miércoles, 23 de noviembre de 2011

I JORNADAS DE LITERATURA ARGENTINA CONTEMPORÁNEA: Borges y los otros


Homenaje a Teresita Frugoni de Fritzsche


Buenos Aires, del 21 al 23 de agosto de 2012
Primera circular – noviembre de 2011
Sede de las II Jornadas


FUNDACIÓN INTERNACIONAL JORGE LUIS BORGES
Anchorena 1660, Buenos Aires. Argentina.

Organizan:
FUNDACIÓN INTERNACIONAL JORGE LUIS BORGES


Auspician:
UNIVERSIDAD NACIONAL DE CUYO
FACULTAD DE FILOSOFÍA Y LETRAS
CILHA (Centro Interdisciplinario de Literatura Hispanoamericana)
CELIM (Centro de Literatura de Mendoza)
CÁTEDRA DE LITERATURA ARGENTINA II (Siglo XX)
CÁTEDRA LIBRE JULIO CORTÁZAR (FFyL-UNCuyo)
CÁTEDRA LIBRE JORGE LUIS BORGES (FFyL-UNCuyo)
EXTENSIÓN UNIVERSITARIA (FFyL-UNCuyo)
UNIVERSIDAD NACIONAL DE CÓRDOBA
FACULTAD DE LENGUAS


Coordinadores:
Jornadas: Mgter. Gabriela Cittadini
Fundación Internacional Jorge Luis Borges
Informes: mgcittadini@fibertel.com.ar
Homenaje: Dr. Daniel Altamiranda
Centro de Estudios de Narratología
Informes: dalt_1@yahoo.com.ar
La convocatoria incluye a especialistas en Literatura Argentina, investigadores en comunicación y medios, historiadores, críticos y docentes en general. Estas Jornadas se proponen estudiar la obra de Jorge Luis Borges en el contexto de la Literatura Argentina, pensando a sus “otros” como precursores, contemporáneos y/o continuadores, sean estos afiliados a su estética por identidad, mímesis o contraposición. El universo de “otros” borgeanos constituirá de esta manera el canon lector-escritor que se forma en la Literatura de nuestro país en torno a su escritura. También convocamos a ex-alumnos de la Dra. Teresita Frugoni a rendir homenaje a su obra crítica y pedagógica.


 

ÁREA TEMÁTICA: BORGES Y LA LITERATURA ARGENTINA


Borges y la Literatura Argentina del siglo XIX:
Borges y Sarmiento
Borges y la Generación del 37
Borges y Hernández
Borges y la gauchesca
Borges y Rosas
Borges y Mitre
Borges entre unitarios y federales
Borges y los Neoclásicos
Borges y la Madre Patria
Borges y la Literatura Argentina del siglo XX
Borges y sus contemporáneos
Borges y los poetas argentinos del siglo XX
Borges y los narradores argentinos del siglo XX
Borges y los ensayistas argentinos del siglo XX
Borges y la Revista Martín Fierro
Borges y Sur
Borges y El Hogar
Borges y las publicaciones periódicas argentinas
Borges y los prólogos
Borges y la vanguardia en el Río de la Plata
Borges y la literatura de la amistad
Borges y la Literatura Argentina Posmoderna
Borges y la nueva generación argentina
Borges y la literatura de Fin de siglo
Borges y la Literatura Argentina del Siglo XXI:
Nuevas versiones y perversiones de la Literatura Argentina
Borges y sus continuadores
Borges y sus nietos: adopciones y rechazos.
Homenaje a Teresita Frugoni
Testimonios
Crítica de crítica
Concepciones teóricas
Las jornadas se articularán con conferencias plenarias, paneles de especialistas, y mesas de ponencias.


INSCRIPCIÓN Y ARANCELES
La inscripción de los expositores puede realizarse hasta el 25 de mayo de 2012 por correo electrónico. La de asistentes y alumnos deberá realizarse personalmente el día del inicio de las Jornadas durante la acreditación.
Graduados expositores $ 250
Graduados adherentes $ 150
Alumnos expositores $ 75
Alumnos adherentes $ 50
Forma de pago: se abonará en la Fundación una hora antes de comenzar las actividades en mesa de entrada.
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Para Información:
Mgter. Gabriela Cittadini
Fundación Internacional Jorge Luis Borges
mgcittadini@fibertel.com.ar o en esta web o en facebook acá


ACREDITACIÓN
La acreditación se realizará el martes 21 de agosto una hora antes del comienzo de las actividades.


 

ENVÍO de RESÚMENES (ABSTRACTS)

Vencimiento: 25 de mayo de 2012


Enviar ficha de inscripción y resumen por correo electrónico como archivo adjunto, a la siguiente dirección: mgcittadini@fibertel.com.ar

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    RECOMENDACIONES PARA LA PRESENTACIÓN DE TRABAJOS

    · El resumen (abstract), cuyo plazo de entrega vence el 25 de mayo se enviará por correo electrónico. Deberá constar de: a) Datos personales del autor (nombre y apellido, dirección particular, teléfono y/o fax, e-mail, universidad, instituto o centro de investigación en los que se desempeña) en la parte superior alineados a la izquierda; b) título de la ponencia; c) Resumen de hasta 200 palabras con los objetivos, aportes o hipótesis del trabajo. d) curriculum abreviado de no más de 10 líneas.
    · La presentación se hará en Word 6.0 o superior en letra Times New Roman 12 y espaciado de 1,5. NO SE ACEPTARÁN LOS ABSTRACTS ENVIADOS FUERA DE TÉRMINO O QUE NO SE AJUSTEN A LAS NORMAS REQUERIDAS.
    · LAS PONENCIAS TENDRÁN UN MÁXIMO DE 6 PÁGINAS, INCLUIDAS LAS NOTAS AL PIE, EN PAPEL A4, TIPO DE LETRA TIMES NEW ROMAN 12. AL FINAL DEL TRABAJO SE CONSIGNARÁ ALFABÉTICAMENTE LA BIBLIOGRAFÍA CITADA.
    · El tiempo de lectura será de 15 MINUTOS.
    · Todas las ponencias aceptadas podrán ser objeto de publicación en las Actas de las jornadas, que serán editadas por la Fundación Internacional Jorge Luis Borges, si la comisión de referato así lo considera. LAS PONENCIAS DEBEN SER ENTREGADAS DURANTE LAS JORNADAS en un CD (con el apellido del autor y el nombre de la ponencia indicados en su etiqueta) con las mismas especificaciones que los resúmenes más una copia impresa.
    · Los alumnos que deseen presentar ponencia deberán hacerlo con el aval de un profesor.
    · Se entregarán certificados de asistencia a los expositores.


COMISIÓN ORGANIZADORA
Presidenta Honoraria: Prof. María Kodama.
Integrantes:
Dr. Daniel Altamiranda
Mgter. Gabriela Cittadini
Dra. Miriam Di Gerónimo
Dra. Ana María Hernando
Dra. Silvia Barei


ROGAMOS DIFUNDIR ESTA CIRCULAR

 

FICHA DE INSCRIPCIÓN


Nombre y apellido:
Domicilio:
Código postal:
Teléfono:
Fax:
E-mail:
Lugar de trabajo:
Título de la ponencia:
Categoría: Expositor:
Adherente y estudiante:

martes, 22 de noviembre de 2011

El ahogado más hermoso del mundo

Un cuento de Gabriel García Márquez 

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Los primeros niños que vieron el promontorio oscuro y sigiloso que se acercaba por el mar, se hicieron la ilusión de que era un barco enemigo. Después vieron que no llevaba banderas ni arboladura, y pensaron que fuera una ballena. Pero cuando quedó varado en la playa le quitaron los matorrales de sargazos, los filamentos de medusas y los restos de cardúmenes y naufragios que llevaba encima, y sólo entonces descubrieron que era un ahogado.

Habían jugado con él toda la tarde, enterrándolo y desenterrándolo en la arena, cuando alguien los vio por casualidad y dio la voz de alarma en el pueblo. Los hombres que lo cargaron hasta la casa más próxima notaron que pesaba más que todos los muertos conocidos, casi tanto como un caballo, y se dijeron que tal vez había estado demasiado tiempo a la deriva y el agua se le había metido dentro de los huesos. Cuando lo tendieron en el suelo vieron que había sido mucho más grande que todos los hombres, pues apenas si cabía en la casa, pero pensaron que tal vez la facultad de seguir creciendo después de la muerte estaba en la naturaleza de ciertos ahogados. Tenía el olor del mar, y sólo la forma permitía suponer que era el cadáver de un ser humano, porque su piel estaba revestida de una coraza de rémora y de lodo.

No tuvieron que limpiarle la cara para saber que era un muerto ajeno. El pueblo tenía apenas unas veinte casas de tablas, con patios de piedras sin flores, desperdigadas en el extremo de un cabo desértico. La tierra era tan escasa, que las madres andaban siempre con el temor de que el viento se llevara a los niños, y a los pocos muertos que les iban causando los años tenían que tirarlos en los acantilados. Pero el mar era manso y pródigo, y todos los hombres cabían en siete botes. Así que cuando encontraron el ahogado les bastó con mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que estaban completos.

Aquella noche no salieron a trabajar en el mar. Mientras los hombres averiguaban si no faltaba alguien en los pueblos vecinos, las mujeres se quedaron cuidando al ahogado. Le quitaron el lodo con tapones de esparto, le desenredaron del cabello los abrojos submarinos y le rasparon la rémora con fierros de desescamar pescados. A medida que lo hacían, notaron que su vegetación era de océanos remotos y de aguas profundas, y que sus ropas estaban en piltrafas, como si hubiera navegado por entre laberintos de corales. Notaron también que sobrellevaba la muerte con altivez, pues no tenía el semblante solitario de los otros ahogados del mar, ni tampoco la catadura sórdida y menesterosa de los ahogados fluviales. Pero solamente cuando acabaron de limpiarlo tuvieron conciencia de la clase de hombre que era, y entonces se quedaron sin aliento. No sólo era el más alto, el más fuerte, el más viril y el mejor armado que habían visto jamás, sino que todavía cuando lo estaban viendo no les cabía en la imaginación.

No encontraron en el pueblo una cama bastante grande para tenderlo ni una mesa bastante sólida para velarlo.

No le vinieron los pantalones de fiesta de los hombres más altos, ni las camisas dominicales de los más corpulentos, ni los zapatos del mejor plantado. Fascinadas por su desproporción y su hermosura, las mujeres decidieron entonces hacerle unos pantalones con un buen pedazo de vela cangreja, y una camisa de bramante de novia, para que pudiera continuar su muerte con dignidad. Mientras cosían sentadas en círculo, contemplando el cadáver entre puntada y puntada, les parecía que el viento no había sido nunca tan tenaz ni el Caribe había estado nunca tan ansioso como aquella noche, y suponían que esos cambios tenían algo que ver con el muerto. Pensaban que si aquel hombre magnífico hubiera vivido en el pueblo, su casa habría tenido las puertas más anchas, el techo más alto y el piso más firme, y el bastidor de su cama habría sido de cuadernas maestras con pernos de hierro, y su mujer habría sido la más feliz. Pensaban que habría tenido tanta autoridad que hubiera sacado los peces del mar con sólo llamarlos por sus nombres, y habría puesto tanto empeño en el trabajo que hubiera hecho brotar manantiales de entre las piedras más áridas y hubiera podido sembrar flores en los acantilados. Lo compararon en secreto con sus propios hombres, pensando que no serían capaces de hacer en toda una vida lo que aquél era capaz de hacer en una noche, y terminaron por repudiarlos en el fondo de sus corazones como los seres más escuálidos y mezquinos de la tierra. Andaban extraviadas por esos dédalos de fantasía, cuando la más vieja de las mujeres, que por ser la más vieja había contemplado al ahogado con menos pasión que compasión, suspiró:

–Tiene cara de llamarse Esteban.

Era verdad. A la mayoría le bastó con mirarlo otra vez para comprender que no podía tener otro nombre. Las más porfiadas, que eran las más jóvenes, se mantuvieron con la ilusión de que al ponerle la ropa, tendido entre flores y con unos zapatos de charol, pudiera llamarse Lautaro. Pero fue una ilusión vana. El lienzo resultó escaso, los pantalones mal cortados y peor cosidos le quedaron estrechos, y las fuerzas ocultas de su corazón hacían saltar los botones de la camisa. Después de la media noche se adelgazaron los silbidos del viento y, el mar cayó en el sopor del miércoles. El silencio acabó con las últimas dudas: era Esteban. Las mujeres que lo habían vestido, las que lo habían peinado, las que le habían cortado las uñas y raspado la barba no pudieron reprimir un estremecimiento de compasión, cuando tuvieron que resignarse a dejarlo tirado por los suelos. Fue entonces cuando comprendieron cuánto debió haber sido de infeliz con aquel cuerpo descomunal, si hasta después de muerto le estorbaba. Lo vieron condenado en vida a pasar de medio lado por las puertas, a descalabrarse con los travesaños, a permanecer de pie en las visitas sin saber qué hacer con sus tiernas y rosadas manos de buey de mar, mientras la dueña de casa buscaba la silla más resistente y le suplicaba muerta de miedo siéntese aquí Esteban, hágame el favor, y él recostado contra las paredes, sonriendo, no se preocupe señora, así estoy bien, con los talones en carne viva y las espaldas escaldadas de tanto repetir lo mismo en todas las visitas, no se preocupe señora, así estoy bien, sólo para no pasar por la vergüenza de desbaratar la silla, y acaso sin haber sabido nunca que quienes le decían no te vayas Esteban, espérate siquiera hasta que hierva el café, eran los mismos que después susurraban ya se fue el bobo grande, qué bueno, ya se fue el tonto hermoso. Esto pensaban las mujeres frente al cadáver un poco antes del amanecer. ¡Más tarde, cuando le taparon la cara con un pañuelo para que no le molestara la luz, lo vieron tan muerto para siempre, tan indefenso, tan parecido a sus hombres, que se les abrieron las primeras grietas de lágrimas en el corazón. Fue una de las más jóvenes la que empezó a sollozar. Las otras, alentándose entre sí, pasaron de los suspiros a los lamentos, mientras más sollozaban más deseos sentían de llorar, porque el ahogado se les iba volviendo cada vez más Esteban, hasta que lo lloraron tanto que fue el hombre más desvalido de la tierra, el más manso y el más servicial, el pobre Esteban. Así que cuando los hombres volvieron con la noticia de que el ahogado no era tampoco de los pueblos vecinos, ellas sintieron un vacío de júbilo entre las lágrimas.

–Bendito sea Dios –suspiraron–: es nuestro!

Los hombres creyeron que aquellos aspavientos no eran más que frivolidades de mujer. Cansados de las tortuosas averiguaciones de la noche, lo único que querían era quitarse de una vez el estorbo del intruso antes de que prendiera el sol bravo de aquel día árido y, sin viento. Improvisaron unas angarillas con restos de trinquetes y botavaras, y las amarraron con carlingas de altura, para que resistieran el peso del cuerpo hasta los acantilados. Quisieron encadenarle a los tobillos un ancla de buque mercante para que fondeara sin tropiezos en los mares más profundos, donde los peces son ciegos y, los buzos se mueren de nostalgia, de manera que las malas corrientes no fueran a devolverlo a la orilla, como había sucedido con otros cuerpos. Pero mientras más se apresuraban, más cosas se les ocurrían a las mujeres para perder el tiempo. Andaban como gallinas asustadas picoteando amuletos de mar en los arcones, unas estorbando aquí porque querían ponerle al ahogado los escapularios del buen viento, otras estorbando allá para abrocharle una pulsera de orientación, y al cabo de tanto quítate de ahí mujer, ponte donde no estorbes, mira que casi me haces caer sobre el difunto, a los hombres se les subieron al hígado las suspicacias, y empezaron a rezongar que con qué objeto tanta ferretería de altar mayor para un forastero, si por muchos estoperoles y calderetas que llevara encima se lo iban a masticar los tiburones, pero ellas seguían tripotando sus reliquias de pacotilla, llevando y trayendo, tropezando, mientras se les iba en suspiros lo que no se les iba en lágrimas,, así que los hombres terminaron por despotricar que de cuándo acá semejante alboroto por un muerto al garete, un ahogado de nadie, un fiambre de mierda. Una de las mujeres, mortificada por tanta indolencia, le quitó entonces al cadáver el pañuelo de la cara, y también los hombres se quedaron sin aliento.

Era Esteban. No hubo que repetirlo para que lo reconocieran. Si les hubieran dicho Sir Walter Raleigh, quizás, hasta ellos se habrían impresionado con su acento de gringo, con su guacamaya en el hombro, con su arcabuz de matar caníbales, pero Esteban solamente podía ser uno en el mundo, y allí estaba tirado como un sábalo, sin botines, con unos pantalones de sietemesino y esas uñas rocallosas que sólo podían cortarse a cuchillo. Bastó con que le quitaran el pañuelo de la cara para darse cuenta de que estaba avergonzado, de que no tenía la culpa de ser tan grande, ni tan pesado ni tan hermoso, y si hubiera sabido que aquello iba a suceder habría buscado un lugar más discreto para ahogarse, en serio, me hubiera amarrado yo mismo un áncora de galeón en el cuello y hubiera trastabillado como quien no quiere la cosa en los acantilados, para no andar ahora estorbando con este muerto de miércoles, como ustedes dicen, para no molestar a nadie con esta porquería de fiambre que no tiene nada que ver conmigo. Había tanta verdad en su modo de estar, que hasta los hombres más suspicaces, los que sentían amargas las minuciosas noches del mar temiendo que sus mujeres se cansaran de soñar con ellos para soñar con los ahogados, hasta ésos, v otros más duros, se estremecieron en los tuétanos con la sinceridad de Esteban.

Fue así como le hicieron los funerales más espléndidos que podían concebirse para un ahogado expósito.

Algunas mujeres que habían ido a buscar flores en los pueblos vecinos regresaron con otras que no creían lo que les contaban, y éstas se fueron por más flores cuando vieron al muerto, y llevaron más y más, hasta que hubo tantas flores y tanta gente que apenas si se podía caminar. A última hora les dolió devolverlo huérfano a las aguas, le eligieron un padre y una madre entre los mejores, y otros se le hicieron hermanos, tíos, primos, así que a través de él todos los habitantes del pueblo terminaron por ser parientes entre sí. Algunos marineros que oyeron el llanto a la distancia perdieron la certeza del rumbo, y se supo de uno que se hizo amarrar al palo mayor, recordando antiguas fábulas de sirenas, Mientras se disputaban el privilegio de llevarlo en hombros por la pendiente escarpada de los acantilados, hombres y mujeres tuvieron conciencia por primera vez de la desolación de sus calles, la aridez de sus patios, la estrechez de sus sueños, frente al esplendor y la hermosura de su ahogado. Lo soltaron sin ancla, para que volviera si quería, y cuando lo quisiera, y todos retuvieron el aliento durante la fracción de siglos que demoró la caída del cuerpo hasta el abismo.

No tuvieron necesidad de mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que ya no estaban completos, ni volverían a estarlo jamás. Pero también sabían que todo sería diferente desde entonces, que sus casas iban a tener las puertas más anchas, los techos más altos, los pisos más firmes... para que el recuerdo de Esteban pudiera andar por todas partes sin tropezar con los travesaños, y que nadie se atreviera a susurrar en el futuro ya murió el bobo grande, qué lástima, ya murió el tonto hermoso, porque ellos, iban a pintar las fachadas de colores alegres para eternizar la memoria de Esteban, y se iban a romper el espinazo excavando manantiales en las piedras y sembrando flores en los acantilados, para que en los amaneceres de los años venideros los pasajeros de los grandes barcos despertaran sofocados por un olor de jardines en altamar, y el capitán tuviera que bajar de su alcázar con su uniforme de gala, con su astrolabo, su estrella polar y su ristra de medallas de guerra, y señalando el promontorio de rosas en el horizonte del Caribe dijera en catorce idiomas, miren allá, donde el viento es ahora tan manso que se queda a dormir debajo de las camas, allá, donde el sol brilla tanto que no saben hacia dónde girar los girasoles, sí, allá, es el pueblo de Esteban.

© Gabriel García Márquez.

domingo, 20 de noviembre de 2011

Unión indestructible

Un Cuento Virgilio Piñera - (Cuba)

Nuestro amor va de mal en peor. Se nos escapa de las manos, de la boca, de los ojos, del corazón. Ya su pecho no se refugia en el mío y mis piernas no corren a su encuentro. Hemos caído en lo más terrible que pueda ocurrirle a dos amantes: nos devolvemos las caras. Ella se ha quitado mi cara y la tira en la cama; yo me he sacado la suya y la encajo con violencia en el hueco dejado por la mía. Ya no velaremos más nuestro amor. Será bien triste coger cada uno por su lado.

Sin embargo, no me doy por vencido. Echo mano a un sencillo recurso. Acabo de comprar un tambor de pez. Ella, que ha adivinado mi intención, se desnuda en un abrir y cerrar los ojos. Acto seguido se sumerge en el pegajoso líquido. Su cuerpo ondula en la negra densidad de la pez. Cuando calculo que la impregnación ha ganado los repliegues más recónditos de su cuerpo, le ordeno salir y acostarse en las losas de mármol del jardín. A mi vez, me sumerjo en la pez salvadora. Un sol abrasador cae a plomo sobre nuestras cabezas. Me tiendo a su lado, nos fundimos en estrecho abrazo. Son las doce del día. Haciendo un cálculo conservador espero que a las tres de la tarde se haya consumado nuestra unión indestructible.

© Virgilio Piñera, 1970

miércoles, 16 de noviembre de 2011

LA SEÑORA MOREL

Un Cuento de Ana Cuevas Unamuno

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La señora Morel siempre fue mujer de pasiones fuertes. Por eso a cuatro años de haberse casado se sentía traicionada por su esposo que en vez de ocuparse de ella pasaba las horas y los días metido en su trabajo.

El señor Morel, mezcla perfecta de romántico y práctico, medido y generoso, apuesto y responsable, la había seducido casi a primera vista y el primer año realmente habían sido felices, pero luego... Luego el afán de acumular se apoderó del hombre al punto de hacerle olvidar poco a poco las necesidades de su esposa.

No contento con trabajar de sol a sol, llevaba a su casa los libros de cuentas y mientras comía distraído lo que ella amorosamente le había preparado, sumaba, restaba y bufaba, encerrado en su mundo de negocios dónde ella jamás podía ingresar.

—Alégrate mujer he sido tan astuto que los depósitos rebalsan, al punto de obligarme a invertir en más galpones a fin de guardar las nuevas adquisiciones— le dijo una noche en respuesta a sus caricias hambrientas.

La señora Morel, a la que ya no le quedaban palabras para rogar ni pedir gestos de amor que le eran retaceados, repuso con furia en la mirada:

—También yo rebalso querido esposo

Pero él, ajeno a sutilezas sonrió satisfecho.

— ¿Ya nunca tendrás tiempo para mí?— sollozó entonces ella fuera de sí.

—Mujer ¡qué no hago por ti! Si trabajo es para que nada falte y para compensar tu incapacidad de ahorro. ¡Más valdría que cuidaras los gastos en vez de estar siempre reprochándome! Si te aburres ¿Por qué no buscas qué hacer con tu vida?

— ¿Quieres que me busque trabajo?— preguntó sorprendida

— Claro que no, tú no sirves para eso, pero por ejemplo, puedes hacer caridad como tantas otras esposas de comerciantes.

Ante esto ella calló. Al día siguiente, hambrienta de deseo, salió de compras.

La señora Morel tenía entre otras una pasión incontrolable: los zapatos. Encontraba en ellos el placer del calce justo, las texturas más diversas, el complemento al andar, la caricia de las formas, más allá del realce necesario que un buen calzado brindaba, a sus ya de por sí, hermosas piernas. Porque la señora Morel, justo es decirlo, era de una belleza exuberante y extraordinaria, que atraía miradas y suspiros a su paso desde que había despuntado a la juventud.

Esa mañana descubrió una nueva zapatería, dudó, su esposo le reprocharía nuevamente el gasto, luego recordó la pelea de la noche y decidida entró. Un joven apuesto se acercó poniéndose a su disposición.

Con delicadeza exquisita le ajustaba los distintos modelos, le medía el pie, bajando desde la pantorrilla al talón, con una ternura electrizante ascendía al muslo admirado de la perfección de sus piernas, le probaba un calzado tras otro en busca del zapato perfecto para una pierna inigualable, mientras ella le dejaba hacer intentando acallar un ronroneo espontáneo.

¡Ay qué hombre agradable!, pensó dejándose calzar por completo.

Después de tanto tiempo volvía a sentirse viva de tal modo que ya no soportaría regresar a la aburrida rutina de sus días. Al mirar la cara extasiada del joven supo que había encontrado el modo de hacer algo con su vida. ¡Había tantas zapaterías!

Los zapatos comenzaron a acumularse día a día. Al principio no le preocupó, si su esposo de tan fatigado que llegaba a la cama ni siquiera la miraba, ¡menos miraría los roperos! Pasados ya varios meses tuvo que hallar otro sitio pues el ropero estaba tan colmado como ella. Comenzó pues a guardarlos bajo la cama, tras las cortinas, en los rincones más oscuros, hasta en la alacena.

De mañana los sacaba para admirarlos y se paseaba desnuda y calzada por pasillos y cuartos, mientras cantaba gozando anticipadamente del placer que sin duda la tarde le depararía, pues como es bien sabido en todo pueblo chico las noticias corren de boca en boca y más aún las atractivas. Y, hay que decir la verdad, pocas bocas resultaban más atractivas, creativas y activas que la de la señora Morel.

La señora Morel quizás imitando a su esposo, adquirió dos de sus virtudes, un amor casi fanático al trabajo y un placer incontrolable por acumular sus ganancias, así fue como un buen día, años más tarde, descubrió que ya no tenía dónde colocar los miles de zapatos que con su labor había ganado. Pensando y pensando se le ocurrió llevarlos al depósito que su esposo tenía reservado para algún momento futuro. Aún le faltaba llenar; al esposo; más de cinco galpones, no corría pues riesgo alguno.

Ya decidida no tuvo más que solicitar la amable ayuda del cerrajero del pueblo vecino, que en un santiamén abrió los portones del galpón, le colocó una nueva cerradura y le regaló como ganancia inesperada una nueva clientela ansiosa por disfrutar de su oferta.

Años más tarde cuando el galpón rebozaba de calzados de los más variados modelos, orígenes y materiales, un hecho fortuito estuvo a punto de dejar expuesto su secreto. Una tarde calurosa y húmeda, la señora Morel se hallaba muy ocupada con la entrepierna del gobernador, cuando oyó el llamado del señor Morel. Sorprendida miró hacia la ventana, comprobando que aún era de día, por lo que más desconcertada aún le pidió silencio a su acompañante y poniéndose una bata sobre el cuerpo desnudo bajó corriendo las escaleras.

Encontró a su esposo con el rostro descompuesto

— ¡Traición!— gritó el hombre desencajado. — ¡Me han traicionado en mis propias narices! ¡Los mataré!— siguió gritando mirando fijo a su mujer que pálida y temblorosa se dejó caer en una silla.

— ¿Có... cómo te has enterado?

— ¿Qué creías, que las mentiras pueden permanecer ocultas para siempre? ¡No soy tan tonto como creen!

La señora Morel aterrada no atinaba a defenderse, un temblor la sacudió obligándola a sujetarse del brazo del sillón, mientras se esforzaba por respirar con ritmo y mantener un rostro que no la delatara.

— Quizás sea un malentendido. Un error. Mejor hablemos.

— ¡Ningún error, acá tengo las pruebas y son irrefutables!

— ¿Pruebas? ¿Tienes pruebas?— preguntó la señora Morel con voz ahogada

El señor Morel arrojó delante de su mujer un montón de papeles. Con pánico y timidez ella los tomó y comenzó a mirarlos al tiempo que su rostro recuperaba el color y un sonido inesperado obligaba al señor Morel a girar la cabeza

—Señor gobernador, ¿qué hace usted a estas horas en mi casa?

De un salto la señora Morel se acercó su esposo y callando la torpe disculpa del gobernador dijo con voz firme:

— Querido mío, estaba tan preocupada por ti en estos últimos meses, dados ciertos rumores que me llegaron de aquí y de allí, que le rogué al señor gobernador que viniese esta tarde para aconsejarme sobre cómo ayudarte. ¡No sabes cuánto me alegra que tú mismo hayas descubierto este desfalco! Ya me decía yo que algo fuera de lo común sucedía.

—Mi amada y dulce mujercita— dijo el señor Morel emocionado —¿Cómo he podido descuidarte tanto? Pensar que lo que hice lo hice por darte lo mejor y mira ahora... ¡Lo he perdido todo, amada mía!

El gobernador ofreció su ayuda, prometió toda clase de facilidades y se retiró presuroso.

Con la ayuda del gobernador y otras ayudas inexplicables de varios funcionarios públicos y comerciantes vecinos, en un tiempo el señor Morel comenzó a recuperarse de la terrible pérdida y la vida regresó a la normalidad.

Los años siguieron pasando casi sin cambios, salvo los que se producían en el cuerpo antes lozano y ahora desvencijado de la señora Morel. Ya no eran tan torneados sus muslos, ni tan plena su cola, ni tan erguido su pecho, ni tan terso su rostro a pesar de los innumerables esfuerzos, casi siempre infructuosos, que a toda hora realizaba por conservar en condiciones la única mercadería que tenía para vender. Tanto amor había tomado a su trabajo que no se resignaba a perderlo.

Pero si es cierto que nada permanece, menos lo hacen la juventud y la belleza, llegó así el día en que nadie llegaba a su puerta y las tardes le resultaban insoportables. Empecinada optó por hacer un mínimo cambio y gracias a él pudo continuar su labor, ¡no en vano tenia miles de zapatos casi sin usar!

Los años siguieron pasando, las arrugas acumulándose, las carnes cayendo y su esposo cada día más viejo no cesaba de sumar, restar y bufar cada noche más preocupado pues los mercados se complicaban y las ganancias disminuían sin cesar. ¡Cómo lo comprendía!, pues ya no quedaban zapatos en el galpón ni llegaban golpes a su puerta, más el deseo incansable continuaba atormentándola.

Una tarde el señor Morel regresó temprano, arrastrando los pasos y con el rostro apesadumbrado se sentó frente a su mujer que llevaba horas mirando en vano la puerta, y dijo con voz cascada de cansancio.

— ¡Ay mujer, he tenido que vender hasta el último galpón, ya nada queda del esfuerzo de años! ¡Todo se acaba!

Y ella girando con brusquedad la cabeza y mirándolo con furia exclamó con sus últimas fuerzas:

— ¿Y a mí me lo dices?

©Ana Cuevas Unamuno- 2000

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domingo, 13 de noviembre de 2011

Yo a las Mujeres me las Imaginaba Bonitas

Un cuento de Andrea Maturana

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Yo a las mujeres me las imaginaba bonitas, pintadas como la rubia de la esquina que siempre sale a la calle cuando empieza a oscurecerse, pero la Chana llegó a la casa gritando el otro día y le dijo a la mamá que no se había atrevido a contarle nada a la señorita, lo que le pasaba era demasiado terrible. Entonces se había escapado nomás del colegio por arriba de la pandereta congelada de miedo de no alcanzar a llegar y caerse muerta por el camino.

La mamá estaba lavando cuando llegó el berrinche y, como siempre hace alharacas, ni se dio vuelta para mirarla mientras ella lloraba y lloraba hasta que la Chana le dijo de una herida que yo no pude oir bien. Ahí la hizo callar porque estaba yo y le dijo que mejor se iban a conversar detrás de la casa para que la hermana chica -o sea yo- no escuchara. Pero por la muralla del fondo se oye todo y yo me puse bien cerca hasta pegar la oreja, igual la Chana habló gritando todo el rato aunque la mamá la hacia callar por mi.

Claro que ahora que lo pienso mejor las mujeres no tienen por qué ser bonitas. Por ejemplo, la mamá es mujer y es muy guatona. Yo creo que por eso el papá se fue y la dejó sola. Las mujeres que les gustan a los hombres son las bonitas, como la rubia, que nunca anda sola.

Algo se puso a decir la Chana, que ahora sí que sabía que eso estaba mal, que hace dias la vino a dejar el Tito después de esa fiesta que hubo hasta bien tarde (yo quería esperarla, pero me quedé dormida) y los dos se quedaron atrás, en el patio chico, tocándose, pero que ahora estaba arrepentida de todo y no se quería morir por esa herida que tenía.

Como la mamá la quiere harto a la Chana la consoló altiro claro que primero le dio unas cachetadas y le dijo cochina desobediente. Pero después la tranquilizó riéndose y le dijo que no le iba a pasar nada, que se quedara callada de una vez y le diera a ella los calzones para lavarlos mientras la Chana buscaba otro par en los cajones y además un trapo limpio. Le dijo que desde ahora iba a tener que preocuparse de lavarlos y cambiarlos hartas veces al día por todos los meses y años. Porque ya eres mujer le dijo después.

Yo no entiendo qué tiene que ver ser mujer con eso de los trapos. Parece que todas las mujeres lavan ropa cuando grandes como la mamá, sólo que a algunas no se les nota. Capaz que la rubia de la esquina también. Yo creo que el Tito a la Chana tiene que haberle pegado por fea cuando vinieron juntos a la casa, y que él le hizo la herida. Si todos los hombres pegan, y a lo mejor por eso le dijo la mamá a la Chana que ya era mujer.

Después de un rato se fue a cambiar de calzones a1 lugar más apartado, pero yo igual la vi cómo lloraba, despacio sin que oyera la mamá y le pudiera volver a pegar. Pero la mamá ya estaba metiendo los calzones sucios en un tiesto con agua que salió colorada, y se río. Cuando la Chana salió a jugar medio moqueando todavía la miró con la burla y de nuevo la cacheteó para que no hiciera más cochinadas con el Tito, le dijo.

Yo fui detrás de ella para ver si así entendía mejor. Llegó a jugar al luche con las de la otra cuadra que se hacen sus amigas, pero igual nomás cuchichean cuando ella no está.

Como en la mitad del juego, la Chana tuvo que saltar bien lejos y por debajo del yamper cayó un trapo lleno de sangre, igual que el que me pusieron a mi cuando me hice la herida en la rodilla. Yo creí que se iba a morir, pero ella más que susto tenía como vergüenza; dejó todo botado y corrió a la casa llorando mientras las demás no paraban de reirse y apuntarla con el dedo.

Yo no sé por qué pasó esto justo ahora que Javier ése de lentes que va en mi curso, me ofreció hacerme la tarea y después llevarme un día a la casa. Y a mi me estaba empezando a gustar.

Pero yo no quiero que me acompañe de vuelta del liceo y pegue después como el Tito, no quiero ser mujer y tener una herida como la Chana, ni crecer y ponerme guatona y que los hombres me peguen. Así que voy a inventar cualquier cosa y me voy a venir sola a la casa mejor. Aunque esté oscuro

viernes, 11 de noviembre de 2011

María

Una amiga me ha compartido este cuento justo hoy cuando me siento como este hombre y tengo en la punta de la lengua la misma pregunta, por eso lo comparto

Gracias Nas! y gracias Roque!!

MARÍA

 

Un cuento de  Kjell Askildsen (Noruega)

Un otoño me encontré por sorpresa con mi hija María en la acera delante de la relojería; estaba más delgada, pero no me costó nada reconocerla. No recuerdo ya por qué estaba yo en la calle, pero tenía que tratarse de algo importante, porque fue después de que la barandilla de la escalera se hubiera roto, así que en realidad ya había dejado de salir a la calle. Pero fuera como fuera, me encontré con ella, y se me ocurrió pensar: Qué casualidad tan extraña que yo haya salido justamente hoy. Pareció alegrarse de verme, porque dijo «padre» y me dio la mano. Ella era la que más me gustaba de mis hijos; cuando era pequeña decía a menudo que yo era el mejor padre del mundo. Y solía cantar para mí, por cierto bastante mal, pero no era culpa de ella, lo había heredado de su madre. «María -dije-, eres realmente tú, tienes buen aspecto». «Sí, bebo orina y soy vegetariana», contestó. Me eché a reír, hacía mucho que no me reía, imagínate, tenía una hija con sentido del humor, incluso con un humor un poco atrevido, quién lo diría. Fue un momento hermoso. Pero me equivoqué, qué fastidio que uno nunca consiga quitarse las ilusiones de encima. Mi hija se quedó como embobada y con la mirada perdida. «Te estás burlando de mí -dijo-, Pero si yo te contara...». «Me pareció haberte oído decir orina», contesté. «Orina, sí, y me he convertido en otra persona». No lo dudé ni un momento, era lógico, debe de resultar imposible seguir siendo la misma persona antes y después de haber empezado a beber orina. «Bueno, bueno», dije en tono conciliador, y con ganas de hablar de otra cosa, tal vez de algo agradable nunca se sabe. Entonces me fijé en que llevaba una alianza y le comenté: «Veo que te has casado». Ella miró el anillo. «Ah, lo llevo sólo para mantener a raya a los pesados». Eso sí que tendría que ser una broma, calculé rápidamente que por lo menos tendría unos cincuenta y cinco años, y tampoco era tan guapa. Así que volví a reírme por segunda vez en mucho tiempo, y en medio de la acera. «¿De qué te ríes?», preguntó. «Creo que me estoy haciendo mayor», contesté, cuando me di cuenta de que me había equivocado una vez más, «conque es así como se hace hoy en día». Ella no contestó, así que no sé, supongo y espero que mi hija no sea muy representativa de los nuevos tiempos. Pero ¿por qué he tenido hijos como ella, por qué?

Nos quedamos un instante callados, pensé que ya era hora de despedirse, un encuentro inesperado no debe durar demasiado, pero justo en ese momento mi hija me preguntó si me encontraba bien. No sé lo que quiso preguntar, pero contesté la verdad, que lo único que me molestaba eran las piernas. «Ya no me obedecen, mis pasos son cada vez más cortos, y pronto no podré moverme».

No sé por qué le hablé tanto de mis piernas, y ciertamente resultó que no debería haberlo hecho. «Será la edad», dijo ella. «Desde luego que es la edad -contesté-, ¿qué otra cosa iba a ser?». «Pero supongo que ya no necesitas usarlas tanto, ¿no?». «Sí tú lo dices -contesté-, si tú lo dices». Al menos captó la ironía, diré eso en su favor, y se irritó, pero no consigo misma, porque dijo: «Todo lo que digo está mal». No supe qué contestar a eso, ¿qué podría haber contestado? Me limité a sacudir la cabeza inexpresivamente, ya hay demasiadas palabras en circulación por el mundo, y el que habla mucho no puede mantener lo dicho.

«Bueno, tengo que seguir mi camino -dijo mi hija tras una pausa breve, pero lo suficientemente larga-, tengo que ir al herbolario antes de que cierren. Ya nos veremos». Y me dio la mano. «Adiós, María», dije. Y se marchó. Esa era mi hija. Sé que todo tiene su lógica inherente, pero no siempre resulta fácil descubrirla.

 

Kjell Askildsen (Noruega)- Breve reseña sobre su obra

Escritor noruego nacido en Mandal en 1929.

Su primer libro se tituló Desde ahora seré yo quien te lleve a casa (1953).

Ha recibido en dos ocasiones el Premio de la Crítica en Noruega (Últimas notas de Thomas F. para la humanidad y Un vasto y desierto paisaje) y el Premio Riksmål 1987 por Un súbito pensamiento liberador. Tanto estas obras, como Los perros de Tesalónica han sido traducidas al español y publicadas por la editorial española Lengua de Trapo.

María pertenece a Cuentos reunidos, publicado por Ediciones Lengua de Trapo.

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jueves, 10 de noviembre de 2011

El peso de las creencias

Y luego, si se dan la oportunidad, se cuestionarán, pensarán y se darán cuenta de que siempre hay más de una alternativa, que los cuentos pueden cambiar si alteramos algún detalle, que la vida también toma rumbos diferentes según los pasos que vamos dando y que cerrar los ojos tiene sus consecuencias. (Georgina Lázaro)

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El peso de las creencias

Cuento Rumi

Dos jóvenes monjes fueron enviados a visitar un monasterio cercano. Ambos vivían en su propio monasterio desde niños y nunca habían salido de él. Su mentor espiritual no cesaba de hacerles advertencias sobre los peligros del mundo exterior y lo cautos que debían ser durante el camino.

Especialmente incidía en lo peligrosas que eran las mujeres para unos monjes sin experiencia:

-Si veis una mujer, apartáos rápidamente de ella. Todas son una tentación muy grande. No debéis acercaros a ellas, ni mucho menos hablar, por descontado, por nada del mundo se os ocurra tocarlas. Ambos jóvenes aseguraron obedecer las advertencias recibidas, y con la excitación que supone una experiencia nueva se pusieron en marcha. Pero a las pocas horas, ya punto de vadear un río, escucharon una voz de mujer que se quejaba lastimosamente detrás de unos arbustos. Uno de ellos hizo ademán de acercarse.

-Ni se te ocurra -le atajó el otro-. ¿No te acuerdas de lo que nos dijo nuestro mentor?

-Sí, me acuerdo; pero voy a ver si esa persona necesita ayuda -contestó su compañero,

Dicho esto, se dirigió hacia donde provenían los quejidos y vio a una mujer herida y desnuda.

-Por favor, socorredme, unos bandidos me han asaltado, robándome incluso las ropas. Yo sola no tengo fuerzas para cruzar el río y llegar hasta donde vive mi familia.

El muchacho, ante el estupor de su compañero, cogió a la mujer herida en brazos y, cruzando la corriente, la llevó hasta su casa situada cerca de la orilla. Allí, los familiares atendieron a la asaltada y mostraron el mayor agradecimiento al monje, que poco después reemprendió el camino regresando junto a su compañero.

-¡Dios mío! No sólo has visto a esa mujer desnuda, sino que además la has tomado en brazos.

-Así era recriminado una y otra vez por su acompañante. Pasaron las horas, y el otro no dejaba de recordarle lo sucedido.

-Has cogido a una mujer desnuda en brazos! ¡Has cogido a una mujer desnuda en brazos! ¡Vas a cargar con un gran pecado!

El joven monje se paró delante de su compañero y le dijo:

-Yo solté a la mujer al cruzar el río, pero tú todavía la llevas encima.

domingo, 6 de noviembre de 2011

Pecado de Omisión

A mi abuelo aquel día lo vi distinto.

Tenía la mirada enfocada en lo distante.

Casi ausente.

Pienso ahora que tal vez presentía que era el último día de su vida.

Me aproximé y le dije: "¡Buenos días, abuelo!".

Y él extendió su mano en silencio.

Me senté junto a su sillón y después de unos instantes un tanto misteriosos, exclamó: "¡Hoy es día de inventario, hijo!".

"¿Inventario?", pregunté sorprendido.

"Sí. ¡El inventario de tantas cosas perdidas! Siempre tuve deseos de hacer muchas cosas que luego nunca hice, por no tener la voluntad suficiente para sobreponerme a mi pereza. Recuerdo también aquella chica que amé en silencio por cuatro años, hasta que un día se marchó del pueblo sin yo saberlo. También estuve a punto de estudiar ingeniería, pero no me atreví. Recuerdo tantos momentos en que he hecho daño a otros por no tener el valor necesario para hablar, para decir lo que pensaba. Y otras veces en que me faltó valentía para ser leal. Y las pocas veces que le he dicho a tu abuela que la quiero, y la quiero con locura. ¡Tantas cosas no concluidas, tantos amores no declarados, tantas oportunidades perdidas!".

Luego, su mirada se hundió aun más en el vacío y se le humedecieron sus ojos, y continuó:

"Este es mi inventario de cosas perdidas, la revisión de mi vida.

A mi ya no me sirve.

A ti sí.

Te lo dejo como regalo para que puedas hacer tu inventario a tiempo".

Luego, con cierta alegría en el rostro, continuó: "¿Sabes qué he descubierto en estos días? ¿Sabes cuál es el pecado más grave en la vida de un hombre?".

La pregunta me sorprendió y solo atiné a decir, con inseguridad: "No lo había pensado. Supongo que matar a otros seres humanos, odiar al prójimo y desearle el mal...".

Me miró con afecto y me dijo:

"Pienso que el pecado más grave en la vida de un ser humano es el pecado por omisión. Y lo más doloroso es descubrir las cosas perdidas sin tener tiempo para encontrarlas y recuperarlas."

Al día siguiente, regresé temprano a casa, después del entierro del abuelo, para hacer con calma mi propio "inventario" de las cosas perdidas, de las cosas no dichas, del afecto no manifestado.

- ANONIMO    -

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viernes, 4 de noviembre de 2011

Todo busca su completud

Recuerda algo fundamental acerca de la vida: cualquier experiencia que no haya sido vivida persistirá, te asediará: “¡¡Acábame!!, ¡¡Víveme!!, ¡¡Complétame!!”. Hay una cualidad intrínseca en toda experiencia que quiere ser acabada, completada, y tiende a ello. Una vez completada se evapora; incompleta, persiste, te mortifica, te persigue, atrae tu atención. Te dice: “¿Qué vas a hacer conmigo?, sigo sin completar: ¡complétame!.

Todo tu pasado te asedia porque no lo has completado, no lo has vivido realmente, lo has vivido parcialmente, a medias, tímidamente. No ha habido intensidad, pasión. Has vivido como un sonámbulo. Por eso el pasado te asedia y el futuro te asusta.

jueves, 3 de noviembre de 2011

Cristina Bajo, LA NIÑA QUE SUEÑA- AÑO 1840

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Es esta una de mis escritoras preferidas y por eso con todo respecto comparto apenas un pedacito de su obra

 

Los más lejanos recuerdos de Solana estaban impregnados de soledad y desarraigo. Su orfandad, y una especie de confusión mental que para nada la hacía desdichada, pero que a todos intranquilizaba, la habían llevado por un interminable deambular, adaptándose a sucesivos primos, a tías gruñonas, a “yayas” que no le dispensaban el mismo trato que a los niños de la familia.

Y ya sin saber qué hacer con ella, apenas pasada la adolescencia, los parientes se la enviaron a doña Ascensión, la señora mayor de la familia, con la excusa de que sirviera de báculo a su vejez.

Doña Ascensión vivía en Todos los Santos, un caserío perdido entre las sierras de Ascochinga, y como hasta allí no habían llegado los rumores de las rarezas de su sobrina, aceptó recibirla.

La anciana y su criada le tomaron apego y si bien en el pueblo pronto comenzaron a susurrar que la jovencita veía cosas vedadas —criaturas perdidas en un recodo del tiempo, lanzadas por un desatinado latir del Reloj Eterno—, ellas lo simplificaban en que la niña era mística. La negra Nazareth llegó a decir que su ama la hubiera recibido “aunque tuviese rabo”, tal era su corazón de panal.

Fue en la pieza que le destinó la señora, con arcones que olían a fruta para perfumar la ropa y a pimienta en grano para evitar la polilla, con el lecho de baldaquino y la mesita donde, en urna de cristal, dormía el Niño Dios entre flores secas, que las visiones que martirizaban a Solana desde que tenía uso de razón se intensificaron.

En realidad, la negra, en quien el cristianismo era ropaje y no carne, desde el primer momento trató de protegerla con rituales casi olvidados, de viejos entes africanos, mucho más espantables que el Maligno, al que las beatas se referían con gesticulaciones y sobreentendidos.

Lo que Nazareth imaginaba era una horda que olía peor que azufre, era esa horda que sus mayores habían invocado junto al fuego, en noches de matanza de gallos y gatos negros, de enjugarse las manos con sangre y de beber ron con especias mientras gangueaban, por la costa del río, canciones en lenguas perdidas.

No hubiera tenido miedo en la ciudad, aclaraba la negra. ¡Cómo tenerlo, en aquel bastión de Cristo, erizado de santas torres, con tanto hábito por la calle, y las campanas llamando todo el día a las horas canónicas o a misas de perpetuidad!

A veces, mientras Solana la ayudaba en la huerta, le enumeraba los templos y los conventos, y agregaba los fortines de la tenacidad de los jesuitas que, aunque abandonados desde su extrañamiento, seguían protegiendo, aunque a distancia, aquella ciudad abrazada por un río aletargado: Alta Gracia, Santa Catalina, Jesús María, Caroya y la Candelaria, y más al sur, San Ignacio de Calamuchita.

Y usando la azada para retirar las piedras de los surcos que iba abriendo, agregaba la negra:

—Ya lo decía tu abuelita: cuando echaron a la Compañía de Jesús, los diablos se relamieron. Nunca se ha sabido que le temblaran a San Francisco, que era un pan de Dios; ni a la Virgencita de la Merced, la consentida de Belgrano, que yo no sé, pero de cinco batallas, le hacía ganar una. Ni a Santo Domingo, que se entretenía en buscar al Malo en el pellejo de los herejes y siempre salió burlado. San Ignacio es otra cosa, con él no se juega; lleva espada. Y como un mal rey mandó expulsarlo de estas tierras, no tenemos quien nos proteja.

Enderezándose a duras penas, Nazareth se sobaba la rabadilla martirizada antes de seguir con su rezongo:

—Por eso los diablos han metido la cola y acá estamos, peleándonos entre hermanos. Porque, decime, ¿en qué se distinguen unitarios de federales? Todos matan, todos roban, nada respetan...

Así andaban las cosas por el solar de la viuda, pero algo vino a cambiar tanta preocupación. Y fue que un anochecer, después del rosario, mientras se dedicaban a hacer velas usando como pabilo viejas cartas de amor de la señora, Solana, tímidamente, comenzó a hablarles de ese mundo mágico que se desenvolvía en medio de la noche, tras los cortinados de su cama, entre las brumas del sueño.

Sentadas en la sala donde unas pocas candelas apenas si alcanzaban a desterrar la negrura más inmediata, doña Ascensión y Nazareth la escucharon —primero asustadas, luego preocupadas, y finalmente embelesadas— contar cómo el Niño Dios salía al amanecer de su cuna para descansar junto con ella, recogido en su abrazo.

Y al adentrarse en la maraña mágica del espíritu de la joven, la negra dejó de martirizarla con su pasaje de manos y frotaduras de hierbas, rezos y ensalmos de medianoche, porque ningún engendro concebido en la Costa de Marfil (que identificaba sus demonios ancestrales) podía prevalecer en aquella habitación santificada por la castidad de Solana y la presencia del Santo Infante.

Fuera de la casa de doña Ascensión, otros sentimientos acechaban a la joven: Leonor Nieto, la hija mayor del hacendado del lugar, había concebido por ella una aversión indisimulada. El motivo era uno de los más viejos del mundo: Leonor amaba con obstinación a su primo, Rafael Montano, pero el mozo penaba de amor por Solana y se negaba a desposar a su prometida.

Ya los Nieto y los Montano habían intentado convencerlo de que, por el bien patrimonial de ambas familias, era necesaria la unión sacramentada con su prima, pero éste no escuchaba jueces ni preces, plantado en que amaba a la joven que criaba la hidalga de noble riñón aunque menguados recursos.

El mozo, ebrio de amor, la espiaba por sobre las tapias, cantaba de noche ante la ventana de la joven tonadas simplonas, y no se privaba de trepar a los techos y enfocar el catalejo del bisabuelo hacia el recatado patio de doña Ascensión, donde Solana se bañaba bajo el magnolio para atemperar el bochorno de la siesta.

Por este comportamiento de Rafael y porque Leonor no era estimada por muchos, es que ambos terminaron siendo motivo de cuanta broma corría por el pueblo.

El amor del señor juez por la huérfana, en cambio, era discreto; se conformaba con pasar tarde por tarde a informar a la señora de cómo iban sus juicios de lindes o de aguas, de vacas robadas o ranchos usurpados, mientras sus ojos tristes, de viejo que sabe que nunca será amado, se posaban en la cabellera de la muchacha, en su frente límpida, en su mirada inocente.

Nunca llegó a poner en palabras sus anhelos, coartado por la voluntad del cura del lugar, que estaba empeñado en convencer a la viuda de que la huérfana debía ingresar a monja.

Era muy peligroso, sostenía el padre Atanasio, que una jovencita tan bella y sin dinero, con pocas posibilidades de casarse dentro de su clase debido a sus defectos —la pobreza y la imaginación—, soñara que el Niño Jesús salía de la urna para dormir sobre sus pechos. Y creyendo en una especie absurda que decía que doña Ascensión era dueña de un “tapado” de monedas cuzqueñas, se ilusionaba en derivar aquellos dos buenos caudales (la sobrada castidad de la doncella, la imaginaria fortuna de la vieja) a las arcas de un convento.

Así, con Leonor impacientándose con que su primo comprendiera razones de familia, sin andar echando ojos y deseando poner manos sobre la huérfana; con el poder judicial mirándola tarde tras tarde con ojos de carnero degollado, y con el fraile insistiendo en que el Espíritu Santo la quería de hábito, las cosas sobrenaturales que anidaban en las sombras de su lecho, el Niño que la visitaba en sueños y dejaba un hueco cálido en su almohada, terminaron pareciéndole a Solana más comprensibles que la realidad.

Un mediodía, mientras sacaba agua del pozo de la huerta, vio pasar las huestes de Lavalle, que venían huyendo del desastre de Quebracho Herrado. Sobre el muro derruido, un soldado estiró la mano tiznada de pólvora y manchada de sangre, implorando agua, más con el gesto que con la palabra.

Sin hacerse rogar, Solana le alcanzó el jarro y luego dio de beber al resto de los soldados hasta que aplacaron la sed, ignorando que el pueblo se había encerrado porque las tropas “celestes” —o unitarias— tenían fama de salvajes, diciéndose que trataban con tanto agravio a amigos como a enemigos. Sin embargo, ninguno de aquellos hombres la miró con lujuria ni soltó palabrota: ella les colmó los chifles en un silencio que cayó sobre los desgraciados como bálsamo; ellos, agradecidos, no requisaron ni robaron en el poblado, sino que partieron envueltos en una polvareda ocre, hacia la sed, el hambre y el ocaso final.

Nazareth, que se había escondido en el gallinero, salió de allí para amonestarla por lo que había hecho.

—¿No sabés que son hombres de Lavalle y que Oribe les viene pisando el rastro? En un día lo tendremos acá al general, y segurito que si no otro, Leonor es bien capaz de denunciarte. ¿Qué harás entonces?, ¿qué le dirás al general de la Federación?

—Le diré que lo mismo hubiera hecho por sus hombres —respondió Solana, que no entendía aquellos enredos; nada le sugería la mazorca colorada, y mucho menos el junquillo celeste.

Un hombre con sed, agotado, malherido, era un hombre atrapado en el callejón del Destino, así que, en paz consigo misma, continuó regando coles y zanahorias mientras suspiraba: “¡Quién cultivara rosas! ¡Quién pudiera amamantar al Niño!”.

Pronto llegó el ejército colorado: eran hombres aguerridos, de brillantes uniformes, mejor comidos y hasta con banda de música.

El general Oribe era pequeño y apuesto, calzaba una impresionante casaca, botas francesas y tricornio. Pronto dejó sentado que si iban a requisar, a despojar, a matar, se haría legalmente, con papeles sellados y breves explicaciones que constaban en letra menuda.

La subversión unitaria no cundiría en Todos los Santos, aclaró al señor juez que, de pie en su propio despacho, contemplaba cómo Oribe, que ocupaba el sillón de la ley, acababa con el mejor clarete de la casa.

—Somos el Orden Federal —acentuó el uruguayo, levantando hacia el anciano un rostro hermoso y helado. El juez, sudando, asintió vigorosamente con la cabeza.

Hubo en aquel momento un tumulto y Leonor Nieto, que huía del edecán, cayó de rodillas ante Oribe, barbotando frases como “enemigos de la Santa Causa”, “asesinos de Dorrego”, “traidoras guarecidas entre la gente de bien”, y de un tirón nombró a la huérfana que tenía atragantada y a dos desgraciadas que metió para disimular: Pascuala la fortinera y Martina la cuartelera. La primera había bajado del Río Seco para asistir a su madre moribunda; ante el requiebro malicioso de un soldado de Lavalle, le había arrojado un limón. La segunda venía siguiendo al ejército unitario y, estando al parir, había sido abandonada en el pueblo para que no entorpeciera el cruce de las grandes salinas, hacia Catamarca.

Oribe —don Juan Manuel de Rosas había comisionado al general uruguayo para acorralar a Lavalle— prometió investigar y promover un castigo ejemplar para tan descaradas enemigas, que se creían amparadas en su condición de hembras.

No pasó más de un día cuando, con gran alboroto, las dos infelices fueron arrastradas al despacho del juez para que escucharan la sentencia.

Con Solana fue otro cantar: doña Ascensión se negó a entregarla, actitud cimentada en siglos de nunca olvidados privilegios de conquistadores y encomenderos, revolucionarios de primer orden y pensadores de segunda, de algún lejano mártir franciscano y un recordado obispo quemalibros.

Los soldados que fueron a prenderla se detuvieron ante la transparente mirada de Solana como si presintieran el umbral del sacrilegio; ¡si parecía una imagen de vestir, intocada y pura como los nombres de María Santísima!

Cuando volvían sin la prisionera, uno tartamudeó:

—¿Vieron? ¡Mismamente tenía una luz sobre la cabeza!

—Sería el sol que entraba por la puerta, so bestia —rezongó el sargento, inquieto, pues bien veía que el sol estaba sobre las tejas y no pasaría por aquella abertura hasta el atardecer.

Doña Ascensión no arriesgó una segunda oportunidad; se atrincheró a piedra y lodo, encerró a Solana en el dormitorio y se guardó la llave en el seno, entre camisolas, justillos y corpiños. Que la tomara de ahí quien se atreviera.

Una hora después llegó el señor juez con un oficial, pero como la señora entendía que sus fueros eran inalienables, los despidió con cajas destempladas.

Hubo un cónclave apresurado en casa de los Nieto, entre el estanciero, el cura y el letrado. Algún malicioso dijo que sólo faltaba el pulpero para que todas las fuerzas vivas del poblado estuvieran representadas.

Leonor, entre tanto, había recibido una tunda de su madre; no era cuestión de andar denunciando iguales, que nunca se sabía cuándo vendrían las tornas... Claro que, dadas así las cosas, quizás ahora Rafael entrara en razones; el verano iba para seco y bien les vendría contar con las vertientes que nacían en los campos de los Montano.

Finalmente se confió la misión a don Teodoro, el padre de Leonor, quien con gentiles maneras entró en la fortaleza y pidió que Solana estuviera presente para escuchar lo que venía a decirles. Dio ante la joven un cumplido discurso, cargado a cuenta de Oribe, con amenazas sobre la tía y la criada si ella se declaraba en desacato.

—Total, niña, sólo será un escarmiento. Te cortarán el pelo y sanseacabó. Y el pelo, vamos, qué es sino una mundanidad, sin contar que te crecerá en un tris.

La secreta verdad era que ni él ni el juez estaban seguros de que allí acabara el castigo, prefiriendo no especular si al insulto seguiría la injuria. Pero habían decidido —con el veto del fraile— que “por el bien común” sacrificarían a la santa entre las alegres para evitar malentendidos con el general.

Solana, sin entender de qué se la acusaba, aceptó por amor a las ancianas. Se presentó donde le ordenaron, escuchó la sentencia y a su debido tiempo compareció en la plaza.

Un silencio de misa se hizo cuando caminó, indiferente, hacia el oprobio. Iba vestida de blanco, con sencillez y, por evitar trabajos al verdugo, llevaba suelta la cabellera de arcángel.

Doña Ascensión, que había cedido por temor a que su actitud acarreara mayores daños a la sobrina, obtuvo la gracia de que se la mantuviera apartada de las prostitutas, de manera que al pie del tablado dispusieron una tarima para ella.

Solana parecía envuelta en una de sus ensoñaciones, pero al ver cómo maltrataban a las reas mientras los mirones se divertían —la gente principal estaba en primera fila, pues habían sacado los sillones a la plaza—, bajó de la tarima, subió al tablado y dijo al verdugo:

—Deje usted, que yo haré el trabajo tan bien como usía... aunque con más misericordia —y tomando las tijeras (que no eran otras que las de tusar caballos) alentó a ambas mujeres—: Ánimo, hermanas; hay que pasar por esto. Recemos el Dios te Salve.

La cuartelera, ante su gesto, cayó de rodillas y le besó las manos. Su vientre abultado y el dolor en su rostro sumido por el hambre hicieron saltar lágrimas a Solana, que la tomó por los codos, la ayudó a levantarse y, con gesto fraterno, cortó las mechas salvajes a conformidad del oficial. Luego, mientras las infelices se abrazaban en su vergüenza, Solana dijo con firmeza:

—Jamás varón alguno me ha tocado; que sea Leonor Nieto quien corte mi pelo.

Su rival, que estaba sentada en primera fila, palideció, se puso de pie, quiso dar un paso y cayó como fulminada. Sus familiares tuvieron que sacarla en andas mientras el pueblo humilde susurraba que el castigo le había llegado como le place al Todopoderoso, sin palo y sin piedra.

Doña Ascensión suplicó al oficial permiso para ser ella quien cortara el cabello de la joven y el hombre, sin habla, consintió con un ademán.

—Corte bien arriba, tiíta —indicó Solana—, que si el señor obispo lo permite, donaré mi pelo para la Virgen de Candonga, aunque no sea yo una Amuchástegui.

El padre Atanasio mandó de inmediato al monaguillo por un mantel de altar para recoger la ofrenda y doña Ascensión a Nazareth por sus tijeras de oro, a las que sumergieron en agua bendita. Para entonces, lo que había comenzado con chanzas y chillidos se mantuvo en un silencio de consagración.

El oficial carraspeó y murmuró:

—No corte tan alto, vamos, señora —y después, los hombros cuadrados ante el rigor de la escena, agregó—: Ya, ya; no hay que exagerar.

Con la última guedeja, mientras envolvían la rubia cabellera en la blancura del lino, siendo solamente las seis de una tarde de verano, una súbita oscuridad cayó sobre el poblado.

No hubo, como se dijo después, ni truenos ni ráfagas ni temblores: sólo una sofocante, silenciosa negrura que se reclinó sobre la tierra en la más pasmosa mansedumbre mientras Solana se sumía en un estado de inconsciencia.

Nazareth, las beatas y la tía se afanaron alrededor de ella. Una le tomó las manos y se las besó, musitando: “Están heladas”; otra le quitó las zapatillas y le friccionó los pies, envolviéndoselos con una mantilla. Llenas de aprensión y gimoteando en voz baja, las mujeres transportaron el cuerpo de Solana hasta la casa de su tía, y de allí a la alcoba, seguidas a distancia por Pascuala y Martina que, no osando entrar en la casona, se cobijaron entre las raíces de un sauce y se quedaron en silencio, las miradas perdidas, el entendimiento pendiendo de un hilo.

El pueblo se dispersó y tal parecía que regresaban del Gólgota cuando, acongojados, se refugiaron en sus casas. Oribe, desde la sala del juez, observaba en un silencio que ni sus edecanes se atrevían a romper. Imprevistamente, dio una contraorden.

El oficial que volvía de haber impuesto la condena se encontró a medio camino con el ayudante de campo.

—Ordena el general que nadie toque a esas mujeres.

—Ninguno de mis hombres se atrevería —replicó secamente el otro—, aunque se mandara lo contrario.

Encendieron un pitillo con manos temblorosas y abandonaron la plaza en penumbras como si aquél fuera día de Cenizas.

A la mañana siguiente, Oribe y sus hombres partieron tras el enemigo, pero sólo encontraron pozos contaminados, vertientes secas, ríos de arena. El agua, que generosamente repartiera Solana, se volvió esquiva para ellos. Después que el capellán dedicó un oficio a Nuestra Señora de Nieva, el cielo respondió con un diluvio que parecía destinado a ahogarlos. Quedaron empantanados, perdieron pertrechos y el ejército de Lavalle se les esfumó en la neblina de la garúa.

En el pueblo, Solana dormía en un trance del que no lograban despertarla, y cuando quisieron darse cuenta, una horda de espíritus se había adueñado del lugar, apagando fogones e incendiando los techos, secando los pozos tanto como las ubres.

Los cirios se consumían en minutos y los papeles se avejentaban en horas en el despacho del juez. Las cosechas se helaron en pleno estío y todas las tijeras se herrumbraron. La Luz Mala sitiaba el caserío no bien oscurecer y los perros aullaban al cielo noche tras noche, con un lamento que parecía convocar a las ánimas. Aunque el letrado aseguraba que eran cantos gregorianos, el padre Atanasio no pudo confirmarlo, porque teniendo el alma en paz y siendo duro de oído, se dormía en cuanto daban las completas.

La gente comenzó a peregrinar a casa de doña Ascensión y muchos dejaron de visitar a los Nieto: desde el incidente, Leonor había adquirido la costumbre de orinarse en público y despedir ventosidades, y Rafael había huido a Santa Fe para darse a la mala vida.

Murió la madre de la fortinera, y la mujer desapareció después de enterrarla. La cuartelera, en cambio, permaneció por los alrededores, arisca como gato hambreado que teme aceptar la comida que puede volverse cautiverio, y la gente se acostumbró a verla, con su patética preñez, atisbando por los huecos de las tapias de la viuda, o tomando agua de las acequias como un animal enfermo. Nazareth, condolida, le dejaba comida en un plato, como al acaso.

Cuando la aflicción por Solana y las desdichas del pueblo llegaron al colmo, sucedió algo extraño.

Fue al amanecer; Nazareth, que había llegado unos minutos antes para suplantar a su ama, pues entre ambas vigilaban el sueño de la joven, quedó boquiabierta cuando, entre dos parpadeos y un bostezo, vio una monjita orando, casi oculta entre los cortinados de la cama.

Luego de santiguarse, la desconocida se inclinó, besó a la durmiente en los párpados y Solana despertó serenamente. Su primer gesto fue volverse hacia el arca del Niño Dios para exclamar con voz todavía cargada de sueño:

—¡Mi Santo Niño, por qué me has abandonado!

Doña Ascensión, que dormitaba en la desvencijada poltrona, oyó la voz de su sobrina despejándole como un soplo el entendimiento, y abrió los ojos. Lo primero que observó fue a Nazareth, llorando en silencio, como si temiera espantar angelitos, mientras contemplaba a una joven de hábito que conversaba gentilmente con Solana. Luego escuchó la voz de la huérfana contando a la religiosa los sueños que había tenido, sobre sucesos terribles que atormentaban a Todos los Santos, suplicándole que intercediera para que cesara todo mal y se borrara todo daño.

—...pues bien sabe Diosito que no guardo rencores en mi alma.

—El Señor te concederá lo que pides, pues nunca has pedido nada para ti —le aseguró la monjita. E inclinándose hacia Solana, le preguntó en un susurro:

—¿Sabes quién soy?

La huérfana negó con la cabeza.

—Soy la guardiana de tus sueños —musitó ella, y dejó sobre la almohada un ramo de rosas. Se fue tan discretamente como había entrado y Nazareth, que la siguió hasta la galería mientras se secaba los ojos, volvió diciendo:

—No sé por dónde salió, pero por la puerta no fue.

Doña Ascensión, sin darle importancia, se llevó el índice a la boca, mostrándole el rosario, mientras declaraba entre dos salves:

—Se habrá ido por el huerto.

En la atmósfera intensamente perfumada, mientras rezaban custodiando el ahora pacífico adormecimiento de Solana, les pareció que el ramo de rosas, junto al rostro arrebolado de la joven, brillaba de rocío amanecido.

La mañana llegó con inesperadas alegrías: los pájaros cantaron, las gallinas llenaron de huevos los nidos, las vacas y las cabras recuperaron la leche. El maíz creció en una noche y la campana de la capilla tañó anunciando las gratas noticias, aunque el padre Atanasio sospechó que un pícaro mocoso, camino a juntar leña, le había dado al repique. A las pocas horas, el pelo de Solana había crecido, recuperando parte de su largura.

En los días siguientes, mientras la joven convalecía, comenzaron a llegar los vecinos con modestos presentes: unos huevitos de perdiz, moteados; una piedra de mica que semejaba un espejo; una canasta con los frutos de la pasionaria, de entraña sangrante y dulzor baboso.

Luego se dijo que cuando le llevaban criaturas desmedradas, ella las curaba con el roce de su mano; que su sola conmiseración ponía alimento en la mesa del pobre; que se le había concedido el don de encontrar esquivos manantiales...

Sólo una tristeza tenía la joven: el Niño Santo, bello y frío, no había vuelto a abandonar su lecho de cristal y flores secas para dormir junto a ella.

Cuando Solana mejoró, acompañada de Nazareth y de unas monedas gordas sacadas por su tía de secreto escondite, caminaron hasta San Isidro, donde un grupo de religiosas se había refugiado, huyendo de la ciudad devastada.

Una monja madura, con esbozo de bigote y gruesos espejuelos, las recibió a regañadientes, parapetada detrás de una abertura enrejada que habían abierto a modo de locutorio.

Cohibidas ante su desconfiada autoridad, intentaron explicar que querían agradecer a una hermanita de hábito que...

—Están equivocadas —las interrumpió la superiora, que estaba harta de oír hablar de Solana y sus milagrerías—; mis hijas no son cabras para andar por los montes visitando señoritas con pretensiones de santas.

Cuando la joven y la criada se retiraban, mohínas, vieron un hermoso retrato iluminado y ante la insistencia de Solana, que la reconoció como su benefactora, la priora frunció la nariz, olisqueando la herejía.

—Faltaba más —les endilgó—, que pretendan que Santa Rosa de Lima las haya visitado, siendo que lleva muerta dos siglos a lo menos.

Cuando dejaron el convento, el portero hizo caer la tranca del portón con un ruido de hierro y un toser de maderas a sus espaldas.

La criada y la huérfana, del brazo en la tierna tarde de otoño, tomaron el atajo hacia Todos los Santos.

—¿Será posible que Santa Rosa nos haya visitado? —preguntó, dubitativa, Solana.

—Era ella, Solanita, no hay dudas. ¿De dónde va a sacar una monja rosas en estos descampados?

—¡Si el Niño volviera a abrazarme! —suspiró la joven, tocada por la brisa que aún olía a tomillo.

Cuando entraron en la casa, la encontraron llenas de exclamaciones y sonidos de trastos, y en la alcoba, a doña Ascensión, acompañada de varias mujeres, al parecer, muy inquietas.

—¡Mira! —sollozó y rió la señora a un tiempo, poniéndole en brazos a una criatura recién nacida.

Solana, temblorosa, creyó que era el Sagrado Infante pero en la urna, el Niño le sonreía con la cabeza inclinada hacia ella.

—Lo encontramos acostadito a su lado —susurró una vecina.

—Todavía huele a rosas —dijo una muchachita descalza.

Solana metió la mano en la caja de vidrio: los pétalos, antes resecos y polvorientos, se habían convertido en rosas de otoño, suaves y sin espinas.

Y ante un apremiante instinto, se abrió la blusa y presentó el pecho rosado, el pezón suave y jamás besado, a la boca hambrienta de la criatura. No tenía leche, pero pronto la sintió fluir desde algún rincón secreto de su mente que le ordenaba amamantar al niño.

Rumbo a Catamarca, siguiendo el Camino Real, Martina, la cuartelera, caminaba tras los rezagados de Lavalle con las entrañas desgarradas. A veces se sentaba en el suelo, las manos apretándose el vientre, dos aureolas oscuras en la tela que rodeaba sus pechos, y recibía la pulla de los soldados sin inmutarse.

Los hombres terminaron por comprender la enormidad de su dolor, entonces, como tocados por un milagro de caridad, le acercaron agua, le ofrecieron un trozo de pan y le vendaron con sus pañuelos los pies sangrantes, para que pudiera seguirlos sobre el mar de sal.

 

Esta es una de las maravillosas historias del libro de CRISTINA BAJO:  TU, QUE TE ESCONDES de EDITORIAL SUDAMERICANA

Sobre la Autora

Nació en Córdoba en 1937 y se crió en las Sierras. El interés de su familia se centraba en la literatura, la historia, el arte, la política y la naturaleza, no necesariamente en ese orden.
Comenzó a escribir muy pronto, pero no intentó publicar, pues le parecía imposible. Fue maestra rural, se casó, tuvo dos hijos, abrió una librería, diseñó ropa artesanal, recogió animales abandonados, plantó árboles y siguió escribiendo.
En 1995, sus amigos Javier Montoya y Silvina Rivilli, de Ediciones del Boulevard, decidieron publicar su novela Como vivido cien veces. A ésta le siguieron En tiempos de Laura Osorio y una novela que transcurre en el siglo XVIII: Sierva de Dios, ama de la muerte. Luego recopiló un libro de leyendas para adolescentes, La señora de Ansenuza (Del Boulevard 1997, reeditado en 2008), y en 2001 otro para niños, El guardián del último fuego (reeditado en 2007 por La Brujita de Papel). Editorial Sudamericana reeditó todas sus novelas y dos obras nuevas: Tú, que te escondes (2004), de cuentos góticos, y La trama del pasado (2006), tercer volumen de la saga de los Osorio que, al igual que los dos primeros, puede leerse independientemente del resto.
En 2005, Cristina Bajo recibió dos importantes distinciones: el Premio Literario Academia Argentina de Letras por Tú, que te escondes y el Premio Especial Ricardo Rojas del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires (para libros publicados) por Sierva de Dios, ama de la muerte, que Sudamericana relanzó aquí como El jardín de los venenos (en España, bajo el sello de Grijalbo) y ya fue traducida a tres idiomas. Sus libros se reeditan constantemente, han estado en las listas de los más vendidos en la Argentina y han tenido excelentes reseñas, entre ellas, en El País de Madrid.
En la actualidad está escribiendo dos novelas y dicta cursos de historia y literatura.

Además de novelas románticas históricas, ha escrito varias antologías de cuentos basados en leyendas argentinas, e incluso un libro de cocina. En 1998, fue elegida "Mujer del Año" de la provincia de Córdoba. En 2004 fue galardonada con el Premio Literario Academia Argentina de Letras por su antología "Tú, que te escondes" y en 2005 con el Premio Especial Ricardo Rojas del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires por "El jardín de los venenos", originalmente titulado "Sierva de Dios, ama de la Muerte".

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