martes, 12 de junio de 2012

El retorno del folletín

 

EL ESCRITOR CHILENO CUENTA LA HISTORIA DE Género

El retorno del folletín

Por: Bartolomé Leal


Se define el género literario de diversas maneras. El concepto ha ido evolucionando desde que se distinguía (de la mano de Aristóteles, por cierto) entre las categorías clásicas de géneros épico, lírico, narrativo y dramático. Tal evolución se explica porque aquel concepto de género no abarcaba la riqueza de matices existente dentro de cada categoría señalada; y también porque el uso corriente, sobre todo entre los que leen libros y aquellos que los venden, se comenzaron a imponer conceptos nuevos a la vera del espectacular auge de la narrativa durante el siglo XX. ¿Qué pensaban los escritores? En general adhirieron a las nuevas clasificaciones: querían y siguen queriendo que sus afanes y desvelos, traducidos en libros, sean leídos y, si es posible, comprados. Hasta los escritores tienen que ganar su vida.
Así pues, hablar gruesamente de género narrativo se hizo insuficiente para entender la variedad y riqueza, profundidad y estilo, de una amplia variedad de modos de narrar que requirieron de una gama más detallada de conceptos para abordarla. Entre las primeras formas que exigieron una aproximación distinta estuvo el folletín. ¿Cómo nace este tipo de narrativa? El concepto es ligeramente menoscabante, por supuesto. En francés, feuilleton recuerda a hojear más que a leer. Se refiere a la parte inferior de un periódico. Es una lectura de segunda categoría, para gente de poca cultura, gusto basto y presupuesto exiguo.
Antes de caracterizar al folletín, vale la pena recordar que la literatura en lengua hispana había dado a luz formas de vasta popularidad a las cuales hubo que diferenciar, entre ellas la novela de caballería, de la cual el “Quijote”, publicado en los albores del siglo XVII, es su parodia y apoteosis. Género netamente masivo, se construía sobre la base de ciclos con las aventuras de tal o cual caballero. Cuestionados por el establishment moral, fueron libros a menudo prohibidos, cosa que Cervantes relata. También es destacable, en el prodigioso siglo XVI español, la novela picaresca, una reacción contra el carácter clasista o elitista de los libros de caballería. El anónimo “Lazarillo de Tormes” es el epítome de esta narrativa rica en inquietos personajes populares, a modo de antihéroes. Normalmente tienen un enfoque autobiográfico, lo que dio espacio para desarrollos desenfadados e insolentes.
La novela erótica (Sade) y la novela pornográfica (Restif de la Bretonne), son también géneros que han perdurado hasta hoy. Aunque reconocen antecedentes más antiguos, tuvieron su gran momento en la revuelta Francia de fines del siglo XVIII. Filosofía, ateísmo y crítica social, sarcasmo, descaro y desenfreno, caracterizan a estas obras. Ambos autores fueron también prolíficos, como respuesta a una masa de lectores que pedía más, a menudo sin preocupación por los detalles puramente sintácticos. Tanto Sade como Restif constituyeron hombres de su tiempo, experimentados y enterados, aunque veleidosos cuando no traidores. Literariamente audaces, probaron formas de escritura y se expresaron en diversos registros. Se odiaron mutuamente en el París revolucionario. La censura los persiguió hasta hace unas pocas décadas. Tal vez por ello nació la novela rosa, narración desplegada con un erotismo blando ausente de cualquier condimento que pudiera ser tachado de inmoral.
El folletín propiamente tal (como es considerado convencionalmente) es la continuidad en Francia de esa tendencia. Alcanza su esplendor con autores como Eugène Sue y Alexandre Dumas en el siglo XIX. Se caracteriza por su forma de llegar al lector por entregas, en general a través de una publicación periódica. Esta forma es su característica fundamental, ya que no conoce restricciones en cuanto contenido: crímenes, historias románticas, relatos de terror, aventuras. El folletín es truculento y atrayente. Mantiene a los lectores ávidos de saber más acerca de las hazañas de un protagonista que se prodiga en los submundos criminales, en tierras misteriosas o en los dominios de la magia; en míticos serrallos orientales o en lugares plagados de personajes esperpénticos. El folletín fue despreciado por la crítica seria, lo cual no impidió que autores como Balzac y Victor Hugo, Charles Dickens y Stevenson, Dostoievsky, Salgari y Pérez Galdós, se expresaran en ese formato. Se puede decir que el folletín decimonónico es fuente principal de la novela policial o negra.
El siglo XX es el que lleva a hablar objetivamente de literatura de géneros. Desde ya, el folletín sobrevive y es pronto tomado por el cine, como por ejemplo los personajes de Tarzán (que pronto cumple 100 años: en 1912 nació en una revista pulp); y Fantomas, en los años 20. La necesidad de comprender lo que es el gusto del público versus la dictadura de críticos y profesores, crea una dinámica de conceptualización acerca de los géneros. Se busca pues hacer la distinción. Se hacen los primeros estudios. Se busca reivindicar el gusto común por sobre la arrogancia de los expertos. Se genera de paso una nueva caterva de críticos, los especializados, que trabajan un conjunto de categorías específicas para abordar los géneros. Por una época se habla incluso de literatura de kioscos, para distinguirla de su equivalente en librerías.
La narrativa del siglo XX fue pródiga en literatura de géneros. Vio la consolidación de un par de géneros fundamentales. Por un lado la novela policial (en sus vertientes novela de enigma y roman noir o novela negra). Esto incluye a la novela corta y al cuento. Más toda una pléyade subgéneros sin demasiada consistencia académica aunque discernibles para el aficionado: novela criminal (en sus variantes criminal psicológica y de crímenes reales), novela de procedimientos policiales, novela de detectives privados, novela de espionaje y thriller (novela de acción). Agreguemos la novela policial histórica (con ambientación de época), la novela policial juvenil, el neopolicial latinoamericano; y otras denominaciones, algunas de ellas no demasiado consistentes o más bien inventos promocionales.
El otro gran desarrollo del siglo XX fue la novela de ciencia-ficción, heredera del género fantástico, la novela de vampiros y el cuento de hadas. Emparentada con la novela de terror, mezcla a su vez aspectos de la novela de enigma, los desarrollos científicos y, según la moda de época, privilegia los viajes interplanetarios, la conquista del espacio exterior, los poderes extrasensoriales, los contactos con extraterrestres, las mutaciones, la robótica o las guerras intergalácticas. Algunos han llamado a esta última vertiente la ópera espacial, emparentada por cierto con el folletín en su versión más clásica. Han dado origen a subgéneros contradictorios, ha corrido tinta cuando no sangre entre autores y estudiosos. También tuvo sus pioneros en el siglo XIX e inicios del XX, con Julio Verne y H.G. Wells, por nombrar a dos destacados. Ha tenido sus desarrollos hacia fines del siglo XX: la ciencia-ficción especulativa y el ciberpunk, entre otros.
Bueno, cada uno de estos géneros menores, tan escuetamente identificados en este artículo, ha creado sus propias categorías de análisis, sus códigos estéticos y sus criterios de calidad. Sus aportes a aspectos de la vida que permanecen ocultos, el lado oscuro de cada uno, los miedos, las equivocaciones y las fantasías. La anterior es una de las características principales de la literatura de géneros. Son libros que se dirigen a los lectores, no a servir de vehículo a los egos íntimos (que a veces más vale que permanezcan en silencio). En esta columna, que iniciaremos tras un paréntesis ocupado por un genuino folletín, procuraremos darle un vistazo a este bazar literario fascinante que son los libros calificados como de género. Evaluaremos autores y recomendaremos obras. Esperamos que nuestros lectores lo aprecien. Todo lo que deseamos hacer es una modesta incitación a la lectura. A propósito, ¿han leído a John Wyndham?

Fuente: Opinión

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