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El ojo del amo

Un cuento de Italo Calvino (Italia)   -El ojo del amo -le dijo su padre, señalándose un ojo, un ojo viejo entre los párpados ajados, sin pestañas, redondo como el ojo de un pájaro-, el ojo del amo engorda el caballo. -Sí -dijo el hijo y siguió sentado en el borde de la mesa tosca, a la sombra de la gran higuera. -Entonces -dijo el padre, siempre con el dedo debajo del ojo-, ve a los trigales y vigila la siega. El hijo tenía las manos hundidas en los bolsillos, un soplo de viento le agitaba la espalda de la camisa de mangas cortas. -Voy -decía, y no se movía. Las gallinas picoteaban los restos de un higo aplastado en el suelo. Viendo a su hijo abandonado a la indolencia como una caña al viento, el viejo sentía que su furia iba multiplicándose: sacaba a rastras unos sacos del depósito, mezclaba abonos, asestaba órdenes e imprecaciones a los hombres agachados, amenazaba al perro encadenado que gañía bajo una nube de moscas. El hijo del patrón no se movía ni sacaba las manos de los b...

LA LEYENDA DEL ALGARROBO

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Leyenda Argentina Esto sucedió en tiempos de los Incas. Los quichuas adoraban con las principales honras a Viracocha, señor supremo del reino. También adoraban a Inti, a las estrellas, al trueno y a la tierra. Conocían a esta última con el nombre de Pachamama, que es como decir "Madre Tierra" y a ella acudían para pedir abundantes cosechas, la feliz realización de una empresa, caza numerosa, protección para las enfermedades, para el granizo, para el viento helado, la niebla y para todo lo que podía ser causa de desgracia o sinsabor.   Levantaban en su honor altares o monumentos a lo largo de los caminos. Los llamaban apachetas y consistían en una cantidad de piedras amontonadas unas encima de las otras, formando un pequeño montículo. Allí se detenía el indio a orar, a encomendarse a la Pachamama, cuando pasaba por el camino al alejarse del lugar por tiempo indeterminado o simplemente cuando se dirigía al valle llevando sus animales a pastar. Para ponerse bajo la prote...

EL HOMBRECITO DEL AZULEJO

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Un Cuento de Manuel Mujica Lainez (Argentina) Tomado de "Misteriosa Buenos Aires", © 1986 Editorial Sudamericana Los dos médicos cruzan el zaguán hablando en voz baja. Su juventud puede más que sus barbas y que sus levitas severas, y brilla en sus ojos claros. Uno de ellos, el doctor Ignacio Pirovano, es alto, de facciones resueltamente esculpidas. Apoya una de las manos grandes, robustas, en el hombro del otro, y comenta: - ¿Esta noche será la crisis.? - Sí- responde el doctor Eduardo Wilde -hemos hecho cuanto pudimos. Veremos mañana. Tiene que pasar esta noche. . . Hay que esperar... Y salen en silencio. A sus amigos del club, a sus compañeros de la Facultad, del Lazareto y del Hospital del Alto de San Telmo, les hubiera costado reconocerles, tan serios van, tan ensimismados, porque son dos hombres famosos por su buen humor, que en el primero se expresa con farsas estudiantiles y en el segundo con chisporroteos de ironía mordaz. Cierran la puerta de calle sin rui...

La campesina, el erizo y el gallo

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  Cuento popular de Marruecos Un antiguo proverbio decía: «Cada uno es como es». Este cuento lo demuestra   Una campesina volvía a su casa llevando una enorme gavilla sobre la cabeza, cuando de pronto vio un erizo a la vera del camino. «Esto me servirá para acompañar el cuscús [1] que voy a preparar mañana» , se dijo. Con un movimiento rápido arrojó su carga a un lado y se puso a correr tras el animal. Cuando éste comprendió que no era lo bastante veloz para escapar, se enrolló sobre sí mismo. A pesar de los pinchazos, la mujer logró cogerlo. Acomodó aquella bola de púas entre las ramas de su gavilla y continuó su marcha con la carga sobre la cabeza. Al llegar a su casa, puso el erizo debajo de un gran tamiz [2] y colocó una piedra encima. Aquel día había una boda a la que estaban invitados todos los vecinos del pueblo. La mujer se arregló y se fue a la fiesta. El erizo utilizó todas sus fuerzas para dar la vuelta al tamiz, pero tuvo que dejarlo por imposible, ya que l...