sábado, 30 de abril de 2011

FALLECIÓ ERNESTO SABATO

Murió el escritor argentino Ernesto Sábato a los 99 años
sabatoSábato, Premio Cervantes de Literatura y uno de los grandes autores argentinos del siglo XX, que quería ser recordado como "un cascarrabias pero buen tipo", murió hoy, a causa de una bronquitis, a los 99 años en su casa de Santos Lugares, provincia de Buenos Aires.

Nacido el 24 de junio de 1911 en la ciudad bonaerense de Rojas, Sábato fue el penúltimo de 11 hijos y sus biógrafos creen que parte de su atormentada personalidad deviene de haber sido bautizado como su hermano inmediatamente mayor, muerto poco tiempo antes.

"Yo escribo, porque si no me hubiera muerto, para buscar el sentimiento de la existencia", dijo Sábato una vez en una entrevista.

"Hace pocas horas murió mi padre, sé que todos ustedes comparten la tristeza que sentimos en la familia. Porque mi padre no nos pertenecía sólo a nosotros. Con orgullo, con alegría, sabemos que lo compartimos con mucha gente que lo quiso y lo necesitó tanto como nosotros", dijo su hijo, el cineasta Mario Sábato.

El velorio comenzará a las 17H00 locales (20H00 GMT) en el club Defensores de Santos Lugares "como él lo deseó, en el club de su barrio", dijo Mario Sábato, con la voz quebrada, en la puerta de la casa de su padre.

"Mi padre dijo: 'Cuando me muera quiero que me velen acá, para que la gente del barrio pueda acompañarme en este viaje final y quiero que me recuerden como un vecino, a veces cascarrabias pero en el fondo un buen tipo", recordó.

Autor entre otras muchas obras de "El túnel", "Abbadón, el exterminador"y "Sobre héroes y tumbas", fue titular de la Conadep tras el regreso de la democracia. En 1984 había recibido el Premio Cervantes, el más importante de la literatura en español. Sábato iba a ser homenajeado el domingo en la Feria del Libro por el Instituto Cultural de la provincia de Buenos Aires, a poco de cumplir 100 años.

En 1975, obtuvo el premio de Consagración Nacional de la Argentina y un año más tarde se le concedió el premio a la Mejor Novela Extranjera en Francia, por Abaddón el exterminador. Luego, en 1977 Italia le otorgó el premio Medici y al año siguiente le otorgaron la Gran Cruz al mérito civil en España, y en 1979 fue distinguido en Francia como Comandante de la Legión de Honor.

En 1984 encabezó a un selecto conjunto de personalidades en la Comisión Nacional por la Desaparición de Personas (Conadep) que publicó el famoso 'Nunca más', con relatos y testimonios de las víctimas y sobrevivientes de la dictadura (1976-1983).

"Hemos compartido horas de conversaciones, de lucha cuando integrábamos la Conadep", recordó Graciela Fernández Meijide, ex senadora y miembro de la Asamblea Permanente de Derechos Humanos (APDH).

"Me apena la muerte de Ernesto Sábato, nos quedan sus libros y el recuerdo de un hombre apasionado por su país", dijo por su parte el canciller Héctor Timerman a través de Twitter.

El director de la Biblioteca Nacional, el sociólogo Horacio González, se sumó a las voces de homenaje y describió a "Sobre héroes y tumbas" como "una novela conmocionante, una novela sobre la Argentina, una búsqueda también del sentido de la verdad y la existencia pero a través de distintos personajes".

María Rosa Lojo, investigadora y escritora que hizo su tesis de doctorado sobre Sábato, estimó que "representa más que literatura. Sin duda, fue el último escritor argentino de verdadera llegada popular como referente cultural". "Un tipo de figura que me parece que ha desaparecido en el horizonte actual", agregó.

"Nunca me he considerado un escritor profesional, de los que publican una novela al año. Por el contrario, a menudo, en la tarde quemaba lo que había escrito a la mañana", declaró una y otra vez para referirse a esa obra que marcó las generaciones del 60 y 70 y se desdibujó cuando sus ojos comenzaron a fallar, para ser reemplazada por la pintura.

Sus escritos finales, que incluyen memorias y crónicas de la vejez, constituyen su postrera despedida con la escritura, más allá de algún destello vital como la conmovedora confesión de amor a su colaboradora Elvira Fernández Fraga, hoy al frente de la fundación que lleva su nombre.

Una pérdida que entristece y una obra que nos deja como legado

HE AQUÍ Apenas un párrafo de sus escritos

Salí a caminar por las calles de Buenos Aires y, conducido por un oscuro presagio llegué hasta los viejos senderos de Parque Lezama. Abrumado por los recuerdos, me detuve frente a la estatua de Ceres, donde cuarenta años atrás, misteriosamente, Martín se encontró con Alejandra. Cuando perdemos el sentido con el cual hemos vivido, volvemos a los lugares donde nos hemos planteado angustiosos interrogantes acerca de la existencia.

Y así, en muchas ocasiones he venido hasta esta plaza y me he sentado en sus bancos, como ayer. Y he permanecido durante horas observando a esos desamparados que abundan en Buenos Aires, como ocurre en todas las grandes ciudades. Esos náufragos que, en medio de un océano tempestuoso, arrojan al mar su botella. Hasta que un día alguien recoge esos fragmentos ilegibles, sin saber a quién pertenecen, si acaso hablan del amor o la calamidad….

(Extracto de "”Antes del fin- El dolor rompe el tiempo” © 1998: Compañía Editora Espasa Calpe Argentina S.A. / Seix Barral)

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lunes, 25 de abril de 2011

Falleció el poeta Chileno Gonzalo Rojas

El pasado domingo (24 de abril, 2011) falleció en Santiago de Chile el poeta Gonzalo Rojas (Lebu, 1917), uno de los grandes poetas de su país junto a Pablo Neruda y Gabriela Mistral.
Rojas obtuvo el Premio Cervantes, el Reina Sofía de Poesía, el Octavio Paz y el Nacional de Literatura de Chile, entre otros muchos galardones. Su primer poemario vio la luz en 1948 con el título La miseria del hombre (1948), que mereció el elogio de Mistral: “Su libro -le escribió- me ha removido, y a
cada paso admirado, y a trechos me deja algo parecido al deslumbramiento de
lo muy original, de lo realmente inédito”.
En 1970, el presidente Salvador Allende nombró a Gonzalo Rojas Consejero de Cultura de su país en China. Más tarde fue Encargado de Negocios en Cuba hasta el golpe de Estado de Pinochet, momento en que tuvo que exiliarse, primero a la República Democrática Alemana, después a la Unión Soviética y
finalmente (1975) a Venezuela, contratado por la Universidad Simón Bolívar.
Además del ya citado, entre los títulos más celebrados de Rojas destacan Contra la muerte (1964), Oscuro (1977), Materia de testamento (1988) o Desocupado lector (1990)

 

ALGO DE SU OBRA

¿A qué mentirnos?

Vivimos, gran Quevedo, vivimos tiempo que ni se detiene, ni
tropieza, ni vuelve.

¿A qué mentirnos con la llama del perfume, con la noche moderna
de los cinematógrafos, antesalas terrestres del sepulcro?
Pongamos desde hoy el instrumento en nuestras manos.
Abramos con paciencia nuestro nido para que nadie nos arroje por lástima al reposo.
Cavemos cada tarde el agujero después de haber ganado nuestro pan.

Que en esa tierra hay hueco para todos: los pobres y los ricos.
Porque en la tierra hay un regalo para todos:
los débiles, los fuertes, las madres, las rameras.
Caen de bruces. Caen de cabeza o sentados.
Por donde más les pesa su persona, todos caen y caen.
Aunque el cajón sea lustroso o de cristal. Aunque las tablas
sin cepillar parezcan una cáscara rota con la semilla reventada.

Todos caen y caen, y van perdiendo el bulto en su caída,
¡hasta que son la tierra milenaria y primorosa!

 

Carta para volvernos a ver

Escrita en el mar, el 25-X-58, entre las 2 y las 5 de la mañana, a bordo del "Laennec",
Navifrance, por la ruta del Atlántico norte. No publicada hasta la fecha.

Lo feo fue quererte, mi Fea, conociendo cuánta víbora
era tu sangre, lo monstruoso
fue oler amor debajo de tu olorcillo a hiena, y olvidar
que eras bestia, y no a besos sino a cruel mordedura
te hubiera, en pocos meses, lo vicioso y confuso
descuerado, y te hubiera en la mujer más bella ¡por Safo! convertido.

Porque, vistas las cosas desde el mar, en el frío de la noche oceánica
y encima de este barco de lujo, con mujeres francesas y espumosas,
y mucha danza, y todo, no hay ninguna
cuyo animal, oh Equívoca, tenga más desenfreno en su fulgor
antes de ti, después de ti. No hay ojos verdes
que se parezcan tanto a la ignominia.

Ignominia es tu sangre, Burguesilla: lo turbio que te azota por dentro,
                remolino viscoso de miedo y de lujuria, corrupción
de todo lo materno que es la mujer. ¡Acuérdate, Malparida, de aquella pesadilla!
No hay trampa que te valga cuando tiritas y entras al gran baile del muro
donde se te aparecen de golpe los pedazos de la muerte.

No te perdono, entiéndeme, porque no me perdono, porque el mar
-por hermoso que sea- no perdona al cadáver: lo rechaza y lo arroja
                                                                                                             como inútil estiércol.
Muerta estás y aun entonces, cuando dormí contigo, dormí con una máquina
de parir muertos. Nadie podrá lavar mi boca sino el áspero océano,
Mujer y No-mujer, de tu beso vicioso.

Lástima de hermosura. Si hoy te falta de madre justo lo que te sobra
                         de ramera
y de sábana en sábana, desnuda, vas riendo
y sin embargo empiezas a llorar en lo oscuro cuando no te oye nadie,
es posible, es posible que descubras tu estrella por el viejo ejercicio
del amor, es posible que tanta espuma inútil
pierda su liviandad, se integre en la corriente, vuelva al coro del Ritmo.

Tal vez el largo oleaje de esta carta te aburra, todo este aire solemne,
pero el Ritmo ha de ser océano profundo
que al hombre y la mujer amarra y desamarra
nadie sabe por qué y, es curioso, yo mismo
no sé por qué te escribo con esta mano, y toco
tu rara desnudez terrible todavía.

No hablemos ya de mayo ni de junio, ni hablemos
del gran mes, mi Amorosa, que construyó en diamante tu figura
de amada y sobreamada, por encima del cielo, en el volcán
de aquel Chillán de Chile que vivimos los dos, y eternizamos,
silenciosos, seguros de ser uno en el vuelo.

No. Bajemos de ahí, mi Sangrienta, y entremos al agosto mortuorio:
crucemos los horribles pasadizos
de tus vacilaciones, volvamos al teléfono
que aún estará sonando. Volemos en aviones a salvar
los restos de Algo, de Alguien que va a morir, mi Dios, descuartizado.

Digamos bien las cosas. No es justo que metamos a ningún Dios en esto.
Cínicos y quirúrgicos, los dos, los dos mentimos.
Tú, la más Partidaria de la Verdad, negaste la vida hasta sangrar
contra la Especie (¿Es mucho cinco mil cuatrocientas criaturas por hora...?)
Los dos, los dos cortamos las primeras, las finas
raíces sigilosas del que quiso venir
a vemos, y a besamos, y a juntamos en uno.

Miro el abismo al fondo de este espejo quebrado, me adelanto a lo efímero
de tus días rientes y otra vez no eres nada
sino un color difícil de mujer vuelta al polvo
de la vejez. Adiós. Hueca irás. Vivirás
de lo que fuiste un día quemada por el rayo del vidente.

Mortal contradictorio: cierro esta carta aquí,
este jueves atlántico, sin Júpiter ni estrella.
No estás. No estoy. No estamos. Somos, y nada más.
Y océano,
              y océano,
                           y únicamente océano.

Más de él pueden ver acá

 

Marí Belcha

Un cuento de Pío Baroja

Cuando te quedas sola a la puerta del negro caserío con tu hermanillo en brazos, ¿en que piensas, Marí Belcha, al mirar los montes lejanos y el cielo pálido?

Te llaman Mari Belcha, María la Negra, porque naciste el día de los Reyes, no por otra cosa; te llaman Mari Belcha, y eres blanca como los corderillos cuando salen del lavadero, y rubia como las mieses doradas del estío...

Cuando voy por delante de tu casa en mi caballo te escondes al verme, te ocultas de mí, del médico viejo que fue el primero en recibirte en sus brazos, en aquella mañana fina en que naciste.

¡Si supieras cómo la recuerdo! Esperábamos en la cocina, al lado de la lumbre. Tu abuela, con las lágrimas en los ojos, calentaba las ropas que habías de vestir y miraba el fuego pensativa; tus tíos, los de Aristondo, hablaban del tiempo y de las cosechas; yo iba a ver a tu madre a cada paso a la alcoba, una alcoba pequeña, de cuyo techo colgaban trenzadas las mazorcas de maíz, y mientras tu madre gemía y el buenazo de José Ramón, tu padre, la cuidaba, yo veía por las ventanas el monte lleno de nieve y las bandadas de tordos que cruzaban el aire.

Por fin, tras de hacernos esperar a todos, viniste al mundo, llorando desesperadamente. ¿Por qué lloran los hombres cuando nacen? ¿Será que la nada, de donde llegan, es más dulce que la vida que se les presenta?

Como te decía, te presentaste chillando rabiosamente, y los Reyes, advertidos de tu llegada, pusieron una moneda, un duro, en la gorrita que había de cubrir tu cabeza. Quizá era el mismo que me habían dado en tu casa por asistir a tu madre...

Y ahora te escondes cuando paso, cuando paso con mi viejo caballo. ¡Ah! Pero yo también te miro ocultándome entre los árboles; ¿y sabes por qué?... Si te lo dijera, te reirías... Yo, el medicuzarra que podría ser tu abuelo; sí, es verdad. Si te lo dijera, te reirías.

¡Me pareces tan hermosa! Dicen que tu cara está morena por el sol, que tu pecho no tiene relieve; quizá sea cierto; pero en cambio tus ojos tienen la serenidad de las auroras tranquilas del otoño y tus labios el color de las amapolas de los amarillos trigales.

Luego, eres buena y cariñosa. Hace unos días, el martes que hubo feria, ¿te acuerdas?, tus padres habían bajado al pueblo y tú paseabas por la heredad con tu hermanillo en brazos.

El chico tenía mal humor, tú querías distraerle y le enseñabas las vacas, la Gorriya y la Beltza, que pastaban la hierba, resoplando con alegría, corriendo pesadamente de un lado a otro, mientras azotaban las piernas con sus largas colas.

Tú le decías al condenado del chico: «Mira a la Gorriya.., a esa tonta.... con esos cuernos.... pregúntale tú, maitia: ¿por qué cierras los ojos, esos ojos tan grandes y tan tontos?... No muevas la cola.»

Y la Gorriya se acercaba a ti y te miraba con su mirada triste de rumiante, y tendía la cabeza para que acariciaras su rizada testuz.

Luego te acercabas a la otra vaca, y señalándola con el dedo, decías: «Ésta es la Beltza... Hum... qué negra... qué mala... A ésta no la queremos. A la Gorríya sí»

Y el chico repitió contigo: «A la Gorriya sí>; pero luego se acordó de que tenía mal humor y empezó a llora.r

Y yo también empecé a llorar no sé por qué. Verdad es que los viejos tenemos dentro del pecho corazón de niño.

Y para callar a tu hermano recurriste al perrillo alborotador, a las gallinas que picoteaban en el suelo, precedidas del coquetón del gallo a los estúpidos cerdos que corrían de un lado a otro.

Cuando el niño callaba, te quedabas pensativa. Tus Ojos miraban los montes azulados de la lejanía, pero sin verlos; miraban las nubes blancas que cruzaban el cielo pálido, las hojas secas que cubrían el monte, las ramas descarnadas de los árboles, y, sin embargo, no veían nada.

Veían algo; pero era en el interior del alma, en esas regiones misteriosas donde brotan los amores y los sueños

Hoy, al pasar, te he visto aún más preocupada. Sentada sobre un tronco de árbol, en actitud de abandono, mascabas nerviosa una hoja de menta.

Dime, Mari Belcha, ¿en qué piensas al mirar los montes lejanos y el cielo pálido?

Algo sobre Pio Baroja

Pío Baroja nació en San Sebastián y vivió, durante casi toda su vida, en Madrid. Allí estudió Medicina y se doctoró con una tesis sobre El dolor. Su ejercicio como médico fue breve, en Cestona. Vuelve a Madrid donde entra en contacto con escritores como Azorín, Maeztu,. que le llevan a entregarse a la literatura, su gran vocación.

Publica sus primeros libros en 1900 tras una serie de colaboraciones en diarios y revistas. Sigue una etapa de intensa labor que conjuga con viajes por España y Europa. En 1911 publica El árbol de la ciencia. Hasta entonces había publicado ya, además de cuentos, artículos y ensayos, diecisiete novelas que constituyen lo más importante de su producción. Su fama se consolida y su vida se consagra a escribir volviéndose cada vez más sedentaria. En 1935 ingresa en la Real Academia. Durante la Guerra Civil pasa a Francia, pero en 1940 se instala de nuevo en Madrid. Muere en 1955.

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miércoles, 20 de abril de 2011

Fiesta de la Resurrección, Pascua, Pesaj….

 
Esta fiesta que hoy conocemos como Pesaj o Pascua, no inicia con la religión Judía ni con la Cristiana, sino en los comienzos mismos de los tiempos en que los antiguos pueblos seguían el curso de la luna para orientar sus faenas.
Este ciclo lunar de trece lunaciones, estrechamente relacionado con el ritmo agrícola determinaba las diversas celebraciones, todas relacionadas ya sea con el ganado o con el cultivo.
La luna de Abril (luna llena de Aries que tanto puede caer en Marzo como en Abril) era conocida como la luna ROJA, o luna de muerte y renacimiento, ya que señalaba el tiempo en que lo que había muerto (en el tiempo anterior del invierno (para el hemisferio norte)) comenzaba a renacer.
Viajando en el tiempo descubrimos la constante existencia del dios sacrificado muerto y renacido, se ha llamado Osiris, Tammuz, Adonis, Attis, Balder, Jesús.... semilla, ciclo de la vida..... Y antes encontramos a Perséfone. Attar, Easter (Luego Ester/ Esther) En todos los casos se trata de fiestas agrícolas TRÁGICO-CÓMICAS, en las que se relataba y se representaba en hierodrama, la TRAGEDIA de la muerte del paredro Divino / muerte de semilla y su posterior liberación (o resurrección) que da comienzo a un nuevo ciclo.
En la Germania para esta época se celebraba antiguamente una fiesta en honor a Eostre, diosa pagana germánica de la primavera y la luz. Era un festival del equinoccio de la primavera, el 21 de marzo, en el que se celebraba el fin del frío y la oscuridad y la vuelta a la vida después del crudo invierno. A ella estaba asociado, desde antes de Cristo, el conejo (símbolo de la fertilidad también asociado la diosa fenicia Astarté). A ambas diosas se les asociaba este ciclo lunar que hoy cae a finales de marzo hasta finales de abril (es un ciclo móvil como la luna misma), por lo que con el tiempo se dijo que ellas regían el mes de abril. En alusión a esa diosa, en algunos países a la festividad de pascua se la denomina "Easter". [1]
Tanto el CONEJO como el HUEVO son símbolos de Fertilidad, el primero de fertilidad dinámica por su facilidad de reproducción, el segundo como símbolo de fertilidad latente (es análogo a la semilla), por ello el regalar estos huevos simboliza desearle al otro abundancia y fertilidad, en el área que fuese, para el nuevo ciclo.
Evidentemente algo tiene de especial esta fecha y por sobre todo este mito para que hasta hoy los mortales atentos o no, sabiéndolo o no, vivimos dentro de esta gran rueda del tiempo repitiendo en lo grande y en lo pequeño estos ciclos naturales, muchas veces tan distraídos que ni siquiera los aprovechamos como guías en el camino y menos...mucho menos los festejamos comprendiendo su significado profundo.
 

Y en honor a esta semilla que todos necesitamos ayudar a crecer les dejo este cuento…

BENDICIÓN DE LA SEMILLA

Hace mucho, mucho tiempo atrás, tanto que casi no se recuerda, cuenta una antigua leyenda que había llegado el tiempo en que la Gran Madre, la Antigua, debía retirarse de esta tierra. Llamó entonces a sus tres hijas.
Cuando todas se reunieron, la Antigua les dijo al tiempo que colocaba una valva de plata en sus pechos:
—Ha llegado mi hora de partir y tomar otros rumbos. Aquí os entrego hijas mías el mayor de los Misterios, el gran secreto de la vida. Es ahora vuestra tarea develarlo, ved y convertios en mis dignas herederas.
Habiéndose despedido de su madre, la hija mayor tomó el camino hacia el norte, a poco de andar la curiosidad fue más fuerte que la paciencia y llevada por la ansiedad abrió su valva. Su rostro expresó: primero desconcierto, luego fastidio y finalmente furia.
—¿Qué clase de broma es esta? ¡Un grano, un simple e inútil grano de maíz!—exclamó — Madre. Oh, Madre, ¿cómo me has hecho esto? ¡Me has traicionado, me has engañado!—Llena de ira arrojó lejos el grano, un negro pájaro en pleno vuelo, lo sujetó con su pico y lo llevó lejos.
La segunda hija viajó hacia el este, caminó y caminó tan curiosa e intrigada como su hermana, más dominando su curiosidad aguardó el momento indicado. ¿Cuál será el secreto que mi madre me ha legado? ¿ He de abrir ahora la valva o debería aguardar un momento preciso? Luego de varios días, no pudiendo contenerse por más tiempo, al llegar a un alto promontorio, abrió su valva y su rostro reflejó primero sorpresa, luego desilusión. Tomó al grano en sus manos y lo miró con atención.
—¿Qué he de hacer ahora? ¿Cómo puede un simple grano ocultar tan gran misterio? ¿Es acaso esto una prueba, o una trampa?, o... ¿Madre, qué esperas que haga?
La Madre no respondió. Preguntó entonces al cielo, pero el Padre tampoco contestó. Preguntó a la tierra, al agua, al fuego, pero ninguno le dio respuesta. Inquieta, incómoda, ansiosa y asustada, giró una y otra vez el grano sobre su palma, titubeando, dudando. Una pequeña hormiga que pasó a su lado vio el grano y entusiasmada suplicó:
—¡Oh bella dama, dame ese grano para alimentarme a mí y a mi familia y por siempre te lo agradeceré!
—¡Claro que no!— dijo la joven. —¡Este grano es demasiado importante para dárselo a una hormiga! Dicho esto se levantó y se alejó.
A lo largo de su camino distintos animales y personas suplicaron para que les diese el grano, pero una y otra vez ella se negaba.— Si les diese mi grano con nada me quedaría yo. Es mío, solo mío y es a mí a quien mi madre encargó decidir que hacer con él—decía a modo de justificación.
Pasado el verano, con los primeros fríos, la tierra hambrienta le rogó que le entregase el grano, más la joven se negó, aún no había decidido que hacer, pero el grano era su más valiosa posición. El tiempo pasó y pasó, el grano se fue secando hasta morir, sin que ella hubiese llegado a ninguna conclusión.
La tercera hermana, la más joven, sin saber dónde ir marchó hacia el Sur. Pronto olvidó la valva de tan entretenida que estaba mirando los múltiples colores del valle, las tonalidades variadas de las montañas, la danza de azules, naranjas, blancos y rosados del cielo. Era tan bella y tan abundante la diversidad que no se cansaba de oler, sentir, oír y mirar. El tiempo pasó y muy lejos fue, hasta que un día un fuerte viento agitó la cadena que pendía de su cuello y la valva golpeó su hombro.
La niña tomó la valva en su mano y la abrió con delicadeza, su rostro se iluminó con una gran sonrisa al descubrir el grano de maíz tan pequeño y tan perfecto.
Suavemente lo tomó entre sus dedos, lo giró de un lado al otro, lo deslizó en su palma, lo probó, lo olió, lo acarició. Luego lo apoyó sobre el suelo, lo hizo rodar, lo empujó un poco, lo cubrió con fina tierra, lo empujó más, jugando, solo jugando, hasta que de pronto la tierra lo tragó. Sin saber qué hacer se sentó y miró el sitio donde el grano había desaparecido.
Sopló viendo si aparecía, nada sucedió. Luego lloró, el canto de un pájaro la distrajo y rió, volvió a soplar, volvió a llorar, volvió a reír, volvió a soplar... mientras los días se sucedían unos a otros y la niña se convertía en una joven mujer.
Una mañana sintió como temblaba la tierra, primero fue un movimiento casi imperceptible, luego más visible: la tierra se resquebrajó. Lentamente, casi con temor, asomó una minúscula ramita, el frágil tallo creció despacio y de él nacieron hojas, y luego más hojas, mientras el tallo se engrosaba ante la atenta mirada de la joven mujer.
Tan alta creció la planta y tan hermosa, que cada día la joven, observando la magia del proceso, se emocionaba henchida de gozo. De la planta nacieron las mazorcas, una, dos, tres, decenas de mazorcas repletas de granos. La joven mujer siguió mirando, al tiempo que se convertía en una mujer adulta. Las mazorcas cayeron al suelo, los granos se desprendieron, y cuando llegó el frío se ocultaron bajo la tierra. Durante todo el largo invierno nada parecía suceder, más cuando llegó la primavera, por doquier brotaron delicados tallitos, que poco a poco, ensanchándose, se cubrieron de hojas y más tarde de botones, que llegado el verano fueron mazorcas repletas de granos.
El tiempo pasó y pasó y la mujer ya adulta, cada día más feliz sembró y sembró, las plantas de maíz cubrieron la tierra alimentando a animales, hombres, mujeres, niños y a la tierra misma.
Retornó entonces la diosa, la Antigua, y a sus hijas llamó.
Primero miró a su hija mayor diciéndole:
—Tu impaciencia y tu soberbia te han cegado el entendimiento; por ello te condenó a vivir por siempre en las tierras heladas y áridas. Nada tienes para dar, nada posees, nada poseerás.
Miró luego a su segunda hija y le dijo:
—La duda ha sido tu trampa, no has sabido compartir, ni has sabido utilizar la Gracia que te he ofrendado. Por aferrarte a lo dado sin darle utilidad, te has quedado vacía. La frustración y el dolor, la soledad y la pobreza serán tus compañeras.
Se acercó luego a su hija menor y le preguntó
— ¿Has descubierto el misterio?
— Sí Madre, lo he hecho. Sé ahora que todo se transforma y que la vida es proceso, movimiento y cambio. Ese y no otro es el gran misterio.
La Madre sonriente la abrazó diciendo: Mi amada pequeña dejo en tus manos desde ahora guiar a esta tierra.
Y así fue como Ixhmucané, llamada Ceres entre los romanos, Deméter para los griegos, Freja entre los nórdicos, Mamá Ocla para los quechuas, Pachamama en Sudamérica y con muchos nombres más; ha sido y es, la diosa del grano, del cereal y de la vida creativa siempre renovada.
Desde entonces cada una de nosotras ha de elegir que hacer con su "grano"...

[1] The Westminster Dictionary of the Bible (El diccionario Westminster de la Biblia) recoge que Easter era «originalmente la festividad de la primavera para honrar a la diosa teutónica de la luz y de la primavera, a quien se conocía en anglosajón como Easter».






























































martes, 19 de abril de 2011

El Día del Aborigen Americano (o Día Americano del Indio)

El Día del Aborigen Americano (o Día Americano del Indio) se celebra cada año en conmemoración del Congreso Indigenista Interamericano reunido en México el 19 de abril de 1940.

El congreso fue convocado en Patzquaro, México, por el entonces presidente Lázaro Cárdenas, que era descendiente de aborígenes. La Asociación Nueva Argentina junto a su Presidente el Lic. Ángel Walter Arjona, se une a esta celebración que tiene el sabor todavía de justicia largamente esperada, sobre estos pueblos que esperan el reconocimiento a su cultura y a su dignidad.

En aquella oportunidad se reunieron por primera vez los caciques representantes de las culturas indígenas de nuestro continente, para analizar su situación actual y buscar un camino común ante las adversidades que enfrentan. Además, como resultado de la reunión quedó fundado el Instituto Indigenista Interamericano, que tiene su sede en México y que depende de la OEA.

En la Argentina se reconoció esta fecha luego de 5 años, por medio del decreto Nº 7550 del Poder Ejecutivo Nacional. Además, en la Constitución Nacional de 1994 (Artículo 75, inciso 17) se toma partido de los asuntos indígenas, y en el año 2000 nuestro país ha ratificado el Convenio N° 169 de la OIT, por el cual el Estado Argentino reconoce a los pueblos indígenas, entre otros derechos, su integridad cultural, sus tierras, sus formas de organización social, económica y política, y el derecho a mantener sus costumbres.

Actualmente son 14 las comunidades aborígenes que habitan suelo americano (de "Abya Yala", según el nombre con el que el pueblo Kuna de Panamá nombró al continente, y palabra que se ha convertido en un concepto universal para los pueblos indígenas de Latinoamérica, otorgándoles sentido de unidad y pertenencia): Tobas, Pilabas, Mocovíes, Diaguitas, Calchaquíes, Mapuches, Wichis, Guaraníes, Coyas, Chiliguanos, Tehuelches, Vilelas Mestizados, Chorotes y Chulupíes. El vocablo "aborigen" proviene del latín y significa "desde el origen" o "desde el principio", recalcando el orgullo de estos pueblos por ser los "dueños de la tierra" a la que en sus diferentes lenguas siguen llamando Madre.

El Día del Aborigen Americano pretende cuidar, perpetuar y resaltar el valor de las culturas aborígenes de América, forjadas antes del "descubrimiento", y que son las que le imprimieron a nuestra tierra los primeros rasgos culturales que, junto a los de los colonizadores europeos, dieron forma a nuestra propia actualidad. Porque todos en América tenemos una raíz y hasta un presente en cierto modo aborigen. En Guatemala, por ejemplo, la población es casi un 80% aborigen, en Ecuador, un 70%, en Perú también los indígenas son más de la mitad de la población; en Bolivia, el 45% y en México, el 30%. En todos los países lo indígena forma parte de la identidad nacional, porque en ellos está el origen propio de cada nación.

Sin embargo, los aborígenes americanos de hoy están relegados y empobrecidos. No pretenden privilegios por su condición de primeros habitantes del continente, sólo quieren "vivir en paz y respetando la naturaleza y la ecología" según afirmó recientemente Rosalía Gutiérrez, líder de una comunidad coya jujeña. Aspiran a que se los trate como iguales, que se les reconozca el derecho a la tierra que habitan, y que tengan igualdad de oportunidades de estudio, trabajo y progreso, además de lograr el respeto a los valores de sus culturas.

Entrados al siglo XXI, los grupos aborígenes mantienen vigente su cultura, sin despegarse de sus raíces y contribuyendo además en muchas zonas con el desarrollo de sus comunidades, con formas de producción genuina.

Casi un millón de personas en la Argentina viven la cultura indígena en comunidades organizadas, y sienten que no tienen las mismas posibilidades que la gente que desciende de la inmigración. Sienten que el aborigen está relegado de la vida social, de la historia ("se nos ha relegado cuando se organizó el país").

Para revertir esta situación hay organizaciones que trabajan con y por ellos, pero aún adolecen de un sincero reconocimiento. También hay asociaciones no gubernamentales muy positivas, como Mundo Aborigen o Endepa (la pastoral aborigen de la iglesia), pero hay sobre todo un fuerte movimiento interno: cada vez las comunidades aborígenes son más conscientes de su protagonismo y de sus obligaciones, se sienten orgullosos de ser aborígenes y no tienen vergüenza de reclamar aquello que les es legítimo.

La Organización de las Naciones Unidas se hizo eco de la relevancia de este problema, y ya en 1993 declaró el Año Internacional de los Pueblos Indígenas, con el objeto de que los pueblos del mundo tomaran conciencia de la necesidad de solucionar los inconvenientes con que se enfrentan los pueblos aborígenes, y de las deudas pendientes que hay con ellos en numerosos puntos del planeta.

“Reconocer la preexistencia étnica y cultural de los pueblos indígenas argentinos. Garantizar el respeto a su identidad y el derecho a una educación bilingüe e intercultural; reconocer la personería jurídica de sus comunidades, y la posesión y propiedad comunitarias de las tierras que tradicionalmente ocupan; y regular la entrega de otras aptas y suficientes para el desarrollo humano; ninguna de ellas será enajenable, transmisible, ni susceptible de gravámenes o embargos. Asegurar su participación en la gestión referida a sus recursos naturales y a los demás intereses que los afectan. Las provincias pueden ejercer concurrentemente estas atribuciones.”(Artículo 75, Inciso 17 de la Constitución Nacional.)

Fuente: La hora de Jujuy

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domingo, 17 de abril de 2011

CIRCULO DE MUJERES

JEAN SHINODA BOLEN - Doctora en Medicina y Analista Junguiana

jeanshinodaBolen

ENTREVISTA

Tengo 68 años. Nací y vivo en Los Ángeles.
Soy doctora en Medicina, analista junguiana y profesora de Psiquiatría en la Universidad de California.
Estoy divorciada y tengo dos hijos.
Iraq es Vietnam una y otra vez, es una pena que tengamos que aprender a través de tanto sufrimiento.
La espiritualidad une y las religiones dividen.

-¿Quejarse es perder el tiempo?
-¡Claro!

-Hay mucho que aprender...
-Por eso a mí me interesan las mujeres maduras, con humor y activas.
A partir de los 40 años empieza lo mejor si eres capaz de darte cuenta de la
cantidad de cualidades potenciales que hay dentro de ti.
Entonces te entran ganas de convertirte en bruja.

-No sé yo...
-Se lo diré de otra manera: una persona con poder personal.

-Eso me gusta.
-Las brujas sabias dicen la verdad con compasión, y no comulgan con lo
que no les gusta, pero no tienen la rabia de las mujeres más jóvenes.
Algunos hombres excepcionales pueden llegar a ser brujas, los que tienen
compasión, sabiduría, humor y no están supeditados al poder.

-¿Algo más?
-Sí, las brujas sabias son capaces de mirar hacia atrás sin rencor ni dolor; son atrevidas,
confían en los presentimientos, meditan a su manera, defienden con firmeza lo que más les importa,
deciden su camino con el corazón, escuchan su cuerpo, improvisan, no imploran,
ríen, y tienen los pulgares verdes.

-¡...!
-Tienen mano con las plantas. Y también con los animales.
Primero aprenden a amar lo que hacen, luego alientan a otros al crecimiento.
Saben reconocer lo frágil y lo que tiene valor, y también lo que debe ser podado.

-¿Y hay que esperar a la vejez para ello?
-Cuanta más edad, más camino aprendido.
La observación compasiva de la vida de los demás te enseña mucho,
y las mujeres sabias se pasan mucho tiempo observando.
Hay casos, pocos, de sabias a partir de los 30 o 35, pero esas a los 60 son increíbles.

-¿Qué nos quiere transmitir?
-Que las mujeres tienen la oportunidad de cambiar el mundo en las próximas décadas. Pero
que si no lo hacen ahora, probablemente ya no lo harán.

-¿Por qué dice eso?
-Tras los extremismos de la revolución feminista, el péndulo está en el centro y las mujeres que se lo permiten pueden llegar
al equilibrio, a ser completas, fuertes y vulnerables al mismo tiempo.

-¿Un camino colectivo?
-Por supuesto. No tengo la menor duda de que un pequeño grupo comprometido puede cambiar el mundo.
En realidad, así ha sido hasta ahora.

-¿Y cuál es el secreto?
-El millonésimo círculo.
Yo aliento a las mujeres a formar círculos que tengan un componente espiritual.
Simplemente escuchando los problemas, anhelos y miedos de otras mujeres y contando los tuyos, adquieres fuerza.

-Perdone, pero por qué un círculo.
-Cuando uno está sentado en círculo y en silencio
se da cuenta de que hay una conexión espiritual con poder transformador.
Yo pertenezco a uno desde hace 18 años: encendemos una vela, guardamos silencio,
contamos lo que nos preocupa, debatimos, y juntamos nuestras energías con un propósito.

-¿Convocan el poder interior?
-Interior y exterior.
La espiritualidad, la física cuántica y el budismo dicen lo mismo: Todo y todos estamos conectados
y por tanto lo que cada uno haga influye en el mundo.
En los círculos de mujeres trabaja el campo mórfico, las teorías de Rupert Sheldrake.

-¿El centésimo mono?
-Sí, este biólogo desarrolló la hipótesis de que cuando una masa crítica de monos llega a un determinado conocimiento,
este se transmite de forma intuitiva e inmediata a los miembros de su especie.
Del mismo modo, un número crítico de círculos de mujeres pueden
realzar las cualidades femeninas tan necesarias para que el mundo cambie.

-¿Por qué no círculos mixtos?
-Entre mujeres hay una conexión natural.
Algunos estudios evidencian que cuando una mujer que sufre estrés habla con otra mujer,
ambas liberan la hormona de la maternidad que provoca que el estrés descienda.

-Curioso.
-Si las mujeres estuvieran implicadas en los procesos de paz,
todo sería más fácil, ¡pero si los que negocian son machos alfa...!

-¿Qué ocurre cuando se encuentra un hombre estresado con otro?
-Cuando un hombre estresado se encuentra con otro, segregan testosterona,
lo que provoca o bien la huida o el enfrentamiento.
Pero si ese mismo hombre acude a una mujer que le comprende, una bruja sabia,
su adrenalina baja y su autoestima sube.
Y basta con que se siente a su lado.

-Es bonito eso que dice.
-Estamos llenas de recursos poderosísimos a los que no prestamos atención, como el conocimiento
intuitivo. Poderes que se pueden desarrollar en los círculos.

-Propóngame un viaje interior.
-Sea auténtica, sea consecuente con su persona interior y averigüe qué quiere hacer con su preciosa vida.
Desde fuera intentarán responder por usted a las preguntas esenciales, no lo permita.
Desvele qué tipo de arquetipo domina en usted.

-¿A qué se refiere?
-Sus patrones internos que yo resumo en siete diosas.
Cada mujer debe identificar a sus dos o tres diosas dominantes,
que van desde la autónoma Artemisa y la fría Atenea,
hasta la nutritiva Deméter, la creativa Afrodita o Hera, la diosa del matrimonio.

-No será tan simple.
-No, pero si podemos llevar una vida en la que el arquetipo y el papel que desempeñamos coinciden, nos sentiremos satisfechas.

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BIBLIOBURRO

Por este hábito humano de que Fulano le dice a Perengano y Perengano le dice a Tal y Tal a Cuál, acabo de enterarme de este proyecto que sin duda alguna ha de nacer del corazón. Lo comparto por si no lo han visto. Esto es lo que hace el colombiano Luís Humberto Soriano, por los niños de los campos, con dos burros, unos pocos de libros y un corazón con voluntad de gigante.






viernes, 15 de abril de 2011

DOS PALABRAS

Un cuento de Isabel Allende

Tenía el nombre de Belisa Crepusculario, pero no por fe de bautismo o acierto de su madre, sino porque ella misma lo buscó hasta encontrarlo y se vistió con él. Su oficio era vender palabras. Recorría el país, desde las regiones más altas y frías hasta las costas calientes, instalándose en las ferias y en los mercados, donde montaba cuatro palos con un toldo de lienzo, bajo el cual se protegía del sol y de la lluvia para atender a su clientela. No necesitaba pregonar su mercadería, porque de tanto caminar por aquí y por allá, todos la conocían. Había quienes la aguardaban de un año para otro, y cuando aparecía por la aldea con su atado bajo el brazo hacían cola frente a su tenderete. Vendía a precios justos. Por cinco centavos entregaba versos de memoria, por siete mejoraba la calidad de los sueños, por nueve escribía cartas de enamorados, por doce inventaba insultos para enemigos irreconciliables. También vendía cuentos, pero no eran cuentos de fantasía, sino largas historias verdaderas que recitaba de corrido, sin saltarse nada. Así llevaba las nuevas de un pueblo a otro. La gente le pagaba por agregar una o dos líneas: nació un niño, murió fulano, se casaron nuestros hijos, se quemaron las cosechas. En cada lugar se juntaba una pequeña multitud a su alrededor para oírla cuando comenzaba a hablar y así se enteraban de las vidas de otros, de los parientes lejanos, de los pormenores de la Guerra Civil. A quien le comprara cincuenta centavos, ella le regalaba una palabra secreta para espantar la melancolía. No era la misma para todos, por supuesto, porque eso habría sido un engaño colectivo. Cada uno recibía la suya con la certeza de que nadie más la empleaba para ese fin en el universo y más allá.

Belisa Crepusculario había nacido en una familia tan mísera, que ni siquiera poseía nombres para llamar a sus hijos. Vino al mundo y creció en la región más inhóspita, donde algunos años las lluvias se convierten en avalanchas de agua que se llevan todo, y en otros no cae ni una gota del cielo, el sol se agranda hasta ocupar el horizonte entero y el mundo se convierte en un desierto. Hasta que cumplió doce años no tuvo otra ocupación ni virtud que sobrevivir al hambre y la fatiga de siglos. Durante una interminable sequía le tocó enterrar a cuatro hermanos menores y cuando comprendió que llegaba su turno, decidió echar a andar por las llanuras en dirección al mar, a ver si en el viaje lograba burlar a la muerte. La tierra estaba erosionada, partida en profundas grietas, sembrada de piedras, fósiles de árboles y de arbustos espinudos, esqueletos de animales blanqueados por el calor. De vez en cuando tropezaba con familias que, como ella, iban hacia el sur siguiendo el espejismo del agua. Algunos habían iniciado la marcha llevando sus pertenencias al hombro o en carretillas, pero apenas podían mover sus propios huesos y a poco andar debían abandonar sus cosas. Se arrastraban penosamente, con la piel convertida en cuero de lagarto y los ojos quemados por la reverberación de la luz. Belisa los saludaba con un gesto al pasar, pero no se detenía, porque no podía gastar sus fuerzas en ejercicios de compasión. Muchos cayeron por el camino, pero ella era tan tozuda que consiguió atravesar el infierno y arribó por fin a los primeros manantiales, finos hilos de agua, casi invisibles, que alimentaban una vegetación raquítica, y que más adelante se convertían en riachuelos y esteros.

Belisa Crepusculario salvó la vida y además descubrió por casualidad la escritura. Al llegar a una aldea en las proximidades de la costa, el viento colocó a sus pies una hoja de periódico. Ella tomó aquel papel amarillo y quebradizo y estuvo largo rato observándolo sinadivinar su uso, hasta que la curiosidad pudo más que su timidez. Se acercó a un hombre que lavaba un caballo en el mismo charco turbio donde ella saciara su sed.

–¿Qué es esto? –preguntó. –La página deportiva del periódico –replicó el hombre sin dar muestras de asombro ante su ignorancia.

La respuesta dejó atónita a la muchacha, pero no quiso parecer descarada y se limitó a inquirir el significado de las patitas de mosca dibujadas sobre el papel.

–Son palabras, niña. Allí dice que Fulgencio Barba noqueó al Negro Tiznao en el tercer round.

Ese día Belisa Crepusculario se enteró que las palabras andan sueltas sin dueño y cualquiera con un poco de maña puede apoderárselas para comerciar con ellas. Consideró su situación y concluyó que aparte de prostituirse o emplearse como sirvienta en las cocinas de los ricos, eran pocas las ocupaciones que podía desempeñar. Vender palabras le pareció una alternativa decente. A partir de ese momento ejerció esa profesión y nunca le interesó otra. Al principio ofrecía su mercancía sin sospechar que las palabras podían también escribirse fuera de los periódicos. Cuando lo supo calculó las infinitas proyecciones de su negocio, con sus ahorros le pagó veinte pesos a un cura para que le enseñara a leer y escribir y con los tres que le sobraron se compró un diccionario. Lo revisó desde la A hasta la Z y luego lo lanzó al mar, porque no era su intención estafar a los clientes con palabras envasadas.

Varios años después, en una mañana de agosto, se encontraba Belisa Crepusculario en el centro de una plaza, sentada bajo su toldo vendiendo argumentos de justicia a un viejo que solicitaba su pensión desde hacía diecisiete años. Era día de mercado y había mucho bullicio a su alrededor. Se escucharon de pronto galopes y gritos, ella levantó los ojos de la escritura y vio primero una nube de polvo y enseguida un grupo de jinetes que irrumpió en el lugar. Se trataba de los hombres del Coronel, que venían al mando del Mulato, un gigante conocido en toda la zona por la rapidez de su cuchillo y la lealtad hacia su jefe. Ambos, el Coronel y el Mulato, habían pasado sus vidas ocupados en la Guerra Civil y sus nombres estaban irremisiblemente unidos al estropicio y la calamidad. Los guerreros entraron al pueblo como un rebaño en estampida, envueltos en ruido, bañados de sudor y dejando a su paso un espanto de huracán. Salieron volando las gallinas, dispararon a perderse los perros, corrieron las mujeres con sus hijos y no quedó en el sitio del mercado otra alma viviente que Belisa Crepusculario, quien no había visto jamás al Mulato y por lo mismo le extrañó que se dirigiera a ella.

–A ti te busco –le gritó señalándola con su látigo enrollado y antes que terminara de decirlo, dos hombres cayeron encima de la mujer atropellando el toldo y rompiendo el tintero, la ataron de pies y manos y la colocaron atravesada como un bulto de marinero sobre la grupa de la bestia del Mulato. Emprendieron galope en dirección a las colinas.

Horas más tarde, cuando Belisa Crepusculario estaba a punto de morir con el corazón convertido en arena por las sacudidas del caballo, sintió que se detenían y cuatro manos poderosas la depositaban en tierra. Intentó ponerse de pie y levantar la cabeza con dignidad, pero le fallaron las fuerzas y se desplomó con un suspiro, hundiéndose en un sueño ofuscado. Despertó varias horas después con el murmullo de la noche en el campo, pero no tuvo tiempo de descifrar esos sonidos, porque al abrir los ojos se encontró ante la mirada impaciente del Mulato, arrodillado a su lado.

–Por fin despiertas, mujer –dijo alcanzándole su cantimplora para que bebiera un sorbo de aguardiente con pólvora y acabara de recuperar la vida.

Ella quiso saber la causa de tanto maltrato y él le explicó que el Coronel necesitaba sus servicios. Le permitió mojarse la cara y enseguida la llevó a un extremo del campamento, donde el hombre más temido del país reposaba en una hamaca colgada entre dos árboles. Ella no pudo verle el rostro, porque tenía encima la sombra incierta del follaje y la sombra imborrable de muchos años viviendo como un bandido, pero imaginó que debía ser de expresión perdularia si su gigantesco ayudante se dirigía a él con tanta humildad. Le sorprendió su voz, suave y bien modulada como la de un profesor.

–¿Eres la que vende palabras? –preguntó. –Para servirte –balbuceó ella oteando en la penumbra para verlo mejor. El Coronel se puso de pie y la luz de la antorcha que llevaba el Mulato le dio de frente. La mujer vio su piel oscura y sus fieros ojos de puma y supo al punto que estaba frente al hombre más solo de este mundo.

–Quiero ser Presidente –dijo él. Estaba cansado de recorrer esa tierra maldita en guerras inútiles y derrotas que ningún subterfugio podía transformar en victorias. Llevaba muchos años durmiendo a la intemperie, picado de mosquitos, alimentándose de iguanas y sopa de culebra, pero esos inconvenientes menores no constituían razón suficiente para cambiar su destino. Lo que en verdad le fastidiaba era el terror en los ojos ajenos. Deseaba entrar a los pueblos bajo arcos de triunfo, entre banderas de colores y flores, que lo aplaudieran y le dieran de regalo huevos frescos y pan recién horneado. Estaba harto de comprobar cómo a su paso huían los hombres, abortaban de susto las mujeres y temblaban las criaturas, por eso había decidido ser Presidente. El Mulato le sugirió que fueran a la capital y entraran galopando al Palacio para apoderarse del gobierno, tal como tomarori tantas otras cosas sin pedir permiso, pero al Coronel no le interesaba convertirse en otro tirano, de ésos ya habían tenido bastantes por allí y, además, de ese modo no obtendría el afecto de las gentes. Su idea consistía en ser elegido por votación popular en los comicios de diciembre.

–Para eso necesito hablar como un candidato. ¿Puedes venderme las palabras para un discurso? –preguntó el Coronel a Belisa Crepusculario.

Ella había aceptado muchos encargos, pero ninguno como ése, sin embargo no pudo negarse, temiendo que el Mulato le metiera un tiro entre los ojos o, peor aún, que el Coronel se echara a llorar. Por otra parte, sintió el impulso de ayudarlo, porque percibió un palpitante calor en su piel, un deseo poderoso de tocar a ese hombre, de recorrerlo con sus manos, de estrecharlo entre sus brazos.

Toda la noche y buena parte del día siguiente estuvo Belisa Crepusculario buscando en su repertorio las palabras apropiadas para un discurso presidencial, vigilada de cerca por el Mulato, quien no apartaba los ojos de sus firmes piernas de s aspecaminante y sus senos virginales. Descartó las palabra ‘ ras y secas, las demasiado floridas, las que estaban desteñidas por el abuso, las que ofrecían promesas improbables, las carentes de verdad y las confusas, para quedarse sólo con aquellas capaces de tocar con certeza el pensamiento de los hombres y la intuición de las mujeres. Haciendo uso de los conocimientos comprados al cura por veinte pesos, escribió el discurso en una hoja de papel y luego hizo señas al Mulato para que desatara la cuerda con la cual la había amarrado por los tobillos a un árbol. La condujeron nuevamente donde el Coronel y al verlo ella volvió a sentir la misma palpitante ansiedad del primer encuentro. Le pasó el papel y aguardó, mientras él lo miraba sujetándolo con la punta de los dedos.

–¿Qué carajo dice aquí? –preguntó por último. –¿No sabes leer? –Lo que yo sé hacer es la guerra –replicó él. Ella leyó en alta voz el discurso. Lo leyó tres veces, para que su cliente pudiera grabárselo en la memoria. Cuando terminó vio la emoción en los rostros de los hombres de la tropa que se juntaron para escucharla y notó que los ojos amarillos del Coronel brillaban de entusiasmo, seguro de que con esas palabras el sillón presidencial sería suyo.

–Si después de oírlo tres veces los muchachos siguen @on la boca abierta, es que esta vaina sirve, Coronel –aprobo el Mulato.

–¿Cuánto te debo por tu trabajo, mujer? –preguntó el jefe. –Un peso, Coronel. –No es caro –dijo él abriendo la bolsa que llevaba colgada del cinturón con los restos del último botín.

–Además tienes derecho a una ñapa. Te corresponden dos palabras secretas –dijo Belisa Crepusculario.

–¿Cómo es eso? Ella procedió a explicarle que por cada cincuenta centavos que pagaba un cliente, le obsequiaba una palabra de uso exclusivo. El jefe se encogió de hombros, pues no tenía ni el menor interés en la oferta, pero no quiso ser descortés con quien lo había servido tan bien. Ella se aproximó sin prisa al taburete de suela donde él estaba sentado y se inclinó para entregarle su regalo. Entonces el hombre sintió el olor de animal montuno que se desprendía de esa mujer, el calor de incendio que irradiaban sus caderas, el roce terrible de sus cabellos, el aliento de yerbabuena susurrando en su oreja las dos palabras secretas a las cuales tenía derecho.

–Son tuyas, Coronel –dijo ella al retirarse–. Puedes emplearlas cuanto quieras.

El Mulato acompañó a Belisa hasta el borde del camino, sin dejar de mirarla con ojos suplicantes de perro perdido, pero cuando estiró la mano para tocarla, ella lo detuvo con un chorro de palabras inventadas que tuvieron la virtud de espantarle el deseo, porque creyó que se trataba de alguna maldición irrevocable.

En los meses de setiembre, octubre y noviembre el Coronel pronunció su discurso tantas veces, que de no haber sido hecho con palabras refulgentes y durables el uso lo habría vuelto ceniza. Recorrió el país en todas direcciones, entrando a las ciudades con aire triunfal y deteniéndose también en los pueblos más olvidados, allá donde sólo el rastro de basura indicaba la presencia humana, para convencer a los electores que votaran por él. Mientras hablaba sobre una tarima al centro de la plaza, el Mulato y sus hombres repartían caramelos y pintaban su nombre con escarcha dorada en las paredes, pero nadie prestaba atención a esos recursos de mercader, porque estaban deslumbrados por la claridad de sus proposiciones y la lucidez poética de sus argumentos, contagiados de su deseo tremendo de corregir los errores de la historia y alegres por primera vez en sus vidas. Al terminar la arenga del Candidato, la tropa lanzaba pistoletazos al aire y encendía petardos y cuando por fin se retiraban, quedaba atrás una estela de esperanza que perduraba muchos días en el aire, como el recuerdo magnífico de un cometa. Pronto el Coronel se convirtió en el político más popular. Era un fenómeno nunca visto, aquel hombre surgido de la guerra civil, lleno de cicatrices y hablando como un catedrático, cuyo prestigio se regaba por el territorio nacional conmoviendo el corazón de la patria. La prensa se ocupó de él. Viajaron de lejos los periodistas para entrevistarlo y repetir sus f rases, y así creció el número de sus seguidores y de sus enemigos.

–Vamos bien, Coronel –dijo el Mulato al cumplirse doce semanas de éxito.

Pero el candidato no lo escuchó. Estaba repitiendo sus dos palabras secretas, como hacía cada vez con mayor frecuencia. Las decía cuando lo ablandaba la nostalgia, las murmuraba dormido, las llevaba consigo sobre su caballo, las pensaba antes de pronunciar su célebre discurso y se sorprendía saboreándolas en sus descuidos. Y en toda ocasión en que esas dos palabras venían a su mente, evocaba la presencia de Belisa Crepusculario y se le alborotaban los sentidos con el recuerdo del olor montuno, el calor de incendio, el roce terrible y el aliento de yerbabuena, hasta que empezó a andar como un sonámbulo y sus propios hombres comprendieron que se le terminaría la vida antes de alcanzar el sillón de los presidentes.

–¿Qué es lo que te pasa, Coronel? –le preguntó muchas veces el Mulato, hasta que por fin un día el jefe no pudo más y le confesó que la culpa de su ánimo eran esas dos palabras que llevaba clavadas en el vientre.

–Dímelas, a ver si pierden su poder –le pidió su fiel ayudante.

–No te las diré, son sólo mías –replicó el Coronel. Cansado de ver a su jefe deteriorarse como un condenado a muerte el Mulato se echó el fusil al hombro y partió en busca de Belisa Crepusculario. Siguió sus huellas por toda esa vasta geografía hasta encontrarla en un pueblo del sur, instalada bajo el toldo de su oficio, contando su rosario de noticias. Se le plantó delante con las piernas abiertas y el arma empuñada.

–Tú te vienes conmigo –ordenó. Ella lo estaba esperando. Recogió su tintero, plegó el lienzo de su tenderete, se echó el chal sobre los hombros y en silencio trepó al anca del caballo. No cruzaron ni un gesto en todo el camino, porque al Mulato el deseo por ella se le había convertido en rabia y sólo el miedo que le inspiraba su lengua le impedía destrozarla a latigazos. Tampoco estaba dispuesto a comentarle que el Coronel andaba alelado, y que lo que no habían logrado tantos años de batallas lo había conseguido un encantamiento susurrado al oído. Tres días después llegaron el campamento y de inmediato condujo a su prisionera hasta el candidato, delante de toda la tropa.

–Te traje a esta bruja para que le devuelvas sus palabras, Coronel, y para que ella te devuelva la hombría –dijo apuntando el cañón de su fusil a la nuca de la mujer.

El Coronel y Belisa Crepusculario se miraron largamente, midiéndose desde la distancia. Los hombres comprendieron entonces que ya su jefe no podía deshacerse del hechizo de esas dos palabras endemoniadas, porque todos pudieron ver los ojos carnívoros del puma tornarse mansos cuando ella avanzó y le tomó la mano.

Los Cuentos De Eva Luna -Isabel Allende

jueves, 14 de abril de 2011

Los cuentos vagabundos

Cuento de Ana María Matute

Pocas cosas existen tan cargadas de magia como las palabras de un cuento. Ese cuento breve, lleno de sugerencias, dueño de un extraño poder que arrebata y pone alas hacia mundos donde no existen ni el suelo ni el cielo. Los cuentos representan uno de los aspectos más inolvidables e intensos de la primera infancia. Todos los niños del mundo han escuchado cuentos. Ese cuento que no debe escribirse y lleva de voz en voz paisajes y figuras, movidos más por la imaginación del oyente que por la palabra del narrador.

He llegado a creer que solamente existen media docena de cuentos. Pero los cuentos son viajeros impenitentes. Las alas de los cuentos van más allá y más rápido de lo que lógicamente pueda creerse. Son los pueblos, las aldeas, los que reciben a los cuentos. Por la noche, suavemente, y en invierno. Son como el viento que se filtra, gimiendo, por las rendijas de las puertas. Que se cuela, hasta los huesos, con un estremecimiento sutil y hondo. Hay, incluso, ciertos cuentos que casi obligan a abrigarse más, a arrebujarse junto al fuego, con las manos escondidas y los ojos cerrados.

Los pueblos, digo, los reciben de noche. Desde hace miles de años que llegan a través de las montañas, y duermen en las casas, en los rincones del granero, en el fuego. De paso, como peregrinos. Por eso son los viejos, desvelados y nostálgicos, quienes los cuentan.

Los cuentos son renegados, vagabundos, con algo de la inconsciencia y crueldad infantil, con algo de su misterio. Hacen llorar o reír, se olvidan de donde nacieron, se adaptan a los trajes y a las costumbres de allí donde los reciben. Sí, realmente, no hay más de media docena de cuentos. Pero ¡cuántos hijos van dejándose por el camino!

Mi abuela me contaba, cuando yo era pequeña, la historia de la Niña de Nieve. Esta niña de nieve, en sus labios, quedaba irremisiblemente emplazada en aquel paisaje de nuestras montañas, en una alta sierra de la vieja Castilla. Los campesinos del cuento eran para mí una pareja de labradores de tez oscura y áspera, de lacónicas palabras y mirada perdida, como yo los había visto en nuestra tierra. Un día el campesino de este cuento vio nevar. Yo veía entonces, con sus ojos, un invierno serrano, con esqueletos negros de árboles cubiertos de humedad, con centelleo de estrellas. Veía largos caminos, montañas arriba, y aquel cielo gris, con sus largas nubes, que tenían un relieve de piedras. El hombre del cuento, que vio nevar, estaba muy triste porque no tenía hijos. Salió a la nieve, y, con ella, hizo una niña. Su mujer le miraba desde la ventana. Mi abuela explicaba: «No le salieron muy bien los pies. Entró en la casa y su mujer le trajo una sartén. Así, los moldearon lo mejor que pudieron.» La imagen no puede ser más confusa. Sin embargo, para mí, en aquel tiempo, nada había más natural. Yo veía perfectamente a la mujer, que traía una sartén negra como el hollín. Sobre ella la nieve de la niña resaltaba blanca, viva. Y yo seguía viendo, claramente, cómo el viejo campesino moldeaba los pequeños pies. «La niña empezó entonces a hablar», continuaba mi abuela. Aquí se obraba el milagro del cuento. Su magia inundaba el corazón con una lluvia dulce, punzante. Y empezaba a temblar un mundo nuevo e inquieto. Era también tan natural que la niña de nieve empezase a hablar... En labios de mi abuela, dentro del cuento y del paisaje, no podía ser de otro modo. Mi abuela decía, luego, que la niña de nieve creció hasta los siete años. Pero llegó la noche de San Juan. En el cuento, la noche de San Juan tiene un olor, una temperatura y una luz que no existen en la realidad. La noche de San Juan es una noche exclusivamente para los cuentos. En el que ahora me ocupa también hubo hogueras, como es de rigor. Y mi abuela me decía: «Todos los niños saltaban por encima del fuego, pero la niña de nieve tenía miedo. Al fin, tanto se burlaron de ella, que se decidió. Y entonces, ¿sabes qué es lo que le pasó a la niña de nieve?» Sí, yo lo imaginaba bien. La veía volverse blanda, hasta derretirse. Desaparecería para siempre. «¿Y no apagaba el fuego?», preguntaba yo, con un vago deseo. ¡Ah!, pero eso mi abuela no lo sabía. Sólo sabía que los ancianos campesinos lloraron mucho la pérdida de su pequeña niña.

No hace mucho tiempo me enteré de que el cuento de la Niña de Nieve, que mi abuela recogiera de labios de la suya, era en realidad una antigua leyenda ucraniana. Pero ¡qué diferente, en labios de mi abuela, a como la leí! La niña de nieve atravesó montañas y ríos, calzó altas botas de fieltro, zuecos, fue descalza o con abarcas, vistió falda roja o blanca, fue rubia o de cabello negro, se adornó con monedas de oro o botones de cobre, y llegó a mí, siendo niña, con justillo negro y rodetes de trenza arrollados a los lados de la cabeza. La niña de nieve se iría luego, digo yo, como esos pájaros que buscan eternamente, en los cuentos, los fabulosos países donde brilla siempre el sol. Y allí, en vez de fundirse y desaparecer, seguirá viva y helada, con otro vestido, otra lengua, convirtiéndose en agua todos los días sobre ese fuego que, bien sea en un bosque, bien en un hogar cualquiera, está encendiéndose todos los días para ella. El cuento de la niña de nieve, como el cuento del hermano bueno y el hermano malo, como el del avaro y el del tercer hijo tonto, como el de la madrastra y el hada buena, viajará todos los días y a través de todas las tierras. Allí a la aldea donde no se conocía el tren, el cuento caminando.

El cuento es astuto. Se filtra en el vino, en las lenguas de las viejas, en las historias de los santos. Se vuelve melodía torpe en la garganta de un caminante que bebe en la taberna y toca la bandurria. Se esconde en los cruces de los caminos, en los cementerios, en la oscuridad de los pajares. El cuento se va, pero deja sus huellas. Y aun las arrastra por el camino, como van ladrando los perros tras los carros, carretera adelante.

El cuento llega y se marcha por la noche, llevándose debajo de las alas la rara zozobra de los niños. A escondidas, pegándose al frío y a las cunetas, va huyendo. A veces pícaro, o inocente, o cruel. O alegre, o triste. Siempre, robando una nostalgia, con su viejo corazón de vagabundo.

Ana María Matute y la censura

En 1952, gana el premio “Café Gijón” con Fiesta al Noroeste. Los Abel son traducidos al italiano y gana el “Planeta” en el 54. En esta etapa de gran producción literaria, en la que cosecha grandes éxitos, intenta publicar, a través de la editorial Planeta, una obra que ya había presentado al “Nadal” en 1949, Las luciérnagas, eliminada en la penúltima votación. La presenta a la censura en 1953, acuciada por su editor y por los anticipos recibidos, y es rechazada en virtud de un informe emitido por un lector, quien, sin embargo, ensalza su calidad y valor literarios.

En dicho informe, el censor se queja de la soledad desesperanzada de sus personajes. De la falta de fe y religiosidad. De la destrucción de los valores morales que se refleja en unos adolescentes llenos de amargura y decepción, incapaces de unirse ante la adversidad, pero “la enorme fuerza descriptiva que ha sabido imprimir la autora destaca de una forma brillantísima a lo largo de toda la obra, escasa en diálogos pero muy rica en análisis”.

En definitiva, su obra es rechazada porque destruye los valores humanos y religiosos, que además irradian a todo el texto en conjunto.

Matute, acosada por la necesidad y por la perspectiva de una obra que sabía que tenía posibilidades, no se resignó a su no publicación, por lo que cortó, añadió, tachó, le cambió el título y presentó En esta tierra, que sí pasó la criba de la censura. Cuando todos cobraron su parte y agotada la primera edición, no permitió que se hiciera ninguna otra pues, según sus palabras “es para mi conciencia una claudicación ignominiosa”.

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El perro aterrado y la percepción errónea

Cuento Anónimo hindú

Se trataba de un perro callejero.

Le gustaba curiosear todos los rincones e ir de aquí para allá. Siempre había sido un vagabundo y disfrutaba mucho con su forma de vida. Pero en una ocasión penetró en un palacio cuyas paredes estaban recubiertas de espejos. El perro entró corriendo en una de sus acristaladas estancias y al instante vio que innumerables perros corrían hacia él en dirección opuesta a la suya. Aterrado, se volvió hacia la derecha para tratar de huir, pero entonces comprobó que también había gran número de perros en esa dirección. Se volvió hacia la izquierda y comenzó a ladrar despavorido. Decenas de perros, por la izquierda, le ladraban amenazantes. Sintió que estaba rodeado de furiosos perros y que no tenía escapatoria. Miró en todas las direcciones y en todas contempló perros enemigos que no dejaban de ladrarle. En ese momento el terror paralizó su corazón y murió víctima de la angustia.

miércoles, 13 de abril de 2011

Pasaje (Boarding Pass)

Una historia triste, fuerte, actual, de la que todos necesitamos tomar conciencia.
El guión es de Justina Diaz, una bella y sensible persona a la que quiero





¡ES IMPORTANTE ENTERARSE!
Más de 25 años después de que aparecieran los primeros casos de la epidemia del síndrome de inmunodeficiencia adquirida (SIDA), los niños y las niñas que sufren esta enfermedad corren todavía grandes riesgos. Se calcula que 2,1 millones de menores de 15 años vivían en 2007 con el virus de inmunodeficiencia humana (VIH), que 290.000 niños y niñas habían muerto a causa del SIDA y que 420.000 habían contraído la infección. Más de 15 millones de menores de 18 años han perdido a uno o ambos progenitores a causa del SIDA, y varios millones más se encuentran en una situación vulnerable. Los niños y niñas afectados por el VIH/SIDA pueden sufrir a causa de la pobreza, de la pérdida del hogar, del abandono de la enseñanza, de la discriminación, de la falta de oportunidades esenciales y de una muerte prematuramente.

La epidemia actual del VIH y sus repercusiones sobre la infancia sigue siendo un elemento básico de las actividades de UNICEF en el mundo, y es una de las prioridades principales del Plan Estratégico de mediano plazo de 2006-2009. En octubre de 2005, UNICEF, ONUSIDA y otros aliados presentaron la campaña Únete por la niñez, únete con la juventud, únete para vencer al SIDA para llamar la atención sobre Los niños y las niñas, el rostro oculto del SIDA. Los objetivos de esta campaña guardan relación con las prioridades de UNICEF en materia de organización y los Objetivos del Desarrollo del Milenio, especialmente el ODM 6: detener y comenzar a reducir, para el año 2015, la propagación del VIH/SIDA. La publicación La infancia y el SIDA: Tercer inventario de la situación, un informe anual aparecido en diciembre de 2008, evalúa los progresos alcanzados en favor de los niños y niñas afectados por el VIH/SIDA.

UNICEF ha tratado de cambiar la situación de los niños y niñas afectados por el VIH/SIDA en cuatro esferas principales, denominadas las "Cuatro P": (1) Prevenir la transmisión del VIH de la madre al hijo; (2) Proporcionar un tratamiento pediátrico a los niños y niñas; (3) Prevenir la infección entre los adolescentes y los jóvenes; y (4) Proteger y apoyar a los niños y niñas afectados por el VIH/SIDA.

UNICEF lleva a cabo también actividades en otras esferas, especialmente mediante la asistencia a los niños afectados por el SIDA en situaciones de emergencia, que obligan a las gentes a huir, interrumpen los servicios de educación, destruyen los sistemas de comunicación y los establecimientos de atención, distraen la atención del VIH/SIDA y desencadenan e incrementan violencia sexual. Entre otras contribuciones de UNICEF, es posible citar la labor colectiva que se lleva a cambio en nombre de la infancia en la esfera de la comunicación, de la movilización de recursos, de la concienciación, de la creación de alianzas y de la gestión de suministros

Fuente y más información EN ESTA PÁGINA DE UNICEF

Los deseos ridículos

Un cuento de Charles Perrault

A la Señorita de la C.
Si fuerais menos razonable me guardaría mucho de contaros esta fábula loca y poco galante que voy a relataros.
De una vara de morcilla es la materia.
-¡Una vara de morcilla! ¡Piedad, querida mía! ¡Qué horror! -gritaría una Preciosa, que, siempre tierna y seria, no quiere oír hablar más que de los asuntos del corazón. Pero a vos que sabéis contar más cautivadoramente que nadie y con esa expresión tan natural que nos parece estar viendo lo que escuchamos, que sabéis que en la manera en que está inventada una cosa está la belleza, más aún que en la materia del cuento; a vos os gustará mi fábula y su moralidad. Me atrevo a deciros que estoy plenamente convencido.

Érase una vez un pobre leñador que estaba harto de la vida tan penosa que llevaba y solía decir que tenía ganas de ir a reposar a los bordes del Aqueronte; porque veía que, en su profundo dolor, jamás el Cielo cruel no había querido concederle ni uno de sus deseos.

Un día que se quejaba en el bosque, Júpiter, con el rayo en la mano, se le apareció; difícilmente podría pintar el miedo que sobrecogió al buen hombre.

-No quiero nada -exclamó, arrojándose al suelo-; no deseo nada, ni truenos ni nada. Vamos a hablar, Señor, de igual a igual.

-Deja de temblar -le dijo Júpiter-; vengo compadecido de tus quejas, para demostrarte que eres injusto en tus quejas. Escucha. Yo te prometo, yo que soy el dueño soberano del mundo entero, atender plenamente tus tres primeros deseos, los primeros que quieras formular sobre cualquier cosa. Mira bien lo que pueda satisfacerte, y como tu felicidad depende de tus votos, piénsalo bien antes de formular tus deseos.

En diciendo estas palabras, Júpiter ascendió a los Cielos, y el leñador, muy contento, echándose el haz de leña a la espalda, emprendió el camino de regreso. Nunca le pareció la carga menos pesada.

-No hay que obrar a la ligera -decía trotando-. El caso es importante; hay que pedir consejo a la parienta.

Cuando entró bajo el techo de la cabaña la carga de helechos, le dijo:

-Fanchon, hagamos un buen fuego y una buena comida; somos muy ricos. Y sólo necesitamos formular nuestros deseos.

Y allí, punto por punto, le cuenta todo lo sucedido. Al oír su relato, la esposa, viva y presurosa, concibe mil proyectos en su mente; pero considerando la importancia de conducirse con prudencia, le dice a su esposo:

-Blas, amigo mío, para no cometer una tontería debido a nuestra impaciencia, examinemos juntos lo que nos conviene hacer en una situación así. Dejemos para mañana nuestro primer deseo y consultemos con la almohada.

-Estoy de acuerdo -dice el buen Blas-. Anda, vete y trae vino añejo.

Cuando volvió con él, bebió y, saboreando cómodamente, cerca del fuego, aquel dulce reposo, dijo apoyándose en el respaldo de su silla:

-¡Con estas brasas tan buenas, qué bien vendría una vara de morcilla!

Apenas acabó de pronunciar estas palabras, que su mujer, muy asombrada, vio una larga morcilla que, saliendo de una esquina de la chimenea, se aproximaba a ella serpenteando. Al instante lanzó un grito; pero juzgando que esta aventura tenía por causa el deseo que, por pura torpeza, había formulado el imprudente de su marido, no hubo injuria, ni pulla, ni improperio que, hecha una furia, no dijera a su pobre marido.

-¡Cuando se podría obtener un Imperio, oro, perlas, rubíes, diamantes, vestidos! ¿Y no se te ocurre desear más que una morcilla?

-Bueno, me he equivocado -dijo-. Mi elección ha sido desacertada. He cometido una gran falta; lo haré mejor la próxima vez.

-Bueno, bueno -repuso ella-. Espérame sentado. ¡Se necesita ser un animal para formular ese deseo!

El esposo, más de una vez, llevado de la cólera, se sintió tentado de formular un deseo mudo. Y, dicho entre nosotros, habría sido lo mejor que hubiera podido hacer.

-Los hombres -se decía- hemos venido al mundo a padecer. ¡Maldita sea la morcilla, plegue a Dios, maldita pécora que se te quede colgada de la nariz!

Esta súplica, al instante, fue escuchada por el Cielo y, apenas el marido profirió sus palabras, la vara de morcilla se quedó pegada a su nariz. Este prodigio imprevisto irritó muchísimo a Fanchon. Fanchon era bonita, muy graciosa, y a decir verdad este adorno en su nariz no hacía buen efecto, salvo que al colgarla sobre la boca la impedía hablar tranquilamente, lo cual era una ventaja para su esposo, tan grande que en aquel feliz momento pensó no desear más.

-Ya podría, -pensaba para su adentros-, después de una desgracia tan terrible, con el deseo que me queda, convertirme de una vez en Rey. Desde luego, nada iguala la grandeza soberana, pero hay que pensar qué tristeza tendría la Reina cuando, al sentarse en su trono, se viera con la nariz más larga que una vara. Voy a ver qué dice y que decida ella si prefiere convertirse en una gran Princesa y conservar esa horrible nariz o quedarse de simple leñadora con la nariz corriente, como las demás personas, tal como la tenía antes de la desgracia.

Al fin, la cosa bien examinada, aun sabiendo que el poder que proporciona el cetro y la corona y que cuando se está coronada siempre se tiene la nariz bien hecha, como no existe nada que posea la fuerza de agradar, ella prefirió conservar su cofia antes que hacerse Reina y ser fea.

Así, pues, el leñador no cambió de estado, no se convirtió en un potentado, no llenó su bolsa de escudos, y fue feliz de emplear el deseo que le quedaba para volver a su mujer a su primitivo estado, débil felicidad, pobre recurso.

Qué cierto es que los hombres miserables, ciegos, imprudentes y variables no deben formular deseo alguno, y qué pocos hay entre ellos que sean capaces de hacer buen uso de los dones que Dios les ha concedido.

Charles Perrault Algo sobre  Charles Perrault

Charles Perrault (París, Francia, 12 de enero de 1628 – ibídem, 16 de mayo de 1703) fue un escritor francés, principalmente reconocido por haber dado forma literaria a cuentos clásicos infantiles tales como Caperucita Roja y El gato con botas, atemperando en muchos casos la crudeza de las versiones orales.
En 1687 escribió el poema El siglo de Luis el Grande y, en 1688, Comparación entre antiguos y modernos, un alegato en favor de los escritores "modernos" y en contra de los tradicionalistas (A raíz de la "Disputa entre antiguos y modernos", en la Academia Francesa).

A los 55 años escribió el libro Cuentos de mamá ganso. Su publicación empezó a darle fama entre sus conocidos y significó el inicio de un nuevo estilo de literatura: los cuentos de hadas. Para sus relatos, Perrault recurrió a paisajes que le eran conocidos como el Castillo de Ussé para el cuento de La Bella Durmiente.

Para VER MÁS VER ACÁ

 

martes, 12 de abril de 2011

Palabras de un grande

¡Palabras que comparto desde la médula hasta el infinito de mi ser!

Me gusta colocar la olla sobre el fuego, pelar las papas, desbarbar a los choclos, echar una pizca de todas las especias, aderezar la carne con sonrisas, cocinar y escanciar el vino a los amigos. A veces pienso que de ese modo alimenticio compartimos el amor y la lucha, el llanto y las palabras, nos comemos el alma con lechuga y bebemos la vida en una copa.

Hamlet Lima Quintana

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GENTE-poema

Un poema de Hamlet Lima Quintana

Hay gente que con sólo decir una palabra

enciende la ilusión y los rosales;

que con sólo sonreír entre los ojos

nos invita a viajar por otras zonas,

nos hace recorrer toda la magia.

Hay gente que con sólo dar la mano

rompe la soledad, pone la mesa,

sirve el puchero, coloca las guirnaldas;

que con sólo empuñar una guitarra

hace una sinfonía de entrecasa.

Hay gente que con sólo abrir la boca

llega hasta todos los límites del alma,

alimenta una flor, inventa sueños,

hace cantar el vino en las tinajas

y se queda después como si nada.

Y uno se va de novio con la vida

desterrando una muerte solitaria

pues sabe que a la vuelta de la esquina

hay gente que es así, tan necesaria.

Poemas de "La breve palabra" Hamlet Lima Quintana - Ediciones del Valle - 1998 - Bs.As. Argentina

Algo sobre Hamlet Lima Quintana

(n. el 15 de septiembre de 1923 en Morón, provincia de Buenos Aires y fallecido el 21 de febrero de 2002 en Buenos Aires) fue un poeta argentino, autor de más de cuatrocientas canciones entre ellas la popular "Zamba para no morir". Para saber más sobre él pueden ver acá

Algunos otros poemas fíjense acá

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sábado, 9 de abril de 2011

Compartiendo diario de un viaje a la palabra y la memoria

Invitada al 1er Encuentro por el Derecho a la Memoria y al 3er Encuentro Latinoamericano de Escritores Pachuca-Tulancingo 2011, y al 6º Equinoccio Enlace Huapalcalli 2011, armé las maletas abriendo mi corazón a las experiencias que me aguardaban.

El 15 de marzo salí rumbo a Ezeiza sin saber a ciencia cierta que me encontraría. Apenas llegar a embarque me encontré con Celina, una poeta amiga, cordobesa ella, y con Peri otra cordobesa, en este caso fotógrafa y de las buenas. Entre charla y charla (como suele pasar luego de no verse mucho tiempo) ya tuvimos que ir al avión, que no sé porque estaba en la otra punta de Ezeiza así que nos montaron en un colectivo y allí fuimos.

Luego de varias horas arribamos a las 5:10 am al aeropuerto Benito Juárez en México (Distrito Federal), pasada la aduana esperamos tomando café a que se hicieran las 9 (todo hora mexicana) para montarnos al taxi que nos llevó a casa de la escritora mexicana María Cristina de la Concha Ortiz, magnífica organizadora del Encuentro, y presidenta de la Ulate (Unión Latinoamericana de Escritores), amen de anfitriona generosa.

Llegamos con nuestras mil maletas, nadie nos abría, las tres estábamos agotadas, creo que nuestro gesto convenció al conserje para que nos abriese la puerta y nos dejase aunque más no fuese esperar en el patio interior. Resultó que en la casa estaba ya Gloria Dávila, una poeta peruana que nos hablaba por la ventana porque no sabía abrir la puerta (Aclaro que todas tuvimos que aprender a abrirla, no era fácil). Lo logramos, ¡siendo casi las 11 hs entramos! Muertas de hambre fuimos al mercado a comprar algo pero las chicas nada más entrar prefirieron comer en un barcito de comida china, tan recién llegada no me animé y preferí ir al mercado a comprar queso, jamón, pan y fruta (comida sanita por las dudas)

A las 15:40 llegaba Eliane Potiguara, representante brasilera de las comunidades indígenas, pero no sucedió dado que su compañía de aviación la había embarcado engañada en un vuelo a Costa Rica donde la tuvieron seis horas antes de enviarla a México. Finalmente llegó 12:30 pm, extenuada y enojada lógicamente, justo cuando como abejas afanosas intentábamos distribuir espacios y camas.

Pasamos el 17 entre recibimiento de nuevos llegados y paseos por el DF. En la tarde la organizadora Cristina de la Concha me avisó que había acordado con una escuela que Celina y yo iríamos a dar talleres.

Al día siguiente 18 de marzo a primera hora salimos para Pachuca, de los nervios inevitables que me produce saber que estaré frente a mucho público no había podido dormir casi nada, jajaja, trataba de no pensar y me decía y bueno estás en el baile, baila….y baile contando cuentos durante tres horas y media a 300 niños bellísimos en la escuela Hans Christian Andersen de Pachuca a la que nos llevó Mónica la profesora de inglés.

De más está decir que fuimos maravillosamente recibidas por alumnos y profesores (y autoridades) y entre cuento y poemas leídos por Celina quien les habló a los niños de la importancia de la identidad, creamos con los niños un poema reflexivo y divertido que les comparto a todos tal como les prometí.

Tomamos la palabra IDENTIDAD la estiramos, la usamos y cada grupo construyó lo que quería decir para que luego podamos entretejer todas las palabras en un poema común, no había consignas, salvo la de usar la idea de identidad, no había limites nada estaba prohibido ni sugerido y esto es lo que resultó….

(Advertencia: para leer poemas entretejidos se recomienda atreverse a jugar con los sonidos, entreverar las frases, tejer las letras…)

Acá los originales…. 2011-04-09_18-35-41_5 2011-04-09_18-36-07_35

Y acá el Poema entretejido

poema identidad 1

identidad2

IDENTIDAD3

Y acá algunas fotos de los autores

 

Y con esto por hoy los dejo, mañana sigo el cuento.

jueves, 7 de abril de 2011

Los guerreros de bronce

Un cuento de -Pedro Zarraluki (España)

La injusticia puede manifestarse de mil maneras, pero la más trágica es la que se ceba en la vida, pues el soplo divino nos resulta inaccesible. Entre nosotros nacen creadores incapaces de controlar su limitado poderío. No podemos producir la vida, pero sí podemos imaginar la belleza, y ésa es nuestra fuerza y nuestra perdición... Aunque la historia que os refiero se inicia muchos siglos atrás, daremos cuenta tan sólo de aquello que alcanza el recuerdo. Hace bastantes años, un buceador apasionado –«...anche archeologo dilettante», según pude leer en una revista– descubrió, sobre el lecho marino, algo que parecía un brazo. Dicen que en un principio creyó que se trataba de un cadáver, pero es difícil imaginar que, ante la posibilidad de que fuera una estatua, interpretase de manera tan banal aquella aparente forma humana. Sea como fuere, cuatro días después, y con ayuda de balones hinchables, eran izados a la superficie los dos guerreros que conmocionarían al mundo. En aquel momento inspiraron tan sólo breves notas de prensa, pues su belleza quedaba oculta bajo los sedimentos que el mar, conchabado con el tiempo, había depositado sobre sus cuerpos.

Pasaron los años, y la existencia de los guerreros se difuminó en el tráfago de acontecimientos. Se había puesto en marcha, sin embargo, el complicado proceso de restauración que devolvería la vida al bronce. Se emplearon las técnicas más sofisticadas, la gammagrafía y el ultrasonido, para vaciarlas de detritus y eliminar las incrustaciones. Se detuvo el proceso corrosivo, y lenta, muy lentamente, fueron desvelándose sus más sutiles secretos: las venas del dorso de las manos y aquellas que descienden, sinuosas, sobre los músculos abdominales; el marfil de los ojos y la plata de los dientes; el desorden equilibrado de los rizos de la barba, del cabello o del pubis; la superficie de bronce, con su enigmática paradoja de opacidad y de brillo. Nueve años tardaron los especialistas en minimizar los destrozos de veinticinco siglos de reposo oceánico. Cumplido su trabajo, anunciaron el retorno de los guerreros sin poder imaginar, seguramente, el revuelo que iba a causar la noticia. Tan sólo en Florencia, donde tuvieron sus primeras –y breves– apariciones en público, medio millón de personas acudieron a admirarlos. La prensa se entregó a la búsqueda de adjetivos, y los críticos se apresuraron a incluir a los bronces en sus códices. El propio presidente de la República, aturdido por tan monstruosas manifestaciones, invitó a los guerreros a su Palacio del Quirinal, que embellecieron durante dos semanas. No voy a insistir en esta conmoción que agitó a todos los amantes del arte, ni me atreveré a apuntar, tal como hizo Moravia, a los efectos de los mass media para explicármela. El largo viaje iniciado en la playa de Riace iba a concluir en el Museo Nazionale de Reggio Calabria, en donde fueron instalados los dos guerreros. Pero la leyenda no había hecho más que comenzar. A su insólita belleza se unía el misterio de su identidad, y las firmas más ilustres entraban en polémica a la hora de atribuirles un creador o de señalar su procedencia. Y estos niveles de erudición se desvanecían en un hálito de misterio, pues los guerreros ostentaban su belleza como única y sublime identificación. Durante unos meses aguantaron, rígidos sobre los pedestales, la observación apresurada, el aliento tibio de su público y el silencio cálido de las noches. Pero a finales de verano, cuando el mar empieza a cubrirse de insólitas sugerencias, cuando las olas parecen de plata y el aire se vuelve fresco y gris, cuando el paisaje pierde el color y se metaliza, un atardecer que era el digno colofón para un día turbulento, los guerreros descendieron de sus pedestales. El mayor, que precedía a su congénere, acabó de un manotazo con un guardián que no supo temer a lo imposible, y los guerreros abandonaron el Museo sin provocar otro sonido que el lento clamor de sus pasos. La reacción, que se produjo de inmediato, fue unánime: Los guerreros habían cobrado vida porque no podía ser de otra manera. Su autor había rozado la perfección de un dios, y los dioses, aunque quizá coléricos, se habían visto obligados a dotarlos de una vitalidad merecida. Todo era como debía ser y, sin embargo, antes de que los guerreros abandonaran Reggio Calabria se produjeron los primeros alardes de incredulidad. La policía, alertada múltiples veces, tardó en acordonar el paseo de los bronces, que dejaron varios muertos entre la multitud curiosa y asustada. El cerco policial se estabilizó en espera de unas órdenes que no llegaron nunca. Y el público, en estricto silencio, sin atreverse a vitorear a las estatuas por el milagro ni a vituperarlas por sus crímenes, se arremolinaba en reflujo constante, pues la reciente experiencia le había enseñado a no cruzarse en su camino. La belleza, al ganar la vida, se había hecho ingobernable.

Ya no bastaba con admirar a los dos guerreros. También había que temerlos, pues se movían guiados por una idea secreta, por un calor –o por un frío– que brotaba de su propio misterio, de esa identidad olvidada tras veinte siglos bajo el mar. Los que lo vieron dicen que sólo en movimiento se podía admirar toda su belleza, pues a la dureza del bronce de que estaban hechos oponían la agilidad de los atletas. Eran tan enconadamente magníficos que los muertos se multiplicaron entre los admiradores que burlaban el cerco policial para tocarlos, olvidando que eran guerreros de otro mundo y que habían renacido, por derecho propio y por designio oculto, en un tiempo que no les pertenecía.

Se internaron en la noche, siguiendo la costa. La luna se perdía en sus espaldas, condenada a los reflejos caprichosos del bronce, que tanto absorbía la luz, negándola, como la proyectaba en el rápido destello de un músculo. En las afueras se hizo más fácil seguirlos, pero los guerreros, al notar la tierra desnuda y la presencia próxima de vegetación, parecieron enardecidos por una súbita premura. Aunque no llegaron a correr, gran parte de la multitud fue quedando rezagada y sólo los más jóvenes pudieron acompañarlos en su huida. Los dos guerreros habían tenido un despertar sereno en un lugar extraño, y se habían puesto en marcha con la elegancia triste de los vencidos. Estaban cautivos en un mundo insólito que les había sorprendido tras un sueño breve, casi eterno. No podían aspirar, pues, sino a una rebeldía que obligara a su enemigo, demasiado numeroso para necesitar la crueldad, a proporcionarles una muerte digna.

Su paseo terminó en una playa. Se internaron en la arena con la determinación suicida de los que pueden elegir el escenario de su muerte, y caminaron hasta hundir sus pies en las olas. Y allí, con las espaldas protegidas por el mar que les había servido de lecho, se aprestaron a luchar. La multitud reaccionó de la única manera posible. Quizá los guerreros deseaban morir, pero su belleza no iba a perderse en una corrupción ajena a su esencia. Los bronces no podían entenderlo, pero se hacía imprescindible devolverlos al pedestal y obligarlos a la inacción. Su vida era del todo lógica pero demasiado contradictoria, y del desenlace de su maldición dependía un equilibrio inevitable y necesario. La luna, esférica, tiñó de argento la batalla, que fue horriblemente cruenta. Dada su maestría y su aleación los guerreros resultaron ilesos, aunque cargados de cadenas. La arena bebió aquella sangre que no alcanzaban las olas, y la multitud, cargada con el peso inestimable de sus cautivos y con la lasitud obscena de sus cadáveres, emprendió el regreso a la ciudad. Aquella misma noche fundieron los pies de los guerreros a sus pedestales.

Un tiempo después, con ocasión de un viaje, pude admirar la belleza de los bronces. Los dos guerreros, inmoderadamente perfectos, parecían exigir el movimiento con cada uno de sus músculos. Estaba preguntándome si no sería justo que se les regalara la vida, cuando un anciano que se encontraba a mi lado murmuró unas palabras. Me volví hacia él, y me saludó con una leve inclinación del torso. «A pesar de todo –repitió–, quizá existan los dioses, aunque sólo sea para imponer la justicia. Ese es nuestro viejo temor... Piense en Miguel Ángel. No en vano dejó inconclusos sus esclavos. Los libró así de una manumisión por lo demás imposible.».

© Pedro Zarraluki.

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