domingo, 26 de mayo de 2013

Homenaje a la maravillosa ELSA BORNEMANN

Murió Elsa Bornemann, un ícono de la literatura infantil y juvenil

Con mucha pena despedimos a una gran escritora que nos ha dejado historias y más historias con humor, terror, amor…

Dicen los medios…..

La destacada escritora argentina de literatura infantil y juvenil Elsa Bornemann, autora de `Un elefante ocupa mucho espacio`, texto que es símbolo de la libertad y estandarte de la democracia, murió hoy a los 61 años de edad, informaron voceros de la editorial Alfaguara.

Bornemann "es una autora prolífica que escribe desde los 70, varias generaciones de lectores ya se han criado con sus libros. Escuelas, alumnos y maestros los eligen para leer en el colegio".
"Ella se destacó por su poesía y luego por sus cuentos y su narrativa; fue una gran defensora de la literatura infantil en épocas donde era un género menor, de las pioneras en llevarlo a otro plano", agregó la editora.
Elsa Isabel nació en el barrio porteño de Parque Patricios el 15 de febrero de 1952; fue autora de entrañables textos como "Un elefante ocupa mucho espacio", un cuento infantil censurado durante la última dictadura militar argentina que le valió el ingreso a Lista de Honor del Premio Hans Christian Andersen, el más importante del globo en el área infantil.

El compromiso de Bornemann y su incansable trabajo por la educación -maestra nacional y profesora en letras que recorrió América, Europa y Japón dictando talleres literarios- tuvo sus frutos, entre otros, con "El libro de los chicos enamorados" que formó parte de los Cinco Mejores Libros Escritos en Idioma Castellano, según el Banco del Libro de Caracas, Venezuela.
Entre los numerosos premios con que se distinguió su trabajo se destacan además el "San Francisco de Asís" por "toda su obra en beneficio de la infancia".

Yo prefiero dejarles un video y un cuento para que la recordemos contando que es lo que ella nos ha legado.

 

Acá mi queridísima María contándonos uno de sus cuentos

María Frascara nos cuenta

Acá otro cuento…

y uno más ahora para leer…

Elsa Bornemann - Pablo

El pueblo se llamaba...

Chato y polvoriento, recostado frente al mar, era una cinta de arena y piedra oscura. Sus habitantes echaron a rodar esa mañana de primavera como una moneda más, sin notar en ella nada diferente.

Al mediodía, la gente se arremolinó en el mercado del puerto, como tantas otras veces. Aquello sucedió por la tarde. El silbato del tren pasando a lo lejos fue el sonido que señaló el principio. Justo en ese momento, los pescadores quedaron con las bocas abiertas, mientras cantaban recogiendo sus redes. Y de sus bocas ya no salió ninguna palabra. Lo mismo les sucedió a los vendedores del mercado...

A las mujeres en sus cocinas...

A los viejos en sus sillas...

A los estudiantes en sus aulas...

A los más chicos en sus juegos...

Por más que intentaron, ninguno pudo decir ni siquiera una sílaba. Las caras se esforzaron, sorprendidas, una y otra vez. Fue inútil. El silencio fue un poncho abierto oscureciendo al pueblo. ¿Qué pasaba?

De pronto, vieron como cinco, diez, cuarenta, cien, dos mil palabras saltaban al aire desde sus bocas silenciosas, tomando extrañas formas. Y tras ellas fueron, amontonándose en desordenada carrera, sin saber adónde los llevaría ese rumbo sur que señalaban.

Hubo quienes siguieron la palabra “MAR”, maravillados por esas tres letras verdes ondulando en la tarde...

Otros prefirieron marchar tras la palabra “SOL”, partida en gajos de una enorme naranja...

Algunos se decidieron por la palabra “CARACOL”... o “VIENTO”... o “TELAR”... o “MARIPOSA”... o “CEBOLLA”... o “VINO”...

Pero la que congregó la mayor cantidad de caminantes fue la palabra “PAZ”.

Esa sí que deslumbraba, con su amplia zeta abierta como la cola de un pavo real...

No les fue posible seguir a cada una en especial. Las palabras eran tantas, tantas, que muchísimas debieron volar en soledad, chocando entre sí en su afán de llegar primero a... ¿A dónde?

Pronto lo supieron. La gente detuvo sus pasos ante una casa grande, mirando con sorpresa cómo por la chimenea, por las ventanas, por puertas y cerraduras, todas las palabras se precipitaban convertidas en una fantástica lluvia de letras.

Llovió durante un largo rato.

Entonces entendieron lo que había sucedido y un temblor los unió. Esa era la casa de Pablo, el poeta, hermano del amor y la madera, amigo de paraguas y copihues, caminador de muelles y de inviernos, timonel del velero de los pobres, voz de los tristes, de piedras y olvidados...

Esa era la casa de Pablo, que acababa de morir...

Las palabras habían perdido su ángel guardián, su domador, su padre, su sembrador... Ellas lo sabían... Por eso habían sentido su adiós antes que nadie y habían disparado en cortejo, para besar esa boca que ya no volvería a cantarlas...

La noche no se animaba aún a desenrollarse cuando dejó de llover. En ese instante, una niña desconocida salió de la casa de Pablo. Su vestido blanco fue un punto de azúcar luminoso en la oscuridad. Su pelo en llamas se abrió en antorchas alrededor de su cabeza. Entonces gritó “¡VIDA!”, y la gente de aquel pueblo que se llamaba... atajó la palabra en movimiento y gritó con ella “¡VIDA!”. Entonces gritó “¡TIERRA!”, y un aullido coreado por todos rajó la noche: “¡TIERRA!”. Y gritó “¡AIRE!” ... y “¡AGUA!” ... y “¡FUEGO!”... a la par que de sus manos salían todas las palabras de Pablo, mágicas uvas que repartió entre los que estaban agazapados en su torno.

Y esas uvas se unieron nuevamente en racimos verdes...

Y los versos de Pablo se repitieron una y otra vez...

Y se siguieron cantando una y otra vez...

Y retumbaron como tambores en escuelas y carpinterías, en bosques y mediodías, en trenes y bocacalles, en ruinas y naufragios, en eclipses y sueños, en alegrías y cenizas, en olas y guitarras, en ahoras y mañanas... una y otra vez... una y otra vez... una y otra vez... una y otra vez...

Siga contando en los vientos Maestra!!!

sábado, 18 de mayo de 2013

Intersticios



“Yo vi siempre el mundo de una manera distinta, sentí siempre, que entre dos cosas que parecen perfectamente delimitadas y separadas, hay intersticios por los cuales, para mí al menos, pasaba, se colaba, un elemento, que no podía explicarse con leyes, que no podía explicarse con lógica, que no podía explicarse con la inteligencia razonante.” 

Julio Cortázar 


viernes, 17 de mayo de 2013

Homenaje a Benedetti

Hoy se cumple el cuarto aniversario desde que Mario Benedetti voló con sus poéticas palabras a esa otra otra dimensión dónde dicen algunos, y me gusta creerlo, florecen los sonidos creando incansables entretejiendo luces y oscuridades. Él que supo del exilio, del dolor y la fortaleza del espíritu. Él que construyó esperanza y fustigó vergüenzas hoy donde quiera que esté seguro se ha enterado de la muerte de uno de los muchos seres aberrantes y ante ello se me ocurre que diría estas palabras….

 

Benedetti - Defensa de la alegría

Defender la alegría como una trinchera

defenderla del escándalo y la rutina

de la miseria y los miserables

de las ausencias transitorias

y las definitivas

defender la alegría como un principio

defenderla del pasmo y las pesadillas

de los neutrales y de los neutrones

de las dulces infamias

y los graves diagnósticos

defender la alegría como una bandera

defenderla del rayo y la melancolía

de los ingenuos y de los canallas

de la retórica y los paros cardiacos

de las endemias y las academias

defender la alegría como un destino

defenderla del fuego y de los bomberos

de los suicidas y los homicidas

de las vacaciones y del agobio

de la obligación de estar alegres

defender la alegría como una certeza

defenderla del óxido y la roña

de la famosa pátina del tiempo

del relente y del oportunismo

de los proxenetas de la risa

defender la alegría como un derecho

defenderla de dios y del invierno

de las mayúsculas y de la muerte

de los apellidos y las lástimas

del azar

y también de la alegría.

Y yo pensé y escribo:

Defender la alegría de los momentos solitarios y de los acompañados,

de los desencuentros y los encuentros,

de las palabras y los silencios,

de los cuentos que andan al tum tum,

de los puntos susspensivos.......

Resistencias:

Hay quienes se resisten deshilachadamente

a morir sin haberse concedido

un año un mes una hora de goce

y espera ese don cultivando el silencio

vaciándose de culpas y de pánicos

descansando en el lecho del cansancio

o evocando la infancia más antigua

así / con la memoria en rebanadas

con ojos que investigan lo invisible

y el desaliento tímido y portátil

que se cubre y descubre a duras penas

así miden el cuerpo torpe cándido

ese montón de riesgos y de huesos

áspero de deseos como llagas

que no elige agotarse mas se agota

merodean tal vez por la nostalgia

ese usual laberinto de abandonos

buscan testigos y no los encuentran

salvo en las caravanas de fantasmas

piden abrazos pero nadie cae

en la emboscada de los sentimientos

carne de espera / alma de esperanza

los desnudos se visten y no vuelven

el amor hace un alto en el camino

sorprendido in fraganti / condenado

y no obstante siempre hay quien se resiste

a irse sin gozar / sin apogeos

sin brevísimas cúspides de gloria

sin periquetes de felicidad

como si alguien en el mas allá

o quizás en el más acá suplente

fuera a pedirle cuentas de por qué

no fue dichoso como puede serlo

un bienaventurado del montón

 

Mario Benedetti nació el 14 de septiembre del 1920, en el Paso de los Toros (Departamento de Tacuarembó, Uruguay), una ciudad a 200 kilómetros al norte de Montevideo, y murió en Montevideo el 17 de mayo de 2009. Vivió desde muy joven en la capital uruguaya y se educó en el Colegio Alemán y el Liceo Miranda. Trabajó, en Montevideo, como vendedor, taquígrafo, contable, funcionario público y periodista.
      Entre 1938 y 1941 residió casi continuamente en Buenos Aires, pero en 1945 regresó a Montevideo y pasó a formar parte de la redacción del semanario Marcha, donde escribió hasta 1974, cuando la publicación fue clausurada por el régimen militar. En 1973, Benedetti se exiló y durante 12 años residió en Argentina, Perú, Cuba y España.

Hay muertes que entristecen otras que confunden

 

Hoy amanecí con una noticia que disparó cientos de interrogantes en mi interior…

Murió Jorge Rafael Videla, símbolo de la dictadura militar

El ex dictador falleció esta madrugada, a los 87 años; se había descompensado y estaba internado; permanecía detenido en el penal de Marcos Paz por graves violaciones a los derechos humanos

Si quieren leer más vean acá

Murió, así simplemente, sin arrepentimientos, sin dolor, sin castigo…Sí ya sé que desde el 5 de Julio de 2012 estaba condenado, pero vaya condena si miramos las imágenes de su celda, resulta dudoso pensar que estaba incómodo.

Fue escuchar la noticia y pensar a cuento de qué el Guionista Universal crea libretos como el de este ser que ha pasado por la vida sembrando horror y muere (como curiosamente mueren tantos otros monstruos de la vida), de modo tan natural, tan sin padecimientos desgarrantes, con tanto desparpajo como para negarse a declarar, lo que es igual a decir sin culpa alguna, sin remordimientos, convencido de la corrección de sus actos. Da ganas de pensar que vaya donde vaya habrá verdadera justicia, da ganas, pero también dudas, muchas dudas, ¿existirá ese otro plano dónde se paguen los horrores?, ¿será que dentro de la GRAN OBRA que nos toca vivir a los seres humanos, estos personajes cumplen con un personaje destinado y por tanto por mucho que nos espante su hacer es correcto?

La impunidad no es cosa del presente, es histórica, cientos y cientos, miles y millones de actos impunes de macabra magnitud se han sucedido y se suceden una y otra vez sin que muchos de sus responsables padezcan las consecuencias, confirmando así que no siempre el que las hace las paga, al menos en esta vida.

Esta muerte no me alegra (al fin y al cabo es un hecho natural que anda repara de lo sucedido), ni me apena, me deja con este sentimiento extraño de saber que frente al espanto muchas veces lo único posible es fidelizarse con una misma y optar por crecer espiritualmente pues la justicia, acá en la tierra al menos, es cosa extraña e impredecible. Y ahí sí siento tristeza

Tristeza de sentir tanta codicia ilimitada por sobre todo de poder (extraño poder el que los codicioso pretenden) pariendo sin cesar inconcebibles injusticias en el mundo. Tristeza ante tanta falta de “humanidad”, de valores constructivos y amorosos, siendo esa carencia (claro que no en todos) lo que facilita que estos hechos aberrantes sigan sucediendo día a día. Tristeza cuando mis ojos recorren la historia y ven que no aprendemos nunca, permaneciendo en la misma noria de desequilibrio año a año, siglo a siglo.

Muere otro monstruo más, pero… ¿realmente somos más libres?…

martes, 14 de mayo de 2013

LAS SEMILLAS DE LA DISCORDIA

Cuento popular de Oriente

Una noche un campesino África no vio que la discordia plantaba semillas en su campo. Se abstuvo de intervenir y la observó. Cuando ella terminó y se fue, él se pasó toda la noche recogiendo con la ayuda de una linterna, las peligrosas semillas. Se las llevó a su casa sin decir una sola palabra a su familia.
Al día siguiente para deshacerse de las semillas, les dio un puñado a las gallinas. Pero apenas las picotearon, se pusieron a pelear furiosamente, a muerte entre ellas. Terminó con sus manos y brazos cubiertos de crueles picotazos. Buscando otra horma, tiró un puñado al río. Pero los peces, anguilas e incluso los hipopótamos empezaron a desplazarse, mientras olas enormes recorrían ese río habitualmente calmo, tan enormes que una parte de la llanura quedó inundada.
Otro día tuvo la idea de triturar una parte y, sin decirle de que se trataba, pedirle a su mujer que le preparase una torta. Se puso a comer aquella torta. Pero apenas tragó el primer bocado, la encontró mal cocida, demasiado salada y empezó a reprochárselo a su mujer. Ella que también acababa de terminar su primer bocado, replicó gritando que si su marido la encontraba mal preparada simplemente significaba que él era un imbécil, cosa que ella siempre había sospechado. Se desató tal ira entre ellos que fue necesaria la intervención de vecinos para separarlos.
Pasaron unas semanas. Poco a poco recobraron la calma, pero el campesino, que había perdido el sueño y la sonrisa, solo pensaba en las semillas que le quedaban. Pensó en hacer un viaje a algún país lejano. Sin embargo, como era un buen hombre, se decía que los países lejanos estaban sembrados de suficientes semillas de la discordia. Incluso pensó dirigirse hasta el mar para tirar su saco de semillas, pero temió crear una tempestad sin igual. Las buenas razones le hicieron renunciar a aquella idea.
Cuando aparecieron los primeros brotes, vio con alegría que tendría una cosecha excepcional. En los campos vecinos se apresuraban a arrancar las malas hierbas. El no tenía nada que hacer. La cosecha crecía espléndida y sana. Todas las mañanas veía crecer su prosperidad. Se dejó ganar por la ociosidad. Incluso aprovechó para visitar a unos primos que vivían a tres días de camino. A su regreso, las lamentaciones de su mujer y sus hijos le dieron las bienvenidas. En pocas horas una bandada de aves había desbastado su campo. No quedaba ni un solo brote.
Los sabios del pueblo encontraron la razón de aquella desgracia. En los otros campos (que no habían sido desbastados) dijeron, siempre había habido un hombre trabajando moviéndose, haciendo ruido con sus herramientas. Por eso los pájaros se habían dirigido al único campo en el que no había nadie. Un campo magnifico por otra parte.
El campesino esperó la llegada de la noche, se levantó sin hacer ruido y sacó del escondite el saco con las últimas semillas. Fue hasta su campo y allí echó las semillas, una a una.
Al volver al pueblo, vio a lo lejos que la discordia plantaba semillas en un pequeño bosque que pertenecía a uno de sus amigos. Un amigo al que quería mucho, y al que se guardó mucho de avisar.