¿Quién vive? -le dice.

-El día -contesta el otro.

Bueno... Entonce, para que no amaneciera, para que no llegara el día, le dice:

-¡Preso está el día! -y lo agarró y lío ató en un árbol, al día, con caballo y todo.

Bueno... Lo dejó preso, al día, y siguió caminando. Ve un fogón y se arrima al fogón. Y áhi 'taba un gigante asando una criatura.

-¿Qué andás haciendo, gusanillo de la tierra? -le dice.

-Vengo a pedirle un jueguito.

-Sentate por áhi, ya te lo voy a dar.

En eso, cái otro gigante, y dice:

-¿Y este gusanillo?

-Si no los enllenamos, lo comemos a éste -le dice el gigante que 'taba áhi.

Al rato cái otro gigante y dice:

-¿Y qué hace este gusanillo?

-Buscando juego -dice el muchacho.

-Te daremos el juego pero vos tenés que hacer un trabajo para nosotros.

-Bueno -les dice- lo voy a hacer.

-Güeno... Vos tenés que bajarte en un pozo ande vamos nosotros. Tenés que dir a buscar la cabeza de un centinela.

Güeno... Ya llegaron al pozo. Le pusieron una piola y lo bajaron al pozo. Era muy hondo. Cuando llegó al plan se encuentra con un pueblo. Encuentra al centinela que era otro gigante. Se escondió, y en un descuido lo mató al centinela y l'echó la cabeza en un pozo de agua.

-Hora voy a recorrer el pueblo -dijo.

Va, y encuentra un palacio y entra. Entra en una pieza y encuentra a una señorita durmiendo. Dentra a otra puerta y encuentra otra señorita dormida tamién. Pasa delante, y en otra pieza encuentra otra señorita dormida, un jarro de agua, y un papel escrito y una espada. En el papel decía que con esa espada se podía peliar con un regimiento.

Bueno... Entonce dijo él:

-'Hora voy a peliar a los gigantes.

Siete anillos que había en la mesa de la muchacha, se los probó en los dedos. Los voltió a todos. Le había quedao bien sólo uno chiquito, en el dedo chico, y a ése lo dejó en el dedo, y agarró la espada.

Bueno... Se jue. Tocó la piola pa que lo alzaran. Subió arriba, y empezó a peliar con los gigantes. Los mató a los tres con la espada, agarró juego y se jue. Cuando pasó por donde 'taba el hombre a caballo, que era el día, lo desató. Entonce, recién comenzó a amanecer. Llegó ande 'taba el padre muerto y encendió las velas, y dijo:

-'Hora recién 'toy en salvo.

Al rato vinieron los hermanos y llevaron el cadáver y lo enterraron.

Vinieron a la casa y le dijo el hermano menor a la madre:

-Hay que pagar una promesa. Tenemos que ir al pueblo.

Y ya se arreglaron para ir al pueblo y se jueron los tres hermanos y la señora. Cuando llegaron al pueblo, los atajaron unos soldados del Rey, y les dijo que era orden del Rey, que todo el que entrara al pueblo tenía que ir al palacio del Rey. Ellos tenían miedo que los fusilaran.

Ya llegaron y les dijieron que los jóvenes tenían que contar alguna hazaña. Entonce la madre dijo:

-¿Qué hazaña pueden tener mis hijos si no han salido de mi casa, nunca?

Y ya les dijieron que era la orden del Rey y los llevaron ande 'taba el Rey y las hijas, que nadie sabía cómo se habían salvado de unos gigantes que las tenían encantadas en el fondo de la tierra.

-Sí -dice el hijo mayor- yo les voy a contar una hazaña.

Y contó lo del padre y después dijo:

-Estando velando a mi padre se me presentó un lión. Lo pelié mucho y al fin lo maté y le saqué una tira del cuero del lomo. Y acá la tengo hecha cinta, y mostró un cinto muy lindo que se había hecho de cuero de lión.

A todos les pareció que este joven era muy valiente.

El otro hijo, el segundo, dijo:

-A mí me pasó igual. 'Tando velando a mi padre se me presentó un tigre. Tamién lo maté y acá tengo la tira que le saqué del lomo, hecha cinto.

El Rey 'taba muy contento de ver el valor de estos jóvenes.

Entonce le tocó contar una hazaña al menor. Entonce él contó todo.

-'Stando velando a mi padre se me presentó una serpiente. La tuve que peliar toda la noche y al fin la maté. Cuando 'staba muriendo se cayó y echó al suelo al finao y apagó las velas. Y entonce fí a buscar fuego. Encontré a un hombre en un caballo tordío, que era el día, y lo até en un árbol.

Y ya contó lo de los gigantes, y que lo hicieron bajar al pozo. Y que mató al centinela. Y que encontró las tres señoritas. Y la espada y el papel. Y que él se puso los anillos y que los voltió y que se quedó con uno chiquito en el dedo chico.

-¿Ve? -dice la hija menor del Rey- eso es lo que yo perdí.

-Bueno -dice- cuando volví traje juego y desaté al día. Y ya vinieron mis hermanos y llevamos al finao y lo enterramos. La cabeza del centinela 'tá en el río y la espada la tengo áhi, en el surqui.

-Bueno -dijo el Rey-, estos mozos salvaron al pueblo del lión, del tigre y de la serpiente. Y el menor salvó a mis hijas. Se van a casar los tres con mis hijas, y el menor, con la más chica.

Y ya se casaron, y el Rey lo hizo rey al más chico. Y hicieron una gran fiesta y áhi se quedaron muy ricos y contentos.

Y se terminó el cuento.

Prudencio Pérez, 64 años. Federal. Concordia. Entre Ríos, 1951. Modesto propietario rural. Buen narrador.

Tomado de Cuentos y leyendas populares de la Argentina. Tomo IV - Berta Elena Vidal de Battini

lunes, 5 de septiembre de 2011

Tir Nan Og

Una bella historia que hoy les quiero compartir

Se trata de una historia melancólica y emotiva originaria de la mitología celta, en la que nos traslada a Tir Nan Og (tierra de la eterna juventud), un lugar que está más allá del mundo que conocemos, donde no existe enfermedad ni muerte y al que no podemos acceder si no es con un guía para poder reencontrarnos con nuestros antepasados.

Según los antiguos Celtas, todos algún día recibiremos al visita de un guía que nos conducirá a esta tierra sagrada en la que no existen los dolores, las pruebas, ni las carencias de la tierra media (o mundo material en que vivimos), allí nos reencontramos con otras almas que han participado con nosotros del Gran Juego de la Vida y, creo yo, gozamos de un merecido descanso luego de las vicisitudes de la encarnación.

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jueves, 1 de septiembre de 2011

LA CANCION "LIBRE" DE NINO BRAVO

 

El origen de la canción…

La canción habla del primer alemán que murió intentando atravesar el muro de Berlín.

Peter Fechter, un obrero de la construcción de 18 años, intentó huir junto con un amigo y compañero de trabajo, Helmut Kulbeik. Tenían pensado esconderse en el taller de un carpintero, cerca del muro, y, tras observar a los guardias de la "frontera" alejándose, saltar por una ventana hacia el llamado "corredor de la muerte", atravesarlo corriendo y saltar por el muro cerca del Checkpoint Charlie, a Berlín Oeste.

Hasta llegar al muro las cosas salieron bien, pero cuando se encontraban arriba, a punto ya de pasar al otro lado, los soldados les dieron el alto, y a continuación dispararon. Helmut tuvo suerte, Peter resultó alcanzado por varios disparos en la pelvis, cayó hacia atrás, y quedó tendido en el suelo en la "tierra de nadie", durante cincuenta angustiosos minutos, moribundo, desangrándose, a la vista de todos, y sin que nadie hiciera nada.
Gritó pidiendo auxilio, pero los soldados soviéticos que le habían disparado no se acercaron, y lo único que pudieron hacer los soldados americanos fue tirarle un botiquín, que no le sirvió de ayuda, ya que sus graves heridas internas le impedían moverse, y poco a poco fue perdiendo la consciencia. Durante casi una hora, los ciudadanos de ambos lados de Berlín contemplaron impotentes su agonía, gritando a los soldados de ambos lados para que le ayudasen.

Pero ambos bandos tenían miedo de que los del otro lado les disparasen, como había pasado en otras ocasiones anteriores; aunque ninguna en una circunstancia tan perentoria como esta y a las dos del mediodía, con tantos testigos presentes, incluyendo periodistas en el lado occidental.
Los soldados del lado oriental, zona a la que pertenecía en realidad la "tierra de nadie", tampoco le ayudaron, y no se acercaron hasta pasados 50 minutos, seguramente para que sirviera de ejemplo para cualquier otro que pensase huir.

(Aún así, entre 1961 y 1989 murieron más de 260 personas, sólo intentando cruzar el Muro; además de los que murieron al querer cruzar la frontera entre las dos Alemanias, y ya no hablemos de los que estuvieron en la cárcel por intentarlo, o por ayudar a otros).
Cuando por fin se acercaron los soldados de la RDA y se lo llevaron, los ciudadanos de ambos lados gritaron repetidamente "¡asesinos, asesinos!". En el lado occidental, se sucedieron las protestas y las manifestaciones los días siguientes, y los habitantes del Berlín Oeste comprendieron claramente lo difícil que sería para sus familiares y amigos del Berlín Este el intentar escapar. Asimismo, también se dieron cuenta, decepcionados, de que los soldados americanos, en pleno auge de la Guerra Fría, no harían nada para ayudarles en circunstancias similares. Fue un duro golpe para la esperanza de los berlineses.

LIBRE (NINO BRAVO)


TIENE CASI VEINTE AÑOS y ya está
cansado de soñar;
pero TRAS LA FRONTERA está su hogar,
su mundo y SU CIUDAD.
Piensa que la ALAMBRADA sólo
es un trozo de metal
algo que nunca puede detener
sus ansias de volar.
Libre,
como el sol cuando amanece yo soy libre,
como el mar.
Libre,
como el ave que escapó de su PRISIÓN
y puede al fin volar.
Libre,
como el viento que recoge MI LAMENTO Y MI PESAR,
camino sin cesar,
detrás de la verdad,
y SABRÉ LO QUE ES AL FIN LA LIBERTAD.
Con su amor por bandera se marchó
cantando una canción;
marchaba tan feliz que NO ESCUCHÓ
LA VOZ QUE LE LLAMÓ.
Y TENDIDO EN EL SUELO SE QUEDÓ,
SONRIENDO Y SIN HABLAR;
SOBRE SU PECHO, FLORES CARMÉSÍ
BROTABAN SIN CESAR.


La canción, escrita diez años después de los hechos, recoge una historia y unas fotos que dieron la vuelta al mundo, y que todavía hoy son símbolo de la crueldad humana. En el lugar donde murió Peter Fechter, se levantó en 1990 un monumento. Ya en 1997, dos antiguos soldados de la RDA fueron juzgados, y admitieron haber disparado contra Peter Fechter. Se les declaró culpables, y fueron condenados a un año de cárcel. En el juicio el forense declaró que toda ayuda hubiera sido inútil, ya que la gravedad de las heridas le hubiera causado la muerte en cualquier caso. Pero es algo que nunca sabremos, ¿verdad?
La canción es símbolo de todo el pueblo alemán que soñó con huir, ya que si Peter fue la primera víctima del muro, el último, Chris Gueffroy, en 1989, tenía, precisamente, veinte años...