miércoles, 30 de diciembre de 2009

NOCHEVIEJA… AÑONUEVO

Dali

¡Tiempo de festejo!… ¿Qué festejo?... ¡Ay, no lo sé!

Dicen que un ciclo termina y otro comienza… Sé que así es porque me lo han enseñado, sin embargo me pregunto: ¿por qué termina este día y comienza este otro?

Miro al cielo y no noto diferencia con ayer o anteayer o el mes pasado. No cruzan cometas, ni caen estrellas. Nada cambia a mi alrededor a pesar de ser un momento tan especial. No todos los días muere o nace un año…

Más llamativo resulta saber que a pesar de ser un evento importante no lo es en todo el mundo, lo que implica que en realidad a lo largo del viaje solar la muerte y el nacimiento de un ciclo depende, no del ciclo mismo, ni de nada natural, sino del criterio humano.

Entonces cuando me pregunto que festejo, me respondo que estamos festejando una de las tantas ideas humanas arbitrarias. Una convención. Algo vacío de ritual y de comunión con la naturaleza. ¿Será por eso que estas fechas traen más dolores de cabeza que satisfacciones?

A la hora de preguntarme indago en el origen de esta celebración cada día menos celebrada.

Allá lejos y hace tiempo el hombre comenzaba poco a poco a curiosear su entorno, su persona, su universo. En ese curiosear fue descubriendo y seguramente una de las primeras cosas que descubrió (por lo rotundos y evidentes que son) fueron los ciclos. La vida está hecha de ciclos dentro de ciclos. Inicios, proceso, fines…. La planta, el humano, el cielo…todo responde a estos pasos a estos ciclos. En un momento del tiempo el sol calentaba menos, el día era más corto, la noche más larga, luego poco a poco todo cambiaba, una y otra vez, hasta que el curioso humano comprendió el ritmo y supo preverlo.

Siendo como es tan imponente el poder de la vida, de la tierra y de los cielos, (aunque nosotros de tan tecnológicos que andamos nos queremos darnos cuenta), nada más lógico que intentar apoyar a esa naturaleza para que ella apoyara la vida humana, y así posiblemente nacieron los primeros rituales. Entre ellos, claro está, la celebración de los momentos más extremos del cielo: ¡sus solsticios!

Invierno y verano. Tiempo de la noche y tiempo del día. Muerte y renacimiento. Las hogueras ardiendo ya para espantar la negrura, ya para llamar al sol renacido.

Y así los pueblos fueron creando su modo particular de celebrar esos momentos extremos y significativos en su diario vivir. Momentos marcados por el clima, por las cosechas, por los aromas y colores de la naturaleza y del cielo. Momentos que por si mismos anunciaban el cambio.

Esos hombres miraban y veían. Nosotros vamos de Shopping…

En este fin de ciclo cultural, por todo lo antedicho, comparto con todos un poco de la historia de la Nochevieja y su secuaz el Añonuevo….

 

Hasta hace cuatro siglos, el año nuevo se festejaba en casi todo el mundo alrededor del 21 de marzo, en coincidencia con el equinoccio de Primavera boreal, estación de los brotes que por si misma recuerda el inicio de un nuevo ciclo, el comienzo de la nueva vida tras el guadañazo del invierno. Esta fecha tan llena de significado pues bastaba mirar alrededor para darse cuenta que algo nuevo comenzaba (salvo para los Celtas por ejemplo que entendían los inicios no en lo visible o diurno sino en lo invisible y nocturno).

Las cosas cambiaron, la humanidad cambio y así llegamos a la fecha actual de fin de año. Fecha propia de lo que llamamos civilización occidental y cristiana (aunque hoy en día la asumen todas las culturas incluso las que tiene sus propios Años Nuevos… ¡ay la globalización!) nacida junto al calendario gregoriano, (creado por el papa Gregorio XIII) en 1582.

Antes del papa, fue Julio César el que adaptó el calendario Egipcio, eligiendo el inicio del año de una manera más o menos arbitraria; modificando así, el calendario romano antiguo de 355 días, y que comprendía 10 meses. La intención de Julio Cesar era establecer un calendario de 365 días y cuarto, fijando un año bisiesto cada cuatro. Con 10 meses cada uno, y haciendo coincidir el inicio del año con el día más corto (solsticio de invierno, lo que hoy es alrededor del 21 de diciembre). Con ello, el invierno comenzaría el primero de enero. Sin embargo, el pueblo Romano era muy supersticioso y deseaba un calendario lunar. Exigió a través del senado, que el año comenzáse en la luna nueva de ese año, la que se presentó 10 días después del solsticio de invierno. A Julio le siguieron otros con este gusto por modificar calendarios, hasta que, como dije antes, el papa Gregorio designó su propio calendario como único verdadero. Calendario que tiene varios y graves errores de cálculo, a los que no les prestamos atención, por que a los fines diarios, no nos afecta en nada y lo mismo nos da estar viviendo en el años 2009 que en el 7800.

Según la tradición judeo-cristiana, el 1 de enero coincide con la circuncisión de Cristo (al octavo día de su nacimiento), cuando recibe el nombre de Jesús (según el Evangelio de Lucas 2.21) y por eso se lo toma como inicio de un nuevo ciclo.

Cierto o no que Jesús haya nacido en esa época, lo real es que la religión cristiana para instalarse con todo su poderío no pudo menos que apropiarse de las fiestas paganas (cultos al sol) y darles su versión. ¡Imposible cambiar costumbres milenarias!, por lo tanto la celebración del solsticio (ya de invierno en el hemisferio norte, ya de verano en el hemisferio sur) pasó a convertirse de buenas a primeras en fiesta cristiana y más tarde en fiesta cultural, en la que ya no se celebra ni el triunfo ni la derrota del sol (a diferencia de la humanidad del pasado que creía en la importancia de vivir sintonizados y respetuosos de la naturaleza, somos tan inteligentes que estamos seguros que por siempre la naturaleza se comportará tal y como queramos hagamos lo que hagamos), sino la llegada de las vacaciones y el aguinaldo.

Claro que fuera de estas formalidades a lo largo de cada año distintos pueblos continúan festejando sus propios ciclos. Por ejemplo los chinos tienen su propio Año Nuevo Chino (en chino: 春節, 春节, Chūnjíe; 農曆新年, 农历新年, Nónglì Xīnnián) que está basado en el calendario lunar utilizado tradicionalmente y cae en la segunda luna nueva después del solsticio de invierno boreal (21 de diciembre). Debido a su carácter lunar, no puede fijarse en un día del calendario gregoriano, por lo que puede suceder cualquier día entre el 21 de enero o el 21 de febrero. Para 2010, el año chino habrá de comenzar el 14 de febrero y será entonces el año del tigre. Valga aclarar en medio de tanta divergencia que este pueblo no festeja el 2010 sino del año 4708, pues su calendario es comenzó a contabilizar los años mucho antes de la llegada de Jesucristo. Curiosamente para los tibetanos será el 2137 que corresponde al Tigre de Hierro; y para los musulmanes es el año de 1432.

¿Eso es todo? ¡No!

El pueblo judío no está por iniciar el 2010, ni en el 4708, ni…ni… sino el ¡5771! , que valga aclarar no comienza pasado mañana sino el 9 de septiembre del 2010. Es que según ellos la humanidad comenzó con la Génesis del mundo, que aconteció, según la tradición, el día domingo 7 de octubre del año 3761 a. C.; fecha equivalente al 1 del mes de Tishrei del año 1.

Por su parte en la misma fecha festejan su Tết, (Año nuevo) los Vietnamitas, lo que no sé es que en que año creen ellos estar viviendo (disculpen mi falta de información)

En Japón el 31 de diciembre se realiza una limpieza a fondo de las casas (oo-sôji) y se cambian las puertas y ventanas de papel de arroz ya gastadas. Toda la familia suele colaborar en esta limpieza. Mientras tanto, la madre prepara el o-sechi-ryôri, o comida tradicional de Año Nuevo, que se suele comer durante los tres primeros días del año y que incluye una gran variedad de alimentos, todos ellos con su significado: besugo ( tai ), porque se pronuncia igual que la última sílaba de la palabra medeTAI, ("felicidad, festividad" ); tubérculos de raíz de loto ( renkon), porque sus agujeros sirven para "ver el futuro", y gambas ( ebi), para supuestamente "poder trabajar toda la vida hasta que se doble la espalda como una gamba". Esa misma noche de Fin de Año, la familia se reúne al calor del kotatsu, o mesa-brasero, para comer mandarinas. Y muchas cosas más que contaré en otra ocasión….

Mientras tanto muchos miembros de la Iglesia ortodoxa, respetan el calendario juliano celebrando el Año Nuevo el 14 de enero. En cambio los musulmanes lo celebran el 1 de muharram, aproximadamente fines de enero e inicios de febrero. Casi, casi como el Losar, celebración del Año Nuevo tibetano, celebrado entre enero y marzo. Poco después encontramos al Pueblo Iraní celebrando para el equinoccio primaveral (entre el 18 y el 22 de marzo) Nouruz, (su Año Nuevo). “Noruz” significa literalmente “nuevo día” en persa (lógico porque es una celebración de origen persa), y la conmemoración marca el comienzo del año solar y por lo mismo se celebra el despertar de la naturaleza. La misma fecha y fiesta se festeja en Afganistán, Asia Central, Azerbaiyán, partes de Pakistán e India, y entre los Kurdos.

Otros pueblos eligen también el tiempo del equinoccio de primavera para experimentar la muerte de un ciclo y el nacimiento de un nuevo ciclo, por ejemplo encontramos el Naw-Rúz, celebración de la fe bahá'í. El Ugadi, que es la celebración del Año Nuevo Telugul.

En cambio en Tailandia, Camboya, Birmania y Bengala, se celebra entre el 13 y 15 de abril. ¿Por qué? No lo sé.

Por su parte los pueblos originarios de Sudamérica festejan su año nuevo el 21 de junio, con el solsticio de invierno. Así encontramos por ejemplo que la fecha elegida por el pueblo Mapuche. Su Año nuevo: We Tripantu, se festeja en pleno solsticio de invierno (para el hemisferio sur), alrededor del 24 de junio. El pueblo Aymará lo celebra en la misma época, pero…. Celebra el año ¡5517! Y no se trata acá de una cuestión de aguinaldos o vacaciones sino que consideran a este umbral entre la estación del Otoño al Invierno como el advenimiento del tiempo de preparación y tributo a la Pachamama (Madre Tierra)

Por su parte los incas celebran su Cápac Raymi, el 22 de diciembre. El primer viernes de marzo lo festejan los Olmecas, y los Mexicas festejan su Matlaktli Calli (diez-casa), alrededor del 12 de marzo.

El pueblo Judío por su parte llama a este evento Rosh Hashanah, y lo celebra en septiembre. Casi en la misma fecha que festejan los Etíopes su Enkutatash.

Otras fechas son por ejemplo el 1 de Vendimiario, celebración de Año Nuevo de acuerdo al calendario republicano francés, equivalente al 22 de septiembre. Fecha que hay que decirlo casi nadie festeja….

Para los Celtas es Samhain, cerca del 1 de noviembre. Casi la misma fecha (prefieren mediados del mes) eligen los hindúes para su festival de Diwali.

Entre los aborígenes guanches de Tenerife (Canarias, España), se celebraba con la recogida de las cosechas (aproximadamente el 15 de agosto), y era llamado Beñesmer.

Hace 4000 años los babilonios vieron en esta repetición de las estaciones un motivo digno de celebrarse e instauraron un ciclo festivo que dejaría corta la juerga más movida de nuestra época: eran 11 días de celebración, que comenzaban cuando la primavera describía sus primeros trazos entre los jardines colgantes de Babilonia. Bo eran los únicos hay que decirlo. Los egipcios también recibían con algarabía las señales que preludiaban el nuevo año, cosa que sucedía en el momento en que el río Nilo empezaba a crecer y el caudal se hacía propicio para la siembra.

Es evidente con todo esto que el año puede comenzar cuando se nos de la gana, y podemos estar viviendo en cualquier año…todo es al fin y al cabo cuestión de creencias, sobre todo ahora que nuestro ritmo cotidiano no esta estrictamente regido ni por el punto de vista religioso ni por el agrícola, indicando los tiempos de siembra, apareamientos, cosechas….

Volviendo a mi pregunta inicial ¿Qué festejamos?

No sé que opinen ustedes, lo que es yo me he quedado sin respuesta, con muchas dudas y con un deseo profundo de experimentar una celebración plena de sentido.

 

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martes, 22 de diciembre de 2009

NOCHE BUENA

 

Del libro CUENTOS DE BARRO de Salvador Salazar Arrué - (SALARRUÉ)

Paisaje andino-2- MICHI APARICIOGuadalupe Aparicio

 

La tarde herida cayó detrás del cerro, con lala[1] azul tronchada y el pico dioro entriabrido[2]. El nido de noche quedó sólito, con piojío[3] de estrellas y el huevo brilloso de la luna. Plumas quedaron angeleando, tristosas.

Los guarumos, altos y chelosos, se miraban en las escuranas[4], con aspecto de espíretos[5] de palos. La brisa espesa, tufosita y jelada, hacía nadar las ramas en los claros morados del cielo. El sereno mojisco[6] untaba brillos en los bultos de las cosas; y toda la tierra se encaramaba al cielo en olores. Lijaban los grillos, puliendo el silencio.

Por la puerta del rancho embarrancado, salió al pedrero una puñalada de luz. Las sombras acamelladas de los moradores reptaron hasta el patio. Un chucho, interpuesto, se había hecho mesa en el umbral.

Poco a poco, la noche se fue alunando en clarores hermosos. Desde el patio se columbró el caserío del pueblo. Uno quiotro[7] candil estrellaba la calle. En el campanario antiguo, la luna cuajaba, campaneando alegre; y, de cuando en cuando, los cuetes puyaban la carpa tilinte del cielo, chiflando todos luminosos y rebotando con estrépito.

* * *

La nana se enrolló en el tapado y salió, seguida de los dos cipotes[8]. La Tina tenía once años; era delgadita y pancitinga[9]. Nacho andaba en cinco: sopladito, pujoso, careto y mocoso. La camisa le campaneaba al haz del ombligo. Caminaba jalado, atrompezándose y con la boca en forma de O, por la trancazón de la ñata. Bajaron al camino rial y cogieron rumbo al pueblo.

Iban, iban..., en silencio, tranqueando por la calle polvorosa que, como una culebra, tenía piel a manchas de sombra y luz. Unos toros pasaban por el llano, empujando la soledad con sus mugidos de brama. Al pasar por La Canoga, frente al rancho de ño Tito, la puerta de luz les cayó encima, asustándoles los ojos, y oyeron la risa de la guitarra. Pasaron en fila. Iban, iban... Como era Noche Buena, había misa del gallo; y se había corrido la bola de que el padre Peraza iba a regalar juguetes a los chicos, después del sermón. La Tina y Nacho no habían tenido juguetes nunca. Jugaban de muñecas, con caragües[10] vestidos de tuzas; de tienda, en la piladera; de pulicía, con olotes; y de pelotas, con bolas de morro. Iban, iban... La chucha seca los seguía, rastrera y tosigosa. Se óiba ya, clarito, el tamborón y el pito que pastoreaban la alegría pueblerina. En una embrocada que se dio el camino, saltó cheleante el pueblo; y, desde la torre de la iglesia, el ojo con dos pestañas del reló se les quedó mirando ceñudo, y no los perdió de vista hasta que embocaron por la plaza.

Había ventas; olía ajumo, a guaro, y a cuete. Se entraña al atrio entre ramas de coco y pitas empapeladas de colores. El pito y el tambor pastoreaban la alegría.

* * *

La niña Lola los topó en las gradas.

—¿Habís venido al reparto, Ulalia?

—Sí, pué...

—Date priesa, si querés que te les den algo a los cipotes. Ya el padre tá cabando.

La nana jaló la cadena, en busca del reparto; siguió el lateral de la iglesia, y se aculó contra el chumazo[11] e gente que iba entrando encipotada al reparto. La bullanga ensordecía. Entre los que se réiban, pujaban los apretados.

La Ulalia seguía aculada, siempre al tanteyo de coger puesto. Por fin, llegó hasta la barriga negra del cura. Sonaban trompetas: sonaban chinchines; sonaban tumblimbes[12].

—¿Y vos? ¿Vos no sos del pueblo, verdá?

—No, padre-cura; soy del valle...

—¡Hum, hum!... ¿Tus cipotes nuán venido a la doctrina, verdá?

—No, Siñor: tamos lejos...

—Hum, hum!... Para vos nuay; para vos nuay... ¿Entendiste? Para vos nuay... Pase lotra, pase, pase...

* * *

Topadito al cerro, floriaba un lucero. La Ulalia iba, por el camino, de güelta.

Con su voz tísica, decía:

—¡Apurate, Nachito, andá!

La Tina luiba jalando. Nachito decía:

—¿Y ed juguetes, mama?...

La camisa le llegaba al ombligo. Iba tranqueando. A lo lejos, se óiba el río embarrancado. En los claros, salían de los palos brazos negros, que amenazaban el cielo.

—¡Apurate, Nachito, andá!...

—¿Y ed juguetes, mama?...

Al pasar por el rancho de ño Tito, la puerta de luz les cayó encima, y oyeron la risa de la guitarra.

Salvador Salazar Arrué, también conocido por el seudónimo "Salarrué", es un escritor y pintor salvadoreño. Nació en Sonsonate el 22 de octubre de 1899 y murió en Los Planes de Renderos (San Salvador) el 27 de noviembre de 1975. Para el periódico PATRIA publicó Cuentos de cipotes, como "relleno" para las páginas en las que quedaban espacios en blanco; sólo se publicarían en forma de libro más de treinta años después, en 1961, a instancias del poeta, historiador y editor Italo López Vallecillos

Poeta, pintor y escritor, ha sido considerado el máximo exponente de la narrativa cuzcatleca, de ahí que en este cuento y en otros de su colección “Cuentos de Barro” se encuentren muchos modismos del lenguaje cuscatleco. Salarrué fue uno de los fundadores de la nueva corriente narrativa latinoamericana. En sus "Cuentos de Barro" y "Cuentos de Cipotes", logra una plena identificación con el mundo campesino, nunca antes advertidas en los autores salvadoreños


[1] LALA ("La ala"). El ala.

[2] Dioro= de Oro. Entriabrido=entreabierto

[3] PIOJIO. Piojillo.

[4] ESCURANA. Por oscurana. Oscuridad.

[5] ESPIRETOS de palos. Espectro de árboles.

[6] MOJISCO. Húmedo, mojado (en sentido activo y no pasivo).

[7] Quiotro: que otro

[8] CIPOTE, a. Niño, muchacho. Cipotada, grupo de cipotes.

[9] PANCITINGA. Panzoncilla.

[10] Caragües: o Cacao. Vainas largas y oscuras del árbol leguminoso Caragüe.

[11] CHUMAZO. Puñado de.

[12] TUMBLIMBE. Cajita de música.

TIEMPO DE NAVIDAD- TIEMPO DE SOLSTICIO

NAVIDAD

 

NAVIDAD: SOLSTICIO de invierno.

(PARA NOSOTROS HABITANTES DEL HEMISFERIO SUR: SOLSTICIO DE VERANO)

Luz y Oscuridad conforman y construyen la totalidad de la existencia. Es en su eterno juego, en ese combate que imaginamos, aunque bien podría ser tan solo un fluir natural, como se recrea la vida a si misma y se modifica la realidad perceptible para la mirada humana.

Luz y Oscuridad, una misma esencia, una sola cosa que sin embargo percibimos en aspectos separados dentro y fuera nuestro, así como dentro y fuera la misma historia del cielo y la tierra se manifiesta en nuestra propia historia cotidiana.

Dicen los antiguos:

“Así como es en lo alto es en lo bajo, como es en lo grande es en lo pequeño, como es adentro es afuera, porque todas las cosas son una única cosa y la misma”

Cada momento de la historia de los cielos ha ido construyendo en la imaginación de los hombres una historia posible de ser narrada en miles de versiones que a pesar de sus diferencias guardan la misma esencia central. Es a través de estas historias como ha intentado, e intenta, el ser humano comprender la existencia de si mismo y más allá de si mismo.

Que llamemos a las estaciones: Fenómenos naturales y les encontremos una magnifica explicación meteorológica, nos sitúa dentro de una realidad analítica meramente racional, que si bien es cierta nos deja vacíos de sentido interior. Desde esta mirada el cielo es algo diferente de nosotros, y nuestra vida con sus diversos cambios y procesos un misterio inexplicable.

Los mitos, por el contrario, personifican esos procesos y fenómenos dándole así al hombre la posibilidad de traer el cielo a su vida y comprenderlo en su interior sintiéndose parte de una totalidad mas vasta.

Los cuentos nos ayudan a sumergirnos en el misterio desde el corazón y abrir los ojos del alma a una mayor comprensión de la cotidianidad de cada uno.

De todas las posibilidades elijo los cuentos y eso es lo que para este solsticio voy a regalarles....

 

LEYENDA DE INVIERNO

Cuando ELA, el Gran Espíritu, hubo creado todo, vio que aún faltaba el movimiento y la sorpresa. Entretenido en su crear dio forma a sus cuatro hijos del clima: Primavera, Verano, Otoño e Invierno. Apenas cobrar vida ellos se miraron entre si y antes del abrazo comenzó la batalla, cada quien lleno de envidia por los atributos del otro, gritaban y discutían sin freno. Ela, sorprendido, buscó consejo en sus hijos mayores y así llegaron a la reunión: La abuela Luna, La diosa Madre Tierra, La Señora de los Mares, el Padre Sol y el Señor de las Tinieblas.

Los cinco miraron atentamente a las nuevas criaturas, y sin poder evitarlo cada quien tomó partido por alguno de los nuevos hijos.

Cómo no amar a Primavera y Verano con sus colores floridos y sus aromas alegres, se excusó la Madre Tierra, tus otros hijos me desgarran y aniquilan ¿y tú pretendes que los quiera?

¿Qué harías tú la siempre llena, la siempre generada, sin ellos? Pregunto Ela.

La Madre Tierra meditó y al cabo respondió: siempre sabio en tus juicios, siempre benévolo, recibo con amor a quienes detendrán mi desenfreno tanto como a los que me brindarán impulso

No necesito yo quien detenga mi fuerza, ni toleraré que se opongan a mi paso, de tus hijos recibo a aquel que sabe rendir honor a mi brillo, arguyó el Padre sol, que veía en Verano su propio reflejo en esplendor.

¡Ignorantes! Gritó el Señor de las Tinieblas, es qué no veis que es Invierno quien tiene la potencia de la vida, en él reside la única sabiduría, la promesa, la posibilidad eterna. ¿Y cómo no agradecen a Otoño que limpia lo gastado y permite que todo se renueve?

Así como mis aguas limpian las costas y se agitan dentro y fuera, no veo yo forma de elegir entre ellos, cada uno me nutrirá, cada uno modificará mi curso y naturaleza, a los cuatro los recibo con agrado, dijo la Señora de los Mares. Es también esa mi decisión contesto la Madre Luna que vio en las criaturas su propio reflejo. Tú Verano serás mi plenitud a la que llegaré gracias a ti querida niña Primavera. Tú Otoño me ayudarás a menguar hasta alcanzar el vacío en tú tiempo querido Invierno, ¡Gracias Ela por completar mi diseño en tus hijos!

Todos, hasta Ela la miraron sorprendidos, ninguno antes que ella se había percatado de la semejanza.

No ha sido por ti querida hija que ellos así fueron hechos, en ti y en ellos tan sólo trace mi único ritmo, la eterna melodía.

Dos fueron los Dioses que tomaron partido, las diosas aceptaron el reto.

Ela fastidiado con la pelea absurda de sus hijos les dijo con autoridad: ¡Todos ustedes son mi decepción, no han comprendido aún, los envío por ello a un sitio donde atrapados en la rueda de mi canto deberéis vivir hasta tanto sepan retornar a mi!

Dicho esto una bruma todo lo cubrió y apenas despejarse comprendieron los Dioses que se hallaban en una esfera llena de vida, lejana a su propio reino. Pasado el primer susto cada quien se apropió del territorio que más le agradaba.

Este es nuestro hogar ahora, Ela así lo ha querido, así sea entonces, que no lamentaremos su elección.

—Mías son por cierto las aguas porque Diosa de ellas soy.

—Y mía la tierra toda, la vida que hay en ella y la que será, la muerte también reclamo, diosa de la Tierra nací y por naturaleza me pertenece.

Divididas las aguas de la Tierra nada quedaba en la esfera. Dijo entonces el Padre Sol:

—Si deseáis permanecer en ella, yo seré señor de toda su circunferencia, libre de ir y venir.

La abuela Luna interrumpió suavemente:

— Libre serás compartiendo los cielos conmigo, juntos viajaremos observando a las nuevas criaturas.

—No será conmigo con quien viajes, grito el sol malhumorado.

— Será entonces tras de ti respondió la Abuela.

La voz del Señor de las tinieblas impidió que continuara la discusión:

—¡Nunca será tuyo el cielo, soy yo quien por derecho lo reclama!

— ¿Y cuál es tu derecho? — preguntó molesto el Sol

—Los cielos mismos guardan mi color.

Miraron todos las tinieblas de los cielos, sin saber que retrucar, mas el sol dijo:

—Es porque este cielo guarda tu forma que las criaturas todas aun no han despertado, ¡triste mundo este de durmientes!, romperé las sombras, llevaré mi luz y ella inundará de vida y despertará el movimiento.

La última palabra se confundió en impulso y antes que los demás pudiesen comentar ya brillaba el sol rasgando las sombras y encandilando la esfera.

Furioso, el Señor de las tinieblas corrió para alcanzarlo y corrió el sol y en la carrera de ambos se confundió el tiempo.

Los cuatro hijos menores que hasta entonces no habían hablado, sintieron enloquecer sus fuerzas, tan pronto se avivaban como decaían, desesperados pidieron ayuda a las Diosas, quienes luego de meditar llegaron a unánime decisión. Así fue como convocaron a sus hermanos a conferencia y con autoridad dijeron:

—La lucha entre ustedes no puede dañar a otros, de nosotras nacieron y a nosotras volverán si no cesan ahora. Tan imperioso y feroz fue el grito que ambos se detuvieron y como niños pescados en una travesura bajaron la vista.

Cada uno expuso sus razones para entronarse amo de todo, sus gritos retumbaban mas allá, hasta los oídos de Ela, alterando la armonía que hasta entonces existía. Las Diosas furiosas les arrebataron las fuerzas diciendo:

—Así lo han querido, desde ahora y hasta que vuelvan a saberse UNO sus fuerzas crecerán y disminuirán de tiempo en tiempo, pasaran la eternidad persiguiéndose y batallando, y los hermanos menores serán desde hoy quienes permanezcan junto a nosotras trazando el dibujo de la batalla para despertar a las criaturas de este mundo,

Dicho esto enviaron al Padre Sol a lo alto del cielo donde la abuela Luna le vigilaría por siempre, y al Señor de las tinieblas lo llevaron a la profundidad de la Diosa Madre Tierra y a los abismos de la Señora de los Mares y las aguas, y dicen que ese día se separaron los Dioses para siempre y desde entonces dura la gran batalla.

Al cielo fueron la Abuela Luna, el Padre Sol, Primavera y Verano, en la tierra quedaron la Madre Tierra, la Diosa de las Aguas, Otoño e Invierno, y ese mundo dejo de ser uno y se trasformo en Dos. Cuando las criaturas despertaron por la bulla de los Dioses nunca supieron que alguna vez había sido Uno porque ellos solo pudieron ver el Dos, sin embargo en sus corazones quedo la nostalgia del Uno nunca visto, y por esa nostalgia comenzaron a buscarlo recorriendo en si mismas las formas que creaban los dioses en sus luchas.

Y dicen que desde entonces cada vez que las diosas de la tierra dan vida a un hombre y le empujan a crecer, tarde o temprano el Señor del Otoño los encuentra y confabulado con el dios del Invierno los empuja al decaimiento, hasta que las diosas le dan muerte para transformarlo en nueva semilla.

Aun hoy continúa la batalla entre el sol y las tinieblas, en este complejo mundo de opuestos que aún no alcanza su síntesis ultima. Para unos hoy es el día del triunfo solar y celebran por ello el Solsticio de Verano, para otros el triunfo pertenece a las tinieblas, celebran entonces el Solsticio de Invierno. Todo es según el sitio en que se encuentre quien observa.

¡Eso es el solsticio, tiempos de grandes batallas, un Dios muere otro nace y en ese nacer y morir de los dioses todos tenemos una oportunidad de despertar!

¡FELIZ NAVIDAD. FELIZ SOLSTICIO!

©-1998-Ana Cuevas Unamuno

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martes, 15 de diciembre de 2009

CALIDOSCOPIO DE SER

 

Echer-ronda

Cada vez que he creído no poder más, una nueva situación me exigió seguir adelante. Siempre adelante, probando, acomodando, cambiando. Ningún pensamiento, sensación, emoción, queda por siempre en calma, todo muta como las hojas del árbol.

Observo al mundo, lo observo cada día más...

Me observo, me observo cada día más...

La senda que elegí esta plena de obstáculos, no he dejado hueco llano para aflojar la atención, ni para hallar descanso. La marcha dura, sacando fuerzas del universo, me enseñó de disciplina, la tierra árida me obligó a la austeridad, Las rocas resbalosas, los cardos altos, las alimañas, me exigieron desarrollar la voluntad y depender de ella. Hoy llevó mucho del camino recorrido, sé caminar descalza y con la espalda erguida, se recurrir a mi para hallar el centro, descubrí el poder interno que me da respuestas a los miedos, al dolor, al intento de cada instante.

Me vi como serpiente arrastrándome en los recodos, con la mente fija en el obstáculo que debía cruzar, buscando un punto vulnerable para atravesarlo y seguir adelante, palpando el terreno con todo mi cuerpo y mi alma pegada a lo que creía seguro. De un golpe de rayo me transformé en mono, haciendo morisquetas para esquivar el lío en que yo sola me había metido, jugueteando inconsciente del peligro, brincando sin ver el piso y dándome un porrazo que me transformó en buey. Paciente y prudente, llevé carga más pesada de lo que mi lomo soportaba y en los momentos de agonía, me recosté en una ladera cualquiera y como dragón soñador imagine soluciones mágicas, vi salir de mí un fuego más poderoso que el de un volcán y quemar el futuro en un segundo. Me vi princesa para despertar poco después recordando mi realidad de harapos.

Quise ser caballo y correr libre y potente por la pradera, sentirme briosa e indomable, salvaje, independiente...escapé de lazos y corrales sin ver que me convertía en caballo de calesita.

He mirado desde siempre los pájaros. Los he mirado desde que me pregunté de dónde había venido. Ellos parecían tener la respuesta, lograban llegar tan alto...Quise preguntarles, me ignoraron.

Pensé: si pudiera volar hasta el cielo, hallaría respuesta...

¡Volé! El cielo es cielo, cambiante, maravilloso y terrible, cielo abierto, soleado; cielo tormentoso. Allí no hay respuestas, no hay palabras, no hay puertas.

Quise penetrar la tierra y me convertí en gusano, topo, raíz...La tierra es cambiante, en constante movimiento, es dura y blanda, oscura, opresiva, sólida, limitante. Allí no hay respuestas, no hay palabras, no hay puertas.

La tierra y el cielo me enseñaron que están en mí, nacen de mí y me gestan al mismo tiempo.

Entonces pensé que si pudiese ser árbol tendría lo que ansiaba, he visto por años a los árboles tan quietos, tan serenos, siempre muriendo, siempre floreciendo. Ellos sabían penetrar la vida, ellos sabían estirarse hasta alcanzar las nubes y más allá de ellas. Ellos escuchaban los secretos de los pájaros, la charla de las hormigas, los lamentos de los yuyos. Conocían la impiedad de los hombres y los dejaban hacer sin inmutarse.

Fui árbol. Me llevó mucho tiempo lograrlo. Al principio no pasaba de clavel del aire, no hallaba sitio donde echar raíces, y mis torpes ramas no alcanzaban al cielo. Le pregunté al pino como debía hacer, y al roble, al álamo y al sauce, al jacarandá y al manzano. Hazlas en ti, dijeron y así lo hice.

Comencé despacio, me dolía penetrar lo duro, mi tierra se resistía. Entonces supe cuantas rocas se habían fabricado sin siquiera darme cuenta, cuán poco había regado, cuán seca estaba. Y tuve que regar, picar, remover, airear, hasta que poco a poco las raíces comenzaron a crecer, encontraron huecos, se extendieron y el tronco se fue consolidando, engrosando, el tiempo me dio vetas y más vetas, la corteza fue tornándose más vistosa, la savia aprendió a circular, las ramas nacieron y tuve que estar atenta a ellas, debía nutrirlas, empujarlas a alejarse de mi, ayudarlas con sus brotes, y para eso fue necesario que las raíces crecieran cada vez más, buscaran en lo hondo nuevas aguas, más nutrientes, más solidez.

Algunas ramas cayeron por la mano despiadada de los hombres y comprendí que nada podía hacerse, solo empujar a la vida con nuevos brotes, con mayor fuerza, con la savia palpitando con coraje y firmeza.

Algunos brotes no alcanzaron a crecer, no estaban listos, carecían de algo, y del fondo de mi llegó la comprensión de que todo tiene su destino y así está bien.

Quise ser el árbol más bello, me esmeré, dedique todo mi esfuerzo hasta lograr corteza dorada como el sol, ramas floridas y tronco alto. Cuando comenzaba a sentirme satisfecha, un rayo, en una noche de tormenta, me partió al medio, quedé en cenizas, que arrastró el viento hacia ningún sitio. ¿Porqué a mi? pregunté a los cielos, ¿porqué a mi?, pregunté a la tierra, ¿porqué a mi?, pregunté a los pájaros, a las moscas, a los perros, a los monos, a los gusanos. Nadie contestó, no sé si no me vieron o no quisieron.

Mis cenizas cayeron junto a un tronco viejo, árbol frondoso y feo, simple, absolutamente simple. Una rama me cubrió como saludándome, descubrí que ningún daño le habían hecho las tormentas. Lo miré por largo tiempo y ya no me importó que nadie admirase mi belleza, no quise ramas apabullantes de flores y frutos, ni corteza de sol, ni tronco erguido.

Recomencé la tarea de echar raíces, lenta, muy lentamente fueron naciendo, me costaba tanto, tanto esfuerzo cada estirón, cada escollo ha vencer, me dolía echar brotes, paciencia infinita fue precisa para cada rama nueva. Fui creciendo, la corteza marrón, se cubría de musgo, una hiedra se aferró de mi y debí cargar con ella, no podía distraerme o la savia detenía su fluir y el dolor me envolvía. Cada flor, cada fruto costaron mil lágrimas y millones de esfuerzos. Todo nacía para morir y moría para nacer. El movimiento era quietud y la quietud movimiento. Cuánto agradecí al sol que me daba calor, a la lluvia que me nutria, al viento que me ayudaba a sacarme el peso del polvo, a los pájaros que me arrullaban la pena, a las hormigas que me enseñaban a tener paciencia, a la tierra que me daba sostén, a los rayos que mantenían en mi el recuerdo de las lecciones aprendidas, despertándome al primer descuido. ¡No hubiese podido crecer sin ellos!

Pasaron días, años, siglos, me volví frondosa, simple, quizás fea, quizás bella. Di cobijo y me sentí cobijada. A veces cuando retornaba el invierno, la soledad y el frío me atormentaban, pero recordaba que más tarde la primavera me acariciaría trayéndome los trinos frescos y mis ramas desnudas se brotarían de ganas, entonces respiraba hondo y esperaba serena, calma. Ser árbol me enseño que el tiempo es ciclos, ciclos que cambian y cambian.

Ahora quiero ser águila, o cóndor, o grulla. Quiero agitar las alas, probar mi coraje, fijar la vista y ver más allá del horizonte, descubrir el origen, saber la meta. Quiero desafiar al viento, aprender hacia dónde van las nubes, dónde duerme el sol y se esconde la luna, quiero penetrar el vórtice del huracán, girar en un tornado, viajar con los rayos, ser bruma, brisa, lluvia. Quiero, conocer cada pluma y fabricarlas de a una, hacer de todas ellas un solo impulso, un solo movimiento.

Quiero ver desde muy alto el universo, detenerme en lo profundo del abismo, reconocerme pulso en la música cósmica, saberme Una en el caos.

Quiero encontrar en mis garras la seguridad de la montaña, la firmeza del roble, el coraje del fuego, la potencia del agua.

Quiero saber con certeza el polvo con que construir y la roca que tornar polvo.

Quiero tener en mi corazón la fuerza de la vida, la sabiduría de la encina, la claridad del blanco, la calma del lago.

Quiero saberme de memoria y reconocerme en la sombra. Quiero expandir mis alas abarcando el ancho y surcar el largo en vuelo. Reposar en la cima más elevada, en el silencio solitario de la nada plena y descender al bullicio de la vida en el valle. Saludar de cerca al sol y velar la noche del mundo. Ser espíritu puro, sin tiempo, sin grietas, compacta y abierta, firme y blanda, movimiento y calma.

Quiero ser violenta como el trueno y romper de un soplo el horror que fabrican los hombres cada día, y suave como un pétalo para acariciar el corazón de aquellos que buscan consuelo.

Las primeras plumas están cubriéndome, aún son frágiles y se desbandan fácilmente, a veces, solo a veces puedo moverlas a un tiempo...

©Ana Cuevas Unamuno – 1989

 

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domingo, 13 de diciembre de 2009

El ciervo y Las Montañas

Leyenda Medieval sobre el origen del eco.

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Cuéntase que en un lugar recóndito, encontrábase la isla Lavática. Era esta isla de un tamaño menudo, sus montañas estaban circundadas en torno a ella, de modo que desde sus entrañas se divisaba como un gran habitáculo circence. Cubierta en su totalidad por plantas y árboles de agradable semblante, podría definirse como aquel lugar idílico a que le placería morar a criaturas de toda índole.

Después de una fuerte marejada situada en las cercanías de su costa, arribó un día, un ciervo, que asiéndose a una rama había logrado burlar el trágico destino que le tenían reservado las parcas. Siendo muy trabajador, y a sabiendas que las montañas son gustosas del frescor y humedad selvática, pues de otro modo el Viento y el Agua no dudaban en arañar grano a grano su cuerpo para transfórmalas en meras mesetas áridas, dedicóse al cultivo de árboles y plantas. Las Montañas a la vista del buen hacer del ciervo, no vacilaron en hacerse amigas de éste, de forma que le complacían concediéndole todo lo que el ciervo les pedía.

Pidióle el ciervo, que dada su vida monacal alejada de las demás criaturas del orbe, le proporcionasen alguna distracción de la que pudiera gozar. Oído esto por las Montañas, dejaron reposar en sus lomos la nieve, proporcionando al ciervo auténticas autopistas de deslizamiento a través de ellas, siendo este hecho del agrado del animal.

Pasado alrededor de medio viaje de la tierra sobre su buen amado Sol, dijole el ciervo a las Montañas, que habiendo estado disfrutando del hielo durante un largo período, preferiría de algún entretenimiento más sereno y menos alocado. Oído esto por las Montañas, permitieron que los rayos luminosos acechasen sus lomos, generándose así un sinfín de cascadas en las faldas monteses y apareciendo en el centro de Lavática un lago de amplio caudal. Dado que era el ciervo amante del ejercicio de caminar por el agua sin hundirse, también este hecho agradó mucho al animal.

Era tan pura el agua que en el lago se vertía, que su color era el color de la isla, mas viendo el ciervo que su temperatura era muy reducida, pidió a las Montañas que elevaran la misma. De muy buen grado las montañas permitieron que se filtrara parte de su calor templando al agua. Hiciéronlo de forma que en múltiples ocasiones aparecían burbujas en la superficie del lago, reflejando su bullir. A veces, las Montañas, para dar esplendor al lago, causaban un chorro ascendente de agua en su centro. Era tal su tamaño, y emanaba con tal intensidad que en su caída formaba olas multiformes en sus orillas.

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Haciéndose cada vez más laboriosa su tarea agraria, quiso el ciervo disponer de metales que le permitiesen la construcción de herramientas más sofisticadas a las lascas que empleaba.

Concediéronle las Montañas piritas y cobre entre otros metales aparte de una gran cantidad de azufre con el que distraerse con su dispar comportamiento al calentarlo, de modo que mezclado con pigmentos naturales creaba sensaciones muy espectaculares.

Acercándose la fecha en que naufragara el ciervo sobre la isla, quiso el animal construirse un refugio del cual asilarse del frío que acompañaba la caída de nieve. Por ello, estando alejado del lago, pidió a las Montañas que le permitieran asentarse cercano al sinclinal. Si bien las Montañas próximas al ciervo entendieron correctamente su proposición, no ocurrió así con las situadas en el extremo opuesto de la isla, habiendo entendido que el lugar elegido era el litoral.

Comenzó así una batalla dialéctica entre las Montañas, sin que el ciervo pudiese mediar, puesto que apenas tomaba palabra, todas ellas muy orgullosas le hacían silenciar. Decían pues, unas Montañas que les parecían completamente singular que se situase la choza en el sinclinal, siendo el litoral de un clima más agradable y pudiendo disponer prontamente del océano para la recolección de crustáceos muy apetecibles al paladar del ciervo. Propugnaban las otras Montañas que sin duda era el sinclinal, lugar abrigado de vientos y humedad, donde resolvía el ciervo a poner su lecho.

Como quiera que no se ponían acordes, se enzarzaron en una despiadada lucha. Comenzaron a arrojarse mutuamente piedras incandescentes para lesionar a la parte contraria. Lavática se convirtió en un sumidero de ríos, rojo sandía, fluyendo por él y mostrando las heridas contraídas por sendas partes. Tal era el furor de unas para con otras que anocheció tempranamente en la isla agrietándose y descomponiéndose su perfil en apenas dos amaneceres.

Apaciguados los ánimos, contemplaron todas ellas el error perpetrado y se lamentaron sobremanera. El ciervo, fiel amigo de las Montañas, yacía en la vera del exiguo lago. Por mucho tiempo avergonzaronse de los actos ejecutados, y viendo las fatídicas consecuencias de su enajenamiento, determinaron que hechos como este no se repitieran.

Estuvieron las Montañas deliberando el mejor modo de prevenir un nuevo malentendido, acordándose finalmente que para que todas las partes tuviesen constancia de lo que sucedía en el interior de Lavática, voceáranse los sonidos emitidos en ella, de modo que propagándose de unas a otras, llegara a todos los confines sin distorsión alguna.

Pusieron a prueba este acuerdo y obtuvieron unos resultados tan gratos, que todas las Montañas de la biosfera terrestre se acogieron a él.

 

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sábado, 12 de diciembre de 2009

LA NIÑA QUE QUISO SER HADA

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Hubo una vez un Hada que llevaba bastante tiempo viviendo entre los seres humanos disfrazada de mísera ancianita, porque las hadas tienen prohibido mostrarse en su esplendor.

Llevaba ya más de cien años en la Tierra, donde había sido enviada por la Reina de las Hadas, con la misión de ayudar a los seres humanos. Estaba cansada y decepcionada. Había ayudado infinidad de veces a hombres, mujeres, niños, niñas, ancianos, ancianas y ¡nunca, nunca le habían agradecido! Quizá por parecerles a los beneficiados que las ayudas llegaban de una forma casual. Ya no quería trabajar más en la tierra, por eso cierta noche buscó el silbato de oro para las emergencias y lo hizo sonar. Al momento aparecieron dos pavos reales blancos, que componían el tiro de una bellísima carroza cubierta de plumas resplandecientes. Y en aquel preciso momento el hada se convirtió en una hermosa jovencita de rubios cabellos. Su harapienta vestimenta adquirió las formas de un espléndido vestido tejido con sedas y gasas propias de una princesa. De inmediato se sentó en la carroza y gritó a los pavos que la llevasen con la mayor rapidez al Mundo de las Hadas.

Volaron más allá de las estrellas visibles, hasta llegar a una muy especial. La carroza se detuvo frente a un magnífico castillo de cristal, todo decorado con flores, perlas y nácar. Allí vivía la Reina de las hadas.

El hada de la tierra entró a un inmenso salón cubierto de pétalos de rosa. En el fondo estaba sentada en el trono la Reina de las hadas rodeada de sus damas de honor y sus consejeros.

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La reina la miró sorprendida y le preguntó que estaba haciendo en palacio.

— ¡Oh, bellísima y magnánima Excelencia! ¿Permitís que me atreva a solicitar el relevo de mi misión entre los seres humanos? Llevó más de cien años entre esos ingratos y me siento agotada.

Había hablado con tanta sinceridad y era tan evidente su cansancio que la reina accedió a que se quedase en palacio.

Pero como era necesario que alguien la reemplazase, la Reina mandó llamar a todas las Hadas que se encontraban en el castillo y les preguntó:

— ¿Quién entre vosotras desea ir a vivir en la Tierra?

Todas se quedaron calladas, bajando la cabeza. Ni una sola se atrevió a contestar. Es que a todas les habían llegado rumores de lo difíciles e ingratos que eran los habitantes de la tierra.

La Reina preocupada al no encontrar solución, tomó una decisión, miró al Hada venida de la tierra y le dijo:

—Ya has visto que ninguna de tus hermanas se presta a relevarte, porque cada una de ellas tiene otras obligaciones. No es posible dejar el puesto vacante por lo tanto debes regresar.

El Hada comprendió que nada podía decir. Debía obedecer. Miró con pena la espléndida sala del trono, que brillaba como si fuese el sol, miró a la reina, con su espléndido vestido tejido con el resplandor de las estrellas, y a las demás Hadas, todas guapísimas y ricamente ataviadas. Casi se le saltaron las lágrimas al pensar que iba a perder todo aquel esplendor para siempre, ya que estaría condenada a vivir otros cien años llevando unas ropas feas y harapientas, además de tener que sufrir la ingratitud de los habitantes de la Tierra. No obstante, obedeció. Fue en busca de su carroza y ordenó a los pavos reales que la devolvieron al tercer planeta del sistema solar.

Su llegada fue a suceder al mediodía, en el centro de una pradera que se extendía frente a su mísera cabaña. Como el Hada estaba tan preocupada no se dio cuenta de que allí mismo se encontraba jugando una niña. Y ésta se quedó anonadada ante el insólito espectáculo, pues nunca en su vida había contemplado a una señora tan hermosa, ni visto una carroza de luz tirada por pavos reales de blancura exquisita.

Ha de ser un hada, pensó la niña y en voz alta dijo

— ¡Nada quisiera más que ser un hada y verme así de bella!

Al oírla el hada, que hasta entonces no la había visto, la miró y una gran sonrisa se dibujó en su rostro.

— ¡Oh, criatura! ¿Es que nunca habías visto un Hada? — le preguntó con un tono cariñoso:

— ¡Jamás, señora! He oído muchas historias sobre ellas, por eso me las imaginaba bonitas... ¡Pero usted es hermosísima! ¡Ser hada ha de ser la felicidad más grande en al vida!

—Somos menos felices de lo que tú supones. En nuestro camino hay, a veces, más espinas que rosas.

— ¡Qué va, espléndida señora! ¡Si yo fuera Hada me sentiría la persona más dichosa del mundo! —dijo la pequeña.

De repente al Hada se le ocurrió una idea.

—Puedes cumplir tu sueño, si lo deseas sinceramente. Observa con atención este anillo que llevó en el dedo anular de mi mano derecha. — Le dijo mostrándole la joya de oro con una piedra preciosa en el centro— los ojos de la niña se abrieron sorprendidos, ¡jamás había visto joya igual!.

—Nada más que te lo pongas, con solo dar una vuelta su parte superior, todo lo que pidas, por grande que te parezca, se hará realidad en el acto — añadió el hada.

La niña no podía creer lo que escuchaba y veía, ¡era demasiado maravilloso!.

El hada se sacó el anillo y le dijo:

—Te lo prestaré por un año entero, pero antes debes prometerme que sólo lo utilizarás para hacer el bien.

— ¡Se lo prometo, señora Hada!— exclamó la niña emocionada y extendió su mano

Mientras el hada colocaba el anillo en el dedo de la niña le explicó la primera de las condiciones desagradables:

—Cómo nadie debe saber que te has convertido en un Hada, voy a transformarte en una ancianita harapienta.

No había terminado el Hada de pronunciar las últimas palabras, cuando la niña comenzó a darse cuenta de que toda la piel de su cuerpo se arrugaba, que sus bonitos pelos rubios se llenaban de canas y que su vestido blanco, precisamente el de las fiestas, era cambiado por unas ropas oscuras, remendadas y viejas.

Levantó la cabeza para protestar, y descubrió que el Hada había desaparecido. A punto estuvo de echarse a llorar, cuando distrajo su atención el brillo del anillo de oro en el dedo pulgar de su mano derecha... ¡Y le ajustaba tan bien como si lo hubieran hecho para ella misma!

—Me parece que ya soy un Hada —dijo convencida— ¿Cuál será mi primera obligación?

Súbitamente, escuchó una maligna carcajada, tan hiriente que la sobresaltó. En seguida se dio cuenta de que alguien se burlaba de ella. Miró por todas partes, pero no vio a nadie. De pronto recordó que poseía un anillo mágico y sin dudar le dio vuelta a la parte superior diciendo:

—¡Quiero ver a quien se está riendo de mí!

Al momento surgió de entre los árboles la Doncella del Bosque. Era una joven muy bonita, vestida con una túnica verde y una corona de hojas y llores.

— ¿Por qué me has obligado a presentarme ante ti? — preguntó malhumorada, ocultando sus manos en la espalda. — Eres una anciana desagradable, mientras yo soy la muchacha más joven y linda de todo el país.

Furiosa al escucharla la niña dio vueltas la parte superior del pidiendo recuperar su forma anterior. De inmediato volvió a ser la niña de siempre.

—¡Vaya, vaya! ¡Si que tienes el poder de transformarte!— exclamó sorprendida la doncella y se acercó suavemente hacia la niña, sin mostrar lo que llevaba en la espalda.

Riendo burlona, se sentó en un tocón y comenzó a soltar agudos silbidos. para sorpresa de la niña todo clase de aves acudieron al llamado y se posaron a su lado.

—De nuevo se ha retrasado mi pajarito preferido. Como es tan hermoso le permito que sea algo remolón. ¡Ahora mismo aparecerá! — dijo la doncella y silbó con más fuerza. Como el cielo se hallaba despejado, se pudo ver con toda claridad la llegada de un pájaro rojo, cuyas plumas y cuerpo resplandecían bajo los rayos del Sol igual que si fuera un rubí volador. Nada más posarse en la mano de la Doncella del Bosque comenzó a trinar deliciosamente una melodía fascinante.

A la primera melodía siguieron otras tan embriagadoras, que a la niña se le llenaron los ojos de lágrimas de emoción.

— ¿Te gusta? —preguntó la maliciosa joven.

—Sí, es lo que más quisiera tener ahora mismo —dijo la pequeña totalmente hechizada.

—Pues va a ser tuyo. Pero tendrás que cerrar con fuerza los ojos y extender la mano derecha.

La niña obedeció con la mayor ingenuidad y en un santiamén la astuta Doncella del Bosque le sacó del dedo el anillo maravilloso.

— ¡Niña estúpida! —se burló cruelmente—. ¡Ahora estás bajo mi poder!

Sus palabras fueron seguidas por unas terribles carcajadas y por unas danzas desenfrenadas. Y como dejó de preocuparse de mantener la espalda escondida, cuando la jovencita pudo ver lo que ocultaba. Se quedó aterrorizada... ¡La espalda estaba hueca, lo mismo que el tronco de un viejo árbol devorado por las termitas! Ante la horrorosa imagen la niña recordó las historias que le había contado su abuela, No se trataba de la Doncella del bosque sino ¡del Espíritu Maligno del Bosque! Al comprender su error lloró desconsoladamente.

— ¡Deja de gimotear, niña estúpida! —ordenó el ser perverso—. Te permitiré seguir viviendo a condición de que seas mi doncella de compañía. Pronto verás lo mucho que las dos nos divertimos. Ya puedes empezar: ¡coge ese peine y cuídate de mis largos cabellos! — dijo el perverso Espíritu y le entregó un peine de oro mientras se quitaba la corona de ramas y flores. Su largo pelo le cayó por la espalda.

La niña temblorosa empezó a peinarla.

— ¡Me estás dando tirones, maldita inútil! —Gritó el Espíritu Maligno, y le dio un golpe que la tiró al suelo. — Levántate y deja de mirarme asustada. ¡Sígueme!

Al momento empezó a correr por el interior del bosque. Pero iba muy deprisa, trepaba por los árboles con gran facilidad, igual que un gato salvaje, y brincaba de una rama a otra, deteniéndose continuamente para balancearse con la agilidad de una mona.

— ¡Sígueme, idiota! ¿Es que columpiarte no te divierte?

La niña no se movió, esos juegos le daban miedo.

— ¡Ya veo que eres más estúpida de lo que suponía! —vociferó el Espíritu Maligno enfadado—. Ahora iremos a enrabietar a los duendes negros.

De nuevo comenzó a saltar por entre los árboles con unos vuelos y brincos similares a los de los pájaros. Mientras, la niña infeliz no podía seguirla, aunque lo intentó repetidamente. Esto provocó que la malvada Doncella del Bosque, encolerizada ante la impotencia de la pequeña, la golpease con tanta violencia que la hizo llorar desconsoladamente.

—Te he pegado para que no se te pase por la cabeza que puedes escapar de mí —dijo rabiosa. Como se hallaba tan enojada sus ojos brillaron con el rojo del fuego—. Se me ha ocurrido una solución para tu desobediencia. —Entonces se alzó todo lo alta que era, levantó los brazos y gritó—: ¡Acude a mí, la que reptas en las orillas de las ciénagas! ¡Quiero que me ayudes a corregir la conducta de una rebelde!

Silbó por tercera vez, y como respuesta se vio aparecer una serpiente de mediano tamaño. Ella la cogió con sus dos manos y la colocó alrededor del cuello de la niña, como si fuese una bufanda.

¡Ya no volverás a dejar de seguirme, porque cuando lo intentes la serpiente te ahogará! —gritó el Espíritu Maligno y, soltando una nueva carcajada, siguió corriendo y dando saltos impresionantes.

A la pequeña infeliz, ante el miedo de morir estrangulada, no le quedó más remedio que intentar imitar a la Doncella del Bosque. Pero no dejó de tropezar infinidad de veces en las salientes raíces de los árboles y en los negros peñascos, hasta que las rodillas se le quedaron ensangrentadas. Jadeante y dolorida, casi sin aire en los pulmones, llegó a la cima de una montaña. El Espíritu Maligno del Bosque la esperaba sentado en una roca pelada.

La niña miró el bello paisaje que se veía desde lo alto y descubrió a una ninfa bañándose en el lago. Celoso el Espíritu del bosque la sujetó de la mano y la arrastró diciendo:

—Deja de mirar a quien no debes. Vamos entraremos en el reino de los duendes negros y les molestaremos. Antes no podía entrar pero ahora gracias al anillo, podremos. Jajajajaja— rió maliciosa.

De inmediato giró la parte de arriba del anillo pidiendo

— ¡Quiero que nos convirtamos en hormigas!

Y así como pequeñas hormiguitas entraron al reino secreto de los duendes negros.

Primero no veían nada, luego vieron unas pequeñas lucecitas que andaban por todos lados y finalmente lograron ver a unos duendes de piel negra que llevaban sujetas a las cabezas unas potentes linternas. Ellos no prestaron atención a las hormigas que muy tranquilas avanzaron a la cámara de los tesoros robados. Allí había de todo lo imaginable y lo inimaginable: Oro, piedras preciosas, plata, coronas, joyas, tiaras de perlas y piedras de todas las variedades existentes de la Tierra.

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Al cabo de unos minutos, el Espíritu Maligno del Bosque se aburrió de ver tantas riquezas, y susurró a la niña:

—Ahora iremos a visitar al Soberano de las Montañas.

Avanzaron por un angosto pasillo, hasta llegar a una sala bastante espaciosa, que estaba iluminada con unas entorchas que jamás se apagaban. En el fondo de ese salón estaba un gigante de barbas blancas y aire bondadoso y resignado, que se hallaba sujeto con cadenas a dos piedras colosales.

—Los duendes lo han hecho prisionero para robarle cómodamente sus tesoros, porque este grandullón los ha ido escondiendo por todas partes —dijo la Doncella del Bosque. Y al mismo tiempo giró la parte superior del anillo para que ambas recuperaran su aspecto normal.

— ¿Verdad que resulta muy aburrido estar aquí sin hacer otra cosa que mirar como te roban lo que te ha costado almacenar en mil lugares secretos? —preguntó el Espíritu Maligno tirando de las barbas del Soberano de las Montaña.

El viejo monarca no contestó, sino que se limitó a mirar con profunda tristeza a la niña.

La pequeña compadecida al ver el sufrimiento del anciano pidió a la Doncella del bosque que lo liberara.

— ¡Calla, estúpida! ¿Acaso crees que me he vuelto loca? ¡Este viejo siempre ha sido mi peor enemigo! Vaya, ya me he aburrido de estar aquí. ¡Ahora quiero divertirme de verdad!

Volvió a coger a la niña de la mano y la arrastró hasta la galería donde habían visto a los duendes negros. Entonces el malvado ser giró la parte superior del anillo maravilloso y ordenó:

— ¡Quiero que se apaguen todas las linternas!

Los diminutos ladronzuelos se aterrorizaron al quedar a oscuras sin poder entender qué había sucedido.i Asustados comenzaron a chillar

—¡Ay ay ay!

—Ja já — rió satisfecho el Espíritu Maligno, ahora em llevaré todas las riquezas ja já…

Tremendo el horror que sintieron los duendes al reconocer la voz de la perversa doncella. Desesperados chillaron:

— ¡El Espíritu Maligno del Bosque de algún modo misterioso ha conseguido entrar a nuestro reino! ¡¡Estamos perdidos!

El Espíritu maligno rió fuerte y girando la parte superior del anillo ordenó que las convirtieran en avispas.

Salieron volando del reino de los duendes negros.

—Ahora buscaremos a un tonto humano para fastidiarlo — dijo el Espíritu Maligno.

Sin dejar de zumbar, volaron hasta posarse detrás de la oreja izquierda del caballo, que tiraba de una carreta en al que viajaba un hombre cansado y sucio. El pobre caballo al sentir los picotazos se encabritó, y comenzó a cabalgar con una velocidad endemoniada. Pero tantas fueron las lágrimas que cubrieron sus ojos que, al no poder ver el camino, terminó estrellándose contra unos grandes peñascos. El carro volcó destrozándose y el hombre voló por los aires dando gritos de pánico.

— ¡Vayamos a socorrerlos! —suplicó la niña, atemorizada.

— ¡Nunca dejarás de pedirme estupideces! —Protestó el Espíritu Maligno—. ¡Empiezo a cansarme de ti...!

Justo en ese momento aparecieron dos chiquillos. En seguida la Doncella del Bosque y la niña se convirtieron en unas bonitas mariposas: una azul y plateada, y la otra de un amarillo tan dorado como el oro.

Dado que parecían dos joyas voladoras, los chiquillos al verlas quisieron atraparlas. Por este motivo corrieron detrás de ellas, sin darse cuenta de que estaban siendo llevados a una trampa. En efecto, unas horas después advirtieron que se habían adentrado tanto en el bosque, que no sabían dónde estaban. Cansados y asustados los pequeños comenzaron a llorar.

—¡Uf! ¡Qué molestos!— dijo el Espíritu Maligno — Dejaremos a estos llorones e iremos a ver al Rey de los Gnomos.

La pequeña suplicó que no dejasen a los niños abandonados, pero no había súplicas ni lágrimas que ablandasen el duro corazón de la Doncella del Bosque, ya que estaba girando la parte superior del anillo maravilloso, a la vez que decía:

— ¡Quiero que nos encontremos junto a los gnomos sucios!

Al momento se vieron en el interior de un túnel muy oscuro, por el que debieron avanzar de rodillas, tocando las paredes para orientarse. El pasadizo se iba ensanchando, hasta desembocar en una especie de plazoleta maloliente. La niña tuvo la impresión de que acababan de entrar en una pocilga, en cuyo suelo se encontraban infinidad de bultos verdes.

— ¡Saludos, manada de vagos! —Gritó el Espíritu Maligno—. ¿Cómo seguís durmiendo cuando el Sol hace horas que brilla en el exterior?

En seguida propinó decenas de puntapiés a cada uno de los bultos, con lo que se fueron desperezando los gnomos... ¡Qué eran tan feos como la más horrible de las pesadillas! A la deformidad de su figura y rostro unían la suciedad de sus pieles y ropas, el hecho de que sus bocas resultaran enormes y dispusieran de unos dientes amarillentos, y que tuviesen pelo por todo el cuerpo. Eran, francamente, unos monstruos de lo más repelentes.

— ¿Quién te acompaña? —preguntó el más alto de aquellos engendros, que por su aspecto parecía el Rey, ya que si se le miraba mucho entre la mugre que lo cubría se podía adivinar que llevaba una corona oscura en la cabeza.

— ¡Es una niña estúpida! —Dijo la Doncella del Bosque—Estoy aburrida de arrastrarla conmigo. Por eso he pensado que podía serviros a vosotros. ¡Os la regalo!

—Será estúpida, pero quizá resultase bonita si estuviese más sucia —dijo el jefe de los gnomos verdes—. Hace tiempo que ando buscando una esposa para mi heredero. En mi corte no hay ninguna joven que me guste. Es posible que esta niña me convenga como nuera.

Al oírlo, la pequeña sintió un escalofrío de terror.

— ¡Para celebrar el encuentro organizaremos un baile! —decidió el Rey, al mismo tiempo que se sentaba en mugriento trono, formado con trozos de maderos a medio quemar.

Al instante dos sapos gigantescos se posaron en sus rodillas y, tres centenares de gatos negros, la mayoría tan flacos que parecían huesos con piel, se despertaron. Sus ojos eran tan grandes y luminosos, que alumbraban la plaza con luz tenebrosa

Algunos gnomos verdes se colocaron en un rincón para cumplir su labor de músicos estridentes, tocando instrumentos fabricados con hierros herrumbrosos y maderas llenas de clavos. Aquellos sonidos no podían ser considerados música. A la asustada niña le hicieron rechinar los dientes y estremecerse hasta las uñas de los pies. Intentó taparse los oídos. Sin embargo detuvo esta última reacción defensiva al temer que la serpiente la ahogaría cerrando sus anillos... ¡Entonces se dio cuenta, que la serpiente había desaparecido!

Mientras se preguntaba cuándo pudo el reptil abandonar su cuello un joven duende verde la tomó en sus brazos

—¡Si, si, hijo, haces bien bailando con la niña estúpida! — dijo el rey — Así sabrás si te gusta como esposa.

La niña se vio sacudida y saltando al extraño compás que le marcaba aquel horrible duende.

—No, no. Me desagrada mucho padre. ¡Es tan inútil!

—Viéndola bailar tan mal, no puedo mas que darte la razón hijo mío— dijo el rey y luego mirando al Espíritu Maligno, añadió —Llévatela, no me interesa.

—Pero ¡qué poca imaginación tienes!—Bufó el Espíritu Maligno— Puedes usarla cuidar tus gatos, hacer tu comida más sabrosa ya que las mujeres de tu corte tienen fama de ser pésimas cocineras.

El rey lo pensó un momento y le pareció buena idea.

Satisfecho de librarse de la pequeña el Espíritu Maligno se marchó.

La niña pensó que a pesar de lo horrible de su situación, era mejor estar con los gnomos. Vivir en esa cloaca de apestoso olor, sacar al piel de los sapos muertos, y recoger el agua sucia de la ciénaga, no era nada bonito, pero por lo menos no le pegaban, ni la hacían saltar saltos imposibles o correr hasta que el sangraran las rodillas.

También debía sacar a pasear a todos los gatos negros; sin embargo, como ella los trataba tan bien, terminaron por hacerse sus amigos, de ahí que le permitieran ir sola por el bosque, mientras ellos montaban vigilancia por si aparecía algún gnomo verde.

En una de estas escapadas la niña se arrodilló a beber en un arroyo de aguas limpias y transparentes, ¡qué placer!. Mientras estaba en eso descubrió a la Ninfa que había visto tiempo atrás. En seguida se hicieron amigas y la niña le confió sus penas.

— ¿Por qué no escapas ahora que nadie te vigila? —preguntó la Ninfa después de escuchar las calamidades que estaba sufriendo su amiguita.

—Di mi palabra a los gatos de que nunca lo haría. Los gnomos verdes los devorarían nada más conocer mi fuga. Además no me tratan tan mal. Como se pasan todo el día durmiendo, sólo les preocupa que tenga preparada la cena a la puesta del sol y el desayuno al amanecer

—Eso significa que te dejan libre todas las horas de claridad. Esto nos va a permitir un viaje muy interesante —propuso la Ninfa—. ¿A que te encantaría conocer a mis hermanas las Ninfas del Mar?. Si vamos por ese río en poco tiempo alcanzaremos la costa.

— ¡Qué lindo sería!— dijo la niña, pero en seguida su sonrisa desapareció— ¡Imposible! No sé nadar— se lamentó

— ¡Esto no tiene importancia! Tómate de mi cuello y yo te llevaré allí como si fueses un barco.

En un santiamén la niña subió a la espalda de la ninfa, que era una excelente nadadora, y en un pestañeo llegaron a un río muy ancho, que parecía empujarlas más y más rápido hasta desembocar en el inmenso Mar. —Ahora debes sujetarte bien fuerte pues vamos a sumergirnos.

La niña estuvo a punto de gritar, cuando con sorpresa descubrió que en vez de ahogarse podía respirar bajo el agua. Pensó que a pesar de todo, conservaba algunos dones propios de un hada.

sirena07

Luego de descender hasta lo más profundo, llegaron ante un palacio edificado con coral rosa, en cuyos jardines varias Sirenas de largas cabelleras estaban jugando a la pelota con unas perlas del tamaño de un huevo de gallina. Otras daban de comer a los peces como la niña hacía, mucho tiempo atrás, con sus gallinas o con los perros. Había caballitos de mar, cangrejos, peces de todos tamaños y colores. Todas las recibieron con alegría y contentas de tener visitas se ofrecieron para enseñarle a la niña las cosas extraordinarias que había en el mundo acuático.

La niña nunca había contemplado tantas maravillas juntas: peces de colores celestiales, algunos de los cuales no se encuentran en el arco iris; plantas, flores y corales jamás contemplados por los seres humanos, capaces de formar composiciones de tanta belleza que dejaban sin aliento. No obstante, nada resultaba tan impresionante como la rapidez y agilidad de movimientos de las Sirenas. Infinidad de veces debieron pararse para que la aprendiza de Hada pudiera seguirlas. Después de examinar los más espléndidos ejemplares de la fauna marina, ocuparon una fastuosa carroza que era una concha gigantesca tirada por unos enormes caballitos de mar azules y rojos, los cuales estaban provistos de unas alas plateadas. Se deslizaban con mayor velocidad que los caballos de tierra firme. En un momento dado se encontraron en una pradera, en la que crecía una hierba de unos dos metros de altura tan resplandeciente como un terreno cubierto de esmeraldas. Allí pacían unas grandes vacas blancas.

Como la niña se extrañó ante aquel espectáculo, tan distinto a lo que ella suponía que debía haber en el fondo del mar, la Ninfa le contó que aquel prodigio era obra del Rey de los Océanos. Por cierto, los cuernos y las pezuñas de aquellas vacas eran de plata, y tenían un tamaño dos veces superior al de la vaca más grande que había visto hasta entonces la aprendiz de Hada. El pastor era un anciano de pelo largo y barba blanquísima, que se cubría con una túnica hecha de espuma. Llevaba en su cabeza una corona de plata. Las Sirenas le contaron que era el destronado Rey de la Luna, que a causa de su maldad, había caído mucho tiempo atrás al fondo del océano. Desde entonces las noches de luna clara emergía a la superficie llevando una lira en las manos, y cantaba canciones rogándole a su amada luna que le dejara regresar.

El día terminaba. La ninfa y la niña acompañada por las sirenas emprendieron el regreso. para entonar unas canciones en las que había condensado toda la tragedia de su existencia.

Ya anochecía cuando la pequeña llegó a la mansión de los gnomos verdes. Afortunadamente todos seguían durmiendo. La niña preparó al cena y pudo servirla sin que nadie se enterase de su ausencia.

Desde ese día, cada día la pequeña y la ninfa se reunían y jugaban. Unas veces iban al mar a encontrarse con las sirenas, otras se juntaban en los lagos con otras ninfas y en ocasiones permanecían las dos solas en el riacho, contemplando la inmensidad.

Todo estaba bien hasta que una mañana la Ninfa vio llegar a la malvada Doncella del Bosque. Como la ninfa podía hacerse invisible en el momento que presentía algún peligro, la malvada no la vio y muy tranquila se metió al agua nadar.

La ninfa en un rincón la observaba y cuando de pronto el Espíritu Maligno nadando de espaldas elevó la mano en que llevaba el anillo, la ninfa sin dudar ni un instante se lo quitó

De nada le valió a la malvada ponerse roja de ira, gritar como desaforada y maldecir a todos y a todo. La ninfa ya se había marchado a entregarle el anillo a la niña.

Cuando lo tuvo nuevamente en su dedo, llena de agradecimiento la niña le dijo:

—Pídeme lo que quieras pues ahora puedo concedértelo.

—Todo lo que puedo desear ya lo tengo, Luz, agua, una bella naturaleza… No conozco la tristeza, ni la furia, ni el dolor. El sol y la luna me cuidan, los vientos son mis amigos…

La niña entendió y por un instante deseó haber nacido Ninfa. Después de abrazar a su amiga y despedirse, giró la parte superior del anillo maravilloso y pidió verse delante del Soberano de las Montañas. Y en el acto se encontró delante del prisionero, al que intentó quitar las cadenas. Pero eran demasiado gruesas y fuertes, por lo que debió recurrir de nuevo al anillo diciendo:

— ¡Que el Soberano de las Montañas quede en libertad!

Al instante las cadenas se deshicieron como si fueran de gelatina y el viejo monarca se incorporó. Pero, antes de que pudiera dar las gracias a la niña, la vio desaparecer.

Y es que en aquel preciso instante se cumplía el año que el Hada había dado a la pequeña de plazo. De ahí que se hubiera visto obligada a partir con tanta premura. Y en el momento que se encontró en la pradera, pudo ver a la espléndida señora.

—Ahora sabes que ser Hada no trae la felicidad —comentó la Maestra—. ¡Qué fácil le resultó al Espíritu Maligno del Bosque engañarte! De no haberte enviado a la Ninfa para que te ayudase, todavía seguirías cocinando para los gnomos verdes. No has nacido para ser un Hada. Sin embargo, posees un don único: tu corazón es de oro.

La niña sonrió y devolvió con alegría el anillo mágico. Pero el hada le cerró la mano diciendo.

—Quédatelo. Ya ha perdido su viejo poder. Ahora cada vez que lo contemples recordarás que las apariencias engañan y que cada uno es lo que es y por ser es valioso.

La niña suspiró asintiendo y cuando alzó la vista el hada había desaparecido.

Nadie sabe si continúa en la Tierra o si ha regresado al Reino de las Hadas en la lejana estrella. Pero yo estoy segura que ella u otra hada han de andar por la tierra pues dos por tres suceden pequeños milagros.

 

martes, 8 de diciembre de 2009

MI LUMIA

El amor está siempre más allá de las palabras. Es sensación, sentido, susurro…, por eso se le puede cantar, contar, pintar, esculpir

Se le puede decir y decir sin decir

Nombrar y dejar entrever entre pliegues de arabescos.

Me gusta cuando la palabra conmueve y crea sentido por la pura musicalidad de sus letras

Me gusta por eso este poema

 

MI LUMIA - Oliverio Girondo.

 

MI LU

MI LUBIDULIA

MI GOLOCIDALOVE

MI LU, TAN LUZ, TAN TÚ, QUE ME ENLUCIELABISMA

I DESCENTRA TE LURA

I VENUS AFRODEA

I ME NIRVANA EL SUYO, LA CRUCIS, LOS DESALMES

CON SUS MELIMELEOS

SUS EROPSIQUISEDAS SUS DECÚBITOS LIANAS Y DERMISFERIOS

LIMBOS Y GORMULLOS

MI LU

MI LUAR

MI MITO

DE MONO AVE DEA ROSA

MI PEZ HADA

MI LUVISITA NIMIA

MI LUBÍSNEA

MI LU MÁS LAR

MAS LAMPO

MI PULPA LU DE VÉRTIGO DE GALAXIAS, DE SEMEN, DE MISTERIO

MI LUBELLA LUSOLA

MI TOTAL LU PLEVIDA

MI TODA LU

LU MÍA

 

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domingo, 6 de diciembre de 2009

A LA HORA DEL TÉ- CUENTO DE FRAY MOCHO

Fray Mocho es uno de los escritores que más me gustan por su humor, por su habilidad para captar con lucidez el habla y los modos de la sociedad, —que no ha cambiado tanto desde sus tiempos hasta los nuestros— y por su capacidad para resultar profundo con tan aparente simpleza.

Sus magnificas historias no suelen tener mucha difusión por eso quiero compartirlas con ustedes

mujeres 1900

A LA HORA DEL TÉ—

FRAY MOCHO— 14—4—1900

—¡No me digas, che!... Estos de ahora ya no son mozos... ¡Los muchachos parece que nacieran viejos y de las muchachas no te digo nada!... Vos las ves reunidas y es un cotorreo y una charla y unas risas, que cres por lo menos está desfilando todo Buenos Aires ridículo por delante del grupo y te ponés a escuchar... ¡Hijita!... ¡Qué insulsez!... Todo ese barullo es para hablar de baratillos y de pichincheo con las costureras o ponderaciones de lo tiradas que eran en París, según les contó fulanita las puntillas que aquí cuestan un sentido... Parece que fueran dependientes de tienda... ¡Mirá, cuando nosotras!... ¿Te acordás?... El día nos era corto para nuestras cosas y nuestro tijereteo... íbamos a perder el tiempo en discutir centavitos... ¡cómo no!

—¿Qué me vas a decir, Feliciana, si esa es mi guerra todos los días? Vos las ves a mis hijas que gastan un platal en monadas y en adornos y eso que no puedo acusarlas de que sean ahorradas... ¿Y para qué?... ¡Para irse a Palermo en el coche, como estatuas! ¿Te crees que siquiera se dicen algo de la gente que ven?... ¡Pues no, che!... ¡No faltaba más! ¡Van como si estuviesen en misa, porque no hay importancia sin formalidá!

—Pero si no se usa hablar, che... a lo menos en castilla... ¡Parece que es muy ordinario, muy guarango!...

—Vez pasada me dijo a mí una amiga, que acababa de venir de Europa y que me vio en Palermo con Federico, charlando a más y mejor, que en París che, cuando se veía en un paseo una señora y un caballero que iban conversando y riendosé, ¡se podía asegurar que no eran casados!... ¡Figurate!

—¡A propósito de los que vienen de París, hijita, te voy a contar lo que me sucedió el otro día en lo de Mariquita, mi sobrina, que como sabrás, recién ha venido!... ¡Voy a visitarla y si vieras qué comedia!... Llego a la casa y lo primero con que me topo es un francés todo afeitado y vestido de fraque que no entendía ni jota; de balde le decía, desgañitándome: "Vaya, dígale que está su tía Feliciana... ¡Nada!... Al fin busco en la cartera y le doy una tarjeta, pero en vez de darle una mía, con el apuro y la agitación, hijita, le doy una de Pepita Aguirre que tenía guardada y lo oigo que gritaba desde la puerta cancel a otro sirviente que estaba en el descanso de la escalera... ¡Madame Vassilicós!... ¡y oigo que el otro repetía la cosa y que el grito seguía!... Entonces, me subo ligerita para decirles a aquellos condenados mi equivocación y tomo para el lado del comedor, donde siempre acostumbraba recibirme Mariquita; pero me ataja el sirviente y me mete a la sala, que a las tres de la tarde estaba ya con luz encendida y con todas las ventanas cerradas... ¿Crerás?... Tuve miedo del cú de charol che, y estaba pensando en escaparme de algún modo, cuando se aparece Mariquita en una de las puertas, de gran cola y me hace una cortesía a uso de minué... ¡Claro!... Corrí a abrazarle diciéndole: "sí, soy yo, m'hijita", pero ella con una sonrisa seria en que solamente me mostraba el colmillo de un lado, me estiró la mano en silencio y con una frialdad que me heló, che, a pesar del calor... Nos sentamos y naturalmente le pregunté por su esposo, por González, que era, como sabrás, antes de sacarse la lotería que se sacó, uno de los escribientes del ministerio que nombró tatita... Apenas me dijo que estaba bien preguntándome de paso por Mamerto... ¡Si vieras la cara que puso cuando le dije que todavía seguía con sus pobres pies y que lo atendía Federico, tu marido!... Y después de esto, se estiró bien en el sofá y no me habló una palabra más...

—Así es la moda de ahora, Felicianita de mi alma... ¿Que no ves los bailes que se usan?... ¿Acaso son como aquellos de nuestro tiempo en que las muchachas y los mozos podían bailar y conversar?... Ahora para bailar se necesita ser casi un ingeniero para estar contando los pasitos y golpecitos con el pie...

—Mirá, m'hijita, ¿sabés una cosa?... Yo no creo que en París la gente sea como esta que va y vuelve... ¿Qué querés?... A mí me parece que éstos toman por franceses a los manequís de alguna tienda... ¡Mirá!... ¡En esto ha de estar sucediendo alguna gran barbaridá!

 

 

Breve biografía de Fray Mocho

Pseudónimo de José Sixto Álvarez (n. Gualeguaychú, 1858 - † Buenos Aires 1903). Escritor y periodista argentino famoso por sus retratos costumbristas y de época, frecuentemente escritos en clave humorística. Era conocido por sus amigos como "Mocho”, y más tarde se agregó al seudónimo el título de “Fray” (un fraile, en la Iglesia Católica).

Fue fundador y primer editor de la celebérrima revista Caras y Caretas; allí realizaba ilustraciones sobre sujetos nacionales y extranjeros: de la realidad social, de interés general y de moda; también publicaba literatura urbana y rural. Fue el primer escritor profesional de Argentina. En sus excepcionales descripciones de las costumbres regionales, el narrador es un observador. El mechaba sus escritos con los diferentes hablas de Buenos Aires incluyendo el “lunfardo” (el argot rioplatense). Sus escritos fueron parte del “naturalismo” que fue una reacción contra el que prevalecía "romanticismo", la rigidez del castellano, y la literatura en boga, y tuvo una contraparte en el París de esos años. Álvarez usó también otros apodos, como Nemesio Machuca o Fabio Carrizo.

Estas producciones fueron compiladas póstumamente en Cuentos de Fray Mocho (1906), que se reeditaron en muchas ocasiones, y Fray Mocho desconocido (1979), que reúne la totalidad de los cuentos y las viñetas aparecidos en la revista. En las variaciones del lenguaje coloquial y las formas de conducta de los personajes, Álvarez supo captar el carácter ridículo de ciertas convenciones sociales.

 

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viernes, 4 de diciembre de 2009

TODO ESTÁ DETRÁS

puerta azul 2

Adolfina miró la fachada y una mueca de tristeza se delineó en su boca. Había jurado no regresar jamás y sin embargo allí estaba después de tantos años. La casa no era tan grande como la recordaba, ni eran tan amplios sus jardines, ni tan altos los árboles, ni tan ruidoso el paisaje. Todo se había achicado al tiempo que se desvencijaba y el moho, oloroso y resbaloso, reptaba por sus intersticios.

Abrió la puerta con delicadeza, temiendo que un movimiento brusco la desencajara por completo de sus goznes y con ella cayera toda la construcción. Recorrió la sala, la cocina donde aún permanecía la vieja y negra cocina a leña enfrentando desafiante la boca del horno de pan, el baño en el que tantas veces había inventado historias sumergiéndose en la bañera con patas; tampoco la bañera era tan alta y grande como la recordaba. Llevada por un impulso se metió dentro obligada a encoger las piernas que ya no eran las de una chiquilla. Sonrió y acarició la cuna húmeda de sus fantasías.

Recorrió lentamente la que fuese su habitación, no quedaban en ella más rastros de su niñez que dos ojos de oso sobre una silueta comida por el moho, dibujados hacía tiempo en una de las esquinas. Allí no había nada. Salió.

Visitó el que fuera el cuarto de sus abuelos. Cuarto de los misterios dónde podían encontrarse estolas de colores, pañuelos de seda italiana, pintura para labios y collares de perlas, además de viejas fotos en las que los muertos parecían seguir vivos y atentos al comportamiento de ella. Ya no quedaban ni los marcos, ni las estolas, ni los olores de antaño, sólo el espejo oval de la vieja cómoda persistía en reflejar la luz del sol que entraba tenue por la ventana.

Adolfina suspiró mirándose al espejo. ¡Qué parecida a su abuela! La chiquilla que llevaba dentro hizo una mueca a la anciana que ahora la miraba. ¡No soy como tú!, dijo en voz alta soltando una suerte de bufido suspirado, antes de atreverse a inclinarse en la juntura izquierda del zócalo para desprender con cuidado la baldosa roja, que seguía siendo tan grande y pesada como antes. Cuando el hueco quedó a la vista metió la mano y tentó el piso hasta hallar lo que buscaba, lo tomó alzándolo triunfal al espacio vacío al tiempo que, concretando su desafío, salió del cuarto y se dirigió con pasó firme hacia la escalera. Su determinación vaciló en el primer peldaño.

Durante doce largos años había intentado cuanta artimaña se le ocurría para alcanzar la cima de la escalera y enfrentarse al secreto de la puerta. Durante los mismos doce años algo o alguien se lo había impedido: allí vivía La Loca. No se podía pasar.

La Loca, ¿qué loca? Nunca lo supo. Mejor dicho, nunca durante esos doce años en los que la Loca se fue convirtiendo en tantas cosas: demonio, ángel, bruja, tentación, desgracia, impedimento..., que le hacía sentir su universo contaminado por su presencia insaciable e impenetrable. De la Loca sólo tenía sus risas, sus llantos y sus alaridos. Sonidos sin cuerpo, sin rostro. Sonidos perturbadores, magnéticos, tan insoportables como necesarios. Fue después, mucho después, cuando ya era una mujer casada y con hijos que supo que la Loca había sido su madre, y maldijo a sus abuelos por no dejarle jamás conquistar un rostro para ese nombre.

Ahora ya nadie podía impedirle subir, ya nadie la sacaría a la rastra hablándole de peligros y maldiciones. Ahora ella tenía la llave en sus manos y la casa vacía.

Miró la llave de hierro, grande, pesada, ruidosa, llena de arabescos como nudos. Subió y enfrentó la puerta cuyo azul, ya desteñido, no le parecía la puerta al cielo.

Colocó la llave con mano temblorosa, dentro le esperaban las respuestas, la giró despacio, dudando.

¡Se fue! Había gritado la cocinera. ¡Se fue! Habían gritado a coro desarticulado sus abuelos, el caballerizo, el peón. ¡Maldita Loca! ¿Cómo? ¿Cómo lo hizo?, gritaban. Luego decidieron que Dios se la había llevado para salvarlos, evitándoles el cuerpo.

Muerta su madre; tenía que haber muerto aunque le mintiesen, ¡los cuerpos no se desvanecen en el aire!; nadie volvió a entrar al cuarto maldito, sólo las ratas y los murciélagos. Nadie hasta ahora. Nadie salvo ella que con la llave en la mano inspiraba para dar el paso. Detrás de la puerta estaba la verdad, su pasado, su herencia.

El sol desfalleciente le regaló su último brillo creando una danza de ocres junto a la puerta. Abrió y sus ojos estupefactos enmudecieron. Las paredes eran un concierto de rostros desfigurados, animales monstruosos, manchas siniestras, como si un espíritu prisionero hubiese volcado en ellas sus demonios. El techo en cambio era un festín de delicias, de colores brillantes; ahora algo mustios; de estrellas y granadas naciendo de los genitales libres de ángeles y hadas. Frente a ella, una inmensa puerta azul, idéntica a la de la entrada, estaba pintada en la pared.

Adolfina se acercó con el corazón acelerando su andar a cada paso, un gesto de desconcierto, tensión y temor desfiguró su rostro. Tanteó con la punta de los dedos la insólita puerta, en su cerradura estaba dibujada una llave dorada, la rozó y la llave, inesperadamente, giró. Dio un paso atrás alarmada. ¡Se fue! ¡Se fue! ¡Maldita Loca! Las palabras del pasado regresaban con su carga de imposible… ¿O era posible?

Adolfina temblando de intriga y temor tomó el picaporte con la punta de sus dedos. La puerta se abrió dando paso a una ráfaga de aire renovado y un rayo de sol naciente invadió la oscuridad.

© 2000- Ana Cuevas Unamuno

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jueves, 3 de diciembre de 2009

EL PAJE Y EL REY o el círculo 99-

 

(Cuento del libro “Los Tres Tesoros” – de B. Rajneesh.)

Había una vez un rey muy triste que tenía un sirviente, que como todo sirviente de rey triste, era muy feliz.

Todas las mañanas llegaba a traer el desayuno y despertaba al rey cantando y tarareando alegres canciones de juglares. Una gran sonrisa se dibujaba en su distendida cara y su actitud para con la vida era siempre serena y alegre.

Un día, el rey lo mandó llamar.

- Paje - le dijo- ¿cuál es el secreto?

- ¿Qué secreto, Majestad?

- ¿Cuál es el secreto de tu alegría?

- No hay ningún secreto, Alteza.

- No me mientas, paje. He mandado cortar cabezas por ofensas menores que una mentira.

- No le miento, Alteza. No guardo ningún secreto.

- ¿Porqué estas siempre alegre y feliz?.¿Eh?, ¿porqué?

- Majestad, no tengo razones para estar triste. Su Alteza me honra permitiéndome atenderlo. Tengo mi esposa y mis hijos viviendo en la casa, y su Alteza me premia de vez en cuando con algunas monedas para darnos algunos gustos, ¿como no estar feliz ?

- Si no me dices ya mismo el secreto, te haré decapitar - dijo el rey. Nadie puede ser feliz por esas razones que has dado

- Pero Majestad, no hay secreto. Nada me gustaría mas que complacerlo, pero no hay nada que yo este ocultando...

- ¡Vete! ¡Vete antes de que llame al verdugo!

El sirviente sonrió, hizo una reverencia y salió de la habitación El rey estaba como loco. No consiguió explicarse como el paje estaba feliz viviendo de prestado, usando ropa usada y alimentándose de las sobras de los cortesanos. Cuando se calmó, llamó al más sabio de sus asesores y le contó su conversación de la mañana.

- ¿Porqué él es feliz?

- Ah Majestad, lo que sucede es que él esta fuera del círculo.

- ¿Fuera del círculo?

- Así es.

- ¿Y eso es lo que lo hace feliz?

- No, Majestad, eso es lo que no lo hace infeliz.

- A ver si entiendo, estar en el círculo te hace infeliz.

- Así es.

- Y él no esta.

- Así es.

- ¿Y cómo salir?

- ¡El Nunca entro!

- ¿Qué círculo es ese?

- El circulo del 99.

- Verdaderamente, no te entiendo nada.

- La única manera para que me entendieras, será mostrártelo en los hechos.

- ¿Cómo?

- Haciendo entrar al paje en el círculo.

- Eso, obliguémoslo a entrar.

- No, Alteza, nadie puede obligar a nadie a entrar en el círculo.

- Entonces habrá que engañarlo.

- No hace falta, Su Majestad. Si le damos la oportunidad, él entrara solito, solito.

- ¿Pero no se dará cuenta de que eso es su infelicidad?

- Si, se dará cuenta.

- Entonces no entrará.

- No lo podrá evitar.

- ¿Dices que él se dará cuenta de la infelicidad que le causara entrar en ese ridículo círculo, y de todos modos entrará en el y no podrá salir?

-Tal cual, Majestad. ¿Estás dispuesto a perder un excelente sirviente para poder entender la estructura del circulo?

- Si.

- Bien, esta noche te pasaré a buscar. Debes tener preparada una bolsa de cuero con 99 monedas de oro, ni una mas ni una menos. ¡99!

- ¿Qué mas? ¿Llevo los guardias por si acaso?

- Nada mas que la bolsa de cuero. Majestad, hasta la noche.

- Hasta la noche.

Así fue. Esa noche el sabio paso a buscar al rey. Juntos se escurrieron hasta los patios del palacio y se ocultaron junto a la casa del paje. Esperaron el alba. Cuando dentro de la casa se encendió la primera vela, el hombre sabio agarro la bolsa y le pinchó un papel que decía:

ESTE TESORO ES TUYO.

ES EL PREMIO POR SER UN BUEN HOMBRE.

DISFRÚTALO Y NO CUENTES A NADIE COMO LO ENCONTRASTE.

Luego ato la bolsa con el papel, en la puerta del sirviente, golpeó y volvió a esconderse.

Cuando el paje salió, el sabio y el rey espiaban desde atrás de unas matas lo que sucedía. El sirviente vio la bolsa, leyó el papel, agito la bolsa y al escuchar el sonido metálico se estremeció, apretó la bolsa contra el pecho, miro hacia todos lados y entro en su casa.

Desde afuera escucharon la tranca de la puerta, y se arrimaron a la ventana para ver la escena. El sirviente había tirado todo lo que había sobre la mesa y dejado solo la vela. Se había sentado y había vaciado el contenido en la mesa. Sus ojos no podían creer lo que veían.

¡Era una montaña de monedas de oro! El, que nunca había tocado una de estas monedas, tenia hoy una montaña de ellas para el.

El paje las tocaba y amontonaba, las acariciaba y hacia brillar la luz de la vela sobre ellas. Las juntaba y desparramaba, hacia pilas de monedas. Así, jugando y jugando empezó a hacer pilas de 10 monedas Una pila de diez, dos pilas de diez, tres pilas, cuatro, cinco, seis, y mientras sumaba 10, 20, 30 ,40, 50, 60 ...hasta que formo la ultima pila: ¡¡9 monedas!!!!!

Su mirada recorrió la mesa primero, buscando una moneda mas. Luego el piso y finalmente la bolsa. "No puede ser ", pensó. Puso la ultima pila al lado de las otras y confirmo que era mas baja.

- Me robaron - grito - me robaron, ¡¡malditos !!! Una vez mas buscó en la mesa, en el piso, en la bolsa, en sus ropas, vació sus bolsillos, corrió los muebles, pero no encontró lo que buscaba. Sobre la mesa, como burlándose de el, una montañita resplandeciente le recordaba que había 99 monedas de oro, "solo 99". "99 monedas de oro. Es mucho dinero", pensó. Pero me falta una moneda. Noventa y nueve no es un número completo - pensaba. ¡Cien es un numero completo pero noventa y nueve, no.!

El rey y su asesor miraban por la ventana. La cara del paje ya no era la misma, estaba con el ceño fruncido y los rasgos tiesos, los ojos se habían vuelto pequeños y arrugados y la boca mostraba un horrible rictus, por el que asomaban sus dientes. El sirviente guardó las monedas en la bolsa, y mirando para todos lados para ver si alguien de la casa lo veía, escondió la bolsa entre la leña. Luego tomo papel y pluma y se sentó a hacer cálculos.¿Cuánto tiempo tendría que ahorrar el sirviente para comprar su moneda numero cien?

Todo el tiempo hablaba solo, en voz alta. Estaba dispuesto a trabajar duro hasta conseguirla. Después quizás no necesitara trabajar mas. Con cien monedas de oro, un hombre puede dejar de trabajar.

Con cien monedas un hombre es rico. Con cien monedas se puede vivir tranquilo. Saco el calculo. Si trabajaba y ahorraba su salario, y algún dinero extra que recibía, en once o doce años para juntar lo necesario. "Doce años es mucho tiempo", pensó. Quizás pudiera pedirle a mi esposa que buscara trabajo en el pueblo por un tiempo. Y el mismo, después de todo, terminaba su tarea en el palacio, a las cinco de la tarde, podría trabajar hasta la noche y recibir alguna paga extra por ello. Saco las cuentas: sumando su trabajo en el pueblo, y el de su esposa, en siete años reuniría el dinero. ¡Era demasiado tiempo!! Quizás pudiera llevar al pueblo lo que quedaba de comida todas las noches y venderlo por unas monedas. De hecho, cuanto menos comieran, más comida habría para vender... Vender... Vender... Estaba haciendo calor, ¿para que tanta ropa de invierno? Era un sacrificio, pero en cuatro años de sacrificios llegaría a su moneda cien.

El rey y el sabio volvieron al palacio. El paje había entrado en el círculo del 99...

Durante los siguientes meses, el sirviente siguió sus planes tal como se le ocurrieron aquella noche.

Una mañana, el paje entró a la alcoba real golpeando las puertas, refunfuñando y de pocas pulgas.

- ¿Qué te pasa? - pregunto el rey de buen modo.

- Nada me pasa, nada me pasa.

- Antes, no hace mucho, reías y cantabas todo el tiempo.

- ¿Hago mi trabajo, no? ¿Qué quería su Alteza, que fuera su bufón y su juglar también?

No paso mucho tiempo antes de que el rey despidiera al sirviente. No era agradable tener un paje que estuviera siempre de mal humor.

A veces por querer mucho, perdemos lo poco que tenemos...

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