viernes, 29 de junio de 2012

Adiós Juan Alberto Badía!!

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Hoy estoy triste por la partida de uno de los seres lindos que he querido desde mi distancia de espectadora. Extrañaré su cálida sonrisa, su mirada clara, su espíritu integro

¡Buen viaje Juan!

 

Murió Juan Alberto Badía, una voz que atravesó generaciones

El exitoso conductor falleció esta madrugada a los 64 años; dejó su huella tanto en la radio como en la televisión; hace varios años luchaba contra el cáncer

Animal de radio y eterno enamorado de la televisión, supo ganarse el corazón de las mayorías. Su voz inconfundible y esa manera tan cálida como certera de encontrar las palabras hacía sentir al receptor una cercanía inmediata. A través de diversos formatos y programas fue figura de los medios de comunicación a lo largo de más de tres décadas.

En un acto íntimo y familiar, el conocido periodista será enterrado en las próximas horas en el cementerio Jardín de Paz.

Aún enfermo y bajo tratamiento, nunca abandonó su primer y gran amor, la radio. Montó un estudio en su casa, desde donde se conectaba con sus seguidores. Una ciber-radio,  un blog en donde escribía y desde donde también podían escucharse las transmisiones.

Cultor de las buenas ideas, la música y las gratas compañías, hizo de sus gustos personales todo un estilo que compartió con la gente. Fue reconocido por su constante y temprano apoyo al rock nacional desde la década del 80´con su emblemático programa Badía&Cía. Ese programa lo hizo conocido como una suerte de padrino de quienes comenzaban sus carreras musicales. Cobró fama de que sus invitaciones al piso significaban un acertado vaticinio de "Este va a llegar".

Famoso también por su fanatismo de los Beatles. Tal es así, que en 2010 había editado en un pack con dos DVD y un libro (The Beatles x Badía), que contienen una suerte de archivo recavado a lo largo de los años por él mismo sobre el cuarteto de Liverpool.

Lejos de acompañar modas y estilos fugaces, Badía quedará como el custodio ideal de una fórmula en la que podían convivir en equilibradas dosis la formalidad y el atrevimiento. La extensa y formidable vigencia que tuvo en los medios se explica, ante todo, por su talento para comprender a públicos muy disímiles, formados en etapas expuestas a cambios de enorme vértigo. Tenía la rara virtud de armar propuestas en las que todos esos públicos de variado gusto y múltiples exigencias podían confraternizar alrededor de la música (sobre todo), el humor y la actualidad

La nota completa en LA NACIÓN

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miércoles, 27 de junio de 2012

EL PUEBLO SIN PALABRAS

María Frascara cuenta el cuento "El pueblo sin Palabras" de Ana Cuevas Unamuno



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Cuento: La bola

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un cuento de Jacques Sternberg (Bélgica)


 

Una importante empresa metalúrgica había adquirido a muy buen precio ese planeta lejano que no era más que una enorme bola de metal.
El entusiasmo decayó en cuanto se hizo evidente que era imposible cortar o hacer mella alguna en esa bola espacial. Se utilizaron primero los métodos al alcance, seguidamente probaron otros métodos y por último se echó mano a soluciones más desesperadas. Todo fue inútil, no se podía hacer un pozo en ese suelo, ni el más mínimo rasguño en esa masa.
En la Tierra, la compañía estaba por quebrar: los gastos de esta aventura la habían llevado al borde de la ruina.
Un cuarto de hora antes de embarcar en el último cohete hacia la Tierra-patria, cierto obrero que ya no tenía más sed derramó en el suelo la leche de su vaso. En medio de una nubecita de humo, vio formarse un cráter que, aunque pequeño, mostraba las entrañas de la enorme bola de metal, que se fundía como manteca al primer contacto con la leche. El obrero soltó una risa, se encogió de hombros y no le dijo nada a nadie. Este planeta le era indiferente.

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martes, 26 de junio de 2012

Un hermoso programa de cuentos de Sandra Aravena

Programa de Radio n58 de Cuenteria, Cuentacuentos y Oralidad 
Locucion: Sandra Aravena
Tema:Wetripantu y año nuevo Mapuche y Aymara. Conmemoración de la salida del sol Mapuche: wetriPantu año 12.479 de su historia.

Titulo de cuentos: 

  • Relato Mapuche en mapudungun sobre La Creación en la cosmovisión Mapuche 
  •  Cuento “Pichintun” del Canto mapudungun sobre el origen del mundo, Tema Musical:“epullen”, Beatriz Pichimalén. 
  • Fragmento de la Cuarta sonata para Flauta de la flauta mágica del Charangusita Fredy Torrealba Minutaje: 00:27. 
  • Relato en mapudungun sobre La Creación en la cosmovisión Mapuche. 02:23 Traducción del Relato Mapuche, narrada por Sandra Aravena, 03:49 
  • Sandra comenta sobre la celebración del wetripantu. 07:36 
  • Cuento “Pichintun, del canto Mapudungun” sobre el origen del mundo. 11:29 
  • Canción “Epullén, mujer sabia”de Beatriz Pichimalén, cantante mapuche. 13:31
  • Sandra comenta sobre la celebración del Machaq Mara, año nuevo Aymara. 17:55. 
  • Historias y cuentos “quirquincho músico”, leyenda Aymara. Narrada por Ana Cuevas Unamuno 24:03. 
  • Fragmento de la Cuarta sonata para Flauta del Charanguista Fredy Torrealba. 26:56. 
  • Cartelera cultural -Inauguración zona de descanso en espacio Imaginario. Yerbas Buenas 269ª, c° Bellavista, Valparaíso. -
  • Taller de Mandala para niños, por Lucero de la Cruz, Periodista y trabajadora social y Francisco Galleguillos, semana de vacaciones de invierno. Información e inscripciones en imaginarios@valparaisoesuncuento.cl -
  • Taller de iniciación a la cuentería, impartido por Paty Mixen el contexto del Seminario “Estrategias para el desarrollo del Fomento al Libro y la Lectura”, organizado por el Departamento de Ciencias de la Documentación de la Universidad de Playa Ancha. 28:40 
  • Despedida 
  •  Edición y grabación; Nelson Golot de los estudios de Radio Cámara Producción: Paty Mix, Carolina Millar, Francisco Saldes y Sandra Aravena. Conducción: Sandra Aravena, Paty Mix. 


 El wetripantu llega a renovar la vida, la existencia,la dependencia con la tierra y se renuevan los espíritus de lucha, sobre todo en el contexto del actual conflicto mapuche-chileno. Cuando asoman los primeros rayos del sol el 24 de junio se inicia otro ciclo de vida para el mundo mapuche. Así también sucede, para el pueblo Aymara unos días antes. El sol está lejos y comienzan los días frios
El programa de hoy celebra estas fiestas indígenas a través de los cuentos y la música.El sol está lejos, comienzan los días fríos y se oscurece temprano, por lo que es un buen momento para reunirse a escuchar este programa a las 19 horas.
 Contacto: comunicaciones@valparaisoesuncuento.cl https://www.facebook.com/valparaisoesuncuento.cl 
o nos sigas en http://twitter.com/valpoesuncuento


 * todo va sin acentos por el tema de legibilidad y compatibilidad de caracteres 

 

lunes, 25 de junio de 2012

Un muchacho con un libro


Por Arturo Pérez-Reverte | El Nación


Estoy sentado donde suelo hacerlo cuando me encuentro en la plaza Mayor de Madrid, que es la terraza del bar Andaluz. Me gusta instalarme allí con un libro al sol de invierno o a la sombra del verano; y de vez en cuando, levantando la mirada, ver pasar a la gente o conversar con los camareros: dos viejos amigos que, desde su privilegiado observatorio, toman el pulso diario a la condición humana con singular sabiduría y precisión. Estoy allí, como digo, observando a ratos a los habituales que se buscan la vida en la plaza: el acordeonista virtuoso aunque no siempre oportuno, el que hace pompas de jabón, el Spiderman barrigudo que se fotografía con los paseantes. Y observo, una vez más, que la peña resulta agarradísima a la hora de aforar una chapa. Igual dan guiris o de aquí: ven a Bart Simpson en la plaza, se ponen al lado para hacerse una foto, y luego se largan sin dar las gracias ni soltar, por supuesto, una pequeña propina. Dando por sentado, los miserables, que el fulano que pasa todo el día al sol con tres kilos de paño encima está allí por simpatía y amor al arte, para que ellos se hagan fotos sonriendo felices, por la cara.
En una mesa cercana hay un muchacho que lee un libro. Tiene unos diecisiete o dieciocho años, está solo, y llama la atención porque no es frecuente encontrar lectores en este paraje. Está concentrado en las páginas, y de vez en cuando cierra el libro y se queda mirando la plaza sin verla, con la expresión de quien permanece ajeno a cuanto ocurre ante sus ojos. Con esa mirada ausente que todo lector conoce como propia: la de quien se detiene en el acto de leer pero no interrumpe la lectura, sino que sigue inmerso en las imágenes o las ideas que el libro suscita. Uno de los camareros pasa por mi lado y sonríe dirigiéndole una mirada de simpatía al muchacho, como si dijera: ahí tiene usted a un potencial cliente, o por lo menos a un colega devorador de letra impresa.
Me pregunto qué lee el muchacho. Por qué mundos andará, merced al libro que tiene en las manos. Con la curiosidad natural entre hermanos de la costa, hago esfuerzos por ver la tapa del volumen, arriesgando descoyuntarme las cervicales. Por el grosor y formato, parece una novela. No consigo ver el título ni la portada. Lo que está claro es que al joven le interesa mucho lo que lee, pues pasa las páginas con la decisión del lector seguro de sí; y cuando levanta la vista sostiene el volumen con ese tacto familiar, confianzudo, de quien siente con un libro en las manos el mismo consuelo, o confianza, que un pistolero al sopesar un revólver con seis balas en el tambor. Mucho se equivocan, pienso una vez más, quienes afirman que una tableta electrónica borrará el libro de papel de las necesidades humanas. Porque un libro no sirve sólo para leer. Sirve también para que su peso tranquilice las manos lectoras, para subrayar y ajar sus páginas con el uso, para regalar el ejemplar leído a personas a las que quieres. Para ver amarillear sus páginas con los años sobre los viejos subrayados que hiciste cuando eras distinto a quien ahora eres. Para decorar -no hay cuadro ni objeto comparable en belleza- una habitación o una casa. Para amueblar una vida.
El muchacho ha cerrado el libro y me parece advertir, aunque no distingo título ni autor, una ilustración en la tapa que parece un velero antiguo. Quizá se trate de una novela sobre el mar, concluyo. Tal vez en este momento el muchacho no está aquí sino empeñado a cañonazos, corriendo un temporal con sólo la gavia rizada del trinquete, apretando los dientes mientras empuña el arpón. Quizá en este momento navegue hacia islas a las que nunca llegan órdenes de captura, busque a los náufragos del Raquel, recorra entre astillazos la cubierta de la Suprise, o ice la bandera del corsario alemán Emdem para el último combate en las Islas Cocos. Quizá -o sin duda- ese joven lector ha descubierto ya que para adueñarse cómodamente de esos y otros mundos, para llenar la existencia propia de experiencias ajenas y vivir mil vidas que de otro modo serían imposibles, basta con abrir las tapas de un libro. Al fin, el muchacho cierra su volumen, lo guarda en la mochila y se marcha. Lo sigo con la vista, deseándole silenciosamente suerte en zafarranchos, temporales y arribadas. Que tengas buen viento y buena caza, chaval. Le deseo. Que la vida te depare valor en combates y abordajes, dignidad en las derrotas, serenidad en los naufragios, amigos leales y hermosas mujeres a bordo o esperándote en los puertos. Y mientras se aleja me parece verlo caminar balanceándose ligeramente, tranquilo, alerta, afirmando los pies con seguridad a cada paso. Como si en ese momento cruzara su particular línea de sombra pisando la cubierta inestable de un barco, y en el libro que lleva en la mochila hubiese aprendido cómo hacerlo.

viernes, 15 de junio de 2012

TRÁNSITO

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Muriel miró sus manos. Un escalofrío de desazón la envolvió mientras observaba esas manchas recién nacidas que parecían encogerle los dedos y volverlos mustios.

Muchas cosas pueden dar señales del paso del tiempo, pero para Muriel las manchas resultaron una revelación espantosa. Entonces abrió los ojos, los dejó recorrerle la vida, y se vio.

No le gustó lo que vio.

No le gustó nada.

¿Dónde estaba el amor de su vida que no lo pudo encontrar?

¿Dónde las pruebas de que el sacrificio vale la pena?

¿El reconocimiento al esfuerzo?

¿El valor de tener valores?

Arrugas y piel seca. Un talle menos, sequía de esperanzas y ausencia de intereses. Escasez de risas y de lágrimas, las primeras por falta de motivos, las segundas por haberse agotado, resultaron, contra todas su previsiones, las únicas ganancias obtenidas.

Muriel alzó la mirada hasta sumergirla en el espejo que colgaba frente a ella. Esquivó el cabello cano, las arrugas, el temor de hacerse vieja, adentrándose en la chispa que aún titilaba en esos ojos que tanto habían visto. Allí, en la pupila, el espíritu la seguía habitando. Sonrió y la sonrisa equilibró la memoria, despejó las nubes de quejas y lamentos, deslizándola por más gratos recuerdos.

—Un cuento —susurró y sentada junto al fuego desenrolló la trama de la vida vivida.

El amanecer la encontró tejiendo la historia renacida.

©Ana Cuevas Unamuno

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miércoles, 13 de junio de 2012

FELÍZ DÍA DEL ESCRITOR/ ESCRITORA

Dia del escritor

 

Hambrientos de palabras, desbordados de imágenes, habitados por historias que nos reclaman  la voz para nacerse y volar en el río de la memoria surcando ojos, orejas, almas…. Atormentados y gozosos, confusos tantas veces, temerosos otras, extasiados en ocasiones, atravesamos puertas entre mundos buscando siempre reconocernos y rescatarnos, diciendo (y re-creando) de mil modos aquello que ha sido, que pudo ser, que quizás será.

Contamos para dibujar la vida, leemos para alimentar la vida y entre contar y leer palpamos nuestra existencia.

¡FELIZ DÍA A QUIENES VENA SU REFLEJO EN ESTAS PALABRAS!

Ana Cuevas Unamuno

¿Cómo puede una apañárselas para vivir sin la lectura? Dejar de escribir puede ser la locura, el caos, el sufrimiento, pero dejar de leer es la muerte instantánea. Un mundo sin libros es un mundo sin atmósfera, como Marte. Un lugar imposible, inhabitable. De manera que mucho antes que la escritura está la lectura, y los novelistas no somos sino lectores desparramados y desbordados por nuestra ansiosa hambruna de palabras. Hace poco escuché hablar en público, en Gijón, a la escritora argentina Graciela Cabal, en una intervención divertidísima y memorable. Vino a decir (aunque ella se expresaba mejor que yo) que un lector tiene la vida mucho más larga que las demás personas, porque no se muere hasta que no acaba el libro que está leyendo. Su propio padre, explicaba Graciela, había tardado muchísimo en fallecer, porque venía el médico a visitarle y, meneando tristemente la cabeza, aseguraba: "De esta noche no pasa"; pero el padre respondía: "No, qué va, no se preocupe, no me puedo morir que me tengo que terminar El otoño del patriarca". Y, en cuanto que el galeno se marchaba, el padre decía: "Traedme un libro más gordo".

[...] Y es que la muerte también es lectora, por eso aconsejo ir siempre con un libro en la mano, porque así cuando llega la muerte y ve le libro se asoma a ver qué lees, como hago yo en el colectivo, y entonces se distrae. LIBROS CONTRA LA MUERTE (fragmento) - Rosa Montero

 

Hoy se celebra el Día del Escritor en honor a Leopoldo Lugones

La fecha fue instituida por la Sociedad Argentina de Escritores (SADE), institución fundada por el escritor. Su vida estuvo signada por la tragedia. Su adhesión al golpe militar de José Félix Uriburu lo torna una figura controvertida.

 

Cada 13 de junio se conmemora el Día del Escritor. La fecha no es casual y encuentra su explicación en que un 13 de junio, pero de 1874, nació Leopoldo Lugones en Villa María del Río Seco, en el corazón de la provincia mediterránea de Córdoba. Entre muchas de las acciones y obras que emprendió, Lugones fundó la Sociedad Argentina de Escritores (SADE) que, luego del suicidio del poeta, estableció el día de su natalicio como el Día del Escritor. Lugones no fue olvidado pero su tumultuoso y resonante paso terrenal es aún materia de controversia y polémica.
Fue el último intelectual total o, mejor dicho, el último en intentar ser ideólogo y protagonista, a la vez, de un proyecto político. Esa saga se inicia con Mariano Moreno y culmina con él. Se sintió el heredero de Domingo Faustino Sarmiento y buscó asemejarse hasta en sus propias y específicas frustraciones. En el ensayo Lugones, entre la aventura y la cruzada, la socióloga María Pía López comenta: “En su Historia de Sarmiento es clara la elección de un modelo y un precursor. Defiende la causa defendiendo al modelo del intelectual heroico. Construye un linaje, del cual es la continuación. Quiso ser Sarmiento: escritor y presidente. Y quedó atrapado en la tensión de ver sin ser visto.”

Por: Tomás Forster

PUEDEN LEER ACÁ LA NOTA COMPLETA

martes, 12 de junio de 2012

El retorno del folletín

 

EL ESCRITOR CHILENO CUENTA LA HISTORIA DE Género

El retorno del folletín

Por: Bartolomé Leal


Se define el género literario de diversas maneras. El concepto ha ido evolucionando desde que se distinguía (de la mano de Aristóteles, por cierto) entre las categorías clásicas de géneros épico, lírico, narrativo y dramático. Tal evolución se explica porque aquel concepto de género no abarcaba la riqueza de matices existente dentro de cada categoría señalada; y también porque el uso corriente, sobre todo entre los que leen libros y aquellos que los venden, se comenzaron a imponer conceptos nuevos a la vera del espectacular auge de la narrativa durante el siglo XX. ¿Qué pensaban los escritores? En general adhirieron a las nuevas clasificaciones: querían y siguen queriendo que sus afanes y desvelos, traducidos en libros, sean leídos y, si es posible, comprados. Hasta los escritores tienen que ganar su vida.
Así pues, hablar gruesamente de género narrativo se hizo insuficiente para entender la variedad y riqueza, profundidad y estilo, de una amplia variedad de modos de narrar que requirieron de una gama más detallada de conceptos para abordarla. Entre las primeras formas que exigieron una aproximación distinta estuvo el folletín. ¿Cómo nace este tipo de narrativa? El concepto es ligeramente menoscabante, por supuesto. En francés, feuilleton recuerda a hojear más que a leer. Se refiere a la parte inferior de un periódico. Es una lectura de segunda categoría, para gente de poca cultura, gusto basto y presupuesto exiguo.
Antes de caracterizar al folletín, vale la pena recordar que la literatura en lengua hispana había dado a luz formas de vasta popularidad a las cuales hubo que diferenciar, entre ellas la novela de caballería, de la cual el “Quijote”, publicado en los albores del siglo XVII, es su parodia y apoteosis. Género netamente masivo, se construía sobre la base de ciclos con las aventuras de tal o cual caballero. Cuestionados por el establishment moral, fueron libros a menudo prohibidos, cosa que Cervantes relata. También es destacable, en el prodigioso siglo XVI español, la novela picaresca, una reacción contra el carácter clasista o elitista de los libros de caballería. El anónimo “Lazarillo de Tormes” es el epítome de esta narrativa rica en inquietos personajes populares, a modo de antihéroes. Normalmente tienen un enfoque autobiográfico, lo que dio espacio para desarrollos desenfadados e insolentes.
La novela erótica (Sade) y la novela pornográfica (Restif de la Bretonne), son también géneros que han perdurado hasta hoy. Aunque reconocen antecedentes más antiguos, tuvieron su gran momento en la revuelta Francia de fines del siglo XVIII. Filosofía, ateísmo y crítica social, sarcasmo, descaro y desenfreno, caracterizan a estas obras. Ambos autores fueron también prolíficos, como respuesta a una masa de lectores que pedía más, a menudo sin preocupación por los detalles puramente sintácticos. Tanto Sade como Restif constituyeron hombres de su tiempo, experimentados y enterados, aunque veleidosos cuando no traidores. Literariamente audaces, probaron formas de escritura y se expresaron en diversos registros. Se odiaron mutuamente en el París revolucionario. La censura los persiguió hasta hace unas pocas décadas. Tal vez por ello nació la novela rosa, narración desplegada con un erotismo blando ausente de cualquier condimento que pudiera ser tachado de inmoral.
El folletín propiamente tal (como es considerado convencionalmente) es la continuidad en Francia de esa tendencia. Alcanza su esplendor con autores como Eugène Sue y Alexandre Dumas en el siglo XIX. Se caracteriza por su forma de llegar al lector por entregas, en general a través de una publicación periódica. Esta forma es su característica fundamental, ya que no conoce restricciones en cuanto contenido: crímenes, historias románticas, relatos de terror, aventuras. El folletín es truculento y atrayente. Mantiene a los lectores ávidos de saber más acerca de las hazañas de un protagonista que se prodiga en los submundos criminales, en tierras misteriosas o en los dominios de la magia; en míticos serrallos orientales o en lugares plagados de personajes esperpénticos. El folletín fue despreciado por la crítica seria, lo cual no impidió que autores como Balzac y Victor Hugo, Charles Dickens y Stevenson, Dostoievsky, Salgari y Pérez Galdós, se expresaran en ese formato. Se puede decir que el folletín decimonónico es fuente principal de la novela policial o negra.
El siglo XX es el que lleva a hablar objetivamente de literatura de géneros. Desde ya, el folletín sobrevive y es pronto tomado por el cine, como por ejemplo los personajes de Tarzán (que pronto cumple 100 años: en 1912 nació en una revista pulp); y Fantomas, en los años 20. La necesidad de comprender lo que es el gusto del público versus la dictadura de críticos y profesores, crea una dinámica de conceptualización acerca de los géneros. Se busca pues hacer la distinción. Se hacen los primeros estudios. Se busca reivindicar el gusto común por sobre la arrogancia de los expertos. Se genera de paso una nueva caterva de críticos, los especializados, que trabajan un conjunto de categorías específicas para abordar los géneros. Por una época se habla incluso de literatura de kioscos, para distinguirla de su equivalente en librerías.
La narrativa del siglo XX fue pródiga en literatura de géneros. Vio la consolidación de un par de géneros fundamentales. Por un lado la novela policial (en sus vertientes novela de enigma y roman noir o novela negra). Esto incluye a la novela corta y al cuento. Más toda una pléyade subgéneros sin demasiada consistencia académica aunque discernibles para el aficionado: novela criminal (en sus variantes criminal psicológica y de crímenes reales), novela de procedimientos policiales, novela de detectives privados, novela de espionaje y thriller (novela de acción). Agreguemos la novela policial histórica (con ambientación de época), la novela policial juvenil, el neopolicial latinoamericano; y otras denominaciones, algunas de ellas no demasiado consistentes o más bien inventos promocionales.
El otro gran desarrollo del siglo XX fue la novela de ciencia-ficción, heredera del género fantástico, la novela de vampiros y el cuento de hadas. Emparentada con la novela de terror, mezcla a su vez aspectos de la novela de enigma, los desarrollos científicos y, según la moda de época, privilegia los viajes interplanetarios, la conquista del espacio exterior, los poderes extrasensoriales, los contactos con extraterrestres, las mutaciones, la robótica o las guerras intergalácticas. Algunos han llamado a esta última vertiente la ópera espacial, emparentada por cierto con el folletín en su versión más clásica. Han dado origen a subgéneros contradictorios, ha corrido tinta cuando no sangre entre autores y estudiosos. También tuvo sus pioneros en el siglo XIX e inicios del XX, con Julio Verne y H.G. Wells, por nombrar a dos destacados. Ha tenido sus desarrollos hacia fines del siglo XX: la ciencia-ficción especulativa y el ciberpunk, entre otros.
Bueno, cada uno de estos géneros menores, tan escuetamente identificados en este artículo, ha creado sus propias categorías de análisis, sus códigos estéticos y sus criterios de calidad. Sus aportes a aspectos de la vida que permanecen ocultos, el lado oscuro de cada uno, los miedos, las equivocaciones y las fantasías. La anterior es una de las características principales de la literatura de géneros. Son libros que se dirigen a los lectores, no a servir de vehículo a los egos íntimos (que a veces más vale que permanezcan en silencio). En esta columna, que iniciaremos tras un paréntesis ocupado por un genuino folletín, procuraremos darle un vistazo a este bazar literario fascinante que son los libros calificados como de género. Evaluaremos autores y recomendaremos obras. Esperamos que nuestros lectores lo aprecien. Todo lo que deseamos hacer es una modesta incitación a la lectura. A propósito, ¿han leído a John Wyndham?

Fuente: Opinión

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jueves, 7 de junio de 2012

7 de Junio DÍA DEL PERIODISTA

MUY FELÍZ DÍA A TODOS Y TODAS LOS PERIODISTAS!        mafalda dia del periodista

 

La palabra que comunica, que cuenta, que difunde, que indaga y arremete contra vericuetos, rincones oscuros, caminos trillados y otros ignotos…

La palabra buscada, encontrada, trabajada, soplada, ofrendada….

Bello ejercicio este de jugar y construir realidades y ensueños con letras unidas a sentido armando frases y creando imagen.

¡Gracias Periodistas!

Y en homenaje comparto este escrito de un grande, cuyo título es tan propio para estos tiempos…

 

LA ARGENTINA YA NO TOMA MATE

Por Rodolfo Walsh

"Se jugaba mucho al ajedrez", escribió Horacio Quiroga en 1927, "y se bromeaba pasablemente. Pero el tema constante, la preocupación y la pasión del país era el cultivo de la yerba mate, al que en mayor o menor escala se hallaban todos ligados".

Cuarenta años después, desde Oberá a San Pedro, o desde Puerto Iguazú a Posadas, era difícil encontrar a alguien que bromeara, pasa­blemente o no.

–Misiones ha perdido su alegría –explicó sencillamente Os­valdo Rey, el maestro de Mbo-Picuá.

Al borde de caminos y picadas el polvo rojo se acumulaba sobre las hojas verdes de los yerbales que, por primera vez en medio siglo, no veían llegar la muchedumbre de los tareferos. El Paraná transcurría sin barcos y los edificios sombríos de los secaderos estaban desiertos. Sobre los viejos emplazamientos de los jesuítas y los largos pueblos que creó el auge de la inmigración, descendía una calma engañosa.

"La pasión y la preocupación del país" se había transformado, en 1966, en una amarga conjetura. El imperio de la yerba de cultivo que en cinco décadas se expandió en proporción de 140 a 1, se resquebra­jaba por innumerables fisuras.

Para algunos era el fin: un alemán-brasilero de El dorado mache­teaba furiosamente a ras del suelo su yerbal intacto. Para otros, una sorpresa más de este país incomprensible: al japonés Yamato se le caían los brazos, en su chacra de Garhuapé, frente a las plantas que eran suyas y no eran suyas, puesto que el gobierno prohibía cosechar­las. En los juzgados de Posadas se amontonaban los recursos de am­paro contra el decreto que en marzo de este año interdijo la zafra.

–Yo me sublevé el 27 de junio, un día antes que los militares –explicó risueñamente el suizo Roth, que en Santo Pipó estaba co­sechando contra viento y marea.

Las gremiales de productores echaban la culpa a los gobiernos; dirigentes políticos, a las gremiales; comerciantes, a todo el mundo; tareferos sin trabajo, no sabían a quién echarla.

–Acá no hay reclamos –resumió un oscuro paraguayo contem­plando su machete inútil–. Si protesta, le dicen comunista y le sacan a patadas.

Las disquisiciones históricas sobre la yerba no prosperan en Mi­siones; allí la historia se llama Pilsudski o Benes; apila cadáveres fan­tasmales en el Marne o en Fort Douaumont; viste de ajadas plumas a la kronprinzess o retrocede llorosa a las calles ensangrentadas de Petersburgo.

Muy pocos entre estos hombres preocupados, perplejos, agobia­dos, se reconocían protagonistas en una guerra silenciosa iniciada ha­ce tres siglos y medio.

ESA LARGA HISTORIA

El avión que tres veces por semana sale de Iguazú rumbo a Posadas vuela breves minutos sobre una región de selva donde no se distingue un sendero, una casa. En esos bosques, que se adensan y prolongan hacia el norte, crece todavía en manchones un árbol alto y esbelto que los guaraníes llamaron caá y los españoles yerba y que ha sido el mo­tivo central en la historia del Paraguay, de tres estados brasileños y de una provincia argentina.

La yerba figura en las crónicas más antiguas y en las listas de sa­queo de todas las batallas; hace la riqueza de los encomenderos y des­pués de los jesuítas; mueve contra éstos las invasiones de los "mame­lucos" paulistas; su comercio o su cosecha son prohibidos por los primeros gobernantes de estas tierras y por los últimos: desde Hernandarias hasta el doctor Illia, pasando por Belgrano.

La expulsión de los jesuítas y la destrucción de los últimos pue­blos de las Misiones por el general brasileño Chagas, en 1817, ponen fin al cultivo de la yerba en la Argentina, que no se reanuda hasta 1904. Diez años después la producción misionera alcanza su primer tope de mil toneladas. Era una gota en el mar de yerba que entraba de Brasil y consumía el país. Pero ya había comenzado el formidable aluvión inmigratorio que iba a convertir los 50.000 habitantes de Mi­siones en los 450.000 de hoy. Con ellos crece la fiebre de la yerba. Las mil toneladas de 1914 llegan a tres mil en 1919, a nueve mil en 1924, amenazan volver a triplicarse en el quinquenio siguiente. En­tonces los exportadores brasileños aliados con los importadores de Buenos Aires obtienen del gobierno de Alvear un decreto que rebaja en un treinta por ciento los derechos de importación. Lisandro de la Torre desbarata esa maniobra desde el Congreso. El "trust de Curityba" acude al dumping y se produce la primera crisis falsamente llama­da de superproducción. En 1935 el Congreso dicta la Ley 12.236 de la que surgen la Comisión Reguladora de la Yerba Mate (CRYM), en­cargada de fijar anualmente la política yerbatera, y su apéndice, el Mercado Consignatario, que recibe la producción bajo prenda agraria y la comercializa. El mecanismo rige hasta hoy.

En 1937, antes que esos organismos entraran a funcionar, la pro­ducción misionera superó por primera vez el consumo nacional, que era de 102.000 toneladas.

La CRYM y el Mercado salvaron al productor misionero de los vaivenes del precio, pero consagrando el statu quo. Los exportado­res brasileños se quedaban con una tajada del mercado nacional que por entonces era del cuarenta por ciento. Esto no podía hacerse sin limitar la producción misionera que en 1938 superaba ya amplia­mente al consumo del país, y así, por decreto, se redujo la zafra de ese año al sesenta por ciento, creándose el sistema de cupos que re­giría hasta 1952.

El resultado de estas y otras medidas es que en el período 1937-1966 la Argentina ha importado, sin necesidad, ochocientas diez mil toneladas de yerba canchada, que a precios de hoy significan treinta mil millones de pesos.

Este es el regalo que Misiones, una provincia con 55 kilómetros de caminos pavimentados, ha hecho al Brasil.

LA DUCHA ESCOCESA

Alternativamente fomentada y desalentada, la producción yerbatera debía desembocar en la crisis actual. La Ley 12.236 impedía nuevos cultivos. Hacia 1952, la decadencia de las plantaciones viejas había hecho caer la producción por debajo de los niveles de consumo. La "congelación" de plantaciones se extiende, sin embargo, hasta 1957, y entonces se pasa al extremo opuesto. Se autoriza a todo el mundo a plantar. Cuando el presidente Aramburu firma ese decreto, la super­producción tiene fecha cierta e inevitable: 1963.

De 60.000 hectáreas plantadas, se pasó a 140.000, con una capa­cidad productiva de 250.000 toneladas anuales, mientras el consumo del país se mantenía estacionario en 130.000 toneladas.

Faltaba el último acto de esta tragedia. En 1961, bajo el gobierno del doctor Frondizi, se negocian en Montevideo las listas de la Aso­ciación Latinoamericana de Libre Comercio, ALALC. Los negocia­dores brasileños consiguen que la yerba mate figure en las listas de li­bre importación.

Mientras Misiones se debatía en su única crisis auténtica de su­perproducción, seguía entrando yerba importada: 26.000 toneladas en 1962, 23.000 en 1963, 27.000 en 1964, 30.000 en 1965.

Los stocks del Mercado Consignatario se triplican. A fines de 1965, sobran para el consumo de dos años. Los productores misioneros, desesperados, piden que se prohiba la cosecha, y el doctor Illia accede.

EL SACRIFICIO

De las escasas plantaciones misioneras que superan las cuatrocientas hectáreas, una de las más hermosas y antiguas es la "María Anto­nia", cerca de San Ignacio. Espesuras del viejo monte cubren toda­vía un tercio de sus 1.500 hectáreas, escondiendo ruinosas fortifica­ciones –un fragmento, quizá, de la llamada "trinchera paraguaya"– y sombreando el camino elevado que hicieron los je­suítas al borde del Paraná y que aún se usa. Todo esto, inclusive el edificio señorial, pertenece hoy a Andrés Haddad. un argentino se­sentón e infatigable nacido en Siria, que admite haber empezado con un capital de veinte centavos, y que preside el Centro Agrario Yer­batero Argentino (CAYA), una de las tres gremiales de productores.

–Los molineros importadores del sur nos han llevado al desas­tre –sostiene don Andrés–. El yerbatero brasileño no invierte un centavo, entra en el monte y poda el árbol. Pero a nosotros, cada hoja nos ha costado dinero.

La yerba es un cultivo exigente. Antes de plantar, hay que des­montar el terreno, descoibarar, rozar, arar, disquear. Requiere un año de vivero antes de trasplantarla y cinco años de cuidado para que em­piece a producir.

Después vienen los gastos de la zafra, la secanza y el canchado, o molienda rudimentaria. Sólo entonces el colono entrega la yerba al Mercado Consignatario y recibe, en concepto de prenda financiada por el Banco de la Nación, una suma inferior al costo. Su ganancia queda remitida al cobro del saldo prendario que le llega con dos, tres y hasta cinco años de atraso en moneda ya desvalorizada.

–Antes –sostiene Haddad–, el colono recibía hasta el ochen­ta por ciento del precio al prendar la yerba. Hoy, apenas recibe el cuarenta.

El Mercado adeuda a los productores más de dos mil millones de pesos en prendas atrasadas desde 1961. Esa deuda sumada a los casi cinco mil millones que se pierden al no cosechar en 1966, resumen la crisis de Misiones.

A don Andrés, la decisión de no cosechar tomada por el CAYA, la ARYA y la Federación de Cooperativas, y avalada por el gobierno, le cuesta veinte millones de pesos.

Pero otros no se resignaron.

"COSECHISTOS" Y EXPORTADORES

La primera rebelión partió de Corrientes. Los Navaja Centeno, pro­pietarios en Virasoro del más grande y moderno establecimiento del país, apelaron judicialmente la inconstitucionalidad del decreto prohi­bitivo y ganaron rápidamente el pleito.

Otros los siguieron: La Plantadora en San Ignacio, Mate Laranjeiras en Puerto Esperanza, Yerbales en San José.

En la Industrial Paraguaya (SAIFI), uno de los gigantes yerbate­ros, el secadero estaba trabajando a todo trapo.

–Nosotros somos "cosechistos" –dice jovialmente el admi­nistrador, Mr. Bramford, un inglés de cara rubicunda y pelo color arena.

SAIFI no tuvo necesidad de apelar: la CRYM le dio permiso de cosechar para exportación.

–¿Al Líbano? –pregunto.

Mr. Bramford guiña un ojo, quizás involuntariamente.

–Al Líbano –dice.

En el puerto que lleva su nombre, Víctor Menocchio afilaba las cuchillas de la máquina de cosechar inventada por él y se disponía a podar ochenta hectáreas, también para exportación.

En Santo Pipó, Santa Ana, San José, los pensamientos de otros "cosechistos" confluían mágicamente en los países árabes que, al pa­recer, se aprestan a consumir en un año más yerba mate que en toda su historia pasada, aunque nada prueba que Argentina esté por superar sus niveles ínfimos de exportación.

Pero el noventa y cinco por ciento de los yerbales y secaderos estaban parados.

LOS DE ABAJO

Emilio Korach renguea todavía. Era colono, y este año debió pasar a peón. El primer día de trabajo en la planta metalúrgica del Zaimán, se quebró una pierna.

–¿Y cómo va? –le digo. El hombre mira su yerbal.

–Estoy aplastado –responde pausadamente–. Nací aquí en San Ignacio, tengo cuarenta y siete años, y usted me ve así. Nunca pu­de llegar a nada, porque simplemente he sido un agricultor honesto y sigo las leyes que dictan los gobiernos. –Su mirada clara se ahonda al resumir la experiencia de su vida.– El agricultor misionero, con el asunto yerba mate, no tiene ninguna chance.

A todo lo ancho de Misiones, quince mil colonos repiten lo mis­mo en todos los tonos, con vestigios de todos los idiomas.

Uno no sabe dónde cair, miquirido –rezonga Víctor Dumansky, viejo y ciego, junto al único hijo que queda a su lado de los trece que tuvo–. Yo recorrí todo mundo miquirido, año mil noveshento once vino aquí, estuvo en Pampa, estuvo en Mendoza, estuvo en San Luis, todos los catres pasé. Y ahora yerba no te pagan miquirido, prenda atrasada te pagan con cuntagotas.

–No hay prata –murmuran absortos los japoneses de Colonia Lujan–. Colonos, mucho pobrecitos.

A Albino Nerenberg lo hallamos trabajando en un aserradero de Irigoyen.

–Cuando viene bien la agricultura –dice mordazmente–, ha­go estas changas.

–¿Bien?

–Pésimo –admite–. Pero los agricultores chicos no somos de­licados. Clavamos los dientes en la pared, y dejamos el estómago col­gado por ahí.

Eugenio Duda tiene apenas ocho hectáreas. Al no cosechar, pier­de "apenas" 30.000 pesos.

–Pero es todo lo que iba a cobrar este año. La chacra de Felipe Villalonga es aun más pobre: él no cosecha­ría aunque lo dejaran.

–El año pasado me dieron un cupo de mil kilos. ¿Qué quiere que haga con mil kilos?

El polaco Saleski ha venido a Santo Pipó con su tractor. No quiere comentar la situación.

–Misiones va a venir capuera –profetiza enigmáticamente.

Parecería que no se puede descender más. Pero se puede. Por de­bajo del agobio de los pequeños colonos se extiende, casi insondable, el hambre y la desesperanza de veinticinco mil peones rurales.

LOS HEREDEROS DEL MENSÚ

Ahí están, hormigueando ente las plantas verdes, con sus caras oscuras, sus ropas remendadas, sus manos ennegrecidas: la muchedumbre de los tareferos. Hombres, mujeres, chicos, el trabajo no hace distingos.

En un yerbal alto como éste, el jefe de la familia trepa al árbol y con la tijera poda las ramas que su compañera y su prole cortan y quiebran en un movimiento incesante, separando la hoja del palo y amontonándola en las ponchadas –dos bolsas abiertas y unidas– que cuando estén llenas se convertirán en "raídos".

No hay cabezas rubias ni apellidos exóticos entre ellos. El tarefero es siempre criollo, misionero, paraguayo, peón golondrina sin tierra.

Se acercan, nos rodean mansamente, y no tenemos que pregun­tarles siquiera para que caiga sobre nosotros el aluvión de su protesta:

Estamos todos abajo –dicen.

Nuestro jornal no sube.

–El familiar no te pagan.

–Estamos atenidos.

–Apenas se gana para el pan.

–Si uno come medio kilo de carne a la semana, ya es lindo.

–Estamos a mate cocido.

–No tenemos ropa.

–Jodiaos, eso es lo que estamos.

Se quitan la palabra de la boca en su apuro por transmitir esa angus­tia a alguna parte, a algún mundo desconocido, antes que llegue el patrón, el capataz, el camión que ya viene por la picada cargando los raídos.

Pero todavía hay tiempo para que las caras cobren nombre. Es Oscar Vallejo, descalzo y trepado a un árbol, el que dice:

–Somos tres y no sacamos dos mil kilos por semana. Diez mil pesos mensuales. Para tres.

Es María Antonia Torales, de 12 años, que debería estar en la es­cuela, pero no está, y gana 125 pesos diarios. Es la gorda Ciriaca González:

–Esto no es ganancia. La quebranza es muy fina.

Porque ahora hay que cosechar con el cinco por ciento de palo, en vez del quince.

Es Máxima Vera, una muchacha envejecida de hermosos ojos agatados, que nos muestra las manos casi negras.

–Curte que da gusto, no hay jabón que saque. Es Fernando Cáceres:

–No somos nada, no tenemos defensa. Aquí no hay sindicato ni leyes ni feriados.

Es Mario Vallejo:

No sabemos adonde reclamar, si a la policía, a la gendarmería, a quién.

Es Valentín Núñez que concluye:

–Si protestas, te echan a patadas.

Y ya llega el camión por la picada, el capataz, los cargadores re­clamando:

–¡Raído! ¡Arriba! ¡muchachos!

Cuatro pares de brazos levantan al sol, como una ofrenda, la ponchada de yerba, la gran riqueza de Misiones construida sobre un mar de sufrimiento.

URUES Y GUAIÑOS

En la playa del secadero, los camiones vuelcan su carga verde que los horquilleros embocan en la cinta transportadora. De ahí la hoja sigue a los grandes tubos de la sapecadora, calentados a temperatura cons­tante, de donde sale a los pocos segundos, ya con su perfume caracte­rístico, tras perder el cuarenta por ciento de agua.

Pero la secanza a fondo, se hace en el barbacuá.

Parados sobre la gran estructura con forma de bote invertido, el urú Marcelino Brites, y su ayudante el guaiño Sanabria, parecen de­monios semidesnudos, sudorosos y raquíticos, mientras con la horqui­lla cambian de capa los cinco mil kilos de hoja verde que se acumulan sobre el enrejado de palos de monte.

Un homo subterráneo insufla en el oscuro galpón una corriente continua de aire quemante.

–¿Cuánto dura el turno?

–Veinte horas –dice el urú sin cesar de mover la hoja con un ritmo y un orden que solo él conoce–. Hasta que termine la secanza.

LA TORTURA DEL BARBACUÁ

La temperatura es tan alta que parece imposible aguantar más de unos minutos. Pero, ¿qué quiere decir alta? Lo sabremos en el "catre" –una especie de barbacuá perfeccionado y plano– de la Industrial Paraguaya. Allí el termómetro colocado junto a las bocas de fuego marca ine­quívocamente: noventa grados centígrados, que significan setenta gra­dos arriba, donde trabajan los secadores.

–Es poco –se lamenta Mr. Bramford, y no sabemos si bromea cuando añade:

–Lo ideal es ciento veinte grados abajo y cien arriba.

Arriba, la escena parece arrancada de un sueño. Sobre una alti­planicie de hojas que se pierde en largas penumbras, flotan los vahos blanquecinos de la yerba secada, su perfume bruscamente intolerable. Como sombras de otro mundo armadas de horquillas, se mueven me­dia docena de hombres.

Este, que sin duda es el trabajo más insalubre del mundo, es también la cumbre del oficio del peón yerbatero, la suprema ciencia y la suprema recompensa: el urú gana la extraordinaria suma de 67 pe­sos la hora.

El sesenta por ciento de la yerba de Misiones se seca de este modo. El resto, en instalaciones mecánicas de secanza rápida. Pero todo el mundo sabe que la yerba de catre o de barbacuá tiene otro sabor...

DESOCUPACIÓN Y ÉXODO

Estos hombres son afortunados: tienen trabajo. En El Porvenir de los Barthe, cerca de Posadas, quedaban treinta peones, de los cien que trabajaban normalmente en esa época. En la María Antonia, sobre cien peones estables, trabajan cuarenta. En Puerto Menocchio, cua­renta sobre ochenta. En Gisela, veintidós sobre ciento veinte.

–Tengo que inventarles trabajo –nos dice el administrador Lutjohan–. Más no puedo mantener.

En San Ignacio, hablamos con el comandante Rogelio Fortunato, jefe del escuadrón 11 de Gendarmería Nacional. –Aquí hay hambre –dice con un rescoldo de indignación en la voz–. Aquí hay miseria, hay desocupación, hay éxodo. Aquí estamos dando diariamente de ocho a diez frazadas, porque la gente pasa frío. Aquí hay familias donde entre seis comen diez mandiocas en todo el día.

En marzo el gobierno radical pretendió demostrar que la prohibición de la zafra no acarreaba desocupación. En Santo Pipó, donde se denunciaban trescientos desocupados, la encuesta gubernamental sólo pudo descubrir a dos.

–¡Pero yo le voy a hacer hablar los ranchos mudos! –excla­ma, justamente en Santo Pipó, este hombre sólido y enérgico, impe­cable en su traje blanco de médico, enormemente versado en el pro­blema yerbatero, que presidió hasta junio la Cámara de Diputados de la provincia.

El doctor Comolli nos lleva a recorrer las casas vacías de El 26, el "conventillo" desierto de La Invernada, la escuela 140, donde aca­ban de suprimirse dos grados porque cincuenta alumnos se han ido, los restos de los ranchos derrumbados por los peones paraguayos que vuelven a su país.

¿Qué otra cosa puede hacer esa gente? Voltea su rancho, amon­tona las tablas en una canoa y se va, con su atadito de ropa, su mujer, sus hijos nacidos en la Argentina, que la Argentina expulsa.

Pero la predicción es segura: el año próximo, cuando se vuelva a cosechar la yerba, faltarán brazos en Misiones.

¿HAY SOLUCIÓN?

Enunciar en pocas líneas una solución para los problemas misione­ros sería insensato. A los males estructurales de la provincia, la falta de caminos, el consumo de energía eléctrica más bajo del país, las cíclicas crisis yerbateras, se suman otras desgracias parciales y aca­so inevitables, como la catastrófica caída en el precio internacional del tung.

Pero en torno de la yerba, todos creen que se puede y se debe ha­cer algo. Y nadie duda de que, en la base misma de lo que se puede y se debe hacer, está la prohibición, absoluta y para siempre, de impor­tar yerba por cualquier vía que sea.

No bastará con eso. La capacidad productiva duplicará durante muchos años el consumo del país. Las zafras deberán ser reguladas, el tambaleante Mercado reconstruido. Habrá que extirpar los yerbales improductivos porque su bajo rendimiento influye en la determina­ción del costo y, por lo tanto, en el precio. Algunos rinden menos de 500 kilos secos por hectárea, cuando el suizo Alberto Roth obtiene diez veces más. inclusive en yerbales viejos, mediante un cultivo ejemplar.

ABRIR MERCADOS

Aun así, será insuficiente. En medio siglo la industria yerbatera no ha invertido un centavo en propaganda eficaz, en investigación. La Co­misión de Propaganda de la GRYM es inoperante, con un presupuesto inferior a los cuarenta millones anuales. Para competir con otras infu­siones y bebidas, el mate necesitaría un presupuesto publicitario diez veces superior, nada exagerado si se piensa que el mercado de consu­mo asciende a diez mil millones.

El consumo per cápita disminuye año a año; de diez kilos en 1930, a menos de seis en la actualidad. Para muchos, el mate con bombilla está condenado, salvo en las zonas rurales. Hay que buscar nuevas formas de presentar el producto. Es preciso abrir mercados a la exportación.

Nada de esto podrá hacerlo Misiones con sus propias fuerzas. El colono misionero ha demostrado que es buen negocio financiarlo. Es­to se ha hecho hasta la explotación. Por una vez, podría hacerse de otro modo.

Si cada uno de esos objetivos se cumple, es posible que el culti­vo yerbatero sobreviva. De lo contrario, se habrá perdido definitiva­mente la guerra iniciada hace tres siglos por los "mamelucos" paulistas contra los viejos pueblos de las Misiones.

Tomado prestado de: RODOLFO WALSH - El violento oficio de escribir - Obra periodística (1953-1977) - Espejo de la Argentina - PLANETA

 

RODOLFO WALSH http://1.bp.blogspot.com/_c5q9qLYvSCA/SeWoW5emqXI/AAAAAAAAACg/tPeMLGCjlF4/s400/1-rodolfo_walsh.jpg

nació en 1927 en la localidad de Choele-Choel, provincia de Río Negro. Fue escritor, periodista, traductor y asesor de colecciones. Su obra recorre especialmente el género policial, periodístico y testimonial, con celebradas obras como Operación Masacre y Quién mató a Rosendo. Walsh es para muchos el paradigmático producto de una tensión resuelta: la establecida entre el intelectual y la política, la ficción y el compromiso revolucionario. El 25 de marzo de 1977 un pelotón especializado emboscó a Rodolfo Walsh en calles de Buenos Aires con el objetivo de aprehenderlo vivo. Walsh, militante revolucionario, se resistió, hirió y fue herido a su vez de muerte. Su cuerpo nunca apareció. El día anterior había escrito lo que sería su última palabra pública: la Carta abierta a la junta militar.

miércoles, 6 de junio de 2012

Murió Ray Bradbury

 

A los 91 años se nos fue Ray Bradbury, el legendario autor de Crónicas Marcianas, Fahrenheit 451 y El País de Octubre, entre otros libros que cautivaron la imaginación de millones de lectores agradecidos.

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El escritor Ray Bradbury, uno de los autores estadounidenses más importantes del Siglo XX, falleció esta mañana en Los Ángeles a la edad de 91 años.

Así lo confirmó su biógrafo, Sam Weller, así como integrantes de su familia, lo que luego fue confirmado por la agencia AP. Su nieto, Danny Karapetian, aseguró a Io9 que "si tuviera que hacer alguna declaración, sería lo mucho que lo amo y lo extraño, y que espero escuchar los recuerdos que los demás tienen sobre él".-

"Influyó a tantos artistas, escritores, maestros, científicos que siempre es reconfortante escuchar sus historias. Su legado vive en su monumental cantidad de libros, filmes y obras de teatro, pero en forma más importante en las mentes y corazones de cualquiera que lo haya leído, porque leerlo era conocerlo. Era el niño más grande que conocía", agregó.

Al cumplir 80 años, Bradbury supo decir: "La gran diversión de mi vida ha sido levantarme en la mañana y correr a la máquina de escribir debido a que alguna nueva idea me había asaltado. El sentimiento que tengo día a día es parecido desde que tenía 12 años. En cualquier circunstancia acá estoy, a los 80 sin sentirme distinto, lleno de una gran sensación de alegría y feliz por la larga vida que se me ha permitido. Tengo buenos plantes para los próximos 10 o 20 años, y espero que ustedes me acompañen".
Bradbury nació el 22 de agosto en Waukegan, Illinois. Aunque fue clasificado popularmente como escritor de ciencia ficción, esta etiqueta no resultó del todo cómoda ni para él, sus colegas y principalmente los lectores más fieles de este género. "Fahrenheit 451", la novela distópica que gira en torno a un cuerpo de bomberos que debe quemar los libros -no extinguir los incendios- es quizá su obra más acorde a los cánones que suelen esgrimir los puristas de la ciencia ficción.

Su mejor obra, sin embargo, es probablemente Crónicas Marcianas, una colección de relatos que narran el intento de la Tierra por colonizar Marte. Su visión romántica del planeta rojo, más ligada a la literatura fantástica que a la línea "dura" de la ciencia ficción, es una maravillosa fábula que funciona a varios niveles y que juega con la búsqueda de un tiempo idílico, el de una infancia perdida en el inconsciente colectivo de los hombres.

El principal atributo de Bradbury, sin embargo, el que le ganó un lugar en el corazón de cualquier lector con sensibilidad e imaginación, fue su capacidad de emocionar y trascender las palabras. Más allá de las diferencias estilísticas, de los altibajos de su incansable trabajo (que abarca más de 50 libros repartidos en más de 60 años), Bradbury tiene el mérito de habernos inducido ese cosquilleo indescifrable que obtiene a veces la literatura, la alquimia de saber reordenar signos tan simples como las letras y caracteres del abecedario y transformarlas en imágenes poderosas y evocadoras, de abrir un canal directo al corazón del lector y hacerlo sentir distinto después de unas pocas páginas. Bradbury fue uno de esos autores únicos, capaces de hacen sentir especial al lector y no solamente al libro, de crear un vínculo irrepetible, personal e intransferible a otros individuos. Cada uno de sus lectores tiene derecho a sentir que su relación con la literatuira bradburiana es única e imposible de entender por los demás.

La adolescencia, juventud y madurez de muchos no sería la misma sin las palabras de Bradbury, uno de los pocos escritores capaces de desarrollar un vínculo tan cercano con esa entidad lejana y anónima que conforman los lectores. A 91 años de vida se nos fue Bradbury, y con él se fueron las suaves corrientes de los ajedrezados canales marcianos, las brisas melancólicas que marcan el fin del verano, las personas otoñales que pasan por las aceras desiertas con un sonido de lluvia, los veranos perdidos de la infancia, la extraña nostalgia por tiempos que nunca vivimos y, sobre todo, se fue un pedazo de la vida para todos aquellos que hoy en día no seríamos los mismos sin él.

Fuente: Montevideo

Y en su homenaje les dejo un cuento que me gusta mucho y cuyo título resulta apropiado para esta ocasión

 

HOLA Y ADIOS

Un Cuento de RAY BRADBURY

Pues claro que se iba, qué otra cosa podía hacer, el tiempo se había agotado y se iba, se iba muy lejos. Tenía ya hecha la maleta, había sacado brillo a los zapatos; se había cepillado el pelo y se había lavado expresamente detrás de las orejas. Tan sólo faltaba bajar las escaleras, salir por la puerta y subir la calle hasta la estación del pueblo, donde el tren se detendría exclusivamente para recogerle a él; entonces Fox Hill, Illinois, quedaría atrás, muy atrás en su pasado. Y él proseguiría su camino, quizá a Iowa, tal vez a Kansas, quién sabe si a California; un chiquillo de doce años, en cuya maleta un certificado de nacimiento acreditaba que lo había hecho hacía cuarenta y tres.

–¡Willie! –exclamó una voz en la planta baja.

–¡Ya voy! –Alzó del suelo la maleta. Vio en el espejo de su cómoda un rostro formado por dientes de león de junio, manzanas de julio y leche de cálida mañana de verano. Allí, como siempre, se reflejaban el ángel y el inocente, aquella efigie que tal vez nunca, en todos los años de su vida, llegase a cambiar.

–Casi es la hora –llamó la voz de mujer.

–¡Ahora mismo! –Y descendió por la escalera, al tiempo gruñón y sonriente. En la sala de estar, sentados, Anna y Steve, las ropas dolorosamente pulcras.

–¡Aquí estoy! –exclamó Willie desde el umbral de la sala.

Daba la impresión de que Anna fuese a romper a llorar.

–¡Oh, Dios mío! No es posible que vayas a dejarnos, ¿verdad, Willie?

–La gente está empezando a murmurar –dijo Willie tranquilamente–. Hace ahora tres años que estoy aquí. Pero cuando la gente se pone a murmurar, sé que ha llegado la hora de ponerme los zapatos y sacar un billete de tren.

–Todo es tan extraño, no lo entiendo. ¡Y así, tan de pronto! –se lamentó Anna–. Willie, te vamos a echar muchísimo de menos.

–Yo os escribiré todas las Navidades. Por favor, ayudadme. No me escribáis vosotros.

–Ha sido un gran placer y una satisfacción –dijo Steve, allí sentado, demasiado ampulosas las palabras, palabras que cuadraban mal en su boca–. Es una vergüenza que esto haya de acabar así. Es una vergüenza que hayas tenido que contamos tu caso. Es una condenada vergüenza que no puedas quedarte.

–Vosotros sois los parientes más agradables que he tenido nunca –dijo Willie, desde su metro veinte de estatura, barbilampiño, radiante el sol en su rostro.

Y entonces Anna se echó a llorar.

–Willie, Willie –gimió. Se sentó. Parecía querer abrazarle, pero abrazarle le daba miedo ahora; le miró con sorpresa y desconcierto, vacías las manos, sin saber qué hacer.

–No resulta fácil irse –dijo Willie–. Se acostumbra uno a la situación. Desea uno quedarse, pero no puede ser. En una ocasión probé a quedarme después de que la gente comenzase a desconfiar. «¡Qué cosa más horrible!», decían. «¡Tantos años jugando con los inocentes de nuestros niños –decían–, y nosotros sin enterarnos!» «¡Qué espanto!», dijeron. Y al final, una noche tuve que huir de la ciudad. No resulta fácil, no. Sabéis perfectamente bien cuánto os quiero a ambos. ¡Gracias por estos tres años fabulosos!

Fueron todos juntos hasta la puerta delantera.

–Willie, ¿adónde piensas ir?

–No lo sé. Sencillamente, me pongo a viajar. Cuando veo una ciudad que promete ser verde y agradable, me quedo.

–¿Volverás algún día?

–Sí–dijo con toda formalidad su vocecilla aguda–. Dentro de unos veinte anos debería empezar a reflejarse la edad en mi rostro. Cuando así sea, pienso hacer un gran recorrido y visitar a todos los padres y madres que he tenido.

Permanecieron en pie en el fresco porche veraniego, reacios a decirse las últimas palabras. Steve tenía tozudamente clavada la mirada en un olmo.

–¿Con cuántas familias has estado, Willie? ¿Cuántas veces has sido adoptado?

Willie hizo el cálculo de bastante buen grado:

–Me parece que han sido unas cinco ciudades y cinco los matrimonios con quienes he estado. Han pasado más de veinte años desde que empecé mi peregrinaje.

–Bueno, no tenemos motivo para quejamos –dijo Steve–. Más vale tener un hijo durante treinta y seis meses que ninguno en absoluto.

–Bien... –dijo Willie. Se despidió de Anna con un beso rápido, asió el equipaje y se marchó calle arriba, penetrando en la verde luz del mediodía, bajo los árboles... un chiquillo muy joven en verdad, sin volver atrás la mirada, corriendo.

Los chicos estaban jugando en el verde diamante del parque cuando pasó. Permaneció un ratito bajo la sombra de los robles, observándoles lanzar la blanca, nívea bola de béisbol que hendía el aire cálido del verano; vio volar sobre la hierba, como un pájaro oscuro, la sombra de la bola; vio cómo se abrían las manos, como bocas voraces, para atrapar aquel raudo fragmento de estío que ahora parecía tan importante asir. Gritaron los chicos. La bola aterrizó en la hierba, cerca de Willie.

Al avanzar con la bola, saliendo de los árboles umbrosos, pensó en los tres últimos años, ahora gastados hasta el céntimo, y en los cinco años anteriores, y así, remontando el hilo de su vida, hasta el año en que cumplió verdaderamente los once años y los doce y los catorce; penso en las voces que decían: («¿Qué le pasa a Willie, señora?» «Señora B., ¿no está Willie retrasado en su crecimiento?» «Willie, ¿has estado fumando cigarros últimamente?» Los ecos se extinguieron en luz y colores veraniegos. La voz de su madre: «¡Willie cumple hoy los veintiuno!». Y un millar de voces repitiendo: «Hijo, vuelve cuando cumplas quince años; tal vez entonces podamos darte trabajo».

Se quedó mirando fijamente a la pelota de béisbol que sostenía en su mano temblorosa, imagen de su vida, una bola interminable de años bobinados y rebobinados una y otra vez, pero siempre conducentes a su duodécimo cumpleaños. Oyó a los chicos venir hacia él; sintió que le tapaban el sol, los vio mayores que él, rodeándole.

–¡Willie! ¿Adónde vas? –Le dieron una patada a su maleta.

¡Qué altos, allí plantados, en el sol! Era como si en aquellos últimos meses, el Sol hubiera pasado una mano sobre sus cabezas, reclamándoles, y ellos fueran cálido metal fundente atraído hacia lo alto; como si fueran trigo dorado halado hacia el cielo por una inmensa fuerza gravitatoria; ellos, con sus trece, catorce años, mirando a Willie desde las alturas, sonrientes todavía, pero ya comenzando a tenerle por un cero a la izquierda. Aquello había empezado hacía cuatro meses.

–¡Formemos equipos! ¿Quién quiere a Willie en el suyo?

–¡Bah!, Willie es demasiado pequeño; no queremos «niños» con nosotros.

Y le aventajaron en la carrera, atraídos por la Luna y el Sol y por la sucesión turnante de estaciones de hoja y de viento; él siguió teniendo doce años, pero ninguno de los otros volvió a tenerlos jamás. Y las voces, las otras voces comenzaron de nuevo a repetir el manido estribillo, frío y aterradoramente familiar: «Más vale que le des vitaminas a ese chico, Steve». «¿Qué pasa, Anna, es que en tu familia hay una rama de bajitos?» Y el frío puño que vuelve a golpearte el corazón, el conocimiento de que será preciso volver a arrancar las raíces después de tantos años buenos con los «parientes».

–¿Adónde vas, Willie?

Sacudió bruscamente la cabeza. Volvía a encontrarse en medio de aquellas torres humanas, de aquellos mocetones que le hacían sombra, que pululaban en torno a él, como gigantes inclinados a beber en la fuente de un parque.

–Me voy unos días a casa de un primo.

–Oh. –Hubo un día, hace un año, en que eso les hubiera importado mucho. Pero ahora tan sólo sentían curiosidad por su equipaje. No era más que la fascinación de los viajes y los trenes y los lugares distantes.

–¿Qué os parece si echamos un par de partidas rápidas? –dijo Willie.

Su aspecto era más bien dubitativo pero, dadas las circunstancias, accedieron. Dejó caer la bolsa y corrió; la blanca pelota de béisbol estaba allá en lo alto, en el sol, distante de sus figuras de blanco ardiente en la lejanía del prado, de nuevo en el sol, apresurada, la vida yendo y viniendo, como obedeciendo a un patrón. ¡Aquí, allí! ¡El señor y la señora Robert Hanlon, de Creek Bend, Wisconsin, 1932, la primera pareja, el primer año! ¡Aquí, allí! ¡Henry y Alice Boltz, Limeville, Iowa, 1935! ¡Vuela, pelota! ¡Los Smith, los Eaton, los Robinson! ¡1939! ¡1945! Marido y mujer, marido y mujer, sin niños, sin niños. Una llamada a esa puerta, una llamada a esa otra.

–Disculpe usted. Me llamo William. Me pregunto si...

–¿Un bocadillo? Pasa, siéntate. ¿De dónde vienes, hijo?

El bocadillo, el vaso largo de leche fresca, la sonrisa, el gesto acogedor, la conversación cómoda, distendida.

–Hijo, das la impresión de haber estado viajando. ¿Te has escapado de algún sitio?

–No.

–Chico, ¿eres huérfano?

Otro vaso de leche.

–Siempre quisimos tener hijos, pero nunca hemos podido. Jamás supimos por qué. Cosas que pasan. Bueno, bueno. Se está haciendo tarde, hijo. ¿No crees que sería mejor que te fueras a casa?

–No tengo casa.

–¿Un chico como tú? ¿Con lo limpias que tienes las orejas? Tu madre estará preocupada.

–No tengo casa ni parientes en todo el mundo. Me pregunto si... me pregunto... ¿me permitirían pasar aquí esta noche?

–Bueno, hijo, verás, no sé qué decir. Nunca habíamos pensado en admitir... –dijo el marido.

–Esta noche tengo pollo para cenar –dijo la mujer–, y hay bastante para repetir, bastante para las visitas...

Y los años que pasan, que vuelan; las voces, y los rostros, y las gentes; las primeras conversaciones, siempre las mismas. La voz de Emily Robinson, en su mecedora, en la oscuridad de la noche veraniega, la última noche que estuvo con ella, la noche en que ella descubrió su secreto, su voz, al decir:

–Miro las caras de todos los niñitos que pasan. Y a veces pienso: ¡Qué vergüenza! ¡Qué vergüenza que todas esas flores hayan de ser cortadas, que sea preciso extinguir el fulgor de esos fuegos! Qué vergüenza que éstos, todos esos que vemos en las escuelas o correteando por ahí hayan de tornarse altos y desagradables; que luego lleguen las arrugas, la sal y la pimienta en el pelo, o la calvicie, para luego, finalmente, puros huesos y resuellos, tener que morir, enterrados y olvidados. Cuando oigo reír a los niños, me resulta imposible creer que hayan de recorrer la misma senda por la que yo camino. Y sin embargo, ¡vienen! Aún recuerdo aquel poema de Wordsworth: «...cuando de pronto vi una multitud, una hueste de dorados lirios, cerca del lago, bajo los árboles, lirios que se agitan y se mecen en la brisa». Eso es lo que a mí me parecen los niños, pese a lo crueles que son a veces, a pesar de saber cuán malvados pueden ser. Pero no les asoma todavía la maldad en torno a los ojos, aún no se lee la malicia en su mirada, sus ojos aún no se han saturado de cansancio. ¡Es tanta el ansia que sienten por todo! Me imagino que eso es lo que más echo a faltar en las personas mayores, que en nueve de cada diez casos han perdido ese ansia, esa frescura, a quienes se les ha escurrido desagüe abajo tanta de su energía vital... Adoro ver cómo salen cada día los niños de la escuela; es como si sus puertas lanzasen florecillas a la calle. ¿Qué se siente, Willie? ¿Qué siente uno al ser eternamente joven? ¿Cómo es parecer una moneda de plata recién acuñada? ¿Eres feliz? ¿Te encuentras tan estupendamente como dice tu aspecto?

La bola de béisbol llegó zumbando desde el cielo azul; le dio a su mano un picotazo, como un gran insecto pálido. Mientras se la .acariciaba, Willie oyó a su memoria decir:

«Trabajé con lo que tenía. Después de morir mis parientes, tras descubrir que no podía encontrar en ningún sitio trabajo de adulto, probé suerte en las ferias, pero sólo conseguí que se rieran de mí. "Hijo –me dijeron–, no eres un enano, e incluso aunque lo seas, ¡tu aspecto es de un chico normal! Queremos enanos con cara de enanos. Lo siento, hijo, lo siento." Así que me fui de casa, y eché a andar pensando: ¿Qué era yo? Un niño. Tenía aspecto de niño, tenía voz de niño, así que podría perfectamente seguir siendo un niño. De nada valía luchar contra ello. De nada serviría gritar. ¿Qué podía hacer, pues? ¿Qué trabajo tenía a mi alcance? Y un buen día vi a un hombre en un restaurante mirar las fotografías que de sus hijos le enseñaba otro hombre. "Claro que me gustaría tener hijos –decía–, ya lo creo que me gustaría." No hacía más que mover con desánimo la cabeza. Y yo sentado allí, a unos pocos asientos de él, con una hamburguesa entre las manos. Me quedé allí sentado, ¡helado! En aquel mismo instante supe cuál iba a ser mi trabajo durante el resto de mi vida. Sí, había trabajo para mí, después de todo: hacer felices a gentes solitarias. Mantenerme ocupado. Jugar eternamente. Me di cuenta de que tendría que jugar eternamente. Repartir unos cuantos periódicos, hacer recados, segar unos cuantos céspedes. quizá. Ahora, ¿trabajos pesados? Jamás. Todo cuanto tendría que hacer consistiría en ser hijo de una madre y orgullo de un padre. Me dirigí al hombre que se encontraba un poco más abajo que yo en la barra. "Discúlpeme", le dije, y le sonreí...»

–Pero Willie –le había dicho hacía mucho la señora Emily–, ¿nunca te has sentido solo? ¿Nunca has querido... esas cosas que los adultos desean?

–Esa batalla la tuve que librar yo solo –dijo Willie.

«Soy un chiquillo –me dije–, tendré que vivir en un mundo de chiquillos, leer libros para niños, jugar a juegos de niños, desconectarme de todo lo demás. No puedo ser las dos cosas. Yo sólo tengo que ser una cosa: joven. Así que hice mi papel. ¡Oh, no fue fácil! Hubo momentos...» Se interrumpió y se sumió en el silencio.

«Y la familia con la que vivías, ¿no llegó a saberlo nunca?»

«No. Decírselo hubiera estropeado todo. Les conté que me había escapado; les dejé comprobarlo por conducto oficial, por la policía. Después, cuando no apareció ninguna ficha ni denuncia, dejé que solicitasen mi adopción. Eso era lo mejor de todo, siempre y cuando no sospechasen nada. Pero, entonces, después de tres años, o de cinco, se imaginaban lo que pasaba, o llegaba un viajante que me conocía, o me tropezaba con un feriante, y aquello se acababa. Siempre tenía que acabar.»

«¿Y tú eres muy feliz? ¿Es agradable seguir siendo niño durante cuarenta años?»

«Como suele decirse, es una forma de ganarse la vida. Y cuando uno hace felices a otras personas, casi se es feliz también. Sea como fuere, dentro de unos cuantos años estaré ya en mi segunda infancia. Habré doblado el cabo de las tormentas, habré olvidado las insatisfacciones y casi todos los sueños. Tal vez entonces pueda comportarme con naturalidad y representar mi papel hasta el final.»

Lanzó una última vez la bola de béisbol y rompió el ensueño. Corrió a coger su equipaje. Tom, Bill, Jamie, Bobb, Sam; sus nombres se movieron sobre sus labios. Percibió el embarazo de los muchachos al irles estrechando la mano.

–Bueno, Willie, después de todo no es como si te fueras a China o a Tombuctú.

–Así es, ¿verdad? –Willie no se movió.

–Hasta pronto, Willie. Nos veremos la semana que viene.

–Hasta pronto, hasta pronto.

Y fue alejándose con la maleta, mirando a los árboles, alejándose de los muchachos y de la calle en la que había vivido. Al doblar una esquina aulló el silbato de un tren, y echó a correr.

Lo último que vio y oyó fue una blanca bola de béisbol lanzada a lo alto de un tejado, atrás y adelante, atrás y adelante, los gritos de dos voces (la bola lanzada hacia arriba, y luego abajo y otra vez a través del cielo). «¡Annie, Annie, basta! ¡Basta, Annie, basta!», gritos como los de los pájaros al volar hacia el lejano sur.

Se despertó de madrugada, una madrugada con olor de la neblina y del frío metal, envuelto en el olor ferroso del tren que le rodeaba, los huesos sacudidos, entumecidos los miembros por toda una noche de viaje. Se despertó con olor de sol tras el horizonte; su vista se tendió sobre una pequeña villa recién surgida del sueño. Se estaban encendiendo las primeras luces, murmuraban quedas las voces; una señal roja oscilaba adelante y atrás, atrás y adelante, en el aire frío de la mañana. Había ese silencio somnoliento en el cual los ecos están dignificados por la claridad, en el cual los ecos se encuentran desnudos, nítidos y solitarios. Pasó un mozo de tren, una sombra entre las sombras.

–Señor –dijo Willie.

El mozo se detuvo.

–¿Cómo se llama esta ciudad? –susurró el chico desde la oscuridad.

–Valleyville.

–¿Cuántos habitantes tiene?

–Diez mil. ¿Por qué lo preguntas? ¿Te bajas aquí?

–Parece verde. –Willie permaneció largo rato escrutando la ciudad sumida en la madrugada–. Parece agradable y tranquila –añadió.

–Hijo –dijo el mozo–, ¿de verdad sabes a dónde vas?

–Aquí –respondió Willie. Y se levantó tranquilamente en la madrugada tranquila, fría, saturada de olor a hierro, en la oscuridad del tren, con un rozar de ropas, perturbando el silencio.

–Chico, confío en que sepas lo que te haces –dijo el mozo de tren.

–Sí, señor, sé lo que me hago. –Y descendió al oscuro andén, con el equipaje en pos, en manos del mozo; salió a la mañana que recibía las primeras luces, la mañana humeante y fría que condensaba el aliento. Permaneció un instante con la vista alzada hacia el mozo y hacia el negro tren de metal, contra el fondo de las pocas estrellas que aún quedaban. El tren exhaló un gran soplido aullante en su silbato, los mozos del tren gritaron a lo largo de toda la hilera de vagones, los coches saltaron, y su mozo sonrió y ondeó la mano en señal de saludo al chico que allí se quedaba, a aquel chico pequeñín con su maletón que le estaba gritando algo, a pesar de que la máquina volvía a soltar su silbido.

–¿Qué? –gritó el mozo, con la mano haciendo pabellón en la oreja.

–¡Deséeme suerte! –gritó Willie.

–¡La mejor del mundo, hijo! –exclamó el mozo, saludando, sonriendo–. ¡Muchacho, la mejor del mundo!

–Gracias –dijo Willie en mitad del estrépito del tren, en el vapor y el rugido.

Permaneció mirando al negro tren hasta que se fue completamente y se perdió de vista en la lejanía. No se movió durante todo el tiempo que tardó en irse. Allí se estuvo, quietecito en el fatigado andén de madera, doce años de chiquillo, y sólo después de pasados tres minutos completos se volvió para, por fin, encararse con las calles desiertas.

Después, mientras el sol se alzaba, echó a andar a toda prisa para guardar el calor, bajando de la estación, entrando en la nueva ciudad.

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martes, 5 de junio de 2012

cuento: Hombres, mujeres y flores

Me llegó este cuento gracias a mi amigo Roque el señor de los cuentos…

Es muy bello por eso lo comparto

Hombres, mujeres y flores

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un cuento de Duc Ban (Vietnam)

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Dos hombres caminaban por una calle bajo el sol en una tarde de verano. Nadie sabía sus nombres, edades o de dónde eran. Ni tampoco el escritor de esta historia; simplemente llamémoslos el hombre de la gorra y el hombre sin gorra.
Caminaron por la acera y entraron a un pequeño café bajo un almendro. Dentro del café estaba oscuro y frío, y olía un poco a pimienta. La propietaria era una mujer delicada que usaba una fina blusa de seda amarilla, su pelo era suave como el agua. Sus ojos eran extremadamente negros; incluso las personas exigentes sobre la faz de la tierra no encontraban defectos en ellos. Era hermosa y estaba empapada de una tristeza pura.
-Hola, hermana -dijeron los dos hombres, las voces se aferraban entre sí y temblaban ligeramente.
La mujer arqueó las cejas y asintió, un gesto magnánimo y en cierta forma noble.
Los dos jóvenes se sentaron en la mesa junto a la puerta.
El hombre sin gorra estiró un brazo por detrás de su silla.
El hombre que usaba gorra dobló un brazo sobre su pecho.
Un enjambre de moscas zumbaba alrededor de ellos y se posaban en un charco en forma de corazón sobre la mesa. Sus numerosas patas se hundían en un líquido del color de la madera. Más tarde estiraban sus alas y descendían, rociando el aire y los pantalones de los hombres con pequeñas gotas de líquido del tamaño de alfileres.
-Hay olor a miel -dijo el hombre que usaba gorra, olfateando.
-Algún tipo de incienso -dijo el otro, pensativo.
Hubo un momento de profundo silencio.
El hombre de la gorra se sacudió la manga, se retorció y gritó:
-¡Moscas! ¡Moscas!
La mujer se rió.
El hombre sin gorra se acomodó sobre la mesa. Pensó en la risa de una mujer de un cuento de hadas, una risa que escuchó en su imaginación cuando tenia diecisiete años... Un caballero errante persiguió esa risa desde joven hasta que su pelo se tornó gris. Murió  un atardecer en que el sol se ponía sobre el océano. En oleadas, la risa de la mujer lo salpicaba como un sudario.
El hombre con gorra de repente se estremeció. En su rostro aparecieron arrugas. Dos moscas casualmente avanzaban sobre sus anillados dedos. Se puso de pie, pisó con fuerza sobre el suelo y salió del café.
-¡No puedo soportar esto! -dijo furioso.
Nadie sabe si estaba furioso por las moscas o por algo más.
-Igual que en un cuento de hadas -el hombre que no tenía gorra todavía estaba pensativo. Parecía un sonámbulo. Sus ojos estaban húmedos. Las lágrimas corrían por sus mejillas que se enrojecían lentamente. Eran unas lágrimas tan raras que las moscas se echaban a volar.
La mujer miró en la distancia. Sus jugosos labios, rojos como flores de loto, de repente tartamudearon cuando ella le preguntó al joven, quien ahora estaba de pie justo delante de ella, separado sólo por un palmo:
-¿Te gusta la pintura de Rafael, Poseidón y Circe?
El hombre sin gorra inclinó su cabeza para mirar a través del orificio en el techo de paja. Se preparaba para un vuelo a la luz del sol y a las nubes.
Dicen que después se hicieron marido y mujer.
En cuanto al hombre de la gorra, después se convirtió en criador de una especie de aves que sólo se alimenta de moscas.

Duc Ban (Vietnam)- Breve reseña sobre su obra

Escritor nacido en 1949 en Ha Tinh, donde actualmente vive.
Ha publicado diversas novelas y colecciones de relatos, algunos de los cuales han sido traducidos y editados en The Literary Review.
Hombres, mujeres y flores aparece publicado en la antología Otra vez la noche, cuentos contemporáneos de Vietnam, publicada por Editorial Popular.

CONCURSO LITERARIO: LA HORA DEL CUENTO

La Hora del Cuento, con el objeto de dar un paso más en su tarea cultural, lleva adelante nuevamente 2 certámenes literarios, uno de cuentos, y otro, exclusivamente de sonetos clásico, incorporando este año un nuevo certamen de micro cuentos, todos los certámenes cuentan con la adhesión de la Sociedad Argentina de Letras Artes y Ciencias.

Espero la propuesta les resulte interesante.

Desde ya se agradece la difusión de estos certámenes.

Selene Lorenzini Sánchez

Para ver las bases pueden descargarlas acá

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