miércoles, 31 de agosto de 2011

Cuento: La espera

un cuento de Amillo José - (España)

La pequeña aguja del despertador señalaba las nueve. Sin embargo, la precaución había sido innecesaria: eran poca más de las ocho y Miguel estaba despierto. La mañana se dibujaba apenas en el balcón haciendo presentir un día oscuro de niebla. El tic-tac del reloj sonaba metálico en la atmósfera tibia del cuarto. Miguel tenía la misma sensación de pesadez que todas las mañanas le llenaba los ojos, aquella sensación que le obligaba a mantener durante un rato los párpados medio extendidos.

Tardó en espabilarse. Sentía en la piel el contacto cálido de las sábanas que le sumía en un agradable abandono. No tener que moverse; no tener que pensar. Eso deseaba en aquel momento. Pero a medida que sus ojos se iban refrescando su mirada se iba deteniendo en los objetos ya delimitados, el pensamiento comenzaba a penetrar en la vida real. "A las diez debo estar en la estación."

Permanecía inmóvil en la cama. Ahora que las ideas se habían concentrado, su vista quedó fija en un punto vacío del techo. "A las nueve tengo que levantarme." "A las diez, sin falta, debo estar allí." A su lógico razonamiento se oponía, no obstante, de un modo casi imperceptible, el placer físico que sentía. Un pliegue de la sábana se había introducido en su axila izquierda y al respirar le rozaba suavemente. "Estar así mucho tiempo, horas, el día entero." Con un levísimo giro de cabeza miró el despertador: las nueve menos veinte. Qué deprisa pasaba el tiempo.

De repente, el repicar continuo de una campana le sobresaltó. Vino un instante en aumento y volvió a desvanecerse junto con el ruido de un motor. Una ambulancia, o un coche de bomberos, se dijo. Pequeñas cosas que turbaban la paz. También la obligación de ir a esperar el tren... Molesto. Las estaciones están siempre sucias y huelen mal, a carbón apagado con agua, a orines. Luego, los trenes no llegan nunca a su hora... A las diez, le dijeron cuando consultó a información. Llega a las diez en punto.

Entonces, por primera vez en la mañana, pensó en Rosa. Sí, por eso tenía que ir a la estación, porque venía Rosa. Porque, seguramente, vendría. A su derecha, en el cajón de la mesilla de noche, estaba la larga carta. Al final de la carta ella le decía: "No puedo seguir aquí. Me da miedo lo que dejo atrás; sí, me dan miedo todos los que dejo. Pero no puedo más, tú lo sabes bien. Llegaré en el exprés el día catorce. Si no llegara ese día no vuelvas a pensar en mí porque será que algo ha vencido mi decisión."

Miguel, al recordar la carta, se dio cuenta de lo absurda que era su actitud. Una dulce desgana lo tenía inmovilizado en la cama. En aquel momento habría sido incapaz de la más mínima reacción. Y, sin embargo, Rosa estaría camino de Madrid; y, probablemente, no habría podido dormir en toda la noche de viaje pensando en los que dejaba. En un hombre sórdido, mezquino, pero que tenía sobre ella derechos adquiridos; en una rancia familia que quedaría asombrada, escandalizada; en una pequeña ciudad de provincias que lanzaría, ávida, su nombre para que rebotara de charco en charco. Todo aquello significaba mucho. Y Miguel se hallaba tendido, impasible, inexplicablemente envuelto en una niebla de apatía.

¿Qué quería? ¿Qué deseaba en la vida? Le había pedido varias veces a Rosa que viniera con él. ¿Acaso ahora no se sentía contento ... ?

Miguel pensó que quería que Rosa viniera. Sí, quería verla, verla continuamente, llenando con sus ojos oscuros aquel cuarto demasiado apacible. demasiado vacío...

Tras los cristales crecía la claridad. Las sombras del cuarto comenzaban a disiparse y los objetos surgían en su diaria postura. Miguel estiró los brazos. Se frotó la cara con ambas manos. Luego paseó la vista por las paredes. Todo lo que veía, la lámpara, los cuadros, las cortinas, le era tan familiar que nunca había llamado su atención. Fue examinando cada cosa con detenimiento. De vez en cuando surgía la figura morena de Rosa. Cuando Rosa llegara, todos aquellos objetos adquirían de pronto un sentido distinto. Ahora eran espectadores mudos de su vida vacía. ¿Y luego? ¿Qué era Rosa para él? ¿Qué era él? Adónde iba?

Tal serie de preguntas se las hacía con frecuencia Miguel partiendo de cualquier motivo. Y nunca hallaba respuestas. Quizá, en el fondo, a eso se debiera la venida de Rosa. Él se lo había pedido. ¿Por qué? Miguel, desde muy joven había tenido un claro deseo: la libertad, la independencia. Pronto la consiguió. Pero ahora, paradójicamente, esa libertad lo tenía aprisionado. Porque en cada acción hipotecaba una parte de su libertad, y si él tendía a conservarla íntegramente, el resultado era una continua inmovilización n.

El timbre del despertador sonó con estridencia. Miguel apretó el botón del freno y el cuarto volvió a quedar en silencio. Después, lentamente, se levantó, encendió un cigarrillo y fue al cuarto de baño. En pocos minutos estuvo aseado y vestido.

Cuando salió a la calle flotaba en el aire una fría neblina. El cielo, opaco, gris desvaído, cubría los tejados de una humedad triste. Con el cuello de la gabardina subido, las manos hundidas en los bolsillos, bajó por la calle de Almagro hasta desembocar en la plaza de Alonso Martínez. Allí tomó un taxi.

-A la estación de Atocha -dijo al chófer.

Y de nuevo, mientras recorría la calle de Génova, el paseo de Recoletos, el Prado, sintió, como al despertar, que un vago cansancio se sobreponía a sus pensamientos y lo hundía en la más completa indiferencia.

Entró en la estación. Se dio cuenta de que se había apresurado en exceso: faltaba más de un cuarto de hora para la llegada del tren. En la estación, entre el vapor pálido de las locomotoras y el frío pegajoso del amplio recinto, la mañana de invierno pesaba como una manta mojada. Miguel notó que la humedad le atravesaba la ropa y le empapaba la piel. Debía esperar todavía más de un cuarto de hora. Se puso a pasear por los andenes. Había mucha gente. Unos esperaban, como él; otros eran viajeros que iban ocupando un largo tren próximo a partir. El rumor denso de las conversaciones era cortado de vez en cuando por la sirena de una máquina en maniobras. Miguel se cansó pronto de pasear; compró un periódico y buscó un banco vacío. Se sentó. Leyó los titulares de la primera plana: "La reunión de Ministros de Asuntos Exteriores de las grandes potencias". "Entrega de un pergamino al alcalde de Lisboa" "Se aprueba el presupuesto

extraordinario ...". En su cara se dibujó un gesto de hastío. Nada de aquello tenía interés. Las mismas noticias de todos los días con pequeñas variantes; cosas vulgares, apariencias sin sentido.

Un hombre se sentó en el banco a su lado. Al hacerlo, le dio un golpe en el brazo.

-Oh, perdone... perdone... -se excusó.

-No es nada -contestó Miguel.

Y continuó leyendo. Sin embargo, al poco advirtió que el hombre no podía estarse quieto. Lo miró de reojo, con disimulo. El hombre parecía hablar solo. Era bajo y encorvado. Tenía el pelo muy largo, de color blanco amarillento, y la piel oscura y arrugada. Vestía de negro; un traje raído con reflejos verdosos en los codos y en las bocamangas. El hombre que silabeaba algo en silencio, sorprendió la mirada de Miguel. Su cara enjuta, de pergamino, se abrió en una sonrisa.

-Espero el exprés de Andalucía. ¿Usted también? -dijo.

Antes de que Miguel pudiera contestarle añadió:

-Oh, usted perdone, no me haga caso, le estoy molestando.. .

Miguel no sabía qué responder.

-No, no se preocupe, no molesta... -dijo al fin.

-Es que, sabe, espero a mi hija que viene de Sevilla. Y hace tanto tiempo que no la veo... Casi cuatro años.

-Sí.. claro... respondió Miguel maquinalmente.

Quedaron callados. El hombre se revolvía, inquieto, en el asiento. Constantemente miraba a la entrada de la estación, al boquete blanco, de luz, por donde debía llegar el tren. Miguel lo observó ahora sin recato. Sus ojos, pequeños y vivos, sostenían dos grandes bolsas negruzcas. En la frente se le notaban las venas, gruesas, entrecruzadas, de color azul intenso. Los labios desaparecían dentro de la boca. Miguel calculó que podía tener unos sesenta y cinco años; quizá menos, aunque hacía el efecto de haber envejecido de pronto.

De repente, el hombre se puso a hablar apresuradamente, sin apartar la vista del semicírculo de luz.

-Mi hija, sabe, es una muchacha muy buena, pero tuvo un día un arrebato... sí, esas cosas que pasan a veces... y se fue de casa. Se fue, se fue con un hombre. Yo he sufrido mucho en estos cuatro años. Me decían que había tenido yo la culpa. Hasta Luisa, mi mujer, me lo decía. Pero no, yo no tuve la culpa. Yo la quería y la quiero mucho. Sólo le decía que aquel hombre no me gustaba. ¡Ya ve! Yo deseaba para ella lo mejor... Nada más...

Miguel se le quedó mirando con un gesto de absoluta sorpresa. El hombre seguía, con la vista perdida en la boca luminosa de la estación. Todo aquello era absurdo; era ridículo que aquel tipo le contara una historia íntima que nada le interesaba. Poco importaba que la historia fuera falsa o verdadera; a él no le interesaba, y eso era bastante. ¿Qué pretendía aquel hombre? Miguel lo examinaba ahora con recelo. Pero pronto la sospecha se le disolvió en una sensación de lástima.

El viejo estaba sentado en el borde del banco, inclinado hacia adelante. Su aspecto derrotado resaltaba más por la agitación que le invadía. Cuando volvió a hablar las bolsas de los ojos le temblaron ligeramente:

-Pero yo la he perdonado... Luisa mi mujer, no. Aunque la perdonará también, cuando llegue, estoy seguro. Estas cosas hay que perdonarlas, ¿verdad?

-Sí, desde luego... -aventuró Miguel, confundido.

El hombre sonrió nerviosamente.

-Usted que es joven lo comprenderá.. .

Un largo silbido cruzó el aire calmo. El tren que se hallaba en el primer andén comenzó a moverse con pesadez. Iba repleto de viajeros. El ruido seco, intermitente, de la marcha inicial fue convirtiéndose en un rumor continuo. De las ventanillas surgieron pañuelos blancos, agitados, como pequeños relámpagos, sobre el fondo oscuro del tren. Hasta que la negra fila de vagones desapareció más allá de la claridad.

Miguel no advirtió la salida del tren. Un cúmulo de pensamientos, de interrogaciones, giraban con rapidez en su mente. Aquel viejo extraño que le hablaba de su hija; Rosa; su existencia tranquila, aburrida; el capricho del azar que había puesto a su lado a aquel desconocido; la frase última del hombre: "usted que es joven lo comprenderá". ¿Qué quería que comprendiera? No, él no comprendía nada. La casualidad los había reunido en la espera y Miguel no comprendía por qué hablaban...

La voz del hombre, cascada, impaciente, lo sacó de su confusa meditación:

-Trae retraso. Siempre traen retraso los trenes, aunque no lo anuncien.

Miguel miró distraídamente su reloj de pulsera. No se dio cuenta de la hora que marcaba. Pero, en efecto, pasaban ya unos minutos de la hora señalada.

-Voy a ir un momento, aquí... al reservado -dijo el hombre, y sonrió torpemente . Si viera venir el tren haga el favor de avisarme enseguida, si no le molesta.

-Sí, sí, le avisaré.

Se levantó y corrió hacia la puerta de servicios. Sus piernas, cortas, endebles, vacilaban en la carrera; a cada paso parecía que se iba a desplomar sobre el andén.

Solo en el banco, Miguel dejó de pensar en el hombre. De súbito, la imagen de Rosa le llenaba. Sentía ahora un deseo impaciente de que Rosa llegara, de tenerla pronto a su lado, como si el viejo le hubiera contagiado el nerviosismo de la espera. Entonces pensó en la posibilidad de que ella no viniera. "Si no llegara ese día, no vuelvas a pensar en mí ... " No, no podía ser. Rosa tenía que llegar. Ahora comprendía que le hacía falta su presencia. Como al viejo la de su hija. Le era necesaria. No podía encontrarse de nuevo en su cuarto, cómodo, despreocupado, sin vida...

Volvió el hombre y se sentó de nuevo junto a él. Entrelazó los dedos sobre las rodillas y se quedó mirando fijamente a la vía. Impensadamente, Miguel le preguntó:

-¿No tiene más hijas que la que espera?

-Nada más; es la única que tenemos. Sólo pensamos en ella. ¿En qué otra cosa vamos a pensar? Sí, Luisa la perdonará. Hay que olvidar las faltas de los demás. Yo, al menos, así lo creo, y...

El hombre cortó la frase. Puso una mano sobre el brazo de Miguel; alzó la cabeza y abrió mucho los ojos.

-Ya viene. ¿No oye? Sí, ya viene. Usted me perdonará...

Se levantó casi de un salto y anduvo rápido por el andén, pegado a la vía, en dirección al arco iluminado por la débil luz de la mañana. Miguel se levantó también y caminó despacio, viendo cómo se empequeñecía, al alejarse, la silueta del viejo.

Llegaba el tren. Sobre las cabezas de la gente que se dirigía a la boca de la estación, la mole oscura de la locomotora se acercaba con un ruido cansado. A la repentina emoción que la presencia próxima de Rosa producía a Miguel, se unía ahora una honda curiosidad por ver la llegada de aquella otra mujer a la que el viejo esperaba. Ver su rostro gastado al abrazar a la hija; conocer a la desconocida. Sin embargo, cuando intentó localizar al viejo, su figura menuda se había perdido entre la multitud.

El tren se detuvo. A cada ventanilla se asomaban dos o tres caras sonrientes cubiertas por un velo de fatiga. Miguel recorría los vagones con paso rápido. Buscaba ansiosamente entre las caras de los viajeros. Viene el tren lleno, demasiado lleno -se dijo.

Al fin distinguió a Rosa. Se inclinaba hacia afuera, en el penúltimo vagón, agitando el brazo en el aire.

Subió al departamento. Cuando abrazó a Rosa sintió una gran tranquilidad, como si descansara de un trabajo violento, agotador. Rosa tenía los ojos encendidos, húmedos, rodeados de una sombra violácea.

Durante un rato, frente a frente, muy cerca uno de otro, permanecieron casi en silencio. Palabras cortadas, breves frases que la emoción contenida hacía resonar en el estrecho departamento del coche cama. Luego, la voz de un mozo que les ofrecía sus servicios distrajo su atención a la ventanilla. El mozo cargó el equipaje y bajaron.

El andén estaba ya casi vacío. Los últimos viajeros se dirigían a la salida. Miguel llevaba a Rosa del brazo. De su pelo negro, brillante, emanaba un suave perfume de romero. Callados, caminaban lentamente. Miguel, sin darse cuenta, apretaba con fuerza el brazo delgado. Sentía, bajo la tela fina de la manga, el calor dulce de la carne. Y tenía una vaga impresión de hallazgo, como si hubiera encontrado de pronto algo que por mucho tiempo había buscado desesperadamente.

Cuando llegaban a la salida, se detuvo en seco. Acababa de ver al viejo. Estaba junto a la puerta, un poco jadeante, caídos los brazos, en los ojos una mirada de cansancio, de desencanto. La triste expresión del viejo, allí, solo, buscando ansioso entre los viajeros rezagados, le produjo una mezcla de malestar y ternura. "¿Por qué está ahí solo?" "¿Por qué no ha venido su hija?"

Rosa miraba extrañada a Miguel, que seguía, parado, con la vista fija en el hombre.

-Vamos -le dijo-. ¿Qué miras?

-Nada, nada... -respondió él, rápido- Vamos...

Siguieron andando. Al pasar al lado del viejo, el mozo que llevaba las maletas lo saludó. Le preguntó:

-¿Qué, don Jacinto, no ha venido?

En la cara del viejo se dibujó un gesto de dolor resignado.

-No... no... Parece que no... -contestó débilmente.

-Vaya, lo siento.

-Gracias, gracias...

Salieron del recinto de la estación. Cuando Rosa se hubo acomodado en el taxi, mientras Miguel pagaba al mozo, le preguntó:

-Ese señor... el que estaba en la puerta... Dígame: ¿lo conoce?

-Sí. Bueno... -el mozo alzó las cejas- lo conozco sólo de verlo por aquí... Hace casi un mes que viene todos los días a esperar el exprés de Andalucía.

-¿Que viene todos los días?

-Sí... Espera a una hija, según dice. No sé; es un hombre, sabe usted, algo raro...

Miguel subió al taxi. Comenzaba a caer una lluvia ligera.

Recorrieron varias calles en silencio. Miguel pensaba en el hombre de la estación. En el parabrisas del coche, entre las relucientes gotas de agua, veía su expresión descorazonada, tristísima.

De repente, Rosa se apretó contra él.

-Los últimos días, hasta esta misma noche he estado dudando... Tenía miedo -le dijo.

-¿Miedo? Miguel pasó la mano por el pelo de Rosa-. No; olvídalo. Ya verás, ellos también lo olvidarán pronto.

-No, no era miedo de ellos; ése creo que lo vencí. Tenía miedo pensando en ti.

-¿En mí?

-Sí, Miguel. Es una tontería, sabes... Pero, no sé por qué, estaba imaginando tu despertar. Y te veía de una forma muy extraña, mirando tu cuarto desde la cama, ajeno a todo; al cuarto, a la mañana gris, lluviosa, que así la presentía, tal como está. Y ajeno también a mí, como si no me conocieras, como si yo fuera algo extraño que se introducía de pronto en tu vida...

Miguel apretó la mano tibia de Rosa.

-Qué cosas más raras se te ocurre pensar...

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miércoles, 24 de agosto de 2011

Chango Farías Gómez emprendió vuelo a mejores vientos

Esta mañana partió el Chango a otros pagos y otros cantos, dejándonos sus letras, sus creaciones, sus sonidos que han llenado de belleza nuestro folklore durante años. Seguro que este viaje lo lleva a descubrir otros sonidos y a embelesar otros oídos. Por eso le deseo buen vuelo y GRACIAS.

Nos cuenta Página 12

Para leer más http://www.pagina12.com.ar/diario/ultimas/20-175248-2011-08-24.html

Farías Gómez nació el 19 de diciembre de 1937 en Santiago del Estero y pasó su infancia y adolescencia en el barrio porteño de San Telmo. En 1960, formó el grupo Los Huanca Hua junto con su hermano Pedro Farías Gómez, Hernán Figueroa Reyes, Coco del Franco Terrero y Guillermo Urien.

El grupo revolucionó el modo de interpretar la música folklórica, mediante complejos arreglos vocales, introduciendo la polifonía y el uso de fonemas y onomatopeyas para marcar el ritmo.

En 1964, realizó los arreglos de percusión para la Misa Criolla de Ariel Ramírez y fue intérprete de la percusión en la primera grabación de la misma, ese mismo año, junto a Los Fronterizos.

Dos años después dejó el grupo, que continuó dirigido por su hermano Pedro, y formó el Grupo Vocal Argentino, considerado por algunos críticos como el mejor grupo vocal de la historia musical argentina.

En 1975, formó un trío con Kelo Palacios y Dino Saluzzi, y un año más tarde, se exilió en España debido que era perseguido por la organización peronista de derecha Triple A.

Después de su vuelta al país, el folklorista fue declarado ciudadano ilustre por el entonces Concejo Deliberante porteño.

En 2003, alcanzó una banca como legislador porteño y presentó varios proyectos relacionados a la cultura como el de la reinstauración del feriado de Carnaval, que había sido suprimido del calendario por la última dictadura militar.

Últimamente, Farías Gómez realizaba conciertos en el Teatro del Viejo Mercado, en el barrio del Abasto, y tenía un programa radial en la FM Nacional Folclórica 98.7.

Freyja y Odur.

Mito Celta (Nórdico) de la Diosa Freyja

Frigga

Freyja, la diosa de cabellos dorados y ojos azules, era también, en ocasiones, considerada como la personificación de la Tierra. Como tal, se desposó con Odur, un símbolo del Sol veraniego, a quien ella amaba mucho y con el que tuvo dos hijas, Hnoss y Gersemi. Estas doncellas eran tan hermosas que todas las cosas bellas eran denominadas con sus nombres.

Mientras Odur permaneciera a su lado, Freyja estaba sonriente y era completamente feliz. Pero Odur era de espíritu inquieto y cansado de la vida sedentaria, abandonó un día el hogar súbitamente y se dedicó a vagar por el ancho mundo. Freyja, triste y abandonada, lloró largamente, cayendo sus lágrimas sobre las duras rocas, ablandándolas. Se dice que incluso llegaron a introducirse en el mismo centro de las piedras, donde se transformaron en oro. Algunas lágrimas cayeron al mar y fueron a transformadas en ámbar.

Cansada de su condición de viuda y anhelando coger a su marido en sus brazos una vez más, Freyja emprendió finalmente su búsqueda, atravesando muchas tierras, donde se la conoció por diferentes nombres, como Mardel, Horn, Gefn, Syr, Skialf y Thrung, interrogando a todos los que se encontraba en su paso, sobre si habían visto a su esposo y derramando tantas lágrimas en todas partes que el oro se encuentra en todos los rincones de la Tierra.

Muy lejos, en el soleado sur, Freyja encontró finalmente a Odur y, tras serle devuelto todo su amor, ella fue feliz de nuevo, tan radiante como lo había sido de novia. Es quizá debido a que Freyja encontró a su esposo bajo un floreciente arrayán que las prometidas nórdicas, incluso hoy día, visten el mirto en vez de la convencional corona de naranjas que se da en otros climas.

Mano a mano, Odur y Freyja emprendieron de nuevo el camino a casa y a la luz de su felicidad, la hierba creció verde, las flores brotaron y los pájaros cantaron, pues toda la naturaleza simpatizaba tan enérgicamente con la alegría de Freyja como se afligía con ella cuando se encontraba triste.

Las más hermosas plantas y flores en el Norte eran llamadas cabellos de Freyja o rocío del ojo de Freyja, mientras que la mariposa era conocida como la gallina de Freyja. También se suponía que esta diosa sentía un afecto especial por los hados, a los que gustaba observar danzar a la luz de la Luna, y a los que reservaba sus más delicadas flores y su más dulce miel. Odur, el esposo de Freyja, además de ser considerado como una personificación del Sol (y del Verano por sobre todo), también era considerado como un símbolo de la pasión, o de los embriagantes placeres del amor, por lo que los antiguos declaraban que no era de extrañar que su esposa no pudiera ser feliz sin él.

martes, 23 de agosto de 2011

“Grillo y la princesa”

Cuento Tradicional Argentino (de la serie de Pedro Grillo)

Un rey se estaba haciendo viejo, y sólo tenía una hija; y el problema es que la
hija no quería a ningún pretendiente: entonces, el padre, cansado de traerle a todos los
príncipes vecinos y de lejos, mandó a decir un día, que a cualquiera que conquistara a la
princesa, se la iba a dar, así fuera príncipe o no. Entonces mandó a la princesa a que se
pasease con la carroza por todo el reino, a ver si veía a uno que le gustara, y nada.

Pero en una de esas estaba Grillo, vio a la princesa, y se enamoró de ella, y pensó: “quiero que
la princesa se quede embarazada de mí”. Y tanto lo quiso que fue así y la princesa no había
estado con él ni nada.

Es que cuando uno quiere algo, y lo quiere de veras, no sé cómo, pero se hace, así
que hay que tener cuidado con lo que uno quiere.

El asunto es que la princesa apareció embarazada, y el rey, que quería saber que quién era el padre, y la princesa que no tenía ni idea, y que ella no había estado con nadie: y que siempre iban las damas con ella y que ella no sabía. Así que vino a tener un niño muy bonito, y el rey estaba contento con su nieto,
pero que tenía que saber quién era el padre, porque la princesa no podía quedar soltera o casarse con otro.

Pero vino a pasar que el bebé nació con un puñito cerrado, y todos querían abrirle la mano, y nada, él con su puñito cerrado, y entonces un sabio que tenía el rey le dijo que ahí estaba el misterio, que el hijo de la princesa le iba a abrir el puño sólo al padre, así que ése era un buen modo de saber quién era. Entonces el rey, que era lo que necesitaba escuchar, mandó decir que viniera el padre del bebé, que él no le iba a hacer nada si se casaba con la princesa y lo iba a hacer rey, pero que se presentara.

Ahí salieron un montón a hacerse pasar por el padre del bebé, pero ninguno podía hacerle abrir la mano, hasta que el rey se cansó y dijo: “Basta, el que se quiera hacer pasar por el padre y no le pueda abrir el puño, lo mando matar”. Entonces a todos les dio miedo, porque sabían que no eran los padres, solamente Grillo que no tuvo miedo y fue hasta el palacio del Rey y pidió ver a la criatura y nada más lo vio, el bebé abrió la mano y le dejó sacar lo que tenía, un anillo de oro. Bueno, entonces el rey tenía un problema, porque aunque Grillo parecía el padre del bebé (un poco parecido era) al rey le dio miedo que hubiera embarazado a la hija con magia y le dijo que para ser el rey tenía que probar que sabía muchas cosas y le puso unas adivinanzas.
La primera fue ponerle delante una fuente de plata y oro reluciente de esas que pueden cubrir un pavo entero con papas y todo. Grillo caminaba alrededor y no podía imaginarse qué había adentro y como era un poco bruto dijo:
- ¡La mierda que estás tapada!
- Sí, señor, mierda es - le dijo el ayudante del rey. Y así pasó la primera prueba.

La segunda era una cajita chiquita de oro y plata también, como una caja de fósforos, muy decorada. Ahí Grillo estaba más perdido que con la primera, que sacó de casualidad.
Empezó a pensar que si no adivinaba ésa, seguro que lo mataban y que a él le gustaba la princesa, y el pobre guricito se iba a criar sin padre, y que mejor no hubiera hecho lo que hizo, porque ahora se veía en semejante lío, y sin darse cuenta que lo decía, dijo, quejándose de su suerte:
- Ay, Grillo, ¡en qué apreturas te ves!
- Efectivamente, señor, se trata de un grillo.Y pasa esa prueba también, pero el rey, al que no le gustaba mucho Grillo, porque parecía un poco tonto y podía haber acertado de casualidad y le pide que le dé acertijos a los sabios de la corte y entonces Grillo les dice

¨ Yo tiré a la que vi. y maté a la que no vi y con palabra santa lo asé y me lo comí.” Nadie pudo explicarle qué quería decir y él tuvo que explicar… su madre le había dado antes de salir una Biblia y una onda… con la onda le había tirado a un perdiz, pero como tenía mala puntería, le pegó a otra que estaba escondida, y después para hacer fuego había tenido que usar la Biblia y con palabra santa la asó y se la comió.
Al final se queda con la princesa, que lo acepta porque había pasado las pruebas que le habían puesto, y al cabo de los años, es rey, y viven felices, y tienen otros chicos, pero no por el pensamiento.

Nota: Este cuento y la información están tomados del excelente trabajo de Claudia Mendez (MENDEZ, Claudia. “Las voces de Pedro Grillo: poética y recepción en una colección de cuentos tradicionales argentinos”. Culturas Populares. Revista Electrónica 2 (mayo-agosto 2006), 28 pp.)

Pedro Grillo: Según José Manuel Pedrosa el personaje de Pedro Grillo es un personaje muy raro y antiguo en la
cuentística española. Algunos autores piensan que devino en Pero Grullo, de donde viene la palabra “perogrullada” que designa algo demasiado obvio. Arturo Ortega Morán autor de: Hasta que me cayó el veinte! ¿Porqué decimos las cosas que decimos? (Monterrey,NL México, 2001) explica el origen de la expresión ¨perogrullada¨ y para hacerlo se refiere a Pero Grullo. Afirma que el documento más antiguo donde aparece el personaje de Pero Grullo es un texto firmado por Evangelista que se llamó Profecía aparecido por primera vez en 1460 y reeditado en el siglo XIX. Pedrosa comparte esta suposición sobre el origen de Pedro Grillo como proveniente del documento al que Morán hace referencia. En este texto breve, es donde a un personaje se le aparece un gallo vestido de ermitaño que le hace una serie de anuncios proféticos burlones como que el primer día de enero empezará el año, si nadie lo impide.

lunes, 22 de agosto de 2011

Una lección para reyes

CUENTO TRADICIONAL ORIENTAL

Por los tiempos en que Brahma reinaba en Benarés, era tanta la justicia que había en sus actos, que poco a poco, todo el mundo se hizo justo y nadie acudía ya a los tribunales, por lo cual éstos estuvieron a punto de ser cerrados.

" Es necesario que alguien me haga ver mis faltas -se dijo un día Brahma.- No es posible que mi conducta sea perfecta, pues el hombre no es perfecto y yo al fin y al cabo soy humano. En los tribunales han perdido ya la costumbre de juzgar, pues mi pueblo no acude a ellos. Será necesario preguntar a aquellos que me rodean, para saber mis defectos, y corregirme de ellos."

Pero los cortesanos, sólo tuvieron palabras de alabanzas hacia él, y ninguno le descubrió falta alguna.

"Es por el temor que inspira la realeza, que me hablan así" -pensó Brahma, y al día siguiente salió de palacio y preguntó a los que allí vivían, cuáles eran sus faltas, pero tampoco encontró a nadie que le prodigase otra cosa que alabanzas.

Entonces decidió salir de la ciudad, y ver si encontraba al fin alguien que descubriera alguna falta en él. Tampoco lo encontró, y por ello pensó en trasladarse a los pueblos de su reino.

Así lo hizo, pero tampoco en ellos encontró a nadie que pudiera decir algún defecto de él, por lo cual el soberano decidió regresar a su palacio.

Dio la casualidad de que por el mismo tiempo, Malika, el Rajá de Kosala, hombre bondadoso y justo, que gobernaba con gran sabiduría su reino, quiso conocer también sus defectos, y como había hecho Brahma, buscó entre sus cortesanos quien se los dijera. Y como no encontrase a nadie, decidió salir de su Palacio en busca de la verdad. Todo lo que halló en su camino fueron alabanzas, y al fin, regresó también a su palacio.

Quiso el azar, que los coches de ambos reyes se encontrasen de frente en un estrecho camino, y el cochero de Malika, dijo al de Brahma:

- Aparta tu coche del camino.

- Apártate tú, -replicó el otro cochero.- En este coche viaja el Rajá de Benarés, el gran Brahma.

- Pues en éste viaja el Rajá de Kosala, el gran Malika.

Al oír esto el cochero del soberano de Benarés, dijo:

- Si en realidad se trata también de un Rajá, ¿qué debo hacer? Lo mejor será que pregunte la edad de ese rey, y si es más viejo que mi señor, me apartaré. De lo contrario haré que se aparte él.

Pero la edad de ambos soberanos era exactamente igual, y también lo era la extensión de sus dominios, la fuerza de sus ejércitos, la importancia de su riqueza, la nobleza de su familia y la antigüedad de sus títulos.

Entonces, el conductor decidió atenerse a la mayor rectitud que demostrase uno de los soberanos.

- ¿Cuál es la rectitud de tu dueño? -preguntó al otro cochero.

- Con los buenos, es bueno; con los justos, justo, y con los duros, duro. Ahora dime las cualidades de tu dueño.

- Con los duros, es suave; con los malos, bueno; con los injustos, es justo y con los buenos, más bueno, Por lo tanto, apártate de mi camino.

Al oír esto, Malika y su cochero descendieron del coche y lo apartaron humildemente, dejando pasar al Rajá de Benarés.

domingo, 21 de agosto de 2011

EL CANTO DEL VIENTO

Escrito bellísimo de ATAHUALPA YUPANQUI

El viento

Corre sobre las llanuras, selvas y montañas, un infinito viento generoso.
En una inmensa e invisible bolsa va recogiendo todos los sonidos, palabras y rumores de la
tierra nuestra. El grito,. el canto, el silbo, el rezo, toda la verdad cantada o llorada por los
hombres, los montes y los pájaros van a parar a la hechizada bolsa del Viento.
Pero a veces la carga es colosal, y termina por romper los costados de la alforja infinita.
Entonces, el Viento deja caer sobre la tierra, a través de la brecha abierta, la hilacha de una
melodía, el ay de una copla, la breve gracia de un silbido, un refrán, un pedazo de corazón
escondido en la curva de una vidalita, la punta de flecha de un adiós bagualero.
Y el viento pasa, y se va. Y quedan sobre los pastos las "yapitas" caídas en su viaje.
Esas "yapitas", cuentas de un rosario lírico, soportan el tiempo, el olvido, las tempestades.
Según su condición o calidad, se desmenuzan, se quiebran y se pierden. Otras, permanecen
intactas. Otras, se enriquecen, como si el tiempo y el olvido -la alquimia cósmica- les hicieran
alcanzar una condición de joya milagrosa.
Pero llega un momento en que son halladas estas "yapitas" del alma de los pueblos. Alguien
las encuentra un día. ¿Quién las encuentra? Pues los muchachos que andan por los campos
por el valle soleado, por los senderos de la selva en la siesta, por los duros caminos de la
sierra, o junto a los arroyos, a junto a los fogones. Las encuentran los hombres del oscuro
destino, los brazos zafreros, los héroes del socavón, el arriero que despedaza su grito en los
abismos, el juglar desvelado y sin sosiego.
Las encuentran las guitarras después de vencido el dolor, meditación y silencio transformados
en dignidad sonora. Las encuentran las flautas indias, las que esparcieron por el Ande las
cenizas de tantos yaravíes.
Y con el tiempo, changos, y hombres, y pájaros, y guitarras, elevan sus voces en la noche
argentina, o en las claras mañanas, o en las tardes pensativas, devolviéndole al Viento las
hilachitas del canto perdido.
Por eso hay que hacerse amigo, muy amigo del Viento. Hay que escucharlo. Hay que
entenderlo. Hay que amarlo. Y seguirlo. Y soñarlo. Aquel que sea capaz de entender el
lenguaje y el rumbo del Viento, de comprender su voz y su destino, hallará siempre el rumbo,
alcanzará la copla, penetrará en el Canto.

sábado, 20 de agosto de 2011

Cuento: EL LECHERO

Un cuento de José S. Álvarez (Fray Mocho)

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Siendo la leche el primer alimento que se le da a los recién nacidos, necesario era que mi primer artículo para Caras y Caretas tuviese sabor lácteo, para lo cual ningún tipo de los que me obligaron a presentar incomodaba tanto a mi propósito como el del lechero.
Ya se fue el marchante de los buenos tiempos viejos, que los niños esperábamos ansiosos por la yapa de leche, exigua y por ello sabrosa, y los más grandecitos y traviesos, por el mancarrón cargado con los tarros, sobre cuyas tapas envueltas en trapos se extendía el cuero de carnero que le servía de trono y sobre el cual, arrodillado y erguido el busto, marchaba a trote de lechero, como se decía, el viejo vasco cantor y alegre.
¡ Qué famosos galopes hasta la bocacalle, con corrida de todos los perros vecinos!
Se fue el marchante y con él se ha ido una nota típica de Buenos Aires y también el arreador usado como cetro; la boina terciada sobre la oreja; el chiripá de grano de oro cayendo apenas sobre la bota de becerro chueca y embarrada; el tirador, que era una especie de cafarnaúm en que se hallaban botones desertores, cartas de mucamas aventureras que comenzaban con el invariable “cerido marchante digamé ci es sierto que me dará el haniyito ei le doy el veso”, pesos chicos con carnerito, cabellos mezclados con flores secas, horquillas para la novia preferida—la paisana—que le esperaba entre sus patos y gallinas, allá por Morón o San Justo, y a veces el papelito que “la patrona gorda”, “la flaca de Maipú”, “la vieja del Socorro”, como él designaba a su clientela, le encargaban manteca fresca o huevos caseros para la niña y también las milongas en vascuence, entonadas al bordear un charco suburbano, y la original “fonda de vascos” donde entre copa y copa de vino se comentaba a gritos toda la vida porteña, mirada desde la cocina.
A otros tiempos otros tipos.
Ahora tenemos el carrito con vasijas de latón, lustrosas de puro limpias; el lechero de delantal y gorro blanco, serio, grave, que no canta, ni ríe, ni dice chicoleos; la manteca en
panes de ilusión y harina y el agua y la sofisticación reinando omnipotentes con sellos, patentes, certificados químicos y tapas higiénicas.
Y ahí va la vida, siguiendo su tortuoso camino, cada día menos pintoresca, menos nacional, diremos, pero más arreglada a las leyes y ordenanzas, por más que el viejo marchante desalojado diga melancólicamente, al ver pasar uno de los carritos triunfadores:
––¡Arodá nomás... masón condenao, que ya te allegará tu hora!...

viernes, 19 de agosto de 2011

LA MUJER QUE DEVOLVÍA LAS ESTRELLAS AL OCÉANO

 

Bajo los zarpazos de una tormenta formidable el océano se agigantó y durante toda la noche estuvo estrellando su furia contra la playa. Olas de más de cuatro metros arrojaron sus entrañas de caracolas, peces, algas y mil otros elementos. Cuando al amanecer se calmó la tormenta, la playa estaba totalmente cubierta de estrellas de mar, que palpitaban levemente a la luz tibia de la mañana.

Una caminante madrugadora empezó a devolverlas al océano en una empresa que, de antemano, parecía condenada al fracaso dada la enorme cantidad de estrellas en la arena.

—Buenos días, señora —le dijo un turista que la miraba con asombro. —¿Puede usted decirme qué es lo que está haciendo?

—Devuelvo estas estrellas de mar al océano. Si no las devuelvo pronto, morirán por la falta de oxígeno- contestó ella.

—¿Pero no le parece inútil y descabellado su esfuerzo? Hay millones de ellas y es imposible de agarrarlas a todas. Además, posiblemente haya cientos de playas cubiertas también de estrellas de mar que irremediablemente van a morir. ¿No se da cuenta de que no cambia nada?- le preguntó le hombre.

La mujer sonrió dulcemente, se agachó, agarró otra estrella de mar y antes de arrojarla al agua dijo:

—¡Para ésta si cambió algo!