Buenas, aquí de visita en tierras agradables. Bueno sería entablar una relación amistosa entre tu blog y el nuestro, ya que varios códigos similares manejamos. Desde ya, un abrazo grande y muchas felicidades por el trabajo realizado
Un cuento de Andrea Maturana Yo a las mujeres me las imaginaba bonitas, pintadas como la rubia de la esquina que siempre sale a la calle cuando empieza a oscurecerse, pero la Chana llegó a la casa gritando el otro día y le dijo a la mamá que no se había atrevido a contarle nada a la señorita, lo que le pasaba era demasiado terrible. Entonces se había escapado nomás del colegio por arriba de la pandereta congelada de miedo de no alcanzar a llegar y caerse muerta por el camino. La mamá estaba lavando cuando llegó el berrinche y, como siempre hace alharacas, ni se dio vuelta para mirarla mientras ella lloraba y lloraba hasta que la Chana le dijo de una herida que yo no pude oir bien. Ahí la hizo callar porque estaba yo y le dijo que mejor se iban a conversar detrás de la casa para que la hermana chica -o sea yo- no escuchara. Pero por la muralla del fondo se oye todo y yo me puse bien cerca hasta pegar la oreja, igual la Chana habló gritando todo el rato aunque la mamá la hacia callar p...
Cuento Popular Andino. Bolivia, Ecuador, Perú, Panamá En una montaña, vivía un patojo con su mamá que era muy viejita y con dos hermanos. El patojito todos los días, sacaba a calentar al sol a la mamita. Los dos hermanos, como eran bebiones [1] , no paraban; bebían de lunes a sábado y el patojo en la choza con la mamá ya vieja, que no tenía qué comer... En una esas, llegó un sábado, tan; se murió la mama. Se murió la viejecita ¡Ahora, el patojo no tenía ni con que alúmbrale ni con qué tener! Al otro lado, había una ciudad. Entonces, el patojito se pasó para allá a pedir caridad. Entonces, recogió un poco de plata y compró un poco de querosín y con puro querosín, le veló a la mama... Y los hermanos estaban que beben y beben y no sabían la muerte de la mamá. Entonces, ya le veló, amaneció domingo. El patojito cogió a la viejecita y la cargó. Entonces, llegando a la ciudad, el patojito cargando a la mama. El que [2] llegó a la ciudad, siguió repicando misa. Entonc...
Un cuento de Silvina Ocampo Vivían en la obscuridad de corredores fríos donde se establecen corrientes de aire producidas por las plantas de los patios. Tenían almas de funámbulos jugando con los arcos en los patios consecutivos de la casa. No sentían esa pasión desesperada de todos los chicos por tirar piedras y por recoger huevos celestes de urraca en los árboles. Cipriano y Valerio -Cipriano y Valerio los llamaba sin oírlos la planchadora sorda, que rompía la mesa de planchar con sus golpes-. Cipriano y Valerio eran sus hijos, y cada vez se volvían más desconocidos para ella; tenían designios obscuros que habían nacido en un libro de cuentos de saltimbanquis, regalado por los dueños de casa. Cipriano saltaba a través de los arcos con galope de caballo blanco, y Valerio de vez en cuando hacía equilibrio sobre una silla rota y escondía cuidadosamente su afición por las muñecas. No comprendía por qué los varones no tenían que jugar con muñecas. No había ...
Buenas, aquí de visita en tierras agradables. Bueno sería entablar una relación amistosa entre tu blog y el nuestro, ya que varios códigos similares manejamos. Desde ya, un abrazo grande y muchas felicidades por el trabajo realizado
ResponderEliminarMuchas gracias por vuestras palabras. Ya les he includio
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