miércoles, 28 de diciembre de 2011

Cuento: LA FE Y LAS MONTAÑAS


 

Una historia de Augusto Monterroso

Al principio la Fe movía montañas sólo cuando era absolutamente necesario, con lo que el paisaje permanecía igual a sí mismo durante milenios.
Pero cuando la Fe comenzó a propagarse y a la gente le pareció divertida la idea de mover montañas, éstas no hacían sino cambiar de sitio, y cada vez era más difícil encontrarlas en el lugar que uno las había dejado la noche anterior; cosa que por supuesto creaba más dificultades que las que resolvía.
  La buena gente prefirió entonces abandonar la Fe y ahora las montañas permanecen por lo general en su sitio.
  Cuando en la carretera se produce un derrumbe bajo el cual mueren varios viajeros, es que alguien, muy lejano o inmediato, tuvo un ligerísimo atisbo de Fe.

martes, 27 de diciembre de 2011

NO TE RINDAS. MARIO BENEDETTI

 

Yo me pregunto que hace tanto tiempo que venimos peleando y repetimos las mismas cosas, a veces se hace difícil seguir adelante y creer que uno tiene razón. Pero alguien dijo una vez:


No te rindas, aun estas a tiempo de alcanzar y comenzar de nuevo,
aceptar tus sombras, enterrar tus miedos, liberar el lastre, retomar el vuelo.
No te rindas que la vida es eso, continuar el viaje,
perseguir tus sueños, destrabar el tiempo,
correr los escombros y destapar el cielo.
No te rindas, por favor no cedas,
aunque el frió queme, aunque el miedo muerda,
aunque el sol se esconda y se calle el viento,
aun hay fuego en tu alma, aun hay vida en tus sueños,
porque la vida es tuya y tuyo también el deseo,
porque lo has querido y porque te quiero.
Porque existe el vino y el amor, es cierto,
porque no hay heridas que no cure el tiempo….
“Busca tus sueños
Sigue tu destino
Deja tus huellas
No mires atrás
Escala montañas
Y llega hasta el cielo
Descubre la selva
Desafía al mar
Tu corazón te llevara
A descubrir aquello que buscas”
.… abrir las puertas quitar los cerrojos,abandonar las murallas que te protegieron.
Vivir la vida y aceptar el reto, recuperar la risa, ensayar el canto,
bajar la guardia y extender las manos, desplegar las alas e intentar de nuevo,
celebrar la vida y retomar los cielos, (el vuelo)
“Busca tus sueños
Sigue tu destino
Deja tus huellas
No mires atrás
Escala montañas
Y llega hasta el cielo
Descubre la selva
Desafía al mar
Tu corazón te llevara
A descubrir aquello que buscas”
No te rindas por favor no cedas,
aunque el frió queme, aunque el miedo muerda,
aunque el sol se ponga y se calle el viento, aun hay fuego en tu alma,
aun hay vida en tus sueños, porque cada día es un comienzo,
porque esta es la hora y el mejor momento, porque no estas solo,
porque yo te quiero.
“Buscare mis sueños
Buscare mi destino
Seguiré el camino entre el cielo y el mar
Cruzare fronteras
llegare hasta el cielo
cruzaré la selva
desafiaré al mar.
Se que puedo, es mi visión, seguiré el latido de mi corazón
Y llegaré a descubrir aquello que soñé”

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viernes, 23 de diciembre de 2011

El LABERINTO DE LA RENOVACIÓN

Un cuento de Ana Cuevas Unamuno

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Hace ya mucho tiempo, en un tiempo anterior a este tiempo, había un pueblo en el cual desde siempre existía una costumbre: cada año justo en la luna anterior al nacimiento de los frutos, se realizaba la limpieza de Primavera.

Esto nada tenía de especial, en muchos pueblos se llevaba a cabo el mismo ritual, pues era firme creencia desde tiempos remotos y olvidados, que la abundancia solo llegaba a aquellos sitios donde lo inservible se desechaba, lo roto se reparaba y todo circulaba. Así sucedía en la naturaleza, ¿porqué no iba a ser igual en la vida de los hombres?.

Las plantas se desprendían llegado el invierno de todas sus pertenencias gastadas, para rebrotar en primavera, los desechos creaban el abono, los frutos no consumidos se pudrían.....

Pero en el pueblo del que hablamos este rito era muy especial y nadie nunca, nunca, olvidaba celebrarlo.

Ese día se levantaban bien temprano y todos los miembros de la familia sacaban fuera de la casa la totalidad de sus pertenencias. Una vez vaciada la casa era limpiada, fregada, sacudida desde el techo al piso. Las ventanas y puertas abiertas de par en par. Los más pequeños escalaban las chimeneas rasqueteando el hollín, los hombres jóvenes trepaban al techo quitando la paja gastada o rota reemplazándola por hatos nuevos, los más ricos cambiaban sus tejas.

Llegado el mediodía todos se reunían junto a la pila de pertenencias; tomaban uno por uno los múltiples objetos, lo revisaban minuciosamente y luego, si a sus ojos resultaba valioso y necesario lo limpiaban con esmero colocándolo en una pila, más si estaba defectuoso resultando sin embargo aún útil, lo colocaban en otra pila. La tercera pila acumulaba todo aquello que ya no servía y la cuarta lo que durante todo ese año no había sido utilizado, sin importar en que condiciones se hallara. Por último creaban una quinta pila donde colocaban todo aquello que, aún siendo muy amado, la familia o alguno de sus miembros, deseaba dar a otro. Caía la tarde cuando los objetos elegidos eran llevados nuevamente al interior del hogar y colocados cada uno en el sitio destinado.

Terminada esta tarea cuatro pilas de objetos quedaban ante cada fachada. Ese era el momento en que comenzaba la ronda. Todos los habitantes del pueblo participaban. La ronda iniciaba en la residencia del jefe y de allí iba casa por casa, repitiendo el mismo ritual, hasta que todas hubiesen sido visitadas.

La familia visitada se paraba junto a la entrada de su casa, delante se alzaban los pilones y detrás de ellos los vecinos. El jefe de familia se adelantaba, señalaba la pila de objetos a reparar y decía:

— Este invierno los repararemos, esa será nuestra tarea —.

Los vecinos observan los objetos y asentían:

— Así sea —

Luego el jefe de familia señalaba la pila de los objetos inservibles y afirmaba:

—Ya han cumplido su ciclo, mi familia les deja partir—

Si algún vecino deseaba algo podía tomarlo, si nadie decía ni hacia nada, cuando concluía la visita se le prendía fuego.

Le tocaba entonces el turno a la mujer, su esposo se retiraba hacia atrás y ella adelantándose decía señalando la tercer pila:

— No hemos utilizado nada de esto durante todo un año, sabemos ahora que no nos es necesario, lo devolvemos al mundo.—

Los vecinos se acercaban a la pila, miraban uno por uno los objetos y tomaban aquello que deseaban, agradeciendo a la familia con la frase:

—Que la vida os colme de dicha recompensando vuestra generosidad. Que la abundancia circule constante —

Concluida esta fase la dueña de casa acercándose a la última pila, tomaba un objeto por vez y lo ofrecía a alguno de sus vecinos, diciendo por ejemplo:

—Este saco muy querido a protegido del frío a mi hija Evita, ahora deseamos que proteja al pequeño Juan hijo de mi querida amiga Marta— o bien decía —Esta manta que he tejido con amor servirá para cubrir la cama de nuestra querida Karen — alcanzándole la manta a una anciana. O bien decía—Este cofre a pertenecido por cinco generaciones a mi familia, nos es muy querido por eso deseamos regalárselo a nuestro tan respetado vecino Pedro —

Así de cada objeto decía algo mostrando su valía e importancia antes de honrar a otro con su regalo.

Cuando concluía todos prendían fuego a la pila de objetos inútiles y la ronda proseguía a la siguiente vivienda y así hasta bien entrada la noche.

Una vez visitados todos los hogares, cuando la luna iluminaba en su redondez y las estrellas creaban sus diseños, todos se reunían en el centro del pueblo donde se alzaba una gran hoguera, llegaba entonces el momento más importante de la jornada; era el tiempo privado de limpieza.

Cualquier miembro de la comunidad podía acercarse a la hoguera, todos hacían silencio mientras quien se había acercado a la hoguera arrojaba pequeñas piedras al fuego. Cada piedra representaba algo de lo que deseaba desprenderse: una culpa, un remordimiento, un temor, una duda, un mal recuerdo...

A veces, cuando ya nadie se levantaba, algún miembro de la comunidad podía acercarse al centro y girar mirando no al fuego, sino a un vecino, el silencio era entonces más profundo y tenso pues todos sabían que el señalado tenía algo de lo que desprenderse. El acusador preguntaba, por ejemplo, al señalado: Vecina Matilde, este año en el mes de agosto, me has mentido diciéndome que no habías visto mis gallina, no te he visto arrojar al fuego tu mentira, ¿deseas conservarla? —

Por cierto la vecina podía cruzar sus brazos sin responder, dando por negada la acusación, y en ese caso nadie intervenía, ni juzgaba; o bien podía la persona acusada levantarse y arrojar una piedra al fuego diciendo que se desprendía de tan despreciable conducta.

Cuando todo concluía comenzaba la música y con ella las risas, la danza y la gran comida. Una refrescante sensación de renovación se filtraba en el alma de todos, en la tierra, en los cielos, en las piedras.....

Pero... ¿Por qué dije que este pueblo era especial?

Por que cuando con el paso del tiempo los pueblos olvidaron moverse en armonía con los ciclos naturales los habitantes de este pueblo hicieron un juramento: conservarían y trasmitirían este renovador ritual y cada año cada uno de ellos y de sus descendientes y de los descendientes de sus descendientes, arrojarían al fuego central una piedra desprendiendo por medio de ella la oscuridad que dominaba el corazón de los hombres del mundo

—En nombre de la humanidad me desprendo del egoísmo— decía por ejemplo uno

—En nombre de la humanidad me desprendo del miedo— decía otro

—En nombre de la humanidad me desprendo de rencores viejos—decía un tercero

—En nombre de la humanidad me desprendo de la ira — decía un cuarto

..... Ahora te toca a ti.........

© Ana Cuevas Unamuno

miércoles, 21 de diciembre de 2011

CUENTO: Una Navidad


 

Un Cuento de Truman Capote (EE. UU.)


Primero, un breve preámbulo autobiográfico. Mi madre, mujer excepcionalmente inteligente, era la chica más guapa de Alabama. Todo el mundo lo decía, y era verdad. A los dieciséis años se casó con un hombre de negocios de veintiocho que provenía de una buena familia de Nueva Orleans. El matrimonio duró un año. Ella era demasiado joven tanto para ser madre como para ser esposa; era además demasiado ambiciosa -quería ir a la universidad para tener una carrera. De modo que dejó a su marido; y, por lo que a mí se refiere, me puso al cuidado de su numerosa familia de Alabama.
Durante años, rara vez vi a ninguno de mis padres. Mi padre tenía asuntos en Nueva Orleans, y mi madre, tras graduarse, empezaba a abrirse camino por sí misma en Nueva York. En lo que a mí me concernía, ésta no era una situación desagradable. Era feliz donde me hallaba. Tenía a muchos parientes amables conmigo, tías y tíos y primos y, especialmente, a una prima ya mayor, con el pelo canoso, una mujer ligeramente tullida llamada Sook. Miss Sook Faulk. Tenía a otros amigos, pero ella era, con mucho, mi mejor amiga.
Fue Sook quien me habló de Papá Noel, de su barba abundante, su traje rojo y su ruidoso trineo cargado de regalos, y yo la creí, del mismo modo que creía que todo era voluntad de Dios, o del Señor, como siempre le llamó Sook. Si tropezaba, o me caía del caballo, o pescaba un gran pez en el riachuelo-bueno, para bien o para mal, todo era por voluntad del Señor. Y eso fue lo que dijo Sook al recibir las alarmantes noticias de Nueva Orleans: Mi padre quería que yo fuera a pasar con él la Navidad.
Lloré. No quería ir. Nunca había salido de aquella aislada y pequeña ciudad de Alabama, rodeada de bosques, granjas y ríos. Jamás me acostaba sin que Sook me peinara el pelo con los dedos y me besara para darme las buenas noches. Además, me asustaban los extraños, y mi padre era un extraño. A pesar de haberlo visto varias veces, su imagen se confundía en mi memoria; ignoraba qué aspecto tenía. Pero como decía Sook: "Es la voluntad del Señor. Y, quién sabe, Buddy, quizás hasta veas la nieve".
¡Nieve! Hasta que aprendí a leer por mí mismo, Sook me leyó muchos cuentos, y parecía haber cantidad de nieve en la mayoría de ellos. Deslumbrantes copos de ensueño deslizándose por los aires. Era algo con lo que soñaba; algo mágico y misterioso que deseaba ver y sentir y tocar. Por supuesto, ni Sook ni yo nunca lo habíamos hecho; ¿cómo habríamos podido hacerlo viviendo en un lugar tan caluroso como Alabama? No sé cómo pudo pensar que yo vería nieve en Nueva Orleans, ya que Nueva Orleans es aún más calurosa. Pero qué más da. Intentaba infundirme coraje para emprender el viaje.
Me dieron un traje nuevo. Me colgaron en la solapa una tarjeta con mi nombre y mi dirección. Eso, por si me perdía. El caso es que iba a hacer solo el viaje. En autobús. En fin, todos pensaron que estaría a salvo con mi tarjeta. Todos, excepto yo. Estaba asustado; enfadado. Furioso con mi padre, ese extraño, que me forzaba a abandonar mi casa y a separarme de Sook por Navidad.
Se trataba de un viaje de cuatrocientas mill s , poco más o menos. Mi primera parada fue Mobile. Allí, cambié de autobús, y viajé horas y horas por tierras pantanosas a lo largo de la costa hasta llegar a una ciudad ruidosa, con tranvías tintineantes y mucha gente peligrosa con pinta extranjera.
Era Nueva Orleans.
Y, de pronto, al bajar del autobús, un hombre me rodeó con sus brazos y me exprimió la respiración; reía y lloraba -un hombre alto y apuesto, riendo y llorando. Dijo:
-¿No me conoces? ¿No conoces a tu padre?
Yo había enmudecido. No dije una sola palabra hasta que, al fin, mientras íbamos ya en un taxi, le pregunté:
-¿Dónde está?
-¿La casa? No muy lejos.
-No, la casa no. La nieve.
-¿Qué nieve?
-Creía que habría un montón de nieve.
Me miró con extrañeza, pero acabó por reír.
-Nunca ha nevado en Nueva Orleans. Al menos nunca que yo sepa. Pero escucha: ¿oyes ese trueno? Seguro que va a llover.
No sé qué es lo que más me asustaba, si el trueno, los fulminantes rayos que lo seguían -o mi padre. Aquella noche, al acostarme, seguía lloviendo. Recité mis oraciones y recé para estar pronto de vuelta a casa con Sook. No sabía cómo iba a poder dormirme sin que ella me diera el beso de las buenas noches. Lo cierto es que no conseguía dormirme, de modo que me puse a pensar en lo que iba a traerme Papá Noel. Quería un cuchillo con el mango de nácar. Y un gran rompecabezas. Un sombrero de cow-boy con un lazo de rodeo. Un rifle BB para matar gorriones. (Años más tarde, tuve una escopeta BB con la que maté un sinsonte y un mirlo, y jamás he podido olvidar cuánto lo sentí y cuánta pena me dio; nunca volví a matar otra cosa, y todos los peces que pesqué los devolví al agua.) También quería una caja de lápices. Y, más que cualquier otra cosa, una radio, pero sabía que era imposible: no conocía ni a diez personas que tuvieran radio.
Recordarán que era la época de la Depresión, y en el Profundo Sur eran escasas las casas que tuvieran radio o refrigerador.
Mi padre tenía las dos cosas. Parecía tenerlo todo -un coche con el asiento trasero descubierto, por no hablar de una casita color rosa en el Barrio Francés, con balcones de hierro forjado y un patio interior ajardinado, lleno de flores y refrescado por una fuente en forma de sirena. También tenía media docena, por no decir toda una docena, de amigas. Al igual que mi madre, mi padre no había vuelto a casarse; pero los dos tenían a admiradores asiduos, y, quisiéranlo o no, antes o después recorrieron el camino del altar-en realidad, mi padre lo recorrió seis veces.
Pueden, pues, comprobar que tenía un gran encanto; y, de hecho, parecía seducir a la mayoría de la gente-a todos menos a mí. Eso era lo que me azaraba tanto, siempre arrastrándome de aquí para allá para que conociera a sus amigos, a todos, desde el banquero hasta el barbero que le afeitaba cada día. Y, naturalmente, a todas sus amigas. Y lo que es peor: se pasaba el tiempo besándome, achuchándome y presumiendo de mí. ¡Me sentía tan avergonzado! Primero, no había nada de qué presumir. Yo era un auténtico chico de campo. Creía en Jesús y rezaba concienzudamente mis oraciones. Estaba convencido de que existía Papá Noel. Y, en mi casa de Alabama, excepto para ir a la iglesia, nunca llevaba zapatos, invierno o verano.
Era una auténtica tortura ser arrastrado por las calles de Nueva Orleans dentro de aquellos zapatos fuertemente atados, calientes como el infierno, tan pesados como de plomo. No sé qué era peor, si los zapatos o la comida. En mi casa estaba acostumbrado al pollo a la parrilla, a las verduras estofadas, a las judías con mantequilla, a pan de maíz y a otras cosas reconfortantes. ¡Pero esos restaurantes de Nueva Orleans! Nunca olvidaré mi primera ostra, era como un mal sueño deslizándose por mi garganta; tuvieron que transcurrir décadas antes de que volviera a tragar otra. En cuanto a toda esa comida criolla cargada de especias-sólo pensarlo me da acidez. No señor, yo añoraba las galletas recién sacadas del horno, la leche fresca de vaca y la melaza casera. Mi pobre padre no tenía ni idea de cuán desgraciado era yo, en parte porque nunca dejé que lo notara ni porque jamás se lo dije; en parte porque, aunque mi madre protestara, él se las
había ingeniado para conseguir mi custodia legal durante las vacaciones de Navidad.
Me decía:
-Di la verdad, ¿no quieres venir a vivir aquí conmigo, en Nueva Orleans?
-No puedo.
-¿Qué significa que no puedes?
-Añoro a Sook. Añoro a Queenie; tenemos un conejito de Indias muy divertido. Lo queremos mucho.
Dijo mi padre:
-¿Es que a mí no me quieres?
Dije yo:
-Sí.
Pero la verdad es que, a excepción de Sook y de Queenie y de unos pocos primos y de un retrato de mi hermosa madre al lado de la cama, no tenía una idea muy clara de lo que significaba querer.
Pronto lo descubrí. La víspera de Navidad, mientras caminábamos por Canal Street, me paré en seco, extasiado ante un objeto mágico que vi en el escaparate de una gran tienda de juguetes. Era la maqueta de un avión lo bastante grande como para sentarse dentro y pedalear como en una bicicleta. Era verde y tenía una hélice roja. Estaba convencido de que, si pedaleara con la suficiente energía, ¡el avión despegaría y levantaría el vuelo! ¡Habría sido en todo caso fantástico! Ya podía ver a mis primos en el suelo mientras yo volaba por entre las nubes. ¡Ver para creer! Reí; reí y reí. Fue la primera vez que mi padre pareció sentirse a gusto conmigo, si bien no supiera qué me había parecido tan divertido.
Aquella noche recé para que Papá Noel me trajera el avión.
Mi padre había comprado ya un árbol de Navidad, y estuvimos un montón de tiempo en un supermercado eligiendo cosas para adornarlo. Entonces, cometí un error. Coloqué un retrato de mi madre bajo el árbol. En el momento en que mi padre lo vio, se puso pálido y empezó a temblar. Yo no sabía qué hacer. Pero él sí. Fue hacia un armario y sacó de él una botella y un vaso largo. Reconocí la botella porque todos mis tíos de Alabama tenían muchas exactamente iguales. iPuro "Moonshine", licor destilado ilegalmente durante la Prohibición! Llenó el vaso y se lo bebió entero de un trago. Hecho esto, fue como si el retrato se hubiera desvanecido.
Esperé, pues, la Nochebuena y el siempre excitante advenimiento del orondo Papá Noel. Por supuesto, jamás había visto ese pesado y ruidoso gigante con la panza hinchada dejarse caer por la chimenea y exhibir alegremente su generosidad bajo un árbol de Navidad. Mi primo Billy Bob, que era un miserable enanito, pero que tenía un cerebro como un puño de hierro, afirmaba que todo eso era una tontería, que no existía semejante criatura.
-¡Vaya!-dijo-. Creer que un Papá Noel existe es como creer que una mula es un caballo.
Esta disputa tenía lugar en la plaza del pequeño juzgado. Le contesté:
-Existe un Papá Noel porque lo que hace es voluntad del Señor, y todo lo que es voluntad del Señor es verdad.
Y, escupiendo en el suelo, Billy Bob se alejó:
-¡Bueno, al parecer, tenemos a otro predicador entre nosotros!
Siempre me hacía a mí mismo la promesa de no dormir en Nochebuena, quería oír el baile saltarín del reno en el tejado y quedarme allí, al pie de la chimenea, esperando a Papá Noel para saludarle. Y, en aquella Nochebuena en particular, nada me parecía más fácil que permanecer despierto.
La casa de mi padre tenía tres pisos y siete habitaciones, algunas espaciosas, sobre todo las tres que daban al jardín del patio: el salón, el comedor y una sala de música para los que querían bailar, tocar música y jugar a las cartas. Los dos pisos superiores estaban adornados con balcones de hierro forjado, cuyos intrincados barrotes verde oscuro se hallaban delicadamente entrelazados con buganvilia y rizadas guirnaldas de orquídeas-planta ésta que parece un lagarto chasqueando su lengua roja. Era el tipo de casa ostentosa con suelos encerados, algún mimbre por aquí y algún terciopelo por allá. Podría haber sido confundida con la casa de un rico; era más bien la casa de un hombre con pretensiones de elegancia. Para un pobre (pero feliz) chico descalzo de Alabama, era todo un misterio el modo en que se las arreglaba para satisfacer esta aspiración.
No había en cambio misterio alguno en lo que se refiere a mi madre, quien, tras graduarse en la universidad, se esforzaba por ejercer todos sus encantos mientras luchaba por encontrar en Nueva York al novio adecuado que pudiera permitirse vivir en pisos de Sutton Place y adquirir abrigos de marta cebellina. No, los recursos de mi padre le eran de sobra conocidos aunque nunca mencionara el asunto hasta años después, cuando ya había podido comprarse collares de perlas que colgaban de su cuello envuelto en pieles.
Había ido a visitarme a uno de esos internados snobs de Nueva Inglaterra (donde mi enseñanza era costeada por su rico y generoso marido), cuando algo que comenté la enfureció; gritó:
-¡Conque no sabes por qué vive tan bien! Yates y cruceros por las islas griegas. Pues, ¡sus mujeres! Piensa en esa larga lista. Todas viudas. Todas ricas. Muy ricas. Y todas mucho mayores que él. Demasiado viejas para que cualquier joven sensato se case con ellas. Es por lo que eres su único hijo. Y ésta es la razón por la que jamás volveré a tener otro -yo era demasiado joven para tener hijos, pero él era una bestia, acabó conmigo, me estropeó.
Just a gigolo, everywhere I go, people stop and stare... Moon, moon olser Miami... This is my first affair, so please be kind. Hey, mister, can you spare a dime?... Just a gigolo, everywhere I go, people stop and stare...
Mientras estuvo hablando (yo intentaba no escuchar, porque, al decirme que mi nacimiento había acabado con ella, estaba ella acabando conmigo), estas melodías, u otras semejantes, rondaban por mi cabeza. Me ayudaban a no escucharla, y me recordaban la extraña e inolvidable fiesta que dio mi padre en Nueva Orleans en aquella Nochebuena.
Iluminaron el patio de velas, al igual que las tres habitaciones que daban a él. La mayoría de los invitados estaba reunida en el salón, donde un pálido fuego en la chimenea arrancaba destellos al árbol de Navidad; otros muchos bailaban en la sala de música y en el patio a los acordes de un gramófono. Tras haber sido presentado a los invitados y agasajado por todos, me enviaron arriba; pero, desde la terraza detrás de la contraventana francesa de la puerta de mi habitación, podía ver toda la fiesta, observar a las parejas mientras bailaban. Vi a mi padre bailando un vals con una mujer elegante alrededor del estanque que rodeaba la fuente de la sirena. Era realmente elegante, y llevaba un ligero vestido plateado que relucía a la luz de las velas; pero era mayor- como mínimo diez años mayor que mi padre, quien, en aquella época, tenía treinta y cinco.
De pronto me di cuenta de que mi padre era, con mucho, el más joven de su fiesta. Ninguna de las mujeres, por encantadoras que fueran, eran más jóvenes que la esbelta bailadora de vals con el ondulante traje plateado. Lo mismo ocurría con los hombres, quienes, en su mayoría, fumaban aromáticos puros habanos; más de la mitad eran lo suficientemente viejos como para ser padres de mi padre.
Vi entonces algo que me hizo parpadear. Mi padre y su ágil acompañante se habían desplazado sin dejar de bailar hasta un lugar semioculto por las orquídeas; se abrazaban y se besaban. Me quedé tan sobrecogido, tan furioso, que corrí a mi habitación, salté dentro de la cama y me tapé la cabeza con las sábanas. ¿Qué podía querer mi joven y apuesto padre de una vieja como aquélla? ¿Y por qué toda esa gente ahí abajo no se iba de una vez para que Papá Noel pudiera entrar? Permanecí despierto durante horas oyendo cómo se marchaban los invitados y, cuando mi padre dio las buenas noches por última vez, oí cómo subía las escaleras y abría la puerta de mi dormitorio para echar un vistazo; pero me hice el dormido.
Muchas cosas ocurrieron que me mantuvieron despierto toda la noche. Primero, las pisadas, el ruido de mi padre subiendo y bajando las escaleras, respirando con dificultad. Tenía que ver qué hacía. De modo que me escondí en el balcón, entre la buganvilia. Desde allí tenía una visión completa del salón, del árbol de Navidad y de la chimenea, donde todavía ardían pálidas llamas. Además, podía ver a mi padre. Caminaba a gatas por debajo del árbol disponiendo una pirámide de paquetes. Envueltos en papel púrpura, y rojo y dorado, y azul y blanco, crujían levemente cuando él los movía. Me sentía aturdido, ya que lo que veía me obligaba a reconsiderarlo todo. Si se suponía que estos regalos eran para mí, obviamente no habían sido enviados por el Señor ni repartidos por Papá Noel; no, eran regalos comprados y envueltos por mi padre. Lo que significaba que mi detestable primito Billy Bob, y otros tan detestables como él, no mentían
cuando se burlaban de mí y me decían que no existía Papá Noel. El peor pensamiento era: ¿Sabía Sook la verdad, y me había mentido? No, Sook nunca me habría mentido. Ella creía. Eso era -aunque tuviera sesenta y tantos años, de alguna manera era al menos tan niña como yo.
Estuve observando hasta que mi padre terminara su tarea y apagara las pocas velas que aún quedaban encendidas. Esperé hasta asegurarme de que estaba en la cama y dormía. Entonces me deslicé hasta el salón, que todavía olía a gardenias y a puros habanos. Me senté allí a pensar: Ahora seré yo quien tenga que decirle la verdad a Sook. Una ira, un extraño rencor, crecía en mi interior: no iba dirigido a mi padre, aunque acabara siendo él la víctima.
Al amanecer, examiné las tarjetas colgadas en cada uno de los paquetes. Todas decían: "Para Buddy". Todas, excepto una que rezaba: "Para Evangéline". Evangéline era una negra ya mayor que bebía Coca-Cola todo el día y que pesaba trescientas libras; era el ama de llaves de mi padre-también lo había criado ella. Decidí abrir los paquetes: era la mañana de Navidad, estaba despierto, ¿por qué no? No me tomaré la molestia de describir lo que había dentro: sólo camisas, jerseys y tonterías por el estilo.
Lo único que me gustó fue una soberbia pistola de pistones. Sin saber por qué, se me ocurrió que sería divertido despertar a mi padre con un tiro. Y lo hice. Bang. Bang. Bang.
Se precipitó fuera de la habitación, con los ojos de par en par.
Bang. Bang. Bang.
-Buddy, ¿qué diablos crees que estás haciendo?
Bang. Bang. Bang.
-¡Para eso de una vez!
Me reí.
-Mira, papá. Mira cuántas cosas maravillosas me ha traído Papá Noel.
Más calmado, entró en el salón y me abrazó.
-¿Te gusta lo que te ha traído Papá Noel?
Le sonreí. Él me sonrió. Fue un largo momento de ternura que se rompió cuando dije:
-Sí, papá, pero ¿qué me vas a regalar tú?
Su sonrisa se esfumó. Sus ojos se entrecerraron con suspicacia- podía leerse en su cara la sospecha de que yo le había tendido una trampa. Pero entonces se sonrojó, como si se avergonzara de pensar en lo que estaba pensando. Palmeó mi cabeza, carraspeo y dijo:
-Bueno, había pensado que era mejor esperar y dejar que eligieras algo que desearas realmente. ¿Hay algo que quieras muy particularmente?
Le recordé el avión que habíamos visto en la tienda de juguetes de Canal Street. Su rostro asintió. Oh, sí, recordaba el avión y cuán caro era. La cuestión es que, al día siguiente, yo ya estaba sentado en el avión, soñando que me elevaba hacia el cielo, cuando mi padre rellenó un talón para el feliz vendedor. Habíamos hablado de cómo se transportaría el avión hasta Alabama, pero me mostré firme -insistí en que tenía que ir conmigo en el autobús que tomaba a las dos de aquella misma tarde. El vendedor lo solucionó llamando a la compañía de autobuses, que dijo que podrían arreglarlo con facilidad.
Pero todavía no me había librado de Nueva Orleans. El problema ahora era una gran petaca de "Moonshine"; puede que fuera por mi partida, pero el hecho es que mi padre había estado dándole al trago todo el día y, camino de la estación, me asustó al cogerme de las muñecas y susurrarme con amargura:
-No voy a dejar que te vayas. No puedo dejar que vuelvas con esa familia de locos y en ese viejo caserón de locos. Hay que ver lo que han hecho contigo. ¡Un niño de seis años, casi siete, hablando de Papá Noel! Todo es culpa suya, de esas viejas solteronas agriadas, con sus Biblias y sus calcetas, de esos tíos tuyos, todos borrachos. Escúchame, Buddy. ¡Dios no existe! No existe ningún Papá Noel.
Me apretaba la muñeca con tanta fuerza que me hacía daño.
-A veces, santo cielo, pienso que tu madre y yo, los dos, deberíamos pegarnos un tiro por haber permitido que esto ocurriera.
(Él nunca se quitó la vida, pero mi madre sí: pasó a mejor vida hace treinta años.)
-Bésame. Por favor. Por favor. Bésame. Dile a tu papá que le quieres.
Pero yo no podía hablar. Estaba aterrado de perder el autobús. Y me preocupaba el avión, atado con correas a la baca del taxi.
-Dilo: "Te quiero". Dilo. Por favor. Buddy. Dilo.
Por suerte para mí, el taxista era un hombre de buen corazón. Si no hubiera sido por su ayuda, la de unos mozos eficaces y la de un amable policía, no sé qué hubiera ocurrido al llegar a la estación. Mi padre se tambaleaba tanto que apenas si podía andar, pero el policía habló con él, le serenó, le ayudó a mantenerse derecho, y el taxista prometió devolverlo a casa sano y salvo. Sin embargo, mi padre no se iría hasta ver cómo los mozos me acomodaban en el autobús.
Una vez dentro, me acurruqué en el asiento y cerré los ojos. Sentía un extraño malestar. Un dolor agobiante que me hería por todas partes. Pensé que, si me sacaba los pesados zapatos de ciudad, auténticos monstruos torturadores, aquella agonía remitiría. Me los quité, pero el misterioso dolor no me abandonó. En cierto modo, nunca más me abandonó; nunca más lo hará.
Doce horas más tarde estaba en casa, en cama. La habitación estaba a oscuras. Sook, sentada a mi lado, se balanceaba en una mecedora; un sonido tan sedante como el de las olas en el océano. Había intentado contarle todo lo que había ocurrido, y tan sólo me detuve cuando me quedé tan ronco como un perro aullador. Me pasó los dedos por el pelo y dijo:
-Por supuesto que existe Papá Noel. Sólo que es imposible que una sola persona haga todo lo que hace él. Por eso el Señor ha distribuido el trabajo entre todos nosotros. Por eso todo el mundo es Papá Noel. Yo lo soy. Tú lo eres. Incluso tu primo Billy Bob. Ahora ponte a dormir. Cuenta estrellas. Piensa en la cosa más apacible. Como la nieve. Siento que no llegarás a verla. Pero ahora la nieve cae por entre las estrellas.
Las estrellas destellaban, la nieve se arremolinaba dentro de mi cabeza; la última cosa que recordé fue la voz serena del Señor encomendándome algo que hacer. Y, al día siguiente, lo hice. Fui con Sook a la oficina de correos y compré una postal de un penique. Hoy, todavía existe esa postal. Fue encontrada en la caja de caudales de mi padre cuando murió, el año pasado. Esto es lo que le había escrito: "Hola papá espero que estés bien como yo y estoy aprendiendo a pedalear muy rápido en mi avión estaré pronto en el cielo así que mantén los ojos abiertos y sí te quiero Buddy."


Truman Capote (EE. UU.)- Breve reseña sobre su obra
Novelista estadounidense, nacido en Nueva Orleans en 1924. Como él mismo habría confesado, comenzó a escribir de muy niño para mitigar la soledad de su infancia. Entre los dieciocho y los veintiún años trabajará en el New Yorker y mas tarde, en la década de 1950, realizará entrevistas para la revista Playboy. En 1984 murió de una sobredosis.
Con su primera publicación, un relato titulado Miriam, Capote atrae la atención de los críticos y gana el Premio O'Henry 1946. En 1948 publica la novela Otras voces, otros ámbitos, con sólo 23 años. Otras novelas suyas serían: El arpa de hierba (1951), Se oyen las musas (1956), la famosa Desayuno en Tiffany's (1958), adaptada al cine por Blake Edwards, Música para camaleones (1975), la colección de cuentos Un árbol de noche y otros cuentos (1949), el libro de viajes Color local y la colección de entrevistas El duque en sus dominios. Su obra más reconocida se titula A sangre fría (1966), dónde se relata el caso real del asesinato de la familia Cutters, basándose en documentos policiales y el testimonio de los implicados.

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martes, 20 de diciembre de 2011

Felices Fiestas y Bendecidos Comienzos!

Llega el fin de este 2011, muy cerca aguarda un nuevo ciclo en el que ojalá sepamos dar un curso mejor a la vida para que en cada corazón florezca la armonía, la tolerancia y el amor.

Con mis mejores deseos les comparto esta canción.

 

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jueves, 15 de diciembre de 2011

Leyenda: LOS HIJOS DEL VIENTO DEL NORTE

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El cuento relatado a continuación forma parte de la tradición oral de los cuentacuentos alrededor de las hogueras hasta el primer cuarto de este siglo. Si no fuera por autores que pasaron estas historias a la palabra escrita, las hubiéramos perdido para siempre.

El viento del norte tenía tres hijos: se llamaban Pies Blancos, Alas Blancas y Manos blancas. Cuando estos tres hermanos vinieron a nuestro mundo procedentes de sus palacios invisibles, eran tan hermosos que muchos mortales murieron al contemplarlos, mientras que otros no osaron mirar, pero huyeron aterrorizados a bosques y lugares oscuros. Así que cuando estos tres hijos del Gran jefe vieron que eran demasiado radiantes para los ojos de los humanos, se desvanecieron con los rayos del sol al atardecer y se reunieron con Ollathair.

Cuando, a través de los rayos del sol al amanecer, volvieron, ellos no eran visibles para ningún hombre, y en todos los siglos que llevan en la tierra, no han podido ser vistos por ningún ojo humano. ¿Cómo sabemos entonces que existen, estos tres hijos del viento del Norte?. Ellos eran conocidos en la antigüedad, y son todavía conocidos en la actualidad, sólo por los blancos pies de uno pisando las olas del mar; por el brillo blanco y el crujido de miríadas de plumas volando sobre valles y colinas y las casas de los hombres; y por el silencio de ensoñación con el que el tercero descansa en las aguas, y el viento que mueve las copas de los árboles, desde el helecho hasta el arroyo que baja de la montaña rodeando las rocas y los fresnos como si fuera una bufanda. Sólo les conocemos por la huella que dejan a su paso. Y les llamamos Viento Polar, Nieve y Hielo, en lugar de por sus nombres antiguos, como se les conocía en los albores del día, como Pies Blancos, Alas Blancas y Manos Blancas.

viernes, 9 de diciembre de 2011

Cuento: En busca de un retrato

Un cuento de Díaz Mas Paloma -(España)

Las baldosas coloradas de la entrada cuidadosamente bruñidas con cera, la deslumbrante escalerita de claraboya convertida en invernadero para unas plantas casi amenazadoras de puro rozagantes, la casa de largo pasillo y barnizadas maderas, con los montantes de las puertas coquetamente encortinados de una cretona de florecitas muy limpia y muy planchada.

El comedor de nobles muebles de viejo roble, con su suntuosa cancela modernista –lotos rosas y nenúfares azules de pétalos traslúcidos y esmerilados, entre retorcidos pámpanos de un verde botella– que daba a la azotea. Y en ella, de nuevo las baldosas tan brillantes que parecían pintadas con aceite y bajo el sol azaleas, petunias, alegrías, pendientes de la reina, gitanillas, geráneos, cóleos morados. Y en la sombra helecho, hiedra enana, cintas y esa planta que nosotros llamamos amor de hombre, pero que en inglés es judío errante y en francés miseria. Y en un rincón los cactus, milagrosamente floridos, y las plantas de olor: la hierbabuena, el sándalo y la albahaca.

Pero sobre todo la cocina: una cocina antigua y grande, de azulejos blancos y armarios de pino pintados de blanco, y blancas cortinas en la ventana y una pila de mármol blanco en la que la abuela María lavaba –montañas de espuma blanca– la blanca loza, para secarla después con un suave paño de algodón blanco. Fuera, sobre las cumbres de las montañas circundantes, muchas veces nevaba.

Y la abuela misma, con su pelo de un blanco nacarado y sus vestidos de dibujos pequeñitos y colores brillantes: parecía una síntesis de la cocina blanca y de las cortinas de florecitas, o tal vez fuese al revés, que el blancor de la cocina y las flores de las tapicerías emanaban precisamente de su persona; siempre tuve la impresión de que la abuela era la casa y la casa era la abuela.

Pero dije que sobre todo la cocina: largas horas de laboriosos platos –pato con peras y pollo con ciruelas, escudella y bacalao con pasas, escalivada y robellones de mil maneras, dorada crema y acariciantes profiteroles calientifríos– en los que la abuela no dejaba inmiscuirse a nadie. Siempre tan pulcra entre grasas y humos, ceñida por su mandil de cuadros blancos y rosas –para los domingos se ponía otro de piqué azul, con aplicaciones de flores blancas de guipur–, ya se dedicaba desde muy temprano a picar verduras y mazar condimentos, a deshuesar frutas y tajar carnes, a caramelizar moldes y ligar salsas, a preparar sofritos y ponderar hierbas, en un sosegado trajín de cacerolas y marmitas, de sartenes y pucheros, de escurridores y mangas de pastelero, de molinillos y ralladores, de morteros y batidores, de cuencos, tombatruitas y ensaladeras.

Sabía hacer jabón con sosa y grasas viejas, ligar el alioli sólo con el mazo del mortero; elevar montañas de espuma de una clara de huevo. Y además era bella, hermosa como ninguna mujer que yo conociese.

Pero de esto último no me di cuenta hasta el día de la foto. Y quede claro que no son recuerdos de infancia: a la abuela María la conocí siendo ella ya vieja, y yo casi tenía treinta años.

Creo que fue una mañana de verano mientras, en el primer sol de la terraza, sentada en su mecedora de cretonas, la abuela deshuesaba ciruelas pasas para un plato de fiesta. La sorprendí así, como era ella, sentada apaciblemente, en incesante actividad, en su entorno de flores y baldosas rojas. Cuando revelé aquel carrete de fotos había pasado mucho tiempo, yo estaba ya en la ciudad y lejos del pueblo montañoso y de la casita de los azulejos blancos y las baldosas brillantes, y ni siquiera recordaba haberle hecho ese retrato.

Y sin embargo ella estaba allí, y me miraba con el gesto pícaro de quien, pese a todas las precauciones por mí tomadas, no había sido sorprendida: sabía que yo disparaba la foto y había en sus ojos, en su boca, en las arruguitas de las sienes y de las comisuras de los labios un rictus irónico y pilluelo. Su pelo de nácar era casi de un azul untuoso, bajo ese primer sol de la mañana, los ojitos azules casi parecían negros de tan vivos, la oreja pulcra se recortaba sobre el cuello de manteca apenas surcado por una arruga, el escote en pico de su traje de lunares azules y amarillos se abría coquetón sobre un busto de ochenta años sorprendentemente firme, reposaban sobre los brazos de la mecedora los brazos de la mujer fuerte, y tenía el gesto enérgico y dulce de quien ha hecho frente a muchas cosas y la mayor parte de ellas despiadadas y terribles, la sonrisa burlona de quien sabe que peor las hemos pasado y hemos salido adelante. Y las

enternecedoras manos, blanquísimas, de limpias y recortadas uñas, bellas y deformadas por la artrosis; una artrosis que en ellas no parecía una enfermedad ni un defecto, sino la consecuencia de una evolución de la Naturaleza: las falanges torcidas y las articulaciones hinchadas que podría tener un árbol añoso si tuviera manos blancas. Al fondo, florecía una mata de alegrías coloradas y jugaba el gato.

Desde aquel día me gustó imaginar lo hermosa que debía haber sido la abuela María de joven. Porque a una vejez tan dorada y bella, tan pulcra y perfecta, tan vivaz y venerable, sólo podía haber precedido una madurez espléndida, una juventud de belleza fascinante. ¿Cómo sería ella de niña, cuando con trenzas y bata de rayas arrastraba su cabás hacia la cercana escuela del pueblo? Me gustaba imaginármela como una deliciosa preadolescente de rodillas bruñidas y cuello muy planchado, con una trenza gruesa y pesada como una soga, una trenza de azabache que era la envidia de las niñas del pueblo. O, ya púber, almidonada y un poco rígida en su primer traje de mujer: la chica de fascinantes rasgos que no parece advertir su belleza y a quien todos los mozos miran sin atreverse a sacarla a bailar, tan aterradoramente bella les parece. Y luego de mujer casada, una radiante madre joven que pasea en los brazos a su hijo de meses, orgullosa de él y

creyendo en su ceguera que es al niño a quien todas las miradas se dirigen. Y de mujer madura y fuerte, enfrentándose al trabajo duro de una recién viuda en aquellos tiempos que los viejos de hoy, cuando recuerdan, llaman aún «los tiempos dificiles» y a veces «los tiempos del hambre». No podía haber sido de otra manera.

Y de ahí mi deseo y luego mi anhelo y luego mi impaciencia, y luego mi obsesión por ver una foto de la abuela María cuando era joven. Porque deseaba ver de una vez lo que debía haber sido una belleza sin igual, sin comparación alguna con la de ninguna otra mujer que yo hubiese visto nunca. Porque una vejez tan dorada y hermosa sólo podía ser la decadencia de una belleza espléndida e incomparable.

Por desgracia, la abuela María parecía no haberse hecho nunca en su vida una fotografía. Y ni preguntando a mi madre, ni a ella misma, ni revolviendo olvidados cajones o rebuscando en viejos álbumes de fotos de familia logré dar con una sola fotografía de su juventud. Parecía como si el tiempo y sus protagonistas, con una especie de extraño pudor, hubiesen hecho lo posible por ocultar aquella imagen magnífica.

Me costó años y muchos ruegos que me dejase ver la única foto que se conservaba de sus tiempos jóvenes: la del día de su boda. Consintió en enseñármela una tarde de otoño ya un poco fría en que yo le había rogado mucho. La sacó de una carpeta de cartulina crema con cantos dorados, de entre dos hojitas de papel de seda finas como un soplo. Me preparé para ver lo que yo había imaginado como una belleza fascinante y deslumbradora.

Desde la foto en tonos sepia, entre una columna salomónica truncada y un buquet de flores de trapo, bajo un celaje digno de una aparición angélica, me miraba una pareja pueblerina: él empaquetado en su traje rígido, sentado en silla curul, con los zapatos demasiado embetunados y las manos toscas de quien trabaja en el campo; y ella en pie, no menos tosca e insulsa, una cara inexpresiva de ojos claros y cabello oscuro, de óvalo convencional y un poco burdo, dejando reposar sosamente sobre los hombros del varón sentado unas manos tan anodinas que no denotaban expresión alguna; unas manos que, por no decir, no decían ni del trabajo ni del regalo: podían ser las manos de cualquiera. Y eso era todo: una muchacha de pueblo con su vestido de boda pobre, con un rostro de muñeca de china, con un cuerpo menudo como hay millares, con una mirada en que ninguna luz se reflejaba. La dorada vejez de la abuela María no era, pues, producto de la decadencia de

una hermosa juventud: su belleza se había forjado a lo largo de los años, como la belleza de algunos árboles, de algunas rocas, de algunos edificios nobles dignificados por las lluvias y los vientos que pulieron sus piedras.

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